miércoles, 24 de enero de 2024

En modo erizo

No puedo evitar que me haga gracia, aunque de mí tal vez se espere que me moleste o me enoje con ellos cuando se les tuerce el gesto caprichosamente, sin que medie, analizado desde una perspectiva neutral, ninguna razón que explique su descontento. Quizá habrá quien me exija que les debería hacer entender que esa actitud no sólo les sienta peor que un traje de faralaes, sino que además nada positivo conseguirán forzándola. Porque no es más que una pose adolescente. Una rebeldía más hacia sí mismos que hacia sus mayores de la que un rato después, con la sangre latiendo de nuevo en sus sienes a un ritmo más acompasado y las ideas ocupando el lugar que les corresponde, se avergonzarán porque dará fe ante sus propias entendederas de que aún no son lo que pretenden ser antes de tiempo. En serio. Ojala no me hiciera gracia, pero por lo general me la hace. Seguramente porque yo estuve ahí y también yo, con más frecuencia de la que me gustaría, me calzaba comp si fuera una máscara esa mueca de rechazo y cabezonería. No me cuesta verme reflejado en ellos en momentos así. Y eso me provoca una ternura algodonosa y una afilada nostalgia.
Y es que ser adolescente, intentar comprender los cambios que sufren nuestros cuerpos al mismo tiempo que nos esforzamos por entender todo lo que nos rodea sin que se nos note ese asombro infantil que hasta hace dos días permitíamos que brotara de manera natural, ser adolescente, decía, es uno de los trabajos más extenuantes que desempeñaremos a lo largo de nuestras vidas. Las incertidumbres, entre las que uno a veces siente que podría naufragar, nos golpean sin piedad en esa etapa: el peso de la responsabilidad por conseguir que el esfuerzo de nuestros padres no resulte baldío, el miedo a un futuro nebuloso en el que no estamos seguros de que vayamos a encajar, la vergüenza y la nerviosa expectación a la hora de exponernos en el sexo y la ilusión por encontrar el amor... tanto y todo a la vez. Por eso uno les tolera a los que ocuparán nuestro lugar los exabruptos inoportunos y las chulerías desaforadas, las miradas insolentes y el verbo hiriente o pronunciado con intención lesiva, los desplantes y las salidas de tono. Porque, al fin y al cabo, yo -quiero creer que no hace tanto- también era uno de ellos y que, como les ocurre a ellos, a veces el miedo me invadía y no era siempre dueño del daño que hacía y a quién se lo infringía.

Lo cierto es que yo nunca había escuchado la expresión de marras, pero me pareció tan ilustrativa cuando se la escuché el otro día a una compañera del trabajo que sonreí para mis adentros y me propuse hacerla mía. La empleó con naturalidad al hacer referencia a la actitud que su hijo adoptaba de tarde en tarde. Y es que es verdad: ante ciertos contratiempos u opiniones paternas se enroscan - y se enrocan - en sí mismos, se hacen una bola y empiezan a brotarles amenazantes púas. Se convierten en erizos. Y lo mejor, creo yo, tal y como haría si me encontrase con uno en la calle, es no tocarlos, darles espacio para que se relajen, concederles el tiempo necesario para recuperar su forma natural. A veces uno no puede evitarlo, claro, y aunque sabe que no es buena idea, fuerza al animalito y se pincha. Y duele. Y puede hasta sangrar. 


