sábado, 24 de febrero de 2024

A tus veinte

El futuro, cuando la niñez va a quedando a tus espaldas y comienzas a percibir la presión del entorno empujándote, obligándote casi, para que encuentres tu propio camino, provoca vértigo. Tanto que puede llegar a paralizarte, especialmente si en tí no se ha despertado aún una vocación clara hacia un oficio concreto o hacia una profesión determinada. O cuando sabes que, de aquello que realmente te apasiona, será difícil que puedas vivir. Es una sensación abrumadora la de saber que cualquier decisión que a partir de ahora tomes contiene el potencial de condicionar el resto de tu vida y que nada ni nadie garantiza que la que tomes vaya a ser la correcta. Y sospechas también que nunca más vas a sentirte tan seguro, tan poco expuesto al fracaso y al dolor, como te has sentido hasta ahora. Y todo eso te empuja aún más hacia una inmovilidad frustrante que merma, sin que puedas hacer demasiado para impedirlo, tu autoestima. Sientes una envidia insana hacia aquellos de tus iguales que tienen ya un plan ideado, hacia esos que han fijado ya el blanco y están a punto de apretar el gatillo. A tus ojos, ellos no flaquean, no dudan, sus convicciones parecen inamovibles. Tu mirada les engrandece. Piensas que, si la vida es una carrera, ellos ya te sacan dos cuerpos de ventaja. No sabes cómo actuar porque temes que tus pasos puedan dirigirte a un callejón sin salida. Te sientes perdido y confuso.


Y a causa de esa amalgama de sentimientos que te cercan e intimidan, te olvidas de lo más importante: que tienes veinte años, la obligación natural de explorar tus límites y el derecho a tropezarte cuantas veces sean precisas. Te olvidas de que los puntos cardinales no son más que referencias que te ayudarán a orientarte pero que no tienen por qué definir ya tu senda. Sabes que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, pero ignoras que a veces uno llega a su destino sintiéndose más completo y satisfecho si, al alcanzar tu meta, lo haces con unos cuantos rasguños, producidos por los matojos con los que has ido topándote al cruzar campo a través, tatuados en tu brazos. Ese conocimiento, esa certeza, llegará más adelante, cuando hayas recorrido una parte del sendero más larga que la que aún te queda por recorrer.

Si un consejo puedo darte es que no dejes de moverte. Permite que esas dudas formen parte de ti. Ten miedo a errar, ya que ese temor te aportará conocimientos y herramientas que más adelante te serán útiles. No te agobies si un sudor frío se expande por tu frente al enfrentarte a una disyuntiva que se te antoja crítica, ya que a la larga comprenderás que no lo era tanto. Acepta tus errores e incorpóralos a tu aprendizaje. Prueba, mójate, arriésgate, tropieza, vuela. Pero no te quedes quieto bajo ningún concepto. Haz cosas, no te encierres en tu zona de confort, esa en la que has vivido hasta ahora. Preocúpate, pero sobre todo mantente ocupado. 

No soy tan viejo aún como para tenerme a mí mismo por sabio ni para creer que en mis opiniones no hay fisuras. Tampoco hablo con la autoridad que otorga el haber sido joven en tiempos difíciles, tal y como les ocurrió a mis padres, quienes tuvieron que hacerse adultos en el opresivo entorno de la dictadura franquista, o como les sucedió a mis abuelos, que a tu edad se encontraron inmersos en una Guerra Civil. Puedo estar equivocado, claro que sí, pero estuve donde ahora estás tú. También el pánico y la incertidumbre se adueñaron inmisericordemente de mí y me hicieron titubear en numerosas ocasiones. Pero seguí avanzando. A veces a trompicones y otras con seguridad. En ambos casos, como te ocurrirá a ti, me lancé al vacío sabiendo que contaba con una red de seguridad firme y resistente que me sostendría si resbalaba. Siempre estuvo ahí y siempre estará. Porque aunque en ocasiones te sientas solo frente al futuro, no es cierto. Tu familia y tus amigos estarán ahí para levantarte si te caes, para devolverte a la senda si te desvías en tu ruta.


