sábado, 29 de abril de 2023

El teléfono de la Esperanza

Hay noticias que leemos en prensa o que vemos en los telediarios sobre las que pasamos de puntillas sin prestar ninguna atención porque lo que en ellas se narra no se alinea con nuestros intereses o simplemente porque sucede a miles de kilómetros (físicos y abstractos) de nuestras vidas. Por ejemplo, mi cuñada más joven y su marido, que tienen un niño de tres años y otra en camino, seguramente se pararán hoy en día a leer con detenimiento cualquier artículo sobre maternidad o sobre las ayudas de Hacienda por nacimiento de hijos. Artículos en los que yo, por mis circunstancias personales, no me detendré, ya que mi tiempo de criar hijos, aunque aún continúe educándoles, ya pasó.


Por eso la mayoría de los que hayáis visto este pequeño reportaje sobre la vida de los teleoperadores que ha publicado el diario El Mundo no os habréis detenido a leerlo con calma. Pero yo no puedo dejar de recomendarlo, no sólo porque haya ejercido esa profesión durante veinte años, sino también porque lo que en él se retrata, además de ser verídico, me parece sumamente interesante.


Mucha gente me ha dicho o dado a entender en algún momento de mi carrera laboral en el sector que no me podía quejar: todo el día sentado, hablando con la gente por teléfono, sin tener que hacer grandes esfuerzos físicos o mentales, etc. Y yo siempre he admitido que sí, que no es ni mucho menos como trabajar en una mina o ser broker en Wall Street. De hecho, he empleado ese mismo argumento frente a gente que dependía de mí y que vomitaba encima de mi mesa su hartazgo y su falta de motivación. Pero, ojo, a muchos de los que me decían esas cosas me habría gustado hacerles un hueco en un Call Center y tenerles una semana cogiendo llamadas. A ver si opinaban lo mismo al llegar el viernes.

Y por ello no me sorprenden ni me escandalizan las cosas que cuentan en estas líneas las chicas del cable con las que el redactor ha conversado.

Os contaré un anécdota que a algunos les parecerá graciosa. En uno de los servicios en los que trabajé, que estaba operativo las veinticuatro horas del día durante los trescientos sesenta y cinco días del año, recibíamos, todos los sábados por la mañana entre las ocho y las once de la mañana, varias llamadas de un personaje que se masturbaba escuchando la voz de las chicas que le atendían. Dado que el individuo no las insultaba ("tú sigue hablando", era lo único que decía entre jadeos), técnicamente no podíamos colgar esa llamada y se producían distintas situaciones en función de quién la atendiese. Estaba, por ejemplo, la chica joven recién incorporada, primer trabajo y propósito de hacerlo todo bien sin cometer errores, que se sonrojaba hasta las orejas o se echaba a llorar al comprobar lo que su interlocutor hacía y buscaba con mirada desesperada al coordinador de turno para ver cómo comportarse ante semejante asquerosidad. Luego estaba la reivindicativa que alegaba que, aunque no la estuviesen insultando, la estaban faltando al respeto y colgaba la llamada sin miramientos. La mayoría de ellas, veteranas ya en estas lides y que habían memorizado el número en cuestión desde el que se producían estas llamadas, me pedían directamente que atendiese yo al caballero para evitar situaciones incómodas, dado que ante una voz masculina, el individuo se retraía y acababa colgando. Pero luego había una operadora que le seguía el juego. No le alentaba ni le susurraba obscenidades, ni mucho menos, pero se ponía a contarle, con voz sensual, el argumento del libro que estaba leyendo o de la última excursión que hizo con amigos a la sierra. Todo muy inocuo. Hasta que el hombre quedaba satisfecho, daba las gracias muy educadamente y colgaba. Cuando le preguntábamos por qué no sólo toleraba eso, sino que además lo alimentaba, nos decía muy seria: "porque aquí sólo llama gente cabreada que no hace más que insultarme y que nunca se conforma con las soluciones que le ofrezco; para uno al que puedo complacer...". Un detalle aún más curioso es que el número al que este y otros personajes de similar catadura llamaban no era gratuito.


