Hay noticias que leemos en prensa o que vemos en los telediarios sobre las que pasamos de puntillas sin prestar ninguna atención porque lo que en ellas se narra no se alinea con nuestros intereses o simplemente porque sucede a miles de kilómetros (físicos y abstractos) de nuestras vidas. Por ejemplo, mi cuñada más joven y su marido, que tienen un niño de tres años y otra en camino, seguramente se pararán hoy en día a leer con detenimiento cualquier artículo sobre maternidad o sobre las ayudas de Hacienda por nacimiento de hijos. Artículos en los que yo, por mis circunstancias personales, no me detendré, ya que mi tiempo de criar hijos, aunque aún continúe educándoles, ya pasó.
Por eso la mayoría de los que hayáis visto este pequeño reportaje sobre la vida de los teleoperadores que ha publicado el diario El Mundo no os habréis detenido a leerlo con calma. Pero yo no puedo dejar de recomendarlo, no sólo porque haya ejercido esa profesión durante veinte años, sino también porque lo que en él se retrata, además de ser verídico, me parece sumamente interesante.
Mucha gente me ha dicho o dado a entender en algún momento de mi carrera laboral en el sector que no me podía quejar: todo el día sentado, hablando con la gente por teléfono, sin tener que hacer grandes esfuerzos físicos o mentales, etc. Y yo siempre he admitido que sí, que no es ni mucho menos como trabajar en una mina o ser broker en Wall Street. De hecho, he empleado ese mismo argumento frente a gente que dependía de mí y que vomitaba encima de mi mesa su hartazgo y su falta de motivación. Pero, ojo, a muchos de los que me decían esas cosas me habría gustado hacerles un hueco en un Call Center y tenerles una semana cogiendo llamadas. A ver si opinaban lo mismo al llegar el viernes.
Y por ello no me sorprenden ni me escandalizan las cosas que cuentan en estas líneas las chicas del cable con las que el redactor ha conversado.
Os contaré un anécdota que a algunos les parecerá graciosa. En uno de los servicios en los que trabajé, que estaba operativo las veinticuatro horas del día durante los trescientos sesenta y cinco días del año, recibíamos, todos los sábados por la mañana entre las ocho y las once de la mañana, varias llamadas de un personaje que se masturbaba escuchando la voz de las chicas que le atendían. Dado que el individuo no las insultaba ("tú sigue hablando", era lo único que decía entre jadeos), técnicamente no podíamos colgar esa llamada y se producían distintas situaciones en función de quién la atendiese. Estaba, por ejemplo, la chica joven recién incorporada, primer trabajo y propósito de hacerlo todo bien sin cometer errores, que se sonrojaba hasta las orejas o se echaba a llorar al comprobar lo que su interlocutor hacía y buscaba con mirada desesperada al coordinador de turno para ver cómo comportarse ante semejante asquerosidad. Luego estaba la reivindicativa que alegaba que, aunque no la estuviesen insultando, la estaban faltando al respeto y colgaba la llamada sin miramientos. La mayoría de ellas, veteranas ya en estas lides y que habían memorizado el número en cuestión desde el que se producían estas llamadas, me pedían directamente que atendiese yo al caballero para evitar situaciones incómodas, dado que ante una voz masculina, el individuo se retraía y acababa colgando. Pero luego había una operadora que le seguía el juego. No le alentaba ni le susurraba obscenidades, ni mucho menos, pero se ponía a contarle, con voz sensual, el argumento del libro que estaba leyendo o de la última excursión que hizo con amigos a la sierra. Todo muy inocuo. Hasta que el hombre quedaba satisfecho, daba las gracias muy educadamente y colgaba. Cuando le preguntábamos por qué no sólo toleraba eso, sino que además lo alimentaba, nos decía muy seria: "porque aquí sólo llama gente cabreada que no hace más que insultarme y que nunca se conforma con las soluciones que le ofrezco; para uno al que puedo complacer...". Un detalle aún más curioso es que el número al que este y otros personajes de similar catadura llamaban no era gratuito.
Porque al final, incluso el que más reniega de encontrarse, con una licenciatura y un máster bajo el brazo, trabajando en una plataforma telefónica de estas características y cobrando aproximadamente el salario mínimo interprofesional, siente una honda satisfacción cuando proporciona a su interlocutor una solución acorde con las expectativas que tenía al marcar nuestro teléfono. Si un agente atiende sesenta llamadas al día y en dos o tres logra solventar el problema del cliente y que este finalice la llamada agradeciendo el servicio prestado, es en muchos casos motivo suficiente para que esa persona regrese a su casa con la sensación de haber prestado un servicio útil y necesario.
