jueves, 2 de marzo de 2023

Jefes que nunca te abandonan

Lealtad y compromiso hacia quienes pagaban mi nómina han sido siempre dos de las principales virtudes de las que he intentado hacer gala a lo largo de mi vida laboral. Pero eso no quita para que ahora, sin más pagador que el SEPE, con una perspectiva más global de la vida y un futuro algo incierto, dedique unas líneas sinceras a quienes en su día fueron mis jefes. Los de verdad, no los que lo fueron de manera circunstancial o poco relevante, que de algunos de ellos ni me acuerdo, sino de los que dejaron en mí alguna clase de marca. De los que no me abandonarán nunca.

Con la primera me topé en el Gabinete de Prensa de Opel España, donde al principio colaboré como becario y luego como secretario ejecutivo. Su nombre era Pilar Guridi y era de sobra conocida por los periodistas españoles de las revistas del motor. Por lo que Google me cuenta, ya que no quise nunca hasta ahora seguirle la pista, se jubiló ya hace nueve años, lo que me confirma que debía rondar el medio siglo cuando este novato de veintipocos estuvo a su cargo. También significa que ya nadie más la tendrá que soportar en una oficina, a Dios gracias. Entiendo que todavía en los noventa una mujer ejecutiva debía ser a veces muy zorra para poder convivir con tanto machito, pero esta se llevaba la palma. No tenía una palabra amable para nadie más que para ella misma. Y latigazos recibíamos todos los días. Y aún así, ya ves, treinta años como Directora de Comunicaciones de General Motors en España. Estuve a sus órdenes (a aquello no podía llamársele colaborar) en dos etapas: un verano en tareas de archivo y más tarde cubriendo la baja maternal de su mano derecha. De esta última etapa datan los dos únicos viajes de negocios que he hecho a lo largo de mi vida laboral: a Cork, en Irlanda, y a Frankfurt, en Alemania. También de aquella etapa, de la que salí anímicamente bastante trastornado, conservo seguramente algún trauma. Creo que nadie me ha tratado con tanto desprecio como ella lo hizo en aquel momento.


Hay quien afirma que es conveniente sufrir una experiencia como esa para valorar las siguientes con mayor perspectiva. No sé si será cierto o no, pero la realidad es que, después de Pilar y tras mi etapa en Telepizza, llegó alguien que también dejó huella en mí. Podría decirse incluso que, laboralmente hablando, me moldeó.

Se llama Isabel López Saldaña y era Coordinadora en Sitel. Fue de hecho la que me dio la bienvenida a la compañía en el edificio de Siemens en Tres Cantos, cliente para el que trabajábamos. A pesar de ser más joven que yo y de percatarme pronto que eran más las cosas que nos separaban que las que nos unían, siempre me pareció una jefa extraordinaria. Durante los más de diez años que trabajamos juntos construimos una relación profesional bastante productiva. Me exigía, pero también me hacìa sentirme valorado y solía tener en cuenta mi opinión. Siempre hubo respeto mutuo, y si alguna vez nos lo faltamos, lo corregíamos a base de empatía y de tener claros los objetivos que compartíamos. Creo que ella siempre fue más comprensiva con mis quejas que yo con algunas de sus indicaciones. Ambos teníamos además en común que éramos padres de niños pequeños y un largo recorrido en tren de vuelta a casa al terminar la jornada, así que hablamos mucho sobre cómo les educábamos en nuestros respectivos hogares.

Ella aún sigue allí, en la que fue mi casa durante veinte años, y quiero pensar que, más allá de su escalada en el organigrama de la empresa, es feliz y que la cuidan como se merece.


Cuando mi época con Isa terminó, y tras un par de experiencias irrelevantes en cuanto a lo que jefaturas se refiere, fui a caer, siempre dentro de Sitel, en los brazos de Gema Fernández. Llegaba yo a su servicio, el de Carrefour, un tanto reticente. Primero porque dejaba atrás una experiencia, la de La Nevera Roja, que profesionalmente me había hecho sentirme muy orgulloso de mí mismo y del equipo que dirigía. Supuso un varapalo que aquello se acabase, aunque nada tuvo que ver en ello nuestro rendimiento. En segundo lugar, las referencias que yo tenía de aquella campaña eran confusas y algunas, como pude comprobar, con muy mala baba. 