Tengo la suerte de que, en mi caso, el mayor superó esa etapa y al pequeño no parece haberle durado demasiado. Pero algún rasguño nos hemos llevado por el camino. Son leves y los olvidan ellos antes que nosotros, los padres. Os garantizo, a los que sufrís las incomodidades de estas criaturas domésticas, que termina pasando. Que acaban confiando de nuevo en vosotros como lo hacían cuando no levantaban un metro del suelo. Pero, por si las moscas y hasta que ese momento llegue, tened siempre a mano una caja de tiritas. Nunca está de más.

viernes, 12 de enero de 2024

Noches de blanco (y muy ceñido) satén

En invierno, cuando llega la hora de acostarse, mi querida esposa se convierte en una auténtica y rolliza cebolla. A todas las capas que se os puedan ocurrir, sumadle algunas más. Es absolutamente inexplicable cómo puede seguir respirando debajo de tanta ropa. Cierto es que nuestros termostatos nunca convergen y que ella es bastante más friolera que yo. De hecho, en estos días en que el mercurio pasa más tiempo tonteando con la raya del cero que con la del diez, yo duermo con un pijama de manga larga de tela fina, tumbado cuan largo soy sobre la colcha y con una manta de escaso grosor cubriendo mi cuerpo. Normalmente no necesito más. Pero la verdadera razón de que yo me acueste con tan poco atrezzo no es que yo pase calor por las noches. No. La realidad es que, entre las numerosas virtudes que adornan a mi hermosa y risueña esposa, hay una que pocos conocen o sospechan: es, en términos hospitalarios, la profesional que mejor hace las camas en este planeta. Es más, cuando sale de algún turno de noche particularmente movido y me cuenta que a las tres de la mañana han tenido que registrar el hospital para ver dónde se ha metido el paciente de la 503, al que al final encuentran durmiendo plácidamente en la sala de espera de Ginecología, yo pienso automáticamente: "esa cama no la ha hecho mi mujer". Porque es empíricamente imposible escapar de esa trampa sin descoyuntarse algún hueso. Ni Guantánamo ni Alcatraz, vamos. Qué me va a usted a contar. Por Dios y los cuatro angelitos que guardan mi cama. No se puede. Ni Houdini en sus años de gloria y esplendor. Las tripas de un chorizo de Cantimpalos disfrutan de una mayor libertad de movimientos que cualquiera que se meta bajo las sábanas meticulosamente preparadas por ella. 


En consecuencia, yo prefiero pasar un poco de frío en esas dos semanas particularmente gélidas del año que sentir que me ha engullido una boa constrictor. Yo, una vez que cojo la postura, soy como un bloque de cemento, inamovible, pero hasta que alcanzo ese punto de divina ingravidez, doy unas cuantas vueltas sobre el colchón cual croqueta pizpireta. Forma parte de mi preparación para el descanso. No es algo que pueda negociarse. Primero diez minutos boca arriba, giro a la derecha después, rodillas encogidas y, una vez encontrada la posición más cómoda en la almohada para la cabeza, subo de nivel. Dejo de existir. Hasta que la vejiga apriete, lo que suele acaecer a las tres o cuatro horas de cerrar los párpados, gracias a una de los fármacos que aún debo tomar para combatir los dolores que, aunque más tolerables, todavía padezco. Imaginaros las acrobáticas maniobras que debería ejecutar para salir de ese cepo a las cuatro de la mañana sin despertar a quien a mi lado duerme y con tanto esmero prepara el lecho nupcial. Los pelos como escarpias se me ponen sólo de pensarlo.

Se entenderá, una vez explicados todos los pormenores de la cuestión, mi posición. Aclararé, no obstante, que la película cambia cuando Nuria tiene turno de noche o realiza alguna guardia que no sólo altera positivamente nuestro balance bancario sino también la calidad de mis sueños. Porque en esas circunstancias mi margen de maniobra se amplia y no desaprovecho la ocasión de dormir como es debido, bien arrebujado bajo nuestro edredón nórdico y nuestra colcha. Al tener toda la cama para mí solo, cambio la clásica horizontal por una atípica diagonal, usurpando unos centímetros del territorio que, por derecho, le pertenece a la otra mitad de este bien avenido matrimonio. No penséis, sin embargo, que duermo mejor cuando soy único dueño y señor de nuestro modesto dormitorio. Más calentito, sí, pero no mejor, dado que prefiero que de madrugada me desvele el frío que la ausencia de la heroína que protagoniza esta película que es mi vida.


