lunes, 27 de febrero de 2023
La novela que aún no he escrito
viernes, 24 de febrero de 2023
La peor noche de mi vida
miércoles, 22 de febrero de 2023
Dracarys y la bandera española
lunes, 20 de febrero de 2023
Padres primerizos
sábado, 18 de febrero de 2023
El Doctor Jeckyll y Mr. Hyde
La víspera de Reyes del año 1886, Robert Louis Stevenson, que ya se había hecho famoso en toda Gran Bretaña pocos años antes con La isla del tesoro, publicó un relato corto llamado El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde en el que un abogado investiga la posible relación entre un viejo amigo científico y un criminal que campa a sus anchas por la ciudad cometiendo las mayores atrocidades. Esta novela sienta las bases de lo que años después, en psiquiatría, se conocería como el trastorno disociativo de la identidad o trastorno de personalidad múltiple. Pero no es de psicología de lo que hoy quiero hablar, aunque me servirá para sostener mi argumento, sino de, una vez más, nuestros hijos.
Yo no sé si ocurrirá en todos los hogares, pero lo que sucede en el mío cuando cualquiera de mis angelicales criaturas agarran el mando y se sientan frente a la televisión para jugar a la consola me plantea una disyuntiva complicada: ¿la desconecto o llamo a un exorcista?
Tal y como el Dr. Jekyll se transformaba en el malvado señor Hyde tras consumir una pócima de su invención, así mis hijos, especialmente el pequeño, se convierten en gárgolas malhabladas y de trato arisco cuando dedican su tiempo a la Playstation. Decirles que se supone que es esa una actividad para entretenerse y relajarse es como nombrar a la bicha, inmediatamente te conviertes en el centro de sus iras. El mero hecho de pasar a su lado y recordarles que tienen que bajar la basura o que en media hora nos vamos a comer a casa de sus abuelos recibe como respuesta, en el mejor de los casos, un gruñido gutural y espeluznante. Eso por no hablar de las lindezas que les dedican a voz en grito a sus rivales como si fuesen hooligans ingleses absolutamente embolingados.
Recientemente Marcos, de la rabia que se apoderó de él al perder un partido o ser castigado con un penalty en contra en el Fifa23, vete tú a saber, pegó tal golpe contra el mural del salón que rompió uno de los cristales del mueble. El muy cachondo se protege preguntándonos que a ver quién tiene en el bloque un mueble tuneado como el nuestro.
Y es que resulta que nosotros tenemos la consola en el salón, lugar de paso frecuente para toda la familia. Esto compromete también la televisión principal de la casa, lo que los fines de semana, que es cuando están autorizados a jugar, hace que se produzcan situaciones conflictivas si queremos ver, por ejemplo, una película. Les cuesta entender que no es que nosotros les echemos del salón, sino que se acabó el período de concesión de ese espacio que nosotros, como propietarios de la casa, les otorgamos.
Anda por lo tanto Marcos exigiendo que reformemos su dormitorio para disponer de su propia tele y Playstation, algo a lo que, por razones logísticas en primer lugar y por motivos de salud mental en segundo, nos negamos en redondo. Emplea las más sutiles estrategias para alcanzar su objetivo y parece que no se rendirá en su propósito pese a que le hemos dejado claro que lo solicitado nunca le será concedido. Pero ahí continua, intentando beneficiarse de esas ocasiones en que nos ve con la guardia baja, a veces provocadas por él mismo mediante zalamerías y caricias.
Así que la alusión al célebre personaje de Stevenson cobra todo su sentido porque mis hijos son entre semana unos para convertirse, consola mediante, en otros muy diferentes los sábados y domingos. Y eso por no hablar de las vacaciones, cuando el salón de mi casa se transforma en el gallinero de un estadio de fútbol o baloncesto y nos toca a nosotros convertirnos en los malos de la película intentando hacerles comprender que son víctimas de la más sutil clase de brujería y que el mundo que tienen que descubrir, que necesitan descubrir, está sólo a unos pasos de ellos, justo al otro lado de la puerta.
martes, 14 de febrero de 2023
La partida de dardos
lunes, 13 de febrero de 2023
La joven escritora
sábado, 11 de febrero de 2023
El valor de la amistad
jueves, 9 de febrero de 2023
Lo que la cancha nos da: un título con sabor agridulce
La primera fase de la competición, que nos enfrentaba a algunos de los mejores equipos de la competición, sirvió para potenciar nuestras habilidades y reconocer nuestras carencias. Era importante corregir errores porque veíamos que el grupo podía alcanzar, esta vez sí, el objetivo de llegar a las semifinales, pero ganar el campeonato se antojaba enormemente complicado viendo el nivel de Las Rozas (nos ganó los dos partidos) y, sobre todo, de Alcobendas, que se mostraba intratable en el otro grupo y que ya nos había derrotado por quince puntos en un amistoso en pretemporada.
