jueves, 5 de enero de 2023

Amarraditos los dos

Uno no sabe muy bien por dónde empezar un relato cuando tiene el convencimiento que el material que tiene entre sus manos es históricamente valioso y cuando trata además de personas a las que se ha querido y admirado. Tampoco resulta sencillo tratar de condensar sesenta años de amor en unas pocas líneas y hacer justicia a sus protagonistas. Escribir sobre Santiago y Soledad, mis abuelos maternos, supone una tarea que siempre he deseado acometer porque todo lo que vivieron en la Guerra Civil, la manera en que se conocieron y el legado que dejaron componen una oda a la fuerza del amor y a la importancia de la familia. Pero no negaré que me genera un enorme respeto poner en negro sobre blanco sus biografías. No me puedo resistir en cualquier caso a hablaros de ellos, aunque sea brevemente, y, puesto que por algún lado hay que comenzar, me parece de justicia arrancar mi narración con la persona que, hace más de ochenta años, inició la cadena de acontecimientos que nos han conducido al día de hoy, a este momento en que me atrevo a rescatar de la memoria familiar la historia de mis abuelos.

Avinyó, primavera de 1938. En este pequeño municipio de la provincia de Barcelona, cuyo censo no superaba entonces los mil habitantes, Tina Rincón, maestra republicana y colaboradora del Socorro Rojo, dirige la escuela del pueblo. Junto con su hermana pequeña pudo escapar de Madrid y refugiarse en zona republicana, desde donde colabora como buenamente puede con la resistencia que trata de detener los avances de las tropas de Franco. Dos de sus hermanos, Froilán y Santiago, forman parte del ejército republicano que combate ferozmente en el frente de El Escorial. Ambos, por sus estudios, lucen los galones de Teniente y los dos han resultado ya heridos de poca gravedad, pudiendo reincorporarse a la contienda una vez recuperados..

Mi abuelo Santiago en 1937


Viendo el cariz que la guerra iba tomando, desde los colegios de Madrid se comenzaron a organizar Colonias para alejar a los niños de la capital. Un pequeño grupo llegó hasta Avinyó, sucios, cansados y asustados. Tina acogió en su casa a una niña de trece años, llamada Soledad, huérfana de padre poco antes de iniciarse la guerra y que había dejado atrás a su madre y a tres hermanas, quienes no pudieron ser trasladadas, amén de a otros dos hermanos que también combatían por la República. Era una niña de natural alegre, muy trabajadora y con un afán desmedido por aprender. Durante su estancia allí, Tina pidió a su hermana pequeña y a Soledad que escribiesen cartas a Froilán y Santiago, sus hermanos, para transmitirles ánimo y aliento. Aquella situación duró muy poco tiempo, dado que Tina y su hermana tuvieron que huir a Francia al comprobar que los nacionales se iban a alzar, tarde o temprano, con la victoria en aquella guerra.

Dejemos por el momento a Tina, a la que recuperaremos más adelante, y continuemos nuestra historia siguiendo los pasos de la pequeña Soledad. Aún permaneció un tiempo en Avinyó hasta que la situación se volvió insostenible. El nuevo director del colegio, ante la inminente llegada del ejército franquista, metió a las niñas en camiones y cruzaron la frontera con Francia. Lo hicieron justo a tiempo, dado que minutos después de cruzar uno de los puentes del camino, éste fue destruido por las bombas enemigas. El resto del viaje se desarrolló sin incidencias importantes y finalmente llegaron a Perpiñán, donde acabaron recluidas en un campo de concentración. Soledad y el resto de aquella expedición permanecieron a salvo allí hasta el final del conflicto.

Una vez terminada la guerra, cuando a Perpiñán llegó la noticia de que quien lo desease podía volver a territorio español, Soledad no lo dudó ni un momento y viajó en tren hasta Biarritz. Desde allí continuó su camino hasta Logroño y por último a Calahorra, donde sabía que se encontraba su hermana mayor. El marido de esta había muerto fusilado poco antes de terminar la guerra, así que las dos hermanas regresaron en cuanto les fue posible a la capital para reunirse con el resto de la familia. Los hermanos, Angel y Carlos, habían muerto en combate, por lo que en un mundo de hombres, las cinco mujeres se enfrentaban a un futuro muy incierto. Pero no se amilanaron y trabajaron duro, pudiendo salir adelante gracias a su habilidad para diseñar y fabricar redecillas de pelo y pequeños broches que vendían a una de las perfumerías más conocidas de la calle Serrano, Alvaro Gómez.