No estás solo aunque te empeñes en pensar lo contrario. No dejes que el tronar de la sangre joven al circular por tus venas te tapone los oídos. No permitas que el orgullo de tu juventud te ciegue. Escucha a los demás. Filtra lo que te sea útil. No te pares nunca del todo. Necesitas avanzar para poder abrazar con cariño más adelante a quien eres ahora. Sé valiente. Tienes aliados. Los mejores. 

Muévete, hijo, tu vida no ha hecho más que comenzar y está deseando que te abalances sobre ella. Te desafía. Acepta el reto.

sábado, 17 de febrero de 2024

Una noche memorable

A veces sucede, cuando por fin llega un evento que hemos aguardado con ansia y en el que nos desmelenamos sin medida, que perdemos la perspectiva y, sin nosotros pretenderlo, otros se convierten en daños colaterales de nuestra diversión.

No había padre más orgulloso ni que caminara más ufano por la calle que yo cuando mi primer hijo vino al mundo. Me emocionaba y llenaba de júbilo tener entre mis brazos a aquella criatura sonrosada, sangre de mi sangre, por la que sacrificaba sin ningún empacho horas de ocio y de sueño. Cualquier gesto de la criatura era recibido como un gran hito en la historia de la Humanidad. Si el niño tosía o lloraba, allí estábamos su madre o yo, a su lado para atenderle. Si el niño dormía, nos sentábamos al lado de la cuna para velar su sueño.

El mundo nos parecía perfecto.


Pero un hijo, y esta es una verdad irrebatible, te cambia la vida de manera radical y a mis veintinueve años, a pesar de la dicha incomparable que sentía, empecé a extrañar las cervezas en una terraza de verano o en la barra del bar con mis amigos hasta altas horas de la noche. No era tanto la nostalgia por el efecto que el alcohol producía en mi cuerpo, esa sensación de flotar despreocupado y risueño sobre los demás, como el ver pasar las horas entre risas y anécdotas con mis iguales, haciendo el tonto sin complejos o conversando sobre lo divino y lo humano, sin tener que hacerme cargo de grandes responsabilidades. Pero ahora era padre y realmente me compensaban las sensaciones y las experiencias que al lado de mi mujer y mi hijo iba acumulando en la mochila. No lo sentía como una obligación, sino que me parecía un privilegio. Pero no puedo negar que añoraba un rato de desconexión y fiesta. Transcurrió un año y el amor que por mi pequeña familia sentía no hacía más que acrecentarse, aunque los paseos, los pañales y las papillas comenzaban a hacérseme bola.

Tuvo entonces a bien un amigo nuestro invitarnos a su boda con una chica belga con la que ya llevaba unos años saliendo, y Nuria y yo acordamos que era un buen momento, ya cumplido el primer año de nuestra primorosa paternidad, de darnos un merecido homenaje. Accedimos por lo tanto a asistir al evento, que se celebraba a unos cincuenta kilómetros de donde vivimos. A tal fin, acoplamos aquella noche a nuestra criatura en casa de unos amigos que tienen también una hija de similar edad y que viven relativamente cerca de donde se celebraba el banquete nupcial.

Y allá que nos fuimos. Yo, ansioso por divertirme un rato después de un año de vida casi monástica, y ella, con el lógico miedo de la madre que se separa por vez primera de su cachorro. Me avisó mi previsora esposa, camino del festejo, de que apenas nos quedaba gasolina en el depósito del coche que no hacía demasiado tiempo nos habíamos comprado, aquel Xsara Picasso legendario que llegaría años después a los cuatrocientos mil kilómetros, pero yo, que no quería perderme ni un segundo del bodorrio, la convencí de que a la vuelta, de madrugada o a la mañana siguiente, ya repostaríamos.

Aterricé en el salón de bodas, ante la mirada un tanto preocupada de Nuria y las muecas divertidas y cómplices de algunos compañeros de antiguas farras, como un perro famélico en el cubo de basura de una carnicería. Hablé, bailé y bebí con todos, incluso con la familia de la novia, con quien me entendía gracias a un inglés que durante las primeras cervezas podría calificarse de excelente pero que, a medida que la gradación de las bebidas iba aumentando, fue mutando a su vez en un dialecto difícilmente comprensible para los familiares de la feliz novia.


