lunes, 27 de febrero de 2023

La novela que aún no he escrito

Dicen que para alcanzar una vida plena hay que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro antes de morir. Por ahora yo sólo he cumplido con lo primero. Y por partida doble. No sé si eso me exime de las otras dos, pero, por si las moscas, estoy firmemente decidido a no dejar ningún cable suelto. Que aparentemente aún me queda cuerda para rato, que nadie se asuste, pero me parece un momento oportuno para marcarme este tipo de metas. A bote pronto lo del árbol parece quizá lo más sencillo y ya he previsto más o menos dónde crecerá, pero requiere un viaje que aún no puedo realizar, así que es algo que, por el momento, deberá esperar. De manera que ahora estoy dándole vueltas a la que a mí personalmente me parece la más laboriosa de las tres tareas: escribir una novela.


Una de las primeras recomendaciones que se dan a los autores noveles, o al menos así era en mis tiempos universitarios, es que uno debe escribir sobre lo que mejor se conoce. Pero yo no soy maestro de nada, sino que me considero aprendiz de muchas cosas. Así que el mero hecho de plantearme en torno a qué versaría lo que mi cabeza tuviera a bien alumbrar era ya, en sí misma, una ardua tarea. Sin ser un experto, creo que en el disco duro orgánico que es mi cerebro, se amontonan numerosos datos sobre la música del siglo XX que podrían servirme de banda sonora que acompañe a los protagonistas durante sus andanzas. Hubo quien me propuso que emplease mis modestos conocimientos del baloncesto de cantera en Madrid para escribir sobre ese tema y también quien me animó, tras publicar en este blog las entradas relativas a mis padres y abuelos, a tirar por ahí, dando a luz una especie de saga familiar. Hay a priori material para ello, pero ambas opciones quedaron descartadas por requerir una labor de investigación y documentación que no me veo capaz por el momento de acometer. Valoré también la idea de que la historia girase alrededor de un Contact Center, algo que conozco profundamente, y que sirviese de denuncia para lo que en el sector ocurre, pero me pareció poco atractivo, ya no para los hipotéticos lectores, sino para mí mismo, que al final es lo más importante.

Otro de los consejos que en su momento recibí de aquellos que hacían de las letras su profesión fue que siempre se debe escribir para uno mismo, no para los demás. Que pensar si esto o aquello gustará más o menos entorpece la escritura y ensucia el resultado final. Nunca ha sido esto un problema para mí dado que jamás, salvo quizás cuando era un chaval que se empezaba a enamorar de la literatura, he pensado que esto me pudiese un día dar de comer y, por lo tanto, no me ha preocupado lo que los demás puedan opinar sobre lo que escribo. Siempre agrada que te den una palmadita en la espalda, que alaben tus virtudes, pero no es lo que me mueve al comenzar a teclear aquello que quiero contarme a mí mismo.


Mientras sacudía la chistera de las ideas, ocurrió algo en casa, una situación doméstica que nos transportó a los cuatro a un lugar en el que no habíamos estado juntos antes: silencios incómodos, palabras que dañan, frustración, rabia. Nunca los cuatro a la vez. Y, a modo de ejercicio literario, comencé a escribir sobre cómo estaba yo adaptándome a esa inesperada coyuntura y cómo intuía que lo estarían haciendo Nuria y los niños. Van ya más de cien páginas, un tercio más o menos de lo previsto, y me acecha constantemente la tentación, sentadas ya las bases y el punto de partida de la historia, de arrastrar ahora a los personajes hacia una situación imaginaria en la que tengan que enfrentarse a sus propias carencias y defectos y ver cómo reaccionan. Aún no sé qué saldrá de ahí, si me atreveré a seguir adelante o si se quedará simplemente en un mero ejercicio práctico, su finalidad inicial. Pero lo cierto es que encuentro cómodo caminando por estos terrenos que conozco de sobra y sobre los que me gusta escribir, las emociones, los sentimientos, el funcionamiento de nuestro yo interior. 

Sin embargo, algo extraño me ha ocurrido llegados a este punto. Durante un par de días me di un descanso para intentar enfocar la segunda parte de lo ya escrito y, de repente, unos personajes ficticios se han adueñado inesperadamente de mi cabeza y han comenzado a susurrarme cosas al oído. Todo muy impreciso, aunque los muy canallas son bastante convincentes y están empujando a un rincón de mi cerebro a esos que ya habían empezado a tener su propia historia escrita sobre el papel. Parecen querer arrastrarme a una realidad distinta, donde los libros son importantes y la magia que en ellos habita tiene mucha fuerza. A bote pronto y sin todavía haberles comprendido del todo, con su tentadora voz me traen ecos de La historia interminable, Las crónicas de Narnia o Los Goonies. Pero también reminiscencias de Los tres mosqueteros, La isla del tesoro o Miguel Strogoff. Insisto: está todo aún en penumbras, pero la luz que intuyo brillando tras la niebla aparenta ser deslumbrante.


Y hay más, ya que entre medias de esas ideas han surgido otros personajes, tales como un ama de casa que un día asesinó y que ahora, ante la amenaza de quedarse sola, valora hacerlo de nuevo, o una muchacha judía en un campo de concentración nazi, devastada y sin futuro, que sigue adelante frente al horror del antisemitismo por una promesa que en su día hizo. Son los suyos relatos que aparentemente serán cortos y que tal vez, de llevarlos a buen puerto, presente a algún concurso literario, aunque siguen siendo historias que me invento para mí mismo, no para obtener reconocimiento alguno. Hay también pululando por mi cerebro algunos otros peculiares individuos que reclaman un archivo en mi Word y a los que supongo que terminaré prestándoles mi voz.

Y por supuesto, este blog, al que quizá le nazca en breve un gemelo, dado que hay temas que me gustaría tuviesen su propio espacio, pero ya veremos. Los días duran sólo veinticuatro horas y no sólo de escribir vive este hombre. Ojala pudiese dedicarle más tiempo a esta pasión mía,

Así pues, la novela que aún no he escrito es por el momento una simple utopía, pero que sospecho podría, contra pronóstico, germinar antes de que plante el árbol que también tengo pendiente.



viernes, 24 de febrero de 2023

La peor noche de mi vida

Recordaré la del pasado quince de enero, hace ya más de un mes, como la peor noche de mi vida. Creo que jamás me he sentido tan desvalido, tan desesperado y tan vulnerable como me vi a mí mismo durante aquellas largas horas.

- Se me hace raro que esta noche durmamos solos los dos en casa.

Eso fue lo que Marcos me dijo poco antes de acostarse. Nuria estaba de turno nocturno, algo a lo que ya estamos habituados, pero daba la casualidad de que Sergio se encontraba en Cerler, en un viaje organizado por el instituto para los que quisiesen aprender a esquiar. Supongo que Marcos verbalizó ese pensamiento, no sólo por tratarse de una situación atípica, sino también porque ninguno de los dos estábamos para tirar cohetes y quizá extrañaba a alguien que nos cuidase. Él andaba acatarrado, le costaba respirar bien, y sufría además dolores musculares como consecuencia de un partido duro que había disputado el día anterior. En mi caso, después de un mes en que la combinación de medicamentos recetados por la doctora parecían estar reduciendo los dolores que padezco, arrastraba nuevamente, desde hacía tres días, molestias más intensas. Nada había cambiado en mis rutinas durante esas semanas, por lo que únicamente puedo atribuir el empeoramiento al frío que durante los últimos días se había abalanzado sobre la capital.


El caso es que Marcos se fue a la cama y yo me quedé en el salón, tumbado cuan largo soy en el sofá, viendo la tele y escuchándole toser y dar vueltas y vueltas tratando de conciliar el sueño. Cuando por fin sentí que se había dormido, plegué yo también velas y me dirigí a mi cuarto para intentar descansar, propósito que se me antojaba improbable dado que me encontraba bastante incómodo. Ocurrió que, sin previo aviso, en medio del pasillo, me sobrevino un fuerte estornudo que provocó a su vez un latigazo de dolor en las terminaciones nerviosas de mi costado derecho, allí donde el herpes zoster campó a sus anchas hace ya casi nueve meses. Llegué a duras penas al dormitorio y me costó aún más tumbarme sobre la manta eléctrica confiando en que me proporcionase algo de alivio. Dado que el daño interno que me azota suele desaparecer paulatinamente a los diez o quince minutos de yacer en posición horizontal, no podía sospechar que aún quedaba lo peor.