Porque al final, incluso el que más reniega de encontrarse, con una licenciatura y un máster bajo el brazo,  trabajando en una plataforma telefónica de estas características y cobrando aproximadamente el salario mínimo interprofesional, siente una honda satisfacción cuando proporciona a su interlocutor una solución acorde con las expectativas que tenía al marcar nuestro teléfono. Si un agente atiende sesenta llamadas al día y en dos o tres logra solventar el problema del cliente y que este finalice la llamada agradeciendo el servicio prestado, es en muchos casos motivo suficiente para que esa persona regrese a su casa con la sensación de haber prestado un servicio útil y necesario.

Pero desgraciadamente lo habitual no es esto.  Los ataques de ansiedad son el pan nuestro de cada día en estas plataformas. Semana sí, semana también, alguna operadora (u operador) se te derrumba porque el ritmo y volumen de llamadas es asfixiante y porque en la mayoría de ellas eres insultado y maltratado. 

Cuando un cliente llama a un Contact Center lo hace con la esperanza de que la llamada sea rápida y, sobre todo, con que le den la solución que él ya tiene en mente. Lo primero no suele ser técnicamente posible, dado que antes de ser atendido por un especialista, tendrá que lidiar con una locución robotizada que ayudará al sistema a dirigir la llamada hacia el departamento correcto. En muchas ocasiones, cuando el operador saluda al cliente, este ya está escupiendo sapos y culebras por el tiempo que lleva en línea sin ser atendido por una voz humana. No contribuirá a tranquilizarle el hecho de que el teleoperador tenga que registrar toda la información en un aplicativo concreto, buscar en una base de datos de procedimientos las instrucciones a ofrecer, codificar la llamada y en algunos casos someter al cliente a una encuesta. Y en la mayoría de las ocasiones, la solución aportada no satisfará las expectativas previas. Por ello en el noventa por ciento de las ocasiones el agente, que ha descolgado la llamada con la intención de ayudar en lo que pueda, acabará vilipendiado y con el rabo entre las piernas. Y eso sólo en las campañas de recepción. Qué decir de las de emisión. Por todo ello no es sorprendente que muchos profesionales del telemarketing inicien su jornada "dopados" o se tomen alguna pastilla para aguantar durante la misma, tal y como se describe en el artículo. Es este un mundo donde las bajas médicas por ansiedad son cotidianas y donde la rotación de trabajadores es de las más elevadas, dado que muy pocos soportan lo que ahí se aguanta.


Atender a una persona anciana puede ser la más gratificante de las experiencias, pero también de las más deprimentes y asfixiantes. Generalmente se trata de personas solitarias que se han quedado rezagadas en un mundo en el que la tecnología cada día avanza más rápidamente. Acostumbran a tratar al teleoperador con una educación exquisita y, en caso de que su incidencia quede resuelta durante la llamada, muestran un agradecimiento tan sincero que el agente que les atiende puede llegar a emocionarse al no ser el escenario habitual. Sin embargo, en ocasiones los procedimientos a seguir por el profesional son tan rígidos que es el cliente quien se echa a llorar porque no es capaz de entender lo que se le está explicando o porque la solución aportada implica utilizar páginas web o aplicaciones móviles sobre las que no tiene ningún conocimiento. En estos casos el especialista telefónico se enfrenta al conflicto de ayudar al cliente saltándose los protocolos o respetarlos y dejar a ese pobre abuelo igual de perdido de lo que ya se encontraba. Muchos de ellos, arrastrados por la corriente de confianza que ellos mismos pretenden generar con su interlocutor, te cuentan sus problemas personales y alargan la llamada, generando ansiedad en el teleoperador, que estaría encantado de escucharle durante horas, pero a quien ya el controller le está preguntando por el chat interno qué pasa con esa llamada, que llevas diez minutos con el caballero.

En todos y cada uno de los servicios en los que he desarrollado mis funciones, ya fuese en el ámbito informático, financiero o incluso hostelero, el mantra que los teleoperadores nos repetimos con mucha frecuencia es el mismo: somos el teléfono de la Esperanza. Tal vez por eso, cuando se desató la pandemia, fuimos más necesarios que nunca y se nos declaró servicio de primera necesidad. Tal vez.

