domingo, 31 de marzo de 2024

Me han suspendido

"El muy cabrón al final me ha suspendido". Si disfrutáis de la bendición de tener hijos de la edad de los míos - o incluso más pequeños -, es posible que hayáis escuchado esta frase alguna vez. Bueno, sólo si a los vuestros les ocurre como a los míos, que ni han demostrado hasta la fecha poseer, en lo referente a los estudios, la perseverancia necesaria para ir superando las distintas etapas educativas con holgura, ni muestran, a pesar de nuestros esfuerzos por corregir tamaña carencia, el debido respeto a la figura del maestro en particular y a la comunidad educativa en general. No pretendo con esto afirmar que a todos los estudiantes de este siglo XXI les suceda lo mismo que a ellos, ni pretendo tampoco argumentar que en nuestra época no pronunciáramos de vez en cuando semejante incongruencia o que no aplicásemos calificativos tan poco amables a aquellos de quienes dependía nuestra educación más allá de la que en nuestros hogares se impartía. Pero nadie puede negar que las cosas han cambiado muchísimo con el paso de los años en España en lo que al sistema y método educativo públicos se refiere. Y en la percepción que de ellos tenemos. Porque, para empezar, en mi época se te podía escapar un exabrupto contra un profesor en el ámbito familiar, pero rara vez nos acogíamos a la arbitrariedad del educador a la hora de evaluar nuestras aptitudes como excusa frente a nuestros padres para justificar un rendimiento escolar deficiente. Que tal circunstancia podía producirse, no me cabe duda, pero ni siquiera nos lo planteábamos. Al menos yo. Porque, en honor a la verdad, el profesor no aprueba o suspende a un alumno, lo evalúa. Y si no alcanzábamos unos mínimos, pues chico, a recuperar. Lo teníamos bastante más claro que ahora. No recuerdo haber pensado nunca, ante un suspenso o una calificación baja, que el maestro estuviera siendo injusto conmigo, sino que yo no me había esforzado lo suficiente, no me había organizado adecuadamente para preparar un examen o simplemente no había solicitado la ayuda necesaria para entender un tema o una asignatura que me estuviera costando más de lo habitual. Pero ahora todo es diferente.


Aunque no me gustaba estudiar, cuando preparaba la evaluación, lo hacía, salvo en casos muy excepcionales, con el propósito de alcanzar la calificación más alta posible de acuerdo a mi capacidad. Muchos de los alumnos que hoy cohabitan en nuestras aulas no tienen esa mentalidad: estudian para obtener un cinco raspado. Y si me apuras, confían en la benevolencia de sus profesores para transformar un cuatro y medio en un aprobado justito. Y lo peor es que las distintas leyes que han ido lastrando nuestro sistema educativo durante las últimas tres décadas alientan y fomentan que estas situaciones se hayan vuelto recurrentes y, al mismo tiempo, corrientes. 

Pero, ¿quién tiene la culpa de que se haya ido devaluando tanto la educación pública durante estos años? Porque dudo que haya ningún estamento que pueda mantener que el sistema actual es mejor que los anteriores. Y si alguno lo hace, que eche mano de los estudios que nos sitúan en este ámbito en el vagón de cola de la Comunidad Europea. Parece legítimo pensar que la responsabilidad debe achacarse en gran medida a nuestros políticos, que en su afán por conseguir portadas, ridiculizar a sus antagonistas y obtener votos y el favor de las empresas privadas con intereses en el sector educativo, han ido derogando leyes y aprobando otras que han ido transformando a los otrora reverenciados maestros en profesionales ninguneados y desilusionados, hasta el punto de que muchos de ellos ya no se preparan para esta profesión por vocación, sino por otros dos motivos mucho menos trascendentales: julio y agosto. A lo suyo los políticos, con los profesores vendidos, ¿habría que achacar responsabilidad también a los padres? No dudo que habrá quien tendrá una opinión diferente a la mía, pero también muchos que pensarán, como lo hago yo, que no hemos estado a la altura de la situación. Tengo la sensación de que, a la vista del panorama, muchos padres que no hemos tenido medios para apartar a nuestros hijos de este caos existente en la educación pública, nos hemos ido resignando a que nuestros hijos consideren el estudio en muchos casos como una pérdida obligatoria de tiempo y hemos intentado ante todo que su autoestima no se resintiese en exceso de cara a un futuro laboral y vital incierto.

Estos últimos días he leído algunas noticias que apuntalan mi creencia de que el sistema de educación pública es ahora mismo un moribundo incurable. Y ahí van unos ejemplos:

- Desigualdad ortográfica en Selectividad: los alumnos suspenden con 5 faltas en Extremadura y sacan notable con 30 en Baleares (artículo del 24 de marzo en el diario El Mundo)

- "Tengo que ir, pero no me gusta el instituto": los estudiantes que no quieren estar en clase (artículo del 28 de marzo en el diario El País).

- El nivel de inglés de los jóvenes españoles entre los 18 y 20 años está decreciendo debido al sistema educativo (artículo del 25 de marzo en la agencia de noticias Europa Press).

- España se mantiene como el país europeo con más graduados en trabajos poco cualificados: el 36% realiza tareas por debajo de su nivel (artículo del 21 de marzo en el diario 20 minutos).

- Un alumno pobre con el mismo nivel en matemáticas y ciencias que otro rico repite curso cuatro veces más (artículo del 12 de diciembre en el diario El País).

