Llevo días intentando sin demasiado éxito encontrar el tiempo suficiente y reunir la inspiración necesaria para volver a escribir y me he alarmado al darme cuenta de que el primero me falta y la segunda parece haberse esfumado. No sé qué ha cambiado durante estas últimas semanas para que ocurra esto. Quizá pueda resultar más sencillo determinar las razones que explican la falta de huecos en mi agenda que las que justifican el bloqueo mental que parece haber acallado mi voz literaria. Porque al final, a poco que me pare a pensarlo, no me cuesta tanto distinguir qué ha variado en mi día a día para no poder escaparme a este rincón con la frecuencia con la que antes lo hacía y aún menos para avanzar en esa novela que ansío terminar algún día. Las tareas domésticas, la búsqueda de empleo - que no deja de ser un trabajo por sí mismo -, devolver la vida a mis distintos dispositivos electrónicos, que acordaron vilmente averiarse todos al mismo tiempo, querer pasar más tiempo por las tardes con mi familia, el curso online que después de muchos meses el Sepe se ha dignado por fin a concederme... en fin, que ando más liado que la pata de un romano.
Pero, ¿dónde se han ocultado las musas que hasta hace no mucho me bendecían con tanta generosidad? Porque antes podía escribir una entrada para el blog medianamente digna en poco más de una hora e incluso había mañanas en que iba engarzando una detrás de otra sin pausa y almacenaba material suficiente para una semana y del que además me sentía muy orgulloso. Y sin embargo ahora... compruebo que durante estos últimos siete días he iniciado hasta siete posts que no han superado ni siquiera la prueba del algodón por insulsos y anodinos. Sólo este que ahora escribo parece apuntar hacia algún lado en concreto y hacerlo además con un cierto criterio y una precisión aceptables.
Sospecho que mucho tiene que ver en ello que mi estado de ánimo haya sintonizado una emisora diferente durante estos días y que mi mente haya sido abducida por otras preocupaciones y necesidades que antes no me acuciaban de la misma manera antes. Sea como fuere, el caso es que esta mañana, mientras intentaba conciliar de nuevo el sueño tras un prematuro despertar que no estaba en absoluto programado, arrebujado bajo las sábanas y sintiendo la ausencia de Nuria, ya de regreso al trabajo tras unos días de descanso forzoso, me he propuesto recuperar el hilo de la novela a la que hace ya más de un mes que no me asomo y me ha entristecido darme cuenta de que ni siquiera era capaz de recordar en qué punto la había abandonado. Los personajes, más allá de la neblina matutina que pone al amanecer palos en las ruedas de mi memoria, aparecían difuminados, desdibujados los contornos que tan firmemente había trazado en mi imaginación, diluidos sus anhelos y sus aspiraciones en la bruma del olvido. Tras varios intentos infructuosos y desmoralizadores de tomarle el pulso de nuevo a esa narración que con tanta fuerza latía hasta hace no demasiado en mi interior, mis divagaciones se han desviado hacia este blog. He revivido mentalmente la numerosa cantidad de situaciones que he vivido durante los últimos días y que eran susceptibles de haber originado un buen post y que, sin embargo, no he explotado como acostumbro: el abuelo de noventa y dos años que tropezó el otro día delante de mí, al que no pude agarrar con la suficiente agilidad, y cuya sangre tuve que restañar hasta que llegó la ambulancia cincuenta minutos después, mientras el buen hombre, más lúcido y con un humor más afilado que el que gasto yo en mi madurez, me hablaba de su neuropatía, de las cuatro cochinas medicinas que se toma cada día (mucho más inofensivas que las que tomo yo, hay que fastidiarse) y del susto que se iba a llevar su mujer cuando apareciera de esa guisa por casa; las curiosas anécdotas que me deparan las entrevistas de trabajo a las que he sido convocado durante estas semanas y la decepción que me produce el ver que hasta el momento nadie ha conseguido detectar, tras las cortinas de mi currículum y de mis argumentos, la valía que atesoro; las medidas con las que hemos tenido que poner freno de manera radical a la progresiva rebeldía con que nuestro hijo mayor nos ha estado zarandeando; incluso, a pesar de no ser de mi agrado escribir sobre estos temas, los despropósitos presenciados durante los discursos de investidura de Feijoo y Sánchez, que lo único que han conseguido, al menos en mi caso, ha sido sentir vergúenza una vez más de la chusma que pretende gobernarnos. Anda que no he tenido material para explayarme y sin embargo ni una sola entrada publicada durante los últimos siete días.
No queda otra, en fin, que buscar por dónde meterle mano al reloj y robarle de donde se pueda un par de horas diarias a fin de recuperar hábitos. Ni tengo intención de desatender este blog, ni de abandonar el resto de proyectos literarios que me ilusionan. Y mucho menos de dejar de darme el gusto de escribir, que me ha ayudado -y sigue haciéndolo- a sortear esta mala racha que sé que muy pronto terminará. Y en cuanto a las musas, las acariciaré, las cantaré y, si fuera necesario, las empacharé de Red Bull, a ver si se animan a regresar a mi vera.


No hay comentarios:
Publicar un comentario