Cuando noté que mi costado dejaba de latir dolorosamente y que mi respiración recuperaba su habitual cadencia, intenté dormirme sin cambiar de posición para no despertar de nuevo a la bestia. Tardé, pero caí finalmente en un sueño extraño en el que mi cabeza jugaba más sucio que nunca brindándome una ensoñación en la que mi enfermedad había sido producida por un veneno que alguien estaba mezclando con mis comidas. Desperté sobresaltado a las cuatro y media de la madrugada, empezando a sentir de nuevo la dentellada del lobo, pero su intensidad fue incrementándose hasta sobrepasar los niveles que hasta aquel momento había conocido. Nunca había soportado un dolor de tamaña magnitud. Me retorcía en la cama, incapaz de hacer nada más que contener el grito que desde tan terrible despertar ansiaba poder emitir.

Estuve así dos horas en las que unas tenazas candentes retorcían, encogían y estiraban mis fibras nerviosas, obligándome a descubrir nuevos límites a mi capacidad de sufrimiento. Lloré de dolor. También de rabia y frustración. Hasta las seis y media de la mañana, siguiendo las pautas de la doctora, no podía tomar nada que me ayudase a combatir aquella agonía que empezaba a afectar a mi capacidad de raciocinio. Cuando ingerí los 0,4 g/ml de Metamizol, lo hice como si llevase horas caminando por el desierto sin agua que llevarme a la boca, ajeno al amargo sabor del medicamento. Volví a la cama y pasados unos minutos el dolor desapareció tal y como había llegado: repentinamente y sin anunciarse. Estaba agotado y caí en un duermevela tranquilo, disfrutando del alivio de volver a ser un yo sin dolor, hasta que sonó el despertador de Marcos.


Permanecí en la cama hasta que le escuché salir de casa para ir al instituto. Durante ese tiempo intenté analizar de manera constructiva la precariedad de mi situación, no caer en la tristeza que me produce mi actual incapacidad, intentando encontrar una manera de ser productivo para la sociedad y sobre todo para mi familia. Recordé entonces, mientras valoraba mi estado, en que hubo, hace algo más de dos años, otra noche en que me sentí tan desamparado y asustado como me había sentido unas horas antes. Entonces hubo más miedo que dolor. Fue cuando creí que me estaba quedando ciego y acabé en urgencias, donde me diagnosticaron una queratitis que nunca supimos cómo se produjo y que me obligó a llamar a Nuria, que también aquel día estaba de turno nocturno, para que viniese a buscarme dado que yo era incapaz de abrir mis ojos debido a la quemazón que sentía, aún menos para bajar yo solo al hospital.

En estos últimos dos años me he convertido en un experto en dolor al haber padecido enfermedades y lesiones cuyo síntoma más evidente es precisamente ese: dolor. Queratitis, cólico nefrítico, prostatitis, herpes zóster, neuralgia postherpética... por ello sé que el dolor, enemigo poderoso, se transforma, por las noches y en la cama, en un monstruo de cinco cabezas capaz de acabar con la cordura de cualquiera.

Conmigo no lo conseguirá porque sé que esta maldita racha terminará algún día y dejará paso a días más luminosos en los que esto no será más que un amargo y prescindible recuerdo. 

Hasta entonces, seguiré escribiendo. Es mi manera de resistir.





miércoles, 22 de febrero de 2023

Dracarys y la bandera española

Que ya lo dije, que a mí la política en este país me parece una sátira, una ciénaga, y que no es de mi especial agrado hablar sobre ello, pero es que hay cosas que parecen sacadas de alguna película cómica. A pesar de ello hoy seré muy breve.

En este caso la payasa en cuestión se llama Miriam Nogueras y es líder de Junts, partido separatista catalán. Y es tal la impunidad con la que se desenvuelve en el Congreso que, ni corta ni perezosa, en la rueda de prensa a la que han asistido cuatro periodistas contados porque no interesa mucho lo que personajes decests calaña puedan decir, aparta la bandera de España, supongo que buscando esa notoriedad que con su discurso no alcanza, y dando la explicación de que la europea es más chula y que la representa más y mejor.



Como digo, un ejemplo más del circo al que a diario estamos invitados en este país. Porque esta diputada recibe de España un sueldo anual cercano a los 120.000 euros. Pero a eso no le hace ascos.

Aparte de que los soberanistas catalanes se han comportado siempre con una soberbia recalcitrante, el hecho de ser socios de quien en este país gobierna actualmente les garantiza una inmunidad que ofende. Que ahora es el PSOE, pero que tengo claro que ocurrirá lo mismo con el PP cuando el señor Feijoo, amigo de los narcos gallegos, sea elegido como Presidente del Gobierno.

Por no hablar de todo lo relacionado con el señor Otegui y sus semejantes. Ahí habría también mucha tela que cortar.

A mí estas cosas ya han dejado de indignarme para provocarme una sonrisa sardónica que no puedo disimular. Y para hacerme desear que en escena aparezca Dannaerys Targaryen montada en su dragón para prender fuego a todo este bochornoso espectáculo que los españoles estamos obligados a presenciar a diario.

Dracarys.



lunes, 20 de febrero de 2023

Padres primerizos

¿Visteis hace ya unos cuantos años aquella película cómica titulada Nueve meses? Yo la he visto ya varias veces desde su estreno en 1995 y, cuando se acerca el cumpleaños de Sergio, como en esta ocasión, me acuerdo siempre de ella porque en las escenas del parto me identifico absolutamente con ese padre primerizo que no da una a derechas al verse superado por la situación cuando llega el gran momento. Y reconozco a esa Nuria, mal hablada, dolorida y llorosa, en la Julianne Moore que le da la réplica a Hugh Grant en aquel film. Dejadme que os cuente porque creo que a quien no haya oído la historia, como poco, una sonrisa le asomará a los labios al leerla ahora.



Sergio nació un sábado por la mañana del mes de febrero, lo que a mí me hizo trizas porque en aquel entonces tan sólo se concedían al padre tres días de permiso por tan feliz evento, debiendo también contabilizarse fines de semana y festivos. A mí me habría venido de perlas que viese el mundo un miércoles, pero no tuve esa suerte. Así que en teoría, yo me tendría que haber incorporado el martes. En la práctica yo ya había estudiado todas las opciones y dado instrucciones a la que por entonces era mi jefa para sacarle el mayor partido a aquel permiso uniéndolo a un par de semanas de vacaciones. Pero la historia que quiero contar es otra y comenzó la tarde anterior.

Yo revoloteaba nervioso alrededor de Nuria, que comenzaba a padecer las contracciones iniciales dando lo que a mí me parecían claras muestras de dolor, y ofreciéndome para ayudarla en lo que pudiese. A mí se me antojaba que aquello iba demasiado rápido y no paré hasta convencerla de que debíamos acudir a urgencias, si bien ella consideraba que aún había tiempo de sobra. Yo creo que al final accedió para que la dejase de dar la lata. Después de unas horas en el hospital nos mandaron de vuelta a casa en torno a la una de mañana dado que, tal y como Nuria había vaticinado, al bollo le quedaba todavía un rato de cocción.

De que Nuria pasó aquella noche caminando por la casa, rota de dolor por las contracciones y asustada ante la cercanía del alumbramiento, me enteraría a la mañana siguiente, dado que yo, y me avergüenza admitirlo, caí rendido por las emociones de aquella tarde en cuanto apoyé la cabeza en la almohada. Y tuve sueños realmente felices. Fijaros hasta qué punto que, cuando ella me despertó a eso de las siete de la mañana para decirme que había llegado el momento, primero me sorprendí porque había soñado que mi hijo ya había nacido y luego me enojé porque no hubiese sido cierto. Si yo ya había pasado por un parto, ¿por qué tenía que vivirlo de nuevo? Y madrugar para ello...