En estos años que llevamos siguiendo a nuestros hijos por todas las canchas de Madrid, hemos vivido algunos momentos mágicos, inolvidables. El Campeonato de España Mini de Sergio, partidos contra Estudiantes de alto voltaje, la victoria ante Brains que luego no valió... Cuando aquella mañana nos dirigimos a Alcobendas no podíamos imaginar que nos encontrábamos a punto de vivir uno más, quizá el más bonito y meritorio de todos ellos. El partido fue intenso desde el primer momento, una gran rivalidad con las gradas cantando y aplaudiendo a rabiar. Ellos fueron siempre por delante, ampliando la ventaja que habían conseguido el día anterior en Alcorcón. No sé si fue un exceso de confianza, la presión desde nuestra grada, el trabajo que hicieron los chicos, el magnífico partido que hizo Hugo, ese base que habíamos traído de Arroyomolinos, o una combinación de todo ello. Pero cuando llegamos al último cuarto, lo hicimos empatados. Como al principio, tenían la ventaja de los cinco puntos del día anterior. Y entonces ellos cortocircuitaron... ante el asombro de todos los que allí estábamos nos pusimos por delante y terminamos ganando, no por cinco, sino por ocho puntos y clasificándonos para la final del Campeonato de Madrid. Espectacular. Irrepetible. Cánticos desde la grada, dedos al cielo recordando a Jesús, alguna lágrima por la emoción y mucha, mucha alegría.
El subtítulo de esta entrada es "un título con sabor agridulce". Lo primero es porque ganamos el Campeonato de Madrid aquel año, vencimos con claridad en la final a Las Rozas. Lo segundo, lo de agridulce, no fue únicamente porque durante el transcurso de la temporada hubiésemos perdido a una persona importante para aquel grupo, sino porque se cometió un error en la planificación de aquel año que tuvo sus consecuencias. Generalmente un equipo tiene doce fichas porque ese es el número máximo de jugadores que se pueden presentar en un partido. Aquel año el grupo estaba compuesto por quince jugadores, lo que obligó al entrenador a realizar en cada partido tres descartes, algo que provocó controversias, especialmente cuando llegaron los playoffs, momentos en los que todos los jugadores quieren sin lugar a dudas participar, y especialmente en la final. Celebramos el título, por supuesto, pero algunos (y me incluyo por lo que ahora explicaré) no lo hicimos con el mejor ánimo.
De la final contra Las Rozas no hay mucho que contar. Fuimos por delante en el marcador durante todo el partido y en ningún momento permitimos que ellos pudiesen aspirar a algo más que la medalla de plata. El equipo pudo rendir a Jesús el homenaje que se merecía y, por fin, fuimos Campeones de Madrid.
martes, 7 de febrero de 2023
Cuatro meses después
Empecé a escribir cuando era bastante joven. Creo que la época mayor producción literaria se desarrolló en mi caso entre los diez y los dieciséis años, aunque posiblemente sea mi madre quien, si hoy el día está despejado, quizá pueda recordarlo mejor que yo. Siempre se sintió muy orgullosa y admiró esa capacidad mía, incluso sospecho que llegó a fantasear con algo grande para mí en el ámbito de las letras. Creo, de hecho, que aún lo espera.
En aquel entonces escribía mis textos a bolígrafo en un cuaderno, para luego transcribirlos a folios en blanco mediante una vieja máquina de escribir que teníamos en casa. Andan todavía por aquí, en algún cajón de mi casa, escondidos y plastificados en un único volumen. Compartir todo aquello era algo muy íntimo, personal y arriesgado, dado que no era más que papel y resultaba fácil que se perdiese. En aquella época la informática daba sus primeros pasos y eran pocos los que disponían de un ordenador. Casi nadie leyó aquellas historias y aquellas poesías. Pero no me importaba, ya que escribía para mí, para nadie más.
