jueves, 12 de enero de 2023

Lo que la cancha nos da: esos cinco minutos de gloria

WiZink Center, 4 de marzo de 2018.

El Real Madrid disputa su partido de liga ACB contra el San Pablo Burgos ante seis mil espectadores que vibran con Luka Doncic, Felipe Reyes, Sergio Llull y compañía. Hemos llegado al descanso y los blancos se imponen con claridad con un marcador de 53-31. El speaker anuncia que el equipo Infantil va a ofrecer al público madridista la Minicopa conquistada semanas antes en las Islas Canarias y comienza a cantar los números y nombres de sus jugadores, que irán saliendo del túnel de vestuarios y se dirigirán al centro de la cancha para recibir la ovación del público. Y el primero en ser nombrado, por ser su número el más bajo de la plantilla es...

- ¡¡Con el número 4, Sergio Rodelgo!!

Lágrimillas en los ojos y piel de gallina viendo a mi hijo, catorce años recién cumplidos, pisando ese célebre parqué bajo la mirada y los aplausos de la multitud. El premio al trabajo realizado durante muchos meses. El orgullo que siento mientras él vive ese homenaje me hace crecer unos centímetros mientras mi hermano Carlos me pasa un brazo sobre los hombros. Son también mis minutos de gloria.


Pero rebobinemos hasta el mes de julio de 2017, momento en el que habíamos dejado, en nuestra última crónica de Lo que la cancha nos da, a nuestros jugones.

Tras aquella final perdida en Villalba, creíamos que Sergio estaba ya fuera de los focos y que la normalidad deportiva iba a llegar por fin a nuestras vidas, pero una nueva llamada del Real Madrid puso otra vez a la familia patas arriba. No esperábamos saber más de ellos, pensábamos que ese tren, para bien o para mal, ya se había escapado definitivamente. Nos lo vendieron como un favor, como algo que Sergio se había ganado y no había disfrutado. Sabíamos que mentalmente Sergio ya estaba preparado para ese desafío, pero en el plano deportivo teníamos nuestras dudas. Hablamos con nuestro club, que perdería una pieza importante para el año de Infantil si aceptábamos, y nos animaron a aceptar la propuesta. Creían que debíamos permitirle disfrutar de esa experiencia y más ese año, en el que el Madrid disputaría el Campeonato de España de Clubes y la Minicopa, eventos que Alcorcón Basket nunca podría ofrecernos. A Sergio le costó tomar la decisión, no porque sintiese que el reto le fuese a quedar grande, sino porque marcharse de su club y abandonar a sus compañeros le generaba muchas dudas. Pero él también comprendió que era algo único e irrepetible. Así que, después de darle muchas vueltas, finalmente cambió la camiseta azul de Alcorcón Basket por la blanca del Madrid.

Accedimos a otro mundo, para lo bueno y para lo malo. Algunas cosas las suponíamos: unas instalaciones estupendas, un staff compuesto por el doble de preparadores que en cualquier otro equipo, ropa de todo tipo con el logo del club, muchos viajes a torneos fuera de Madrid, especialmente a Cataluña, regalos, una organización excelente... Otras resultaron una gran decepción. Entre estas últimas, sin lugar a dudas, la despreocupación y falta de compromiso con los estudios de los chavales constituyó, a pesar de que en las conversaciones iniciales se nos garantizó un apoyo continuo, especialmente en los viajes del equipo, el mayor de los fiascos. 

Allí se encontró con muchos de los compañeros con los que había ganado el Campeonato de España Mini, pero descubrió que la amistad se había transformado en rivalidad. En el Real Madrid, a esas edades y a falta de equipos que puedan plantarte cara en la competición local, se fomenta el que los chicos compitan entre ellos mismos por tener más minutos, por ganarse la continuidad al año siguiente. Sergio no se amilanó y se esforzó mucho a lo largo de la temporada, adaptándose como pudo a una manera de entender el baloncesto completamente ajena a su experiencia previa.