Lo que aún no termino de explicarme, y supongo que ese es uno de esos misterios que me moriré sin lograr resolver, es cómo, a pesar de su hiperbólica tendencia a arroparse para que su cuerpo conserve el calor cuando caen las heladas, se enfada cuando soy yo quien calienta la sopa a la hora de cenar porque, y cito, está que arde. Aunque a lo mejor eso explica que luego tenga frío a la hora de acostarse. ¿Cómo no lo vas a tener, alma de cántaro, si no te calientas por dentro...? 

En fin, nuestras noches invernales continuarán siendo, si me sigue aguantando hasta el final, noches de blanco y muy, muy ceñido satén. Y tan felices los dos.

miércoles, 10 de enero de 2024

Empatía en números rojos

No hagas de tu problema mi problema

De la prolija formación que estoy recibiendo en mi nuevo empleo, tal vez sea esa frase, para mí y para el resto de compañeros que se han incorporado a la par que yo, la que en buena medida recoge el espíritu que nos debe guiar en la correcta realización de nuestras recién estrenadas funciones. Ya escribí una entrada, titulada Frente al defecto de pedir y que no llegué a publicar por temor a herir la susceptibilidad de algunas personas, en la que esa idea, aunque no era la base sobre la que se sustentaba aquel ejercicio literario, se escurría subrepticiamente entre las líneas de algunas de las frases que lo componían. Aquella hablaba más del egoísmo de algunos en sus interacciones con otros individuos de corte más generoso y esta pretende hablar de la empatía que en ciertas situaciones uno debe amordazar. Son cosas diferentes.

Pensaba que supondría para mí un reto más exigente prescindir de una cualidad sobre la que, si bien no creo que pueda presumir en exceso, he estado trabajando arduamente durante estos últimos años, tanto en lo personal como en lo profesional. No sé si debido a que me están adiestrando a conciencia para atender desde una cierta distancia emocional a personas que contactan conmigo en busca de ayuda o si la razón del fenómeno se encuentra en esta nueva perspectiva con la que enfoco mi vida en esta nueva etapa, en la que lo laboral queda, sin que por ello se vea afectada mi productividad, reducido a un rol secundario, pero el caso es que en estas primeras semanas de tanteo no he sentido lástima alguna ante situaciones que en otro tiempo me habrían hecho dudar entre el deber y la compasión. Que, todo hay que decirlo, siempre acababa cumpliendo fielmente con el primero, aunque internamente me estuviera rasgando las vestiduras por no poder ejercer la segunda.

Por poner algunos ejemplos. Hija ya acercándose a la tercera edad que llama desesperada y asustada desde el teléfono de la vecina porque se ha dejado dentro de la vivienda las llaves, el móvil y... a la madre centenaria, más sorda que una tapia y con problemas de salud. La hago partícipe de mi comprensión e incluso comparto su preocupación, pero es todo maquillaje en realidad, ya que me siento emocionalmente alejado de su drama. Las normas son las normas. Antes de tres horas no puedo garantizarle que un cerrajero vaya a su domicilio. Ruegos y súplicas. No hagas de tu problema mi problema, pienso para mí mismo. Un señor que informa de que desde hace tres días, debido posiblemente a la rotura de una tubería comunitaria, se le está viniendo abajo el techo del baño. Que vayamos urgentemente porque teme que se derrumbe sobre el lavabo que compró y le instalaron hace un mes. Las normas son las normas. Si ha dejado usted pasar tres días para comunicárnoslo, tan urgente no es. El fontanero pasará en el plazo máximo de veinticuatro horas. Es lo que hay. Con educación, pero sin piedad. Empatía en números rojos. Que luego las cosas no tienen por qué ser tan rígidas como aquí las cuento porque, con la debida autorización y un poco de presión sobre los operarios en cuestión que deban acometer la reparación, los plazos se acortan. Pero la base es esa: no hagas de tu problema mi problema. Como nos dijo aquel el primer día de formación. Y nos puso un ejemplo muy ilustrativo: un rayo cae sobre el columpio metálico que una familia tiene en el jardín. El impacto provoca que el columpio salga impulsado contra la fachada de la casa y la derrumbe como una bola de demolición. ¿Qué cubre el seguro? Lo afectado por la caída del rayo, no por el desplazamiento del columpio. Y yo, ¿para qué quiero el columpio si mi hijo tiene ya cuarenta años y no me ha dado nietos? Lo comprendo, señora, pero es su problema, no el mío.

