jueves, 30 de noviembre de 2023

Lo que la cancha nos da: entrenadores

Para los chavales que practican algún deporte, la figura del entrenador ha adquirido hoy en día un peso, en el modo en que les ayuda a adoptar su personal e intransferible manera de gobernarse en la vida, mayor que la del maestro y, en según qué circunstancias, mayor incluso que la del propio padre. La sombra de ambos ya no es tan alargada como lo era antaño. Durante la infancia y adolescencia de nuestros hijos, etapa que se va aproximando ya a su final y en la que el baloncesto ha estado siempre muy presente en cada esquina de nuestro hogar, la palabra de sus entrenadores ha sido desde el primer día sagrada para ellos, y a Nuria y a mí, dado que los mensajes transmitidos han sido generalmente los adecuados, no nos ha costado ningún esfuerzo reforzarlos, aunque a veces nos hemos podido sentir empequeñecidos por la influencia que sobre nuestros cachorros tienen y que ya nos gustaría a nosotros, en según qué ocasiones, ejercer. Si quieres inculcar en tu hijo algún valor o principio que para ti, como padre, te parece indispensable y tu hijo parece hacer oídos sordos a tus palabras, no te agobies y alíate con su entrenador, que sea él quien se lo trate de inculcar. No falla, funciona siempre. Como cuando se echan novia, vamos. Recaen, por lo tanto, sobre los hombros de estos trabajadores, que en la mayoría de los casos se dedican a esta labor más por afición y vocación que por un interés meramente económico, importantes obligaciones y responsabilidades que cada uno de ellos gestiona como mejor sabe o puede. Y a veces también como Dios les da a bien entender. Mi experiencia con los entrenadores de mis hijos en el baloncesto e incluso la que yo mismo viví en el ámbito del fútbol-sala me ha ayudado a identificar a los principales tipos de entrenador con que uno puede encontrarse, aunque cada persona es única y distinta y esta clasificación está sometida a infinitos matices. Pero lo que sí he creído vislumbrar es que cualquier entrenador de cantera de cualquier disciplina se columpia en un balancín en cuyos extremos se encuentran, por un lado, la formación y, por el otro, la competición. Entre medias, ancha es Castilla y hay un entrenador diferente en cada banquillo.


Empecemos por los primeros, por esos cuyo interés en el resultado que muestre el marcador al final del partido es nulo y dan prioridad absoluta a instruir a sus pupilos en los conceptos y recursos técnicos que les conviertan en el futuro en buenos jugadores. En ocasiones intentan ir más allá e inician también a los chavales en la adquisición de los valores apropiados para la práctica del deporte en cuestión e incluso para su deambular por la vida. Fomentan el compañerismo y la deportividad, emiten siempre mensajes positivos, corrigen de forma constructiva, no reprochan o critican, premian el esfuerzo por aprender frente a las habilidades innatas de cada cual. Creen en el proceso en su conjunto e interpretan que ellos son los responsables de una parte del mismo, ni más ni menos importante que el resto. Sienten pasión por el deporte que han elegido y les impulsa una fuerte vocación didáctica. Viven la disciplina en la que son especialistas con un cierto romanticismo, si se me permite la expresión. Suelen ser altamente empáticos con sus jugadores y dedican tiempo y mucha paciencia a conocerles a fondo. Sin lugar a dudas, este tipo de entrenadores son los idóneos para los niños que están empezando a practicar la disciplina seleccionada. Cualquier padre agradece la tranquilidad de poner a sus hijos de siete u ocho años en manos de profesionales con estas virtudes. Y en ese sentido, Sergio y Marcos fueron bendecidos en sus años de Benjamín con entrenadores de este corte, especialmente el pequeño, que disfrutó durante tres años con las enseñanzas de Javi y de Juanpe, dos de los mejores entrenadores de este perfil en Madrid. Aunque este es, en mi opinión, el prototipo de entrenador para los más pequeños, no quita para que nos hayamos encontrado en nuestro vagabundeo por las canchas de la Comunidad personajes de todo tipo de estilos y pelajes. Como aquel de Boadilla al que terminamos abucheando desde la grada por la manera en que trataba a sus críos, niños de no más de ocho o nueve años a los que se dirigía de manera tan despótica que no tengo dudas de que alguno de ellos terminó cambiando de deporte.

