Desde hace unas semanas, como si de un mantra budista se tratara, lo canturreo mentalmente varias veces al día. Más por no olvidarlo en los momentos en que el desánimo aletea a mi alrededor que por forzarme a creerlo, ya que realmente pienso que es así, que no subyace soberbia ni presunción algunos en la certeza que albergo de que yo valgo mucho más de lo que el mercado laboral, al que intento regresar desde hace cuatro meses, parece querer hacerme creer. Si insisto en repetirme esa cantinela es porque la opción contraria, la de que soy yo el equivocado al valorar mis capacidades, la de que me pueda estar cegando el orgullo, me aterra.
Recuerdo, cuando me debatía dubitativo hace casi tres años entre acogerme o no al ERE presentado por mi empresa de toda la vida, cómo mi compañera Vero, a la que ya dediqué en su día una entrada en este blog alabando su determinación de conseguir un empleo público, me animaba a lanzarme a la aventura alegando que la experiencia y los conocimientos adquiridos durante los veinte años que habíamos dedicado a la Compañía eran garantía suficiente para conseguir un trabajo mejor. O en su defecto, que siempre podríamos regresar al Tercer Mundo laboral que pretendíamos abandonar. A mí ese argumento no me terminaba de convencer. Podía ser válido para ella, que siempre ha sido más inteligente, viva y despierta que yo, pero en mi interior bullían serias dudas de que pudiera serlo también para mí. No fue aquello lo que me convenció de dar el paso, sino la acumulación de razones que, pensándolo fríamente, no debía ignorar y que, puestas unas junto a las otras, anunciaban que si no aprovechaba aquella oportunidad podía encontrarme, como así les ocurrió a muchos compañeros que optaron por quedarse, en una situación muy delicada. Así que me apunté al ERE y abandoné la empresa con cierto pesar y agradeciendo sinceramente todo lo que por mí habían hecho durante tantos años. Recupero aquel argumento que en su momento esgrimió Vero porque a la larga me he dado cuenta de que yo tenía razón.
Tardé alrededor de siete meses en encontrar un empleo que se ajustase a mis necesidades y exigencias. Reconozco que, resguardado bajo la seguridad que me proporcionó un finiquito y una indemnización generosas, amén de la protección suplementaria que me otorgaba el ser beneficiario de la prestación por desempleo, me permití entonces ser tan selectivo como deseé. Luego vino lo que vino. Un trabajo que me llevó al límite, el despido posterior sin haber llegado a cumplir un año en la empresa y la enfermedad que me sobrevino cuando iba a comenzar a moverme otra vez en busca de un nuevo empleo. Y hasta hace cuatro meses, cuando empecé a sentirme lo suficientemente recuperado para reanudar esa búsqueda que me vi forzado a cancelar en su momento.
No está resultando nada fácil. Y eso que he ido rebajando mis expectativas a medida que la fecha de dejar de percibir la prestación se iba acercando. Me habría gustado probar suerte en otro sector más afín a mis gustos e intereses, pero de los puestos para los que me postulé - y fueron unos cuantos - nadie, ni una triste alma, se puso nunca en contacto conmigo. Bien por correo, bien en el estado de mis candidaturas en Infojobs y Linkedin, el veredicto me decepcionaba constantemente: descartado. La falta de experiencia en labores a desempeñar, la edad de la que ya presumo, el no disponer de alguna titulación que reforzase mi candidatura. ¿Quién sabe? No encontré ahí oportunidades. Me resigné a regresar al mundo del telemarketing donde tengo un importante bagaje como Coordinador, pero las ofertas para ese puesto son escasas, dado que suelen cubrirse dichas vacantes con promociones internas. Aún así conseguí concertar un puñado de entrevistas esperanzadoras. Asistí a las mismas con la ilusión de alguien que busca su primer empleo y con la seguridad de que mis credenciales eran inmejorables. No sé que pudo fallar, pero la respuesta fue la misma en todas ellas: "sea para decirte que sí o para todo lo contrario, te llamaremos en breve". Ninguno cumplió. Silencio administrativo. Bajé de nuevo el listón. A estas alturas no me importa empezar una vez más de cero. Las ofertas existentes para teleoperadores y gestores telefónicos son descorazonadoras: salarios bajísimos, horarios extenuantes que se dan de cabezazos con la conciliación familiar, funciones mayoritariamente de recobros, retención de clientes o venta y para colmo, casi todas se encuentran en la otra punta de Madrid. Aún así me inscribo en todas aquellas que cumplen unos mínimos. Cerca de cien ofertas en un mes. Tan sólo he superado el primer filtro, ese que los Departamentos de Selección realizan en base a tu currículum, sin llegar siquiera a conocerte, en cinco casos. Me resulta sorprendente que mi experiencia tenga tan poco valor. Solamente uno de ellos parece que saldrá finalmente adelante y, salvo que se produzca algún imprevisto o cambio de planes de última hora, en menos de una semana iniciaré una formación que aún no tengo muy claro - y no porque no lo haya yo preguntado, sino porque han sido un tanto ambiguos al respecto - si es selectiva y remunerada o no. Un contrato de tres meses con posibilidades de... Veinte años en el sector y varios meses en búsqueda activa de empleo para llegar a lo que posiblemente le ofrecen también a los estudiantes que buscan un dinerillo para sus gastos atendiendo telefónicamente a asegurados que comunican siniestros en sus hogares. Pero doy gracias. Es una oportunidad.
Me decía no hace mucho uno de mis hermanos, alguien con menos estudios que yo, pero hecho a sí mismo y de quien pronto hablaré en el blog, que le extrañaba, con lo capacitado que él me ve, con todo lo que leo, con tantas cosas como sé, lo mucho que me está costando encontrar un empleo en Madrid. Y yo intentaba justificarme con distintas razones y explicaciones, como si no estuviera haciendo lo suficiente para acertar en la diana. Pero no es así. Le dedico varias horas al día, me pateo virtualmente plataformas especializadas y páginas web corporativas, escribo a antiguos contactos en el sector, estoy en contacto con la Oficina de Empleo de la Comunidad, realizo cursos...
Sigo en mis trece. No me queda otra que dejarme acunar por mi mantra y tener paciencia. Yo valgo mucho y tarde o temprano, quien me de una oportunidad, se percatará de ello.
Es tan sólo una cuestión de tiempo.



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