martes, 14 de febrero de 2023

La partida de dardos

La aventura en la que ambos se embarcaron comenzó así, jugando a los dardos en aquel pequeño pub cuyo exótico nombre evocaba aventuras y tierras lejanas y donde él se reunía con sus amigos para tomar unas cervezas cada fin de semana. Ninguno de los dos pudo intuir, al salir aquella tarde de sus respectivas casas, arreglados pero informales, la puerta que iban a abrir aquella noche y mucho menos el lugar en el que se encontrarían al traspasarla. Pocas veces somos capaces de anticipar ese instante que cambiará nuestras vidas para siempre, imposible predecir el momento en que el destino nos empujará en cualquier vericueto del camino en una dirección distinta a la planeada. Qué fácil sería todo si, como en las películas, el inicio de un tema musical, un cambio en la iluminación o directamente unos subtítulos nos anunciasen que estamos ante una de las más importantes encrucijadas de nuestras vidas. Poder disponer de unos minutos para prepararnos y adelantarnos a los acontecimientos. Pero casi nunca es así. Y a veces, cuando dejamos atrás lo que tenía que suceder, nos planteamos si hubiésemos actuado de la misma manera de haber podido contar con algo de tiempo para reflexionar sobre ello.  

O quizá sea más apropiado afirmar que todo aquello se había iniciado un par de meses antes, cuando ella se fijó en él paseando con sus amigas por el barrio y le llamaron la atención su porte y sus gestos. Alto, alrededor del metro ochenta, algo delgado, cabello rubio liso con algunos rizos rebeldes a la altura de las orejas. Tal vez aquella historia se puso en marcha cuando empezó a indagar sobre él y se propuso conocerle en profundidad. No le pareció especialmente apuesto: a su flacura se sumaba la sensación de ser poco cuidadoso con su imagen, pero irradiaba una serenidad y una cierta confianza en sí mismo que le hacían, a sus ojos, enormemente atractivo.



Poco a poco empezó a coincidir con él, haciéndose la encontradiza. Aparecía, siempre flanqueada por su hermana o alguna amiga, en los lugares que él frecuentaba y le miraba al principio desde la distancia, valorándolo, confiando en que, tarde o temprano, él se percatarse de su presencia. Como así ocurrió. No resultó difícil pasar pronto de las miradas a las palabras. Solía estar siempre rodeado de amigos y algunos eran comunes. Les presentaron y ella pudo entonces certificar que realmente le gustaba ese chico, que no era como los demás y que estaba dispuesta a mucho para conocerle más y mejor. Empezó a buscarle con mayor insistencia, casi persiguiéndole, y esperaba ansiosa la siguiente oportunidad de acercarse a él, aunque no llegasen a conversar. Bastaba con que viese que ella le miraba. Pero cuando tenía la posibilidad de hablar con él, la certeza de haber encontrado a alguien que podría ser importante en su vida se acrecentaba. 

Tiempo después él mismo la contaría que, antes de conocerla, le habían roto varias veces el corazón y que, justo cuando ella entró en su vida, estaba intentando cambiar, se esforzaba durante aquellos días por ser alguien diferente, crear una coraza a su alrededor que le protegiese del mal de amores. Uno puede enamorarse muchas veces en la adolescencia y sentir que el mundo se acaba, que no volverá a encenderse una pasión como esa, que no habrá ningún futuro cuando esa persona a la que hemos creído amar como nadie lo ha hecho antes nos abandona. Él llevaba años malviviendo en ese estribillo. Ninguna de sus relaciones había llegado al nivel de "formal" porque o bien era rechazado o bien se cansaban de él demasiado pronto. Le confesaría que él ya no estaba dispuesto a seguir siendo ese muchacho enamoradizo, dócil y servicial al que siempre hacían daño. Estaba decidido a ser como alguno de los amigos que le acompañaban allá donde fuese: un lobo entre el rebaño. Pensar únicamente en ir añadiendo muescas a su historial, sin comprometerse con nadie, sin preocuparse ni preguntarse por lo que sus víctimas pudiesen sufrir o disfrutar durante aquellas breves relaciones. Llevaba tiempo contemplándoles, conocía todas sus estrategias. Estaba dispuesto ahora a ser él quien hiriese y después se retirase subrepticiamente en busca de una nueva presa. Convertir el amor en un juego en el que la victoria siempre se decantase de su lado.

Reconocería también más adelante que, una vez que se dio cuenta de cómo ella le miraba, decidió que se convertiría en la primera víctima de aquella forzada metamorfosis que se empeñaba en interpretar. Sospechaba acertadamente que ella le veía tal y como él había mirado a sus antiguos amores del pasado. Sabía que podía ser una presa fácil, pero que al final, cuando el momento de propinar el zarpazo definitivo a su víctima llegó, no se vio capaz. Respetaba demasiado la limpieza de su mirada, la inocencia de sus gestos. Que le acosaron las dudas mientras permitía que ella se fuese acercando, le diría. Que ella comenzó a derribar todas las defensas que tanto esfuerzo le había supuesto construir con esa sonrisa encantadora que a veces viraba hacia una carcajada contagiosa. Y que él sentía una inmensa satisfacción, una sensación de éxito que no podía compararse con ninguna otra que hubiese conocido antes, cuando era él quien obraba esa transformación.

