sábado, 22 de abril de 2023

Marcos, el "mae mía"

Hoy hace quince años que un diminuto ladrón de sonrisas irrumpió por sorpresa en nuestro hogar y lo puso todo patas arriba. Y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Para ser sinceros ha sido el principal protagonista de toda una revolución doméstica que aún se mantiene viva. Para lo bueno y para lo malo, ya que ha habido de todo, pero la balanza a día de hoy se inclina sobradamente hacia el lado amable y divertido de la vida.  



Se delató nada más ver la luz como un granuja de tomo y lomo cuando la matrona exclamó, para nuestra estupefacción e incredulidad, que era un niño. Le faltó el tiempo para darnos la primera de las muchas sorpresas que a lo largo de estos años nos ha regalado. ¡Pero si hasta teníamos ya comprados los pendientes! ¡Y se iba a llamar María! ¿Qué clase de broma pesada era esa? Para convencernos de que aquello no era ninguna inocentada y demostrarnos su peculiar carácter, lo primero que hizo la criatura fue marcar territorio: una buena meada en la cara de su madre. Literal. Con dos cojones y un palito. Y es que, desde que nació, los lazos que unen a Nuria y Marcos son similares a los de una leona con sus cachorros.

Tuvo la deferencia aquella primera noche de ofrecernos algunas pistas más de lo que a su lado nos esperaba.  

Por ejemplo, que la fiesta estaba hecha a su medida. Bromeamos sobre aquello cuando decidió asomar al fin la cabeza alrededor de las dos de la madrugada. A diferencia de su hermano, que fue relativamente madrugador y cuyo parto fue una entrañable pesadilla para Nuria y para mí, Marcos apuntaba, como su padre, a ser un trasnochador impenitente, pero para compensarnos en aquella velada, su alumbramiento fue una de las experiencias más hermosas que he disfrutado a lo largo de toda mi existencia. Primera noche que nos mantuvo en vela de las muchas que siguieron y las que intuyo que vendrán en el futuro. El asunto no está todavía definido del todo, pero la realidad es que cuando sale por las tardes con sus amigos en vacaciones, la mitad de las veces hay que llamarle por teléfono y recordarle que tenía que haber regresado a casa hacía ya media hora. Y no nos engañemos, cuando hay jarana familiar, por ahí anda siempre él, dando el cante y encabezando el jolgorio a pecho descubierto.


Apuntaba maneras también como zalamero en ciernes, ya que no sólo tenía engatusada a su madre y a sus abuelas, sino que a más de una enfermera le hacía ya, a falta de palabras, ojitos. Tanto le debieron gustar el trato que el personal sanitario le concedía y tan cómodo se debía sentir en las dependencias sanitarias que, durante sus tres primeros años de vida y por diferentes causas, pasamos casi más tiempo en clínicas y en hospitales que en casa, pero no había absolutamente nada que le borrase esa encantadora sonrisa de la cara. Como padres, fue una etapa de auténtica preocupación y padecimiento emocional, pero su manera de afrontar las barrabasadas a las que tuvieron que someterle para superar los diferentes problemas de salud que le asaltaron nos levantaba el ánimo a diario.


Aunque él no lo recuerde o ahora se niegue a hacerlo, creció admirando y tomando a su hermano mayor como referencia para casi todo y, de tanto observarle jugando por las canchas de Madrid, se enamoró irremediablemente del baloncesto. Desde que empezó a jugar en Alcorcón Basket -ocho temporadas van ya y dos Campeonatos de Madrid ganados-, donde su hermano derrochaba forma física, él asombraba a la grada con algunos pellizcos de fantasía; donde Sergio arrasaba por su fuerza, él destacaba por su visión de juego; y donde el mayor se comportaba con moderación, él llamaba la atención con sus zapatillas de mil colores, sus cintas en el pelo, sus muñequeras y toda clase de complementos, a ser posible fosforescentes, que cayesen en sus manos. Y ya desde su segunda temporada en el club, en que se juntaron varios Marcos en el equipo, dejó de ser él mismo para pasar a ser Rodel. Con el número 22 a la espalda.


Un día dejó de ser un niño divertido y cariñoso para transformarse en un preadolescente huraño, gruñón y algo maniático que empezó a traernos a casa un disgusto tras otro en forma de partes disciplinarios y asignaturas suspendidas. Vivía malhumorado y nos hizo temer que su perenne sonrisa y sus divertidos chascarrillos no regresarían nunca jamás. Nos arrastró por la calle de la amargura durante un curso completo. No sabíamos qué teclas tocar para recuperar a nuestro pequeño ladrón de sonrisas. Nos pidió que no le saludásemos si nos cruzábamos con él y sus amigos por la calle. Se negaba a posar en cualquier fotografía familiar que quisiésemos hacernos. Se encerraba en su cueva y parecía rehuir cualquier contacto con nosotros. Sus respuestas a veces destilaban soberbia y chulería. En definitiva, la preadolescencia en toda su plenitud. Pero en esa etapa siempre hay mucho postureo, ya que no podía evitar, de tarde en tarde, dejarse achuchar por su padre o se arrimaba rezongando a su madre para recibir un beso o una caricia.


Ha pasado un año y hemos dejado atrás, bien enterrado, todo aquello.

No puedo hacer nada más que quitarme el sombrero ante él, confesar mi admiración y expresar mi más sincero reconocimiento ante el encomiable esfuerzo que desde el verano pasado viene realizando para convertirse en una persona mejor y en volver a ser el que siempre ha sido. 

La alegría que se esconde en cada rincón de nuestra casa. La mano en la espalda que me anima y apoya cuando el dolor aprieta. La juguetona complicidad que sigue compartiendo con su madre y que a mí me hace sonreír y me acaricia el corazón. La atención y el cariño que brinda a sus abuelos. La pasión con la que vive su deporte. El valor que le da a la amistad. La responsabilidad y el compromiso con el que afronta un futuro diferente al que nosotros habíamos previsto para él, pero en el que le acompañaremos sin dudarlo, ya que nos ha hecho comprender sus motivos y sus razones.   

Ya tan sólo falta que aprenda de una vez a decir como Dios manda "Madre mía". Aunque, pensándolo bien, qué demonios, que lo diga como quiera mientras continúe siendo el que ahora es.

¡Felicidades, hijo!





2 comentarios:

  1. Es un crack y creo que si dejase de ser así no sería Marcos, yo le veo ahora fenomenal y con esa sonrisa que siempre ha tenido (a excepción de aquella temporada chunga pero que no.lebha hecho perder su esencia.Dale un fuerte achuchón de mi parte.

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  2. Es un tío muy grande. Sólo falta que él se de cuenta y gane confianza en sí mismo. Besos!!!!

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