Así que ahí andamos. Escuchando las historias más psicodélicas y los ayes más sentidos de nuestros amados asegurados. Buscando la mejor solución que podamos ofrecerles, pero ciñéndonos letra por letra a lo contratado y firmado por ellos mismos. Simpatizando con sus desvelos de cara a la galería, pero poniendo barreras necesarias a sus espaldas para que, cuando llegue la hora de apagar el ordenador y regresar a nuestras casas, esos problemas que a ellos les afectan hasta poner patas arriba sus vidas, no hagan lo mismo con las nuestras. Como hacen otros tantos profesionales - y a un nivel aún mayor- con el fin de salvaguardar su integridad emocional, como, por ejemplo, médicos o personal de las fuerzas del orden.



Sintiéndolo mucho, como diría Sabina. O poco, no sabría decir en realidad si analizo la distancia que con tanta facilidad estoy interponiendo entre mis interlocutores y yo. No me siento peor persona por ello, así que sin remordimientos ni lamentos de ningún tipo. Que ya sufrí lo mío por no ser capaz en trabajos anteriores de comportarme así. Y uno ya va, metafóricamente hablando, peinando canas.

domingo, 7 de enero de 2024

Hablando en serie

Cuando hace veinte años nos preguntaban a los de mi quinta por las diez series que más nos habían impactado a lo largo de nuestra vida, coincidíamos por lo general al nombrar un puñado de títulos legendarios que son ya historia antigua de la televisión. El medio ha cambiado tanto en estos tres lustros que hoy sería casi imposible que eso ocurriera. Seguro que algunos títulos se repetirían por pertenecer al imaginario colectivo de aquellos que crecimos con sólo dos canales, la restricción de los dos rombos y esperando que llegara cada semana el capítulo de rigor de Falcon Crest, Verano azul, Médico de familia, Compañeros, Friends, V o Farmacia de guardia. Pero la caja tonta ha dejado de serlo. Por supuesto, hay quien sigue idiotizándose frente al televisor con los Sálvame de turno y los reality shows más burdos que las cadenas de televisión siguen concibiendo, pero ahora uno puede elegir prescindir de tanta programación basura y convertir el televisor en una fuente más de aprendizaje cultural. Documentales, cine clásico, series de todo tipo y origen, estrenos cinematográficos... nunca fui seriéfilo, fundamentalmente porque nunca, hasta la llegada de las plataformas digitales, hubo la suficiente variedad como para poder volverse adicto a ese tipo de formato televisivo. Incluso ahora no me considero tal, pero sí que dedico unas cuantas horas al mes a evadirme frente a la pantalla de la tele, la tablet o el móvil (según lo que esté libre en ese momento) siguiendo las peripecias del sinfín de personajes que componen el elenco de la oferta televisiva. Y al escribir el habitual post de todos los años sobre mis libros y álbumes musicales favoritos de 2023, pensé que hacer una lista de mis series preferidas podría ser un buen contenido para una nueva entrada. Asi que ahí van. Del diez al uno para darle intriga al tema. Espero que, si no las habéis visto, os animéis, dado que, de una manera u otra, todas ellas tienen algo que ofrecer.

