martes, 26 de septiembre de 2023

Sueños

Por la experiencia académica que yo en su día viví y por el sentido de la lógica más elemental, diría que la tasa de aprobados en algunas asignaturas depende casi en su totalidad de la pasión y de las aptitudes con las que venga pertrechado el profesor que las imparta y que, por el contrario, hay materias en las que el impacto del profesional encargado de instruir a sus pupilos es casi irrelevante. 

Tan sólo tuve que repetir un curso durante todo mi periplo por el colegio, el instituto y la universidad. Admito que lo digo con un cierto orgullo, ya que por entonces la exigencia educativa era mucho mayor que ahora y los contenidos más teóricos, por lo que repetir tan sólo uno de los dieciocho años que uno se tiraba desde Primero de EGB hasta el quinto curso de la carrera era un buen bagaje. Fue en Tercero de BUP y no porque estuviera yo de fiesta todo el día o porque no estudiara lo suficiente, sino porque se me enquistó la Filosofía, o más bien la profesora que en mi primer intento me tocó. Se llamaba Isabel y lo mismo habría dado si en la pizarra hubieran puesto un geranio. De aptitudes para la enseñanza andaba más bien escasa y de sus explicaciones no se desprendía ni el más mínimo atisbo de que las teorías de Platón, Kant o Nietzsche le interesaran en absoluto. Mira que enganché yo esa asignatura con ganas. Me apetecía mucho una inmersión profunda y prolongada en las corrientes del pensamiento filosófico en la historia del ser humano. Consiguió, sin embargo, la susodicha que la asignatura se convirtiera para mí en un jeroglífico irresoluble. Y me centré tanto en intentar solucionarlo que cuando quise reaccionar, era tarde. No sólo mis esfuerzos resultaron baldíos en la lengua común de Aristóteles, Rousseau y Santo Tomás de Aquino, sino que descuidé Griego e Historia y me ví teniendo que repetir curso con esas tres asignaturas. No fue obviamente la responsable de aquello la apática Doña Isabel, pero creo que puede servir el ejemplo como argumento para sustentar la primera parte de mi afirmación inicial. Antes de presentar mis alegatos sobre la segunda, diré que al año siguiente tuve la fortuna de toparme con un nuevo profesor de la asignatura que logró transmitirme toda la belleza de una disciplina hoy casi extinta.


No obstante, la singular pasividad de aquella profesora no impidió que, tanto a mí como al resto de mis compañeros, el tema de la interpretación de los sueños nos enganchase del hocico con fuerza y nos tuviera buena parte del curso compartiendo los que cada uno habíamos tenido la noche anterior y debatiendo sobre su significado. Nos parecía a todos una cuestión lo suficientemente cautivadora como para que no importara la persona que nos tenía que aleccionar sobre ella y para que, por nuestra propia cuenta, buscáramos información y estudios al respecto. Durante unos meses acordamos que todos dormiríamos con un bolígrafo y un cuaderno junto a la cama y que, al despertarnos, escribiríamos unas líneas describiendo a rasgos generales lo que aún conservábamos de lo soñado en la cabeza para luego investigar entre todos lo que había motivado a nuestro subconsciente el envío de esas señales. Debo decir a este respecto que fue una de las actividades más constructivas que realicé durante toda mi vida académica, algo curioso por no haber estado implicado en la misma ningún profesor. Y también aclarar algo que a veces se confunde y es que, cuando mis compañeros y yo buceábamos en la biblioteca (Google por entonces era ciencia-ficción) para informarnos sobre el asunto, topábamos con despiadados vende humos que defendían estúpidas teorías del tipo "si sueñas con que se te cae un diente, es que alguien cercano va a tener una desgracia". Por favor. La interpretación de los sueños trata de explicar las causas de nuestras fantasías oníricas, no es una bola de cristal que predice el futuro. Todavía hoy me asombra, en pleno siglo XXI, que haya gente que se trague tamañas sandeces. Pero me estoy desviando del objeto de mi entrada de hoy.

Si he traído a colación la cuestión de los sueños es porque durante estos meses en el dique seco los míos han sido muy vívidos y recurrentes. Durante la etapa más dura de mi convalecencia, empastillado hasta las cejas como estaba para combatir los dolores, mi sueño era breve, pero profundo y plagado de experiencias oníricas extrañas que se asemejaban más a espejismos que a sueños como tales. Entre ellos se comenzaron a colar ciertas imágenes que se han repetido en numerosas y angustiosas ocasiones desde entonces, aunque debo apuntar que, para mi alivio, han pasado ya varias semanas desde la última vez. Todas esas situaciones en las que mi subconsciente me situaba eran repeticiones asfixiantes de las distintas coyunturas en las que me encontré durante mi última experiencia laboral. Volvía en esos sueños a revivir la angustia que me generaba el no alcanzar los objetivos marcados, la tensión generada por una agenda plagada de reuniones internas y videoconferencias con clientes, las presiones desde Dirección por considerar que los resultados del Departamento eran insuficientes. Por supuesto, siendo sueños, estaban salpicados de matices y detalles ilógicos pero que me parecían absolutamente reales y que magnificaban las sensaciones que me abrumaban y que provocaban que me despertase con un sentimiento de fragilidad e inseguridad apabullantes.


 
A pesar de todo lo que en su día creí saber sobre el significado de los sueños, no he sido aún capaz de dilucidar qué pretendía mi subconsciente al bombardearme como lo hizo con esos reflejos distorsionados de lo que en realidad experimenté. A pesar de tanto viaje al pasado, no tengo claro si era su forma de hacer que las heridas cicatrizasen o si repetía una y otra vez ese martirio a modo de recordatorio para que lo tenga siempre presente, pero en cualquier caso me alegro que haya parado, ya que era un complemento cruel a los amaneceres con el mordisco del lobo crepitando en mi costado.

Estoy valorando, a raíz de este episodio y dado que continúa mi actividad en fase R.E.M. siendo bastante rica, volver a colocar en la mesilla de noche un papel y algo con lo que escribir. Tal vez me ayude a reconciliarme definitivamente con mi subconsciente y a lo mejor incluso salga de ahí que poder contaros o que dé lugar a nuevas ideas o proyectos.

¿Quién sabe?

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