viernes, 12 de enero de 2024

Noches de blanco (y muy ceñido) satén

En invierno, cuando llega la hora de acostarse, mi querida esposa se convierte en una auténtica y rolliza cebolla. A todas las capas que se os puedan ocurrir, sumadle algunas más. Es absolutamente inexplicable cómo puede seguir respirando debajo de tanta ropa. Cierto es que nuestros termostatos nunca convergen y que ella es bastante más friolera que yo. De hecho, en estos días en que el mercurio pasa más tiempo tonteando con la raya del cero que con la del diez, yo duermo con un pijama de manga larga de tela fina, tumbado cuan largo soy sobre la colcha y con una manta de escaso grosor cubriendo mi cuerpo. Normalmente no necesito más. Pero la verdadera razón de que yo me acueste con tan poco atrezzo no es que yo pase calor por las noches. No. La realidad es que, entre las numerosas virtudes que adornan a mi hermosa y risueña esposa, hay una que pocos conocen o sospechan: es, en términos hospitalarios, la profesional que mejor hace las camas en este planeta. Es más, cuando sale de algún turno de noche particularmente movido y me cuenta que a las tres de la mañana han tenido que registrar el hospital para ver dónde se ha metido el paciente de la 503, al que al final encuentran durmiendo plácidamente en la sala de espera de Ginecología, yo pienso automáticamente: "esa cama no la ha hecho mi mujer". Porque es empíricamente imposible escapar de esa trampa sin descoyuntarse algún hueso. Ni Guantánamo ni Alcatraz, vamos. Qué me va a usted a contar. Por Dios y los cuatro angelitos que guardan mi cama. No se puede. Ni Houdini en sus años de gloria y esplendor. Las tripas de un chorizo de Cantimpalos disfrutan de una mayor libertad de movimientos que cualquiera que se meta bajo las sábanas meticulosamente preparadas por ella. 


En consecuencia, yo prefiero pasar un poco de frío en esas dos semanas particularmente gélidas del año que sentir que me ha engullido una boa constrictor. Yo, una vez que cojo la postura, soy como un bloque de cemento, inamovible, pero hasta que alcanzo ese punto de divina ingravidez, doy unas cuantas vueltas sobre el colchón cual croqueta pizpireta. Forma parte de mi preparación para el descanso. No es algo que pueda negociarse. Primero diez minutos boca arriba, giro a la derecha después, rodillas encogidas y, una vez encontrada la posición más cómoda en la almohada para la cabeza, subo de nivel. Dejo de existir. Hasta que la vejiga apriete, lo que suele acaecer a las tres o cuatro horas de cerrar los párpados, gracias a una de los fármacos que aún debo tomar para combatir los dolores que, aunque más tolerables, todavía padezco. Imaginaros las acrobáticas maniobras que debería ejecutar para salir de ese cepo a las cuatro de la mañana sin despertar a quien a mi lado duerme y con tanto esmero prepara el lecho nupcial. Los pelos como escarpias se me ponen sólo de pensarlo.

Se entenderá, una vez explicados todos los pormenores de la cuestión, mi posición. Aclararé, no obstante, que la película cambia cuando Nuria tiene turno de noche o realiza alguna guardia que no sólo altera positivamente nuestro balance bancario sino también la calidad de mis sueños. Porque en esas circunstancias mi margen de maniobra se amplia y no desaprovecho la ocasión de dormir como es debido, bien arrebujado bajo nuestro edredón nórdico y nuestra colcha. Al tener toda la cama para mí solo, cambio la clásica horizontal por una atípica diagonal, usurpando unos centímetros del territorio que, por derecho, le pertenece a la otra mitad de este bien avenido matrimonio. No penséis, sin embargo, que duermo mejor cuando soy único dueño y señor de nuestro modesto dormitorio. Más calentito, sí, pero no mejor, dado que prefiero que de madrugada me desvele el frío que la ausencia de la heroína que protagoniza esta película que es mi vida.


Lo que aún no termino de explicarme, y supongo que ese es uno de esos misterios que me moriré sin lograr resolver, es cómo, a pesar de su hiperbólica tendencia a arroparse para que su cuerpo conserve el calor cuando caen las heladas, se enfada cuando soy yo quien calienta la sopa a la hora de cenar porque, y cito, está que arde. Aunque a lo mejor eso explica que luego tenga frío a la hora de acostarse. ¿Cómo no lo vas a tener, alma de cántaro, si no te calientas por dentro...? 

En fin, nuestras noches invernales continuarán siendo, si me sigue aguantando hasta el final, noches de blanco y muy, muy ceñido satén. Y tan felices los dos.

2 comentarios:

  1. Tambien tienes la opcion de dormir en el sofa,que ahi no te molesta tu mujer 😉y asi ella tendria mas espacio en la cama

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    1. No, si a mí no me molesta mi mujer. Al contrario, me cuesta más dormir cuando ella no está, como he dicho. Y dudo que ella tenga problemas de espacio: tres cuartas partes de la cama son suyas...

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