Las cosas han cambiado mucho tras el Covid. Tanto que hasta se está por fin promoviendo una nueva Ley de Atención al Cliente que confiamos pondrá un poco de orden en este inframundo que constituyen los Call Centers y en el que hay una población de más de setenta mil profesionales con un talento tal para la comunicación y la negociación que si yo mañana montase una empresa propia, no dudaría en buscar entre todos ellos a los empleados que conformarían mi plantilla.

Sin lugar a dudas.   






jueves, 27 de abril de 2023

Lo que la cancha nos da: dos años de frustración

Si hay algo que frustra más a un deportista joven que fallar una canasta, errar un penalti o perder un partido es, sin lugar a dudas, no tener la oportunidad de jugar. Por mi experiencia como jugador de fútbol-sala y la que observo que van adquiriendo mis hijos en el baloncesto, tengo la certeza de que acostumbra a pasarlo mucho peor el que ve los partidos desde el banquillo, viendo cómo la decepción le va mordisqueando la moral a menudo que los minutos van pasando y amargado porque quiere participar y el entrenador no lo considera oportuno que el niño que está en cancha y las cosas no le salen como le gustaría. Al finalizar el encuentro el primero volverá a su casa cabizbajo y con todas las hormonas pidiéndole la acción que no ha protagonizado y el segundo, según el acierto que haya tenido durante el partido, más o menos contento, pero con la confianza en sí mismo menos deteriorada.

Entre marzo del año 2020 y enero de 2021 todos nuestros chicos, grandes y pequeños, se vieron obligados por causas ajenos a ellos a permanecer en el banquillo.

Las diferentes competiciones que la Federación de Baloncesto de Madrid organiza, al igual que sucedió en el resto de Comunidades, fueron suspendidas con la llegada del Covid. Era el momento más interesante de la temporada, cuando se empiezan a disputar los partidos que deciden qué equipos jugarán los playoffs, aunque el instante en que ocurrió era realmente irrelevante.



Aunque era una medida que todos, a excepción tal vez de los propios chavales, considerábamos necesaria e inevitable, cruzábamos los dedos para que se encontrase la manera de que los niños pudiesen seguir practicando su deporte favorito. Y si eso no era viable, que al menos el parón no durase demasiado. Porque una infancia o una adolescencia sin deporte, en mi modesta opinión, las hace incompletas. Sin hablar de que a nivel familiar el confinamiento desató un conflicto educativo entre padres e hijos en cuanto a la manera en que debía sustituirse el tiempo que antes se empleaba en encestar o meter un gol. Los chicos se tiraron a los dispositivos tecnológicos como posesos y los padres tuvimos que intentar contener aquello como buenamente pudimos. Enhorabuena a aquellos que lo lograron porque me temo que casi ninguno lo conseguimos.

Cuando el mundo se paró, Sergio y Marcos se encontraban, deportivamente hablando, en años críticos. Todas las temporadas son importantes, pero tal y como el baloncesto federado está organizado, hay años de transición (jugadores de primer año de cada categoría) y críticos (de segundo). En estos últimos es cuando un chaval puede jugar una Final Four, ganar un Campeonato de Madrid o incluso ser seleccionado para participar en un Campeonato de España representando a tu Comunidad. Incluso, si ya eres realmente bueno, una futura promesa, ya puedes entrar en convocatorias de la Selección Española para participar en torneos internacionales de carácter formativo. No quiero con esto decir que para los chavales que se encontraban en años de transición la situación fuese menos complicada, ya que al final esto afectaba más a la pasión que cada crío siente por su deporte, y eso es algo más personal y complejo. Pero para mis chavales, que no saben vivir sus vidas sin el baloncesto y que, aunque tenían pocas o casi ninguna posibilidad de conseguir titulos o ser seleccionados, aquello era un drama. Incluso para nosotros, quienes, a través de su experiencia, habíamos aprendido a amar este deporte y añorábamos, por mucho baloncesto que viésemos en Youtube, presenciarlo en directo.

