lunes, 5 de diciembre de 2022

El negociador

Negociador, según el diccionario de la Real Academia Española, es, en relación a una persona, "el que interviene en la negociación de un asunto importante". En la fauna empresarial encontramos numerosas especies cuya función, en resumidas cuentas, aunque puedan existir matices, es la de intervenir entre partes antagónicas que, sin embargo, se necesitan los unos a los otros: mando intermedio, jefe de equipo, coordinador, supervisor... podemos ponerle la etiqueta que mejor se adapte a la filosofía de la empresa o al sector en cuestión, pero todos ellos en definitiva tienen como obligación principal la de mediar entre los que mandan y los que obedecen. Organizar a los que están a tu cargo -que al principio suelen esperar de ti que al menos no seas demasiado capullo- para alcanzar los objetivos que los que están por encima de tu posición han determinado. Y, por favor, asegúrate de que los niños no den mucha guerra ni hagan demasiado ruido. Es la del negociador en estos casos una posición ingrata, ya que recibes palos de los mandos superiores si las cosas no salen como ellos quieren y al mismo tiempo recibes quejas y reclamaciones de los que dependen de ti por cómo se distribuye el trabajo, por cómo se reparten las palmadas en la espalda y las patadas en el culo o incluso por la manera, sea cual sea la que elijas, en que planificas los horarios o las vacaciones. 

A este periodista incompleto, incluso antes de introducirse en el mundo laboral, se le detectaron ya en distintos contextos cualidades para ocupar posiciones de estas características. Hubo otras antes, pero creo que la que más impronta me dejó ocurrió alrededor de 1998. El servicio militar obligatorio estaba en España a punto de desaparecer, pero, ya con el título de Licenciado en Periodismo bajo el brazo y todas las prórrogas posibles agotadas, no tuve más remedio que cumplir con el deber que por entonces todos los españoles teníamos con nuestro país: la mili. 

En aquella lotería me tocó la Marina y cumplí el período de instrucción en el Ferrol, una ciudad que recuerdo fría y desangelada, para a continuación ser destinado al Parque de Automóviles de Manuel Becerra. Nuestra función era ejercer de chóferes de los altos mandos del Cuerpo. Lo primero con que te topabas al entrar en el cuartel, aparte de una veintena de vehículos de alta gama, era una placa que presidía la fachada principal del patio, en la que se homenajeaba a todos los que habían cumplido allí con su deber antes que nosotros y que habían fallecido en ataques terroristas. Era una época en la que ETA aún estaba activa, no había transcurrido un año del asesinato de Miguel Angel Blanco, así que a aquellos a los que nos esperaban aún ocho meses de vivir en peligro por las calles de Madrid, por tan sólo mil pesetas al mes, se nos encogía el corazón cada vez que nos llamaban para un servicio. 


Pues bien, yo tuve la fortuna de que, al tercer día, el sargento de guardia, un sevillano simpático, pero algo amargado por estar tan lejos de su familia hasta el punto de que alguna  noche me llamaba al Salón de Oficiales para acompañarle en su borrachera, me convocó en su despacho y me anunció que acababan de ascenderme a cabo de reemplazo. Eso significaba para mí menos guardias, más trabajo de oficina y nada de conducir. Más tranquilidad, en definitiva. No lo pedí, pero estad seguros de que lo agradecí. No sé si me seleccionaron para el puesto porque en las prácticas de tiro había sido de los más torpes, por mis estudios, porque era de los de mayor edad o por la conjunción de todas esas circunstancias. Tampoco pregunté, no fuese que la curiosidad matase al gato. Fue una de mis primeras experiencias como responsable de personas y supongo que, al mando de aquellos compañeros procedentes de todas partes de España, algunos muy jóvenes, que echaban de menos a sus familias y temblaban cuando tal o cual Brigada o Teniente solicitaban transporte, empecé a forjar en mi carácter cierta inclinación hacia el lado de los mandados frente al de los mandamases. 

La verdad es que después de más de veinte años coordinando equipos me sorprende, y me enorgullece al mismo tiempo, que tantas personas que han estado bajo mi supervisión sigan manteniendo contacto conmigo y que incluso algunas lo hagan con asiduidad y con tanto cariño. La labor que desempeña un coordinador en el sector del telemarketing, donde recalé, como tantos universitarios de mi generación que se enfrentaban a un mercado laboral saturado de Licenciados, está habitualmente muy poco reconocida y resulta complicado que aquellos que te tienen que aguantar a diario te terminen apreciando. Obviamente, debido a la alta rotación que hay en este mercado, son más aquellos de los que no he vuelto a saber nada que los que, años después, continúan compartiendo conmigo, entre risas y cervezas, batallitas de nuestra relación profesional.

