sábado, 10 de diciembre de 2022

Nuestra ciénaga política

Me sugirió no hace mucho alguien que lee mi blog que me animase a escribir alguna entrada sobre la situación política en nuestro país y, con la inercia y la confianza que me proporciona escribir ahora a diario, la idea ha estado rondándome la cabeza durante un par de días, pero al final he optado por no adentrarme en ese jardín, al menos de momento. Intuyo que las magulladuras y los arañazos con los que saldría de semejante vergel serían profundos y dolorosos. Pero sí accederé, por darle ese gusto a quien me lo propuso, a argumentar mi negativa metiendo un poco la puntita.

Cuando yo estudiaba Periodismo en la universidad, era condición lógica y obligatoria para los profesionales que nuestro profesorado pretendía formar, leer muchos periódicos, ver muchos telediarios y, en definitiva, estar al día de todo lo que en el mundo ocurría, no sólo en nuestro país ni únicamente en el contexto político, aunque el mayor peso de los contenidos recaía precisamente en la política nacional. En aquellos tiempos el bipartidismo era todavía el modelo que imperaba en España, por mucho que la Izquierda Unida de Julio Anguita intentase, sin demasiado éxito, cambiar aquello. Analizábamos en clase, ejercicio con el que yo disfrutaba mucho, los titulares que los tres periódicos de mayor tirada entonces (El País, ABC y un recién nacido El Mundo) presentaban en sus portadas y comprobábamos cómo, según se redactase la noticia, el sentido de la misma viraba la opinión pública hacia la izquierda o hacia la derecha. Y lo mismo ocurría con las cadenas de radio y televisión. Era realmente instructivo, pero al mismo tiempo muy irritante, entender cómo los partidos políticos, a través de los medios, intentaban manipular a la gente. Yo podía entonces analizar y valorar cualquier artículo que me pusiesen delante, tanto en su forma como en su fondo y, por supuesto, podía deducir qué medio había publicado o emitido aquella noticia.

La política en nuestro país durante todos estos años se ha transformado de tal manera que las líneas se han difuminado hasta casi desaparecer y el discurso de los partidos se ha convertido en una ciénaga donde todo vale y poco se entiende. Decepción no es la palabra, tal vez desesperanza, quizá desconfianza, no sabría elegir el sentimiento que en mí provocaba, pero terminé hastiado de ver a unos y a otros llenándose los bolsillos a costa del españolito de a pie mientras esos mismos líderes se mordían con saña unos a otros y arrojaban a los ojos del rival barro, tierra y excrementos, más preocupados de dañar al oponente que de mejorar la vida de aquellos que les habían votado.

Hoy miro a Pedro Sánchez y algo me dice, más allá de sus actos y palabras, que no es de fiar, veo en sus ojos una mirada de divo que asusta. Miro a Feijoo y veo a un hombrecillo gris al que intuyo se le va a quedar grande la Presidencia. Miro a Ayuso y no puedo evitar una sensación de rechazo, a pesar de que admiro la distancia que a veces marca con su partido si de defender sus ideas, nos parezcan correctas o equivocadas, se trata. Miro a Santiago Abascal y veo un peligro para la sociedad del bienestar en la que vivimos. Miro a Irene Montero y veo a una feminista exaltada (lo primero merece mis elogios, lo segundo es un peligro y la combinación de ambas un dislate). Y así con todos.

Cierto es también, y esto no es responsabilidad de nuestra fauna política sino exclusivamente mía, que no disponer de una información completa y contrastada de los hechos al hablar sobre ellos equivale, desde mi punto de vista, a desinforrmar y no hay peor pecado para alguien que estudió Ciencias de la Información que ese. Y yo, desde hace ya tiempo, paso de puntillas por la actualidad política, tan sólo hojeando algún periódico y viendo a saltos algún telediario, lo que me desautoriza ante mí mismo a dar opiniones más profundas que las desprendidas de la atención mínima que les concedo.

Escribiendo esto me doy cuenta ahora de algo que arrastro desde hace muchos años y cuyo origen posiblemente se encuentre en las enseñanzas que adquirí en la Universidad. Esa tendencia mía, en todos los ámbitos de mi vida, a no dar información si no la he verificado antes, a agobiarme si descubro que la que he suministrado no es exacta y a apresurarme a rectificar cuando esto ocurre. 

Desinformar o manipular la información es quizá la herramienta más útil para dirigir a alguien hacia el lugar que uno quiere, y no me cabe ninguna duda, a pesar de no vivir ya colgado de los noticieros, de que en nuestro país y en estos tiempos, ser periodista no es ya lo que era. Porque hasta esa sagrada profesión se ha convertido en un negocio muy lucrativo en estos tiempos que corren, en los que todo se compra y se vende. Hasta la información. Sobre todo la información.

Así pues, salvo que ocurra algo que despierte mucho mi interés y sobre lo que además me encuentre debidamente informado, la política no será un tema sobre el que divague demasiado en este blog, y en caso de hacerlo, antes de entrar en nuestra ciénaga, será con botas para el agua y doble par de calcetines.

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