Cierto es que durante lo que restaba de temporada los clubes intentaron mantener enchufados a los chavales con ejercicios a realizar en casa con el fin de que se mantuviesen en forma y que se organizaron videoconferencias grupales para que todos siguiesen en contacto con sus compañeros. Cierto es también que allá por el mes de octubre de 2020 la Federación comenzó a trabajar sobre distintos escenarios de cara a no perder también la temporada 2021 y que los chicos, aunque con mascarilla y numerosas medidas de control, pudieran volver al menos a los entrenamientos. Pero fueron meses duros donde esa ausencia se hizo muy presente.


Personalmente, lo que más tristeza me produjo de esa época, teniendo en cuenta que nosotros habíamos podido disfrutarlo con Sergio, fue que no se pudo celebrar el Campeonato de España Mini de Selecciones Autonómicas en Cádiz, que es para mí, sin lugar a dudas, el torneo más bonito en el que un crío puede participar. Y eso que Marcos no iba a ser seleccionado en ningún caso, pero aún así me resultó muy triste ver cómo una generación fantástica del baloncesto madrileño, la del año 2008, se quedaba sin poder disfrutar de ese acontecimiento para el que se llevaban preparando en algunos casos cuatro años.

La competición regresó en enero de 2021 con un formato que, aunque no satisfizo a nadie, al menos supuso para los chicos una vuelta a las canchas que necesitaban más que el comer. Era lógico hacerlo de la manera que se hizo dado que aún había que respetar ciertas medidas necesarias. Por ejemplo, no se permitía público en los pabellones, se limitó mucho el número de partidos para dejar tiempo de descanso entre jornadas con el fin de asegurarse de que no había contagios e incluso hubo partidos que se suspendieron o aplazaron porque algún niño de uno de los equipos contendientes había contraido el virus. También se establecieron tiempos muertos adicionales para limpiar el balón con gel hidroalcohólico. Un sucedáneo de lo que es la competición real que, como digo, permitió a los chicos recuperar sensaciones tras tanta inactividad, pero que nos dejó a todos la sensación de que realmente el campeonato no era tal y que habían sido dos los años perdidos.

En lo deportivo, bueno, Sergio y sus compañeros, a los que perjudicó más que a otros una competición tan corta y con tantos matices, realizaron un papel discreto, nada que resaltar, mientras que los pequeños, que participaban en categoría Preinfantil, arrasaron y se proclamaron nuevamente Campeones de Madrid, para cerrar un ciclo fantástico protagonizado por una generación de Alcorcón Basket sencillamente alucinante.


Ójala nuestros chicos y las nuevas generaciones que vayan llegando no tengan nunca que pasar por esto.




sábado, 22 de abril de 2023

Marcos, el "mae mía"

Hoy hace quince años que un diminuto ladrón de sonrisas irrumpió por sorpresa en nuestro hogar y lo puso todo patas arriba. Y no ha dejado de hacerlo desde entonces. Para ser sinceros ha sido el principal protagonista de toda una revolución doméstica que aún se mantiene viva. Para lo bueno y para lo malo, ya que ha habido de todo, pero la balanza a día de hoy se inclina sobradamente hacia el lado amable y divertido de la vida.  



Se delató nada más ver la luz como un granuja de tomo y lomo cuando la matrona exclamó, para nuestra estupefacción e incredulidad, que era un niño. Le faltó el tiempo para darnos la primera de las muchas sorpresas que a lo largo de estos años nos ha regalado. ¡Pero si hasta teníamos ya comprados los pendientes! ¡Y se iba a llamar María! ¿Qué clase de broma pesada era esa? Para convencernos de que aquello no era ninguna inocentada y demostrarnos su peculiar carácter, lo primero que hizo la criatura fue marcar territorio: una buena meada en la cara de su madre. Literal. Con dos cojones y un palito. Y es que, desde que nació, los lazos que unen a Nuria y Marcos son similares a los de una leona con sus cachorros.

Tuvo la deferencia aquella primera noche de ofrecernos algunas pistas más de lo que a su lado nos esperaba.  

