Tuve la fortuna de recibir esta semana en mi casa la visita de una buena amiga a la que hacía años no veía. No me duelen prendas al afirmar que me ha hecho muchísima ilusión. De hecho, y de esto se va a enterar cuando lea esta entrada, me esmeré esa mañana en dejar la casa, dentro de lo que cabe, algo más recogida de lo habitual y, en previsión de que aparecería sobre las siete de la tarde, desde las cinco y media estuve revisando todo, asegurándome de que hubiese bebidas frías en la nevera, partí algo de queso, adecenté de nuevo el salón y de vez en cuando me asomaba a la terraza para ver si tendría plazas para aparcar en la calle. Lo cierto es que encontró sitio para dejar el coche sin demasiados problemas, algo complicado en mi barrio, y termino resultando su visita, además de amena, muy barata, dado que tan sólo tomó un vaso de agua, unas aceitunas y un poco de queso. Frugal que es la muchacha.
Sí, ya sé, un poco excesivos los preparativos, pensará alguno. O lo normal, pensarán otros. Pero es que para mí, en este caso, era algo sumamente excepcional, dado que me he transformado durante estos últimos meses en una especie de ermitaño que sale de su cueva a lo sumo dos o tres veces a la semana y que rara vez recibe visitas. Así que la de Andrea exigía por mi parte un poco de esfuerzo extra.
En primer lugar porque cuando reflexiono sobre lo que en su día compartimos, soy consciente de que ella siempre me ha bendecido con una amistad mucho más intensa y sincera que la que yo la he ofrecido a ella. Afirma que fui importante en un momento crítico de su vida y, aunque es cierto que me recuerdo a mí mismo hace unos años consolándola y aconsejándola, nunca he imaginado que mi apoyo fuese realmente tan determinante para ella. Confieso aquí con algo de vergüenza que no es justo culpar sólo a las circunstancias de mi vida reciente el haber descuidado mi relación, no sólo con ella, sino con otros muchos, sino también a una suerte de laxitud social que se apoderó de mí hace ya un tiempo y que hasta ahora no he sido capaz de revertir plenamente. Mea culpa, por lo tanto, el no haber atendido mejor los reclamos de su amistad.
En segundo lugar porque, aunque no dejo de recibir llamadas y mensajes a diario para interesarse por mi estado de salud y transmitirme cariño y apoyo, son muy pocas las personas cercanas que durante estos meses se han acercado a mi casa para charlar un rato. Quien me conoce sabe que este tipo de cosas no penalizan en mi balance de afectos, no son cosas que resten. Pero en el caso de Andrea, para mí, no sólo suma, sino que multiplica. Especialmente porque se desplazó desde Valdemoro un día laborable, tras finalizar su jornada ordinaria a las seis de la tarde y teniendo que incorporarse a su puesto de nuevo a las tres de la madrugada. ¿Cómo no me va a parecer poco lo que yo pudiese poner para ella sobre la mesa o que la casa no estuviese suficientemente ordenada?
Andrea y yo trabajamos juntos hace años y mi primera impresión fue que era excelente en lo laboral y de armas tomar en lo social. Del perfil de mi querida esposa, sí. Altamente cualificada, muy decidida, responsable y profesional de manera superlativa, pero con un genio difícil de controlar y una mirada de perdonavidas que echaba para atrás. Delegar en ella, aparte de ser una de las primeras recomendaciones que recibí cuando entré en el servicio en el que ella llevaba ya un tiempo trabajando, se convirtió pronto en una necesidad para mí. Si era Andrea la que se ocupaba de esto o aquello, por esa parte yo, como responsable del servicio, podía estar completamente tranquilo. El trabajo hizo que nos fuésemos conociendo mejor y descubrí que, detrás de esa fachada de dama de hierro, se escondía una joven dispuesta a luchar contra los molinos de viento que en el camino encontrase para conseguir llegar a ser la persona que deseaba ser, pero que también poseía una fina sensibilidad y un alto concepto del valor de la amistad.
Recuerdo con cariño los paseos que dábamos, después de comer, alrededor del edificio donde estaban ubicadas nuestras oficinas y las conversaciones que manteníamos sobre nuestras respectivas relaciones, el futuro laboral, mis hijos y cientos de temas menos trascendentales que nos terminaron uniendo de una forma más estrecha.
Hoy aquellas oficinas están cerradas y nuestros caminos se separaron hace ya un tiempo pero, aunque nunca perdimos el contacto en estos años, no ha sido hasta hoy que nos hemos vuelto a ver. Y espero estar a la altura, cuando me sienta mejor, poder devolverla el gesto de amistad que, aunque ella dirá que no es para tanto, hoy me ha regalado.
Gracias, Andrea.


Y aunque en su momento ya agradecí infinitamente tus palabras, quiero expresar aquí también la importancia de aquellas amistades que, a pesar del tiempo y las circunstancias de cada uno, siguen permaneciendo. Como si fuera ayer nuestra última conversación. Y en sitios como estos, perdida en medio de la desconocida Corea del Sur con un chocolate caliente, me encanta releer de nuevos tus bonitas palabras que siempre me sonsacan una sonrisa y alguna que otra lagrimilla. Agradecida siempre y esperando volver a vernos y sobretodo, reírnos otro rato de nuestras cosas. Los buenos momentos hay que repetirlos cuanto más para que sobrepasen los malos, siempre. Gracias.
ResponderEliminar¿Corea del Sur? Hija mía, al final se te van a achinar los ojos de tanto viajar a aquella zona del mundo. Besos fuertes
ResponderEliminar