10. THE WALKING DEAD

No resulta fácil mantener el interés del gran público durante once temporadas. Y de hecho, no lo consigue. Al menos en mi caso, que por hartazgo de la propia trama y por restarme tiempo de otras series que también quería ver, la abandoné sin remordimientos allá por la séptima. Pero hay que reconocerle a esta adaptación de los cómics de Robert Kirkman que fue precursora de una nueva televisión más moderna e imprevisible, con un tratamiento psicológico de los personajes más profundo y donde - ¿por qué no? - uno de los supuestos protagonistas podía morir en la primera temporada.


9. STRANGER THINGS

El mérito de esta serie reside en su capacidad para enganchar por igual a las nuevas generaciones y a los que ya peinamos canas. Hay mucho (por no decir todo) de aquellos años 80 en los que crecimos los que hoy rondamos el medio siglo. Hay guiños por doquier al universo que Steven Spielberg creó en aquella década para los que entonces éramos niños. El argumento, especialmente en la primera temporada, es un calco de Ojos de fuego, la novela de Stephen King. La música podría comercializarse como un recopilatorio de los mejores temas pop y rock de los setenta y ochenta. Es, en definitiva, un producto para cualquier tipo de espectador (monstruos y criaturas malignas aparte).


8. BREAKING BAD

No sabría muy bien cómo calificar a esta serie. De culto, eso seguro. No en vano los principales críticos especializados de todo el mundo la sitúan por lo general en el podio de las mejores series de la historia. A mí no me pareció para tanto, pero cierto es que tampoco pude desenredarme a tiempo de las peripecias de Walter White, profesor de química con problemas económicos y un cáncer de pulmón inoperable, magistralmente interpretado por Bryan Cranston, que para afrontar sus necesidades financieras comienza a cocinar y vender metanfetamina. La evolución del personaje y unos magníficos secundarios obligan a cualquier adicto a las series a verla al menos una vez.


7. CHERNOBYL

El mimo y la elegancia empleados en esta producción de HBO y Sky para dramatizar y recrear los sucesos acaecidos en la central nuclear de Chernóbil en 1986 merece un lugar de privilegio en esta lista. Consiguió un éxito abrumador e inesperado, fraguado en buena medida gracias al boca a boca. Respetando fielmente los hechos, acerca al público general la catástrofe y las consecuencias originadas por la misma y que mantuvieron en vilo a millones de europeos durante meses. Indispensable.

6. PULSERAS ROJAS

Las producciones españolas - a destacar, como en este caso, las procedentes de Cataluña - ocupan un lugar importante en el catálogo de las principales plataformas de streaming y poco a poco van compitiendo con las grandes apuestas internacionales. Pulseras rojas se convirtió en un referente en ese sentido y dio en la diana al tocar las fibras más sensibles del espectador español medio. Basado en las experiencias personales de Albert Espinosa, luchador contra el cáncer desde niño, nos sumerge en el ambiente de una planta oncológica infantil desde una perspectiva optimista. Emotiva.


5. PATRIA

La mejor serie española, bajo mi parecer, de esta nueva era de la televisión. Se antojaba inevitable y al mismo tiempo necesaria, por el escabroso tema que aborda y por la espectacular acogida que tuvo entre crítica y público la novela de Fernando Aramburu en la que está basada. La realidad de un País Vasco partido en dos por la lucha armada de ETA. La tensa convivencia entre las familias de ambos bandos. La herida abierta y supurante que nunca se cierra de las víctimas. Una producción de escándalo, una fotografía magistral, una banda sonora envolvente y unas interpretaciones simplemente geniales.

4. CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE

Cada generación tiene su comedia de referencia y supongo que la mía debería haber sido Friends. Pero no. Lo que no encontré en ella en los 90, lo hallé una década después en esta inolvidable serie que nos acompañó durante nueve años. Doscientos ocho capítulos de unos veinte minutos de duración son los que tarda el arquitecto Ted Mosby en contarles a sus hijos cómo conoció a la que se convirtió en su madre. Divertida hasta decir basta, pero con inigualables dosis de ternura. Como la relación de Marshall y Lily, dos de mis personajes favoritos de la pequeña pantalla. Sin olvidar, por supuesto, a Barney. Un crack.