Hablamos de un ámbito muy precario, donde los salarios y las condiciones distan mucho de ser dignas y donde además te enfrentas a diario, a través del teléfono, a muchas personas disgustadas que vomitan sobre ti todo su malestar. Han sido cientos los compañeros que han formado parte de mis equipos y muy pocos permanecían durante el tiempo suficiente para poder conocernos mejor. Pero con la mayoría de aquellos con los que sí tuvimos esa posibilidad, por extenderse nuestra relación laboral durante bastante tiempo, me congratula decir que mantengo relación y en muchos casos amistad.


 
Hoy puedes encontrar cientos de tutoriales y manuales sobre cómo liderar equipos, miles de consignas en redes sociales, artículos, foros y hasta en grabados que puedes colgar en la oficina para recordarte cuál es tu papel, pero cuando yo empecé en este mundillo no había ni tanta información ni tampoco demasiada formación, por lo que uno tiraba de instinto y lógica. Para mí, y no pretendo dar consejos al respecto, sólo había dos premisas: hasta el portero del equipo puede marcar el gol definitivo en una final y, por lo tanto, todos los componentes del mismo son igual de necesarios, y en segundo lugar, pero no menos importante, la mayoría de las veces ellos saben más que tú de la materia con la que estáis trabajando, por lo que es obligatorio escuchar con atención cuanto pueda aportar cada uno de ellos. Trabajar de esta manera implica constantes desencuentros con tus superiores, dado que muchas veces sus intenciones, objetivos o deseos chocan con la realidad del servicio que tú estás manejando. A veces eres capaz de hacerles entender que hay cierta desviación entre su visión y la realidad y otras en las que tienes que claudicar e imponer a tus grupos de trabajo medidas, procedimientos o penalizaciones que no son bien recibidas.

En cualquier caso, a la hora de analizar mi labor durante todos estos años y a pesar de los numerosos errores que he cometido, que han sido unos cuantos, puedo presumir de haber atesorado durante el ejercicio de mis funciones como intermediario más amigos que enemigos, tanto entre los que me decían cómo deben hacerse las cosas como entre aquellos a los que no les quedaba más remedio que hacer lo que yo les decía. Y a todos ellos va dedicada esta entrada: por todo lo que me han aportado, por todo lo que me han soportado, por todo lo que hemos compartido en la oficina y, sobre todo, fuera de ella. 

A los que en Siemens Tres Cantos me recibieron hace ya más de veinte años y me acogieron como uno más desde el primer momento y con los que compartí Jerónimos, Gracielas y Coderes (ellos me entenderán), lágrimas en los atentados del 11-M, casas rurales, chocolate y churros muchas mañanas en la oficina, viajes en tren por las tardes al finalizar la jornada en los que hablábamos de lo divino y lo humano, bodas, bautizos y juegos de nuestros hijos.

A los que años después me recibirían, ya en las oficinas de Méndez Alvaro, en la campaña de Carrefour, que me dieron auténticas lecciones de lo que significa ser un equipo. Desde la que más mandaba, capaz de hacer que me doliese la mandíbula de tanto reírme para al momento siguiente ponerme firme como un palo, pasando por mis compañeros de coordinación, siempre dispuestos a ayudarme y a debatir de manera constructiva cualquier decisión que tuviésemos que tomar, hasta, por supuesto, quienes mantenían el negocio: esas teleoperadoras (utilizo el femenino porque son clara mayoría) que siempre estaban dispuestas a sumar, fuesen cuales fuesen las circunstancias, y que se animan siempre a echarse unos bailes, con "Hay que venir al sur", de Raffaella Carrá de fondo, en esas reuniones anuales que todavía organizamos y que espero continúen durante muchos años más.

Hubo más gente, hubo más equipos. Y de todos ellos me acuerdo ahora, incluido el último con el que tuve el privilegio de trabajar en Marsh, aunque fuese tan sólo durante unos meses y mi salud esté todavía pagando el precio de aquella experiencia, profesionales de la atención al cliente como yo no había conocido antes, con una capacidad de trabajo inconmensurable y una orientación salvaje a los resultados.

No sé si en el futuro me esperan más experiencias de este pelo, tal vez el destino me depare otras actividades alejadas de las que hasta ahora han ocupado mi tiempo, pero confío en seguir teniendo la posibilidad de trabajar con personas que me dejen huella, que me ayuden a ser más de lo que hoy soy y que, cuando el tiempo pase, sigan formando parte de mi vida, aunque tan sólo sea, de tarde en tarde, mediante un mensaje de whatsapp.




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