Recientemente mi padre recuperó y compartió por el grupo familiar de whatsapp una grabación recogida hace un montón de años en la que se escucha a mi abuelo recitando el poema satírico italiano que, habitualmente y siempre de memoria, declamaba a fin de amenizar la sobremesa de aquellas entrañables reuniones que organizábamos con frecuente periodicidad y con el que ninguno podíamos dejar de reír, no sólo por la picaresca historia que en él se relata, sino también y sobre todo por el ritmo, la cadencia y la entonación que mi abuelo Santiago imprimía al susodicho soneto. Supongo que esta grabación, de calidad deficiente, se realizó en algún restaurante, dado que hay tanto ruido de fondo que su voz, más que escucharse, se intuye. Aún así me emocioné al oírle de nuevo años después de su muerte. Me vino a la cabeza ese brindis que, calvo como le recuerdo hasta donde mi memoria alcanza, tenía también por costumbre hacer en todas esas comidas familiares:
Brindo por lo que brindo
Por un ramo de violetas
Que si no mato este toro
Me corto la coleta.
Sin embargo, la cosa no terminó ahí, dado que mi padre compartió también otra grabación, posiblemente más antigua aún que la primera y sin embargo de una calidad superior, en la que es mi abuela la protagonista. En ella interpreta un tema que yo no reconocía, a buen seguro que porque a mí lo que me gustaba por entonces eran estilos muy diferentes, pero que posteriormente logré identificar, gracias a la inestimable ayuda de Google, como La luna enamorá, una copla que cantaba Imperio de Triana allá por los años sesenta y que Elsa Baeza rescataría años después para el gran público.
Y debo confesar que al escuchar la voz cristalina de mi abuela, en la que fui capaz de identificar aquella mágica virtud de iluminar cada rincón de cualquier estancia en la que se encontrase cuando cantaba, lloré un río, tal y como como reza la letra de esa otra canción que la banda mejicana Maná hizo célebre.
Lloré con amargura porque ninguno de los dos están ya aquí, a nuestro lado, para seguir compartiendo comidas, poemas, brindis o canciones.
Lloré avergonzado por no haber prestado mayor atención a la tonadillas con que mi abuela Soledad colmaba de alegría a quienes estuvimos cerca de ella y por no haberla animado a hacerlo con mayor frecuencia cuando tuve la ocasión.
Lloré emocionado al recordar de nuevo su historia de amor, que comenzó cuando este país atravesaba un período dramático a causa de la Guerra Civil. Por cómo superaron los obstáculos hasta lograr construir todo aquello con lo que ambos habían soñado.
Lloré admirado por la capacidad memorística de mi abuelo, que aún nos recitaba ese y otros poemas cuando ya era octogenario, y las habilidades vocales de mi abuela, que lideraba con seguridad el surtido de villancicos que le dedicábamos al Belén en las celebraciones navideñas.
Lloré apesadumbrado porque me habría gustado que mi abuelo paterno no falleciese tan pronto para haber podido vivir con él y con mi abuela Jose momentos tan importantes en mi vida como los que compartí con los padres de mi madre.
Lloré además, ¿por qué no admitirlo también?, porque esta enfermedad me ha vuelto más blandito aún de lo que yo ya era antes.
Derramé durante un largo rato lágrimas de distintos sabores entre las que, sin embargo, predominaban por encima de las demás otras más cálidas y con un sabor mucho más dulce que las demás.
Eran lágrimas de agradecimiento por haber sido bendecido, no sólo con unos abuelos cercanos y cariñosos con los que tuve la fortuna de compartir largas conversaciones, prolongados paseos y muchas horas ante un tablero de ajedrez, un parchís o un Trivial, sino también porque gocé de la oportunidad de conocer a dos personas únicas que dejaron profundamente grabada su huella en los corazones de todos sus seres queridos.
Y llorar así, como yo lo hice aquel día, es una prueba fehaciente de que en el mío sus almas aún permanecen (y lo seguirán haciendo) muy presentes .



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