En cualquier caso nos dirigimos otra vez a Urgencias en un estado calamitoso: a Nuria ya se le habían olvidado las clases preparto y la angustia le impedía mantener un ritmo respiratorio adecuado, parecía un pez boqueando fuera del agua; en cuanto a mí, no sabría decir qué sentimiento predominaba entre todos los que me abotargaban en aquel momento. La somnolencia se entrelazaba con el nerviosismo, la ilusión con el enojo. Ninguno de los dos dominábamos una situación para la que llevábamos meses preparándonos.

Para la ocasión yo me había vestido con un pantalón vaquero, deportivas y, dado que eran días fríos y lluviosos, camiseta interior sin mangas, camisa y jersey grueso de lana. Me arrepentiría luego sobradamente en el paritorio de haberme preparado para una excursión por la sierra en vez de para el nacimiento de mi primer hijo. Me pongo a sudar profusamente sólo de recordar el calor y el agobio que pasé cuando sobre todo aquello me tuve que poner las calzas, el batín y el gorrito quirúrgicos.

Pero antes de entrar en la sala en la que los ojos de Sergio verían por vez primera la luz exterior, pasamos un rato largo en el cuarto de preparación con la matrona, que en nada contribuyó a hacer que aquel trance fuese para nosotros un poco más llevadero.

- A ver, bonita, o empiezas a respirar adecuadamente o tu niño va a sufrir mucho para poder salir.


No era sólo lo que decía. Su lenguaje corporal y verbal asustaba a Nuria y a mí me enfadaba. Como si estuviésemos allí para amargarla a ella la mañana. Ni que tuviésemos otra cosa mejor que hacer. Pero claro, allí la que mandaba era ella y nosotros estábamos simplemente aterrorizados, así que callábamos. Bueno, callaba yo, que no sabía qué más hacer aparte de resoplar y agarrarle tan fuerte a Nuria de la mano que en un momento dado me ordenó con una voz terrorífica, como la de unos de los personajes demoniacos de mis libros de Stephen King, que no la apretase tan fuerte. Y digo que ella no callaba porque, en fin, de su boca salían, como se suele decir, sapos y culebras. Alternaba los vocablos más salvajes con gritos de dolor, lágrimas de angustia y disculpas por el escándalo que estábamos montando. Tanto es así que mi madre, que aguardaba en la sala de espera junto a mi suegra, recuerda la angustia que las dos pasaron escuchando los gritos de la futura mamá, a la que para colmo no se la pudo poner la epidural porque el anestesista se encontraba atendiendo una emergencia. Aquello era un caos.

Finalmente pasamos al paritorio y yo, que me deshidrataba por momentos debido a toda la ropa que llevaba encima, y Nuria, desgarrándose por dentro y por fuera, asistimos por fin al nacimiento de nuestro pequeño alrededor de las diez de la mañana. A diferencia del nacimiento de Marcos, en el que tuvimos la suerte de contar con una matrona eficiente, experimentada y sumamente amable que situó un espejo de manera que pudiésemos ver cómo nuestro niño asomaba la cabeza mientras la sangre brotaba del interior de su madre, en el caso de Sergio poco o nada pudimos ver. No me llegué a desmayar, pero hubo un momento en el que me mareé, más por la emoción y el calor, que porque viese algo que me impactase. Lloré también. Bueno, lo hicimos los tres. Qué menos.

En algún momento de aquel pandemonio, perdí un pendiente que Nuria me había pedido que le guardase durante el parto, algo que me será recordado de aquí a la eternidad. Y me parece bien, forma parte de una de las historias más especiales que he tenido la fortuna de vivir y que siempre recordaré con cariño y alguna risa.

Aquella tarde yo tenía partido de fútbol sala. Aún jugaba, aunque mi retirada estaba próxima. Mis nuevas responsabilidades exigían ciertos sacrificios y además mis rodillas empezaban a fallarme. Pero aquel día, lógicamente, no entraba en mis planes asistir al partido. ¿Cómo me iba yo a ir a jugar al fútbol con los colegas si hacía unas horas había sido padre? Sin embargo, Nuria no sólo me insistió, sino que poco menos que me echó del hospital argumentando, con palabras cariñosas, que ya no había quien aguantase el chute de energía que el nacimiento de Sergio me había proporcionado. No recuerdo qué pasó en aquel partido, cómo quedamos o si marqué algún gol. Recuerdo que, al volver al hospital, llovía y que entré en la habitación empapado, pero como una malva. Estaba agotado físicamente, pero emocionalmente eufórico. Fuese lo que fuese que me había poseído durante aquella jornada, se quedó en la cancha.

Y pude por fin, más tranquilo y consciente del momento que habíamos presenciado y de cómo nuestra vida cambiaba desde aquel instante, decirle a mi mujer y a mi hijo lo mucho que les quería y, sin tiempo para nada más, quedarme cuajado en el sillón de la habitación.



sábado, 18 de febrero de 2023

El Doctor Jeckyll y Mr. Hyde

La víspera de Reyes del año 1886, Robert Louis Stevenson, que ya se había hecho famoso en toda Gran Bretaña pocos años antes con La isla del tesoro, publicó un relato corto llamado El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde en el que un abogado investiga la posible relación entre un viejo amigo científico y un criminal que campa a sus anchas por la ciudad cometiendo las mayores atrocidades. Esta novela sienta las bases de lo que años después, en psiquiatría, se conocería como el trastorno disociativo de la identidad o trastorno de personalidad múltiple. Pero no es de psicología de lo que hoy quiero hablar, aunque me servirá para sostener mi argumento, sino de, una vez más, nuestros hijos.


Yo no sé si ocurrirá en todos los hogares, pero lo que sucede en el mío cuando cualquiera de mis angelicales criaturas agarran el mando y se sientan frente a la televisión para jugar a la consola me plantea una disyuntiva complicada: ¿la desconecto o llamo a un exorcista? 

Tal y como el Dr. Jekyll se transformaba en el malvado señor Hyde tras consumir una pócima de su invención, así mis hijos, especialmente el pequeño, se convierten en gárgolas malhabladas y de trato arisco cuando dedican su tiempo a la Playstation. Decirles que se supone que es esa una actividad para entretenerse y relajarse es como nombrar a la bicha, inmediatamente te conviertes en el centro de sus iras. El mero hecho de pasar a su lado y recordarles que tienen que bajar la basura o que en media hora nos vamos a comer a casa de sus abuelos recibe como respuesta, en el mejor de los casos, un gruñido gutural y espeluznante. Eso por no hablar de las lindezas que les dedican a voz en grito a sus rivales como si fuesen hooligans ingleses absolutamente embolingados.

Recientemente Marcos, de la rabia que se apoderó de él al perder un partido o ser castigado con un penalty en contra en el Fifa23, vete tú a saber, pegó tal golpe contra el mural del salón que rompió uno de los cristales del mueble. El muy cachondo se protege preguntándonos que a ver quién tiene en el bloque un mueble tuneado como el nuestro.

Y es que resulta que nosotros tenemos la consola en el salón, lugar de paso frecuente para toda la familia. Esto compromete también la televisión principal de la casa, lo que los fines de semana, que es cuando están autorizados a jugar, hace que se produzcan situaciones conflictivas si queremos ver, por ejemplo, una película. Les cuesta entender que no es que nosotros les echemos del salón, sino que se acabó el período de concesión de ese espacio que nosotros, como propietarios de la casa, les otorgamos.

Anda por lo tanto Marcos exigiendo que reformemos su dormitorio para disponer de su propia tele y Playstation, algo a lo que, por razones logísticas en primer lugar y por motivos de salud mental en segundo, nos negamos en redondo. Emplea las más sutiles estrategias para alcanzar su objetivo y parece que no se rendirá en su propósito pese a que le hemos dejado claro que lo solicitado nunca le será concedido. Pero ahí continua, intentando beneficiarse de esas ocasiones en que nos ve con la guardia baja, a veces provocadas por él mismo mediante zalamerías y caricias.