Todo eso le reconocería unos meses después.


Y llegó aquella noche, víspera de festivo, en el bar de siempre, trasegando minis de cerveza y fumando cigarrillos rubios, marca Fortuna, con su cuadrilla. Como en las últimas semanas, ella andaba por allí, cerca, hablando con unos y otros, siempre cerca, sonriéndole con los ojos cuando sus miradas se cruzaban.

Alguien propuso jugar a los dardos por parejas. Hacía calor y la música estaba muy alta, éxitos de los ya muertos ochenta a todo volumen, había que gritar al oído de los demás para hacerse entender. En un momento dado él se encontró con que habían sido emparejados para la siguiente ronda. El destino representado por el palillo más corto.

Ella demostró, a pesar de haber empuñado muy pocas veces los dardos, que tenía muy buena puntería, pero no terminaba de comprender las reglas del juego. Él tenía que acercarse a ella en cada lanzamiento para darle instrucciones. Hablar forzaba la cercanía. Se respiraron mutuamente, sus pieles entraron en contacto, presentándose, conociéndose.

Fue una partida muy igualada, de resultado incierto hasta el final. En las manos de ella quedó la victoria, una única tirada para terminar el juego. Mientras la animaba, él se sorprendió a sí mismo descubriendo lo cómodo que se había sentido a su lado durante ese rato, oyéndola reír, haciéndola reír. Y esa risa era un regalo envuelto en papel fosforescente que brillaba en aquel antro lleno de humo y voces. Le hacía sentirse importante, interesante, especial. Algo había ocurrido mientras jugaban, algo nuevo había comenzado a fluir entre ellos sin que él comprendiese lo que estaba ocurriendo en realidad. Cuando ella logró clavar el último dardo en el triple diecisiete, se giró exultante y le miró de aquella manera tan suya que él estaba comenzando a conocer, pura vitalidad y alegría. No pudo resistirse y la besó con ansiedad, ante el alborozado asombro de los presentes. Y ella le devolvió aquel beso con sabor a tabaco y cerveza con completa naturalidad, sin mostrar ninguna sorpresa, pero con idéntico ardor. Ninguno de los dos sabe a quién atribuir en realidad la iniciativa, ambos se movieron al unísono. O al menos así lo cuentan cuando alguien les pregunta sobre cómo empezó su historia juntos.


Hubo muchos besos aquella noche, torpes al principio, ninguno como el primero que se dieron guiados por la euforia. Tomaron alguna copa más y conversaron durante mucho rato. Llegada la hora, él la acompañó a su casa, dudando aún si poner punto y final a aquello, añadir una coma o ir más allá. Triunfó el punto y aparte. Se despidieron sin concretar nada. Todo quedó en el aire.

Cuando hablan de aquel día, él siempre cuenta que pasó parte de la noche tumbado en la cama, mirando al techo, rememorando la textura de los labios de ella y el brillo de su cabello dorado, tratando de tomar perspectiva sobre la situación para finalmente llegar a la conclusión de que debía apartarse.

Pero que al día siguiente, cuando ella le buscó nuevamente y le obsequió con la tierna sonrisa de quien ha encontrado por fin su destino, su convicción se derritió sin remedio y la volvió a besar.

Han pasado treinta años y siguen juntos. Han formado una familia y, aunque han encontrado y superado baches en el camino, son muy felices. Ella sigue deslumbrándole con su sonrisa, haciendo que algo dentro de él vibre con intensidad cuando logra transformarla en carcajada y que a ella se le salten las lágrimas. La dice varias veces al día que es preciosa y que la quiere. Como si a ella se le fuese a olvidar. Ella, que supo antes que él que estaban predestinados. Ella, que, a pesar de su juventud, tuvo la certeza, desde el momento en que le vio, de que se iniciaba la aventura más importante de sus vidas. Ella, que nunca dudó.

Curiosamente, ni Nuria ni yo volvimos a jugar nunca a los dardos.



4 comentarios:

  1. Granuja, es preciosa vuestra historia y maravillosamente contada. Seguro que quedan muchas mas por contar. Felicidaxed

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  2. Lo de granuja se quedó en el intento. Se me quitaron las ganas cuando empezó a sonreírme. Creo que el mundo salió beneficiado por ello porque mirándolo ahora con perspectiva iba a hacerlo fatal, jajaja. Gracias!!!

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  3. Que bonito cielo y que bien contado😘

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