Venga, me voy a meter hoy un poco en política, que parece que es lo que procede.
Entiendo y comparto las razones que esgrime nuestro Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para adelantar las Elecciones Generales. Intuyo que no hay tan sólo detrás de esta acción una aceptación del bochornoso trompazo recibido en las autonómicas y municipales del pasado 28 de mayo, sino también la soterrada intención, legítima por otra parte, de minimizar el daño confiando en que los comicios vengan marcados, como pienso que así ocurrirá, por una baja participación como consecuencia de las vacaciones de verano. Porque serán muchos los que, ni por correo, se tomen la molestia de abandonar su bien merecido asueto para votar a unos o a otros.
Que su legislación ha sido un fracaso es una afirmación con la que discrepo rotundamente, pero no tengo nada que objetar a la necesidad de cambio, dado que todos los ciclos se agotan y el de este Gobierno lleva varios meses agonizando. La política, como el fútbol, es cíclica. PP y PSOE se van dando el relevo tal y como en LaLiga se la dan el Barça y el Real Madrid. Me parece, en resumen, apropiado e incluso honesto adelantar las elecciones, pero me mata, como a otros muchos, la fecha elegida. Bueno, más que a otros para ser sincero. Porque ese día, aparte de tener previsto encontrarme visitando a mis hermanos en terras galegas, previo consentimiento médico, resulta que es mi cumpleaños. Y no sólo eso: es que para colmo me caen cincuenta. Que no soy yo de los que le den mucha importancia al número, ya que no veo excesiva diferencia entre cumplir cuarenta y nueve o cincuenta y uno, más allá de la redondez del número que este año me corresponde celebrar.
Y es que manda narices, que no sé yo si esto daría para algún titular curioso en prensa, pero este año votábamos dos veces y ha resultado al final que la primera lo hicimos el día del cumpleaños de mi (cada día más joven y espectacular) esposa y el segundo lo haremos en el mío. Para que luego alguien me diga que no existen las casualidades. Pues sí, oiga, haberlas, como las meigas, haylas. Y es que supongamos que tengo la desventura de ser además elegido para formar parte de la mesa electoral de mi barrio. Recordaría mi quincuagésimo cumpleaños hasta los restos. No habría regalo con el que mi mujer pudiese superar algo así. Mira qué bien empezaríamos. Ya la derecha complicándonos la vida a los que no tenemos ni trabajo ni excesiva salud.
Porque claro, ya las redes trinan con sarcasmos del tipo "que viene la derecha" o "disfruten ustedes de lo votado". En fin, las mismas consignas que entonaban los afines al PP -pero sobre la mano contraria- cuando Pedro Sánchez salió elegido. Nada nuevo bajo el sol al fin y al cabo.
Y aunque todo sea, como he dicho antes, cíclico, yo tengo la sensación de que no es tal, sino que el continuismo es ya la premisa entre nuestros partidos políticos. Porque ya pueden Feijoó, Ayuso, toda su compañía y sus socios de Vox prometer más y mejor, pero a la hora de la verdad, los cambios, en caso de producirse, serán mínimos y tardarán en llegar lo que la burocracia determine. Más de lo mismo, en fin, baje del monte el lobo vestido de rojo o de azul. Al menos para la mayoría de los españolitos. Que otro cantar será para los que le bailan el agua a los vencedores. Ojito que este discurso no es partidista: tanto vale para los que ganan ahora como para los que lo hicieron en las anteriores elecciones.
A mí de la que se nos avecina me preocupan fundamentalmente tres cosas.
La primera y más importante para mí, ya que de ello vive hoy en día esta familia de la que soy cabeza y cabezón, radica en el trato que el próximo Gobierno le conceda a una Sanidad Pública que, como se está demostrando en Madrid desde que Ayuso es su Presidenta y Almeida su Alcalde, si se les permite obrar como pretenden, desaparecerá. Mal rayo les parta a aquellos que busquen terminar con una de las mayores ventajas que en este país tenemos los que no podemos pagarnos una Sanidad privada.
La segunda es la mala espina que me dan los aliados con que, en buena parte de España, tendrá el PP que negociar (y por lo tanto, ceder) para poder gobernar. No son de fiar y me da la sensación de que eso lo saben hasta las señoras de la limpieza de las oficinas de la calle Génova, por lo que quiero confiar en que quienes gobiernen sepan atarles en corto y que no se les desmanden demasiado en sus peticiones.
Y por último, una de mis mayores preocupaciones es la referente a todo aquello que podría afectar a mis hijos durante los próximos años, es decir, vivienda y trabajo, áreas en las que creo que el PSOE no ha alcanzado los objetivos que inicialmente se propuso y que necesitan un lavado completo de cara, sobacos, ojete y genitales con ácido muriático.
Lo cierto es que, bien mirado, podrían ahorrarnos a los españoles los dineros que van a costar estas próximas elecciones, cediendo ya el Presidente el cetro y el trono a la oposición para dejarnos a todos disfrutar de nuestros vacaciones y para que ellos puedan ponerse manos a la obra cuanto antes a ver si realmente son capaces de arreglar todo lo que en estos últimos años se ha torcido. Y así poder también celebrar mi quinquagésimo cumpleaños como Dios manda.



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