martes, 21 de noviembre de 2023

La biblioteca

¿Se puede afirmar que uno ha soñado cuando lo que realmente ha hecho mientras dormía ha sido recordar?

He abierto mis ojos esta mañana sintiéndome abotargado por una pegajosa nostalgia, mecido por sensaciones que en otro tiempo me eran cotidianas y que creía haber extraviado, pero que el sueño (o la memoria) me han devuelto al despertar.

En mi sueño visitaba la Biblioteca Pública de Móstoles y me dejaba imbuir como antaño por el reverencial respeto que desde niño se apodera de mí en este tipo de lugares: el silencio, la ilusión, la expectativa y, sobre todo, la posibilidad de retirar un libro de una estantería, hojearlo percibiendo la textura del papel impreso y dirigirme al mostrador de préstamos para certificar que, durante quince días, ese ejemplar sería únicamente mío. Bueno, esos tres ejemplares. Porque eran los que cada quince días me llevaba a mi casa.

Supongo que visitar la biblioteca y elegir mis tres libros sería el equivalente cultural del joven enamorado de la moda que decide acercarse un rato al centro comercial a comprarse unos trapos y acaba echando allí la tarde completa. A mí me ocurría lo mismo. Siempre había más de tres libros que me apetecía echarme al coleto. Incluso a veces utilizaba el carnet de Nuria y en vez de tres eran seis los que me llevaba.

Un día pedí que me regalasen un Kindle por mi cumpleaños. Tenía meridianamente claro que iba a extrañar el tacto del papel, el olor de la tinta fresca o el de las páginas manoseadas por otros muchos lectores que hicieron suyos antes que yo esos ejemplares. Que añoraría la excitación de revisar los títulos grabados en los lomos, el arte de las portadas y la promesa de las contraportadas. Pero también que mi espalda agradecería el no tener que cargar siempre con el peso de dos libros en la mochila al ir a trabajar. Que ganaría tiempo al no tener que desplazarme para conseguir mis libros. Que en un dispositivo sólo un poco más grande que un teléfono móvil podría llevar miles de novelas. Que ya no tendría que inventarme formas de hacer sitio en mis estanterías para hacerle un hueco a mi última adquisición. Y todo ello, tanto las nostalgias del papel en mis manos como las certezas digitales de mi e-book, se ha cumplido.


Y a ello me he acostumbrado. No me arrepiento, aunque admito que cuando voy a un centro comercial, La Casa del Libro o la Fnac son paradas obligatorias en las que permanezco al menos media hora intentando reencontrarme con aquellas sensaciones, aún a sabiendas de que no me llevaré ningún ejemplar.

Pero, tal y como mi sueño me demostró, no es lo mismo ni mucho menos. Porque una biblioteca es más que una tienda y, por supuesto, mucho más que un libro electrónico. Porque en una biblioteca no sólo el silencio o la comunión existente entre los que pasamos horas allí convierte la visita en una experiencia íntima. Porque en una biblioteca pareces escuchar los susurros de las voces mudas de los autores, muertos o vivos, de éxito o casi desconocidos, de nuestra tierra o de otras más lejanas. Porque en la biblioteca se palpa el respeto y el aire huele a cultura.


No sé si soy capaz de explicarlo adecuadamente, pero de lo que tengo una absoluta certeza tras este sueño es de que en breve, aunque sea tan sólo para revivir un pellizco de todo aquello, haré una visita tranquila y relajada al que fue, durante muchos años, uno de mis lugares favoritos del mundo.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?