Hoy, dia de los Santos Inocentes, el desánimo a punto ha estado de doblegar mi ilusión por recuperarme. Desánimo. Creo que no hay mejor palabra para definir esta ausencia de motivación, esta falta de ganas, esta triste apatía. Son ya siete meses de inactividad laboral, conviviendo con un dolor que, aunque ya no es continuo, va y viene, recordándome que por ahora vivo apresado entre sus garras.
La combinación de fármacos ha logrado que, durante un par de semanas, las molestias se hayan reducido de forma notable, pero parece, como con medicamentos anteriores, que no son lo suficientemente eficaces para imponerse en esta carrera de fondo en la que he sido inscrito sin mi autorización y en la que el dolor vuelve a tomar la delantera. Son ya varios días en que de nuevo es lo último que siento por la noche al caer derrotado debido al efecto somnífero de la gabapentina, el Zardial, el metamizol y la duloxetina y es dolor lo que me despierta poco después del amanecer.
Mi hijo pequeño, advertido por su madre, me ha dado un abrazo, uno de esos que últimamente ya no le cuesta tanto regalar, pero a los que todavía les falta contundencia. Me ha hecho, no obstante, sentir mejor. Una respuesta a la pregunta que me retenía en la cama, compadeciéndome de mí mismo. Un motivo para seguir peleando. Y sé que hay muchos otros, pero hoy me los tienen que recordar porque me cuesta hacerlo por mí mismo. Siento que tengo el derecho a bajar un poco los brazos, que merezco una tregua, pero también que la obligación de seguir atendiendo mis responsabilidades familiares y domésticas, de evitar que mis hijos se alarmen y de que mi mujer pueda descansar tranquila tras una noche de trabajo en el hospital son absolutamente prioritarias para mí.
Así que aquí estoy, esperando que la lavadora termine mientras preparo la comida y escribo estas líneas en el móvil. Las revisaré luego, si las molestias me lo permiten, sentado más tranquilo frente al ordenador antes de ejecutar el comando de publicar. Terminaré esas tres o cuatro entradas que tengo a medias y que tengo muchas ganas de compartir en días venideros. Leeré un rato y tal vez me siente a ver alguna serie esta tarde. Cenaremos en familia y charlaremos antes de que cada cual retome sus aficiones antes de acostarnos. Marcos jugará a la consola, Sergio verá un película en su habitación y Nuria, la pobre, caerá rendida en los brazos de Morfeo. Y yo me meteré en la cama de nuevo con la esperanza de sentirme mejor mañana.
Un día más burlando a este desánimo que a veces trata de dominar mi voluntad. Un día más convenciéndome a mí mismo y a los demás de que esto es pasajero, que volveré a ser quien fui. Que podré volver a trabajar. Que de nuevo seré capaz de ver un partido de mis hijos sin sentir que mi asiento en la grada es un potro de tortura. Que saldré, si me apetece, a quemar siete u ocho kilómetros caminando sin llevarme la mano al costado. Que guardaré nuevamente en el armario la manta eléctrica que ahora tanto alivio me proporciona. Que saldré a tomar unas cervezas con mis amigos sin tener que pasar ese rato removiéndome en la silla y buscando una postura cómoda que no encontraré. Que llevaré, en resumen, una vida normal.
Porque estoy convencido de ello. Debo estarlo. No puede ser de otra manera. Ese día llegará.


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