Educar en la cultura del esfuerzo a nuestros hijos se me antoja cada día más difícil. Cuando alguien hace referencia a conceptos como ese, o como a aquel otro referido a la ética del trabajo, mi memoria retrocede ineludiblemente a esos ya remotos tiempos en que yo sólo era un niño. Pienso en mis padres, el uno trabajando de sol a sol fuera de casa, casi sin ver a sus hijos más que durante los fines de semana, la otra gestionando como podía aquella casa de locos que debía ser nuestro hogar con los cuatro correteando por ahí, cayendo agotada en la cama por las noches, casi sin fuerzas para hablar un rato con su marido. Creo que en aquella familia de seis, aquello de "sábado, sabadete, camisa nueva y polvete" se debía cumplir a rajatabla. Y con preservativo, que no estaba ya la colmena para más abejas, aunque a finales de los setenta y principios de los ochenta, todavía con el franquismo reflejado en el retrovisor, pedirlos en la farmacia resultase cuanto menos incómodo. Pienso en mi abuelo paterno y en todos los que vivían y siguen haciéndolo del sudor que se derramaba sobre los terruchos propios o ajenos que les daban de comer. Pienso en nuestros sanitarios, insuficientes en número y cuya labor no termina de reconocerse, y que a pesar de todo siguen dejándose la piel en los hospitales a fuerza de vocación. Pienso en todos aquellos que crecieron y vivieron en un país y una época en que la premisa extendida era que había que esforzarse mucho para poder llevar una vida digna y un poco más aún para hacer realidad alguno de los sueños que se tuvieran.
Hoy en día es casi una utopía hacer comprender a las nuevas generaciones el valor del trabajo. Es más, la gran mayoría no quieren ni oír hablar de ello. Muchos persiguen, de hecho, todo lo contrario. Recibir sin dar. Derechos sin obligaciones. Quieren ser youtubers, influencers y demás inventos terminados en -ers que les garanticen tener los bolsillos llenos, a ser posible sin moverse de casa y levantándose a las tres de la tarde. Lo quieren todo, ahora mismo y apoyándose en la ley del mínimo esfuerzo. No todos, por supuesto, pero son minoría los que elaboran un plan de futuro realista y asumen los sacrificios que tendrán que realizar para cumplir su hoja de ruta.
Contribuimos todos a ello. Nos resulta más fácil y rápido solucionarles sus problemas que obligarles a buscarse la vida para resolverlos ellos mismos. Concedemos muchos de los caprichos que se les antojan, aunque nos engañemos a nosotros mismos imponiéndoles a cambio ciertas condiciones que, cuando vemos que no son capaces de cumplir, suavizamos.
El sistema educativo español, cada vez más laxo, no ayuda a la formación de los jóvenes en la cultura del esfuerzo. Temarios cada vez más reducidos, exámenes cada vez más sencillos. Recuerdo que yo todos los días llegaba a casa con tarea para una hora u hora y media y que me llevaba semanas preparar la evaluación. Que pasar de curso no era tan fácil y no hacerlo era algo que te pesaba sobre los hombros y sobre la conciencia. Que te pasabas el verano en una academia si te habían quedado asignaturas para las recuperaciones de septiembre y era algo tan natural, tan asumido, que ¡ay de aquel que protestase! Hoy los niños vuelven del colegio o el instituto sin deberes la mayoría de los días, preparan los exámenes el día de antes porque con eso les llega para obtener un cuatro que conseguirán subir a un cinco si su actitud es buena. Un alumno con seis asignaturas suspendidas en junio puede, si así lo decide el claustro de profesores, avanzar al siguiente curso. Algo inaudito para quien, como yo, creció teniendo que aplicarse, y hacerlo a conciencia, para obtener la recompensa. Una recompensa que, por otra parte, no se entendía como tal, sino como la única obligación real que se nos exigía. No se regalaba nada.
En lengua nos hacían leer el Libro del buen amor, El Ingeniosos Hidalgo Don Quijote de la Mancha, El camino o La familia de Pascual Duarte y realizar de cada uno de ellos el correspondiente trabajo. Y comprendo que generar afición a la lectura entre la juventud mediante esa clase de literatura es hoy en día una fantasía, que es necesario proporcionarles títulos más modernos y cercanos a su realidad, pero lo que tengo claro es que es imposible que lean cuando ni siquiera les mandan ya lectura alguna . Mi hijo pequeño está pasando por el instituto sin tener que leerse un solo libro en casa. Para mí una educación así es una abominación, casi un delito.
Es lícito desear que nuestros hijos tengan una vida más feliz y tranquila que la nuestra y se justifica que, en aras de proporcionarles esa comodidad, hagamos tanto como podamos por ellos. Generación tras generación vamos allanando más el camino de los que vendrán después. Pero me pregunto con mucha frecuencia si no estaremos ya llegando a un punto en que nuestras buenas intenciones les perjudiquen más que ayudarles. ¿Disponen de las herramientas necesarias para afrontar los retos que se les presentarán en el futuro? ¿Tendrán los recursos para sobreponerse a las dificultades diarias?
En mi caso, a veces obligo a mis hijos a luchar para conseguir algo, a que no se acostumbren a darlo todo por hecho, a que sepan que hay cosas que no se regalan ni se compran con dinero. Que el esfuerzo es necesario, aunque no siempre recibirán lo que persigan en su empeño de manera inmediata.
Pero, ¿será suficiente con eso?


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