lunes, 17 de julio de 2023

Wallapop con y sin dolor

Durante el pasado verano, debido a los desvelos que me provocaba la angustiosa preocupación por encontrarme desempleado e indefenso ante la enfermedad que me asolaba y que en aquel momento aún no había alcanzado su punto más álgido, decidí registrarme en Wallapop y poner a la venta ciertos artículos a los que no les tenía un especial cariño y a los que ya no se daba en casa ningún uso: una Playstation Vita con sus respectivos juegos, unos Funkopops, algunas colecciones de cromos... cosas de las que, en líneas generales, no me dolía desprenderme. Sorprendentemente lo vendí casi todo y conseguí unos ingresos que, sin ser elevados ni proporcionar a la economía familiar demasiado oxígeno, me hicieron sentir mejor en lo que a mi contribución económica a las arcas familiares se refería.

Para ciertas cosas soy un tipo materialista. O más bien, coleccionista. Pero sin demasiados dramas visibles, llegado el momento de prescindir de ciertos objetos. Así ocurrió en su día, cuando urgía convertir el cuarto de estar en un dormitorio más, con mi colección de cassettes, que fueron a parar a la basura, y de cedés, que acabaron en cajas de cartón que desde entonces no han vuelto a ser abiertas. En aquella ocasión sí me invadió un leve pesar al desembarazarme de aquella gran colección de cintas de música que me había llevado años recopilar. También una suerte de derrota menor por verme obligado a quitar de mi vista y condenar a un ostracismo acartonado la selecta colección de cedés que hasta entonces había ocupado una estantería completa, del suelo al techo, en el cuarto de estar. Pero no monté ningún número. Era necesario hacerlo.

Seguí vendiendo algunas cosas esporádicamente, como los seis o siete vinilos que aún conservaba y que me compró un desaliñado coleccionista de música de los años ochenta, los juegos de la PS4 a los que ya les habíamos sacado todo el partido que podíamos en casa o los libros de Los futbolísimos con los que tanto disfrutaban mis hijos cuando yo aún pensaba inocentemente que llegarían a ser unos lectores tan ávidos como lo he sido y lo soy yo.

Durante unos meses las ventas se frenaron en seco, especialmente porque en mi muro de Wallapop quedaban ya muy pocos artículos expuestos. Hasta que hace un par de semanas un comprador se puso en contacto conmigo para interesarse por un raro ejemplar en perfecto estado de revista de El diario de Ellen Rimbauer: mi vida en Rose Red que yo había dejado en mi muro a un precio relativamente razonable. Aunque el libro no es obra de Stephen King, muchos se la atribuyen al haber escrito él el guión de la miniserie Rose Red y es hoy por hoy muy difícil encontrar primeras ediciones de la novela, como la que yo estaba dispuesto a vender. En la contraportada aún conservaba incluso la etiqueta de Continente (lo que luego se convirtió en Carrefour) con el precio: 595 pesetas. Se lo vendí por 80 euros.


Esta venta, unida a nuestra intención futura de remodelar el salón y convertirlo en otro más moderno y diáfano, sin tantas estanterías ni adornos, me animó a poner a la venta mi colección completa de novelas de Stephen King. La friolera de unos sesenta libros, desde algunas colecciones de relatos como La niebla o La expedición, que compré en tapa blanda ya en el siglo XXI y por las que no puedo pedir demasiado, hasta Rabia, la joya de la corona, una primera edición, también en tapa blanda, del único libro del Rey del Terror que él mismo ordenó descatalogar por haber sido referente sociológico de uno de esos adolescentes tarados que se lían a tiros en los institutos de Estados Unidos. Entre medias de ambos extremos, de todo, la mayoría primeras ediciones en tapa dura y perfectamente conservados que Nuria siempre, llegadas las Navidades o mi cumpleaños, conocedora de mi obsesión por King, me entregaba cuidadosamente envueltas.

Mientras fotografiaba cada volumen, redactaba la descripción del producto, calculaba el precio que me parecía más justo y subía todo ello a mi muro, notaba ya cómo esos meros preparativos me producían sarpullidos emocionales de importancia. A algunos les sorprenderá que yo, que suelo abogar por la literatura de calidad, sobre todo en lengua castellana, tenga como uno de mis autores de cabecera a este escritor norteamericano. Reconozco que tanto su estilo como sus historias se alejan muchísimo de lo que a mí me apasiona leer. Siempre priorizo, tal y como he comentado en anteriores ocasiones, el cómo me cuentan las cosas frente a la historia en sí misma, pero Stephen King es mi excepción a esa regla. Por eso y por el esfuerzo que sé que le costaba a Nuria ahorrar el dinero suficiente para comprarne el último King, la emoción con que me entregaba su regalo y la ilusión con que yo lo recibía, por todo ello, estas ventas en Wallapop, que ya he empezado a realizar, me están doliendo lo inimaginable.


Me he convencido a mí mismo de que al final, lo físico, lo material, tan sólo ocupa espacio, pero las emociones y las sensaciones que en mí generaba el momento en que abría estos libros por primera vez, el olor a nuevo imundaba mis fosas nasales y la imaginación se me disparaba sólo con acariciar los dibujos de las portadas o las ilustraciones de su interior, eso siempre permanecerá en mí y nunca me será necesario desprenderme de ello.

Porque si no me engaño pensando así, el dolor de estas ventas por Wallapop me va a perseguir al final de mis días.




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