Así que la alusión al célebre personaje de Stevenson cobra todo su sentido porque mis hijos son entre semana unos para convertirse, consola mediante, en otros muy diferentes los sábados y domingos. Y eso por no hablar de las vacaciones, cuando el salón de mi casa se transforma en el gallinero de un estadio de fútbol o baloncesto y nos toca a nosotros convertirnos en los malos de la película intentando hacerles comprender que son víctimas de la más sutil clase de brujería y que el mundo que tienen que descubrir, que necesitan descubrir, está sólo a unos pasos de ellos, justo al otro lado de la puerta.

martes, 14 de febrero de 2023

La partida de dardos

La aventura en la que ambos se embarcaron comenzó así, jugando a los dardos en aquel pequeño pub cuyo exótico nombre evocaba aventuras y tierras lejanas y donde él se reunía con sus amigos para tomar unas cervezas cada fin de semana. Ninguno de los dos pudo intuir, al salir aquella tarde de sus respectivas casas, arreglados pero informales, la puerta que iban a abrir aquella noche y mucho menos el lugar en el que se encontrarían al traspasarla. Pocas veces somos capaces de anticipar ese instante que cambiará nuestras vidas para siempre, imposible predecir el momento en que el destino nos empujará en cualquier vericueto del camino en una dirección distinta a la planeada. Qué fácil sería todo si, como en las películas, el inicio de un tema musical, un cambio en la iluminación o directamente unos subtítulos nos anunciasen que estamos ante una de las más importantes encrucijadas de nuestras vidas. Poder disponer de unos minutos para prepararnos y adelantarnos a los acontecimientos. Pero casi nunca es así. Y a veces, cuando dejamos atrás lo que tenía que suceder, nos planteamos si hubiésemos actuado de la misma manera de haber podido contar con algo de tiempo para reflexionar sobre ello.  

O quizá sea más apropiado afirmar que todo aquello se había iniciado un par de meses antes, cuando ella se fijó en él paseando con sus amigas por el barrio y le llamaron la atención su porte y sus gestos. Alto, alrededor del metro ochenta, algo delgado, cabello rubio liso con algunos rizos rebeldes a la altura de las orejas. Tal vez aquella historia se puso en marcha cuando empezó a indagar sobre él y se propuso conocerle en profundidad. No le pareció especialmente apuesto: a su flacura se sumaba la sensación de ser poco cuidadoso con su imagen, pero irradiaba una serenidad y una cierta confianza en sí mismo que le hacían, a sus ojos, enormemente atractivo.



Poco a poco empezó a coincidir con él, haciéndose la encontradiza. Aparecía, siempre flanqueada por su hermana o alguna amiga, en los lugares que él frecuentaba y le miraba al principio desde la distancia, valorándolo, confiando en que, tarde o temprano, él se percatarse de su presencia. Como así ocurrió. No resultó difícil pasar pronto de las miradas a las palabras. Solía estar siempre rodeado de amigos y algunos eran comunes. Les presentaron y ella pudo entonces certificar que realmente le gustaba ese chico, que no era como los demás y que estaba dispuesta a mucho para conocerle más y mejor. Empezó a buscarle con mayor insistencia, casi persiguiéndole, y esperaba ansiosa la siguiente oportunidad de acercarse a él, aunque no llegasen a conversar. Bastaba con que viese que ella le miraba. Pero cuando tenía la posibilidad de hablar con él, la certeza de haber encontrado a alguien que podría ser importante en su vida se acrecentaba. 

Tiempo después él mismo la contaría que, antes de conocerla, le habían roto varias veces el corazón y que, justo cuando ella entró en su vida, estaba intentando cambiar, se esforzaba durante aquellos días por ser alguien diferente, crear una coraza a su alrededor que le protegiese del mal de amores. Uno puede enamorarse muchas veces en la adolescencia y sentir que el mundo se acaba, que no volverá a encenderse una pasión como esa, que no habrá ningún futuro cuando esa persona a la que hemos creído amar como nadie lo ha hecho antes nos abandona. Él llevaba años malviviendo en ese estribillo. Ninguna de sus relaciones había llegado al nivel de "formal" porque o bien era rechazado o bien se cansaban de él demasiado pronto. Le confesaría que él ya no estaba dispuesto a seguir siendo ese muchacho enamoradizo, dócil y servicial al que siempre hacían daño. Estaba decidido a ser como alguno de los amigos que le acompañaban allá donde fuese: un lobo entre el rebaño. Pensar únicamente en ir añadiendo muescas a su historial, sin comprometerse con nadie, sin preocuparse ni preguntarse por lo que sus víctimas pudiesen sufrir o disfrutar durante aquellas breves relaciones. Llevaba tiempo contemplándoles, conocía todas sus estrategias. Estaba dispuesto ahora a ser él quien hiriese y después se retirase subrepticiamente en busca de una nueva presa. Convertir el amor en un juego en el que la victoria siempre se decantase de su lado.

Reconocería también más adelante que, una vez que se dio cuenta de cómo ella le miraba, decidió que se convertiría en la primera víctima de aquella forzada metamorfosis que se empeñaba en interpretar. Sospechaba acertadamente que ella le veía tal y como él había mirado a sus antiguos amores del pasado. Sabía que podía ser una presa fácil, pero que al final, cuando el momento de propinar el zarpazo definitivo a su víctima llegó, no se vio capaz. Respetaba demasiado la limpieza de su mirada, la inocencia de sus gestos. Que le acosaron las dudas mientras permitía que ella se fuese acercando, le diría. Que ella comenzó a derribar todas las defensas que tanto esfuerzo le había supuesto construir con esa sonrisa encantadora que a veces viraba hacia una carcajada contagiosa. Y que él sentía una inmensa satisfacción, una sensación de éxito que no podía compararse con ninguna otra que hubiese conocido antes, cuando era él quien obraba esa transformación.

Todo eso le reconocería unos meses después.


Y llegó aquella noche, víspera de festivo, en el bar de siempre, trasegando minis de cerveza y fumando cigarrillos rubios, marca Fortuna, con su cuadrilla. Como en las últimas semanas, ella andaba por allí, cerca, hablando con unos y otros, siempre cerca, sonriéndole con los ojos cuando sus miradas se cruzaban.

Alguien propuso jugar a los dardos por parejas. Hacía calor y la música estaba muy alta, éxitos de los ya muertos ochenta a todo volumen, había que gritar al oído de los demás para hacerse entender. En un momento dado él se encontró con que habían sido emparejados para la siguiente ronda. El destino representado por el palillo más corto.

Ella demostró, a pesar de haber empuñado muy pocas veces los dardos, que tenía muy buena puntería, pero no terminaba de comprender las reglas del juego. Él tenía que acercarse a ella en cada lanzamiento para darle instrucciones. Hablar forzaba la cercanía. Se respiraron mutuamente, sus pieles entraron en contacto, presentándose, conociéndose.

Fue una partida muy igualada, de resultado incierto hasta el final. En las manos de ella quedó la victoria, una única tirada para terminar el juego. Mientras la animaba, él se sorprendió a sí mismo descubriendo lo cómodo que se había sentido a su lado durante ese rato, oyéndola reír, haciéndola reír. Y esa risa era un regalo envuelto en papel fosforescente que brillaba en aquel antro lleno de humo y voces. Le hacía sentirse importante, interesante, especial. Algo había ocurrido mientras jugaban, algo nuevo había comenzado a fluir entre ellos sin que él comprendiese lo que estaba ocurriendo en realidad. Cuando ella logró clavar el último dardo en el triple diecisiete, se giró exultante y le miró de aquella manera tan suya que él estaba comenzando a conocer, pura vitalidad y alegría. No pudo resistirse y la besó con ansiedad, ante el alborozado asombro de los presentes. Y ella le devolvió aquel beso con sabor a tabaco y cerveza con completa naturalidad, sin mostrar ninguna sorpresa, pero con idéntico ardor. Ninguno de los dos sabe a quién atribuir en realidad la iniciativa, ambos se movieron al unísono. O al menos así lo cuentan cuando alguien les pregunta sobre cómo empezó su historia juntos.


