El futuro, cuando la niñez va a quedando a tus espaldas y comienzas a percibir la presión del entorno empujándote, obligándote casi, para que encuentres tu propio camino, provoca vértigo. Tanto que puede llegar a paralizarte, especialmente si en tí no se ha despertado aún una vocación clara hacia un oficio concreto o hacia una profesión determinada. O cuando sabes que, de aquello que realmente te apasiona, será difícil que puedas vivir. Es una sensación abrumadora la de saber que cualquier decisión que a partir de ahora tomes contiene el potencial de condicionar el resto de tu vida y que nada ni nadie garantiza que la que tomes vaya a ser la correcta. Y sospechas también que nunca más vas a sentirte tan seguro, tan poco expuesto al fracaso y al dolor, como te has sentido hasta ahora. Y todo eso te empuja aún más hacia una inmovilidad frustrante que merma, sin que puedas hacer demasiado para impedirlo, tu autoestima. Sientes una envidia insana hacia aquellos de tus iguales que tienen ya un plan ideado, hacia esos que han fijado ya el blanco y están a punto de apretar el gatillo. A tus ojos, ellos no flaquean, no dudan, sus convicciones parecen inamovibles. Tu mirada les engrandece. Piensas que, si la vida es una carrera, ellos ya te sacan dos cuerpos de ventaja. No sabes cómo actuar porque temes que tus pasos puedan dirigirte a un callejón sin salida. Te sientes perdido y confuso.
Y a causa de esa amalgama de sentimientos que te cercan e intimidan, te olvidas de lo más importante: que tienes veinte años, la obligación natural de explorar tus límites y el derecho a tropezarte cuantas veces sean precisas. Te olvidas de que los puntos cardinales no son más que referencias que te ayudarán a orientarte pero que no tienen por qué definir ya tu senda. Sabes que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, pero ignoras que a veces uno llega a su destino sintiéndose más completo y satisfecho si, al alcanzar tu meta, lo haces con unos cuantos rasguños, producidos por los matojos con los que has ido topándote al cruzar campo a través, tatuados en tu brazos. Ese conocimiento, esa certeza, llegará más adelante, cuando hayas recorrido una parte del sendero más larga que la que aún te queda por recorrer.
Si un consejo puedo darte es que no dejes de moverte. Permite que esas dudas formen parte de ti. Ten miedo a errar, ya que ese temor te aportará conocimientos y herramientas que más adelante te serán útiles. No te agobies si un sudor frío se expande por tu frente al enfrentarte a una disyuntiva que se te antoja crítica, ya que a la larga comprenderás que no lo era tanto. Acepta tus errores e incorpóralos a tu aprendizaje. Prueba, mójate, arriésgate, tropieza, vuela. Pero no te quedes quieto bajo ningún concepto. Haz cosas, no te encierres en tu zona de confort, esa en la que has vivido hasta ahora. Preocúpate, pero sobre todo mantente ocupado.
No soy tan viejo aún como para tenerme a mí mismo por sabio ni para creer que en mis opiniones no hay fisuras. Tampoco hablo con la autoridad que otorga el haber sido joven en tiempos difíciles, tal y como les ocurrió a mis padres, quienes tuvieron que hacerse adultos en el opresivo entorno de la dictadura franquista, o como les sucedió a mis abuelos, que a tu edad se encontraron inmersos en una Guerra Civil. Puedo estar equivocado, claro que sí, pero estuve donde ahora estás tú. También el pánico y la incertidumbre se adueñaron inmisericordemente de mí y me hicieron titubear en numerosas ocasiones. Pero seguí avanzando. A veces a trompicones y otras con seguridad. En ambos casos, como te ocurrirá a ti, me lancé al vacío sabiendo que contaba con una red de seguridad firme y resistente que me sostendría si resbalaba. Siempre estuvo ahí y siempre estará. Porque aunque en ocasiones te sientas solo frente al futuro, no es cierto. Tu familia y tus amigos estarán ahí para levantarte si te caes, para devolverte a la senda si te desvías en tu ruta.
No estás solo aunque te empeñes en pensar lo contrario. No dejes que el tronar de la sangre joven al circular por tus venas te tapone los oídos. No permitas que el orgullo de tu juventud te ciegue. Escucha a los demás. Filtra lo que te sea útil. No te pares nunca del todo. Necesitas avanzar para poder abrazar con cariño más adelante a quien eres ahora. Sé valiente. Tienes aliados. Los mejores.
Muévete, hijo, tu vida no ha hecho más que comenzar y está deseando que te abalances sobre ella. Te desafía. Acepta el reto.








