lunes, 19 de junio de 2023

Los Rodel - Capítulo 2

No estoy muy seguro de si habría disfrutado más viéndoles celebrar juntos la victoria que contemplar cómo el más pequeño consolaba al mayor en la derrota. Porque entonces no habría sido testigo de la muestra de solidaridad que se ha producido entre los hermanos. No habría tenido lugar. Marcos no habría sentido la necesidad, cuyo origen seguramente no sepa explicar con palabras y de la que incluso a lo mejor en el futuro reniega, de pasar un brazo sobre los hombros de Sergio y ofrecerle unas palabras de ánimo en el banquillo al terminar el partido. Este no habría podido mostrar su vulnerabilidad ante su hermano menor como lo ha hecho, derramando lágrimas amargas de frustración e impotencia. No sé si cambiaría realmente ese momento que he presenciado por el título frustrado de Campeones de Madrid.


Era la primera final que Sergio disputaba en cinco años. Se dice pronto. Para él, que ganó casi todo lo que un chaval de entre once y catorce años puede ganar en el baloncesto nacional de cantera y cuya mayor pasión la ha encontrado en este maravilloso deporte, no ha debido ser fácil esta travesía por el desierto, trayectoria por otra parte que él sabe inusual y por la que se siente un privilegiado. Al no ser tan extrovertido como su hermano, más dado a abrir las ventanas que él, poco nos ha dejado vislumbrar. Tan sólo puedo sospechar lo duros que han debido resultar para él estos dos últimos años en los que ha estado, entre la pandemia y las lesiones, más tiempo alejado de las canchas que dentro de ellas, sufriendo por no poder ayudar a sus compañeros. Y porque cuando ha regresado por fin esta temporada su cuerpo ya no era el de antes y, por mucho que su tesón y su ilusión le empujaran, se ha topado con barreras que aún tardará un tiempo en derribar. Ha interpretado por todo ello este año un papel menor en el equipo, o al menos no tan importante como el que estaba acostumbrado a tener, pero lo ha gestionado de un modo del que me siento muy orgulloso: asumiendo un rol secundario en la pista pero comportándose en el banco como si de él dependieran los triunfos o las derrotas de sus compañeros.

No ha podido ser. Les ha ganado un equipo que, sin excusa alguna que oponer, ha sido ligeramente superior. Y aunque la derrota le debía escocer, no ha roto a llorar hasta que ha visto a algunos de sus compañeros hacerlo. Lo lamentaba sobre todo por los tres para los que el circuito como jugadores de la Federación, salvo que el club les haga el próximo año ficha con el Nacional, se habrá terminado al haber cumplido los veintidós. A Sergio aún le quedan tres para encontrarse ahí. Tres oportunidades para poder alzar algún título. Pero sus compañeros ya no dispondrán de más. Por eso dice que él también lloraba.

Pero ahí estaba Marcos. Para decirle, con otras palabras seguramente, que un subcampeonato de Madrid no es moco de pavo, sea en la categoría que sea. Para hacerle ver que el deporte es más que una medalla o un trofeo. Para ayudarle a recordar que si los dos están en esto es por otras razones. Me tienta pensar que el gesto de Marcos hacia su hermano mayor ha sido natural, que no lo ha pensado siquiera, que simplemente ha querido estar a su lado en un momento aciago para él. Pero no me engaño. Lo más probable es que se haya sentido forzado inconscientemente a ello por los valores que tanto desde casa como desde el club le venimos inculcando desde que era un mocoso de siete años. O porque otros compañeros quisieron también acercarse y mostrar su apoyo a los que en esta ocasión, durante más de una hora, habían paladeado el dulzor del triunfo para quedarse en los últimos minutos con la miel en los labios. Tanto me da. Ha estado ahí. Y con quince años y conociéndole, me ha resultado, además de entrañable, admirable. Lástima que yo estuviera tan emocionado al verles así que no se me ocurriese fotografiar el instante para la posteridad.

Dicen que unas veces se gana y otras se aprende. Me parece una verdad incuestionable. Tanto en el deporte como en la vida. Y creo que todos en esta familia hemos aprendido una lección hoy, cada uno la suya, diferente, íntima y personal, pero hemos abandonado el pabellón, no me cabe la menor duda sobre ello, siendo más sabios de lo que éramos al llegar.

Definitivamente, no lo cambio. Me quedo con el subcampeonato y con lo que mis hijos hacen tanto fuera como dentro de la pista. Lo otro es meramente accesorio.



2 comentarios:

  1. Precioso, como siempre, y orgulloso como padre, abuelo y aficcionado al baloncesto. Desde luego los valores valen mas que los titulos y surte tienen tus hijos por recibir ssa herencia.

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    1. Esa es la clave: darle a los valores y a los títulos la importancia que cada uno tiene realmente. A estas edades especialmente. A seguir disfrutando con tus nietos, papá. Besos

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