lunes, 29 de mayo de 2023

¡Que viene la derecha!

Venga, me voy a meter hoy un poco en política, que parece que es lo que procede.

Entiendo y comparto las razones que esgrime nuestro Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para adelantar las Elecciones Generales. Intuyo que no hay tan sólo detrás de esta acción una aceptación del bochornoso trompazo recibido en las autonómicas y municipales del pasado 28 de mayo, sino también la soterrada intención, legítima por otra parte, de minimizar el daño confiando en que los comicios vengan marcados, como pienso que así ocurrirá, por una baja participación como consecuencia de las vacaciones de verano. Porque serán muchos los que, ni por correo, se tomen la molestia de abandonar su bien merecido asueto para votar a unos o a otros. 


Que su legislación ha sido un fracaso es una afirmación con la que discrepo rotundamente, pero no tengo nada que objetar a la necesidad de cambio, dado que todos los ciclos se agotan y el de este Gobierno lleva varios meses agonizando. La política, como el fútbol, es cíclica. PP y PSOE se van dando el relevo tal y como en LaLiga se la dan el Barça y el Real Madrid. Me parece, en resumen, apropiado  e incluso honesto adelantar las elecciones, pero me mata, como a otros muchos, la fecha elegida. Bueno, más que a otros para ser sincero. Porque ese día, aparte de tener previsto encontrarme visitando a mis hermanos en terras galegas, previo consentimiento médico, resulta que es mi cumpleaños. Y no sólo eso: es que para colmo me caen cincuenta. Que no soy yo de los que le den mucha importancia al número, ya que no veo excesiva diferencia entre cumplir cuarenta y nueve o cincuenta y uno, más allá de la redondez del número que este año me corresponde celebrar.

Y es que manda narices, que no sé yo si esto daría para algún titular curioso en prensa, pero este año votábamos dos veces y ha resultado al final que la primera lo hicimos el día del cumpleaños de mi (cada día más joven y espectacular) esposa y el segundo lo haremos en el mío. Para que luego alguien me diga que no existen las casualidades. Pues sí, oiga, haberlas, como las meigas, haylas. Y es que supongamos que tengo la desventura de ser además elegido para formar parte de la mesa electoral de mi barrio. Recordaría mi quincuagésimo cumpleaños hasta los restos. No habría regalo con el que mi mujer pudiese superar algo así. Mira qué bien empezaríamos. Ya la derecha complicándonos la vida a los que no tenemos ni trabajo ni excesiva salud.

Porque claro, ya las redes trinan con sarcasmos del tipo "que viene la derecha" o "disfruten ustedes de lo votado". En fin, las mismas consignas que entonaban los afines al PP -pero sobre la mano contraria- cuando Pedro Sánchez salió elegido. Nada nuevo bajo el sol al fin y al cabo. 

Y aunque todo sea, como he dicho antes, cíclico, yo tengo la sensación de que no es tal, sino que el continuismo es ya la premisa entre nuestros partidos políticos. Porque ya pueden Feijoó, Ayuso, toda su compañía y sus socios de Vox prometer más y mejor, pero a la hora de la verdad, los cambios, en caso de producirse, serán mínimos y tardarán en llegar lo que la burocracia determine. Más de lo mismo, en fin, baje del monte el lobo vestido de rojo o de azul. Al menos para la mayoría de los españolitos. Que otro cantar será para los que le bailan el agua a los vencedores. Ojito que este discurso no es partidista: tanto vale para los que ganan ahora como para los que lo hicieron en las anteriores elecciones.


A mí de la que se nos avecina me preocupan fundamentalmente tres cosas.

La primera y más importante para mí, ya que de ello vive hoy en día esta familia de la que soy cabeza y cabezón, radica en el trato que el próximo Gobierno le conceda a una Sanidad Pública que, como se está demostrando en Madrid desde que Ayuso es su Presidenta y Almeida su Alcalde, si se les permite obrar como pretenden, desaparecerá. Mal rayo les parta a aquellos que busquen terminar con una de las mayores ventajas que en este país tenemos los que no podemos pagarnos una Sanidad privada. 

La segunda es la mala espina que me dan los aliados con que, en buena parte de España, tendrá el PP que negociar (y por lo tanto, ceder) para poder gobernar. No son de fiar y me da la sensación de que eso lo saben hasta las señoras de la limpieza de las oficinas de la calle Génova, por lo que quiero confiar en que quienes gobiernen sepan atarles en corto y que no se les desmanden demasiado en sus peticiones.

Y por último, una de mis mayores preocupaciones es la referente a todo aquello que podría afectar a mis hijos durante los próximos años, es decir, vivienda y trabajo, áreas en las que creo que el PSOE no ha alcanzado los objetivos que inicialmente se propuso y que necesitan un lavado completo de cara, sobacos, ojete y genitales con ácido muriático.

Lo cierto es que, bien mirado, podrían ahorrarnos a los españoles los dineros que van a costar estas próximas elecciones, cediendo ya el Presidente el cetro y el trono a la oposición para dejarnos a todos disfrutar de nuestros vacaciones y para que ellos puedan ponerse manos a la obra cuanto antes a ver si realmente son capaces de arreglar todo lo que en estos últimos años se ha torcido. Y así poder también celebrar mi quinquagésimo cumpleaños como Dios manda. 







viernes, 26 de mayo de 2023

On silent wings

Una buena vara de medir el impacto que en la cultura y en la sociedad tienen un actor, un artista, un político o una banda musical es preguntarle a nuestros jóvenes si saben quién es o quién era el sujeto en cuestión. Obviamente la respuesta puede variar en función del lugar del planeta o el momento de la Historia en el que plantees el asunto, pero hay nombres propios que trascienden más allá del plano geográfico y del espacio temporal para elevarse a un rango de universalidad inapelable. Puede que el chaval no haya visto jamás una película de John Wayne o no haya escuchado nunca un tema de los Rolling Stones, ya que seguramente ande todavía pugnando por superar la barrera anacrónica a la que todas las generaciones nos hemos enfrentado. Pero en un noventa y cinco por ciento de los casos esos nombres, como poco, les sonarán, ya que pertenecen a individuos que han influido de una manera relevante en el crecimiento artístico de nuestra civilización. 

Si a mis quince años, por ejemplo, me hubiesen preguntado si sabía quién era Frank Sinatra, habría respondido que sí, aunque puedo asegurar que en aquellos tiempos, si alguna vez había escuchado algún tema suyo, quizá Strangers in the night, había sido sin duda por accidente y lo negaría ante cualquier juez.


A mis hijos les pongo Simply the best en el reproductor y no sólo la conocen, sino que incluso la tararean. Les informo de que ha muerto Tina Turner y me responden "no me jodas". Pero es muy posible - no he llegado a hacer la prueba - que no establezcan relación alguna entre la canción y la indiscutible reina del rock'n'roll.

Y es que Tina Turner era más que una leyenda o un icono. Era una de esas cantantes que, con su voz y su imagen, te hacía levitar. Bueno, de hecho y en mi caso, lo sigue y lo seguirá haciendo. Y es la suya, por casi todos conocida, una historia de la capacidad de superación e independencia de una mujer en un mundo que era muy, muy de hombres.