Y suma y sigue. Este es el escenario. Cada vez es mayor el número de alumnos que, frustrados y desmotivados,  renuncian al Bachillerato y a la Selectividad y optan por completar su formación con Grados medios. Y no es esta una opción que deba menospreciarse porque es obvio que llegar a la Universidad desde la educación pública se antoja ahora mismo una labor titánica. Incluso el más aplicado de los estudiantes nota un cambio brutal al finalizar la ESO y comenzar el Bachillerato, tan salvaje que muchos, tras intentarlo durante un año, se rinden y se lanzan a esos Grados medios (o superiores si han logrado aprobar el Bachillerato) que puedan abrirles la puerta al mercado laboral.


Y es que, tal y como lleva ocurriendo desde hace años con la salud pública, la educación pública, en las actuales condiciones, se encuentra, por desgracia, en vías de extinción. No será el próximo año, ni el siguiente. Pero, salvo que alguien lo remedie, mucho me temo que en un par de décadas o bien habrá desaparecido en este país o será una alternativa absolutamente devaluada de la que tan sólo hará uso la población con un poder adquisitivo menor.

sábado, 23 de marzo de 2024

Me he vuelto Classic

Me sucedió una cosa curiosa la otra tarde mientras circulaba con el coche por mi antiguo barrio, a la búsqueda de un sitio donde aparcarlo con la intención de subir un rato a casa de mis padres y compartir un rato agradable con ellos. La cosa estaba imposible. Por más vueltas que daba a la manzana, no encontraba ni un solo hueco libre. Mal día y mala hora. Es una zona residencial que en su día presumió de ser joven y que ha envejecido bien, en buena medida porque parte de la vida que transcurre entre sus calles se concentra en el Polideportivo Estoril II, lugar con más de cuatro décadas que acoge a niños, jóvenes y adultos con su extensa oferta sociodeportiva. Mientras recorría las calles Picasso, Velázquez, Españoleto y Alcalde de Móstoles una y otra vez, bordeando sus instalaciones y el parque en el que yo jugaba de pequeño, mi mente empezó a entretenerse recuperando recuerdos de años pasados con inusitada nitidez: el banco en el que me sentaba todas las tardes con mis amigos a comer pipas y a discutir si Hugo Sánchez era el mejor delantero de la historia o si alguna vez la selección española volvería a superar los cuartos de final en un Mundial de fútbol; la pequeña pradera de césped en la que, cuando no andaban por la zona los jardineros, nos colábamos a jugar al fútbol; el poyete en el que en las noches de verano, cuando mi amigo y vecino Mati y yo bajábamos la basura, nos quedábamos charlando durante un largo rato sobre las chicas que nos gustaban y el futuro que nos esperaba; el portal en el que vivía mi amigo Iván, el de mi amiga Carmen o el de la primera chica a la que besé, sin pena ni gloria, una tal Mercedes a la que tardé poco en perder la pista; el lugar donde antiguamente se encontraba el único kiosco del barrio, en el que me compraba de niño chicles, cromos, tebeos y algo más tarde, cuando ya mis preocupaciones eran otras menos inocentes, novelas de bolsillo, tabaco y alguna que otra revista porno. Y todos aquellos recuerdos me envolvieron en una nube de dulce nostalgia que hizo que aquel rato se me hiciera un poco más corto. Y comencé a pensar que han pasado muchos años desde entonces, tantos que parece que todo aquello sucedió en otra vida. Mi memoria se afanaba extrayendo con avidez de sus entrañas las cosas que entonces hacíamos, la ropa que vestíamos, la forma en que hablábamos, el modo en que nos relacionábamos unos con otros, las costumbres que nos representaban.


A todo esto, para hacer aún más inmersiva la experiencia, sonaban de manera consecutiva en la radio del coche, sintonizada mi emisora favorita, canciones de aquellos 80 y 90 en los que se desarrolló mi infancia y mi adolescencia. Y es que recientemente deserté, hastiado de escuchar tanto reggaeton y horrores similares, de mis amados 40 principales. Pero no me fui muy lejos, ya que sintonicé una mañana, silenciando enfadado a Omar Montes, los 40 Classic. Justo en ese instante el locutor, un tal Javier Peredo, lanzaba a los oyentes una pregunta del tipo ¿eres de los que se lanzaba, sin casco ni protección alguna, por un terraplén, montado en tu bicicleta BH o tu Orbea, como si fueras un esquiador profesional compitiendo en los Juegos Olímpicos de invierno? Y concluyó: Si hiciste eso, eres Classic y esta es tu emisora. Y cuando terminó de hablar, casualmente comenzaron a sonar los acordes de la que sin duda es mi canción favorita de la historia: With or without you, de U2. Y a esa, durante el recorrido le siguieron I don't want a lover, de Texas, Summer 69, de Bryan Adams, Cruz de navajas, de Mecano y Al calor del amor en un bar, de Gabinete Caligari. Llegué aquel día a mi destino berreando, completamente desmelenado (ojo a la metáfora), eso de "jefe, no se queje y ponga otra copita más".

