¿Cuántas veces te has acostado por la noche en la cama enfadado, dando la espalda a tu pareja, que a su vez te la da a ti? Y todo seguramente por una tontuna, por una nimiedad de la que al día siguiente ninguno os acordaréis. Con un poco de suerte, acabaréis los dos a la mañana siguiente riendo a más no poder por lo imbéciles que sois, porque ni siquiera recordáis la razón que provocó el inicio de vuestra pelea. A veces, a pesar de no acordarnos, somos tan orgullosos que mantenemos nuestra postura, muy dignos por fuera, con el ceño fruncido y mirada seria, intentando aparentar un disgusto mayúsculo, esperando que sea el otro quien dé el primer paso en esa reconciliación que en nuestro interior tanto deseamos. En el peor de los casos, ese estúpido baile de apariencias durará unos días, unos días que se habrán perdido irremediablemente y no regresarán nunca más.
¿Y cuántas veces, acaramelados bajo las sábanas, sin más horizonte que los ojos del otro, habéis hecho propósito de enmienda para que eso no vuelva a suceder? ¿Cuántas veces os habéis prometido que nunca más os acostaréis enfadados o sin desearos buenas noches? Hay quienes consiguen ser constantes en este empeño, pero lo normal es que vuelva a ocurrir en uno u otro momento y que esa promesa mutua quede olvidada. Y que regresen esas noches en que vagamos por un duermevela que nos esforzamos para que no parezca tal, intentando hacer creer al otro que lo que ha pasado no nos afecta, que no nos quita el sueño, que estamos por encima del bien y del mal, cuando la realidad es que revivimos de nuevo en bucle la escena, repasando aquello de lo que se nos ha acusado y revisando los reproches que nosotros hemos blandido. Porque somos humanos, tenemos ego y somos idiotas.
Yo no siempre consigo que mi querida esposa, que a carácter no la gana nadie, como bien podrán confirmar quienes la conocen, se vaya calmada a la cama tras una discusión. Esa es una batalla perdida. Pero el beso y el "que descanses" se los lleva puestos a la Tierra de los Sueños. Le guste o no, me los devuelva o mantenga la cara de acelga que se le pone tras estos lances. Lo mismo me da. E igual ocurre si estamos enfadados y me tengo que ir a algún lado. Que nadie sabe lo que puede ocurrirnos durante el tiempo que permanezcamos separados. Pocas cosas deben doler más que perder a un ser querido y vivir con el lastre de que haya sido un mal gesto nuestro lo último que se haya llevado al otro barrio.
En un capítulo de una de mis series favoritas de todos los tiempos, Cómo conocí a vuestra madre, me llamó la atención la estrategia que Marshall y Lily, una de las parejas protagonistas, emplean para evitar que sus discusiones alcancen un punto amargo de no retorno. Cuando riñen y uno de los dos, generalmente el que aún mantiene unos mínimos de serenidad, comprende que el tema se les está yendo de las manos, pronuncia una palabra acordada previamente (en este caso, "pausa") y automáticamente la pelea queda aplazada hasta que terminen de hacer el amor. Porque eso es lo que toca al decir la contraseña fijada: echarse en los brazos del otro, quitarse la ropa y amarse. Les funciona a la perfección. Todas y cada una de las veces. Y no me extraña en absoluto. Es más fácil y mucho más gratificante entregarse al otro que pelearse con él. Y uno ya no recuerda qué motivó la bronca tras un buen repaso. Deberíamos todos seguir su ejemplo.
A veces somos nosotros mismos quienes convertimos una preocupación en un problema y un problema en un drama. Nos pueden conducir a ello sentimientos tan negativos y tóxicos como la frustración, la ansiedad, la ira mal gestionada, el cansancio... pocas veces es la persona que amamos el verdadero culpable de nuestro enojo, pero es a quien más a mano tenemos cuando necesitamos explotar. Depende luego de la longitud de la mecha que nuestra pareja calce o de su habilidad para manejar esa situación que el episodio acabe o no como el Rosario de la Aurora.
Seamos sensatos. La vida son dos días y en muchos momentos lo que nos pesará más durante el segundo es el tiempo que perdimos y las cosas que no hicimos. Así que, como reza el dicho, que no se ponga el sol sobre nuestro enojo ni un día más.


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