Cuando yo estudiaba en la Universidad, para ganarme unos cuartos, daba clases particulares de inglés, y uno de los ejercicios que utilizaba para habituar el oído de mis alumnos a la lengua de los hijos de la Gran Bretaña, era que completasen los huecos que yo previamente había dejado vacíos en la letra de una canción. Escuchábamos el tema un par de veces, yo con la doble esperanza de que captasen las palabras que faltaban y de que se sintiesen atraídos hacia mis gustos musicales, y ellos, la mayor parte de las veces, deseando acabar con aquel rollo que demostraba mi insufrible melomanía y pasásemos a otra cosa, mariposa. Había otras que acostumbraba a utilizar, por supuesto, pero la que siempre les ponía en primer lugar era What you get is what you see. Vivía fascinado por entonces con Tina y su álbum Break every rule y ese tema me cargaba las pilas como ningún otro.


Se nos ha ido la diva esta semana, aunque musicalmente ya nos había dejado a sus fans huérfanos hace casi dos décadas, cuando comenzó a espaciar sus actuaciones y cuando dejó de grabar en estudio temas nuevos para regalarse un merecido retiro en su mansión suiza hasta donde, a pesar de todo, la tragedia la persiguió en sus últimos años con el suicidio de su hijo Craig.

Y es que va tocando que a los de mi quinta se nos vayan muriendo aquellos que pusieron banda sonora a nuestra adolescencia. Ya se han marchado algunos antes de lo previsto, como Michael Jackson, Withney Houston o Meat Loaf, y otros no tardarán en hacerlo, aunque viendo recientemente, a sus setenta y tres años, a Bruce Springsteen en Barcelona (los que tuvieron el privilegio de poder verlo durante tres horas), uno piense que alguno quizá aún tengan cuerda para mucho rato.


Hay que estar preparado para ello y, en el caso de la reina de la selva, yo tenía muy claro desde hace años que el tema que escucharía el día que ella muriese para homenajearla sería On silent wings. 

Ya lo sé: no es de sus temas más célebres, pero sí es uno de esos medios tiempos tan típicos suyos en que su voz lo envuelve todo de terciopelo negro desde la primera nota hasta el final, donde, junto a Sting (otro que, aunque algo más joven, no tardará en darnos un buen susto, me temo), lo terminan convirtiendo en un dueto apoteósico. Y aunque el tema hable en realidad de un amor que se marchó de manera discreta, tanto el título del tema como su cadencia definen a la perfección cómo nos ha dejado esa reina negra que en los ochenta nos parecía recién salida de la mismísima sabana africana y que, generosa como era en sus actuaciones, llenó nuestras vidas de electricidad y energía.


D.E.P. Tina Turner




martes, 23 de mayo de 2023

Lo que la cancha nos da: Interludio

Dado que esta serie de artículos que he dado en titular Lo que la cancha nos da ha seguido hasta la fecha un orden cronológico en el cual voy repasando todo aquello que esta familia ha visto y vivido durante su periplo por el mundo del baloncesto de cantera en Madrid estos últimos ocho años, tocaría ahora hablar de lo que ocurrió hace hoy exactamente un año, una de las fechas de la que peor recuerdo guardamos. Aquel día se nos escurrió entre los dedos una oportunidad única de hacer historia para nuestro club, Alcorcón Basket. Pero el azar ha querido que este fin de semana pasado hayan sucedido tantas cosas increíbles que me voy a permitir hacer un interludio en mi relato para describir todas las emociones y recuerdos que me han asaltado estos dos días en casa. Y para ello vamos a tener que dar algunos saltos en el tiempo, así que estad atentos para no perderos en los bucles espacio temporales.

Un día cualquiera a finales de junio de 2018 (Valdebebas)

A aquella reunión en la Ciudad Deportiva de Valdebebas con Alfonso Casas, Coordinador del Área de Iniciación y Jefe de Scouting de la sección de Baloncesto del Real Madrid, acudíamos Nuria y yo con pocas ganas, dado que anticipábamos que el trago no iba a ser grato ni para él ni para nosotros. Intuíamos que se nos iba a comunicar que, tras un año vistiendo de blanco, el club iba a dejar de contar con Sergio para la siguiente temporada. En incluso en el remoto caso de que no fuese así, llevábamos el encargo por parte de Sergio de trasladarle a Alfonso su deseo de no continuar en la Casa Blanca. Lo que más deseábamos era capear aquella situación con la mayor elegancia que pudiéramos y salir de allí emocionalmente indemnes. 

La reunión transcurrió por los cauces previstos y Alfonso, para quien entiendo que ese trance, por muy rutinario que pueda resultarle, tampoco era agradable, nos comunicó la decisión de que Sergio no seguiría en el club. Hubo algo que dijo y que me escoció un poco: "es que si Sergio no hubiese dicho que no la primera vez que le llamamos, las cosas a lo mejor podrían haber sido de otra manera". Ni rebatimos ni reprochamos, pero a mí personalmente el comentario me pareció poco oportuno. 



Abandonamos el despacho sintiéndonos liberados, nos montamos en el coche y, antes de arrancar, llamamos a Goyo Santano, Director Técnico de Alcorcón Basket y en cierto modo ángel de la guarda deportivo de Sergio, para informarle de que queríamos regresar a casa y que no íbamos a escuchar a Estudiantes, a Canoe o a Fuenlabrada, que nuestro hijo sólo quería jugar para el club que le había ayudado a convertirse en el jugador que era. No sé si le emocionó más aquella llamada o la ocasión, dos años antes, en que le informamos de que habíamos dicho no al Real Madrid para seguir jugando en Alcorcón, algo que mucha gente de nuestro entorno consideró entonces erróneo e inaudito.

22 de mayo de 2023 (Alcorcón-Móstoles)

Conversación en el coche al regresar del entrenamiento entre mi hijo pequeño, Marcos, y yo en la que él me va describiendo la charla que su entrenador, Alvaro, ha tenido hoy con él y en la que ambos han hecho balance de la temporada.

- Me ha dicho Alvaro que si vosotros queréis comentar algo con él, también está a vuestra disposición.
- Hijo, nosotros con el club no tenemos nada que hablar. Se habló todo hace ya años y no han hecho falta más palabras. Vamos, que si es para tomar unas cervezas, lo que quieran, pero ellos confían ciegamente en nosotros y nosotros en ellos. Somos familia, como quien dice. No hay nada que hablar. Lo que digan o hagan, bien dicho y hecho estará.

Un día cualquiera de septiembre de 2015 (Alcorcón, Polideportivo Los Cantos)

Retrocedemos aún más en el pasado, cuando Sergio recaló en Alcorcón Basket y, en aquellos primeros entrenamientos, había un niño, un año más joven y unos centímetros más bajito que él, con el que rápidamente hizo migas. El niño jugaba en una categoría inferior, pero era tan bueno jugando y la relación del club con su familia tan sana, que el chaval casi siempre entrenaba con los mayores. Ya con diez años, incluso nosotros, que éramos todavía muy ignorantes entonces en todo lo relacionado con el baloncesto, contemplábamos maravillado a aquel niño que se movía por la cancha con similar elegancia a la de Zinedine Zidane en un campo de fútbol. 


