Después de los éxitos cosechados la temporada anterior por Sergio, de liberarnos de la bendita presión generada por el interés de distintos clubes en él y de disfrutar los cuatro de un merecido descanso en el que entonces era nuestro lugar de veraneo favorito, Oropesa del Mar, volvimos a las canchas en septiembre de 2016 con fuerzas renovadas, ganas de seguir disfrutando y curiosidad por conocer a los nuevos compañeros de Marcos.
Pocas veces le habíamos visto tan ilusionado como en los días previos a su primer entrenamiento. Intento entender a ese niño de ocho años, pegado siempre a su balón de baloncesto y viviendo en segundo plano todas las experiencias de primer nivel que su hermano mayor había protagonizado, y creo comprender que estaba ansioso por formar también parte de aquel pequeño circo. Observaba Marcos los lazos que Sergio había forjado con sus compañeros y aguardaba con expectación el momento de disponer de la misma oportunidad. Así que aquel día, en el que conoció a los que durante estos años han sido sus cómplices sobre la cancha, no dejó de hablar de todos ellos hasta que el sueño le venció. Y de su entrenador, Juanpe, también en Las Rozas ahora, la persona que durante aquellos dos primeros años trató de inculcar en ellos unos valores humanos y deportivos que aún hoy están detrás de su forma de jugar y comportarse.
Se alinearon en aquel grupo todos los factores necesarios para que aquellos dos primeros años constituyesen una de las experiencias más especiales que hemos vivido en el baloncesto: un grupo de chavales con un nivel técnico sobresaliente, un cuerpo técnico con una visión orientada de manera innegociable a la formación y un grupo de padres, mayoritariamente adictos al baloncesto y dotados de una calidad humana formidable. Todo fluyó aquella temporada de una manera mágica y al mismo tiempo natural. Pero estábamos a punto de descubrir que no es oro todo lo que reluce.
Mientras tanto, Sergio recibía como "premio" por haber rechazado la propuesta del Real Madrid el privilegio de convertirse aquel año en el jugador franquicia de su generación en Alcorcón Basket. Aunque por edad le correspondía formar parte del equipo Preinfantil, donde estaban sus amigos, iba a tener ficha con el equipo Infantil, compitiendo en Oro contra los grandes equipos de Madrid. Si bien a nivel humano no era lo que él deseaba, nadie podía negar que deportivamente el club le estaba ofreciendo una oportunidad fantástica. En su caso, no obstante, descubriríamos también aquel año que hasta entonces sólo habíamos conocido el lado más amable del baloncesto de cantera de Madrid.
A los pequeños, al grupo de Marcos, empezamos a llamarles los "chinchetas". No recuerdo la razón exacta, pero creo que se debía a que campo que visitábamos, campo en el que no sólo ganábamos, sino que la impresión que dejábamos era apabullante. Fuimos metafóricamente poniendo chinchetas por todo el mapa de Madrid. Cuando hablábamos de ellos también usábamos el término "mandarinas" porque tenían tan buena mano que hasta el más manco, si alguno lo era, encestaba de tres con facilidad. Era un equipo espectacular. Y la grada era una fiesta, dado que, además de divertirnos con el espectáculo que nos regalaban nuestros hijos, muchos de nosotros compartíamos maneras de vivir, intereses y aficiones más allá del motivo que allí nos reunía. Aquello fue, con el debido respeto a los rivales, un auténtico paseo hasta llegar a los cuartos de final. Fueron muy pocos los equipos a los que no cerramos marcador.
En cuartos nos esperaba el Colegio Brains, que contaba con Max, ahora en el Real Madrid, un chaval con una potencia física tremenda, pero muy pocos recursos técnicos. En baloncesto, no obstante, y más cuando aún son tan pequeños, la fuerza y la altura marcan mucho la diferencia, como en nuestra casa sabíamos por experiencia propia. Por otra parte, todos los equipos, en cualquier deporte y categoría, utilizan las armas de las que disponen a discreción. Y, para nuestra sorpresa, el partido que disputamos allí se celebró en el gimnasio del colegio, en un espacio muy reducido que difícilmente podía cumplir las normas reflejadas en el reglamento y que además ponía en riesgo la integridad de los chavales, quienes tenían que intentar no golpearse con las columnas que había prácticamente encima de la línea lateral. Una vergüenza y una encerrona. Bastante hicieron los niños para acabar el partido sin lesionarse. Perdimos 42-38. Confiábamos que al día siguiente en Alcorcón, en un campo que sí cumplía las normas, la calidad de nuestros hijos le daría la vuelta al marcador para poder acceder a las semifinales y a la celebración más bonita del baloncesto en Madrid: el día del Mini, que reúne en un mismo pabellón y el mismo días a los cuatro mejores equipos masculinos y femeninos de cada categoría. Una auténtica fiesta en la que los chicos, aparte de los títulos y las medallas que ese día se repartirían, deseaban participar.
