Nuestra relación, pese a vivir siempre a una distancia el uno del otro de menos de quinientos metros, primero durante nuestra infancia en las casas de nuestros respectivos progenitores y más adelante en las propias, no fue durante estas dos últimas décadas todo lo fluída y cercana que podría haberse esperado de quienes habíamos compartido adolescencia, saliendo juntos muchos fines de semana, coleccionando risas, saludando amaneceres hombro con hombro y, en definitiva, viviendo uno junto al otro las situaciones propias de esa etapa vital que por lo general deja huellas tan indelebles en nuestra memoria que perduran durante el resto de nuestra existencia. Nos veíamos en la madurez de forma muy esporádica y casi siempre de manera casual, sin planificación alguna, salvo hace año y medio, cuando él aún se peleaba con el cuchillo entre los dientes con un agresivo cáncer de estómago y yo me encontraba en la primera etapa de la neuralgia que a tan mal traer me ha tenido desde la primavera de 2022. A él le convenía caminar tras un par de operaciones serias y yo me empeñaba en seguir haciendo ejercicio a pesar de los dolores que comenzaba a padecer. Nos topamos el uno con el otro una mañana, aplicados los dos en solitario a tan saludable hábito. y empezamos a quedar para compartir durante nuestros paseos opiniones, impresiones y sobre todo recuerdos. La última vez recorrimos el camino de Los Combos, dejamos atrás el Centro Comercial Xanadú y llegamos campo a través donde yo nunca había llegado. Y fui precisamente yo quién le rogó dar media vuelta, agotado y asombrado de que, con lo que él llevaba ya encima, bolsa de colostomía incluida, estuviera dispuesto a seguir caminando a ese ritmo aún durante un rato más. Cuatro horas de caminata que me tuvieron buena parte del día tirado como un fardo en casa, tratando de recuperarme y preguntándome si él realmente no estaría igual que yo. Me consoló saber unas horas después, confesión vía whasap mediante, que él no estaba ni mucho menos en mejores condiciones que yo. Tanto fue así que cancelamos sine die la siguiente excursión, una que nunca llegó a producirse, dado que a mí los dolores del herpes me condenaron pocos días después a una inactividad indefinida y a él el verano se lo llevó de vacaciones fuera de Madrid.
De todos los que componíamos a finales de los años ochenta aquella pandilla, quizá era precisamente con Iván con quien menos cosas en común tenía, pero era también a quien más admiraba. Supongo que todos, de un modo u otro, lo hacíamos. Para nosotros era un adelantado, un referente. Mientras la mayoría de nosotros todavía estudiábamos, él ya trabajaba; cuando nosotros comenzábamos a salir por el barrio y a hacer botellón, él ya era un asiduo en los bares de Moncloa; cuando a alguno se le trababa la lengua al hablar con las chicas, él siempre sabía qué decir y cómo comportarse para metérselas en el bolsillo; si alguno de nosotros andaba cabizbajo, nos hacía sonreír con alguna de sus múltiples anécdotas. Se bebía la vida a tragos cuando nosotros ni siquiera le habíamos quitado el tapón a la botella. Iván era un animal social. No era el nuestro el único grupo del que él formaba parte. Era habitual que nos dejase huérfanos algún sábado por la tarde en Móstoles y se marchase a Madrid con otras amistades con quienes compartía otro tipo de andanzas, más adultas seguramente, o al menos así me lo parecía a mí: sus antiguos compañeros de estudio; a veces también con camaradas de ideología política afín a la suya, cuando a algunos de nosotros la política nos parecía todavía algo tan difícil de entender como la filosofía o la economía; en otras ocasiones con otros grupos de los que apenas sabíamos nada. Celebrábamos cuando era a nosotros a quienes elegía para compartir su fin de semana. Quizá por eso, aunque jamás discutimos éĺ y yo, no conectaba del todo con su carácter y su forma de entender la vida: mi mundo era más pequeño que el suyo y yo no sentía la necesidad que transmitia él de ampliar sus fronteras. Iván estaba ansioso por entrar a formar parte del mundo de nuestros mayores, mientras que yo no tenía ninguna prisa por adentrarme en esas aguas que tan pantanosas se me antojaban.