Pronto iniciamos con su hermana, Elena, que adoptó a nuestro pequeño Marcos con un cariño que nunca olvidaremos, y con sus padres, Jesús y Elvira, una relación de amistad maravillosa que aún hoy se mantiene, aunque no encontremos los momentos para recuperarla en plenitud.

Aquel niño se llamaba Abel Delicado.

Sábado, 21 de mayo de 2023 (Kaunas, Lituania)

Abel, como capitán del equipo Junior del Real Madrid, alza la copa de Campeones de Europa en el Adidas Next Generation Tournament celebrado en Kaunas (Lituania).

Primera gran alegría del fin de semana y una avalancha de orgullo que me sacude.



Domingo, 22 de mayo de 2022 (Alcobendas)

Marcos no hace más que llorar mientras su entrenador, Angel Santano, le consuela. Acabamos de perder el partido por el tercer y cuarto puesto de la Final Four del Campeonato de Madrid en una infausta prórroga frente a Alcobendas. De haberlo ganado, Alcorcón Basket habría estado presente por primera vez en un Campeonato de España de Clubes, hito nunca antes logrado.

Marcos llora por la derrota, pero también porque él quiere hacer algo grande por su club, quiere parecerse a su hermano, quiere llegar a ser como uno de sus ídolos, nuestro querido amigo Abel, aunque tiene muy claro, siempre lo ha dicho, que él de Alcorcón Basket le tendrán que echar porque él no se piensa ir a ningún otro lado. Esta es su casa.

También se muestran taciturnos tres compañeros de la categoría inferior (Iván, Héctor y Víctor) que han formado parte durante la temporada de nuestra plantilla, tienen un futuro prometedor y nos han ayudado a llegar hasta esta Final Four, que lamentablemente hemos perdido.

Volvemos a Alcorcón con la sensación de que el baloncesto tiene una deuda muy grande con este equipo y sobre todo con nuestro club, que lleva años trabajando para conseguir algo tan importante como es pasear el nombre de la ciudad por España.



Sábado, 20 de mayo de 2023 (Alcorcón, Polideportivo La Canaleja)

El árbitro pita el final del partido y mi hijo Marcos, con una gran ampolla en el dedo índice de aporrear el bombo con tanta fuerza y la voz cascada de tanto animar durante todo el partido, sale corriendo como un poseso desde una de las esquinas del pabellón de La Canaleja hacia el centro de la cancha para felicitar y festejar con aquellos tres chicos y el resto de sus compañeros que ellos sí, que ellos por fin han conseguido lo que nosotros no conseguimos el año anterior. Acaban de ganar a Estudiantes en las semifinales, jugarán la final del Campeonato de Madrid contra el Real Madrid y participarán, por primera vez en la historia del club, en un Campeonato de España de Clubes.

También se meterá con ellos en los vestuarios a empaparse de agua y festejar la hazaña, baño del que nos enteraremos Nuria y yo, que nos habíamos quedado en casa cuidando de nuestro sobrino, gracias a una historia de Instagram en la que fugazmente aparece Marcos pegando botes en calzoncillos mientras rocían de agua a uno de los entrenadores.

- ¡Ese es Marcos, Santi!
- ¡Qué va a ser Marcos! ¿Estás loca?
- Vuélvelo a pasar, ya verás.
- Hostias, ¡qué cabrón! ¡Si es él!

Unas horas después, felicité por whatsap a los hermanos Santano y Ángel, el entrenador que dirigía a mi hijo el año anterior, cuando perdimos con Alcobendas, y que estuvo consolando a Marcos, me respondió:

El baloncesto nos debía una, Santi.
 
Y aunque me habría encantado, por mi hijo y por sus compañeros, que hubiesen sido ellos quienes hubiesen roto el año anterior ese techo de cristal que se cernía sobre el club impidiéndole alcanzar esa meta, no sentía envidia, sino un sentimiento de alegría por pertenecer, aunque fuese tangencialmente, a un éxito tan rotundo de mi club, de nuestro club, que hasta me emocioné pensando que sí, que por fin el baloncesto nos había devuelto lo que nos adeudaba.

Segunda gran alegría del fin de semana y planes revoloteando en mi cabeza, que probablemente no llevaré a cabo por logística y por salud, de viajar a Badajoz el 4 de junio para ver en directo el debut de esos chicos en el Campeonato de España y animarles hasta romperme la voz.


Todo lo relatado hasta ahora, aunque de manera un tanto desordenada, pretende dar cuenta no sólo de un fin de semana deportivo maravilloso para nosotros, sino también de todo el orgullo y la alegría que en mí y en mis hijos provocan los logros de este club al que, desde hace años, sentimos como nuestra segunda familia y del que, como afirma Marcos, nos tendrán algún día que echar, ya que irnos, no nos iremos.

Pero hubo una tercera alegría, algo menor, pero que también nos hizo sonreír este fin de semana y para la que también - lo lamento - tendremos que viajar de nuevo en el tiempo.

15 de febrero de 2018 (Islas Canarias)

Sergio viaja con el equipo Infantil del Real Madrid a las Islas Canarias para participar en la Minicopa Endesa, un torneo a nivel nacional en el que participan las canteras de los equipos ACB que, en esas mismas fechas y escenario, disputan los primeros equipos de cada club. Junto a mi hijo y sus compañeros están los Rudy Fernández, Felipe Reyes, Gustavo Ayón o Sergio Llull que les animarán desde la grada en aquel evento. 

Viaja también con nuestros chicos un senegalés de trece años y 2,04 metros llamado Eli John Ndiaye que se ha incorporado recientemente a la disciplina del club y que va a disputar sus primeros partidos con la camiseta del Real Madrid. 



En la final de la Minicopa frente a Iberostar Canarias, que ganamos por 73-83, Eli logró 19 puntos, 20 rebotes y 23 de valoración. En aquel torneo el tercer puesto lo conquistó el Barcelona liderado por un tal Víctor Wembanyama por el que hoy suspira media NBA.

21 de mayo de 2023 (Kaunas, Lituania)

A las 19:00 horas arranca la final de la Euroliga entre el Real Madrid y el Olympiakos del Pireo, el partido más importante del baloncesto profesional del año en Europa.

Eli John Ndiaye es titular y, en un final legendario, el Real Madrid conquista su undécimo título de Campeón de Europa.


Una última alegría doble (por la victoria del Madrid y por el lugar al que contemplamos orgullosos cómo ha llegado el antiguo compañero de Sergio) para cerrar un fin de semana memorable.

¡GRANDE ALCORCON BASKET!
¡GRANDE REAL MADRID! 



 



viernes, 19 de mayo de 2023

Las de la última fila

Hubo un tiempo -el de mi quinta, por ejemplo- en que cuando uno aterrizaba con catorce años en el instituto, con la cara poblada de acné y las hormonas a punto de entrar en ebullición, dispuesto a enfrentarse al antiguo BUP, era costumbre que el profesor sentase el primer día a sus alumnos por orden alfabético en los pupitres.