Así pues, ahí estaba yo, escuchando la música de otros tiempos, dejando que mi memoria trabajase a pleno rendimiento, sintiéndome cómodo en mi nostalgia, intentando encontrar, sin prisa, un lugar donde aparcar mi coche. Identificándome como nunca en los días anteriores con lo que venía a ser el oyente tipo de la emisora de radio clasiquera. De los que piensa que otro gallo nos habría cantado en este país si la EGB, el BUP y el COU no hubieran desaparecido. De esos que no logra entender el sentido de llevar los pantalones colgando y dejando a la vista los calzoncillos. De los que aún, de vez en cuando, sigue utilizando expresiones como "guay del Paraguay", sabe quienes eran los Goonies y también lo que significa la palabra "supercalifragilisticoespialidoso. De los que no duda sobre cómo continúa la canción que comienza "por la mañana yo me levanto y voy corriendo desde mi cama". O esa otra que decía "sufre, mamón, devuélveme a mi chica". De los que se emociona cuando escucha la melodía de Verano azul o ve en televisión que están reponiendo Farmacia de guardia. De los que se acuerda de cómo se jugaba a las canicas, a burro o al destornillador. De los que manejaba pesetas y no euros. De esos a los que sus padres mandaban a la cama cuando en la pantalla del televisor, en la esquina superior, aparecían dos rombos.

Así que me he vuelto Classic. Y tan feliz y orgulloso. Que sí. Que es otra manera de decir "carca", "viejales" o como se nos llame hoy en día. Acepto mi naturaleza y mi edad, estoy la mar de a gusto con ambas, reconciliado conmigo mismo. Pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me encanta la sensación de caminar por algún rincón de mi ciudad y que me sacuda el recuerdo de lo que, treinta o cuarenta años atrás, me ocurrió allí a mí. Y no sólo pensarlo. Si voy acompañado de alguno de mis hijos, les castigo contándoles la anécdota de turno y alabando la vida que entonces llevábamos. Batallitas del abuelo Cebolleta. Pues vale, me encanta haber llegado aquí y verlo todo de esta manera. O, volviendo a mi coche, recorrer cien kilómetros de autopista y ser capaz de cantar todos y cada uno de los versos que van sonando en los 40 Classic. O al menos, tararear los estribillos. Y que suene Cuando brille el sol, de La Guardia, y me vengan a memoria las fiestas veraniegas que se organizaban para los jóvenes en lo que entonces era la pista de patinaje del polideportivo; que Glen Medeiros entone el Nada cambiará mi amor por ti y yo me acuerde de esos primeros amores platónicos de mi adolescencia; el We are the champions de Queen y me retrotraiga a aquel gol de Pedja Mijatovic con el que lloré de alegría cuando mi pasión era el fútbol; el You give love a bad name de Bon Jovi y me acuerde de lo grande que me sentía al pasear por mis calles con mi "loro" sobre el hombro y la música tronando a mi alrededor; y o el Así estoy yo sin ti de Joaquín Sabina que despertó mi pasión por la música y la poesía.



Supongo que, en cualquier caso, he sido Classic desde antes de saber que lo soy. En realidad, creo que lo he sido siempre. De los que no se atrevía a decirle a una chica lo mucho que le gustaba, pero la escondía en la mochila de manera anónima cualquier tontería el día de San Valentín. De los que siempre han sujetado la puerta al prójimo. De los que se partía la cara en el patio del colegio con el chulo de turno si se metía con alguna niña, incluso aunque no fuera de mi clase, y aceptaba el castigo que el profesor le impusiese sin rechistar, con la cara dolorida por los golpes recibidos y el orgullo henchido por haber actuado como un héroe. De los que se ponían americana y corbata en las ocasiones especiales y nunca se pondrá calcetines blancos con los vaqueros. De esos a los que una chica deja porque quiere menos poesía y más marcha. De los que escribían poesía y leían a oscuras cuando los demás ya dormían. Un tío que, para según qué cosas, ya les parecía un poco rarito a los de mi quinta y al que seguramente los chicos de hoy en día serían incapaces de comprender.

No cambio nada de todo aquello. Ni una coma. Y ahora me reconforta pensar así. Contemplar mi pasado desde la atalaya de mi madurez presente y ser consciente de ello me hace enfocar el futuro con una perspectiva privilegiada. Porque sé que venga lo que venga, va a sumar tanto o más que lo ya vivido.

sábado, 16 de marzo de 2024

Atocha, 2004

Nunca me he alegrado de las tragedias ajenas, pero admito que a veces he sentido un abrumador alivio al ver que esas desgracias golpeaban a otros y no a mí. Ni a los míos. Y la ocasión en que ese sentimiento adquirió una mayor presencia fue el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha. Veinte años se han cumplido esta semana desde que aquella noticia sacudió a todo el país durante uno de los amaneceres más oscuros de nuestra historia reciente. Exageraría si dijera que aquello no me pilló  por los pelos, pero sí es cierto que me anduvo cerca. Y es curiosa la memoria dado que, de aquella mañana trágica y de los días que le siguieron, conservo flashes y no un recuerdo preciso y ordenado de mis acciones. Hay preguntas a las que aún no soy capaz de dar respuesta. Como, por ejemplo, ¿cómo volví a casa aquel día? ¿Se reanudó el servicio de trenes? ¿Me llevó alguien en coche? ¿Cambié el recorrido y retorné en Metro? Esa parte está muy difusa en mi cabeza.