Hubo muchos besos aquella noche, torpes al principio, ninguno como el primero que se dieron guiados por la euforia. Tomaron alguna copa más y conversaron durante mucho rato. Llegada la hora, él la acompañó a su casa, dudando aún si poner punto y final a aquello, añadir una coma o ir más allá. Triunfó el punto y aparte. Se despidieron sin concretar nada. Todo quedó en el aire.

Cuando hablan de aquel día, él siempre cuenta que pasó parte de la noche tumbado en la cama, mirando al techo, rememorando la textura de los labios de ella y el brillo de su cabello dorado, tratando de tomar perspectiva sobre la situación para finalmente llegar a la conclusión de que debía apartarse.

Pero que al día siguiente, cuando ella le buscó nuevamente y le obsequió con la tierna sonrisa de quien ha encontrado por fin su destino, su convicción se derritió sin remedio y la volvió a besar.

Han pasado treinta años y siguen juntos. Han formado una familia y, aunque han encontrado y superado baches en el camino, son muy felices. Ella sigue deslumbrándole con su sonrisa, haciendo que algo dentro de él vibre con intensidad cuando logra transformarla en carcajada y que a ella se le salten las lágrimas. La dice varias veces al día que es preciosa y que la quiere. Como si a ella se le fuese a olvidar. Ella, que supo antes que él que estaban predestinados. Ella, que, a pesar de su juventud, tuvo la certeza, desde el momento en que le vio, de que se iniciaba la aventura más importante de sus vidas. Ella, que nunca dudó.

Curiosamente, ni Nuria ni yo volvimos a jugar nunca a los dardos.



lunes, 13 de febrero de 2023

La joven escritora

Una de las mayores frustraciones que como padre arrastro -y creo que en uno de los primeros artículos de este blog ya dejé debida constancia de ello- es la falta de interés que mis hijos muestran por una de las materias que a mí más me apasionan: la literatura. Ni siquiera se asoman de vez en cuando a este blog en el que tanto y tan a menudo hablo de ellos. Salvando las distancias obvias, entiendo bien ahora a ese padre, personaje recurrente en multitud de historias, que ha dedicado su vida a construir y hacer crecer un negocio que sus hijos puedan heredar y que, cuando llega el momento, se lo tiene que comer sin guarnición porque su ingrata descendencia rechaza el legado familiar. Pero en mi caso, aunque la cuestión no sea quizá tan sangrante en lo que a su futuro laboral se refiere, sí es profundamente preocupante (o así me lo parece) en lo relativo a su desarrollo como personas con un cierto pensamiento crítico. En realidad, no es culpa tan sólo de ellos, ni tan siquiera creo que lo sea mía. No les puedo reprochar el desinterés porque me temo que es hoy en día un mal global extendido entre los jóvenes de nuestra sociedad. Pero como en todo, hay esperanzadoras excepciones.


Ha sido la mía, sobre todo por rama materna, una familia de lectores empedernidos que siempre lograba hacer un hueco en sus estanterías para un libro más. Y no era una escena inusual, en aquellos tiempos y en ese contexto, vernos a todos reunidos en el salón, en completo silencio, cada uno de nosotros con un volumen abierto sobre el regazo. Como tampoco lo era, en esas comidas que cada pocos fines de semana celebrábamos, que abuelos, tíos, padres, primos y hermanos alargásemos la sobremesa con juegos de mesa o simplemente comentando lo que tal o cual novela nos parecía.

Después de unos años sin reunirnos, pandemia y otras circunstancias mediante, acordamos que era el momento de juntarnos de nuevo todos los que en Madrid vivimos. Ahí estaban mi madre, su única hermana, mi tía Eva (¡cuánto hizo en su día para alimentar mi hambre literaria!), mi prima Ireide y mi primo David. Y por supuesto nuestras respectivas parejas y parte de las nuevas generaciones con sangre Rincón en las venas. Cómo nos habría gustado tener con nosotros, aunque sólo fuese por unas horas, a mis abuelos. Que viesen cómo la familia ha crecido y que aún, aunque haya sido después de tanto tiempo, podamos ponernos de acuerdo para compartir un rato todos juntos.

No hablamos, sin embargo, de las ausencias. Tampoco de las últimas novelas leídas o de mi artículo Amarraditos los dos, que creo fue en cierta medida lo que desencadenó la necesidad de recuperar la sana costumbre de sentarnos todos alrededor de una mesa. No hablamos de lo que hacíamos hace tres décadas cuando nos reuníamos en Móstoles, Molino de la Hoz, Las Suertes de Villalba o en la calle Vinaroz; tal vez porque no hace falta, ya que forma parte de nuestro ADN y siempre está presente. Básicamente nos limitamos a ponernos al día.

Pero hubo algunos detalles durante esas horas que pasamos juntos que me recordaron a aquellos otros días en que era yo el niño y mis abuelos aún vivían. 

Nuestros hijos jugaron al Monopoly y luego se bajaron con una pelota a la calle, tal y como hacíamos nosotros en aquel pasado que a veces regresa a recordarme quién fui. Hay algo mágico en eso. A los genes que comparten se sumarán ahora recuerdos nuevos, recuerdos que quizá serán el prólogo de otras aventuras que compartirán en el futuro. Como aquel descubrimiento que una vez hicimos nosotros en la sierra. No recuerdo si alguno de mis hermanos estaba conmigo aquel día o si estaba yo sólo con mi primo, con mi prima o con ambos. Deberéis disculpar a mi memoria, que es frágil y muy selectiva, la inexactitud de mi recuerdo. Aquella casa abandonada (o sus restos) en la que entramos y nos topamos con uno de los mayores tesoros que chavales como nosotros podíamos encontrar allá por finales de los años ochenta: libros. Eso es lo único de aquella excursión de lo que me acuerdo con absoluta nitidez. Algunos en distintos estados de descomposición, pero muchos bien conservados. Tampoco soy capaz de recordar ni cuántos confiscamos ni cómo los llevamos de vuelta a casa de mis tíos. Sé que para mí aquel día fue muy especial, como si me hubiese tocado la lotería. Aún conservo algunos de esos libros en una de las cajas que tengo en el patio. Aventuras como esas. Quién sabe. Quizá nuestros hijos compartirán en el futuro alguna aventura que dentro de treinta años les vendrá a la cabeza como me ocurre ahora a mí.


Hubo más deja vus: mi primo haciéndonos reír durante los cafés como siempre hacía cuando era un mico; sólo faltaba mi hermano Carlos para hacerle los coros, ya que lo que no se le ocurría a uno se le ocurría al otro. También mi tía contó algún chiste, otra de esos hábitos que teníamos entonces y que alegraban nuestras sobremesas. Recuerdo intentar memorizar alguno de los que en el colegio escuchaba para luego soltarlo, con mayor o menor éxito, en aquellas reuniones del pasado. Una de las niñas de mi primo, todavía en esa edad en la que aceptan un libro como si de otro juguete se tratara, leyendo un volumen infantil de Anna Kadabra.

Pero como decía al principio, en esto del amor a las letras, aún queda esperanza ya que había también una joven escritora en aquella reunión que se prestó, incómoda y no sé si sintiéndose un poco obligada a ello, a dejarme leer un relato corto que había escrito y que, si no entendí mal, había sido galardonado con un premio literario en su instituto. Traté de sumergirme en la narración, a pesar de las conversaciones que en aquel salón se sucedían, con la ceremonia que estas cosas precisan. Si por mí hubiera sido, me habría encerrado en una habitación alejada del tumulto para llevar a cabo mi tarea con más calma. Aún así, pude comprobar en aquel texto la pasión por la literatura de Jimena, la hija de mi prima Ireide, una pasión que espero mantenga durante mucho tiempo porque le regalará, como ha hecho con todos nosotros, momentos mágicos que no le ofrecerá la realidad. Aprecié también el esfuerzo que a una niña de su edad le supone plasmar sobre un papel esas cosas que se remueven dentro de ti durante la primera adolescencia. La historia tenía su aquel y estaba muy bien escrita. Fue una experiencia entrañable que me hizo recordar a aquel que un día fui, enlazando versos y extrayendo de mi interior las historias que pedían ser escritas en la dulce soledad de mi habitación infantil.


