miércoles, 21 de diciembre de 2022

Salida de emergencia

Todos necesitamos una salida de emergencia para que nuestro cerebro abandone la sala y se oxigene de tarde en tarde. Más allá de la habitual estrategia de meter cuatro trapos en la maleta y escapar un fin de semana para poner distancia entre nosotros y nuestro día a día, con sus agobios y preocupaciones, necesitamos proporcionar a nuestras neuronas un respiro a diario. Leer y escribir son, desde que era tan solo un niño, las que a mí mejor me funcionan y durante estos dos últimos meses, gracias a este blog, las mías han comenzado a adquirir un tono de lo más saludable. Se trata de arrastrar a nuestra conciencia a un espacio en el que flotamos y donde el tiempo fluye de manera distinta. Admito que escribiendo estoy tan a gusto, antiguamente con bolígrafo y papel y ahora aporreando el teclado, que a veces se me olvida ser un poco más breve y directo. Puede dar fe de ello mi sufrida esposa, a la que durante años bombardeé con largas cartas de amor que ella aún conserva. También pueden dar testimonio las personas que conmigo han trabajado estos años y a las que les enviaba correos electrónicos en los que , aunque me refiriese a asuntos tan triviales como los porcentajes de nivel de servicio o los tiempos medios de conversación, cuidaba cada acento, cada coma y el sentido de cada frase y que siempre me recomendaban, después de haberlos leído, "menos literatura, que escribes muy bien y eso, Santi, pero al grano". Creo que no soy breve ni por whatsapp. Quienes se relajan haciendo puzzles o pintando cuadros, por poner un par de ejemplos, me entenderán.  Creo con sinceridad (y envidia sana) que quienes pueden vivir de la escritura disfrutan de uno de los trabajos más hermosos y gratificantes del mundo.

A pesar de la satisfacción que me proporciona esta afición, no me resulta sencillo. No me refiero al acto en sí de sentarme ante una hoja en blanco, sino al que entraña engarzar las palabras de manera que transmitan exactamente lo que uno quiere decir, de que lo escrito resulte coherente y a la vez formalmente aceptable. Preocuparte de que en ciertas ocasiones "tenaz" encaja mejor que "constante" en una frase, de que no debo emplear de nuevo el verbo "usar" porque ya lo he utilizado en la frase anterior... Esas cosas. Sospecho que detrás de ese afán se encuentran agazapadas mi formación en Letras y la gran cantidad de horas que dedico a leer a otros. Ambas cojeras, como diría un buen amigo refiriéndose a esos pequeños defectos con los que todos viajamos por esta vida, me hacen ser exasperantemente exigente conmigo mismo. Las entradas que aquí publico, que se leen en no más de dos minutos, tienen detrás horas de trabajo. Soy consciente por ello de que si algún día me da por escribir una novela, tardaré años en terminarla. Si es que me da por ahí...


Pero yo quería hablar de lo que leemos, que es otra de las maneras de alejarme del mundo y mandar de vacaciones a mi cabeza. Hoy compramos sobre todo historias, no literatura. Libros que alcanzan la cima de los más vendidos con historias que te seducen, pero que evidencian un cuidado ínfimo por el cómo te las cuentan. Se busca mayoritariamente el entretenimiento. Y lo mismo ocurre con el cine o la televisión. Esas series y películas cargadas de efectos especiales, escenarios creados mediante ordenador, actores que se limitan a leer un guión sin ser capaces, por desidia o negligencia, de dotar a sus personajes de una personalidad propia que resulte mínimamente atractiva. Yo casi siempre persigo algo más: que me obliguen a releer un diálogo bien escrito para perderme por todas sus aristas, que zarandeen mi curiosidad sobre algún asunto o momento de la historia concretos o simplemente que me hagan plantearme preguntas de carácter más íntimo y profundo. Como lector o espectador me importa el qué, pero es el cómo lo que me va a enganchar a ese producto.