Trabajaba yo en aquel entonces en Tres Cantos, en las oficinas que en ese municipio tiene Siemens. Nuestra empresa era la que proporcionaba a los alemanes todos los servicios de atención al cliente. Generalmente me desplazaba hasta allí desde casa en Renfe Cercanías, leyendo y escuchando música la mayor parte del trayecto, dormitando a ratos, conversando en ocasiones con algún compañero que subiera a mi vagón durante el trayecto. El viaje era largo, más o menos una hora y media con transbordo en la estación de Atocha, y las horas muy tempranas, ya que iniciaba la jornada laboral a las ocho de la mañana. Me organizaba para coger el tren que cada mañana pasaba a las siete y doce minutos por allí y que solía llegar al municipio tricantino a las siete y cuarenta minutos aproximadamente. Si te dormías, tenías que esperar en Atocha dieciséis minutos al siguiente. Y eso fue lo que me ocurrió aquel día. O quizá no me dormí pero fui más lento esa mañana en mis preparativos. Tampoco de eso me acuerdo con exactitud. Es jugetona la memoria. El caso es que salí de Atocha en torno a las siete y veintisiete de la mañana. Nadie - y mucho menos yo - podía imaginar que ese andén se convertiría, veinte minutos después, cuando yo debía andar ya por la estación de Cantoblanco, en un infierno dantesco. 

Internet ya existía, pero, quitando Facebook, las redes sociales y Whatsapp andaban todavía en pañales. Todo iba más lento que ahora y la información no se recibía con tanta inmediatez. La forma escrita más común de comunicación era el SMS. Y a pesar de todo eso, cuando llegué a la oficina, las caras que me recibieron mostraban un cierto desasosiego. Nada alarmante todavía dado que nadie sabía aún la magnitud de lo que acababa de suceder, pero había un cierto run run en el ambiente. De hecho, iniciamos la jornada casi con absoluta normalidad. Algunos compañeros que acostumbraban a ser siempre puntuales, se retrasaban aquel día. Un atasco, tal vez algún problema en el transporte público. No era frecuente pero tampoco extraño: a partir de Chamartín, aquello era el más allá. Pero los compañeros empezaron a llegar y, con ellos, las noticias. Y con las noticias, la preocupación por los que aún no habían llegado.

Yo había sido padre por primera vez hacía poco más de dos semanas. De hecho, llevaba sólo unos días trabajando, arrastrando una tibia nostalgia por ese recogimiento familiar que acompaña al nacimiento de una nueva criatura. Había empleado parte de mis vacaciones en alargar la mísera baja por paternidad de la que por entonces disfrutábamos los hombres: tres días. Y encima a Sergio se le había ocurrido nacer un sábado. Cuando supimos ya con certeza lo que había ocurrido, llamé a Nuria, incluso a sabiendas de que ella y el bebé aún estarían durmiendo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. Me aterrorizaba la idea de que ella se hubiera despertado, hubiera encendido la televisión y hubiera pensado erróneamente que yo me encontraba en Atocha cuando las bombas explotaron. Le mandé un SMS para que supiera que estaba bien y que había alcanzado mi destino sin dificultad. No respiré en condiciones hasta que me respondió dándose por enterada.

Y a partir de ese momento, la angustia. Por los compañeros que no llegaban. Por los que no lograban contactar con sus seres queridos. Por las cifras de muertos y por los detalles que íbamos conociendo de la masacre. No recuerdo si seguimos atendiendo llamadas, aunque intuyo que ni nuestra empresa ni nuestro cliente nos permitieron abandonar nuestros puestos. Aunque estábamos a muy pocos kilómetros de Atocha, en cierto modo nos hallábamos a la vez muy lejos del punto cero. En torno a las doce de la mañana ya habíamos constatado que nuestras familias estaban bien y que todos nuestros compañeros habían llegado. Excepto una persona.


Se llamaba Cristina y era la responsable de todo el tinglado que nuestra compañía tenía montado allí. Su cargo era el de Supervisora. Yo ocupaba en aquel momento una posición incierta, la de un agente con gran potencial para la gestión de equipos al que se le empezaban a encomendar tareas de coordinación. Mi relación con ella, en consecuencia, era superficial. Ni yo me atrevía a representar un rol que oficialmente no me había sido concedido aún, ni ella, supongo que por deferencia a mis compañeros, me lo quiso otorgar antes de tiempo. Casi todo lo que de ella me llegaba pasaba primero por mi responsable directa, el filtro jerárquico que a ambos nos separaba. Su presencia en la oficina era habitual, pero no venía todos los días, ya que repartía su tiempo entre las oficinas centrales de Méndez Alvaro y las de nuestro cliente en Tres Cantos. Por eso y porque marcaba mucho las distancias con los que estábamos al pie del cañón nadie la echó en falta hasta mediodía. Se nos comunicó entonces que nadie la localizaba, que andaba desaparecida. Fueron unas horas de incertidumbre, esperando lo peor, ya que de alguien tan comprometida con su trabajo ninguno de nosotros, ni siquiera los más optimistas, esperábamos que se hubiera saltado una jornada laboral sin causa justificada y sin comunicárselo a nadie en la empresa. La confirmación de su muerte en Atocha no nos llegaría de manera oficial hasta el día siguiente, pero aquella tarde regresamos todos a casa con la certeza de que ella era una más de las víctimas de aquel 11-M. 

