domingo, 15 de enero de 2023

El síndrome del impostor

Nunca había oído hablar del "síndrome del impostor" hasta que comencé a trabajar en la que ha sido mi última empresa.

Los pasos previos a mi contratación fueron los habituales. O los que yo suponía como tales tras muchos años sin haberme presentado a prácticamente ninguna entrevista de trabajo. Se produjo primero un intercambio de correos, posteriormente dos entrevistas on-line con el Departamento de Recursos Humanos de la empresa, prueba de nivel de inglés incluida, y, por último, una tercera en modalidad presencial con el responsable del Departamento en el que se encontraba la vacante a cubrir. Si bien las condiciones que me habían puesto sobre la mesa eran sustancialmente mejores que las que yo había disfrutado durante casi toda mi vida laboral anterior, no alcanzaba aún a ver que este nuevo puesto de trabajo podría suponer un salto de calidad importante y una oportunidad realmente interesante para alguien que llevaba veinte años sobreviviendo al precario convenio colectivo de Call Center. 

Empecé a percatarme de que estaba accediendo a otro nivel cuando, una vez puestas de acuerdo las dos partes interesadas, fui convocado para la firma del contrato. Debía presentarme en Paseo de la Castellana, 216, una ubicación diferente a aquella en la que había realizado la entrevista personal. Me avergüenza un poco decir que no soy un gran conocedor de la ciudad de Madrid y quizá por ello me quedé asombrado, al salir aquella mañana del metro de Plaza de Castilla, cuando descubrí que el número 216 era la Torre Realia. Para alguien como yo es el típico edificio que uno piensa que nunca pisará, no por falta de ganas o curiosidad, sino porque es uno de esos lugares que no casa con aquello a lo que uno está acostumbrado. El caso es que allí estaba yo, alucinando con el sistema de acceso al edificio, sincronizado con el mecanismo de los ascensores. Mientras esperaba, ya en la planta en la que estaba citado, me entretuve contemplando las vistas de Madrid que mi privilegiada ubicación ofrecía. Sencillamente espectacular. A continuación me hicieron esperar unos minutos en una recepción en la que creo que me habría quedado a vivir si me lo hubiesen propuesto. La firma se realizó en una sala de reuniones que disponía, no sólo de todos los avances tecnológicos, sino también de una decoración moderna y confortable. Supongo que a estas alturas habrá alguno de los que estéis leyendo esto que se estará acordando de Paco Martínez-Soria en alguna de esas películas de los años sesenta en las que el aldeano llegaba a la capital. Pues así me sentía yo. La aldea era mi antigua empresa y la ciudad era la nueva. Conseguí firmar el contrato y entender todas las condiciones y cláusulas del mismo sin que se me notase demasiado la palurdez.


Regresé ese día a casa fascinado por lo que había visto y emocionado porque yo iba a formar parte de aquello, aunque también algo preocupado por si estaría a la altura del desafío. Compartí con Nuria y los niños mi excitación y mi optimismo, pero no les mencioné que me temblaban un poco las canillas. Me parecía que ellos se merecían esa alegría y que yo debía centrarme en hacerme digno de aquella oportunidad que se me brindaba.

Durante los dos primeros meses recibí una formación intermitente y acelerada que me permitió cerciorarme de que aquello era real, de que no era ninguna broma. Que si aquello salía bien, iba a poder ofrecerle a mi familia una vida mejor, con más comodidades y mayores beneficios. No era capaz de asimilar que me hubiesen elegido, tenía miedo de que en cualquier momento cualquier cliente o compañero, ya fuese superior o inferior jerárquicamente, me señalase y gritase muy alto para que todo el mundo se enterase: "este no es tu sitio, no estás cualificado, nos hemos equivocado". Y fue ahí cuando, hablando con Vero, una compañera de mi anterior empresa, me dijo que lo que me pasaba era que estaba sufriendo el síndrome del impostor, un fenómeno psicológico consistente en que alguien que ha demostrado ser perfectamente capaz en determinadas tareas empieza a sentir que no lo es. La explicación me pareció plausible y la interioricé como algo a evitar, me propuse demostrar a todo el mundo, a mí el primero, que tenía derecho a estar ahí.