Podría decirse que ahí empieza la historia de Las de la última fila, aunque en pantalla hayan transcurrido ya más de veinte años desde que a las cinco protagonistas les fuesen asignadas esas posiciones en el aula en base a aquel sistema. O tal vez debería decirse que todo comienza en realidad cuando una de ellas comunica a sus cuatro amigas que padece cáncer, escena que también se omite intencionadamente. Pero no es así, ya que la serie arranca con primeros planos de cada una de ellas en el traumático trance de raparse el pelo.



Hoy me apetece hablar de esta serie de Netflix que me ventilé en tres días no hace más de dos semanas y que me hizo sonreír durante la mayor parte de su metraje, partirme de risa ante determinadas situaciones y derramar algunas lágrimas en el último episodio que no alcanzo a dilucidar si fueron provocadas por el desenlace en sí mismo o por el descorazonador hecho de que esta maravilla televisiva se terminaba. Supongo que al final ese esa es la meta que persigue cualquier director: dejar al espectador con ganas de más, obligarle a participar intentando imaginar qué ocurrirá cuando la palabra FIN aparezca en pantalla. Porque ya os adelanto que no es a priori de esas series que vayan a tener continuación, segundas temporadas, secuelas o precuelas. No, es una serie con final cerrado. Una serie cuadrada, en la que ni sobra ni falta absolutamente nada.

Al igual que me ocurre con la literatura, a medida que van pasando los años, aprecio cada vez más en televisión y cine lo de aquí, lo de casa, el producto español. No reniego de lo foráneo y, de hecho, ya he comentado en este mismo blog series como The Crown o Last Chance U y espero impaciente el estreno de la nueva temporada de Black mirror, pero encuentro en muchas de nuestras producciones un tratamiento de nuestra forma de ser y de nuestra manera de vivir y sentir con las que me resulta más sencillo identificarme. Cada vez exijo una mayor naturalidad en las interpretaciones y mayor cercanía en los argumentos y menos fuegos artificiales y fantasías. Me conmueven más Luis Tósar o Luis Zahera en cualquiera de sus papeles que todos los protagonistas juntos de thriller americanos que invaden nuestras plataformas digitales.



Las de la última fila es la historia de un viaje. Cinco amigas de toda la vida se marchan juntas de vacaciones una semana cada año, pero esta vez es muy diferente por dos razones que aparecen definidas ya a lo largo del primer capítulo: la primera es que una de ellas - no sabremos quién hasta la escena final - padece cáncer y comenzará a recibir sesiones de quimioterapia a su regreso; la segunda es que han acordado superar juntas una serie de retos que simbolizan aquellas cosas que nunca han hecho o no se han atrevido a hacer de manera individual. 

Las interpretaciones son absolutamente fantásticas y consiguen que nos involucremos en la historia de tal manera que al final cualquier televidente se identificará con Leo, Alma, Carol, Sara, Olga o con todas ellas al mismo tiempo. El guión está impregnado de una fresca ternura que nos tocará esa fibra oculta que todos compartimos, independientemente de nuestra edad o género. La banda sonora, mayoritariamente nacional y liderada por Rigoberta Bandini, que además interpreta un papel en la serie, combina a la perfección con los estados de animo de las protagonistas, especialmente en esas escenas en las que una euforia absolutamente solidaria parece apoderarse de todas ellas regalándonos secuencias de un contagioso optimismo.


Si la serie nos atrapa no es porque queramos averiguar cuál de ellas está enferma, que podría parecer a quien no la haya visto el quid de la cuestión. Nada más lejos de eso, ya que pronto nos daremos cuenta de que el meollo del asunto es otro muy distinto, que lo que realmente importa es disfrutar del viaje y de la compañía con la que lo afrontamos. De hecho hay momentos en que te olvidas de que estás ante una historia sobre el cáncer y te dejas arrasar por el valor que las chicas conceden a lo que están haciendo y cómo todas esas cosas repercuten en su forma de contemplar sus propias vidas y también las de sus compañeras.

Daniel Sánchez-Arévalo, su director, es un tío de lo más polifacético que nos ha regalado películas como Azuloscurocasinegro o Gordos, ha escrito el libreto para Los 40, el musical y, sobre todo, fue finalista del Premio Planeta hace unos años con una de mis novelas españolas contemporáneas favoritas, La isla de Alice. Su mayor mérito en este proyecto, sin lugar a dudas, es sortear la trampa de etiquetar a cada una de los personajes con manidos clichés, logrando que ninguna de ellas responda a un estereotipo definido y previsible. Pero es que este tío es un fenómeno en el tratamiento de los personajes femeninos. 


Son tan sólo seis episodios y os garantizo que hacia la mitad del segundo estaréis ya la mayoría de los que os animéis a verla enganchados y dispuestos a zambulliros de cabeza en el resto de la serie a corazón descubierto. 

O como en mi caso, si la habéis visto ya y os ha gustado tanto como a mí, podéis coger a vuestra pareja - como yo he hecho - y aunque hayan pasado sólo dos semanas desde que la terminasteis, volver a verla de nuevo con ella a vuestro lado y os reiréis, os emocionaréis y reflexionaréis más aún que la primera vez.

lunes, 15 de mayo de 2023

Los Rodel

Se produjo en mi casa la pasada noche un suceso que no puedo por menos que calificar de insólito por lo inusual de la situación y que me produjo un placentero regocijo. No estoy seguro de si Nuria, que aguardaba al sueño ya en la cama, entreteniéndose mientras tanto con su teléfono móvil como cada noche, se percató de ello. O si se dio cuenta y no le concedió a tan singular situación el valor que para mí sí tuvo.

Y es que mis dos hijos, Sergio y Marcos, a pesar de que había informado yo al menor  de que la televisión del salón, sin duda el objeto más codiciado de la casa -en reñida pugna con la nevera- estaba a su entera disposición para lo que precisaran, rechazaron tan generoso ofrecimiento por mi parte y se parapetaron después de cenar, provistos de algunas chucherías, en la habitación del mayor.

Aclararé, llegados a este punto, que los dos hermanos nunca se han llevado mal, pero durante estos tres últimos años las diferencias de edad, carácter y hábitos les han hecho orbitar alrededor de galaxias distintas, bastante alejadas la una de la otra, y por lo tanto su relación durante el pasado más reciente ha sido bastante tibia.

No me fue necesario indagar sobre las razones que motivaban tan extraño suceso, ya que antes de que yo iniciase mis averiguaciones, Marcos salió de la habitación, en busca precisamente de ese avituallamiento que a su edad es a todas horas imprescindible para merma de la economía familiar, de la que ellos se preocupan, como es normal, lo justo, y por el camino me informó que al descanso los 76ers ganaban de tres puntos a los Celtics.


Acabáramos: baloncesto. Quizá esta entrada que hoy publico en el blog encajaría mejor en la serie de artículos que periódicamente publico sobre lo que la cancha nos da, pero por razones personales he decidido no incluirla en dicha compilación y dedicarle un capítulo aparte. Porque aunque los lazos de sangre que les unen son poderosos, es cerca de la canasta donde encuentran los Rodel su lugar común. Tanto es así que el sueño de ambos, una vez marchitadas sus expectativas infantiles de poder vivir profesionalmente de esto, es llegar a jugar juntos un día en el equipo de categoría Nacional de Alcorcón Basket, el club en el que ambos han crecido y en el que durante todos estos años han sido tan bien tratados.

