sábado, 21 de enero de 2023

Los amigos que se fueron

No fue mi primer empleo remunerado, pero sí el primero plenamente orientado a hacer frente a mis responsabilidades como ciudadano adulto, concretamente al pago de las letras del piso que Nuria y yo nos habíamos comprado y que esperábamos estrenar cuando nos casásemos, circunstancia para la que aún quedaban dos años.  Antes de aquello hubo algunas horas en un túnel de lavado de coches, impartí clases particulares en casa o a domicilio y fui becario en el Gabinete de Prensa de una importante empresa de automocion, empleos todos ellos que me sirvieron para poder contar con algo de dinero para mis gastos y para introducirme poco a poco en el mundo laboral.



No era el trabajo soñado ni mucho menos. Con una licenciatura bajo el brazo era obvio que ser uno de los encargados de la tienda que Telepizza tenía en el barrio de Lucero distaba mucho de aquello para lo que me había preparado durante cinco años, pero la obligación adquirida con el banco y la saturación del sector periodístico en el mercado laboral me obligaron a rebajar mis expectativas y a arremangarme. Una de las primeras personas que conocí al llegar allí y con la que más rápido intimé fue otro de los responsables del local, Oscar. Era un tipo bajito y extrovertido que conocía el negocio a la perfección y que pronto, además de enseñarme todo lo necesario para moverme alrededor del horno, en caja o en la mesa de ingredientes, se convirtió en mi confidente y yo en su confesor. Pronto conocí su historia: un amor fallido, unos padres distantes con los que no tenía demasiado trato y, sobre todo, una contagiosa ilusión por vivir la vida de manera sana y sin dañar a nadie. Pronto fuimos íntimos y descubrí a su lado una nueva manera de entender la amistad y de ver el mundo. Fui testigo directo, y a veces cómplice, del romance que se fue fraguando entre él y Uge, una de las chicas que allí trabajaban, una persona muy especial, marcada en la adolescencia por la trágica muerte de su prima, la hermana que no había tenido, y que empezó en aquella época a tener un problema serio de salud que alguna noche acabó con nuestros huesos, los míos y los de Oscar, una vez cerrado el local, en el Clínico; él para apoyar en aquellos momentos a la familia en lo que pudieran necesitar y yo para sostenerle a él, tan perdidamente enamorado como empezaba a estar de ella y tan preocupado por la situación a la que Uge se enfrentaba.

El tiempo pasó, ella se recuperó y yo, llegado el momento de renovar mi contrato, me negué. No me disgustaba el trabajo, y el ambiente, siempre al lado de Oscar y Uge, era fantástico la mayor parte del tiempo, pero tenía otras aspiraciones en el ámbito laboral. La amistad no se rompió, se hizo aún más fuerte, convirtiéndose en una de esas relaciones en que no importa llevar tres meses sin hablar, ya que cuando nos reuníamos los cuatro (Nuria también les comenzó a adorar desde el día que les conoció), era como si el tiempo no hubiese pasado y nos hubiésemos visto el día anterior. Como pasa con la familia. Y es que eso eran ellos para nosotros: familia.

Guardo mil anécdotas del tiempo que compartimos con ellos, suficientes para cubrir cinco o seis entradas de este blog, pero me limitaré a reseñar que hicimos juntos excursiones, nos visitábamos con frecuencia, vinieron a nuestra boda, tanto ellos como nosotros fuimos padres y compartimos miedos y preocupaciones.


A Oscar, uno de los mejores amigos que he tenido la suerte de conocer, se lo llevó hace ya unos años un cáncer de estómago cuando estaba en la flor de la vida, enamorado, feliz con su vida y padre de dos hijos pequeños a los que idolatraba. La última vez que le vi se encontraba, esforzándose por sonreírme para que yo no llorase, postrado en una cama del hospital, ya muy cerca del final. Nadie merece morir tan joven, pero aún menos cuando eres de los que suman, de esos que siempre tienden la mano a los demás sin esperar nada a cambio. Y esto no es un tópico, no, él, cuando daba, no esperaba nada a cambio, nunca. Aún me duele su pérdida. Me encantaría poder volver a hablar con él y compartir una vez más las cosas de la vida. Presentarle a los hombres en que mis hijos se están convirtiendo. Ir juntos a comprar un regalo para nuestras chicas, como hicimos aquella vez que nos perdimos por la FNAC de Callao buscando El alma al aire, de Alejandro Sanz. Contarle que desde que él se fue le he cogido manía al Telepizzs. Cada año, en el aniversario de su muerte, comparto en Facebook alguna canción que sé que le habría gustado y cada año, al hacerlo, tengo la certeza, firme como ninguna otra, de que él, allá donde esté, recibe el mensaje. 

¿Qué fue de Uge? Sólo por todo a lo que se ha tenido que enfrentar en la vida y por la fortaleza que demostró siempre, tendrá su entrada en este blog, pero eso sucederá cuando por fin me encuentre bien y saquemos unos días para visitarla en Cáceres, donde ahora vive y ponernos al día. Estoy convencido de que será como siempre, como si estos años que han transcurrido sin vernos no hubiesen existido en lo que a nuestra amistad se refiere. Que correrá la cerveza y que nos partiremos de risa trayendo de vuelta anécdotas de hace veinte años. Y que alguna lágrima se nos escapará cuando nos acordemos de Oscar. Pero sé que eso también será maravilloso.


Fue la de Oscar la pérdida que más me afectó y que más presente está en mi ánimo, pero hubo otros amigos (pocos, gracias a Dios) que también se fueron y de los que ni quiero ni puedo olvidarme.

José Manuel, el Jabalí, compañero de trabajo con quien compartí oficina durante varios años y que nos dejó hace algo más de dos tras mucho tiempo enfermo. Si bien nunca llegamos a tener una relación tan estrecha como la que tuve con Oscar, la admiración y el respeto que sentíamos era mutuo y siempre teníamos ese rato para echar un cigarro y contarnos nuestras cosas.

Pablo, que compartió con nosotros dos Campeonatos de España, una Minicopa y una temporada en el Real Madrid, a quien el Covid se llevó hace año y medio cuando se encontraba en Marbella con su familia. Él me demostró que los que tienen mucho, como era su caso, también saben compartir su suerte con generosidad y humildad. 


Y Fran, alguien que pudo llegar a ser un amigo muy especial pero al que comencé a subirle tarde las barreras por algo tan infantil como los celos. De que Nuria no hiciese más que hablar de él y de su mujer, Mariví; de las horas que se tiraba al teléfono con ellos; de todas las veces que ellos tres quedaban; de que a mí me costase tanto en tiempos de Covid hacerla reir y sin embargo él lo consiguiese con cuatro palabras. Creo que llegué a tiempo, que antes de que falleciese hace ahora un año por una pancreatitis, fuí capaz de demostrarle que me había comportado como un tonto, que le sentía como un amigo y que tendrá mi agradecimiento eterno por ayudar a Nuria a que la pandemia en el hospital fuese más tolerable.

A todos ellos, con gratitud y sintiéndome afortunado de haberles conocido, les dedico hoy estas líneas. 

Siempre cerca, siempre presentes.

4 comentarios:

  1. CRISTINA RODELGO LOPE21 de enero de 2023 a las 15:51

    Bua que bonito primo, llevaba tiempo sin leerte. Todos estarán orgullosos de ti y seguro que te mandan las fuerzas que necesitas.

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  2. Que bonito Santi, me has hecho llorar, igual que otras me haces reír. Seguro que ellos se sienten queridos

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  3. Hombre, no es mi intención hacer llorar a nadie, pero me alegro que te haya gustado. Besos

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