Recuerdo que, a pesar de todo lo que nos separaba e incluso a pesar de que hubieran pasado dos o tres años sin habernos visto o sin haber hablado, pocos días después de iniciarse el confinamiento al que nos abocó la pandemia de Covid, me llamó por teléfono, advertido por las redes sociales de la situación en la que Nuria, como sanitaria que es, se encontraba, y se ofreció para lo que fuera menester. Se encontraba desempleado y, para ocupar su tiempo, dado que a él la casa se le venía encima tal y como ya le ocurría cuando éramos jóvenes, se había presentado voluntario - y había sido autorizado - para desplazarse en su vehículo por las viviendas de los ancianos que no podían valerse por sí mismos a fin de suministrarles provisiones y medicamentos. A pesar de no contar nosotros con esa condición, me propuso, si así lo necesitábamos, incluirnos en su recorrido cuando lo precisásemos. Y es que Iván solía ondear con frecuencia la bandera de la solidaridad y el compromiso hacia el prójimo, intuyo que en buena medida por la nobleza de su carácter, pero también porque pocas cosas le entusiasmaban más que conversar con la gente y verse rodeado por el ambiente de la camaradería. Por eso también disfrutaba siempre con el bullicio de las multitudes, la algarabía de los bares, el caminar por la calle y pararse cada pocos metros a saludar a este o a aquel conocido. Ese era Iván.
No se me escapa que, como todo hijo de vecino, acumulaba también suficientes defectos y cometía numerosos errores, sobre todo durante sus últimos meses de vida, como para poder escribir otra entrada hablando de ellos, pero ni procede ni, analizando su paso por este mundo, lo merece. Durante aquellas caminatas que compartimos, repetía incesantemente sus intenciones para cuando llegara el momento de regresar al mundo de los sanos, propósitos completamente opuestas a los que yo albergaba para cuando me tocara a mí el turno. Hasta en eso éramos las dos caras de una misma moneda. Salvando las distancias, por supuesto, dado que lo que él había tenido que superar era mucho más duro y más grave que lo que yo comenzaba a afrontar en aquellos momentos. Pretendía él correrse todas las juergas de las que su enfermedad le había privado, hacer tantos viajes como le fuera posible, participar de una manera todavía más activa en promover el movimiento político con el que desde muy joven se había identificado, seguir, en definitiva, ampliando sus horizontes, afán al que se aplicó de manera vehemente y, desde el punto de vista de alguien como yo, más moderado y menos extrovertido, haciendo gala de un fervor desmedido y a veces hasta inconsciente. Son formas diferentes de ver el mundo y como digo, a mí la que me ha tocado hasta ahora en esta lotería nunca me golpeó con tanta crudeza como lo hizo con él. Pero lo cierto es que vivió casi siempre como quiso vivir. O tal vez no supo vivir de otra manera. El caso es que exprimió la vida tanto como pudo.
De las muchas anécdotas que conservo de él - la mayoría atesoradas durante nuestros años mozos -, hay una que me viene siempre a la cabeza y que, aunque pueda resultar soez, define el por qué nos asombraba tanto en aquellos tiempos su manera de desenvolverse en el mundo. Posiblemente no contaríamos más de diecisiete años cuando sucedió. Iván había salido el día anterior por Moncloa con uno de esos grupos de amigos tan ajenos y lejanos a nuestra realidad - o al menos a la mía - y nos bendijo ese domingo por la tarde tomándose unos minis en La Trucha o en El Figón, mesones de Móstoles por los que nos dejábamos caer con religiosa frecuencia y donde él siempre sabía que podía encontrarnos. Había decidido la tarde anterior entrarle a una chica de la que en las últimas semanas nos había hablado y que al parecer le hacía ojitos. Aunque, visto lo visto, era más una impresión suya que una certeza. En uno de esos garitos en que ya le conocían se animó (tampoco necesitaba que le tocasen mucho las palmas) a pedirle a la "pajarraca" que se echase un baile con él y la susodicha, a la que nos pintaba en su relato como una pija de relumbrón, le respondió, con soberbia y desprecio:
- La miel no está hecha para la boca del asno.
Supongo que a mí, si la chica que me gustaba me hubiera contestado de manera tan cervantina y al mismo tiempo tan cruel, se me habrían saltado las lágrimas ahí, habría balbuceado cualquier torpe disculpa y me habría retirado al rincón más oscuro del lugar a lamerme las heridas y a ponerle tiritas a mi orgullo herido, pero Iván estaba hecho de otra pasta y no tardó en replicarla jocoso e hiriente:
- Bonita, te he pedido que bailes conmigo, no que me la chupes.
