viernes, 23 de diciembre de 2022

Canción de Navidad

Son recuerdos mayoritatiamente entrañables los que mi memoria me devuelve al sumergirnos en estas fechas. Cada año aterrizo en las Navidades con una ilusión similar a la que debe sentir un niño al salir del colegio y ver que en la puerta están regalando sobres de sus cromos favoritos. Son recuerdos que me acompañan y que me protegen cuando llueven piedras sobre el sendero que recorro. Fueron forjados alrededor de una mesa adornada con motivos navideños, viandas más o menos suculentas, dependiendo de cómo anduviera la economía familiar, aunque eso fuese lo de menos, y sobre todo e imprescindible, mis seres queridos, compinchados alrededor del árbol de Navidad y embriagados por el espíritu de alegría que siempre traía consigo la Navidad.

Habrá a quien esta introducción le suene a tópico y a artificio. No faltarán este año los que hagan balance y les salga, como en los anteriores, negativo; tampoco los que una vez más deseen que esto pase cuanto antes para no tener que aguantar al suegro, a la cuñada o a la vecina del segundo, que también este año, para variar, habrá invitado a toda la familia a su casa y a los que sentiremos festejar hasta el amanecer; los que critiquen a aquellos que eligen, para expresar su felicidad o por el mero hecho de hacer ruido, petardos y cohetes; los que se lamenten de que la Navidad se ha convertido en un negocio para sólo unos pocos; los solitarios que se acuesten antes del discurso del Rey para obligar al sueño a terminar con esta pesadilla de guirnaldas, Santas invadiendo los centros comerciales y anuncios ñoños en televisión; los que han perdido a alguien importante que brindó con ellos el año pasado y sin los que no creen que puedan volver a vivir. Soy consciente de todo ello, sé que esas personas están ahí, tal vez al otro lado de la pared, y yo a nadie pretendo arrastrar hacia mi posición, que no es otra que la de aprovechar cada ocasión que la vida me ofrece para reír, amar y compartir, para decirle a mi mujer que cada día está más guapa y a mis hijos lo orgulloso que me siento de ser su padre. Siempre me he adentrado en la Navidad como en un campo de sueños donde todo es posible, pero también apenado por aquellos que no saben o no pueden experimentarla como lo hago yo.

Viene esta entrada a cuento de una conversación reciente por whatsapp con mi suegra -una de las más leales seguidoras de este blog-, con quien tendré este año la oportunidad de comerme las uvas en casa. Me comentaba que no anda ella con ánimo para celebraciones dado que los dos últimos años han sido complicados para esta familia en general y para ella en particular. Que 2022 trajo consigo una sucesión de pesares que exigen de ella un esfuerzo considerable si de festejar algo se trata. Fue en ese momento cuando comencé a reflexionar sobre mis Navidades. Como en el cuento de Dickens, sobre las pasadas, las presentes y las futuras.

NAVIDADES PASADAS

Dentro de poco publicaré un texto sobre dos personas cuya manera de entender la vida y la familia me marcaron de niño. Os contaré su historia de amor, la de dos jóvenes a los que la Guerra Civil unió de una manera que ni el mejor escritor podría haber ideado, la de dos seres que vivieron siempre agradecidos por la suerte que habían tenido de encontrarse y de construir todo lo que juntos construyeron. Ellos eran Navidad. La recuerdo a ella cantando villancicos y a él, con su voz de barítono, acompañándola siempre, incluso cuando el Alzheimer la atrapó entre sus garras. Vivieron con una sonrisa hasta el último de sus días. O al menos mientras fueron dueños de sus conciencias. Y aunque no están con nosotros desde hace mucho tiempo -se fueron casi de la mano, amarraditos los dos, mediando entre ambas pérdidas menos de dos meses- les siento cerca en todo momento, especialmente en días como estos. Y le oigo a él recitando, en los postres, esa poesía en italiano que tanto nos divertía. Y la risa cantarina de ella como música de fondo, sin importar la cantidad de veces que, en público o en privado, la hubiese escuchado ya. Les veo así, abrazados a nuestro lado, eternamente enamorados, brindando, cada vez que la familia se reúne. Santiago y Soledad, mis abuelos maternos. Celebrando, porque siempre, aunque a veces nos cueste verlo, hay algo que celebrar.