Tanto bebí que en un momento dado, cuando más desinhibido me sentía y mejor me lo estaba pasando, me desplomé como un fardo sobre el mullido césped de la finca que la pareja había reservado para celebrar al aire libre su enlace matrimonial. Cuando volví a abrir los ojos, todo me daba vueltas, pero comprobé alarmado que hasta el lugar se habían desplazado, para atender mi extraordinaria borrachera, agentes de la Policía, personal sanitario y Protección Civil. Todavía la vergüenza por el número que había representado en aquel acontecimiento no había emergido a la superficie con la suficiente fuerza como para desplazar a esa otra sensación de satisfacción por haber saldado de golpe todas las cuentas que había dejado pendientes durante aquel primer año de paternidad, pero la cara entre asustada y enojada de Nuria, a la que pretendí inicialmente quitar importancia, vaticinaba ya que mi comportamiento estaba siendo absolutamente reprobable y que tendría sus consecuencias.

No recuerdo con suficiente nitidez el viaje de regreso a casa, combatiendo como podía los efectos del alcohol y los vaivenes del coche, pero al día siguiente, sumido en una impresionante resaca, Nuria me aclaró que lo que para mí había sido una noche memorable, había sido para ella un absoluto pandemónium.

Y es que tuvo que modificar el plan que inicialmente habíamos fraguado y, en vez de pasar a recoger a Sergio, que no se merecía ver a su adorado padre en semejante estado de embriaguez, regresó al domicilio familiar para dejarme bien acostado en la cama conyugal y volvió a hacer los kilómetros pertinentes para ahora sí, recuperar a nuestro pequeño que, habiendo descansado como un bendito durante toda la noche, ajeno al circo paterno, conservaba la energía suficiente para mantenerla todo el día en vela, jugueteando, mientras yo dormía la mona.


Pero aún hubo detalles de aquel viaje de regreso a casa que Nuria puso en mi conocimiento una vez que estuve mínimamente espabilado y que me hicieron sonrojarme hasta las raíces del cabello y avergonzarme como si me hubiese presentado desnudo en el evento: que le costó a la mujer hallar un lugar dónde repostar al encontrarse el salón de bodas donde Cristo dio las cuatro voces; que de los nervios no era capaz de atinar con la manguera y que lloró de impotencia intentando llenar el depósito; que todo esto lo hizo teniendo que soportar a un amigo nuestro que se ofreció, solícito, a regresar al barrio con ella y que, bien por lo que también él había bebido o porque un lado oculto de su personalidad decidió salir a la luz en medio de aquel caos, resultó ser un baboso que más que ayudarla, hizo que su inquietud se incrementase; y que, a causa del balanceo del coche, yo vomitase hasta las tripas en su interior, salvándose la tapicería nueva del estropicio porque tuvo ella la sangre fría, con la torpe ayuda del amigo pesado, de colocar bajo el chorro desbocado y apestoso la americana que para el evento me había puesto aquella noche.

La vergüenza todavía me dura a día de hoy, veinte años después, y aunque hemos convertido el episodio en una anécdota jocosa con la que amenizar las veladas familiares y con amigos, mucho más moderadas desde aquel capítulo, yo no me he vuelto a confundir de semejante forma. Me quedó muy claro tras aquello que disfrutar de una noche memorable puede constituir para tu ser más querido todo lo contrario: una experiencia de lo más traumática.

Así que ya sabéis, niños: cuando seáis padres, no dejéis de salir por esa circunstancia. Tirad de los abuelos o tíos para que se ocupen del bebé mientras vosotros respiráis. Y si os invitan a una boda, por favor, aseguraros de que el depósito del coche esté lleno antes de llegar al salón de bodas.

viernes, 9 de febrero de 2024

Zorra

Aunque han pasado ya unos cuantos días desde que resultara elegida como canción que representará a nuestro país en el próximo festival de Eurovisión, no me quería quedar con las ganas de comentar la jugada. Porque a mí el sarao este me parece ya un despropósito de magnitudes apocalípticas. Y es que, en el intento de RTVE por reinventarse y mantener la atención del público, el susodicho certamen se ha convertido en una pasarela de monigotes, esperpentos y aspirantes a famosillos que me provocan a veces auténticas arcadas. No he sido nunca yo demasiado eurovisivo y a buen seguro estaré, en opinión de muchos, completamente incapacitado para emitir opiniones al respecto, pero mi libertad de expresión - y mucho más en mi terreno, es decir, aquí, en este blog - me empuja a no callármelas ni debajo del agua. 