Pasaron los años y un día, paseando Soledad por la calle San Bernardo, se encontró con su antigua maestra, Tina. No hay constancia de cómo reaccionaron ambas, pero imagino ese reencuentro como una emotiva sucesión de gestos de asombro y lágrimas de alivio. Superada la sorpresa, Tina relató a su alumna sus vivencias en París y su regreso a España. Sus hermanos, Santiago y Froilán, a quienes habíamos dejado batallando en El Escorial cuando les mencionamos, con la llegada de los nacionales, habían estado presos en la cárcel de Carabanchel hasta que un juez dio orden de que fuesen fusilados. Sólo gracias a la intervención en el último momento del Marqués de Lozoya, amigo de la familia, les fue conmutada la pena por la de cárcel y trabajos forzados. En aquel momento se encontraban en la cárcel de San Bernardo, a pocas pasos de donde profesora y pupila se habían encontrado tantos años después. Tina invitó a Soledad a acompañarla a visitarlos y ésta, que tan sólo conocía a Santiago por una foto y por la correspondencia que habían intercambiado, accedió.

Después de esa visita, sobre cuyo contenido sólo podemos fantasear, Santiago y Soledad retomaron aquella relación epistolar, que se prolongó en el tiempo mientras él cumplía su condena en el Batallón de Trabajadores de Gaucín, en Málaga y que terminó convirtiéndose en noviazgo cuando él fue liberado y pudo retornar a Madrid.

Mis abuelos, Soledad y Santiago, el día de su boda, en 1947


La vida para ellos no resultó fácil al principio, dado que los antecedentes de mi abuelo le obligaban a aceptar trabajos infames en los que no le fuese exigido el Certificado de Penales. Su noviazgo y los sueños de futuro que ambos compartían fueron los motores que les impulsaron hacia adelante hasta que, en 1947, lograron entrar los dos en una productora americana de cine, la Paramount Pictures, y pudieron contraer finalmente matrimonio. Y ahí, justo en aquel altar, comenzó la mayor aventura de sus vidas, en la que yo tuve la fortuna de obtener el papel del nieto mayor.

Reían casi siempre, cantaban con frecuencia y amaban la cultura: leían mucho, eran grandes aficionados al teatro y, por supuesto, al cine. Mi abuelo coleccionaba sellos y monedas y a los dos les encantaba visitar museos. Cuando las cosas empezaron a irles bien, compraron una segunda vivienda en Villalba, donde yo les visitaba con frecuencia y con mucho entusiasmo. Allí paseábamos por la sierra, jugábamos al ajedrez, al Intelect y al Trivial y nos bañábamos en la piscina. Por aquel entonces estar con ellos era para mí el mejor de los planes. Porque si de algo disfrutaban más que de las aficiones mencionadas, era de reunir a la familia y pasar tiempo con sus seis nietos.

Transcurrió el tiempo y el siglo XXI llegó. Para él, que había estado a punto de ser fusilado setenta años antes, y para ella, que aún recordaba a sus hermanos muertos en el frente, parecía un milagro. Pero la vida no perdona y todo había cambiado mucho para ellos. A instancias de sus hijas, mi madre y mi tía Eva, contrataron a una chica que les ayudara, ya que él se sentía cansado y ella a veces se perdía en el laberinto de su memoria. El Alzhéimer la fue poco a poco haciendo su prisionera y al final no reconocía a sus hijas, nietos o bisnietos. Mantenía, sin embargo, angustiosas conversaciones con sus hermanos fallecidos. Tan sólo sabíamos que seguía ahí, con nosotros, cuando su marido la hablaba. Se calmaba entonces, incluso sonreía al escuchar esa voz que probablemente ya imaginaba en su cabeza cuando a los catorce años aquel soldado republicano la escribía las cartas que ella recibía exiliada en Avinyó.

Soledad y Santiago, celebrando en 1997 sus Bodas de Oro


Pero un día él se marchó para siempre. Nos dejó y la voz de Santiago desapareció. Ella, perdida en la bruma de su conciencia, esperó durante unas semanas y, al no encontrar más que su eco, decidió partir en su búsqueda, dejándonos en poco menos de dos meses a las hijas sin padres y a los nietos sin abuelos. Ocurrió en la primavera de 2010 y dolió, dolió mucho, pero heredamos tantos recuerdos y tantas historias compartidas que les hemos seguido sintiendo cerca en cada reunión familiar.

Mi memoria vuela a veces a aquellos días en que les visitábamos en su casa de la calle Vinaroz, muy cerca del Auditorio, al que asistían siempre que tenían ocasión, y me veo allí, en el despacho de mi abuelo, leyendo alguno de los libros de su biblioteca mientras él cataloga sus colecciones de sellos y monedas, ambos en silencio, mecidos tan sólo por la voz de mi abuela, que tararea una canción alegre de su infancia, aún dueña de sí misma, mientras trastea en la cocina. Nos veo a los tres: ellos, agradecidos por todo lo que la vida les dio, y yo deseando que aquel instante dure siempre, que nada ni nadie lo rompa. Y entonces mi abuelo, con su voz grave, con la que comienza a acompañar la canción que su esposa, en otra habitación, continúa cantando, me mira, me sonríe, saca un caramelo violeta de los que siempre guarda en su escritorio y que compra en la Puerta del Sol, me lo tiende y me guiña un ojo, haciéndome sentir, entonces y ahora, el niño más afortunado sobre la faz de la tierra.

Mis abuelos, en Villalba en 1991





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