Mientras tanto, Marcos y sus compañeros arrancaban la última temporada en Benjamín con el recuerdo de lo ocurrido el año anterior aún fresco. El curso se desarrolló de una manera similar, poniendo "chinchetas" por todos los campos de Madrid y desplegando un juego atractivo y divertido, aunque los padres teníamos una sensación extraña, algo que no terminaba de encajar. No sabría definirlo. Quizá se trataba de una pequeña grieta que amenazaba con resquebrajar el equilibrio que en el grupo se había establecido. Una ligera escisión entre los que consideraban que se debía seguir priorizando la formación y los que consideraban que el equipo debía competir más. Tal vez ser tan superiores no era bueno para el crecimiento deportivo de los chicos. El caso es que finalizamos la fase regular con diecinueve victorias y tan sólo una derrota ante Ricopia Alcalá. Estábamos nuevamente en los playoffs y volvíamos a ser favoritos para el título de Madrid. Aunque Marcos había ido de más a menos, se le veía feliz con sus amigos, muy integrado y entusiasmado con la oportunidad de que su equipo volviese a estar entre los mejores de Madrid. En la primera eliminatoria de playoffs nos esperaba un rival siempre duro, el colegio Estudio. Nos sabíamos superiores, pero habíamos notado en los últimos partidos que el equipo comenzaba a renquear ligeramente, que el balón no fluía como antes. Aún así, nos impusimos con claridad en ambos partidos y pasamos a la siguiente ronda, donde nos enfrentaríamos una vez más al colegio Brains.


A esas alturas de la temporada -finales del mes de mayo-, mientras Marcos había disputado veintidós partidos, Sergio llevaba ya en las piernas la friolera de sesenta y uno . Esa era otra de las grandes diferencias entre el Real Madrid y el resto de clubes: la acumulación de encuentros. No había mes en que no tuviésemos que prepararle la maleta para viajar por España a jugar amistosos y torneos. Me pesa no haberle podido acompañar desde la grada en las ciudades que visitó, como otros padres sí hacían, pero ni nuestros trabajos ni nuestra economía nos lo permitían. Conocedores de que las dos grandes citas de aquel año eran la Minicopa, en febrero y en Canarias, y el Campeonato de España, en junio y en Galicia, Nuria y yo nos aseguramos de tener esas fechas libres y ahorramos para poder estar a su lado sólo en esos torneos. No daba para más.

En Madrid, el equipo se paseaba y Sergio disfrutaba de minutos de juego. La superioridad era tal que los entrenadores repartían el tiempo de juego de manera más o menos equitativa entre todos ellos. Aunque técnicamente había mejorado mucho, Sergio aún no estaba a la altura de la mayoría de sus compañeros. Seguía aportando fuerza y voluntad, pero creo que ya sabíamos que no sería suficiente. Tampoco nos habíamos planteado estar más de un año en el club blanco. No era ningún drama. Percibíamos que otros padres vivían angustiados por si el club cortaría a sus hijos al finalizar la temporada, pero poco o nada nos preocupaba a nosotros ese asunto. Sufríamos cuando no jugaba, cuando jugaba menos que los demás, cuando las cosas no le salían, pero realmente éramos conscientes de que era un privilegiado por poder ser parte de aquello durante al menos un año.


Nos emocionaba en la distancia ver, cuando participaba en torneos fuera de Madrid, que se enfrentaba no sólo a chavales de otras comunidades, sino de otros países. Jugó partidos contra equipos como el Audentes de Estonia o el Apollo de Amsterdam. El Real Madrid, incluso en estas edades, es internacional y nos parecía muy enriquecedor que descubriese, en la medida de lo posible, otras formas de baloncesto y otras culturas. No se nos escapaba, cuando el equipo se enfrentaba en esos torneos a rivales de su nivel, como el Barcelona o el Joventut, que el reparto de minutos ya no era el mismo y nos acostábamos enfadados con nosotros mismos por no poder estar cerca de él en esos momentos. Se trataba de ganar, poco importaba si habías trabajado más que los demás durante esa semana. Sergio no jugó algunos de esos partidos y en otros tuvo pocos minutos. Sufríamos por él, aunque él parecía comprender su papel en el equipo y lo tenía interiorizado.

La Minicopa era el primer torneo importante de la temporada y el que muchos padres esperaban con ansiedad porque en él se darían las primeras pistas para saber quién continuaría el año siguiente y quién no.  Viajamos a Canarias para estar a su lado, para que nos sintiese cerca y creo que aquello le ayudó en una experiencia bonita, pero también muy dura. Su participación fue completamente testimonial en aquel torneo. Pocos minutos ante Iberostar Tenerife, Unicaja Málaga, Guipuzkoa Basket y Joventut de Badalona. Siete puntos en el total de esos cuatro partidos. Recuerdo más de aquellos días las experiencias que vivimos Nuria y yo, solos o con otros padres, que los minutos que jugó nuestro hijo. No digo esto con rencor, sabíamos dónde estábamos y lo que habíamos ido a hacer allí. Todos queremos que nuestros hijos jueguen, que tengan muchas oportunidades y, si es posible, que se sientan protagonistas reales de la victoria, cuando esta se produce. No se nos puede reprochar que, tras la final frente a Iberostar Tenerife, que ganamos y que nos llevaría a ese momento en el WiZink Center un mes después, nos sintiésemos algo indignados por los siete segundos que Sergio jugó aquel día. Justo antes del descanso, a falta de esos pocos segundos, se solicitó un tiempo muerto y vimos que saltaba a la cancha. Era una jugada defensiva, no tocó el balón, no hubo opción. Esperábamos que en la segunda parte volviese a salir, pero no ocurrió. El equipo ganó el torneo y Sergio estaba pletórico, su equipo había vencido, no le daba ninguna importancia al hecho de no haber participado apenas. Supongo que también ahí nos estaba dando una lección, así que nos tragamos nuestro enfado y volamos de regreso a Madrid.