Siempre he ido a contrapié con este festival: cuando Bravo y su Lady lady consiguieron un tercer puesto tras el batacazo de Remedios Amaya y su barca, yo escuchaba a Parchís y a Enrique y Ana; cuando la Década Prodigiosa y su Made in Spain sonaba en las emisoras del país a todas horas, yo estaba en mi fase de rock patrio ochentero;  cuando nos representó un jovencísimo (y feo) Sergio Dalma con Bailar pegados, yo me encontraba - musicalmente hablando - en las Antípodas de las baladitas ñoñas con perfume italiano y sacudía mi exigua melena con Aerosmith, Van Halen o Bon Jovi; con el fenómeno OT, como casi todos los españoles, me enganché al Europe's living a celebration de Rosa López, aunque llegado el día señalado estaba hasta la glotis de la cancioncita y me encerré en mi habitación a escuchar a Estopa; y así, sucesivamente. Y estos últimos años, para qué negarlo, mirando el concurso por encima del hombro, incrédulo ante nuestra falta de buen gusto. 



Y este año iba por el mismo camino, es decir, desdén e indiferencia absoluta hacia todo lo relacionado con esta pantomima musical, pero por casualidad cayó en mis manos el listado de artistas que iban a participar en el Benidorm Fest y debo confesar que me entusiasmé porque algunos de los artistas incluidos son de mi agrado y pensé que sí, que este año por fin llevaríamos un tema en condiciones. Que ganase o no era otra cosa. Pero al menos presentar una canción de la que pudiera sentirme orgulloso. Marlena y su Amor de verano era mi favorita. Las sigo desde hace un par de años, cuando su Me sabe mal fue una de las canciones del verano. Me hipnotiza la voz de Ana y sus melodías son optimistas y bailables. Pero también se presentaba uno de mis más recientes descubrimientos, Miss Cafeina. O Lérica y María Peláe, que sin volverme loco, se dejan escuchar. Localicé una playlist en Deezer con las dieciséis canciones y me quedé absolutamente horrorizado. Por Dios, qué desastre de selección. Y la que menos me gustó, con diferencia, fue Zorra. Y pensé: "ya está, esa va a ser". Y si no, por ahí le andará. Toma ya, En el blanco. Otro año que ni me molestaré en consultar las redes sociales para ver cómo hemos quedado.

Si salgo sola, soy la zorra
Si me divierto, la más zorra
Si alargo y se me hace de día,
Soy más zorra todavía 

Pura poesía y musicalidad, sí, señor. Original y con mensaje. Que Sabina no la escuche, por favor, que se da un garbeo hasta el Wizink y se tira - esta vez de cabeza - desde el escenario y sin bombín  Acabaremos todos tarareándola, por supuesto, de eso no me cabe ninguna duda. Y ¿quién sabe? En el escenario tan LGBTQ+ en que se ha convertido Eurovision a lo mejor hasta ganamos. Pero con la música tan variada que se produce en este país y la calidad y el arte que tienen muchos de nuestros artistas, vergüenza me da que nos represente esta bazofia electrónica cuyo único mérito reside en el impacto de repetir la palabreja que le da título al tema en cada verso. Supongo que no hay otra manera de que este tipo de músicos consiga enlazar dos rimas. Así nos va: en los últimos 20 años sólo Channel y su SloMo (que tampoco es que sea una obra maestra) ha logrado quedar entre las diez canciones más votadas. 


Yo, visto lo visto, iba preparando para el año que viene una versión a lo David Ghetta de Paquito, el chocolatero, interpretada a ser posible por Don José Luis Zapatero y Don Mariano Rajoy, ambos equipados con el último modelito de Cristina Pedroche y coros a cargo del Cholo Simeone y de Yolanda Díaz. ¿Qué no? Pues yo creo que triunfábamos. Total: puestos a ponernos en ridículo, hagámoslo con un poco más de originalidad.

lunes, 5 de febrero de 2024

Una nueva realidad

Me invade una rabia inmensa cuando me paro a pensar en ello. Incluso me hace enrojecer esta sensación de no estar cumpliendo con el trato que en su momento hice conmigo mismo. Y lo peor de todo es que todos los días, en algún momento, me veo asaltado por ese incómodo pensamiento. Tampoco me satisface ninguna de las excusas que le presento inútilmente a mi conciencia, buscando una absolución que ni yo mismo me creo. Todas las justificaciones que dibujo en mi mente me parecen nimias e irrelevantes. La certeza de estar engañándome a mí mismo es demasiado intensa y persistente.