Ay, si mis hijos leyesen. Ay, si también escribiesen. Les adoro y estoy tan orgulloso de ellos que no me cansaré nunca de decírselo sean cuales sean los méritos que en sus vidas vayan alcanzando, pero tengo la absoluta certeza de que si la literatura formase parte de su vida, tal y como lo hace en la de Jimena, me iban a sacar, con mi consentimiento y sin apenas esfuerzo, hasta los higadillos.

Palabra de padre todavía en prácticas, lector empedernido y escritor novato.

sábado, 11 de febrero de 2023

El valor de la amistad

Tuve la fortuna de recibir esta semana en mi casa la visita de una buena amiga a la que hacía años no veía. No me duelen prendas al afirmar que me ha hecho muchísima ilusión. De hecho, y de esto se va a enterar cuando lea esta entrada, me esmeré esa mañana en dejar la casa, dentro de lo que cabe, algo más recogida de lo habitual y, en previsión de que aparecería sobre las siete de la tarde, desde las cinco y media estuve revisando todo, asegurándome de que hubiese bebidas frías en la nevera, partí algo de queso, adecenté de nuevo el salón y de vez en cuando me asomaba a la terraza para ver si tendría plazas para aparcar en la calle. Lo cierto es que encontró sitio para dejar el coche sin demasiados problemas, algo complicado en mi barrio, y termino resultando su visita, además de amena, muy barata, dado que tan sólo tomó un vaso de agua, unas aceitunas y un poco de queso. Frugal que es la muchacha.

Sí, ya sé, un poco excesivos los preparativos, pensará alguno. O lo normal, pensarán otros. Pero es que para mí, en este caso, era algo sumamente excepcional, dado que me he transformado durante estos últimos meses en una especie de ermitaño que sale de su cueva a lo sumo dos o tres veces a la semana y que rara vez recibe visitas. Así que la de Andrea exigía por mi parte un poco de esfuerzo extra.


En primer lugar porque cuando reflexiono sobre lo que en su día compartimos, soy consciente de que ella siempre me ha bendecido con una amistad mucho más intensa y sincera que la que yo la he ofrecido a ella. Afirma que fui importante en un momento crítico de su vida y, aunque es cierto que me recuerdo a mí mismo hace unos años consolándola y aconsejándola, nunca he imaginado que mi apoyo fuese realmente tan determinante para ella. Confieso aquí con algo de vergüenza que no es justo culpar sólo a las circunstancias de mi vida reciente el haber descuidado mi relación, no sólo con ella, sino con otros muchos, sino también a una suerte de laxitud social que se apoderó de mí hace ya un tiempo y que hasta ahora no he sido capaz de revertir plenamente. Mea culpa, por lo tanto, el no haber atendido mejor los reclamos de su amistad.

En segundo lugar porque, aunque no dejo de recibir llamadas y mensajes a diario para interesarse por mi estado de salud y transmitirme cariño y apoyo, son muy pocas las personas cercanas que durante estos meses se han acercado a mi casa para charlar un rato. Quien me conoce sabe que este tipo de cosas no penalizan en mi balance de afectos, no son cosas que resten. Pero en el caso de Andrea, para mí, no sólo suma, sino que multiplica. Especialmente porque se desplazó desde Valdemoro un día laborable, tras finalizar su jornada ordinaria a las seis de la tarde y teniendo que incorporarse a su puesto de nuevo a las tres de la madrugada. ¿Cómo no me va a parecer poco lo que yo pudiese poner para ella sobre la mesa o que la casa no estuviese suficientemente ordenada?

Andrea y yo trabajamos juntos hace años y mi primera impresión fue que era excelente en lo laboral y de armas tomar en lo social. Del perfil de mi querida esposa, sí. Altamente cualificada, muy decidida, responsable y profesional de manera superlativa, pero con un genio difícil de controlar y una mirada de perdonavidas que echaba para atrás. Delegar en ella, aparte de ser una de las primeras recomendaciones que recibí cuando entré en el servicio en el que ella llevaba ya un tiempo trabajando, se convirtió pronto en una necesidad para mí. Si era Andrea la que se ocupaba de esto o aquello, por esa parte yo, como responsable del servicio, podía estar completamente tranquilo. El trabajo hizo que nos fuésemos conociendo mejor y descubrí que, detrás de esa fachada de dama de hierro, se escondía una joven dispuesta a luchar contra los molinos de viento que en el camino encontrase para conseguir llegar a ser la persona que deseaba ser, pero que también poseía una fina sensibilidad y un alto concepto del valor de la amistad.


Recuerdo con cariño los paseos que dábamos, después de comer, alrededor del edificio donde estaban ubicadas nuestras oficinas y las conversaciones que manteníamos sobre nuestras respectivas relaciones, el futuro laboral, mis hijos y cientos de temas menos trascendentales que nos terminaron uniendo de una forma más estrecha.

Hoy aquellas oficinas están cerradas y nuestros caminos se separaron hace ya un tiempo pero, aunque nunca perdimos el contacto en estos años, no ha sido hasta hoy que nos hemos vuelto a ver. Y espero estar a la altura, cuando me sienta mejor, poder devolverla el gesto de amistad que, aunque ella dirá que no es para tanto, hoy me ha regalado.

Gracias, Andrea.

jueves, 9 de febrero de 2023

Lo que la cancha nos da: un título con sabor agridulce

Cuando abandonas el Real Madrid, aunque sea para regresar a tu antiguo club, las cosas nunca son tan fáciles como puede parecer. Intentas convencerte de que hay otros caminos para alcanzar tus sueños deportivos, que en el baloncesto de Madrid no todo pasa por Valdebebas, pero en ti queda un poso de frustración, la sensación de haber retrocedido varias casillas en el tablero de juego. Debes lidiar con ello. Además debes adaptarte a un grupo que ya no es exactamente el que era cuando te fuiste: nuevos entrenadores, nuevas tácticas, algunos compañeros nuevos. Y por último están las expectativas que tu club deposita en ti. Porque de un descarte del Real Madrid se espera mucho, no en vano son numerosos los clubes de primera línea de cantera que intentan convencerte de que, con ellos, triunfarás. Todos estos pensamientos estuvieron rondando por mi cabeza aquel verano, tras la salida de Sergio del Madrid. Como siempre, él me hizo comprender que todo era mucho más sencillo, que presión era la que había sentido en cada entrenamiento y partido que disputó con la camiseta blanca. Que estaba de nuevo en casa y que eso era lo único que importaba.

A pesar de su optimista predisposición la temporada 2018-19 fue complicada para él. Le costó arrancar, tardó en recuperar antiguas sensaciones. No jugó con sus compañeros durante la primera fase, sino que lo hizo con los mayores, que defendían plaza en Oro. Más avanzada la competición alternaba con ambos grupos y finalmente, tanto a nivel personal como colectivo, se cumplieron los objetivos marcados. Lo que sí recuperó aquel año, y con esto termino en lo referente a Sergio, porque de Marcos hay mucho que contar, fue la sonrisa y la ilusión por jugar a su deporte favorito. Y eso, sin lugar a dudas, fue mucho más importante que cualquier título que hubiese conquistado.


Era a partir de esta temporada cuando les llegaba el turno a los pequeños de comenzar a protagonizar momentos inolvidables para ellos y, por supuesto, también para nosotros, sus padres y abuelos.

Para afrontar la temporada de alevin de primer año hubo varias incorporaciones que resultarían clave en el devenir de este equipo. Mira que habíamos tenido buenos entrenadores hasta aquel momento, pero del equipo se hizo cargo Ángel, que aunaba lo mejor de cada uno de ellos y aportó además un conocimiento profundo y una gestión espléndida de la cabeza de cada chaval. A su lado, además de David, que ya había sido segundo entrenador con Juanpe, se nos unió Jesús, un chaval muy joven que pronto se identificó con el espíritu que desde el primer día en benjamín caracterizaba a este grupo de chavales. Desde el principio nos dimos todos cuenta de que Jesús era un tipo muy especial que padecía serios problemas de salud que le impedían en ocasiones acompañar al equipo. Se incorporó también Hugo, un base muy bajito pero con una técnica descomunal. Venía de Arroyomolinos, donde se habían producido problemas internos que habían motivado la salida del club de varias familias. Estábamos listos para arrancar una nueva temporada y con ilusión por llegar, de una vez por todas, a disputar nuestro primer Día del Mini.