3. THE NEWSROOM

Aaron Sorkin. Para aquellos a quien nos apasiona el cine y la televisión, su nombre es sinónimo de entretenimiento inteligente. El mejor guionista vivo de Hollywood. Suyas son maravillas como Algunos hombres buenos (1992), El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006), Moneyball (2011) o la más reciente El juicio de los siete de Chicago (2020). Y The newsroom es, para mi gusto, el mayor tesoro de su trabajo. Unos Jeff Daniels y Emily Mortimer colosales lideran el equipo de informativos de una cadena de televisión norteamericana. Incluye coberturas de hechos reales que le dan a la trama una credibilidad sobria y espectacular al mismo tiempo. Idónea para aspirantes a periodistas y amantes de la historia más reciente.

2. JUEGO DE TRONOS

Mentiría como un bellaco si dijese que me adelanté al noventa por ciento del planeta al descubrir la saga Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin. Me gustaría haberlo hecho, pero en mi caso, no fue así. Me hipnotizó la primera temporada que HBO emitió y que cambió muchas de las normas de la ficción televisiva. Y después de verla, con la cabeza aún en llamas tras el sorprendente desenlace del último capítulo, me lancé como un poseso a la librería a por los volúmenes que su autor hubiera publicado hasta aquel momento. "A mí es que el género fantástico...", me han dicho algunos. Juzgar así esta obra - tanto la literaria como la televisiva - es quedarse en la superficie. La política, el sexo, la guerra, la intriga, el drama y el terror se entremezclan para dibujar un tapiz de personajes con un recorrido espectacular. Una producción mastodóntica que adelantó a la creación literaria (locos estamos porque Martin publique el siguiente tomo antes de morirse) y tuvo que desarrollar líneas argumentales sin respaldo literario. Aún así, la historia se sostiene. El único pero que se le puede poner es ese final que a pocos agradó y que a casi todos decepcionó. Todo lo demás, pura delicatessen.

1. THE CROWN

Seguramente pocos mencionarán este título, que recoge en seis temporadas las siete décadas de reinado de Isabel II de Inglaterra, entre sus series favoritas. Porque la monarquía inglesa aburre y hasta se detesta. Porque la susodicha daba una imagen de vivir apartada de la realidad y recelosa de los avances sociales que se iban produciendo a su alrededor, aislada en una institución arcaica que se resistió durante años a alinearse con la modernidad. Y a la que aún hoy le cuesta. Porque aparentemente nada hay en común entre alguien de su posición y el resto del planeta. Y posiblemente todo ello sea cierto. Pero hay mucho más en esta serie. Ya le desiqué un post cuando finalizó, hace cosa de un año, la quinta temporada u jace pocos días terminé de ver la sexta y última y mi sensación es la de haber tenido la oportunidad de contemplar, desde una perspectiva completamente diferente, los acontecimientos históricos más importantes de esos setenta años y de entender un poco mejor el rol de esta mujer en la historia reciente del Reino Unido. Cómo su vida estuvo consagrada a mantener firme el legado que de muy joven heredó y al que siempre fue fiel. No pretendo convencer a nadie de las bondades del personaje ni de las pequeñas maravillas cinematográficas, interpretativas e históricas que uno encuentra en cada capítulo que compone la serie. Merece la pena. Ahí lo dejo. Yo, ahora que ha finslizado, la dejaré reposar. Que haga la digestión. Y luego, volveré a verla. Sin duda.



P.S. Y se me quedan en el tintero otras grandes series que perfectamente podrían entrar en mi top 10 y que no puedo dejar de mencionar.