El caso es que escribir se ha vuelto cada vez más complicado para mi. O tal vez sería más apropiado decir que encontrar tiempo para escribir se ha transformado en una tóxica utopía. Las veinticuatro horas del día se me quedan definitivamente cortas. Y la realidad es que las ideas continúan fluyendo. Las ganas de plasmarlas sobre el papel son tan apremiantes como lo eran hace tan sólo un par de meses. Pero ya no dispongo ni mucho menos de las horas que antes me sobraban para sentarme frente al ordenador y trabajar con tranquilidad sobre lo que me ronda por la cabeza. Aunque me encuentre feliz por haber retornado a una normalidad que aún se me antoja frágil y por haberme adaptado sin dificultad a mi nuevo puesto de trabajo, siento que algo me falta. Ese ventanuco por el que me escapaba casi a diario para llegar a este poco conocido rincón y entretenerme engarzando palabras como otros lo hacen completando sudokus, pintando cuadros, haciendo volar cometas o simplemente mirando a la gente pasear desde el balcón. Añoro esos lapsos de tiempo en que mi cabeza se ausentaba a otros lugares en los que la única urgencia era ser capaz de poner en negro sobre blanco mis pensamientos. Pero reconozco que no sólo era lo que tocaba en este momento, sino que deseo fervientemente que esta situación se prolongue tanto tiempo como sea posible.

Puede resultar confuso, pero en la actual coyuntura mi orden de prioridades se ha visto irremediablemente alterado. No sólo mi actividad en el blog se ha reducido hasta adquirir un aspecto casi comatoso. He abandonado otras aficiones y entretenimientos que durante meses me han ayudado a combatir el tedio de la convalecencia. La consola de juegos, en lo que a mí respecta, se ha convertido en otro jarrón del salón al que quitarle el polvo. Hasta hace poco andaba de sol a sol reproduciendo playlists mientras me dedicaba a otros menesteres y ahora la música sólo me hace compañía en momentos muy puntuales de la jornada. He pasado de ser un consumado navegante de Internet y de las redes sociales a contemplar desde lejos el extenso mar cibernético. Visitaba a mis padres cada tres o cuatro días y ahora no es raro que transcurra una semana completa sin verles. Los cursos online en los que me había embarcado a fin de completar mi curriculum avanzan cual tortugas sobre el asfalto y dudo de si llegaré a la meta antes de que expire un plazo que se me antojó a priori generoso cuando me inscribí en ellos. Mis horas se reparten en este nuevo escenario entre la jornada laboral, las tareas domésticas y en compartir todo el tiempo que puedo con Nuria y con los chicos. Porque esa sí que se ha convertido, tras lo vivido, en mi prioridad absoluta. Es el único instante en el que no me pesa que en este blog empiecen a acumularse telarañas: esos ratos charlando con mi hermosa mujer, riendo con mis hijos, o viceversa. Tan sólo la lectura no se ha visto perjudicada por estos cambios en mis ritmos vitales, ya que leo tanto o más que antes. Porque es un hábito que nunca sacrificaré y porque en lo que va de año han pasado por mis manos novelas, que sin ser excepcionales, han colmado mis expectativas y me han resultado francamente entretenidas.


Admito que no puedo comprometerme a mantener el mismo ritmo de publicaciones que durante más de un año sostuve, y es esta una realidad que me fastidia. Por mí el primero, pero también por quienes esperan con ilusión mis escritos y acceden a la página a diario para comprobar si hay algo nuevo, como hacen mis padres. Pero sí puedo garantizar que buscaré huecos en mi apretada agenda para mantener con vida este invento que en un momento de gran vulnerabilidad me mantuvo a flote y al que tanto le debo. Seguiré por aquí. No dudéis en visitarme de vez en cuando. Aunque sea con menor frecuencia, continuaré dando salida a todas esas cosas que se apelotonan en mi cabeza. Palabra de este cronista temporero.



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