Me hace gracia el tijeretazo que nuestro entorno baloncestísco ha aplicado al apellido familiar y me trae además recuerdos de tiempos pretéritos en los que sonaba el telefonillo en la casa en que mis hermanos y yo crecimos y alguien preguntaba desde el portal:

- ¿Baja Rodel?

Y aunque todos en casa sabíamos perfectamente que era a mi hermano Carlos a quien ese "Rodel" aludía, no podíamos resistirnos de vez en cuando a poner al amigo en cuestión en el brete de tener que estrujar sus meninges - infructuosamente la mayoría de las veces - para recordar el nombre de pila del Rodelgo solicitado.

- ¿Cuál de ellos?

A día de hoy no se presenta en nuestro hogar esta clase de situaciones. En primer lugar porque el telefonillo prácticamente ha quedado ya relegado a un papel secundario, en beneficio del Whatsap y otras aplicaciones de mensajería instantánea que alertan al interesado con un "estoy en tu portal" sin necesidad de que terceros intervengamos. Y en segundo porque mis Rodel sólo responden a ese apellido mutilado cuando están en la cancha y en sus alrededores, literal y metafóricamente hablando. Para el resto del planeta siguen siendo Sergio y Marcos.


Volviendo a la noche de marras, me quedé reflexionando en el salón y sintiendo cómo un júbilo contenido me invadía mientras me hacía a mí mismo preguntas tan tontas como: ¿le ofrecerá palomitas Marcos a Sergio? ¿Comentarán las jugadas entre ellos o se limitarán a mirar el partido en el portátil sin cruzar palabra? ¿Aprovecharán la ocasión para compartir preocupaciones más allá de las que el basket les genere? Admito que barajé seriamente el unirme a esa reunión de chicos que se había organizado de manera improvisada y de la que me sentía por vez primera excluido, pero acabé llegando a la conclusión de que mi presencia allí, viendo a los Tatum, Smart,  Embiid y compañía junto a ellos, no iba a aportar nada más que un ruido que podía dar al traste con ese sentimiento de hermandad que confiaba estuviese despertándose por fin de su letargo.

Asi que, con una sonrisa satisfecha, me tumbé en el chaise longue, enganché mi Kindle para retomar la lectura de Sólo humo, de Juan José Millás, y me dejé arrullar por las voces de mis hijos al otro lado del tabique y por la firme convicción de que, cuando llegue el dia en que ni Nuria ni yo estemos ya en este mundo, los Rodel se tendrán, sin lugar a dudas, el uno al otro.

viernes, 12 de mayo de 2023

Hay canciones que...

Hay canciones que me recuerdan a ciertas personas. Y no necesariamente tiene por qué tratarse de gente que haya dejado una marca indeleble en mí, pero el caso es que, cuando comienzo a escuchar los acordes de determinados temas, mi memoria se retrotrae a momentos concretos del pasado o me devuelve el rostro de alguien que quizá yo ya había olvidado o en quien hacía demasiado tiempo que no pienso. Quiero creer que a todos nos ocurre lo mismo y que habrá alguien por ahí a quien será mi cara la que se le aparezca al oír esta o aquella canción. 

Si escucho Se le apagó la luz, de Alejandro Sanz, me acuerdo de mi amiga Uge, esa de la que ya hablé en su día; si suena el Hotel California de los Eagles, es mi tío Manu el que me viene a la cabeza, o más bien cómo, en aquellos días en que me empezó a enganchar la música, echaba un ojo a sus vinilos y era aquel el que tenía la portada más chula y el sonido más hechizante; si por la radio alguien pincha Voyage, voyage de Desireless, recuerdo, cuando yo tenía trece o catorce años, a una chica a la que nunca me atreví a hablar durante unas vacaciones con mi familia, pero a la que no pude dejar de mirar durante toda aquella semana; si oigo Me falta el aliento, de Estopa, me acuerdo de mis compañeros de fútbol sala, de una excursión que hicimos y de cómo tuvimos que cruzar un río, como los portadores de las películas de Tarzán, con las neveras llenas de latas de cerveza sobre nuestras cabezas. Y así, un sinfín de entrañables recuerdos que, no importa los años que pasen, seguiré asociando a esas canciones.


Hay otras que, cuando sales a correr por el barrio, enfundado en tus mallas y con tus mejores zapatillas de running, te dan alas y parece que  vuelas y te hacen pensar, espejismo mental, que los cinco kilómetros que tenías pensado recorrer se te van a quedar cortos, que con ese temazo sonando a través de tus auriculares, Móstoles se te queda pequeño. Subes el volumen a tope cuando Bon Jovi entona el Livin' on a prayer, Axel Rose el Sweet child o' mine o Steppenwolf el Born to be wild, y te sientes el tipo más poderoso del universo, uno más de los Guardianes de la Galaxia.

Hay canciones que, por muy deprimido que te encuentres, consiguen que tu ánimo se alce sobre los problemas, logran que de repente un rayo de sol se cuele en la penumbra gris en la que andas perdido desde hace tiempo. Cada uno tenemos las nuestras, las que consiguen que prenda una chispa de esperanza en medio de la desilusión. Que te hacen pensar que sí, que merece la pena levantarse una vez más del suelo de ring y seguir peleando. Manuel Carrasco y El Arrebato son artistas que exprimen este arte, pero a mí una de las que más rápido me alejan de la apatía es Hay un sitio de Capitán Cobarde.

Hay canciones que odias desde la primera vez que las escuchaste y otras que terminaste aborreciendo después de oírlas allá donde fueses. Y te sabes la letra coma por coma y eso te da una rabia enorme, pero no puedes evitar cantarlas. Que si La Macarena de Los del Río, que si Despacito de Luis Fonsi o que si, más recientemente, Despechada. de Rosalía.

Hay canciones que no tienen sentido para ti, las escuchas y te dejan frío, pero que un día se convierten en imprescindibles porque te acompañan en un momento crítico de tu vida y por fin las entiendes, su significado se te presenta como una revelación. Las mías fueron Fix you, de Coldplay, en un momento en que pensé que había roto todo lo que me importaba y que no podría repararlo jamás, y más recientemente, a cuenta de mi enfermedad, Precipicios, de Sidecars.

A veces dan igual las pocas ganas que tengas de divertirte o de bailar, la pereza que te dio asistir a esa comunión o a ese bautizo. Empieza a sonar ese tema, justo ese al que nunca puedes resistirte y los pies se te van, eres incapaz de sujetarlos. Y terminas siendo el rey de la fiesta. A mí me pasa con Single ladies de Beyoncé o Cómo te atreves de Morat.


Hay canciones que te empujan a arrimarte más al ser querido, a darle mucho más de lo que hasta ahora le habías dado porque te parece poco lo entregado, a intentar bajarle la luna si te la pide. Porque te hacen darte cuenta de que es él o ella lo único que importa entre todo lo que gira a tu alrededor. Sólo si es contigo, de Bombai o Si sé que te tengo a ti, de Nek son las mías.