Por ejemplo, que la fiesta estaba hecha a su medida. Bromeamos sobre aquello cuando decidió asomar al fin la cabeza alrededor de las dos de la madrugada. A diferencia de su hermano, que fue relativamente madrugador y cuyo parto fue una entrañable pesadilla para Nuria y para mí, Marcos apuntaba, como su padre, a ser un trasnochador impenitente, pero para compensarnos en aquella velada, su alumbramiento fue una de las experiencias más hermosas que he disfrutado a lo largo de toda mi existencia. Primera noche que nos mantuvo en vela de las muchas que siguieron y las que intuyo que vendrán en el futuro. El asunto no está todavía definido del todo, pero la realidad es que cuando sale por las tardes con sus amigos en vacaciones, la mitad de las veces hay que llamarle por teléfono y recordarle que tenía que haber regresado a casa hacía ya media hora. Y no nos engañemos, cuando hay jarana familiar, por ahí anda siempre él, dando el cante y encabezando el jolgorio a pecho descubierto.


Apuntaba maneras también como zalamero en ciernes, ya que no sólo tenía engatusada a su madre y a sus abuelas, sino que a más de una enfermera le hacía ya, a falta de palabras, ojitos. Tanto le debieron gustar el trato que el personal sanitario le concedía y tan cómodo se debía sentir en las dependencias sanitarias que, durante sus tres primeros años de vida y por diferentes causas, pasamos casi más tiempo en clínicas y en hospitales que en casa, pero no había absolutamente nada que le borrase esa encantadora sonrisa de la cara. Como padres, fue una etapa de auténtica preocupación y padecimiento emocional, pero su manera de afrontar las barrabasadas a las que tuvieron que someterle para superar los diferentes problemas de salud que le asaltaron nos levantaba el ánimo a diario.


Aunque él no lo recuerde o ahora se niegue a hacerlo, creció admirando y tomando a su hermano mayor como referencia para casi todo y, de tanto observarle jugando por las canchas de Madrid, se enamoró irremediablemente del baloncesto. Desde que empezó a jugar en Alcorcón Basket -ocho temporadas van ya y dos Campeonatos de Madrid ganados-, donde su hermano derrochaba forma física, él asombraba a la grada con algunos pellizcos de fantasía; donde Sergio arrasaba por su fuerza, él destacaba por su visión de juego; y donde el mayor se comportaba con moderación, él llamaba la atención con sus zapatillas de mil colores, sus cintas en el pelo, sus muñequeras y toda clase de complementos, a ser posible fosforescentes, que cayesen en sus manos. Y ya desde su segunda temporada en el club, en que se juntaron varios Marcos en el equipo, dejó de ser él mismo para pasar a ser Rodel. Con el número 22 a la espalda.


Un día dejó de ser un niño divertido y cariñoso para transformarse en un preadolescente huraño, gruñón y algo maniático que empezó a traernos a casa un disgusto tras otro en forma de partes disciplinarios y asignaturas suspendidas. Vivía malhumorado y nos hizo temer que su perenne sonrisa y sus divertidos chascarrillos no regresarían nunca jamás. Nos arrastró por la calle de la amargura durante un curso completo. No sabíamos qué teclas tocar para recuperar a nuestro pequeño ladrón de sonrisas. Nos pidió que no le saludásemos si nos cruzábamos con él y sus amigos por la calle. Se negaba a posar en cualquier fotografía familiar que quisiésemos hacernos. Se encerraba en su cueva y parecía rehuir cualquier contacto con nosotros. Sus respuestas a veces destilaban soberbia y chulería. En definitiva, la preadolescencia en toda su plenitud. Pero en esa etapa siempre hay mucho postureo, ya que no podía evitar, de tarde en tarde, dejarse achuchar por su padre o se arrimaba rezongando a su madre para recibir un beso o una caricia.


Ha pasado un año y hemos dejado atrás, bien enterrado, todo aquello.

No puedo hacer nada más que quitarme el sombrero ante él, confesar mi admiración y expresar mi más sincero reconocimiento ante el encomiable esfuerzo que desde el verano pasado viene realizando para convertirse en una persona mejor y en volver a ser el que siempre ha sido. 