En mi memoria sigue habitando como una mujer guapa, cinco o seis años mayor que yo, demasiado seria y muy competente, con dotes innatas para la dirección. Emanaba de ella una autoridad que iba más allá del cargo que ocupaba, algo intangible que se desprendía de su manera de moverse por la plataforma y de dirigirse a nosotros. Y resuena un eco en mi cabeza al rememorarla que me retrotrae al latín. Un detalle de esos que yo no conocía y que se revelan cuando las malas noticias arrecian, haciéndolas aún peores. Y es que al parecer había estudiado Filología Latina y tenía dos hijos pequeños a los que había bautizado con nombres de emperadores romanos. O tal vez también este detalle es una alteración aleatoria sufrida por mi memoria con el paso del tiempo. Pero estoy casi convencido de que era así.

Del camino de vuelta a casa, como ya dije, no recuerdo nada, pero cada vez que pienso en aquel día, como me ha ocurrido durante esta semana conmemorativa, hay una imagen que se reproduce en bucle en mi mente. Y es una imagen en que me veo derramando lágrimas de alivio, de pie en lo que era nuestro cuarto de estar, poco antes de acostarme aquella noche, acunando en brazos a mi hijo recién nacido, pensando una y otra vez en cómo habría sido la vida para él y para Nuria si, en vez de Cristina, hubiera sido yo el fallecido. Respirando como nunca hasta entonces lo había hecho el aroma de la piel de mi hijo, sintiendo, sin sentirme apenas culpable por ello, un profundo y reconfortante sosiego y al mismo tiempo un miedo paralizador por todo el dolor que este mundo podía infligirle a mi pequeño bebé.


sábado, 9 de marzo de 2024

Educar a bofetones

La bofetada, torpemente contenida en el último segundo, impactó en el rostro de Sergio con contundencia. Sus gafas iniciaron un vuelo sin motor ni dirección, como un murciélago en una noche de verano, y aterrizaron aparatosamente en el suelo del salón, con la fortuna de que ni montura ni cristales sufrieron daño aparente. La cara de mi hijo mayor acusó el golpe y durante unos segundos la torsión del cuello obligó a sus ojos, que hasta ese instante habían permanecido fijos y desafiantes en los míos, a desviarse abruptamente. El barullo que, hasta un momento antes de que el sonido de la guantada lo silenciara había ido de manera paulatina soliviantando mis nervios, cesó de inmediato, a buen seguro a causa de la perplejidad que lo inusual de mi acción ocasionó entre los que nos acompañaban aquella mañana de domingo en la casa de Martos, para regresar de modo insistente a los pocos segundos, pero esta vez acompañado por un tono de perplejidad, reproche y alarma. Una vez frenada la inercia del mamporro y sin prestar demasiada atención al lugar donde habían ido a parar sus gafas o mostrar preocupación alguna por el estado en el que pudieran hallarse, Sergio volvió a cuadrarse ante mí, mirándome de nuevo, esta vez de una manera diferente, esforzándose inútilmente porque sus facciones no reflejasen en modo alguno ni la sorpresa ni la rabia que en él había despertado aquel primer y último bofetón de nuestros trece años de convivencia en común. Tratando de comportarse como el hombre que aún no era. Sujetándose las lágrimas a fuerza de amor propio.


Si se me concediera la oportunidad de regresar al pasado y borrar una escena de mi biografía como padre, sería sin lugar a dudas esa. Pero no es así y aquello, muy a mi pesar, forma parte de mi historia. Obviarlo sería inmaduro e intentar justificarlo con la excusa de que aquella mañana la casa de los abuelos de Nuria era una jaula de grillos en la que el volumen y el tono de los gritos no me dejaba ni siquiera pensar sería de cobardes. Jamás había pegado a mis hijos, más allá de alguna palmada admonitoria e inofensiva en sus traseros que había suscitado en ellos más risas que lágrimas. Nunca me había sentido tan defenestrado y culpable como cuando los ojos de Sergio se volvieron a posar sobre los míos y me transmitieron sin ambages - también sin una sola palabra - la frustración y la decepción que mi acción había despertado en su interior. Porque lo cierto es que su delito - hablar mal a su madre - no había sido tan grave. O lo había sido, pero nunca antes había recibido semejante castigo. Creo recordar que, para no transmitirle mi flaqueza, cerré el episodio con una advertencia enojada y poco creíble de que no se le ocurriera repetirlo, pero no estoy seguro del todo. Sí me acuerdo con claridad, sin embargo, de que me escabullí en cuanto tuve ocasión a la habitación que ocupábamos Nuria y yo para intentar llenar mis pulmones de aire y derramar las lágrimas que yo también había estado conteniendo durante ese penoso capítulo. Me sentía avergonzado, triste y enfadado conmigo mismo. No se me permitió ni una cosa ni otra, ya que mi amada esposa, en ebullición en aquel momento a cuenta de no sé qué discusión con su hermana pequeña o su madre que había hecho que mis nervios saltaran por los aires, irrumpió detrás de mí en el dormitorio, terriblemente alterada, con la intención firme de hacer las maletas y volver a Madrid. Y entre las barbaridades que brotaban de su boca a cuenta de aquel enfrentamiento, intercalaba reproches por ese momento estelar que yo había protagonizado y que me hacía sentirme como la persona más infame del mundo. Lo único que yo quería era meterme dentro de la cama, esconderme y no escuchar a nadie. A la vista de que aquello no iba a ser posible, opté (creo) por no llevarle demasiado la contraria y por ayudarla a preparar nuestra inminente partida.

