viernes, 17 de marzo de 2023

De angustias y botes de vaselina

Hay angustias muy traidoras que se ocultan astutamente en el subconsciente, permanecen latentes y en un momento determinado aparecen por sorpresa y te arrebatan el aliento y también el sueño. No me refiero a esas preocupaciones más comunes como son las que ineludiblemente acompañan a la paternidad; esas siempre están ahí, activas y grapadas a nuestro ser durante toda la vida. O ese miedo a que te diagnostiquen un cáncer cuando acudes a una revisión con algún especialista porque has comenzado a sentir dolores extraños. No, ese tipo de angustias tienen una presencia más real, son, dentro de lo abstracta que pueda resultar cualquier ansiedad, más tangibles. Yo hablo de las otras. Como la que hace dos noches me expulsó abruptamente de mis sueños y me mantuvo ya desvelado hasta que el hecho de permanecer más tiempo en la cama, tratando de volver a dormirme, se me  antojó ya una pérdida de tiempo y, para regocijo de Marcos, me puse a prepararle un desayuno americano que se pudiese meter entre pecho y espalda antes de irse al instituto.


En mi último trabajo, ese que en gran medida provocó que mi estado de salud pasase de regular a penoso, atendíamos fundamentalmente llamadas de clientes que tenían un vehículo en renting y querían dar un parte de accidente. A grosso modo, como dirían los italianos, ya que eso sólo era una parte del trabajo. La que más agobio nos producía, especialmente a mí, que era el que se tenía que asegurar de que todas las llamadas se atendiesen, algo bastante delicado dado que los recursos, aunque de calidad, eran escasos y las llamadas, eran legión. Raro era el momento de la semana que no había llamadas en espera. Y los lunes, bueno, aquello era una carnicería, dado que desde que abríamos las líneas a las nueve de la mañana hasta que las cerrábamos por la tarde, no sólo se intentaban poner en contacto con nosotros los que habían tenido algún percance el fin de semana, sino también los que durante el sábado y domingo habían decidido que el vehículo ya acumulaba suficientes arañazos y abolladuras como para pasar por el taller. Así que, si el resto de la semana era como si fuésemos a la guerra, los lunes llevábamos también un buen tarro de vaselina. Podéis imaginar para qué. No había vivido, en mis veinte años de experiencia en el mundo del telemarketing, algo como aquello. Jamás.

La gran mayoría de los trabajadores, se dediquen a lo que se dediquen, sufren un pequeño síndrome post fin de semana el domingo por la noche, cuando se meten en la cama y, antes de conciliar el sueño, que suele tardar en llegar, se lamentan en silencio de que se acabó lo bueno. Pero se terminan durmiendo. En el equipo que yo coordinaba en esta empresa, algunas de las que conmigo trabajaban, y no hablo de operadoras con poca experiencia o demasiado jóvenes para soportar la presión, me confesaron cuando hubo cierta confianza que el bajón les venía ya el domingo después de comer y que las noches de los domingos lloraban más que dormían. Literal. Se pasaban buena parte de la noche derramando lágrimas sobre la almohada, conscientes del infierno al que iban a enfrentarse al día siguiente. Yo no llegaba a tanto, pero sí admito que el agobio apenas me permitía descansar y que los lunes iba en el tren como el que va al matadero.


Tener sueños (o recordarlos) es en mi caso algo poco habitual en estos tiempos en que los analgésicos me hunden en una profunda y pesada nada en la que mi cerebro parece apagarse por completo cuando duermo. Pero esa noche una congoja que me estaba horadando el pecho me hizo abrir los ojos con unas ganas enormes de echarme a llorar. Busqué la mano de Nuria y me arrimé un poco a su cuerpo para que su simple presencia me ofreciese algo de consuelo. Casi ni se enteró de lo agotada que se encuentra. Escuché también en ese instante a Marcos en su habitación mascullar en sueños algo ininteligible para mí. En la de Sergio todo era silencio, como siempre, mi hijo mayor duerme como un bendito.

A pesar de encontrarme despierto, el sueño aún se mezclaba con la realidad, ya que el desaliento que me embargaba se debía a que yo estaba convencido de que era domingo por la noche (falso, era martes), que yo seguía trabajando allí (falso, me despidieron hace ya diez meses) y que a la mañana siguiente me esperaba otra jornada de trabajo como las que he descrito (falso, ya que lo que me esperaba al día siguiente era, gracias a Dios, una mañana en la que pretendía finalizar un cuento infantil de un pirata llamado Medio Pelo y un relato policiaco de quinientas palabras en que el asesino era el policía que investigaba el crimen). Tardé un rato en darme cuenta de todo ello, pero aún así, cuando por fin me percaté de que toda esa angustia la había generado mi subconsciente, el desasosiego permaneció allí conmigo el resto de la noche.


Sé que esta experiencia laboral no sólo me generó un problema de salud, ya que es la tercera o cuarta vez en estos meses en que todo lo vivido allí vuelve de madrugada, y que me costará cerrar esa herida que aún arrastro y que de vez en cuando se vuelve abrir y supura. Pero en ese sentido soy optimista, ya que sé, después de casi medio siglo de vida, que el paso del tiempo casi todo lo cura y que a la vuelta de la esquina me esperan experiencias que harán que esa angustia de los domingos por la noche se convierta en una anécdota de la que espero poder reírme cuando sea viejo.

PS: creo que huelga decir que esta entrada, como no podía ser de otra manera, está dedicada, con mi mayor admiración hacia su profesionalidad, mi más sincero cariño por cómo me trataron mientras estuve allí y mi más firme apoyo porque yo sí sé lo que allí tienen que soportar cada día, a las teleoperadoras que compartieron botes de vaselina conmigo desde octubre de 2021 hasta mayo de 2022.

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