Durante las primeras semanas comprendí que el puesto que yo ocupaba no era el de coordinador al uso al que estaba habituado. Mis funciones no se limitaban únicamente a dirigir a un grupo de personas, vigilar las colas de llamadas o asegurarme de que los objetivos se cumplían. Los departamentos que me daban soporte en mi anterior compañía no existían aquí, todos convergían en mí: el Departamento de Planificación que montaba las parrillas de horarios, días libres y vacaciones; el Departamento de Reporting, que elaboraba los informes del servicio; el Departamento de Informática encargado de realizar la migración del software de atención de llamadas, reuniéndome periódicamente con los Departamentos correspondientes de otros países; el Departamento de Supervisión, responsable de tratar directamente con los clientes, etc. Y reuniones a todas horas. La carga de trabajo empezó a superarme y, aunque efectivamente nuestro nivel de vida había mejorado, yo cada vez tenía que echar más y más horas en la oficina y también en casa. Mis jornadas comenzaron a ser de doce horas, mis noches de cuatro, mis fines de semana no eran tales. El síndrome del impostor revoloteaba a mi alrededor, aguijoneándome y llenándome de dudas. Me lo quitaba a manotazos, obsesionado en conseguir mis objetivos de la manera que fuese.

Pero no fue así. Llegó un momento en que la ansiedad era tal que en varias ocasiones estuve a punto de dirigirme al despacho de mi responsable y decirle: "mira, nos hemos equivocado, esto se me queda grande". Habría sido lo más ético, lo reconozco, pero la situación en que me podía encontrar, si abandonaba voluntariamente, me frenaba todas y cada una de las veces. Y seguía esforzándome, no dejaba de intentarlo, aunque era consciente de que mis carencias empezaban a ser muy visibles para todos los que me rodeaban. No me sentía un impostor y en ningún momento les culpé a ellos de verme en aquel atolladero, no sentía (y sigo sin sentirlo) que me hubiesen engañado. Simplemente el concepto de Coordinador de Call Center que ellos y yo manejábamos era muy diferente. Y cuando se produjo la contratación, ambas partes teníamos tanta prisa, ellos por cubrir esa vacante y yo por no continuar desempleado, que no hablamos lo suficiente. Yo no pregunté todo lo que debía. Ellos no me explicaron todo lo que implicaba aquel puesto.

No fue una sorpresa que un viernes, día en que la oficina estaba prácticamente desierta porque era el elegido por la mayoría de los empleados para teletrabajar, mi responsable me llamase a su despacho y, con la ayuda del Director de Recursos Humanos, finalizásemos nuestra relación laboral. Sentí una gran liberación cuando entregué mi tarjeta de acceso y abandoné las instalaciones. Cuando salí a la calle, el aire me supo mejor que nunca. Me compré un refresco y me senté en un banco a digerir lo ocurrido. Notaba como si me hubiesen quitado un peso de encima de los hombros. El móvil vibraba con mensajes de ánimo de los que habían pasado en una mañana a ser ex-compañeros. A pesar de que en aquel instante la sensación predominante era de alivio, volvió a mi cabeza la conversación sobre el síndrome del impostor y recordé lo mal que lo había pasado esos meses creyendo que no era válido para aquel puesto. Y llegué a la conclusión de que aquella angustia que me había dominado todo ese tiempo había sido un lastre que, si bien no había constituido la causa final de mi despido, no me había hecho ningún bien.

Aún sigo recuperándome anímica y físicamente de aquello, pero es obvio que, antes de embarcarme en futuras aventuras laborales, me vacunaré, sin lugar a dudas, del dichoso síndrome del impostor.

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