jueves, 23 de noviembre de 2023

Marineros de papel

Haciendo el otro día limpieza en el cajón de mi mesilla de noche, me topé, en una esquina del mismo, completamente oculta tras una multitud de cachivaches y papeles de las más variadas especies, mi Cruz Blanca del Mérito Naval. Sin pensar demasiado en ello, como un bulto más que forma ya parte del paisaje que uno espera encontrar al acometer este tipo de tareas, la añadí al montón en el que iba apilando aquellos objetos que quería conservar y, una vez que me desprendí de todo lo obsoleto o innecesario, volví a colocarla una vez más en el mismo espacio olvidado del cajón. Fue todo absolutamente mecánico. Ha sido hace un rato, conduciendo por el Ensanche de Alcorcón, las calles desiertas a las once de la noche de un día laborable, de camino al entrenamiento de Sergio, cuando me ha venido a la cabeza ese suceso de apariencia tan trivial y he comenzado a recordar todo el proceso que me llevó a hacerme merecedor de tal distinción.

El servicio militar forzoso fue, en mi caso, una experiencia de la que intenté escabullirme durante tanto tiempo como me fue posible a base de prórrogas por estudios, confiando, como tantos otros jóvenes españoles de mi generación, en que la profesionalización de nuestro Ejército se produciría antes de que no fuese posible demorar por más tiempo el cumplimiento de nuestro deber con la patria. No ocurrió como yo deseaba y, una vez obtenida mi Licenciatura en Ciencias de la Información, tuve finalmente que atender de manera ineludible los requerimientos de mi país en la que sería la penúltima promoción de jóvenes obligados legalmente a pausar su vida personal y profesional para adquirir una serie de habilidades que, según las previsiones que se manejaban entonces, no tendríamos ocasión de emplear en nuestra posterior existencia civil. Es bastante curioso, sin embargo, que cuando alguien me pregunta hoy por aquella etapa de mi vida, la valore como una experiencia claramente positiva y que agradezca haber tenido.


Que en el sorteo me correspondiese como cuerpo de destino la Marina y que el período de instrucción se realizase en El Ferrol supuso para mí, para mi familia y para Nuria un varapalo considerable. No iba a ser más que un mes, pero en esos momentos de la vida en que todo parece más definitivo e inminente de lo que realmente es, la noticia cayó sobre mí como un balde de agua fría. Pero, a pesar de la distancia, de los madrugones a toque del "quinto, levanta" amplificado a través de la megafonía del barracón, de las largas horas desfilando con el Cetme sobre el antebrazo por el patio del cuartel, de los días lluviosos y grises de aquellas latitudes, de los pequeños insectos que a veces encontrabas en la ensalada y de otra decena de inconvenientes variopintos, conservo buenos recuerdos de aquellas semanas. Como también, aunque la comunicación con ellos se cortó poco tiempo después de regresar cada uno a nuestras respectivas provincias tras el período de instrucción, guardo algunas anécdotas simpáticas de los compañeros de entonces: Luarca, al que llamábamos así por ser esa su localidad de procedencia, un tío campechano y bienintencionado que siempre tenía una palabra amable para cualquiera que le dirigiese la palabra, pero que se enardecía casi hasta el ictus cerebral ante la falta de higiene en las duchas; Iván, de Aravaca, al que llamábamos Moro por sus rasgos arábigos, un tío hiperactivo procedente de una familia consagrada históricamente al servicio a la Marina y que conducía como si estuviera en el rodaje de Fast and Furious (en cuatro horas me bajó el muy kamikaze desde El Ferrol hasta la capital el único fin de semana libre que me atreví a ponerme en sus manos); o Vicente, que realmente se llamaba Braulio, pero al que apodábamos así por pasarse el día recordando en voz alta las virtudes de su tierra de origen, San Vicente de la Barquera. Igual que yo me acuerdo de ellos, estoy seguro de que ellos recuerdan a Hommer, tal y como me comenzaron a llamar allí por el parecido físico que me encontraban con el famoso personaje de dibujos animados, y la verdad es que, viendo el vídeo de la Jura de Bandera, debo admitir que mi calvicie incipiente y la barriga cervecera que lucía por aquel entonces justificaban sobradamente la exactitud del mote. Y a poco que rebobinen, recordarán también lo poco que tardó el sargento de la instrucción en eximirme de las prácticas de tiro a la vista de mi lamentable destreza en tales artes, que no supuso riesgo físico para nadie, todo hay que decirlo, pero que dejó unos cuantos proyectiles incrustados en los troncos de los árboles que se encontraban situados tras las dianas con la que practicábamos.

