Se me ha reprochado en algunas ocasiones, especialmente en el entorno familiar, el ser demasiado organizado en lo que a mi agenda se refiere, el dejarme dirigir por una necesidad compulsiva de planificar al minuto todas y cada una de las actividades y tareas que debo afrontar a lo largo del día. De enojarme ante la improvisación. De alterarme cuando no se cumple lo que inicialmente tenía previsto. Ignoro si realmente esta manía ha terminado derivando en obsesión, y tampoco me importa en exceso, pero admito que me gusta establecer un cierto orden de prioridades a la hora de enfrentarme a la jornada, a fin sobre todo de que mi rendimiento resulte más productivo. Al despertarme por las mañanas, dedico siempre alrededor de cinco minutos a situarme y me recuerdo para mis adentros la fecha en la que nos encontramos. Aún en la cama repaso en primer lugar las tareas domésticas que me conciernen o de las que soy responsable y el orden en que las voy a llevar a cabo, teniendo también en cuenta las circunstancias de quienes me rodean. Es decir, si Nuria trabaja o no ese día, si Sergio comerá en casa después de clase o lo hará por ahí con su novia o sus amigos, si los chicos tienen entrenamiento o partido y si hay que llevarles o traerles en coche... Son circunstancias que influyen notablemente en mi planificación. Una vez situado, analizo también a vista de pájaro lo que nos espera los próximos días por si fuera necesario anticiparse a alguna de las necesidades que puedan derivarse de esos planes futuros y, cuando tengo toda esa información bien ordenada en mi cabeza, me levanto decidido a utilizar con criterio el tiempo y las herramientas de las que dispongo para llegar de manera efectiva a todo.
Puede ser, por ejemplo, que convenga poner una lavadora, pero tal vez haya aún espacio en el tambor para meter la ropa sucia que a buen seguro traerá hoy Marcos, dado que me consta que hoy tenía Educación Física, por lo que dejo preparada la lavadora a la espera de su regreso y así completar la carga antes de ponerla en marcha. Pongo agua a hervir mientras desayuno y la pasta a cocer mientras me afeito y me doy una ducha. Observo por el camino que el baño de los chicos necesita urgentemente un lavado de cara, así que improviso y procedo a limpiarlo, aprovechando que dispongo de toda la casa para mí y que nadie va a pisar lo que yo me esmero en mantener aseado, mientras se enfrían los macarrones que acabo de cocer y pongo algo de carne picada en la sartén a fuego lento. Una vez limpio y reluciente el aseo, mezclo los macarrones y la carne, los riego con salsa de tomate, orégano y un puñado de queso rallado y los dejo ya listos en el horno para terminar de cocinarlos un rato antes de comer. Aparece en ese momento Sergio, que ha podido salir hoy antes de clase, pero viene sudoroso y cansado, así que aprovecho para poner la lavadora que tenía pendiente mientras él se da una ducha. Al mismo tiempo que el electrodoméstico cumple su función, me bajo al Mercadona con la lista de la compra que preparé la noche anterior y que redacté teniendo en cuenta la distribución de los productos por pasillo para que también el tiempo empleado en el supermercado sea el mínimo necesario. Quitando el imprevisto del baño y la inesperada aparición de Sergio en casa, todo va según lo programado, dado que una vez que tengo colocados en sus respectivos estantes los alimentos que he adquirido, la lavadora avisa de que acaba de terminar el programa. Antes de tender, enciendo el portátil, la máquina antediluviana que tan buen servicio lleva años dándome pero cuyo sistema de encendido y arranque es lento como una tortuga con artritis. Cuando ya está colgada toda la ropa del tenderete, el ordenador está preparado para operar. Once y media de la mañana, fantástico. Todo según la agenda prevista. Tengo al menos un par de horas para dedicarme a escribir, a navegar por Internet, ver una serie mientras entubo algo de tabaco, labor que también me he atribuido en exclusiva, o incluso leer un buen libro. Y la tarde libre para disfrutar con Nuria charlando, viendo una serie o simplemente cando un paseo, en función de nuestras ganas y del clima que nos acompañe.