La primera fase de la competición, que nos enfrentaba a algunos de los mejores equipos de la competición, sirvió para potenciar nuestras habilidades y reconocer nuestras carencias. Era importante corregir errores porque veíamos que el grupo podía alcanzar, esta vez sí, el objetivo de llegar a las semifinales, pero ganar el campeonato se antojaba enormemente complicado viendo el nivel de Las Rozas (nos ganó los dos partidos) y, sobre todo, de Alcobendas, que se mostraba intratable en el otro grupo y que ya nos había derrotado por quince puntos en un amistoso en pretemporada.

Arrancábamos la segunda fase en el grupo Oro, lo que nos garantizaba jugar los playoffs, pero debíamos intentar obtener la mejor posición posible para tratar de evitar a Alcobendas hasta la final, ya que era el único equipo al que veíamos claramente superior. De hecho, el primer partido de la segunda fase fue precisamente contra ellos en Alcorcón y nos vapulearon por un claro 35-63. La cosa se complicó aún más la semana siguiente cuando perdimos por tres puntos contra unos viejos conocidos, Brains. A excepción de Alcobendas, la igualdad era máxima y acabamos aquella fase con un balance de cuatro victorias y seis derrotas. Los cruces estaban ya establecidos y, salvo que algo lo remediase, en caso de llegar a semifinales, estas se disputarían precisamente con aquellos a los que no queríamos encontrarnos.

Pero ocurrió algo en el ámbito extradeportivo que dejó marca en nuestros chicos, algo que todavía hoy, cuatro años después, creo que tienen bajo la piel, algo que en cierto modo hizo que se confabulasen para hacer algo grande aquel año. Durante el descanso de la Semana Santa, el jueves si no recuerdo mal, nos comunicaron que Jesús, aquel chico enfermo que sentía verdadera pasión por nuestros chavales y que tantos entrenamientos se había perdido debido al mal que padecía, había fallecido. Fueron días complicados en las casas de los "chinchetas", haciéndonos todos a la idea de que se había ido una de esas personas que se van tan jóvenes y dejando tantas cosas por hacer que resultaba complicado hacer comprender a los niños lo cruel que a veces es la vida. Muchos descubrieron en aquellos momentos que la muerte no era sólo cosa de los ancianos. Cuando volvimos a los entrenamientos, los niños lo hicieron con el semblante triste de quien ha perdido a un ser querido, pero también con la determinación de brindarle a Jesús los mejores partidos de sus vidas.



El cruce de octavos de final, contra Uros de Rivas, fue bastante sencillo y no tuvimos problemas, ganando ambos partidos con claridad, pero en cuartos nos esperaba un rival que, aunque había ido de más a menos en la temporada, nos había ganado dos de las cuatro veces que nos habíamos enfrentado a ellos aquella temporada, la última mes y medio antes: Menesianos, un equipo rocoso, aguerrido y con un par de jugadores muy talentosos que iban a constituir una prueba importante para demostrar que era nuestro momento de llegar a un día del Mini. Jugamos primero en su campo, una cancha complicada, con los padres a pie de pista, mucha presión. En un partido muy igualado nos logramos imponer por nueve puntos, lo que no dejaba sellada la eliminatoria, pero sí muy bien encarrilada para el día siguiente en Alcorcón. Y no les dimos opción: 85-61. Y, por fin, después de tres años buscándolo, estábamos en la fiesta del Mini. Si lo haríamos como finalistas o para luchar por la medalla de bronce estaba por decidir, pero lo habíamos conseguido.

Alcobendas era aquel año un auténtico rodillo. Algunos de sus jugadores ficharían después por el Real Madrid, tal era el nivel. No habían dado opción a ningún rival, llegaban imbatidos a las semifinales y contaban con jugadores de una grandísima calidad. Lo cierto es que yo no contaba con darles ninguna sorpresa, pero sí sabía que les competiríamos, que no íbamos a dejar que nos ganasen tan fácilmente. El primer partido se disputó en Alcorcón, dado que ellos tenían el factor campo a su favor por sus mejores resultados en fase regular. Fue un partido a cara de perro donde efectivamente les hicimos sudar de lo lindo. El marcador fue bajo y la diferencia final dejaba la eliminatoria aún abierta: 47-52. Teníamos que remontar cinco puntos ante el mejor equipo de la competición y en su cancha. Yo tan sólo confiaba en que compitiésemos lo mejor que pudiésemos. Pero Ángel, el entrenador, tenía un plan y los chicos una firme convicción en que la victoria, que querían brindar a Jesús, era posible.


En estos años que llevamos siguiendo a nuestros hijos por todas las canchas de Madrid, hemos vivido algunos momentos mágicos, inolvidables. El Campeonato de España Mini de Sergio, partidos contra Estudiantes de alto voltaje, la victoria ante Brains que luego no valió... Cuando aquella mañana nos dirigimos a Alcobendas no podíamos imaginar que nos encontrábamos a punto de vivir uno más, quizá el más bonito y meritorio de todos ellos. El partido fue intenso desde el primer momento, una gran rivalidad con las gradas cantando y aplaudiendo a rabiar. Ellos fueron siempre por delante, ampliando la ventaja que habían conseguido el día anterior en Alcorcón. No sé si fue un exceso de confianza, la presión desde nuestra grada, el trabajo que hicieron los chicos, el magnífico partido que hizo Hugo, ese base que habíamos traído de Arroyomolinos, o una combinación de todo ello. Pero cuando llegamos al último cuarto, lo hicimos empatados. Como al principio, tenían la ventaja de los cinco puntos del día anterior. Y entonces ellos cortocircuitaron... ante el asombro de todos los que allí estábamos nos pusimos por delante y terminamos ganando, no por cinco, sino por ocho puntos y clasificándonos para la final del Campeonato de Madrid. Espectacular. Irrepetible. Cánticos desde la grada, dedos al cielo recordando a Jesús, alguna lágrima por la emoción y mucha, mucha alegría.

Hubo aquel día un gesto de esos que desgraciadamente se ven poco, o menos de lo que yo desearía, y que a mí se me ha quedado grabado para siempre. Era ya casi la hora de comer y además aquello había que celebrarlo, de manera que nos dirigimos todos al McDonalds que hay al lado del pabellón. Allí, en otra zona del restaurante, algunos de los chicos de Alcobendas comían junto a sus padres, algo más cabizbajos que los nuestros, como era normal, pero en ningún caso hundidos o tristes. Eso ya habla de la grandeza de esos chavales en la derrota y de la educación que sus padres les estaban dando, pero lo que para mí resultó realmente emocionante fue que, una vez terminaron de comer, y creo que sin que nadie se lo dijese, se levantaron y vinieron a nuestra mesa para felicitar a aquellos que les habían derrotado en buena lid. Esa muestra de deportividad me caló muy hondo porque casi se me había olvidado, tras nuestro paso por el Madrid con Sergio, lo más importante que la cancha nos da: amigos en todas las plazas.


El subtítulo de esta entrada es "un título con sabor agridulce". Lo primero es porque ganamos el Campeonato de Madrid aquel año, vencimos con claridad en la final a Las Rozas. Lo segundo, lo de agridulce, no fue únicamente porque durante el transcurso de la temporada hubiésemos perdido a una persona importante para aquel grupo, sino porque se cometió un error en la planificación de aquel año que tuvo sus consecuencias. Generalmente un equipo tiene doce fichas porque ese es el número máximo de jugadores que se pueden presentar en un partido. Aquel año el grupo estaba compuesto por quince jugadores, lo que obligó al entrenador a realizar en cada partido tres descartes, algo que provocó controversias, especialmente cuando llegaron los playoffs, momentos en los que todos los jugadores quieren sin lugar a dudas participar, y especialmente en la final. Celebramos el título, por supuesto, pero algunos (y me incluyo por lo que ahora explicaré) no lo hicimos con el mejor ánimo. 