Algunas te devuelven a esos años, quizá los más felices de cualquier persona, los de la primera adolescencia, en que empiezas a mirar al sexo opuesto de una manera diferente y en que tus amigos son el epicentro de tu universo. El mundo tras el cristal de La Guardia, Sabor de amor, de Danza Invisible, Cien gaviotas, de Duncan Dhu, Maldito duende, de Héroes del silencio, El límite, de La Frontera, Vivir al este del Edén, de La Unión, Mi generación, de Los Rebeldes, Sangre española, de Manolo Tena y tantas otras que me vienen a la cabeza y que convertirían esta entrada en interminable... al fin y al cabo, yo crecí en los ochenta y aquella fue una década gloriosa en el panorama musical español.

Otras te cuentan historias que te enternecen o te hacen reír. Esas son mis favoritas, las que me descubren personajes que no conocía y que comparten conmigo sus aventuras o penurias. Durante una mirada o Jueves, las dos de La Oreja de Van Gogh, Temblando de Hombres G, Pacto entre caballeros de Joaquín Sabina o Another day in paradise de Phil Collins

Hay canciones, por supuesto, que te ponen los pelos como escarpias siempre, estés muy abajo o muy arriba, conduciendo o leyendo la prensa, solo o acompañado. De esas tengo también un buen puñado. Ojos de gata de Los Secretos, Contigo de Joaquín Sabina, I want to break free de Queen, Amazing de Aerosmith, Better days de Gun, Waitin´ on a sunny day de Bruce Springsteen  y, sobre todas ellas, With or without you de U2.

Y es que las canciones son mucho más que canciones. Son nuestra vida. Lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. ¿A quién, de la generación de nuestros padres, no le arrasa una avalancha de emociones cuando oyen, por ejemplo, Quince años tiene mi amor del Dúo Dinámico? ¿A quién, de mi generación, no se le revuelve algo dentro cuando oye la sintonía de Verano azul o el Amigo Félix de Enrique y Ana?


Mi suegro, que durante sus últimos años cayó en un profundo pozo de amargura y con el que yo me pasé mucho tiempo distanciado por razones de índole familiar y personal, era el mayor melómano y beatlemaniaco que he conocido. Desde el primer día en que entré en aquella habitación suya, llena a rebosar de vinilos, cintas y cd's, encontramos en nuestra pasión por la música algo que nos unió durante los años en que él fue capaz aún de mantener el contacto con la realidad. Las cosas se complicaron mucho durante todo el tiempo que compartimos en esta tierra, no sólo conmigo, sino con su mundo en general, pero el día que nos dejó estuvimos todos ahí, su mujer, sus hijas y sus yernos, junto a su cama, acompañándole en sus últimos estertores y poniéndole al oído, para que le acompañase durante el viaje, Yesterday, de los Beatles.

Porque la música debería estar siempre y en todo momento a nuestro lado. Desde que empezamos a ser hasta que se termina nuestro tiempo.

Porque la música es vida.

sábado, 6 de mayo de 2023

El inicio de una nueva etapa

Juro que por mi cabeza no había pasado la idea de escribir ni una línea más sobre la salida de Nuria del Ramón y Cajal o de su incorporación al Hospital Universitario de Móstoles. Y tampoco pretendo ser el típico cansino que no hace más que hablar por los codos de su pareja, pero es que esta mujer, para bien o para mal, no dejará nunca de sorprenderme, algo que agradezco cada vez con mayor transparencia. Poned una loca risueña en vuestra vida y veréis cómo no os decepciona.

El escenario en que se representa la situación que voy a describir no es otro que el Salón de Actos de su nuevo destino hospitalario y el motivo que allí nos llevó la mañana del cuatro de mayo era principalmente jubiloso. A pesar de ello, nos encontrábamos los dos, especialmente ella, algo nerviosos. Hablé en un texto anterior de que hay momentos que resultan críticos en la vida de cualquiera, sobre los que no tienes el más mínimo control y que además no puedes predecir. En este caso era todo lo contrario, ya que sabíamos que el mero hecho de estar allí, expectantes, ya constituía el inicio de una nueva etapa de nuestras vidas. Al fin y al cabo no todos los días firmas un contrato fijo con la Administración Pública para convertirte en personal estatutario. Ya sabéis: trabajo fijo de por vida, un buen salario y, cuando llegue el día, una cómoda jubilación. Los nervios que nos atenazaban se debían a que hasta quince minutos antes no nos habían facilitado un listado de las unidades que ofertaban plazas y a Nuria le estaba costando poner en orden sus ideas y sus opciones por la inmediatez del momento.

Os ruego a quienes el tema ya os aburra,  que me perdonéis, pero es que el orgullo y la admiración no me caben dentro de mis casi noventa kilos de humanidad. Bueno, seré honesto, noventa y uno exactamente, que la forzosa inactividad de estos últimos meses empieza a pasar su factura.

Nuestra primera sorpresa al iniciarse el acto ha sido que no era, como ella había calculado, la séptima para elegir plaza, sino ¡¡¡la tercera!!! Que se dice pronto. La tercera. Allí delante de nosotros estaba, en la inmensa pantalla en la que el proyector mostraba el listado de personas en un Excel, ordenados por su puntuación final. Situémonos, por favor, antes de continuar.


Hablamos de una oposición para la que se ofertaban alrededor de cuatro mil plazas. Oferta pública generosa, pero lejos de ser sencilla de aprobar. Y va ella y consigue quedar entre las ciento diez mejores. Con dos ovarios muy bien puestos. Para el Hospital de Móstoles se ofertaban ochenta y nueve plazas, mayoritariamente turnos de tarde. Muy pocos de mañana, que era su aspiración. También partiendo de un séptimo puesto lo habría conseguido, pero un tercero.... eso era como ganar un anillo de la NBA. O mejor aún.

Sin dudas ya de que el turno anhelado, el de mañana con sus respectivas noches, estaba garantizado, tan sólo restaba seleccionar la unidad. Y ahí es cuando mi querida esposa, al llegar su turno, dejó ojipláticos a todos los presentes y provocó los primeros murmullos de sorpresa mal contenida.

-¿Nuria Cardona Aguilera?
- Yo. Medicina interna en turno de mañana.

Con voz clara y sin el menor atisbo de duda. Yo me imaginaba, entre los distintos supervisores de planta situados en la última fila, a la responsable de Medicina Interna incorporándose para localizar la cabeza de Nuria e intentando dilucidar si le había tocado el típico estereotipo machista de rubia tonta o una sadomasoquista con tendencia al suicidio.


A los profanos, como lo era yo antes de entrar al auditorio, se nos tiene que explicar a qué viene esa estupefacción generalizada, pero uno, a poco que sea mínimamente perspicaz, se daría cuenta de que los turnos de mañana se van agotando a un ritmo desenfrenado mientras el acto avanza, salvo los de Medicina Interna, la unidad que ha elegido la mujer que tengo sentada a mi lado, que se muestra ahora tranquila y relajada y a la que yo miro admirado agarrado de su mano. O ella de la mía, que para el caso es lo mismo. 