Y siguió de risas con sus amigos como si tal cosa. La misma risa con la que nos relató la escena al día siguiente y que provocó en los que le rodeábamos una carcajada hilarante y espontánea. Y es que Iván fue siempre, rodeado de amigos, políticamente muy incorrecto. De él aprendí expresiones tales como "te mueves más que la compresa de una coja" o "más negro que el sobaco de un grillo". Ese tipo de cosas provocaban que a mí se me abriesen unos ojos como platos por la originalidad de sus expresiones y no pudiera parar de reírme durante un buen rato. Ese era Iván.
Otro recuerdo que me viene a la cabeza de aquellos tiempos y que define en buena medida el espíritu que le guiaba acaeció una Nochevieja en que todos habíamos quedado en un local del barrio que habíamos alquilado para la ocasión. Por entonces había surgido una cierta rivalidad entre nuestro grupo y el de una pandilla de malotes que campaba a sus anchas por nuestras calles comportándose como unos vulgares matones de tres al cuarto. En realidad quien tenía el problema con ellos era yo, por haber protagonizado algunas trifulcas en la cancha de fútbol de la liga local las últimas veces que mi equipo se había enfrentado al de ellos, pero habían extendido sobre mis amigos sus ganas de pillarme en un callejón a oscuras para ajustar cuentas. Y fue exactamente eso lo que aquella Nochevieja le pasó a Iván. Apareció con la nariz sanguinolenta y ligeramente mareado en medio de la fiesta, con la camisa desabotonada y salpicada por gotas de tonos escarlata, pero ufano de haber dejado a alguno de los cuatro energúmenos que le abordaron traicioneramente peor de lo que él se presentó ante nosotros mientras daba la cara por sus colegas. Ese también era Iván.
Durante los últimos tiempos nos distanciamos. O más bien fui yo el que construyó una especie de muro entre ambos. Iván seguía siendo él mismo. Creo que nunca dejó de serlo. Con sus virtudes y sus cojeras. Soy yo el que ha cambiado durante todos estos años. O tal vez no y simplemente se me hicieron más evidentes las cosas que nos separaban y menos importantes las que nos unían. No me gustaba ver cómo estaba manejando esta segunda oportunidad que la vida le estaba ofreciendo tras la enfermedad. Se me estaba cayendo un mito y prefería que en mi memoria permaneciera aquel chaval del que tantas cosas aprendí en mi juventud.
Admito que estoy algo enfadado conmigo mismo por cómo me hace sentir su pérdida. Cuando esta semana me enteré de su muerte, no me sorprendió tanto como el día que llegó a mi conocimiento, hace ya años, el cáncer que sufría. Aquello me impactó mucho, pero la noticia de su fallecimiento, aunque me desubicó durante unas horas, no me pilló del todo a contrapié. Me enoja que no me diera un vuelco el corazón al saberlo. Que apenas me inmutara. Siento tristeza porque se haya ido tan joven. Me produce una pena inmensa pensar en sus hijos. Por cómo pueda sentirse Inés, su mujer. O sus padres y hermanos. Pero no siento ese vacío que debería dejarme el perder una amistad de más de treinta y cinco años. Y eso me confunde y me irrita a partes iguales. No me considero una persona insensible. Puede ser incluso que el día que salga de nuevo a caminar por la ruta que solíamos seguir juntos, me asalten las lágrimas. No sé si tal vez, de alguna manera, intuía que no le quedaba mucho y me alejé antes de tiempo para que no me doliera cuando su final llegara. O tal vez, a medida que me hago mayor, la certeza de que la muerte es parte de la vida se asienta cada vez más en mí. Tal vez lo he normalizado demasiado. Cuando pienso ahora en Iván no me viene a la cabeza el adulto con quien compartí kilómetros y alguna cerveza estos últimos años, sino aquel adolescente que a mis ojos era un gigante, un ser superior, alguien a quien, a pesar de nuestras muchas diferencias, admiraba y a quien hasta llegué a venerar. Alguien que quería comerse el mundo. Es todo demasiado extraño como para ser capaz de expresarlo mejor.
Sea como sea, Iván, amigo, tengo la sensación de que, si estuvieras aquí, entenderías mejor que nadie lo que trato de explicar y que con ese gesto tuyo, entre vacilón y cariñoso, soltarías una de tus chanzas políticamente incorrectas que harían que esta nube que me envuelve se disipara y, sin dudarlo ni un instante, pedirías otra ronda para los dos. Y a echarnos unas risas, que no hay mejor manera de emplear nuestro tiempo.
Carpe diem, supongo, tal y como aún reza tu estado de whasap a pesar de que ya no estés entre nosotros. Descansa en paz.