Tuvimos Iván y yo la fortuna de ser destinados al mismo cuartel al regresar a Madrid: el Parque de Automóviles de Manuel Becerra. Para él, que amaba conducir y era además adicto al riesgo, aquel lugar se le antojaba un patio de recreo inimitable. Hacer de chófer para los altos mandos del Cuerpo de la Marina por las calles de Madrid, con la amenaza de la organización terrorista ETA aún presente en todo el país y sobre la que los militares de carrera nos alertaban a diario, se aproximaba mucho a su paradigma de empleo ideal. En mi caso, nunca he sentido afición alguna por la velocidad o por el motor y, desde luego, me parece más emocionante sentarme a leer un buen libro que tirarme en paracaídas o hacer puenting. Así de aburrido soy. De esa manera llegábamos los dos a nuestro destino: él, con la certeza de que iba a disfrutar cual pulga en pelaje de San Bernardo, y yo, ansioso porque aquellos meses pasaran lo más rápido posible y sin incidentes. Se nos concedieron a los dos nuestros deseos sin que llegáramos a verbalizarlos frente a los altos mandos que dirigían aquel servicio de chóferes no remunerados. A los pocos días de estar allí y familiarizarnos con los catres, las guardias nocturnas y la dinámica general del cuartel, a él le fue asignado un Almirante que pasaba más tiempo entre Ministerios que en el Parque que dirigía y a mí me promocionaron a Cabo de reemplazo con funciones meramente administrativas, sin obligación alguna de sentarme tras un volante. Una alegría para él y un inmenso alivio para mí.


Y así transcurrieron aquellos días en que la mayoría de las tardes podía regresar a Móstoles para pasar tiempo con Nuria y dormir en mi casa. Y las que no, cuando tocaba guardia, pasábamos la tarde jugando al ping-pong como si nos fuera la vida en cada partida, revisando los bajos de cada coche que accedía al Parque por si en ellos se ocultaba alguna bomba, cuadrados marcialmente frente a la bandera española al anochecer y al amanecer, como mandaban las ordenanzas, entonando dos veces al día la Salve Marinera aunque nos encontrábamos a cientos de kilómetros de cualquier mar u océano, charlando en la garita de madrugada con quien nos tocase compartir uno de los turnos de tres horas en que dividíamos la noche, a veces riéndonos de los civiles borrachines que pasaban por aquella calle de regreso a sus casas, otras confesándonos nuestros secretos y compartiendo nuestros sueños de futuro.

Conocí a gente la mar de curiosa, como no podía ser de otra forma. Gente de la que nunca más supe, como ese al que llamábamos el Monje, un madrileño de veintidós años de la zona de Manoteras que llevaba con su novia desde los quince y de quien nos burlábamos porque habían hecho ambos votos de no ir más allá de unos cándidos besos hasta que un cura les declarase marido y mujer, según sus arraigadas creencias religiosas; o Petete, un cacereño diminuto y algo más joven que yo que había intentado librarse de la mili alegando un tic nervioso que decía padecer en los ojos pero que nunca fuimos capaces de detectarle y que fue acertadamente destinado a la cocina, donde siempre nos recibía tras nuestras maratones de ping-pong con baldes de leche fría con canela y limón; o Moraga, procedente de Logroño, un aficionado al culturismo que se pasaba las tardes ejercitando sus músculos y las noches roncando como si se hubiera tragado una vuvuzuela y un megáfono; u Octavio, otro cabo de remplazo como yo que terminaba cada orden que impartía con la coletilla de "y lo quiero silbando melodías", lo que le valió el apodo del Silbidos.