Jamás he creído en eso de que "la letra, con sangre entra". Me declaro completamente en contra del castigo físico como herramienta educacional e, ignorando aquel lamentable y puntual hecho, he predicado siempre con el ejemplo. El diálogo como manual de conducta único. Cierto es que más de una vez habré pronunciado expresiones tan horrendas al dirigirme a ellos como "se está rifando una ostia y llevas todas las papeletas" o "te daba un guantazo que te quitaba la tontería". Pero también esos exabruptos, y sólo en ocasiones muy excepcionales, forman parte de ese diálogo que he procurado siempre emplear a la hora de educar a mis hijos. Antes encerrarme en una habitación y darme cabezazos contra la pared que ponerle a mis hijos la mano encima con intenciones alevosas o violentas. Y aquel episodio me afianzó más aún en mi creencia de que emplear la fuerza bruta para inculcar en ellos principios, valores o códigos de conducta es una atrocidad. Por mucho que en el pasado fuera la manera universal, como si fueran ovejas, de guiar a los hijos por el camino que el padre marcaba. Por mucho que, todavía hoy, existan quienes siguen pensando y actuando de esa manera.


Y si recupero hoy del baúl de mis vergüenzas aquel triste suceso es porque hace un par de días, en un vagón del metro, contemplé atónito cómo un padre atizaba dos guantazos memorables a su hijo de unos ocho años porque, sin querer, el niño le había tirado el móvil al suelo al troglodita de su progenitor. Y no me impresionó tanto el acto en sí mismo como la naturalidad con la que el mostrenco zurraba a la criatura y la normalidad con la que el pequeño encajó los dos bofetones. Como si eso ocurriera a diario. Varios pasajeros nos miramos con asombro y estupor, pero hubo también alguno que sonreía mostrando una muda aprobación. Como es de suponer, ni unos ni otros intervenimos. La mayoría desviaron la mirada o volvieron la vista a sus propios teléfonos, indiferentes unos pocos, haciéndose más pequeños otros. Una mujer de unos cuarenta años y yo fuimos los únicos que mantuvimos nuestros ojos fijos en el neandertal en cuestión, intentando de algún modo transmitir nuestra indignación ante lo que acabábamos de presenciar, pero no dio opción a que reparase en nuestra postura puesto que no dejó de zarandear y reñir al hijo hasta la siguiente parada, en la que ambos se bajaron, sin parecer en ningún momento que al padre le preocupara la imagen que estaba dando.

Me cuesta entender situaciones como esta. Sé que la paternidad puede ser muy complicada y que no siempre puede uno controlar la ira. Somos humanos al fin y al cabo. Lo que me ocurrió con Sergio es un claro ejemplo de ello. Pero educar a bofetones, como hacen ese padre del metro y otros muchos que todos sabemos que habitan entre nosotros, me produce arcadas. Las mismas que la mirada asombrada de mi hijo me provocó hace ya unos cuantos años aquella mañana de domingo en Martos y que todavía hoy me encoge el corazón.

sábado, 2 de marzo de 2024

Otro amigo que se va

Nuestra relación, pese a vivir siempre a una distancia el uno del otro de menos de quinientos metros, primero durante nuestra infancia en las casas de nuestros respectivos progenitores y más adelante en las propias, no fue durante estas dos últimas décadas todo lo fluída y cercana que podría haberse esperado de quienes habíamos compartido adolescencia, saliendo juntos muchos fines de semana, coleccionando risas, saludando amaneceres hombro con hombro y, en definitiva, viviendo uno junto al otro las situaciones propias de esa etapa vital que por lo general deja huellas tan indelebles en nuestra memoria que perduran durante el resto de nuestra existencia. Nos veíamos en la madurez de forma muy esporádica y casi siempre de manera casual, sin planificación alguna, salvo hace año y medio, cuando él aún se peleaba con el cuchillo entre los dientes con un agresivo cáncer de estómago y yo me encontraba en la primera etapa de la neuralgia que a tan mal traer me ha tenido desde la primavera de 2022. A él le convenía caminar tras un par de operaciones serias y yo me empeñaba en seguir haciendo ejercicio a pesar de los dolores que comenzaba a padecer. Nos topamos el uno con el otro una mañana, aplicados los dos en solitario a tan saludable hábito. y empezamos a quedar para compartir durante nuestros paseos opiniones, impresiones y sobre todo recuerdos. La última vez recorrimos el camino de Los Combos, dejamos atrás el Centro Comercial Xanadú y llegamos campo a través donde yo nunca había llegado. Y fui precisamente yo quién le rogó dar media vuelta, agotado y asombrado de que, con lo que él llevaba ya encima, bolsa de colostomía incluida, estuviera dispuesto a seguir caminando a ese ritmo aún durante un rato más. Cuatro horas de caminata que me tuvieron buena parte del día tirado como un fardo en casa, tratando de recuperarme y preguntándome si él realmente no estaría igual que yo. Me consoló saber unas horas después, confesión vía whasap mediante, que él no estaba ni mucho menos en mejores condiciones que yo. Tanto fue así que cancelamos sine die la siguiente excursión, una que nunca llegó a producirse, dado que a mí los dolores del herpes me condenaron pocos días después a una inactividad indefinida y a él el verano se lo llevó de vacaciones fuera de Madrid.