Mientras tanto, nos íbamos llevando las primeras decepciones al descubrir cómo, a partir de la categoría Infantil, el baloncesto de cantera madrileño sufre una transformación que afecta a los valores y al espíritu que tan protegidos por la Federación nos habían parecido hasta entonces. Sergio jugaba casi siempre en esa categoría, con los mayores, apenas veía a sus compañeros de generación, pero estaba feliz, tenía un rol importante en el equipo y la confianza de sus entrenadores. Además el grupo competía y tenía opciones de alcanzar los playoffs. La Selección de Madrid siguió llamándole para algunos entrenamientos y torneos, uno de ellos en Francia. No era un año en el que hubiese campeonatos o citas relevantes, como lo había sido el anterior o sería el siguiente, así que hubo muy pocas convocatorias. El problema es que el Real Madrid y la Federación, que son quienes regulan y dirigen la competición, no sólo permiten, sino que también fomentan la entrada en el campeonato a partir de esa categoría de chavales venidos de otros países, especialmente africanos y centroeuropeos de edad dudosa y físicos híperdesarrollados, que adulteran la competición y van paulatinamente desplazando a los chicos madrileños que hasta ese momento habían dado lustre a nivel nacional al trabajo que la Federación Madrileña desarrollaba con su cantera. Así pues, Sergio y sus compañeros se enfrentaban cada fin de semana con chavales recién aterrizados de Senegal, Montenegro o Croacia que les sacaban tres cabezas y quince quilos. El equipo acabó la temporada, a pesar de todo, en un meritorio quinto lugar y Sergio pudo finalmente volver a entrenar y jugar con sus amigos, que en categoría preinfantil habían llegado a semifinales. La temporada aún no había terminado y quedaba una medalla en juego.
Volviendo a Marcos, el partido que jugamos en Alcorcón contra el Colegio Brains y en el que debíamos remontar un marcador adverso de cuatro puntos suscitó una expectación inusitada, con el pabellón repleto y con gente de pie en uno de los fondos. Creo que fue uno de los partidos más reñidos y competidos que he presenciado en categorías inferiores. Se llegó al último minuto y, aunque íbamos ganando, la diferencia no era todavía suficiente. Me pongo en la piel de aquellos niños de ocho o nueve años, los nuestros y los otros, y pienso ahora que aquella presión era excesiva, que aquello no debería tratarse de quién consiguiese la victoria, sino de divertirse, y yo creo que allí ninguno de ellos lo estaba pasando bien. Hubo una última jugada en la que teníamos que encestar, los segundos iban pasando y conseguíamos posiciones de tiro, pero el balón no entraba, hasta que cayó en manos de Hugo, un chico dócil, cariñoso y trabajador, que sin duda se merecía ser el héroe aquel día, por cómo se relacionaba con su entorno, con curiosidad, inocencia y una sonrisa en la cara de esas que te hacen también sonreír. Y encestó. No hubo tiempo para más. Los padres saltamos a la cancha para felicitar a nuestros hijos, estábamos como locos, pero Juanpe, el entrenador, nos pidió calma e hizo que nuestros chicos fuesen primero a consolar a los perdedores. Un precioso gesto que creo habría repetido incluso sabiendo lo que un par de días después sucedió y que nos hizo darnos cuenta, una vez más aquella temporada, que no es oro todo lo que reluce.
Pero retomemos a Sergio, quien, tras la experiencia atesorada aquel año compitiendo en una categoría superior, se mostraba ambicioso y quería devolverle al club la confianza depositada en él con un título de Madrid. Las semifinales en categoría preinfantil se disputaron contra el gran favorito, Canoe. Era un reto poder superar a una de las grandes canteras de Madrid y además en un año en que habían formado un grupo muy competitivo en el que destacaban Iván, un pívot, elegante en cancha y muy educado fuera de ella, que llegó a jugar con la selección española, y Molina, un fino escolta al que se le caían los puntos de las manos. El primer partido se disputó en Pez Volador, una pista histórica que se llenó para aquel partido. Fue un encuentro precioso y muy competido en el que se llegó con un marcador de 42-42 al último segundo, momento en el que Sergio recibió una falta y, por lo tanto, tenía dos tiros libres y el partido en sus manos. Hay una regla no escrita en el baloncesto de cantera que consiste en que, cuando un niño va a lanzar tiros libres, el pabellón se calla. Aquel día empecé a cogerle manía a esa afición y a ese club. Mi hijo en la línea de tiros libres, teniendo que soportar mucha presión, y los seguidores de Canoe silbando, gritando y hasta hubo uno que cogió una silla de madera que había por ahí y comenzó a aporrear con ella la grada. Una vez más, empezábamos a comprender que el baloncesto tenía otra cara, una que hasta el momento había permanecido oculta y que nos sorprendía y decepcionaba a partes iguales. A Sergio le dio igual: anotó los dos tiros libres sin inmutarse y ganamos el partido.