El propósito principal de este blog, como ya comenté cuando lo puse en marcha hace hoy cuatro meses, era recuperar aquellas sensaciones. Volver a escribir por darme ese gusto, dado que siempre encontré en las letras tranquilidad y alivio. También porque lo necesitaba en un momento complejo de mi vida en el que aún ando sumergido. Pero también pensé que lo que yo tuviera que contar podría interesarle a alguien más y por eso, en vez de almacenarlo en el disco local de mi ordenador, decidí lanzarlo al mundo a través de la tecnología Blogger. Y resultó que había gente a la que le apetecía leerme. Gente que, desde el primer momento, añadía algún comentario en el blog o, lo más común, porque muchos no han localizado la opción "COMENTAR" o han preferido que la cosa quedase entre ellos y yo, que me escribía por whatsapp para decirme cuánto le había gustado tal o cual texto. Así que, en atención a esos fieles seguidores, comencé a anunciar en redes mis entradas cada vez que publicaba una nueva para que les resultase más fácil llegar a la web. Pero sigo escribiendo para mí, no para los demás. No voy a negar que es tremendamente satisfactorio saber que alguien te lee, que a uno le tienta la idea de buscar maneras de llegar a más gente y obtener un mayor reconocimiento. Diré que estoy muy agradecido a quienes os tomáis la molestia de dedicar unos minutos a escuchar lo que a través de estas líneas cuento. Y emocionado por las palabras de algunos. Pero mi objetivo sigue siendo el mismo que al principio: escribir por y para mí. Es mi ventana al mundo en estos tiempos en que vivo más en una cueva que en la vida real. Necesito escribir más que el hecho de que me lean. Necesito utilizar mi voz.
Entre otras muchas funciones, Blogger ofrece la posibilidad de analizar las estadísticas relativas al blog. Cuántas visitas recibe la web, qué entradas son las más leidas, desde qué tipo de dispositivo acceden... me es imposible saber quién lee concretamente un determinado texto, por lo que si alguien lo hace por compromiso o solidaridad puede dejar de hacerlo, ya que yo no me enteraré de su deserción. Admito que al principio no le prestaba demasiada atención al análisis de estos datos, ya que, tal y como he dicho, no es mi propósito captar adeptos o aumentar mi número se seguidores. Pero, cuando llevaba ya publicadas diez o quince entradas, me empezó a picar la curiosidad. Ya sabéis, soy el chico de las listas. Y he continuado revisando periódicamente esos datos para ver cómo se reciben mis publicaciones. Sé que esto no conjuga muy bien con mi propósito inicial, pero en este caso gana mi afición por la estadística.
Han pasado cuatro meses y observo que he publicado ya, en el momento que escribo estas líneas, casi medio centenar de entradas. No esperaba, al comenzar esta aventura, publicar con tanta frecuencia, pero las ideas me asaltan tres o cuatro veces al día y cada mañana le dedico un par de horas a escribir. De hecho, tengo ya en la recámara otra veintena de textos que iré compartiendo próximamente. El blog ha recibido más de dos mil quiniesntas visitas desde que lo abrí, dato que me tiene completamente alucinado. No se me escapa que un alto porcentaje de esas visitas son las realizadas por aquellos que más te quieren, es decir, tu mujer y tus padres, que habrán leído y releído algún texto cuatro o cinco veces, pero aún así, estoy gratamente sorprendido. Tengo la suerte de contar con treinta y un seguidores, y me consta que si no hay más, es porque no saben cómo hacer para figurar como tales. Mis anuncios en redes de los nuevos textos rondan las cuarenta visualizaciones de media. En este sentido combato con el problema de que tanto Facebook como Instagram prohiben compartir enlaces a páginas como esta y me suelen eliminar la historia pocas horas después de subirlas, pero estoy buscando la manera de superar este obstáculo.
En cuanto a las entradas más leídas, las más populares son El negociador, algo que se explica, sin ser mi creación más lograda, porque compartí de manera más personalizada el texto con antiguos compañeros de trabajo por estar el mismo dedicado a ellos; Amarraditos los dos, la historia de amor de mis abuelos maternos, que me consta mi familia ha leído y compartido varias veces, y ¿Por qué este blog?, algo que también tiene su justificación por el hecho de ser el primer texto que publiqué y por lo tanto la novedad generó cierta expectación. Los artículos de la serie Lo que la cancha nos da tienen también buena acogida, como los dedicados a comentar mis ideas y experiencias con mis hijos adolescentes.
Aquí seguiré, espero que durante mucho tiempo, disfrutando de la paz que escribir y contar historias me proporciona en esta fase tan extraña de mi vida y agradecido por todos aquellos que empleáis parte de vuestro tiempo en leerme.
Muchas gracias a todos.
Los motivos de este blog
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Llevo tres meses resistiéndome a abandonar este espacio virtual en el que acostumbro - por desgracia cada vez con menor frecuencia - a vomit...
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Después de todo, aquella chica no consiguió, pese a sus inconmensurables esfuerzos y su perpetua constancia, obtener la nota media exigida p...









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