De todos los que componíamos a finales de los años ochenta aquella pandilla, quizá era precisamente con Iván con quien menos cosas en común tenía, pero era también a quien más admiraba. Supongo que todos, de un modo u otro, lo hacíamos. Para nosotros era un adelantado, un referente. Mientras la mayoría de nosotros todavía estudiábamos, él ya trabajaba; cuando nosotros comenzábamos a salir por el barrio y a hacer botellón, él ya era un asiduo en los bares de Moncloa; cuando a alguno se le trababa la lengua al hablar con las chicas, él siempre sabía qué decir y cómo comportarse para metérselas en el bolsillo; si alguno de nosotros andaba cabizbajo, nos hacía sonreír con alguna de sus múltiples anécdotas. Se bebía la vida a tragos cuando nosotros ni siquiera le habíamos quitado el tapón a la botella. Iván era un animal social. No era el nuestro el único grupo del que él formaba parte. Era habitual que nos dejase huérfanos algún sábado por la tarde en Móstoles y se marchase a Madrid con otras amistades con quienes compartía otro tipo de andanzas, más adultas seguramente, o al menos así me lo parecía a mí: sus antiguos compañeros de estudio; a veces también con camaradas de ideología política afín a la suya, cuando a algunos de nosotros la política nos parecía todavía algo tan difícil de entender como la filosofía o la economía; en otras ocasiones con otros grupos de los que apenas sabíamos nada. Celebrábamos cuando era a nosotros a quienes elegía para compartir su fin de semana. Quizá por eso, aunque jamás discutimos éĺ y yo, no conectaba del todo con su carácter y su forma de entender la vida: mi mundo era más pequeño que el suyo y yo no sentía la necesidad que transmitia él de ampliar sus fronteras. Iván estaba ansioso por entrar a formar parte del mundo de nuestros mayores, mientras que yo no tenía ninguna prisa por adentrarme en esas aguas que tan pantanosas se me antojaban.


Recuerdo que, a pesar de todo lo que nos separaba e incluso a pesar de que hubieran pasado dos o tres años sin habernos visto o sin haber hablado, pocos días después de iniciarse el confinamiento al que nos abocó la pandemia de Covid, me llamó por teléfono, advertido por las redes sociales de la situación en la que Nuria, como sanitaria que es, se encontraba, y se ofreció para lo que fuera menester. Se encontraba desempleado y, para ocupar su tiempo, dado que a él la casa se le venía encima tal y como ya le ocurría cuando éramos jóvenes, se había presentado voluntario - y había sido autorizado - para desplazarse en su vehículo por las viviendas de los ancianos que no podían valerse por sí mismos a fin de suministrarles provisiones y medicamentos. A pesar de no contar nosotros con esa condición, me propuso, si así lo necesitábamos, incluirnos en su recorrido cuando lo precisásemos. Y es que Iván solía ondear con frecuencia la bandera de la solidaridad y el compromiso hacia el prójimo, intuyo que en buena medida por la nobleza de su carácter, pero también porque pocas cosas le entusiasmaban más que conversar con la gente y verse rodeado por el ambiente de la camaradería. Por eso también disfrutaba siempre con el bullicio de las multitudes, la algarabía de los bares, el caminar por la calle y pararse cada pocos metros a saludar a este o a aquel conocido. Ese era Iván.

No se me escapa que, como todo hijo de vecino, acumulaba también suficientes defectos y cometía numerosos errores, sobre todo durante sus últimos meses de vida, como para poder escribir otra entrada hablando de ellos, pero ni procede ni, analizando su paso por este mundo, lo merece. Durante aquellas caminatas que compartimos, repetía incesantemente sus intenciones para cuando llegara el momento de regresar al mundo de los sanos, propósitos completamente opuestas a los que yo albergaba para cuando me tocara a mí el turno. Hasta en eso éramos las dos caras de una misma moneda. Salvando las distancias, por supuesto, dado que lo que él había tenido que superar era mucho más duro y más grave que lo que yo comenzaba a afrontar en aquellos momentos. Pretendía él correrse todas las juergas de las que su enfermedad le había privado, hacer tantos viajes como le fuera posible, participar de una manera todavía más activa en promover el movimiento político con el que desde muy joven se había identificado, seguir, en definitiva, ampliando sus horizontes, afán al que se aplicó de manera vehemente y, desde el punto de vista de alguien como yo, más moderado y menos extrovertido, haciendo gala de un fervor desmedido y a veces hasta inconsciente. Son formas diferentes de ver el mundo y como digo, a mí la que me ha tocado hasta ahora en esta lotería nunca me golpeó con tanta crudeza como lo hizo con él. Pero lo cierto es que vivió casi siempre como quiso vivir. O tal vez no supo vivir de otra manera. El caso es que exprimió la vida tanto como pudo.


De las muchas anécdotas que conservo de él - la mayoría atesoradas durante nuestros años mozos -, hay una que me viene siempre a la cabeza y que, aunque pueda resultar soez, define el por qué nos asombraba tanto en aquellos tiempos su manera de desenvolverse en el mundo. Posiblemente no contaríamos más de diecisiete años cuando sucedió. Iván había salido el día anterior por Moncloa con uno de esos grupos de amigos tan ajenos y lejanos a nuestra realidad - o al menos a la mía - y nos bendijo ese domingo por la tarde tomándose unos minis en La Trucha o en El Figón, mesones de Móstoles por los que nos dejábamos caer con religiosa frecuencia y donde él siempre sabía que podía encontrarnos. Había decidido la tarde anterior entrarle a una chica de la que en las últimas semanas nos había hablado y que al parecer le hacía ojitos. Aunque, visto lo visto, era más una impresión suya que una certeza. En uno de esos garitos en que ya le conocían se animó (tampoco necesitaba que le tocasen mucho las palmas) a pedirle a la "pajarraca" que se echase un baile con él y la susodicha, a la que nos pintaba en su relato como una pija de relumbrón, le respondió, con soberbia y desprecio:

- La miel no está hecha para la boca del asno.