Pero desgraciadamente lo habitual no es esto. Los ataques de ansiedad son el pan nuestro de cada día en estas plataformas. Semana sí, semana también, alguna operadora (u operador) se te derrumba porque el ritmo y volumen de llamadas es asfixiante y porque en la mayoría de ellas eres insultado y maltratado.
Cuando un cliente llama a un Contact Center lo hace con la esperanza de que la llamada sea rápida y, sobre todo, con que le den la solución que él ya tiene en mente. Lo primero no suele ser técnicamente posible, dado que antes de ser atendido por un especialista, tendrá que lidiar con una locución robotizada que ayudará al sistema a dirigir la llamada hacia el departamento correcto. En muchas ocasiones, cuando el operador saluda al cliente, este ya está escupiendo sapos y culebras por el tiempo que lleva en línea sin ser atendido por una voz humana. No contribuirá a tranquilizarle el hecho de que el teleoperador tenga que registrar toda la información en un aplicativo concreto, buscar en una base de datos de procedimientos las instrucciones a ofrecer, codificar la llamada y en algunos casos someter al cliente a una encuesta. Y en la mayoría de las ocasiones, la solución aportada no satisfará las expectativas previas. Por ello en el noventa por ciento de las ocasiones el agente, que ha descolgado la llamada con la intención de ayudar en lo que pueda, acabará vilipendiado y con el rabo entre las piernas. Y eso sólo en las campañas de recepción. Qué decir de las de emisión. Por todo ello no es sorprendente que muchos profesionales del telemarketing inicien su jornada "dopados" o se tomen alguna pastilla para aguantar durante la misma, tal y como se describe en el artículo. Es este un mundo donde las bajas médicas por ansiedad son cotidianas y donde la rotación de trabajadores es de las más elevadas, dado que muy pocos soportan lo que ahí se aguanta.
Atender a una persona anciana puede ser la más gratificante de las experiencias, pero también de las más deprimentes y asfixiantes. Generalmente se trata de personas solitarias que se han quedado rezagadas en un mundo en el que la tecnología cada día avanza más rápidamente. Acostumbran a tratar al teleoperador con una educación exquisita y, en caso de que su incidencia quede resuelta durante la llamada, muestran un agradecimiento tan sincero que el agente que les atiende puede llegar a emocionarse al no ser el escenario habitual. Sin embargo, en ocasiones los procedimientos a seguir por el profesional son tan rígidos que es el cliente quien se echa a llorar porque no es capaz de entender lo que se le está explicando o porque la solución aportada implica utilizar páginas web o aplicaciones móviles sobre las que no tiene ningún conocimiento. En estos casos el especialista telefónico se enfrenta al conflicto de ayudar al cliente saltándose los protocolos o respetarlos y dejar a ese pobre abuelo igual de perdido de lo que ya se encontraba. Muchos de ellos, arrastrados por la corriente de confianza que ellos mismos pretenden generar con su interlocutor, te cuentan sus problemas personales y alargan la llamada, generando ansiedad en el teleoperador, que estaría encantado de escucharle durante horas, pero a quien ya el controller le está preguntando por el chat interno qué pasa con esa llamada, que llevas diez minutos con el caballero.
En todos y cada uno de los servicios en los que he desarrollado mis funciones, ya fuese en el ámbito informático, financiero o incluso hostelero, el mantra que los teleoperadores nos repetimos con mucha frecuencia es el mismo: somos el teléfono de la Esperanza. Tal vez por eso, cuando se desató la pandemia, fuimos más necesarios que nunca y se nos declaró servicio de primera necesidad. Tal vez.
Las cosas han cambiado mucho tras el Covid. Tanto que hasta se está por fin promoviendo una nueva Ley de Atención al Cliente que confiamos pondrá un poco de orden en este inframundo que constituyen los Call Centers y en el que hay una población de más de setenta mil profesionales con un talento tal para la comunicación y la negociación que si yo mañana montase una empresa propia, no dudaría en buscar entre todos ellos a los empleados que conformarían mi plantilla.
Sin lugar a dudas.

























