miércoles, 7 de diciembre de 2022

Choque generacional

Reconozco, y no me duelen prendas al admitirlo, que me cuesta alinearme con las nuevas generaciones. Imagino que lo mismo les ocurriría a mis padres cuando mis hermanos y yo éramos adolescentes y asumo que entender a nuestros hijos requiere, siempre por nuestra parte, faltaría más, un esfuerzo que ellos no reconocerán hasta que les toque darnos el relevo en la tarea de criar y educar a los cachorros que un día alumbren. Y si hay algo que me cuesta comprender es que ninguneen y desprecien lo que culturalmente les dejamos en herencia. Lo cortés no quita lo valiente o, en este caso, lo que puede considerarse natural no debería estar reñido con el respeto. Esa desafiante indiferencia ante lo que la generación anterior les lega no sólo me asombra, sino que en ocasiones me indigna. Mis padres, por ejemplo, escuchaban a José Luis Perales, Mocedades, Sergio y Estíbaliz y un largo etcétera que, cuando yo descubrí a Hombres G, Seguridad Social o Siniestro Total, se convirtieron para mí en representantes de una música caduca y especialmente irritante en aquellas escasas ocasiones en que nos embutíamos los seis en nuestro Seat 132 para emprender un viaje largo. Entiendo que estribillos como "sufre, mamón" o "cuánta puta y yo qué viejo" provocarían a mis padres sarpullidos morales tales como los que me generan a mí los que suenan en la habitación de mi hijo, del estilo "te toqué todo el punto G" o "perrea para mí que te voy a chingar". Pero yo no dejé de escuchar a Ana Belén, a Juan Pardo o incluso a Julio Iglesias, aunque lo hiciese con menor frecuencia, cuando me metía en mi cueva a leer, a escribir o a organizar mi colección de cromos primero y de cassettes más tarde.

Quizá esto se entienda mejor con un ejemplo. La otra noche, mientras preparábamos la cena, Marcos y yo empezamos a hablar de música e intercambiamos canciones. Seleccionó "Cachitos de mi cora", de Kadec Santa Anna, un grupo desconocido para mí al que parece haberse aficionado últimamente. Él enharinaba las alitas de pollo y yo adecentaba unos pimientos para que estuviesen presentables al entrar en el horno. Escuché el tema con atención y buena predisposición, pero el cantante hacía gala de una voz horrenda y la letra de la canción... bueno, os dejo la primera estrofa para que vosotros mismos juzguéis:

No veas lo que duele vernos sonreír en fotos

No me acaricies fuerte que estoy roto

Soy un niñato de mierda caprichoso

Ni quiero que estés conmigo ni quiero que estés con otro

Pura poesía, vamos. Respecto a las cualidades vocales del individuo en cuestión, que yo había denostado sin compasión alguna, Marcos alegó que "claro, papá, se fuma unos porros de aquí a Lima",  lo cual me tranquilizó enormemente ya que deduje que intrínsecamente estaba repudiando esa afición. Respecto a lo que el solista aullaba, se pronunció, absolutamente admirado y diría que hasta emocionado, argumentando que "joé, papá, es que es una pasada, te toca el cora". Le faltó añadir "colega" al final de la frase. O como digan ahora.

A su vez yo elegí "Cruz de navajas" de Mecano. Ya lo sé, vaya tema fui a elegir, pero había estado ese día reproduciendo una playlist de música española de los años ochenta y fue la primera que me vino a la cabeza. Quería además que la canción escogida narrase una historia, que no se limitase a repetir tópicos que pudiesen aburrirle. El caso es que, tras terminar Ana Torroja la primera estrofa, Marcos me informó de que no estaba entendiendo nada de la canción y que no le encontraba el ritmo por ningún lado. 

- Y además, ¿quién es Mecano?

Detuve la canción y le expliqué que el tema habla sobre una pareja que, por incompatibilidad de horarios en sus trabajos, apenas coinciden, que el amor se les está apagando. Que María quiere echar un polvo, pero que no hay manera. A ver si con ese lenguaje entendía mejor el quid de la cuestión.


Tuve que ir parando después de cada estrofa para explicarle cómo evolucionaba la película que allí se contaba: que María le pone los cuernos a Mario, que él los descubre en plena faena, que se lían a navajazos, etc., pero antes de que el tema finalizase, me dijo "papá, esto es una mierda" e hizo amago de marcharse. Yo no estaba dispuesto a rendirme y puse sobre el tapete una de mis armas más potentes: "Pacto entre caballeros", de Joaquín Sabina, presumiendo que por ritmo y contenido tal vez le resultaría más cercana. Craso error. Para cuando el maestro nos está poniendo al corriente de los encantos de María, la cachonda, la sonrisa de guasa que asomaba a la cara de Marcos era señal inequívoca de que había llegado el momento de ondear la bandera blanca, así que allí me quedé yo, escuchando "mucha, mucha policía" y pensando entretanto que, de no remediarlo de alguna manera, mi hijo será uno de los que en el futuro llenará los bolsillos del Ozuna de turno reproduciendo sus vídeos en Youtube, los de Raw Alejandro añadiendo sus canciones a las stories de Instagram y que, si le da por leer, porque esa es otra alergia que mis hijos padecen y que yo, como ávido lector que soy, siento como mi mayor derrota en este choque generacional, me deberé sentir afortunado si elige "Cómo ser influencer desde casa sin mover un dedo", escrito por cualquier cantamañanas que no sabrá ni quién era Don Miguel de Cervantes ni si el apellido de ese señor se escribe con b o con v.

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