This is us
El cuento de la criada
Last chance U Basket
Fariña
Narcos
Citas
Godless
The last of us
Merlí
Peaky Blinders
Black mirror


viernes, 5 de enero de 2024

Cuidar lo de dentro

En estos tiempos en que la inmediatez y las prisas gobiernan con mano firme las vidas de quienes habitamos en las grandes ciudades, conservar la capacidad de distinguir entre lo importante y lo irrelevante se ha convertido en una habilidad de un valor incalculable, pero necesaria a la vez para poder gozar, en términos emocionales, de una vida sana.

Hemos evolucionado hasta el punto de que las empresas se comprometen contractualmente a garantizar la desconexión digital de sus empleados. Pero no es este un compromiso real, dado que esa meta sólo podría alcanzarse mediante el cierre efectivo de los accesos a los aplicativos corporativos desde cualquier dispositivo fuera del horario laboral. Queda por tanto a discreción del trabajador que esa desconexión se produzca realmente. Y el que más y el que menos, tropieza. Y aquella tarea que no había podido completar se la lleva a casa. Pero incluso el que no se encuentra en esa situación o aquel que es capaz de evitar la tentación de dejarse arrastrar en su tiempo libre hacia sus obligaciones laborales, debe combatir aún con otro enemigo aún más insistente. Porque desconexión digital no es sinónimo de desconexión mental. Muchas veces uno no puede evitar, fuera del horario laboral, seguir divagando y reflexionando sobre cuestiones que deberían quedar relegadas a esas cuarenta horas semanales que vendemos a nuestras respectivas compañías, a veces por un salario insuficiente. Pasar la noche en vela visualizando las posibles situaciones que se producirán en esa reunión tan importante que tenemos al día siguiente con el Departamento Financiero. Devanarse los sesos intentando encontrar la manera de cumplir con los nuevos objetivos que la Jefatura ha decidido establecer para el próximo ejercicio. Diseñar estrategias para poder aportar soluciones a las necesidades de los clientes. Esas cosas.

Cuidar lo de dentro debería ser la prioridad de todo hijo de vecino. Velar en primer lugar por mantener un equilibrio emocional y mental que nos permita disfrutar de todo aquello que crece a nuestro alrededor. Disponer de tiempo para dedicar en exclusiva a esas aficiones que nos enriquecen y que dan sentido a nuestra existencia. Y con atender a nuestro interior no sólo me refiero a nuestra psique y nuestro cuerpo, sino también a quienes cohabitan con nosotros en nuestros hogares. Ser capaces de aparcar en la entrada de nuestras casas los problemas y las preocupaciones que pueda acarrear nuestra actividad profesional para centrarnos única y exclusivamente en aquellos que realmente importan: nuestras familias y nuestros amigos. Aporta satisfacción y tranquilidad mantener con nuestro entorno laboral una relación cordial y amistosa, que en ocasiones puede llegar a convertirse en algo más estrecho, pero no podemos permitir que las rencillas con un compañero o la hostilidad que despierta en nosotros un superior en la oficina hagan sombra a aquellos que se mantendrán siempre a nuestro lado, ya sea por lazos familiares o porque a ellos nos une algo permanente. Cuidar lo de dentro es también eso: que nuestros seres queridos puedan también disfrutar de todo lo bueno que hay en nosotros.


Para este año que acaba de arrancar ese es mi propósito principal: darle a los míos lo mejor que puedo ofrecer. Que mi mujer y mis hijos sientan, en todos los momentos compartidos, que nada tiene para mí más importancia que aquello que a ellos les preocupa. Aprovechar cada instante a su lado. Que todos mis esfuerzos tengan como objetivo final hacerles sonreír. Que el trabajo y todo lo que le rodea se acabe en el momento que entre en nuestra casa. Que mis padres me sientan más cerca. Tener tiempo para tomarme unas cervezas con esos amigos que, incluso de vacaciones en Canadá o en la India, están siempre ahí. Cuidarme y cuidar de los míos.

Porque eso es lo que cuenta. Lo demás es meramente accesorio.



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