La alegría que se esconde en cada rincón de nuestra casa. La mano en la espalda que me anima y apoya cuando el dolor aprieta. La juguetona complicidad que sigue compartiendo con su madre y que a mí me hace sonreír y me acaricia el corazón. La atención y el cariño que brinda a sus abuelos. La pasión con la que vive su deporte. El valor que le da a la amistad. La responsabilidad y el compromiso con el que afronta un futuro diferente al que nosotros habíamos previsto para él, pero en el que le acompañaremos sin dudarlo, ya que nos ha hecho comprender sus motivos y sus razones.   

Ya tan sólo falta que aprenda de una vez a decir como Dios manda "Madre mía". Aunque, pensándolo bien, qué demonios, que lo diga como quiera mientras continúe siendo el que ahora es.

¡Felicidades, hijo!





lunes, 17 de abril de 2023

Preadolescentes del siglo XXI



Me ha llamado mucho la atención este comentario que alguien puso hace unos días en redes sociales. Para mi vergüenza posterior, el Tuit, Story, Bereal, Reel, Post o lo que demonios fuese me hizo soltar de primeras una carcajada espontánea, como tal vez os haya ocurrido a alguno de vosotros. Pero lo cierto es, reflexionando sobre ello una vez superada esa primera reacción, que no tiene la menor gracia. O que, al menos, después de reírnos, deberíamos recapacitar un poco más sobre el fondo de la cuestión.

Con trece años obviamente yo no tenía móvil, ya que entonces esa clase de dispositivos se asociaban con el vasto universo de la ciencia-ficción, género al que, por cierto, nunca le tuve demasiada afición. Pero más allá de ese detalle, no recuerdo yo, con esa edad, que mi cabeza alumbrase ese tipo de pensamientos tan trascendentales ("sólo quiero olvidarlo todo y seguir adelante"), si es que se les puede llamar de esa manera. Y aunque así hubiese sido, dudo mucho que los hubiese compartido públicamente. No me imagino paseando por la calle y voceando lo infeliz que soy para que todo el mundo se entere. Pero es evidente que las cosas han cambiado tanto que las generaciones nacidas en este siglo no lo entienden de la misma manera. Unos, porque practican sin ningún pudor este exhibicionismo digital, y otros, los más cabales, porque aunque sean más reservados con su imagen o más conscientes de los riesgos que conlleva este tipo de comportamientos, tampoco les resulta extraño ni reprochable que los demás sí actúen así.

Podríamos iniciar aquí dos debates interesantes.

El tema del primero sería si las experiencias vitales de nuestros preadolescentes -me niego a suprimir el "pre" en chavales de esta edad- son más intensas que las vividas por generaciones como la mía para que se expresen en semejantes términos. En este caso no tengo ninguna duda de cuál sería mi respuesta: no, ni de lejos. Porque lo nuestro eran vivencias y lo de estos chavales no son más que un sucedáneo edulcorado de la realidad. Nosotros salíamos a la calle y estábamos solos para enfrentarnos a lo que surgiese. No teníamos la opción de coger el teléfono (a no ser que tuviésemos cerca una cabina) y llamar a nuestros padres para que viniesen a sacarnos las castañas del fuego. Apechugábamos con lo que fuese y de esa manera aprendíamos. 

Recuerdo a este respecto una ocasión, estando yo en primero de BUP, es decir, que tenía catorce años más o menos, que llamaron a casa del colegio en el que estudiaban mis hermanos. Era una de las raras épocas en que mi madre trabajaba. Estaba yo solo en casa y el director me informó de que mi hermano Carlos se había abierto la cabeza y que había que llevarle al hospital. Así que, con más miedo que espanto, fui al centro, recogí a mi hermano y, como pude, le llevé andando al hospital, que estaba a unos tres kilómetros. Eso es una vivencia real. No cazar Pokemons (aunque creo que esto ya ha pasado de moda).


El segundo debate que podríamos abrir tendría que ver, cómo no, con la privacidad. Yo no recuerdo si ya con trece años me interesaban las chicas, pero sí que cuando empezaron a gustarme era el típico enamoradizo al que cada semana le rompían el corazón. De mi pena, en el mejor de los casos, se enteraba mi mejor amigo. Y a veces ni eso. Hoy, con trece años, como la niña del ejemplo, se enteran los dos mil cuatrocientos veinticuatro seguidores que tiene en Instagram, de los cuales no conoce personalmente ni a una décima parte, pero cuantos más tengas, más molas. A los quince empieza a colgar vídeos perreando en ropa interior en Tik Tok y la muchacha se emociona porque ha recibido doce mil visitas. Y a los dieciocho se comienza a prostituir en OnlyFans.