Marcos y sus compañeros disputaron el primer partido de cuartos de final, la eliminatoria que podría darles el acceso al día del Mini, en el Colegio Brains. En esta ocasión el partido se jugó en la pista exterior, lo que nos ahorraba el trago de jugar en aquel gimnasio en el que el año anterior habíamos perdido. ¿Miedo escénico? ¿Fin de un ciclo? No lo sé, pero nuestros chicos no jugaron como sabían. Fallaron muchas canastas fáciles y los rivales se hacían con todos los rebotes. No sólo perdimos, sino que las sensaciones con las que regresamos a Alcorcón eran malas. Al día siguiente tendríamos la oportunidad de darle la vuelta a a la eliminatoria, pero no parecía sencillo ni por la diferencia de once puntos ni por lo que el equipo nos transmitía. Pero lo cierto es que en el partido de Alcorcón empezamos con muy buen pie, nos fuimos en el marcador y creo recordar que incluso llegamos a igualar esos once puntos. Parecía que podríamos conseguirlo. Pero una segunda parte en la que ellos mostraron una preparación física muy superior nos devolvió a la realidad y fue finalmente el Colegio Brains, esta vez sin trucos ni atajos, quien alcanzó el día del Mini y dio por concluida nuestra temporada una vez más en los cuartos de final. Nos ahogábamos de nuevo en la orilla.

Aún nos quedaba la Final Four del Campeonato de Madrid y el Campeonato de España que Sergio tenía que disputar. La de Madrid se celebró en mi antigua universidad, a la que regresé veinticinco años después. Ninguno de los equipos allí presentes puso en apuros a nuestros chicos y, como era de esperar, nuestro equipo alzó el título de Campeones de Madrid. Sergio realizó un gran partido en la final contra Estudiantes, a quien ganamos por 82-31, anotando trece puntos. Intuíamos que aquellos iban a ser sus últimos minutos con la camiseta blanca, dado que, tras lo vivido en Canarias, no teníamos grandes esperanzas de que jugase demasiado en el Campeonato de España. Tampoco contábamos con que el Real Madrid nos propusiese continuar un año más.

Galicia es posiblemente la Comunidad que más me gusta visitar. Por clima, gastronomía y, sobre todo, porque allí viven dos de mis hermanos. Marín, sede del Campeonato, se encuentra a una hora en coche de Figueiró, la aldea donde reside mi hermano Carlos, así que durante aquella semana pasamos mucho tiempo con ellos y nos desplazábamos, cuando Sergio jugaba, hasta la otra punta de la provincia para acompañarle. Un Campeonato de España, aunque sea en categoría infantil, es un evento muy especial y así lo vivimos, como algo que no volvería a repetirse. No diré que el equipo ganó el título por aplastamiento, pero lo cierto es que no hubo rival. Volvimos a Madrid con el Campeonato en el bolsillo y a la espera de la reunión con el Real Madrid para que nos dijesen si seguían contando con Sergio para el año siguiente.

En el caso de los pequeños se anunció que en la siguiente temporada Juanpe ya no sería el entrenador de nuestros hijos, medida que algunos padres no acogieron con agrado, pero aun así quisimos cerrar el año como mejor sabíamos: con una cena donde una vez más disfrutamos como enanos.

Cuando el Madrid nos convocó a la reunión de final de curso, acudimos a ella con dos certezas que nos llevaban a una única conclusión: Sergio abandonaría el Real Madrid. La primera certeza era que el club no iba a seguir contando con él y la segunda era que, en el remoto caso de que nos propusiesen lo contrario, no aceptaríamos. Sergio había reflexionado mucho durante aquella semana y nos había pedido volver a Alcorcón. Así que lo más importante de aquella reunión fue la llamada que al terminar hicimos a Goyo, el director deportivo de Alcorcón Basket, para informarle de que regresábamos a casa.

De Valdebebas salimos con la mochila llena de experiencias, un Campeonato de Madrid, uno de España, una Minicopa, kilos de ropa oficial, un Iphone, un Ipad (que vendimos) y, por supuesto, nuestros cinco minutos de gloria, que ni él ni nosotros olvidaremos jamás.

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