Gema tardó un tiempo en ganarme para la causa. No porque ella hiciese las cosas mal, sino porque yo mantuve más de lo debido una actitud muy prudente y conservadora. Y que no venía por dónde me venían porque ella era dd la escuela de la pista americana. Pero es que al final era imposible resistirse al peculiar carácter de mi nueva jefa. Si Isa me había dado un curso básico de gestión de equipos, con Gema hice un máster. Si la primera me moldeó, la segunda me perfeccionó. Cada sentencia suya merecería un marco en la pared o ser grabada en una taza. Conseguía elevar a la enésima potencia cualquier sentimiento que pretendiese provocarte. Si quería motivarte, dejabas su mesa sintiendo que el mundo se te quedaba pequeño. Si se proponía asustarte, te ibas pensando que acababas de tener una conversación con la niña de El exorcista. Si su propósito era alabar tu trabajo, sentías que te habían dado el Nobel. Todo era híper con ella, para lo bueno y para lo malo.

Aprovechó el mismo ERE que yo para dedicarse en cuerpo y alma a una labor en la que no tenía ninguna experiencia, pero en la que seguro está superando también los objetivos marcados: ser madre. Mala suerte para aquellos que se han quedado sin trabajar con ella. Toda una experiencia. De las positivas.



Tras unos meses en el paro, llegó la que a priori iba a ser mi gran oportunidad. La que me sacaría de la medianía en la que siempre me había movido y que, sin embargo, me tiene ahora en el pobre estado de salud en el que me encuentro. Y era en este caso un hombre quien iba a ser mi superior directo, alguien cuyo nombre prefiero obviar por si, nunca se sabe, pudiese tener repercusiones legales no habiendo pasado todavía un año de mi despidoy también porque excluyo a esta persona de cualquier responsabilidad sobre mi presente situación. Llamémosle simplemente G.

Todos los jefes mandan. A algunos les sale con tanta autoridad y naturalidad que su palabra es ley. Algunos, los buenos, a pesar de esta habilidad, escuchan con atención lo que sus subordinados tienen que decir.  En G todas estas cualidades estaban muy a la vista. El trabajo de jefe le iba como anillo al dedo. Y sin embargo... 



La experiencia fue muy corta, yo boqueaba ahogado bajo montañas de trabajo y me consta que él no vivía mejor que yo. Creo que intentó ayudarme y acompañarme como buenamente pudo, que para mi sufrimiento y su pesar, como se pudo ver más adelante, no fue suficiente. Y sin embargo...

Creo que valoró mi esfuerzo y mi dedicación. Que intentaba a su manera enfrentarme a mis propias carencias con el deseo de que yo las superase y me convirtiese en un miembro válido de su equipo. Y sin embargo....

No sé, supongo que quien haya trabajado durante más tiempo con él quizá sea capaz de completar esos puntos suspensivos que yo no acierto a cerrar, pero sé que su marca, o mejor dicho, la de la experiencia que allí viví, nunca se borrará del todo.

Hoy me ha dado por aquí, por echar un vistazo al pasado y, con la perspectiva que me han dado los años, acordarme de ellos, de los que un día fueron mis jefes. Pero escribiendo estas líneas y asociados a los susodichos me han venido a la cabeza un puñado de nombres de compañeros que, sin querer menospreciar al resto, fueron tan importantes, incluso diría que más aún, que aquellos que nos dirigían a todos nosotros.

Pero sobre algunos de ellos, tranquilamente, hablaré otro día.

2 comentarios:

  1. Santi, agradecerte las palabras que dedicas hacia mi persona, siempre fuimos un buen equipo. Me encanta tu blog y aunque me falta tiempo para leer tus post siempre es un placer leerte. Abrazos.

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  2. Gracias a ti, Isa, por tantos años de paciencia conmigo y por todo lo que me enseñaste. Y por leer mi blog, claro, jajaja. Besos!!!

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