Pero llega un momento en que son los propios niños quienes demandan de sus entrenadores ir un paso más allá y es necesario modificar ligeramente el perfil de referencia. Los chavales siguen competiciones profesionales a través de las redes sociales y los medios, se emocionan con las rivalidades, comienzan a ser conscientes de sus capacidades y de sus límites, les empieza a picar la ambición por superarse a sí mismos y a los demás, se preguntan cómo llevar el balón en las mejores condiciones a un lugar determinado del campo y todas esas cosas que hasta ahora no les preocupaban en exceso. Aunque el sentimiento de equipo debe prevalecer siempre, la individualidad comienza a tomar forma. Son unos años, que transcurren más o menos entre el primer año de Alevín y el último de Junior, entre los once y los diecisiete años, en que por la experiencia que nosotros hemos tenido, conviene poner a los chicos en manos de entrenadores que, sin dejar de enseñarles y de potenciar sus habilidades técnicas, les introduzcan paulatinamente en la parte más táctica del deporte. En el caso del baloncesto, que sepan ejecutar bloqueos, pick & roll, balances defensivos organizados, presión, jugadas de banda y fondo, etc... Pero deben ser también profesionales con un perfil no tan asociado a la formación y sí más dirigido a la consecución de objetivos tangibles, tanto a nivel grupal como individual. Los chicos deben divertirse y es ideal que sus entrenadores formen parte de esa diversión, pero deben aprender a alcanzar sus metas, deben comenzar a sentir el deber y la responsabilidad que conlleva el trabajo en equipo, tienen que aprender a ganar, a desearlo incluso, y tienen también que aprender a perder, a gestionar la derrota de la manera correcta. Porque nadie crece si las cosas no cuestan. Ninguna victoria se saborea de la misma manera que cuando se consigue con resistencia. Toda derrota entraña a su vez un aprendizaje imprescindible para afrontar otras facetas del desarrollo. Es extraño encontrar en categorías Infantil y Cadete entrenadores formadores como esos de los que hablábamos al principio. Los sigue habiendo y eso en muchos aspectos es positivo, pero posiblemente ese grupo al que entrenan tendrán un déficit competitivo importante y esa carencia terminará generando frustración entre sus componentes. No sólo se trata ya de que el chico aprenda, por ejemplo, a desplazarse lateralmente al defender, sino que comprenda por qué debe hacerlo así, qué resultados se obtienen al realizar ese movimiento. La relación entrenador-jugador cambia también en esta etapa, no es ya tan amable como lo era antes, pero no debe ser en ningún caso una relación desequilibrada: el entrenador debe contar con el respeto total del jugador y cualquier amago de rebelión que pueda producirse debe ser abortado de manera inmediata, pero el entrenador debe estar a su vez abierto (y promover) el diálogo con y entre los jugadores. Y divertirse, todos deben divertirse. Eso es primordial.


Y llega ya el último tramo en la vida de un jugador amateur, que puede prolongarse tanto como las circunstancias del individuo y su pasión por el deporte le permitan. Tengo la suerte de haberme topado en las gradas con gente admirable que a sus cuarenta y diez siguen pasando los fines de semana en la cancha. Y es curioso, ya que son pocos los equipos de este tipo, los Over Fourty, que cuentan con entrenador. Y es que, a partir de los dieciocho años más o menos, la relación entre entrenador y jugador se transforma radicalmente. Los chicos llevan años aprendiendo y algunos pueden haber vivido incluso experiencias en el mundo del basket más intensas que sus propios entrenadores, lo que hace que su opinión y sus sugerencias deban ser acogidas con atención y entusiasmo, dado que por lo general repercuten positivamente en el equipo. Es más, algunos de esos jugadores se convierten a su vez en entrenadores de niños y el ciclo vuelve a empezar. El diálogo se vuelve más abierto y mucho más provechoso, se discuten las bondades de aplicar tal o cual estrategia y, aunque es el entrenador quien tiene la última palabra, todos participan en la toma de decisiones. El reparto de minutos ya no es tan conflictivo, dado que todos reman en la misma dirección, el colectivo vuelve a ser de nuevo, aún más si cabe, lo principal. El jugador es más capaz ahora de ponerse en el lugar del maestro y el entrenador pasa a ser uno más, tal es así que poco a poco su papel tiende a diluirse - hablamos de deporte amateur - y llega un momento en que sus funciones se difuminan y terminan siendo asumidas por los propios jugadores. Obviamente, aquellos que dirigen equipos adultos deben adoptar un perfil, digamos, de hermano mayor. Debem disfrutar con su trabajo a un nivel diferente, deben encontrar en el acompañamiento y el asesoramiento una satisfacción personal. Deben tener tantas ganas de aprender como de enseñar, ya que tendrán entre sus manos chavales a los que transmitir conocimientos, pero también a otros que les pueden permitir seguir aprendiendo. Y deben ser capaces también, y gozar en ese proceso, de salir a tomarse unas cervezas con sus pupilos de igual a igual.

Más que una tipología estándar de entrenadores, muy difícil de elaborar, al final mi exposición hace referencia a las cualidades que, a mi parecer, debe tener cada uno de ellos en función de las edades de sus jugadores, pero es obvio que en la forma de comportarse y en la manera de trabajar de quienes dirigen equipos confluyen muchos otros factores que no podemos despreciar: la motivación de sus enseñanzas, las presiones a las que pueden estar sometidos por la dirección de los clubes en los que militan, la relación que se construya con el entorno de los jugadores, la antigüedad acumulada en esas tareas, la preparación previa del grupo, etc... La principal virtud que en mi opinión debe tener un entrenador, sea cual sea la categoría en la que desempeñe sus funciones, es la de ser capaz de detectar de manera correcta, en el momento de hacerse cargo de un grupo, el punto en que se encuentran esos jugadores a título individual y colectivo para determinar el perfil que debe adoptarse. No es lo mismo entrenar a un equipo local que a un federado; ni tampoco hacerlo en un club de barrio que en uno con títulos e historia. No tiene las mismas necesidades un grupo que en la etapa previa haya superado las expectativas puestas en esas edades y haya ganado un campeonato, que hacerlo con un grupo en el que la mitad de la plantilla sean nuevas incorporaciones y que para dos o tres sea además su primera vez. La experiencia y la habilidad del profesional para determinar con dos o tres entrenamientos cómo debe posicionarse frente al grupo es, en mi opinión, la cualidad más valorable en cualquier entrenador en cualquier disciplina deportiva. 

Eso y que no olvide que, aunque competir debe figurar en su hoja de ruta, esto no es más que un juego. Y en los juegos el principal objetivo es pasarlo bien.




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