No me cabe duda de que hoy toca una de esas entradas en las que me desnudo ante mí mismo y ante los leales a este blog, si bien la exposición de mis miedos, mis preocupaciones y mis ilusiones fue uno de los motivos per se sobre los que desde el primer día construí este pequeño reducto donde me atrevo a practicar la escritura y compartir con los demás los resultados de tan gratificante ejercicio. Quizá lo que hoy vengo a contar me provoca una mayor incomodidad de lo habitual y por ello la vena exhibicionista que sin duda late en este rincón virtual resulte a mis ojos más evidente. O tal vez también me preocupe un poco más esta vez quién pueda leer estas líneas. Pero me prometí no esconderme cuando inicié esta suerte de diario hace ya casi un año, lo he cumplido hasta la fecha y no voy a dejar de hacerlo ahora. Así que, como se suele decir, carretera y manta.
Que el verano aún no haya terminado para algunos y que las empresas estén todavía arrancando motores a fin de afrontar el próximo ejercicio económico con garantías son certezas que me tranquilizan y me animan a no apresurarme ni a dejarme vencer por el desánimo, a ser todavía mínimamente selectivo con las ofertas de trabajo a las que me inscribo. Me consta, por haber sido yo durante unos años quien seleccionaba y quien formaba a las nuevas incorporaciones en algunos de los servicios en los que estuve empleado, que el melón se abre entre el veinte de septiembre y el treinta y uno de octubre, que antes y después de esas fechas uno encuentra ya casi todas las puertas cerradas. Bajo el amparo que me proporciona este paraguas fabricado a base de reflexiones que intentan ser optimistas me vengo resguardando desde hace aproximadamente un mes, cuando comencé a sondear con mayor seriedad el mercado laboral en busca de una oferta de trabajo que me sedujera. Quiero pensar que me tropezaré con lo que busco a la vuelta de la esquina, que es cuestión de tiempo, que no pasa nada. Y sin embargo,...
Cumplir cincuenta me resultó irrelevante en su momento, pero comienzo a sospechar ahora que no lo es tanto cuando de aspirar a un empleo se trata. Aunque no son demasiadas todavía las ofertas publicadas que han despertado mi interés, he comprobado atónito cómo me excluían de algunos procesos de selección para los que cumplía con todos los requisitos exigidos sin haberse ni siquiera puesto en contacto conmigo a fin de conocerme mejor y escuchar los argumentos que pudiera alegar para postularme como una opción óptima a considerar por las empresas. Y el diablillo que de tarde en tarde toma asiento sobre mi hombro, sibilino y taimado, aprovecha mis dudas y me susurra al oído que ya soy mayor, que, aunque no figure en el listado de condiciones a cumplir, buscan gente más joven. Que soy un carcamal y que con ver la fecha de nacimiento han optado por enviar mi currículum a la papelera de reciclaje. El muy cabrón.
Más allá de la cuestión de la edad, hay otros asuntos que me rondan la cabeza como avispas rabiosas y que le dan juego a ese pícaro y descarado duendecillo que amenaza con quedarse a mi lado tanto tiempo como yo se lo permita. El más obvio es el de ser acreedor de un perfil, en estos tiempos en los que la especialización no es un valor añadido sino un requisito indispensable, cuanto menos difuso: un licenciado en Periodismo que nunca llegó a ejercer como tal, más allá de las labores administrativas que desempeñé hace veinticinco años en el Departamento de Prensa de un célebre fabricante alemán de vehículos; un habitual en el sector del telemarketing durante dos décadas que tocó muchos palos, pero que no llegó a especializarse en ninguno; un autodidacta en temas informáticos que se adaptó durante años con agilidad y prestancia a los distintos cambios tecnológicos que se iban produciendo en mi entorno laboral y que incluso en ocasiones los lideró, pero cuyo único título en la materia que pueda considerarse oficial data de 1997, cuando Windows Office era sólo una sombra de lo que hoy es; alguien que en su día, atraído por la musicalidad de las lenguas extranjeras, estudió inglés y trasteó con el francés, el alemán y el ruso, pero que en su CV actual sólo menciona el primero por ser el único que maneja hoy en día con cierta soltura; alguien con aptitudes para la formación y que las ha empleado para enseñar a un buen puñado de teleoperadores, pero que carece del reconocimiento como tal. En definitiva, un aprendiz de todo, pero un maestrillo de poco. Analizando ofertas de empleo, he cobrado conciencia de que una formación y una experiencia generalista como lo son las mías son un lastre del que, sin embargo, no me puedo desprender a estas alturas y del que, para ser honesto, tampoco querría.