Este sería un día típico en mi vida actual. Planificado, sí, pero en el que a veces se presentan situaciones inesperadas sobre la marcha que deben ser también abordadas con prontitud y eficiencia. Me considero, sin embargo, una persona ágil a la hora de reaccionar frente a este tipo de alteraciones en el orden establecido de las cosas.
Ahora bien, vivo rodeado de personas que carecen de mi sentido del orden. Tanto Nuria como los chicos son más de ir afrontando lo que la vida les va poniendo por delante en el momento que sucede, sin excesiva planificación por su parte. En general los días libres son más de levantarse, desayunar tranquilamente, trastear un rato largo con el móvil, ducharse y ya en ese momento plantearse qué tienen que hacer esa mañana. Los chicos van a su bola. Generalmente me preguntan si pueden ayudarme en algo a la una de la tarde. Ya ves tú.
Ni el hecho de que yo sea tan disciplinado ni el que ellos sean más desordenados es motivo de discusión por lo general. Tampoco debería ser motivo de reproche ni por parte mía ni por la de ellos, aunque, como he dicho al principio, en alguna ocasión han pretendido hacerme entender que mi manera de proceder es un defecto. En realidad yo lo considero una virtud, pero tampoco vamos a enfangarnos en un debate al respecto. En cualquier caso creo que cada uno tenemos nuestro personal modo de funcionamiento y nos compensamos los unos a los otros en el día a día.
Ahora bien, el problema viene cuando su caos afecta a mi armonía. Ahí sí, reconozco que se me llevan los demonios. Ejemplos tengo cientos. Y a diario. Pero por mencionar algunas situaciones, recuerdo una mañana de sábado en que a la una de la tarde, con la casa ya organizada y la comida, que se basaba fundamentalmente en retales, lista para ser servida cuando llegara el momento, me llamó Nuria por teléfono para anunciarme que había decidido que alguien a quien estaba visitando (no recuerdo si era mi suegra o mi cuñada y mi sobrino) vinieran a comer a casa. Fantástico. Una visita y yo, atropellado. Sin comida suficiente para todos y siendo la poca disponible unos restos de aquí y otros de allá. Claro, es genial que improvises, como el que se tiene ahora que buscar la vida soy yo... O una tarde, justo cuando estamos preparados para pasar una tarde de cine, manta y palomitas frente al televisor, y aparece nuestro hijo mayor con su grupo de amigos, a los que ha invitado a ver una película porque, "¿sabes, papá?, hace un frío en la calle y es que ya hemos comprado el avituallamiento".
También sucede, habitualmente en verano, que mi cocina se convierte en un restaurante con tres turnos de comida. Presumiblemente cenaremos los cuatro juntos y para hoy he previsto, por ejemplo, hamburguesas, así que tengo todos los ingredientes más o menos listos para ponerme a la faena media hora antes, ya que si saco el pan de su bolsa a destiempo se va a poner duro con el calor que hace o si cocino ya la carne y el bacon no van a tener la misma consistencia ni sabor que si lo paso por la sartén minutos antes de cenar. Pues el pequeño te escribe a las ocho y media para decirte que le prepare la hamburguesa para cenar pronto porque se va a ir con los amigos a dar una vuelta por el parque, el mayor sobre las diez y media para decirte que cenará ya cuando vuelva, pasada la medianoche, y Nuria, mientras tanto, se engancha al teléfono durante dos horas con la amiga de turno y tú no sabes muy bien a qué hora encender la vitrocerámica. Tú, que lo tenías todo bien cuadrado para amortizar bien el tiempo y poder compartir los cuatro un rato juntos te ves obligado a servir tres cenas a las horas que el caos de los demás marca.
Ser capaz de improvisar, lo admito, es una cualidad fantástica. Incluso podría llegar a reconocer que envidio a quienes la emplean con tanta alegría, pero obligar a los demás a que se tengan que adaptar a tu errático ritmo de vida es, y perdón por la expresión, una auténtica putada. Improvisa, pero no me obligues también a que yo lo haga.
Digo yo.
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