Aunque no tengo la certeza de ello, por algunas exclamaciones en voz baja de las personas a las que les va tocando elegir, deduzco que hay gente que aspiraba a un turno de mañana y que, en vez de pronunciar las mismas palabras que Nuria, optan por seleccionar las vacantes de tarde en Urgencias, Obstetricia o Traumatología. ¿Qué ocurrirá en ese lugar para que nadie lo solicite o para que los que lo eligen lo hagan con cara de haberse tragado un alambre lleno de espinas?

Pues sencillamente que esa es la planta donde más trabajo hay. La que nadie, salvo Nuria, quiere. Y lo que ella ansía es currar y ayudar donde más falta haga. Sé que ella no soportaría estar en una consulta desempeñando trabajo administrativo o en la que lo más complicado a lo que uno se enfrenta sea asegurarse de que la máquina de café no se estropee.

Lo que esto dice del resto de personas en la misma coyuntura que Nuria es algo sobre lo que cada cual es libre de sacar sus propias conclusiones. Yo, por mi parte, prefiero no opinar dado que cada una de ellas tendrá sus legítimas razones y todas ellas me parecen respetables, pero una vez más, una anécdota como esta describe a la que a mi lado se acuesta cada noche como el modelo de profesionales que el sector público en general y la Sanidad pública en concreto necesita. O al menos como el prototipo de sanitaria implicada en su labor con la sociedad que debería prevalecer sobre el funcionario clásico del "vuelva usted mañana". Es mi forma de entenderlo.

La cabrona ha entrado en esta plaza habiendo ya cortado las dos orejas y el rabo sin haberse puesto siquiera el traje de luces. ¡Olé! ¡Olé! ¡Y olé!

Tras el acto, las distintas supervisoras van llevándose a sus nuevas adquisiciones a las respectivas plantas para enseñarlas las instalaciones en las que van a trabajar, entregarles las planillas y comentar el tema de las vacaciones. Son las dos de la tarde y pega el sol con ganas. Yo podría, al vivir justo al lado del Hospital, subirme a casa y esperarla allí, pero me niego por una sencilla razón: quiero ser el primero al que se encuentre cuando salga. Pero tarda en hacerlo. Voy viendo salir ya a la gente que se ha ido a otras plantas. Pero dan la tres y ella no sale. Tampoco me extrañaría que haya solicitado ponerse ya a trabajar o que ande sometiendo a interrogatorios a supervisora, nuevas compañeras y hasta pacientes, pienso.

Sale a las tres y media con una sonrisa de felicidad y confieso que yo respiro aliviado, ya que he sido durante estos meses quien más la ha animado a dejar el Ramón y Cajal y a venirse aquí, justo al lado de casa. Quiero que todo salga bien. Por ella sobre todo, claro, pero también para que no pueda echarme en cara haberla empujado a un destino aburrido o desagradable. Lo cierto es que está más que feliz. La euforia la embarga. Nos embarga a los dos.

Hoy es sábado por la mañana y ya ha trabajado una mañana y una noche. Le han proporcionado su uniforme, su tarjeta identificativa, sus zuecos y sus horarios del mes de mayo. La veterana que la asignaron el primer día para hacer de mentora la busca hasta para fumar porque parecen haber congeniado y parece ser también de las que curran bien y con ganas. La planta, a la que tanto miedo le tenía el resto de candidatas, es, según cuenta Nuria, pan comido en comparación con la Ortogeriatría del Ramón y Cajal de la que ella procede. Hay mucho que hacer, pero no parece a primera vista tan dura como aquella. Y el ambiente entre compañeros, quitando a las típicas acomodadas sin ganas de hacer nada que les malogre la permanente, que por desgracia las hay en todos lados y son en mi opinión el mayor cáncer que afecta al sector público, el ambiente, como decía, es bueno.


Ahora está durmiendo tras su primera noche. Descansando para recuperar fuerzas porque mañana, día de la Madre, volverá a trabajar. Y lo hará saliendo de casa a las ocho menos veinticinco en vez de a las seis y cuarto de la madrugada. Y a las tres y diez podrá sentarse a la mesa con su familia, algo que antes sólo ocurría en su día libre. Calidad de vida.

Y yo ahora me pregunto si su nueva supervisora se habrá percatado de que no era ni la rubia tonta ni la sado suicida. Si se habrá ya dado cuenta de que el Hospital de Móstoles ha fichado a la Messi de las Auxiliares de Enfermería y que ha tenido la fortuna de que vaya a jugar para ella, en su equipo.

Si no lo ha hecho ya, no tardará. 

Fijo.

miércoles, 3 de mayo de 2023

A los del Ramón, con cariño

Después de todo, aquella chica no consiguió, pese a sus inconmensurables esfuerzos y su perpetua constancia, obtener la nota media exigida para poder cumplir su sueño y estudiar la carrera universitaria de Enfermería. Una lástima a la larga para el gremio, pero su vocación por ayudar a los demás la impedía rendirse y emprendió voluntariosa su andadura laboral como Auxiliar de Clínica en residencias privadas de la tercera edad, donde avariciosos empresarios sangraban económicamente a los familiares de los pacientes mientras a ella la pagaban un salario de risa. Aprovechó la experiencia, no obstante, para ampliar su formación y mejorar sus habilidades sanitarias y sociales,

Años más tarde, poco tiempo después de dar a luz a su primer hijo, allá por el año 2004, consiguió una suplencia de seis meses en uno de los hospitales más emblemáticos y longevos de la Comunidad de Madrid, el Ramón y Cajal.

En términos logísticos el reto se antojaba, viviendo en Móstoles, con un hijo que aún no había cumplido el año y un marido que trabajaba por entonces en Tres Cantos de ocho de la mañana a cinco de la tarde, como un salto mortal sin red. Pero la pasión que la joven sanitaria sentía por su profesión, las opciones de crecimiento personal y profesional que un hospital de esas características le ofrecía y, por supuesto, dado que no todo se hace por amor al arte, un sueldo más acorde con la labor que desempeñaba, la impulsaron a aceptar aquella propuesta sin apenas dudarlo.

Los años fueron transcurriendo y ella iba encadenando contratos de corta duración, con breves lapsos de tiempo en el paro entre unos y otros, hasta que se hizo acreedora de un puesto interino gracias a la calidad y eficiencia que en su trabajo había demostrado en todas las plantas, consultas y especialidades en las que tuvo la suerte de ir recalando.


Por aquel camino fue conociendo a mucha gente que, ávida como estaba ella de adquirir conocimientos, la enseñó, la ayudó a crecer y con la que forjó fuertes lazos de amistad que en muchos casos aún mantiene, dado que es de natural leal, risueña y divertida. Pero es también nuestra protagonista una persona de fuerte carácter y un compromiso tan rígido con su trabajo que a veces se transforma en un terremoto al que no todo el mundo es capaz de adaptarse y sobrevivir. Hubo por ello también gente de la que recibió ladinas zancadillas y que le tendió cobardes trampas que por momentos la sumían en una honda melancolía que arrastraba hasta su hogar y que teñía de sombras sus días libres para desesperación de su marido, el servidor que esta historia cuenta hoy aquí.

