No me acostumbro. Se me siguen poniendo los pelos como escarpias e incluso a veces tengo que hacer un titánico esfuerzo para no derramar unas lagrimillas con los triunfos de los deportistas españoles por el mundo. Y eso que no me considero un tipo que sienta la patria desde las vísceras, de esos que se ponen firmes en su casa cuando en algún evento suena el himno nacional o que añoran los tiempos en que éramos un Imperio, pero es que, en lo que al deporte se refiere, me emociono con una facilidad inusitada. Este fin de semana ha sido con nuestras Campeonas del Mundo de Fútbol. ¡Qué jabatas! ¡Qué valientes! ¡Cómo juegan!
Y es que, ¿quién nos lo iba a decir? En 1988, cuando yo tenía quince años, la edad de mi hijo pequeño, que España conquistase algún título en cualquier deporte era algo completamente inusual y extraordinario. Y lo de que una mujer destacara, vamos, era más fácil creer en los lagartos extraterrestres de V, aquella legendaria serie que en los años 80 nos conmocionó a todos. Concretamente fue durante aquel verano, el de 1988, cuando Perico Delgado se alzó con su único Tour de Francia, logro inédito desde precisamente 1973, el año en que nací, y aquello fue la repanocha, fiesta nacional si me apuras. En fútbol, las noches más gloriosas que yo había vivido hasta entonces habían sido las del 12 a 1 a Malta, el subcampeonato de Europa de 1984 y el 5 a 1 a Dinamarca en octavos de final del Mundial de México de 1986. Hacía 25 años que un club español no levantaba la Copa de Europa (la actual Champions League), 22 desde la última vez que un tenista español había ganado un Grand Slam (Manolo Santana), 4 desde la plata en Baloncesto en los Juegos Olímpicos de los Ángeles, y suma y sigue. La nuestra fue una generación que creció viendo a sus ídolos tropezar una y otra vez. Que, a pesar de todo, de saber que no éramos favoritos, que en ciertos deportes nos encontrábamos en las antípodas del éxito, nos arremolinábamos exaltados y animosos alrededor de la televisión para jalear a nuestros deportistas como si no hubiera un mañana.
Marcos nació en el año 2008. Desde entonces, las selecciones absolutas de fútbol han ganado dos Mundiales y una Eurocopa y los clubes españoles han alzado diez veces la Champions League. En baloncesto dos platas y un bronce olímpico, un Mundial, cuatro Eurobasket y lo que me dejo en el tintero. Ha visto a Rafa Nadal ganar diecinueve Grand Slam, a Fernando Alonso triunfar en Fórmula 1, a Pau Gasol conseguir dos anillos de la NBA, a Carolina Marín proclamarse tres veces campeona del mundo y seis de Europa en bádminton, y así podría seguir durante seis o siete párrafos más. Aparte por supuesto de los muchos veranos que llevamos disfrutando de los triunfos de las canteras. Vamos, que lo de quedar segundos en cualquier disciplina, que en mi infancia constituía una hazaña que alzaba al deportista a la categoría de héroe, para él es hoy un fracaso estrepitoso y a qué esperan para cambiar al entrenador. La victoria convertida en rutina.
Y es que todo cambió, en mi opinión, a raíz de las Olimpiadas de Barcelona. Creo que fue en aquel evento cuando todos, comenzando por las distintas federaciones y terminando por el más escéptico españolito de a pie, comprendimos que el cielo era el límite y que el hecho de haber nacido en Madrid, Sevilla, Barcelona o Teruel no suponía un hándicap, sino que, como descendientes del Cid, Cristóbal Colón o Don Miguel de Cervantes, sobraba en esta tierra materia prima como para fabricar campeones hasta el noble arte del ping pong.
Desde entonces, he tenido la fortuna y la oportunidad de vibrar con nuestros deportistas tanto como ayer lo hice con las Bonmatí, Codina, Salma o Carmona, que también tiene bemoles lo de esta última, marcar el gol más importante de la historia reciente del fútbol de este país sin saber que tu padre ha fallecido hace unas horas. El caso es que lo que mi hijo ve hoy como algo natural, como algo que va estrechamente unido a nuestra bandera, a mí me sigue poniendo la piel de gallina y un nudo en la garganta. Porque durante muchos años fui testigo de lo complicado y duro que debía ser alcanzar la gloria.
Yo les recuerdo con frecuencia que todo es cíclico, tal vez un discurso demasiado derrotista que nace de aquellos años de sequía deportiva en los que yo pasé de niño a hombre. Que hoy estás arriba, pero que mañana puede ser que veas a otros quedar por encima de ti y que habrá que estar preparado para cuando eso llegue. Que cuando no se gana, se aprende. Que el deporte te da lecciones cada día. Y que cuando recibes una como la de ayer, como la que nuestras chicas impartieron, hay que celebrarlo como si nunca más vuelva a ocurrir. Porque a lo peor será así. Aunque a la vuelta de la esquina nos aguarde un Mundial de Baloncesto masculino, en el que además participará nuestro Juan Núñez, y tengamos la firme pero secreta convicción de que llegaremos hasta la final.
¡Qué afortunados son nuestros hijos de contar con tantos y tantos referentes! Aparecen hasta debajo de las piedras y a nadie parece ya sorprenderle que, antes de que un deportista estratosférico e irrepetible como Rafa Nadal anuncie su retirada, tengamos ya en primera línea de batalla a su recambio, Carlos Alcaraz. O que un fenómeno como Ricky Rubio se caiga a última hora del plantel de la selección y durante los partidos de preparación para el Mundial apenas le hayamos echado de menos.
Pues que siga la fiesta, me alegro por lo que estas generaciones podrán contarles a sus nietos. A los míos, cuando lleguen, de mi época infantil, no me quedará más remedio que hablarles de libros. Es lo que hay.
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