Casi centenar y medio de entradas publicadas ya en este blog y aunque alguna he dedicado a mi infancia, en ninguna he hablado demasiado sobre mis hermanos. Y no será por falta de anécdotas con ellos ni porque sus historias personales no lo merezcan. De las primeras, mi memoria conserva decenas, aunque debo admitir que son muchas aquellas en las que, ahora, con una perspectiva diferente, debo admitir que yo no me comporté como el hermano mayor que suponía que debía ser; y en cuanto a las segundas, a la manera en que cada uno de ellos se han gobernado en sus vidas, son admirables. Y lo digo con el corazón en la mano, sin hipérboles ni sentimentalismos baratos. Todos ellos eligieron encaminar sus pasos por sendas que a mí se me antojaban entonces agrestes y llenas de obstáculos, pero hoy admiro la valentía de la que los tres tuvieron que echar mano y me siento francamente orgulloso del lugar al que sus pasos les han terminado dirigiendo.
A mi hermana Elena, la segunda de la camada, una niña callada y cariñosa, la vida comenzó a golpearla cuando ella aún no tenía herramientas suficientes para defenderse. No éramos más que niños y yo, que debía haber cuidado de ella, también contribuí a que se viese pronto abrumada por sus complejos e inseguridades. Aunque la adoraba, ejercía sobre ella la autoridad que se le supone al primogénito con un cierto sadismo. Me avergüenza hoy reconocer que hubo un tiempo en que me provocaba un insano placer burlarme de ella. "Vaca marina", me dio por llamarla cuando me hacía enfadar o me llevaba la contraria. O la asustaba apareciendo de repente frente a ella imitando a un perro, animales por los que desde muy pequeña sintió pavor. Nuestros hermanos pequeños seguían muchas veces mi ejemplo, para enfado de nuestros padres. Intentar contar las veces que la hicimos llorar me hace sentir que, por muy niño que yo fuera entonces, mi comportamiento fue aberrante y cruel. Pero ojala ese hubiera sido el único problema al que tuvo que enfrentarse. No fue así. Había por detrás algo mucho más sucio y traumático, algo que mis padres tardaron en descubrir.
El concepto de "acoso escolar" no existía entonces. O no se gestionaba de la misma forma que en estos días. "Cosas de críos", argumentaban los adultos antes de seguir con aquello que estuvieran haciendo y no volver a pensar en ello. Los profesores de entonces podían llegar a ser personajes tiránicos a los que nadie supervisaba y que vivían protegidos por un sistema que justificaba todas sus acciones, fueran estas cuales fueran. Se veían como algo normal los castigos físicos en el aula. Nadie ponía en duda los métodos empleados, ni siquiera los padres se atrevían muchas veces a enfrentarse a la figura del maestro, tan sagrada como lo eran las del alcalde o el cura. Su palabra era ley. A mi hermana le tocó la peor de las brujas escolares, una profesora que día tras día la ridiculizaba delante del resto de estudiantes de las más atroces maneras. Y mi hermana Elena sufría aquel maltrato en silencio, sin contar nada en casa, ocultándose cada vez más dentro de sí misma. Cuando nuestros padres supieron lo que estaba ocurriendo, reaccionaron con valentía e indignación. Muchos otros le habrían restado importancia e incluso habrían culpado a mi hermana de lo que estaba sucediendo. En ese sentido y para aquellos alumnos que se vieron abocados a esa coyuntura y para los padres que intentaban oponerse a esas actitudes eran tiempos muy duros. Sacaron a mi hermana de ese colegio y la matricularon en otro. Pero el daño estaba ya hecho. Elena nunca llegó a ser quien podía haber sido, aunque terminaría floreciendo de aquella terrible época una versión maravillosa de sí misma.
Como todos los recuerdos que rescato de un pasado que cada vez veo alejarse más por el retrovisor, no sé si es un recuerdo inventado o si fue real, pero cuando rememoro aquellos tiempos, tal vez cuando yo contaba doce años y ella rondaba los diez, la veo sentada en una consulta médica con cables conectados a la cabeza y se me cae el alma a los pies. Porque ante síntomas claros de bullying, la ciencia entonces buscaba las causas en el interior del individuo y nunca en su entorno. Como digo, no había una conciencia social a la que reclamar cuando ocurrían estas cosas. Creo que encontró consuelo en el entorno de la parroquia, a la que mis padres estaban muy vinculados. Sospecho que fue allí donde ella comenzó a reconstruirse. Donde empezó a ser tratada como una más y no como alguien a quien habían hecho sentir que era menos que el resto. Aquel fue el primer asidero que encontró para no hundirse en el pozo. El segundo, siempre apoyada por mis padres y en menor medida por nosotros, sus hermanos, lo encontró en el lugar menos esperado y gracias a una excursión programada por el instituto en el que cursaba Auxiliar de Enfermería. Visitaron una de las casas que la ONG Basida tenía para la rehabilitación de toda clase de pacientes sin recursos, aunque originariamente trabajaban con enfermos de VIH. Allí encontró su lugar en el mundo, ayudando a rehabilitarse a aquellos que todavía podían hacerlo y acompañando hasta el último suspiro a aquellos para los que ya no existía solución. Al principio iba solo algún fin de semana. Luego sus períodos allí como voluntaria se fueron haciendo cada vez más largos hasta que un día no regresó a casa. Se convirtió en voluntaria residente en aquella Comunidad, sin sueldo ni cotización, algo que a mí me llevó años entender y aceptar, y combatiendo cada día la enfermedad y la muerte que rondaba a los enfermos sin recursos que allí acogían. Obtenían algunas pequeñas victorias que justificaban su decisión y me hicieron comprender mejor las motivaciones que habían impelido a mi hermana a enclaustrarse allí, lejos de la ciudad, de las vidas más o menos normales que íbamos construyendo la mayoría.
Hablamos cuando podemos, ya que su vida está consagrada a esa misión en la que decidió sumergirse y nos vemos de Pascuas a Ramos. Vive consagrada a ayudar a los demás, pasando temporadas en las distintas casas que la ONG dirige, aunque intenta encontrar siempre tiempo para sus hermanos, sus sobrinos y, sobre todo, para nuestros padres. Esa labor que ella lleva a cabo a base de desvelos, sacrificios y renuncias, esa labor que muy pocos asumen y que es tan necesaria en nuestra sociedad, la ha convertido en un ser especial, con una sensibilidad única. Una tarea la suya que yo sé que no sería capaz de afrontar y que me llena de admiración, aunque quizá no se la demuestre tal y como realmente la siento.
La historia de mi hermana es un relato de superación y de constancia, la de alguien a la que empujaron por un terraplén, se levantó, se limpió de polvo la ropa, miró a su alrededor y decidió que el camino que deseaba seguir era el de la solidaridad y el amor. Que, en la medida de lo posible, aquellos a quienes la vida también derriba y no encuentran la manera de levantarse por sí solos, tengan siempre cerca una mano amiga que les ayude a levantarse y les acompañe hasta que encuentren su propio destino.

Muchas gracias hermano 😘🥰
ResponderEliminarEmocionante, bello, sincero y veraz relato de un alma grande con la que tengo el privilegio de vivir y crecer junto a ella. GRACIAS Santiago
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