Se propuso, cuando ya formaba parte activa y relevante del personal sanitario del Ramón y Cajal, aprobar esa oposición que le diese acceso a una plaza propia con la que poder afrontar su futuro con una mayor estabilidad, poder disfrutar de las ventajas que esa condición laboral traía aparejadas y que además la permitiese tomar decisiones en relación a su permanencia allí o a la opción de solicitar un traslado a uno más cercano a su domicilio. Durante más de un año intentó distribuir todo su tiempo entre tres frentes bien definidos: su trabajo, sus estudios y su familia. Aunque, en cónclave familiar, se acordó que bien nos compensaba a todos el que la oposición se convirtiese en su máxima prioridad, de manera que se apuntó a una Academia en Madrid y durante esos catorce meses casi no pudo disfrutar de su marido y sus dos hijos tanto como a ella la habría gustado. Como no podía ser de otra manera dada su perseverencia y su sentido de la responsabilidad, aprobó el examen con una nota lo suficientemente alta como para tener a su disposición casi cualquier plaza ofertada en la Comunidad de Madrid.


Pero entonces la mujer, que ya no era tan joven, pero que, cual Wendy en el País de Nunca Jamás, conservaba un espíritu juvenil y una energía inagotable, vivió la experiencia laboral más intensa de toda su carrera, que frenó además en seco durante cuatro años todo el papeleo burocrático y administrativo relacionado con la toma de posesión de su plaza.

La pandemia del año 2020 supuso para ella, como para todo el personal sanitario de España, una prueba terriblemente exigente a nivel físico y mental que no todos sus compañeros fueron capaces de soportar, y los que lo hicieron, como ella, quedaron emocionalmente marcados por las escenas que se vieron obligados a presenciar y protagonizar. Largas jornadas embutidos en un traje EPI, desbordado el Hospital por el número de pacientes ingresados, viendo morir a quienes hasta unos minutos antes habían estado cuidando con mimo y esmero, facilitando a los pacientes en mejor estado la comunicación con sus familias, cruzando Madrid cada día de punta a punta por autopistas vacías o en vagones desiertos y aplaudiendo entre lágrimas a aquellos supervivientes que conseguían vencer a la enfermedad y regresar a sus hogares por su propio pie.

Ninguna persona que no viviese aquello como nuestros sanitarios lo hicieron puede comprender las fronteras anímicas  a las que todos ellos se vieron empujados. Una de las consecuencias más relevantes de aquellos meses fue la unión, el compañerismo y la solidaridad que se forjaron en aquella primera línea de soldados que combatían cara a cara con el COVID.


En su caso emergió una amistad única y posiblemente irrepetible con un celador que, cosas de la vida, se había criado en las calles de Martos, el pueblo jienense del que también procedía su familia materna. Con él y su esposa, que también trabajaba en el Ramón y Cajal, floreció una relación tan estrecha que en sus escasos días libres se veían, respetando obviamente las restricciones impuestas, y hablaban constantemente por teléfono para desconcierto (y a veces enojo) de quien esto escribe, que no lograba comprender que, tras siete horas de trabajo, se tirasen otras dos más por las tardes enganchados a la línea telefónica.

Cuando lo más duro de la pandemia parecía ir quedándose ya atrás, la heroína de esta crónica tuvo que afrontar uno de los varapalos más impactantes y dolorosos de su vida: Fran, ese celador que había velado por ella desde que se conocieron, que había luchado a su lado, hombro con hombro, contra el virus y con el que había compartido risas y lágrimas, falleció en enero del año 2022, dejándola un vacío que nadie nunca podrá rellenar. Ella sabe que su amigo sigue protegiéndola desde el más allá y él se marchó con la tranquila certeza de que nuestra protagonista nunca abandonará a Mariví, su viuda.

Aquella trágica pérdida y su creciente descontento con las políticas de la nueva Dirección del Hospital Ramón y Cajal la animaron a valorar firmemente la opción de solicitar, cuando la Administración fuese capaz de reactivar todo el protocolo relativo a la oposición que en su día aprobó, una plaza en el Hospital de Móstoles, a cuatro escasos minutos a pie desde su casa. Porque, siendo completamente honesto, si las cosas no hubiesen cambiado tanto, ella habría preferido sin lugar a dudas seguir levantándose a las cinco de la mañana y atravesar Madrid para continuar en su Ramón y Cajal durante mucho, mucho tiempo más.

Hace un par de meses, cuatro años después del examen en que se ganó su plaza fija, realizó el trámite necesario para tomar posesión de su plaza en Móstoles, si bien el acto en sí, demostrando una vez más la escasa importancia que para la Presidenta de la Comunidad de Madrid tiene la Sanidad Pública, se continuó demorando y en el momento en que escribo aún no hay una fecha oficial fija de incorporación en su nuevo destino. Se rumorea que el 21 o el 28 de abril, el 3 de mayo o incluso en octubre.

A pesar de ello, unas horas antes de que yo empezase a contar esta historia, Nuria se marchó ilusionada, pero al mismo tiempo algo triste, con el maletero del coche a rebosar de bebida y comida con la férrea determinación de agradecer a sus compañeros del Ramón y Cajal su amistad y su apoyo durante todo este tiempo en una suerte de despedida oficial en la que estos a su vez le han brindado un homenaje que la ha conmovido y emocionado profundamente.

Yo, como compañero permanente de viaje de esa pedazo de TCAE que es Nuria, quiero agradecer con el corazón en la mano a todo el personal del Ramón y Cajal que ha trabajado con ella durante todos estos años esos abrazos que en los momentos que lo ha necesitado le habéis dado, las innumerables y escandalosas risas que habéis compartido con ella, la mano amiga en su espalda que la habéis hecho sentir cuando se encontraba próxima a desfallecer y, por supuesto, la paciencia de la que en algún momento habréis tenido que echar mano para aguantarla. Sé de lo que hablo porque llevo treinta años a su lado y las cosas no siempre son sencillas con ella, pero siempre, siempre, acaba mereciendo la pena. 

Aunque mi agradecimiento va dirigido a todos y cada uno de vosotros, tanto a los que simplemente la saludabais por el pasillo como a los que compartisteis durante diez años las vicisitudes de la planta de Ortogeriatría, me gustaría mencionar en concreto los nombres de algunas personas que he tenido además el privilegio de conocer personalmente y que me consta que habéis sido especialmente importantes durante diferentes etapas para ella: Espe, José Ángel, Miriam, Andrés, Natalia, Marivi, Rocío y, sobre todo, Fran.

Tengo la certeza de que a muchos de vosotros os volveré a ver, que seguiréis formando parte de la vida de Nuria y, por lo tanto, también de la mía. También la esperanza de que cuando nos veamos no sea en instalaciones sanitarias, sino en una terraza de verano o en algún restaurante donde compartamos cervezas, tapas y risas.

Porque siempre sentiré que estoy en deuda con vosotros por cuidar con tanto cariño y durante tanto tiempo del regalo más grande que la vida me ha concedido. Y ella, por su parte, ha querido dejaros aquí el enlace al que constituye su regalo de despedida para todos vosotros.

¡¡¡¡¡GRACIAS POR TODO!!!!!

Un fuerte abrazo para todos y mucha suerte en el futuro.



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