Llevo dos semanas aturullado. Y probablemente no sea para tanto, pero claro, después de muchos meses arrastrándome a través de los vericuetos de mi existencia con la pachorra canaria a la que mis problemas de salud me obligaban, cualquier alteración en mi orden vital se me antoja ahora una epopeya sin mucho que envidiar a las de Ulises en la Odisea, las de Don Quijote por los pueblecillos de La Mancha o las de Phileas Fogg dando la vuelta al mundo en ochenta días. Y es que es cierto eso de que cuando vienen, vienen todas a la vez. Por no hablar de la Ley de Murphy, que es infalible y tampoco ayuda. Como un pollo sin cabeza correteo por la casa tratando de sofocar los distintos incendios que amenazan con propagarse. Pero bueno, mejor estas alocadas carreras que languidecer inactivo en el sillón.
Y es que las mañanas cunden menos cuando hay alguien más contigo en casa. Durante todo este tiempo los dolores me despertaban muy temprano, con muchas horas en soledad por delante para acometer mis obligaciones de amo de casa y poder dedicar también tiempo a, entre otras cosas, escribir. Las cosas han cambiado. Duermo mejor, me despierto más tarde y ahora comparte sus mañanas conmigo Nuria, que ha necesitado parar y alejarse durante unas semanas de la exigente rutina de su trabajo, que amenazaba con aplastarla irremisiblemente. Su presencia en casa no me incomoda, sino todo lo contrario: busco sus besos de manera avariciosa, me esfuerzo por sacarla esa sonrisa que lleva iluminando mi vida desde hace más de treinta años y pugno por conversar con ella tanto como nos es posible. Intento disfrutar de este tiempo, inusual y mágico al mismo tiempo, juntos. Pero claro, todo lo demás, aquello a lo que consagraba mis horas hasta hace un par de semanas, se resiente, no encuentro tanto tiempo para escribir y las labores de la casa se me amontonan.
Por ser estas para las Compañías fechas propicias para la contratación de nuevos empleados y por vivir yo los lunes al sol, también me roban tiempo las entrevistas de trabajo y la búsqueda de empleo en sí misma. Después de casi año y medio, por fin el Sepe me ha concedido un curso online para desempleados sobre tecnología digital, sesenta horas en poco más de treinta días que intento sustraerle a todo lo demás, pero claro, ahí está Murphy para complicarlo todo. Cuando menos tiempo tiene uno, más problemas surgen: la tarjeta SIM del móvil da errores; mi portátil Toshiba, después de catorce años de servicio, claudica y me toca formatearlo y volver a configurar e instalar todo de nuevo; la consola, que también tiene ya una edad, comienza, para desesperación de Marcos, a dar errores; se nos rompe, en estos días ya más frescos, el pomo de la puerta que separa el patio de la cocina y toca intentar encontrar a alguien - sin éxito hasta ahora - que lo pueda reparar antes de que nos congelemos al desayunar. Se nos lesiona el pequeño y el mayor quiere invitar a su novia a comer en casa. Nuria se va un par de días a un Congreso en Barcelona casi al mismo tiempo que mi suegra viene desde Jaén a visitarnos, algo que siempre me alegra, pero que en esta ocasión me agobia porque no podemos brindarle el trato y la atención que se merece.
Un millar de esas pequeñas cosas a las que todos a diario nos enfrentamos. Nada especialmente grave ni memorable. Pero la acumulación de todo ello en un corto espacio de tiempo y mi actual falta de costumbre a vivir a este ritmo desenfrenado me tiene corriendo por los pasillos de mi casa, parando un momento en la cocina para remover el guiso, deteniéndome después en el salón un par de minutos para darle conversación a mi suegra o un beso a mi querida esposa mientras tiendo la ropa recién lavada en el tenderete, irrumpiendo en el cuarto de Sergio para atender en su portátil una llamada por Teams de una empresa interesada en contratar mis servicios mientras mando un whatsapp al fisioterapeuta para que atienda la lesión del pequeño y echo un vistazo a la barra de progreso de la instalación de Winrar o Bittorrent en mi ordenador escacharrado. Como cuando coordinaba en mi antiguo trabajo a veinte personas y me desplazaba entre sus puestos de trabajo a la velocidad de la luz para resolver sus dudas y solucionar los problemas inherentes a nuestro trabajo.
Tal cual. Como pollo sin cabeza.


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