Marcos no era inicialmente uno de los descartes para la final, pero en aquel entonces él era un niño especialmente sensible a lo que se cocía fuera de la cancha, y anduvo los días previos lamentándose de que tres amigos, en concreto uno, Hugo Samu, no fuesen a participar en el partido. Creo que aquello le provocó una cierta ansiedad y el día del partido, ese esperado día del Mini, amaneció con gastroenteritis. Hicimos lo posible porque llegase a la hora del partido en condiciones, pero no lo conseguimos y él mismo, tras hablarlo con Ángel, decidió ceder su plaza a uno de sus compañeros no convocados. En lo personal aquello nos supuso un pequeño disgusto, pero lo más grave fue que esta situación, la de tener quince fichas, rompió muchas cosas en aquel grupo, y de hecho al año siguiente, como consecuencia de lo sucedido, hubo niños y padres que decidieron no continuar, por lo que comenzaba una nueva etapa para el grupo de chavales que desde Benjamín habían sido una piña.


De la final contra Las Rozas no hay mucho que contar. Fuimos por delante en el marcador durante todo el partido y en ningún momento permitimos que ellos pudiesen aspirar a algo más que la medalla de plata. El equipo pudo rendir a Jesús el homenaje que se merecía y, por fin, fuimos Campeones de Madrid.









martes, 7 de febrero de 2023

Cuatro meses después

Empecé a escribir cuando era bastante joven. Creo que la época mayor producción literaria se desarrolló en mi caso entre los diez y los dieciséis años, aunque posiblemente sea mi madre quien, si hoy el día está despejado, quizá pueda recordarlo mejor que yo. Siempre se sintió muy orgullosa y admiró esa capacidad mía, incluso sospecho que llegó a fantasear con algo grande para mí en el ámbito de las letras. Creo, de hecho, que aún lo espera. 

En aquel entonces escribía mis textos a bolígrafo en un cuaderno, para luego transcribirlos a folios en blanco mediante una vieja máquina de escribir que teníamos en casa. Andan todavía por aquí, en algún cajón de mi casa, escondidos y plastificados en un único volumen. Compartir todo aquello era algo muy íntimo, personal y arriesgado, dado que no era más que papel y resultaba fácil que se perdiese. En aquella época la informática daba sus primeros pasos y eran pocos los que disponían de un ordenador. Casi nadie leyó aquellas historias y aquellas poesías. Pero no me importaba, ya que escribía para mí, para nadie más.

El propósito principal de este blog, como ya comenté cuando lo puse en marcha hace hoy cuatro meses, era recuperar aquellas sensaciones. Volver a escribir por darme ese gusto, dado que siempre encontré en las letras tranquilidad y alivio. También porque lo necesitaba en un momento complejo de mi vida en el que aún ando sumergido.  Pero también pensé que lo que yo tuviera que contar podría interesarle a alguien más y por eso, en vez de almacenarlo en el disco local de mi ordenador, decidí lanzarlo al mundo a través de la tecnología Blogger. Y resultó que había gente a la que le apetecía leerme. Gente que, desde el primer momento, añadía algún comentario en el blog o, lo más común, porque muchos no han localizado la opción "COMENTAR" o han preferido que la cosa quedase entre ellos y yo, que me escribía por whatsapp para decirme cuánto le había gustado tal o cual texto. Así que, en atención a esos fieles seguidores, comencé a anunciar en redes mis entradas cada vez que publicaba una nueva para que les resultase más fácil llegar a la web. Pero sigo escribiendo para mí, no para los demás. No voy a negar que es tremendamente satisfactorio saber que alguien te lee, que a uno le tienta la idea de buscar maneras de llegar a más gente y obtener un mayor reconocimiento. Diré que estoy muy agradecido a quienes os tomáis la molestia de dedicar unos minutos a escuchar lo que a través de estas líneas cuento. Y emocionado por las palabras de algunos. Pero mi objetivo sigue siendo el mismo que al principio: escribir por y para mí. Es mi ventana al mundo en estos tiempos en que vivo más en una cueva que en la vida real. Necesito escribir más que el hecho de que me lean. Necesito utilizar mi voz.


Entre otras muchas funciones, Blogger ofrece la posibilidad de analizar las estadísticas relativas al blog. Cuántas visitas recibe la web, qué entradas son las más leidas, desde qué tipo de dispositivo acceden... me es imposible saber quién lee concretamente un determinado texto, por lo que si alguien lo hace por compromiso o solidaridad puede dejar de hacerlo, ya que yo no me enteraré de su deserción. Admito que al principio no le prestaba demasiada atención al análisis de estos datos, ya que, tal y como he dicho, no es mi propósito captar adeptos o aumentar mi número se seguidores. Pero, cuando llevaba ya publicadas diez o quince entradas, me empezó a picar la curiosidad. Ya sabéis, soy el chico de las listas. Y he continuado revisando periódicamente esos datos para ver cómo se reciben mis publicaciones. Sé que esto no conjuga muy bien con mi propósito inicial, pero en este caso gana mi afición por la estadística.

Han pasado cuatro meses y observo que he publicado ya, en el momento que escribo estas líneas, casi medio centenar de entradas. No esperaba, al comenzar esta aventura, publicar con tanta frecuencia, pero las ideas me asaltan tres o cuatro veces al día y cada mañana le dedico un par de horas a escribir. De hecho, tengo ya en la recámara otra veintena de textos que iré compartiendo próximamente. El blog ha recibido más de dos mil quiniesntas visitas desde que lo abrí, dato que me tiene completamente alucinado. No se me escapa que un alto porcentaje de esas visitas son las realizadas por aquellos que más te quieren, es decir, tu mujer y tus padres, que habrán leído y releído algún texto cuatro o cinco veces, pero aún así, estoy gratamente sorprendido. Tengo la suerte de contar con treinta y un seguidores, y me consta que si no hay más, es porque no saben cómo hacer para figurar como tales. Mis anuncios en redes de los nuevos textos rondan las cuarenta visualizaciones de media. En este sentido combato con el problema de que tanto Facebook como Instagram prohiben compartir enlaces a páginas como esta y me suelen eliminar la historia pocas horas después de subirlas, pero estoy buscando la manera de superar este obstáculo.

En cuanto a las entradas más leídas, las más populares son El negociador, algo que se explica, sin ser mi creación más lograda, porque compartí de manera más personalizada el texto con antiguos compañeros de trabajo por estar el mismo dedicado a ellos; Amarraditos los dos, la historia de amor de mis abuelos maternos, que me consta mi familia ha leído y compartido varias veces, y ¿Por qué este blog?, algo que también tiene su justificación por el hecho de ser el primer texto que publiqué y por lo tanto la novedad generó cierta expectación. Los artículos de la serie Lo que la cancha nos da tienen también buena acogida, como los dedicados a comentar mis ideas y experiencias con mis hijos adolescentes.


Algo que me ha llamado mucho la atención es que, por el número de visitas y whatsapp que recibo tras la publicación de algunas historias, he descubierto que a veces provoco que a algunos se les escape una lagrimilla. Pocos me escriben para decirme cuánto se han reído con cierta anécdota o cuánto les ha dado que pensar ese razonamiento que he compartido. Sin embargo, la mayoría de los comentarios que recibo son "cómo he llorado", "me he emocionado" o "me ha tocado el corazón". Y aunque mi intención no es esa, la de poner triste a nadie, admito que encuentro cierta satisfacción cuando veo que soy capaz, mediante la palabra escrita, de llegar a las personas y remover durante unos segundos, sus emociones.

Aquí seguiré, espero que durante mucho tiempo, disfrutando de la paz que escribir y contar historias me proporciona en esta fase tan extraña de mi vida y agradecido por todos aquellos que empleáis parte de vuestro tiempo en leerme.

Muchas gracias a todos.

 

Los motivos de este blog

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