Pero entre todos los personajes destacaban dos con los que, muy a mi pesar y debido al rango que yo ostentaba, me veía obligado a tener una relación bastante estrecha. Supongo que a sus recomendaciones debo el hecho de que me fuera concedida la Cruz del Mérito Naval al terminar el servicio militar, en una ceremonia con mucho boato y ostentación. Eran los dos militares de profesión y se encontraban ambos lejos de sus hogares y de sus familias, pero cada uno lo gestionaba de manera diferente. El primero era José Vicente, un Brigada gaditano que, en la práctica, dirigía aquel cuartel, debido a las numerosas ausencias de quien en realidad ostentaba el más alto cargo. Un tipo nervioso pero salado que durante el día nos trataba con un cierto colegueo y cariño y que por las noches se hundía en profundas depresiones que regaba en el despacho de oficiales con alcohol de alta gradación, invitándome siempre que me encontraba en el cuartel a acompañarle, tratando de que yo me bajase del tratamiento oficial sin conseguirlo nunca y contándome, a veces al borde de las lágrimas, lo poco que le gustaba Madrid, lo mucho que extrañaba su Puerto de Santa María y lo difícil que se le hacía estar tan lejos de su mujer y de su hijo, que se acercaba a la adolescencia sin que él pudiera verle más que de Pascuas a Ramos. El otro era un vasco diminuto cuyo nombre he olvidado, Cabo Primero su rango y, por ello, quien por lo general me daba las órdenes directamente para que yo las transmitiera a la tropa y me encargara de que se cumplieran. Presumía de haberse pasado la mañana en que le examinaron para ingresar en la Marina golpeándose la cabeza contra una pared, a fin de conseguir un chichón lo suficientemente voluminoso como para poder cumplir el requisito exigido de altura mínima, al que no llegaba en condiciones normales. ¿Quién sabe? Aficionado como era a la saga de Rambo, todo es posible. Era un mal bicho que no perdía ocasión de pinchar a los marineros de reemplazo y que castigaba con severidad cualquier desliz que aquellos cometieran, pero que, sin embargo, me trataba a mí con el más exquisito respeto y escuchaba mis sugerencias con suma atención. Creo que se sentía tan solo como el Brigada andaluz y que para ambos, cada uno a su manera, este que estas líneas escribe, de alguna manera, representaba un asidero al que agarrarse en su soledad.



La mili frenó por completo mi carrera laboral. Cuando regresé a la vida civil, algunos de mis compañeros de promoción universitaria estaban ya trabajando en redacciones de periódicos, emisoras de radio o gabinetes de prensa, aunque la gran mayoría se encontraba haciendo cola, como me tocaría a mí poco después, en el INEM, a la espera de una oportunidad que nunca terminó de llegar dada la saturación de licenciados universitarios que existía entonces en el mercado laboral y que terminó dando con nuestros huesos en empleos que poco o nada tenían que ver con los estudios cursados. Ni se me ocurriría, sin embargo, culpar a quienes me obligaron a vivir aquella experiencia militar, dado que con el paso de los años me fueron de gran utilidad los hábitos y conocimientos que, especialmente en la gestión de personas, allí adquirí.

Parecerá una tontería, pero al llegar a casa he vuelto a sacar del cajón la Cruz del Mérito Naval y la he observado con atención durante unos minutos. No es más que un pedazo de hojalata sin ningún valor monetario que posiblemente alguno de mis compañeros merecieron más que yo. Y sin embargo, me agrada tenerlo en mi poder, siento una especie de orgullo, no tanto por haber sido yo el elegido entre todos aquellos marineros de papel de las últimas hornadas que prestamos servicio al país de manera obligada, sino más bien de haber vivido una experiencia como aquella y haber - creo - estado a la altura de lo que de mí se esperaba.

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