viernes, 7 de julio de 2023

Cambio el 23 por el 25

Unilateralmente he decidido este año intercambiar las fechas de mi cumpleaños y de mi santo. Sin consultar a la Iglesia, al Registro Civil o a la madre que me parió. El 23 de julio celebraré el día de Santiago Apóstol y el 25 mis cincuenta palos. El Gobierno me obliga a ello, así que a pedirle explicaciones al señor Pedro Sánchez, a quien las urnas, me temo, le van a hacer pagar -entre otras cosas- la felonía de convocar elecciones en fechas tan poco apropiadas.

Ya me pareció un error plantarlas en pleno verano y un fastidio que el día elegido fuese precisamente el de mi cumpleaños. Más aún después de que las Autonómicas tuvieran lugar el 28 de mayo, fecha en la que es mi querida esposa la que sopla las velas. Y la amenaza estaba ahí, no era algo sobre lo que pudiésemos intervenir o adoptar medidas para que no sucediera. Que Nuria haya sido finalmente elegida como Presidenta de una Mesa Electoral ha elevado la situación a nivel de putada inolvidable. No sólo porque no podré celebrar con ella una fecha tan simbólica como puede parecer el cumplir medio siglo, aunque a mí, en realidad, no me parezca muy diferente a cumplir cuarenta y nueve o cincuenta y uno, sino porque además nos parte las vacaciones en canal. Ah, también a mi hermana le ha tocado el premio gordo, ya que ocupará asimismo la Presidencia en una Mesa Electoral de su municipio. Estas cosas tiene la política, que siempre deja damnificados y daños colaterales entre los españolitos de a pie. Rara vez nos libramos. Supongo que si no se ha elegido el cuatro, el trece o el veintiséis de agosto para los comicios es porque entonces serían ellos, nuestros políticos, quienes se quedarían sin vacaciones. Claro, eso sería intolerable, además de que este disparate electoral no olería peor de lo que ya huele. Un tufillo a intereses personales que echa para atrás.


Ajo y agua, como se suele decir en casos así. Pero lo cierto es que quiero que dejen de pasarnos cosas, tanto buenas como malas. Las primeras porque, visto lo visto con la plaza de Nuria en el Hospital de Móstoles, casi siempre tienen su reverso; y las segundas porque, por definición, a nadie agradan. Anhelo unos meses de rutina y aburrimiento, de que lo más sorprendente que nos ocurra sea que salgamos una noche a cenar los cuatro juntos o que Nuria y yo nos quedemos dormidos viendo una película en la televisión. Aunque me quede durante un tiempo sin temas sobre los que escribir. Ya me buscaré la vida rebuscando entre mis recuerdos.

Es cierto eso de que uno se siente más vivo cuantas más experiencias atesora, pero no lo es menos que uno se siente más cansado y estresado ante un exceso de estímulos y preocupaciones continuados como el que nosotros llevamos soportando los tres últimos años. El cerebro necesita actividad para alcanzar su máximo rendimiento, pero también necesita paradas periódicas en boxes porque si no, como dice mi amigo Pablo, se gripa. Así que cruzo los dedos para que durante el resto del verano y si es posible también durante el próximo curso, nuestras vidas se estanquen un poco y disfrutemos de un poco de paz y sosiego. 


Por el momento, toca reorganizarse e intentar convertir este tropiezo en una oportunidad. Para Nuria, de aprender desde dentro, en la medida de lo posible, cómo funciona el sistema electoral; para los chicos, para que reflexionen sobre la democracia, el sistema político bajo cuya ala están creciendo, y entiendan que a veces toca sacrificarse por el bien común; y para mí, bueno, supongo que para quitarle hierro a una fecha que, sin ser, como ya he dicho, especialmente relevante para mí, no deja de tener su aquel.

Y a soplar las velas este año dos días después de lo normal.

Sin problemas.

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