Continua doliendo, pero cada vez las molestias son más livianas y el maldito tiene ahora la deferencia de visitarme con menor frecuencia. Incluso me siento medianamente capaz de predecir los momentos en que me honrará con su incómoda presencia: un cambio brusco en el clima, permanecer durante demasiado tiempo con el tronco flexionado, una excesiva acumulación de cansancio... todo ello, su paulatina y progresiva desaparición, me ha hecho volver a confiar en que el daño infringido a mis terminaciones nerviosas por el dichoso herpes zóster no será, como llevo temiendo desde hace ya demasiados meses, irreversible. Y considero que ha llegado el momento, para ver si de esa manera suelta definitivamente su presa, de ignorar al lobo. No puedo hacer como si no hubiera existido. Eso no. Y tampoco lo pretendo. Intuyo que me haría más mal que bien enterrarlo en lo más profundo de mi memoria que tenerlo siempre a mano, oculto tras unos cuantos velos de cotidianidad, por si en alguna circunstancia necesito recordar las causas que lo provocaron y los perjuicios que me ha ocasionado. Pero ahora seré yo quien elija cuando pensar en él y no a la inversa. No será este dolor ni su infausto recuerdo quienes me impongan su tiranía.
Ahora que ya no me encuentro tan limitado y que me empeño en hacer una vida lo más normal posible, pocas cosas me disgustarían más que escuchar a mis seres queridos quejarse de que durante estos meses he sido un paciente horrible. De esos a los que uno agarraría de los pelos y arrojaría por el balcón. Me avergonzaría descubrir que mi estado de ánimo ha condicionado el de aquellos que componen mi círculo más próximo y en quienes más me ha apoyado para superar este trance. Porque puedo asegurar que he tratado por todos los medios a mi alcance de evitar que eso sucediera. Cierto es que la evidencia física estaba ahí, que suponía una ardua tarea disimular mi incomodidad cuando me sentaba a ver la televisión con mi familia, cuando quedábamos para tomar unas cervezas con amigos o cuando acudí a aquellas pruebas de Aena que se prolongaron durante cerca de cuatro horas y en las que tuve que permanecer todo ese tiempo sentado, mirando con ansiedad la puerta de salida y tentado de abandonar la sala para estirarme y aliviar el dolor que me dominaba. Pido perdón por ello, por esas muecas de sufrimiento que en ocasiones me era imposible controlar. Pero he intentado ser tan estoico como la situación y mi forma de ser me han permitido. He tratado de incordiar lo menos posible, de que nadie tuviera que hacer por mí las cosas que, aunque fuese cegado de dolor por los mordiscos del lobo, me veía capaz de hacer. O que me negaba a aceptar que no estaba físicamente capacitado para hacer. Admito que lo del blog ha sido diferente. En este espacio virtual sí he lloriqueado sin ambages y me he convertido a ratos en un "pobrecitodemí" de estos que tanto detesto y a los que en su día dediqué algún post. Desde el principio me adjudiqué a mí mismo licencia para desahogarme a mis anchas en los espacios en blanco existentes entre estas líneas e hice uso de ella sin preocuparme de la imagen plañidera que pudiera dar a quienes me leen. Pero ya está. Aquí se terminan los lloros y las quejas. No le voy a dar más juego a esta triste circunstancia de la que parece que por fin estoy logrando escapar.
No soy ya el mismo. No hablo de que mi cuerpo no responda con la misma eficiencia con que antes lo hacía o de que aún tenga que tomar un buen puñado de fármacos para sobrellevar la jornada y para paliar los efectos que en mi organismo produjo una inactividad tan prolongada. Triglicéridos, colesterol, transaminasas, azúcar, ferritina... todo se disparó de tal manera que a los dolores que sentía se unió también un miedo atroz a que mi cuerpo decidiese mandarme una advertencia más seria. Pero poco podía yo hacer, salvo seguir las indicaciones de los médicos y empastillarme hasta las cejas para mantener bajo control a todos esos microscópicos elementos que navegan por nuestra corriente sanguínea y que desde su pequeñez nos pueden matar. De lo que hablo en realidad es que mi percepción de todo lo que me rodea se ha transformado. No de una manera radical, sino más bien de un modo sutil y sereno. Me contemplo a mí mismo y me observo más en paz conmigo mismo, más consciente de todo lo bueno que aún me queda por disfrutar, más dispuesto a apurar hasta la última gota este elixir que es la vida.
Ahora toca regresar. Y, como me decía el otro día mi amiga Bea, mientras conversábamos sobre las ofertas de trabajo que estoy recibiendo, ese es el verdadero reto en este momento de mi vida. Afirmaba yo que las empresas que se interesan por mí no me ofrecen grandes cosas. Que ninguna me hará rico y que tampoco disfrutaré de una condiciones laborables generosas y amables. Que me tocará, allá donde recale, empezar de nuevo de cero, a buen seguro ostentando una categoría profesional inferior a esa otra que me ha definido durante más de dos décadas. Y ella, con la sabiduría que desprenden sus palabras cuando se anima a opinar sobre algo, me miró con cierto asombro y definió la realidad con una única frase.
- El reto ahora es volver.
No necesité que ahondara en el significado de su sentencia y creo que ella, por su parte, me considera lo suficientemente inteligente como para no ser precisas por su parte más aclaraciones. Me limité a asentir, dado que coincidía con su parecer, a sonreír y a reanudar la conversación que hasta entonces manteníamos.
Y en ello estoy. Siguiendo su consejo. Volviendo. Y he pensado que ningún retorno sería completo si no escribía en negro sobre blanco la palabra que, al menos por mi parte, cierra definitivamente este capítulo de mi historia.
FIN.
No hay comentarios:
Publicar un comentario