lunes, 17 de abril de 2023

Preadolescentes del siglo XXI



Me ha llamado mucho la atención este comentario que alguien puso hace unos días en redes sociales. Para mi vergüenza posterior, el Tuit, Story, Bereal, Reel, Post o lo que demonios fuese me hizo soltar de primeras una carcajada espontánea, como tal vez os haya ocurrido a alguno de vosotros. Pero lo cierto es, reflexionando sobre ello una vez superada esa primera reacción, que no tiene la menor gracia. O que, al menos, después de reírnos, deberíamos recapacitar un poco más sobre el fondo de la cuestión.

Con trece años obviamente yo no tenía móvil, ya que entonces esa clase de dispositivos se asociaban con el vasto universo de la ciencia-ficción, género al que, por cierto, nunca le tuve demasiada afición. Pero más allá de ese detalle, no recuerdo yo, con esa edad, que mi cabeza alumbrase ese tipo de pensamientos tan trascendentales ("sólo quiero olvidarlo todo y seguir adelante"), si es que se les puede llamar de esa manera. Y aunque así hubiese sido, dudo mucho que los hubiese compartido públicamente. No me imagino paseando por la calle y voceando lo infeliz que soy para que todo el mundo se entere. Pero es evidente que las cosas han cambiado tanto que las generaciones nacidas en este siglo no lo entienden de la misma manera. Unos, porque practican sin ningún pudor este exhibicionismo digital, y otros, los más cabales, porque aunque sean más reservados con su imagen o más conscientes de los riesgos que conlleva este tipo de comportamientos, tampoco les resulta extraño ni reprochable que los demás sí actúen así.

Podríamos iniciar aquí dos debates interesantes.

El tema del primero sería si las experiencias vitales de nuestros preadolescentes -me niego a suprimir el "pre" en chavales de esta edad- son más intensas que las vividas por generaciones como la mía para que se expresen en semejantes términos. En este caso no tengo ninguna duda de cuál sería mi respuesta: no, ni de lejos. Porque lo nuestro eran vivencias y lo de estos chavales no son más que un sucedáneo edulcorado de la realidad. Nosotros salíamos a la calle y estábamos solos para enfrentarnos a lo que surgiese. No teníamos la opción de coger el teléfono (a no ser que tuviésemos cerca una cabina) y llamar a nuestros padres para que viniesen a sacarnos las castañas del fuego. Apechugábamos con lo que fuese y de esa manera aprendíamos. 

Recuerdo a este respecto una ocasión, estando yo en primero de BUP, es decir, que tenía catorce años más o menos, que llamaron a casa del colegio en el que estudiaban mis hermanos. Era una de las raras épocas en que mi madre trabajaba. Estaba yo solo en casa y el director me informó de que mi hermano Carlos se había abierto la cabeza y que había que llevarle al hospital. Así que, con más miedo que espanto, fui al centro, recogí a mi hermano y, como pude, le llevé andando al hospital, que estaba a unos tres kilómetros. Eso es una vivencia real. No cazar Pokemons (aunque creo que esto ya ha pasado de moda).


El segundo debate que podríamos abrir tendría que ver, cómo no, con la privacidad. Yo no recuerdo si ya con trece años me interesaban las chicas, pero sí que cuando empezaron a gustarme era el típico enamoradizo al que cada semana le rompían el corazón. De mi pena, en el mejor de los casos, se enteraba mi mejor amigo. Y a veces ni eso. Hoy, con trece años, como la niña del ejemplo, se enteran los dos mil cuatrocientos veinticuatro seguidores que tiene en Instagram, de los cuales no conoce personalmente ni a una décima parte, pero cuantos más tengas, más molas. A los quince empieza a colgar vídeos perreando en ropa interior en Tik Tok y la muchacha se emociona porque ha recibido doce mil visitas. Y a los dieciocho se comienza a prostituir en OnlyFans.


¿Exagerado? ¿Tremendista? ¿Dramático? Quizás, todo eso y mucho más, si queréis. Pero a veces hay que hinchar un poco la bola para que abramos los ojos y dejen de hacernos tanta gracia estas cosas.

Y me incluyo.


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