NAVIDADES PRESENTES


Canta Dani Fernández en una de sus canciones que "ha sido un año de mierda, merecemos bailar". No entraré en detalles porque sobre los más dolorosos ya he escrito en entradas anteriores, pero la suerte no me ha acompañado en 2022 y mi futuro se presenta incierto. Supongo que tendría motivos para recibir la Navidad desganado y que todo el mundo lo entendería. Que a nadie le sorprendería que recibiese a mis invitados o visitase yo a quienes me invitan en Nochebuena o en Nochevieja portando la bandera del desánimo. Sé que nadie me reprocharía nada. Pero eso no va a ocurrir. Por respeto a mis abuelos, que nos enseñaron a ver siempre la botella medio llena y a los que homenajeamos cada Navidad, incluso el primer año que nos faltaron, con risas, chistes, juegos y canciones. Por respeto a los que sí están a mi lado y que ruego cada día por que sigan acompañándome mucho tiempo: mi mujer, mis hijos, mis padres, mi suegra, mis hermanos, cuñados y cuñadas, mis sobrinos, tíos, tías y amigos. Y sobre todo, por respeto a mí mismo, porque este año, más que ningún otro, me lo he ganado. Me merezco bailar.

Recordaré a los que ya no están, por supuesto. Familiares y amigos a los que perdí por el camino, pero no con lágrimas en los ojos, sino con la copa colmada, una sonrisa en la cara y con la imagen en la retina de aquellas veces en que juntos fuimos felices, de todo lo que pudimos compartir. Y lo haré agradecido por haber vivido esos momentos. Deprimirme, llorar, lamentarme... hay más días que longanlzas a lo largo del año para dejar que la tristeza allane la morada que habito. Creo que donde hay una silla vacía, un baúl lleno de recuerdos ocupa su lugar. Que donde un problema toma asiento, surge una nueva oportunidad. Que donde una lágrima se derrama, siempre hay un pañuelo y un hombro sobre el que recostarse. Que si una dolencia nos achaca, la esperanza de una curación nos aliviará. Que si una botella queda vacía, siempre se puede abrir otra. Pero a nadie pretendo convertir. Las Navidades se llevan dentro o no, tanto en verano como en invierno, de niño o siendo un anciano. A veces se alejan cuando un ser querido nos abandona y ya no vuelven nunca más. O regresan con más fuerza cuando alguien nuevo se cruza en nuestro camino. Sé que a veces no se puede elegir, que en ocasiones nos pesa tanto la vida que no somos capaces de arrancarnos esa mochila ni tan siquiera durante un par de horas. No es mi caso, al menos por el momento, y por ello daré gracias un año más brindando con quien desee hacerlo.



NAVIDADES FUTURAS

Carpe Diem. Aprovecha el momento. No suelo hacer planes a largo plazo, intento disfrutar del presente sin pensar demasiado en el futuro. De hecho creo que cuando el futuro está demasiado presente uno deja de vivir. Me gusta tener mi agenda organizada, pero pocas veces planifico lo que haré dentro de un mes o un año porque, como reza ese dicho mejicano, "cuando te toca ni aunque te quites, y cuando no te toca, ni aunque te pongas" o ese otro más nuestro: "el hombre propone y Dios dispone".

Sé que quiero morir viviendo. Pero también sé que lo que nos diferencia del resto de seres vivos es nuestra capacidad de soñar. Disfrutar de este instante en el que escribo estas líneas no implica que no esté soñando con las que escribiré mañana. Y la esencia de las Navidades son los sueños.

Sueño con que todas las Nocheviejas venideras sean mis labios los primeros que mi mujer bese tras tomar las uvas.

Sueño con que mis padres compartan conmigo muchos veinticincos de diciembre más y que puedan celebrarlos, en pleno uso de sus facultades físicas y mentales, con sus bisnietos, si  es que mis hijos deciden un día ser padres.

Sueño con que Sergio y Marcos nos abracen fuerte frente al árbol de Navidad cuando seamos nosotros los que necesitemos cuidados y protección. Sueño con que nos reunamos alrededor de una larga mesa el día de Navidad y nos riamos recordando cómo eran las mañanas de Reyes cuando ellos eran pequeños. Sueño con que no dejen nunca de soñar. 

Sueño con que mis hermanos, a pesar de la distancia que nos separa, vivan largas vidas, que siempre estén bien acompañados y que yo siga formando parte de sus vidas.

Sueño con que, aunque un día nos pueda faltar la salud, el dinero o el trabajo, haya siempre a nuestro alrededor personas que nos acompañen y que se animen a cantar una canción de esperanza a nuestro lado.

Mis Navidades futuras son un regalo aún por abrir y yo, al soñar con ellas, no puedo evitar sentirme como aquel niño a quien tanto le costaba conciliar el sueño la noche de Reyes, mareado aún por la excitación de la cabalgata y por la ilusión de que al despertar, junto al árbol de Navidad, además de algún libro o algún juguete, mis seres queridos estarían allí para alumbrarme con su amor.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?