Es por lo general mi padre quien le lee pacientemente a mi madre las entradas de este blog. Me consta que se asegura, antes de hacerlo, de que lo escrito por mí no la altere o la desanime en exceso. Imagino que habrá restringido ya en estos últimos meses alguna de mis reflexiones más personales, tal y como se ha vetado en su casa desde hace tiempo cualquier programa televisivo, serie o película que no la haga sonreír. Y es que mi madre, hoy en día, tiene los sentimientos a flor de piel y todo se dispara cuando algo triste o trágico ocurre en su presencia. En general se encuentra tranquila y mantenemos con ella conversaciones normales la mayor parte del tiempo, pero cuando algo la inquieta o angustia, todos los síntomas que padece se agravan. Este de hoy es uno de esos escritos que a buen seguro no le leerá, ya que es de ella, o mejor dicho, de lo que verla envejecer me hace sentir, sobre lo que hoy quiero escribir.
Resulta descorazonador. Rebusco en el léxico que he ido atesorando a lo largo de mi vida con mis lecturas y mis estudios y seguramente existirá alguna palabra más adecuada para definir lo que todos pensamos, incluida ella misma, al observar la rapidez con la que se han ido deteriorando tanto su aspecto físico como su capacidad mental. Pero por más que escarbo en mi vocabulario no logro encontrar una palabra más apropiada que la de "descorazonador". "Cruel" me tienta también mucho, ya que se adapta con precisión a la rabia que se adueña de mi madre cuando es consciente de sus propios despistes y olvidos y a la impotencia que nos invade a los que la queremos al ser testigos directos de su empeoramiento gradual, especialmente la que padece en silencio quien hasta ahora ha asumido, como no podía ser de otra manera, el rol de cuidador principal: mi padre, que a sus setenta y siete años está realizando un trabajo psicológico inconmensurable y a quien no puedo dejar de elogiar una vez más por su paciencia y su saber estar. Me convence más, a pesar del sádico sufrimiento que provoca esta enfermedad en todos nosotros, el término "descorazonador". Que produce desaliento y tristeza. Que quita el ánimo. Que ensombrece el corazón. Todas esas cosas y muchas más.
Aunque parezca mentira y a pesar de visitar todas las semanas a distintos especialistas, no se ha emitido aún un diagnóstico clínico oficial. No se la considera todavía a nivel médico una paciente de Alzhéimer, de demencia senil o de cualquier otra patología que presente esta clase de síntomas. Pero da lo mismo realmente ya que lo que diferencia a unas de otras son matices que tan sólo importan a los doctores que la tratan. Para los que estamos cerca de ella hay pocas diferencias. La conclusión en cualquier caso es la misma: el cerebro de mi madre se comienza a perder en el cenagoso pantano de la desmemoria y en el proceso, debido a la ansiedad que la genera percatarse del desangelado lugar hacia el que parece dirigirse inexorablemente, quema calorías y pierde peso a un ritmo imparable. Toda la ropa comienza a quedarle grande, la piel del cuello y los brazos comienza a colgar sin carne a la que fijarse, las arrugas se reproducen cual conejos, la piel se vuelve tan fina como el papel de fumar. También esa angustia que le genera saberse tan vulnerable provoca que inconscientemente su cuerpo se comporte de manera errática: le tiemblan las manos con ferocidad cuando se pone nerviosa o mueve los labios cuando te escucha como si pretendiese repetir o grabar en su memoria lo que tú la estás diciendo. Su seguridad en sí misma y su autoestima se ven también mermadas: ya no confía en su escritura, camina sin apenas levantar los pies del suelo y lo hace dando pasitos muy cortos y no se atreve apenas a ir a ningún sitio, ni siquiera dentro de su propia casa, si no es del brazo de mi padre. Se cae y se desorienta con demasiada frecuencia. Descorazonador. Para todos, pero sobre todo para ella. Esta fase de la enfermedad es una tortura para el paciente, más que para los que compartimos con ella esta etapa del recorrido, dado que todos los días te roba un poco más de ti mismo por mucho que te esfuerces por evitarlo.
Y sin embargo, ella no deja de resistirse a lo que ahora mismo parece inevitable. A veces pelea con desesperación, como cuando se enfurece porque olvida cómo ejecutar alguna acción básica, pero también con sentido del humor. Resulta por el momento relativamente sencillo sacarle una sonrisa. Y ella intenta también que los demás rían en medio de este páramo de desconsuelo en que nos hallamos varados. Aunque a veces repita los mismos argumentos y las mismas preguntas, aunque se obsesione con un tema hasta tal punto que haga virar de manera insistente cualquier conversación hacia ese asunto que no puede sacarse de la cabeza, aunque en ocasiones pierda el norte y se olvide incluso de cómo se encendía el microondas. Busca con timidez recibir un abrazo y persigue el darlos ella también. Creció rodeada de cariño y siempre fue ella pródiga y generosa para regalar afecto. Siempre ha procurado que a su alrededor todos, incluso los que menos méritos para ello hicieron, se sientan queridos e importantes. El amor ha sido siempre su ancla, el que recibe y el que concede. Se le ilumina la cara cuando les visitamos, algo que intentamos que se produzca con la mayor frecuencia posible. Conversar y seguir relacionándose con los demás es una herramienta indispensable para mantener como aliada durante algo más de tiempo a la cordura.
Las brumas de la desmemoria están comenzando, sin embargo, a ensañarse con ella. La intentan cercar, pero ella no baja los brazos. Aplaudo su valentía. Es un consuelo menor, una pequeña victoria, aunque sepamos, por la experiencia previa con mi abuela, lo que nos espera. Ella continua buscando resquicios por los que escabullirse y burlar así al olvido. Y nosotros la ayudaremos a encontrarlos mientras se pueda. No perdemos la esperanza, pero estamos preparados para ese "y tú, ¿quién eres?" que probablemente un día llegará y que con total seguridad nos hará comprender realmente el legado que nos deja y lo mucho que la echaremos de menos cuando eso ocurra.
Cuanto lo siento Santi, los que hemos conocido a Marisol sabemos cómo era su carácter y lo cercana que siempre se ha mostrado, es una pena que tengamos que ver así a la persona que ha dado todo por nosotros y que en estos difíciles momentos no se pueda hacer por ellas nada sino estar a su lado y hacer que su vida transcurra lo mejor posible y dentro de las posibilidades darle mucha compañía.
ResponderEliminarEs cierto que tu padre está haciendo una gran labor siempre a su lado.
Transmítele todo mi cariño y para ti mucho ánimo.
Gracias, Mary. Se lo transmitiré a mi padre. Besos.
Eliminar