Supongo que a mí, si la chica que me gustaba me hubiera contestado de manera tan cervantina y al mismo tiempo tan cruel, se me habrían saltado las lágrimas ahí, habría balbuceado cualquier torpe disculpa y me habría retirado al rincón más oscuro del lugar a lamerme las heridas y a ponerle tiritas a mi orgullo herido, pero Iván estaba hecho de otra pasta y no tardó en replicarla jocoso e hiriente:

- Bonita, te he pedido que bailes conmigo, no que me la chupes.

Y siguió de risas con sus amigos como si tal cosa. La misma risa con la que nos relató la escena al día siguiente y que provocó en los que le rodeábamos una carcajada hilarante y espontánea. Y es que Iván fue siempre, rodeado de amigos, políticamente muy incorrecto. De él aprendí expresiones tales como "te mueves más que la compresa de una coja" o "más negro que el sobaco de un grillo". Ese tipo de cosas provocaban que a mí se me abriesen unos ojos como platos por la originalidad de sus expresiones y no pudiera parar de reírme durante un buen rato. Ese era Iván.

Otro recuerdo que me viene a la cabeza de aquellos tiempos y que define en buena medida el espíritu que le guiaba acaeció una Nochevieja en que todos habíamos quedado en un local del barrio que habíamos alquilado para la ocasión. Por entonces había surgido una cierta rivalidad entre nuestro grupo y el de una pandilla de malotes que campaba a sus anchas por nuestras calles comportándose como unos vulgares matones de tres al cuarto. En realidad quien tenía el problema con ellos era yo, por haber protagonizado algunas trifulcas en la cancha de fútbol de la liga local las últimas veces que mi equipo se había enfrentado al de ellos, pero habían extendido sobre mis amigos sus ganas de pillarme en un callejón a oscuras para ajustar cuentas. Y fue exactamente eso lo que aquella Nochevieja le pasó a Iván. Apareció con la nariz sanguinolenta y ligeramente mareado en medio de la fiesta, con la camisa desabotonada y salpicada por gotas de tonos escarlata, pero ufano de haber dejado a alguno de los cuatro energúmenos que le abordaron traicioneramente peor de lo que él se presentó ante nosotros mientras daba la cara por sus colegas. Ese también era Iván.

Durante los últimos tiempos nos distanciamos. O más bien fui yo el que construyó una especie de muro entre ambos. Iván seguía siendo él mismo. Creo que nunca dejó de serlo. Con sus virtudes y sus cojeras. Soy yo el que ha cambiado durante todos estos años. O tal vez no y simplemente se me hicieron más evidentes las cosas que nos separaban y menos importantes las que nos unían. No me gustaba ver cómo estaba manejando esta segunda oportunidad que la vida le estaba ofreciendo tras la enfermedad. Se me estaba cayendo un mito y prefería que en mi memoria permaneciera aquel chaval del que tantas cosas aprendí en mi juventud.

Admito que estoy algo enfadado conmigo mismo por cómo me hace sentir su pérdida. Cuando esta semana me enteré de su muerte, no me sorprendió tanto como el día que llegó a mi conocimiento, hace ya años, el cáncer que sufría. Aquello me impactó mucho, pero la noticia de su fallecimiento, aunque me desubicó durante unas horas, no me pilló del todo a contrapié. Me enoja que no me diera un vuelco el corazón al saberlo. Que apenas me inmutara. Siento tristeza porque se haya ido tan joven. Me produce una pena inmensa pensar en sus hijos. Por cómo pueda sentirse Inés, su mujer. O sus padres y hermanos. Pero no siento ese vacío que debería dejarme el perder una amistad de más de treinta y cinco años. Y eso me confunde y me irrita a partes iguales. No me considero una persona insensible. Puede ser incluso que el día que salga de nuevo a caminar por la ruta que solíamos seguir juntos, me asalten las lágrimas. No sé si tal vez, de alguna manera, intuía que no le quedaba mucho y me alejé antes de tiempo para que no me doliera cuando su final llegara. O tal vez, a medida que me hago mayor, la certeza de que la muerte es parte de la vida se asienta cada vez más en mí. Tal vez lo he normalizado demasiado. Cuando pienso ahora en Iván no me viene a la cabeza el adulto con quien compartí kilómetros y alguna cerveza estos últimos años, sino aquel adolescente que a mis ojos era un gigante, un ser superior, alguien a quien, a pesar de nuestras muchas diferencias, admiraba y a quien hasta llegué a venerar. Alguien que quería comerse el mundo. Es todo demasiado extraño como para ser capaz de expresarlo mejor.

Sea como sea, Iván, amigo, tengo la sensación de que, si estuvieras aquí, entenderías mejor que nadie lo que trato de explicar y que con ese gesto tuyo, entre vacilón y cariñoso, soltarías una de tus chanzas políticamente incorrectas que harían que esta nube que me envuelve se disipara y, sin dudarlo ni un instante, pedirías otra ronda para los dos. Y a echarnos unas risas, que no hay mejor manera de emplear nuestro tiempo.

Carpe diem, supongo, tal y como aún reza tu estado de whasap a pesar de que ya no estés entre nosotros. Descansa en paz.









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