La novela negra es un claro ejemplo de lo que intento argumentar, ahora que en nuestro país -y de ello planeo hablar en otra entrada de este blog- las librerías y las plataformas digitales están saturadas del género. No es lo mismo leer a Juan Gómez-Jurado que perderse en el mundo del sargento Bevilacqua creado por Lorenzo Silva. Como tampoco es igual ver en pantalla al casi siempre ininteligible Mario Casas que corear con olés cada gesto de ese excelso actor que es Luis Tósar. Los primeros entretienen con más o menos acierto, a los segundos eso se les presupone y van más allá, crean arte. Comparar a unos y a otros es como hacerlo entre comerte un chuletón de Mercadona en tu cocina viendo La isla de las tentaciones o comértelo en un restaurante del centro de Ávila con vistas a la catedral. No es lo mismo, aunque respeto a los que puedan preferir lo primero (mentira piadosa, sin compasión para ellos).

Hay otro grupo de escritores -aunque utilizo el término al hacer referencia a ellos más por cortesía que por méritos, ya que considero que degradan el oficio- que simplemente detectan un nicho de mercado por explotar, copan las listas de los más vendidos, se hacen millonarios tan sólo con las ventas de los derechos de autor a las grandes productoras de cine y televisión, se vienen inevitablemente arriba y siguen pariendo criaturas literarias de difícil digestión para aquellos que amamos las letras. El ejemplo más claro que me viene a la cabeza en este momento es E. L. James y sus "Cincuenta sombras de Grey". Si le quitas el morbo que puedan o no tener sus historias y la polémica que generó la cosificación de la mujer presente en todas sus páginas, y te concentras únicamente en analizar lo escrito, seguramente te sucederá como a mí: no llegarás a la segunda página. Mira que pocas veces he dejado sin terminar un libro y jamás lo he abandonado antes de la página cien -ese es el margen que le doy a cualquiera que pasa por mis manos-, pero con este, insisto, no pude finalizar el primer capítulo. Y no lo tiré directamente a la basura por respeto al medio ambiente y a los demás papeles y cartones que había ya en el cubo. Gramatical y estilísticamente es una aberración. Y sin embargo, ahí está, fenómeno mundial y cheque en blanco para todo lo que su creadora desee hacer de ahora en adelante. Si es que ha hecho algo más, que lo desconozco, porque el dinero le tiene que estar todavía brotando por todos los orificios de su poco agraciado cuerpo (lo admito, la he buscado en Google Imágenes).

Escribir es un arte y como ocurre en cualquiera de sus expresiones, hay artistas verdaderos, aspirantes a serlo, imitadores y auténticos bluffs. Aplaudo con las orejas cuando veo que en las librerías se agota la novela póstuma de Almudena Grandes, la última creación de Alejandro Palomas, la reedición de un García-Márquez o cuando un joven y desconocido autor toca la fibra de miles de españoles con textos de calidad. Por el contrario, se me saltan unas lágrimas gordas como guisantes, que me deforman el rostro cuando se deslizan por mis pómulos, cuando los españoles nos volvemos locos comprando la biografía de Risto de Ubrique o Jesulín Mejide. Por no hablar de cuando veo a alguien ningunear las letras de Joaquín Sabina y alabar las de Bad Bunny. Se me afila el colmillo.

Como escritor aficionado y lector empedernido, creo que poseo criterio literario suficiente para afirmar que mi manera de escribir se encuentra a años luz de los autores que admiro y que, muy a mi pesar, nunca seré capaz de crear algo que pueda compartir estantería con sus obras, algo que tampoco pretendo en cualquier caso. Para mí la literatura, a un lado o al otro de las páginas, es un simple ejercicio de salud mental, de ventilar de vez en cuando la buhardilla para que no se acumule el polvo y pueda circular aire fresco. Es, siempre, mi salida de emergencia.

 

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