Todos sabíamos que al día siguiente el partido de vuelta iba a ser durísimo, que Canoe lucharía y nos lo pondría muy difícil. Reconozco que el comportamiento del que había hecho gala la afición contraria el día anterior nos había enfadado bastante, que les esperábamos con el cuchillo entre los dientes y que ese día apretamos más de lo que acostumbrábamos. Algunos lo utilizaron como excusa durante los siguientes días para justificar lo que ocurrió sobre el parqué: "la afición de Alcorcón asustó a los chicos de Canoe", dijeron. Yo no fuí de los que más animaron, dado que creo que a los niños hay que dejarles jugar y no agobiarles con demasiado ruido, pero entiendo que quien siembra vientos, recoge tempestades. Y aquel día no sólo el equipo fue un tsunami. También la grada tronó sobre la tempestad que desde el primer minuto el equipo desató sobre Canoe. Se ganó con claridad, 85-42, y nos metimos en la gran final.
Fueron aquellos unos días de contrastes. La euforia que en el club y en nuestras casas se respiraba se vio empañada por una iniciativa del Colegio Brains y una decisión de la Federación de Baloncesto de Madrid que nos dejó atónitos y, una vez más, nos abrió los ojos ante un baloncesto que no reconocíamos. El partido que nuestros pequeños tan brillantemente habían disputado frente al ya mencionado colegio había sido impugnado y estábamos descalificados por alineación indebida. Hay muchos matices sobre esta decisión que comentaría si esta entrada no estuviese quedándome ya demasiado extensa. Maniobras sospechocas del rival y otras que olían muy mal procedentes de la Federación. Resumiré diciendo que nuestro entrenador había ignorado inconscientemente una norma de esas que buscan la inclusión de los chavales, una regla bien intencionada pero que se castigaba desmesuradamente. Poco se pudo hacer: ni la campaña que algunos iniciamos en redes sociales, ni las reclamaciones presentadas por el club, ni tampoco la iniciativa que los altos cargos del club, incluido nuestro presidente, pusieron en práctica al presentarse en partidos y eventos con una camiseta que rezaba "Todos somos Benjamín 08" surtieron efecto alguno. Estábamos descalificados y apartados del día del Mini. La tristeza de nuestros chicos era abrumadora. Al respecto comentaré que el Colegio Brains se acabó proclamando Campeón de Madrid, un campeonato que posiblemente habría sido nuestro de haberse desarrollado la historia de otra manera.
El 10 de junio de 2017, mientras se celebraba el Día del Mini, del que nos habían expulsado de manera tan cruel, nosotros teníamos una doble cita: la final de Preinfantil contra Villalba, en la que partíamos como favoritos, y la fiesta que habíamos preparado para que los pequeños se olvidasen de lo que se estaban perdiendo. Iban a disfrutar de una celebración muy especial que esperábamos poder hacer aún más grande con un título de Campeones de Madrid de los mayores.
Pero el partido de Villalba fue un despropósito de principio a fin, ya que éramos muy superiores. Creo que de diez veces que lo hubiésemos jugado, habríamos ganado nueve. Analizo hoy aquel encuentro y reconozco factores que nos lastraron, tales como el exceso de confianza, un planteamiento inicial erróneo, un arbitraje de dudosa imparcialidad... pero con la perspectiva que da el tiempo comprendo que aquel partido se perdió porque el entrenador contrario hizo una lectura mucho más acertada del mismo. Hizo que sus jugadores cargasen mucho el juego sobre nuestros grandes, entre los que se contaba Sergio, para que acumulasen faltas y jugasen condicionados. De hecho los tres terminaron expulsados y el partido se perdió por 69-62. Sergio lloraba como nunca lo había hecho. Sentía, a pesar de haber hecho un gran partido, que había decepcionado al club y a sus amigos. No había consuelo para él, estaba deshecho.
Habría resultado un día de amargo recuerdo y un broche infausto a una temporada extraña si no hubiese sido porque al final lo más importante que la cancha nos da siempre prevalece: la amistad y las ganas de divertirse. ¡Qué fiesta tan maravillosa pudimos disfrutar con los pequeños! ¡Qué generosidad la de David y Esther, los padres de aquel niño, Hugo, que había metido la canasta decisiva ante Brains, al poner a nuestra disposición su hogar y que no faltase de nada! ¡Que esfuerzo tan entrañable hizo Antonio Larrey, que espero me perdone por mencionarle sin pedir antes su permiso para ello, ejerciendo de sublime maestro de ceremonias en la entrega de premios que él mismo preparó, americana, corbata, atril y unas palabras muy especiales para cada uno de nuestros hijos incluidas! ¡Cómo corrió la cerveza! ¡De qué manera se impuso la complicidad que existía en aquel grupo de niños, padres y entrenadores sobre la desilusión que nos había generado aquel final de temporada! ¡Cuántas risas se escucharon aquella noche! A pesar de lo que aquel día y aquella temporada habíamos vivido, más decepciones que alegrías, tanto nosotros como nuestros hijos recuperamos aquella noche todo lo maravilloso que cada fin de semana la cancha nos da.




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