Por otro lado está la lección aprendida durante estos dos últimos años, que me hace enfocar mi futuro laboral desde un punto de vista diametralmente opuesto al que tenía entonces. Es curioso cómo le cambia a uno la perspectiva cuando el cuerpo decide advertirte de que la senda por la que avanzas no es la correcta. Porque en sentido metafórico, durante ocho largos meses, yo le fui infiel a Nuria, dejé prácticamente abandonados a mis hijos y me engañé a mí mismo. Me volqué de tal manera en un trabajo en el que no disfrutaba que estuve a punto de olvidar lo que realmente importa. Fue mi cuerpo, que es mucho más sabio que yo, quien hizo sonar la alarma de incendios. Cierto es que me ha hecho pasar por un calvario que, aunque con menor sufrimiento, aún recorro. Pero debo dar lo sucedido por bueno, que esto que me ha pasado sólo puede acarrear consecuencias positivas para mí y para los míos, ya que ahora deseo otras cosas en lo que al trabajo se refiere. Quiero disfrutar de mi empleo, no sufrir por él, aunque eso repercuta en mis emolumentos. No quiero tener que atravesar todo Madrid para llegar a mi lugar de trabajo, como llevo haciendo toda la vida. Quiero que mi tiempo libre sea mío y no un préstamo sin contraprestación que le hago a quien me pague. Quiero mis fines de semana y festivos libres para disfrutar de los míos. Quiero levantarme cada mañana con ilusión y no con el desánimo que me acompañaba a la Avenida de Burgos en aquel entonces. Salud mental, no sólo física. Quiero vivir, no sobrevivir. Sería un completo ingenuo si creyese que voy a conseguir en mi próxima ocupación todas esas cosas, pero ese es mi punto de partida y por el que lucharé. Pero en la línea de lo que trataba, de esos "y sin embargo" a los que hacía referencia y entre los que resaltaba el asunto de mi fecha de nacimiento, esta nueva perspectiva que la enfermedad me ha proporcionado complica también las cosas bastante.
Y por último, para alguien como yo y en este momento de mi vida, hay un hándicap adicional. Para los que son, por ejemplo, sanitarios, abogados o arquitectos, que tienen títulos y experiencia en esos ámbitos, parece claro hacia qué mostradores deben dirigirse para solicitar un empleo. Pero, ¿y yo? ¿Qué soy? ¿Qué se me da bien? Mi currículum habla de alguien, obviando titulaciones, que posee un importante bagaje en la gestión de personas en el sector del telemarketing. Siempre me ha producido una intensa satisfacción señalar a un grupo de personas la dirección a seguir y acompañarles, como uno más, hasta la meta. He disfrutado mucho siendo un referente para ellos, aclarando las dudas que pudieran surgir, asesorando a quien lo precisase ante situaciones conflictivas, defendiendo sus intereses, escuchando sus sugerencias, peleando junto a ellos en el fragor de la batalla diaria. No puedo obviar que me siento cómodo y feliz en esa posición. Pero, ¿regresar al mundo del telemarketing? Se me hace bola cuando recapacito sobre ello. La exigencia que recae en ese ámbito hoy en día sobre los mandos intermedios, como lo he sido yo, es cada vez mayor. Excede ya a la labor de dirigir un equipo que tantas alegrías me ha dado e incluye actualmente otras muchas gestiones que te apartan de esa misión principal: elaborar informes, planificar horarios, seleccionar personal, preparar formaciones, reunirte con proveedores y clientes. Fue la acumulación de ese tipo de tareas y la frustración por no poder atender adecuadamente a quienes de ti dependen lo que me generó el estrés que me terminó por romper. No deseo volver a pasar por lo mismo de nuevo. ¿Intentar volver al punto de partida? ¿Empezar de cero, siendo uno más del equipo en vez de su coordinador? Aunque me atrajese la idea, que no lo hace en exceso, por mi experiencia sé que suscita muchas sospechas entre quienes seleccionan al personal que alguien que durante toda su carrera profesional ha liderado, quiera situarse en el escalón más bajo de la jerarquía. La idea que quizá más me atrae en este momento es la de probar algo diferente, algo que no haya hecho antes, algo que nada tenga que ver con las labores que hasta ahora he desempeñado. Pero me topo aquí también con un muro difícil de derribar: el de la especialización. Incluso para mozo de almacén, barrendero u operario de fábrica te piden una experiencia previa demostrable de la que carezco.
Siempre hemos bromeado en casa con que tengo vocación de ama de casa. Bueno, realmente bromean los demás, dado que a mí no me parece cosa baladí. Me apasiona administrar un hogar. Atender las labores domésticas es una de mis más arraigadas aficiones, especialmente todo lo referido a la cocina, y encuentro sosiego en vigilar la economía doméstica al tiempo que limpio los baños y escucho pacientemente las cuitas de mis hijos. Lo que hacían nuestras madres allá por los setenta, vamos. La pena es que lo de ser ama de casa no esté pagado. No tendría inconveniente de lo contrario en calzarme el delantal, ponerme a José Luis Perales en el altavoz bluetooth cantando "¿Y quién es él?" y esgrimir la fregona por toda la casa cual D´Artagnan con su florete en los Campos Elíseos.
Bromas aparte, en este brete ando estos días, escudriñando a la vez en mi interior y en el mercado laboral a la búsqueda de esa oportunidad que me permita rehacer mi vida, sin excesivas ambiciones -ya no es tiempo para ello- pero con el compromiso y la entrega que creo que siempre me ha caracterizado en todas las tareas que he acometido y con la ilusión intacta de poder ser útil a los míos. No va a ser fácil. Mi futuro se volvió incierto desde el día en que la neuralgia postherpética llegó para quedarse a mi lado y así sigue hoy en día, pero tengo la confianza de que en cualquier momento seré capaz de revertirlo. Y si Dios quiere, todos lo veréis.




No hay comentarios:
Publicar un comentario