¿Exagerado? ¿Tremendista? ¿Dramático? Quizás, todo eso y mucho más, si queréis. Pero a veces hay que hinchar un poco la bola para que abramos los ojos y dejen de hacernos tanta gracia estas cosas.

Y me incluyo.


viernes, 14 de abril de 2023

Lágrimas de distintos sabores

Recientemente mi padre recuperó y compartió por el grupo familiar de whatsapp una grabación recogida hace un montón de años en la que se escucha a mi abuelo recitando el poema satírico italiano que, habitualmente y siempre de memoria, declamaba a fin de amenizar la sobremesa de aquellas entrañables reuniones que organizábamos con frecuente periodicidad y con el que ninguno podíamos dejar de reír, no sólo por la picaresca historia que en él se relata, sino también y sobre todo por el ritmo, la cadencia y la entonación que mi abuelo Santiago imprimía al susodicho soneto. Supongo que esta grabación, de calidad deficiente, se realizó en algún restaurante, dado que hay tanto ruido de fondo que su voz, más que escucharse, se intuye. Aún así me emocioné al oírle de nuevo años después de su muerte. Me vino a la cabeza ese brindis que, calvo como le recuerdo hasta donde mi memoria alcanza, tenía también por costumbre hacer en todas esas comidas familiares:

Brindo por lo que brindo
Por un ramo de violetas
Que si no mato este toro
Me corto la coleta.


Sin embargo, la cosa no terminó ahí, dado que mi padre compartió también otra grabación, posiblemente más antigua aún que la primera y sin embargo de una calidad superior, en la que es mi abuela la protagonista. En ella interpreta un tema que yo no reconocía, a buen seguro que porque a mí lo que me gustaba por entonces eran estilos muy diferentes, pero que posteriormente logré identificar, gracias a la inestimable ayuda de Google, como La luna enamorá, una copla que cantaba Imperio de Triana allá por los años sesenta y que Elsa Baeza rescataría años después para el gran público.

Y debo confesar que al escuchar la voz cristalina de mi abuela, en la que fui capaz de identificar aquella mágica virtud de iluminar cada rincón de cualquier estancia en la que se encontrase cuando cantaba, lloré un río, tal y como como reza la letra de esa otra canción que la banda mejicana Maná hizo célebre.


Lloré con amargura porque ninguno de los dos están ya aquí, a nuestro lado, para seguir compartiendo comidas, poemas, brindis o canciones.

Lloré avergonzado por no haber prestado mayor atención a la tonadillas con que mi abuela Soledad colmaba de alegría a quienes estuvimos cerca de ella y por no haberla animado a hacerlo con mayor frecuencia cuando tuve la ocasión.

Lloré emocionado al recordar de nuevo su historia de amor, que comenzó cuando este país atravesaba un período dramático a causa de la Guerra Civil. Por cómo superaron los obstáculos hasta lograr construir todo aquello con lo que ambos habían soñado.

Lloré admirado por la capacidad memorística de mi abuelo, que aún nos recitaba ese y otros poemas cuando ya era octogenario, y las habilidades vocales de mi abuela, que lideraba con seguridad el surtido de villancicos que le dedicábamos al Belén en las celebraciones navideñas.


Lloré apesadumbrado porque me habría gustado que mi abuelo paterno no falleciese tan pronto para haber podido vivir con él y con mi abuela Jose momentos tan importantes en mi vida como los que compartí con los padres de mi madre.

Lloré además, ¿por qué no admitirlo también?, porque esta enfermedad me ha vuelto más blandito aún de lo que yo ya era antes.

Derramé durante un largo rato lágrimas de distintos sabores entre las que, sin embargo, predominaban por encima de las demás otras más cálidas y con un sabor mucho más dulce que las demás.

Eran lágrimas de agradecimiento por haber sido bendecido, no sólo con unos abuelos cercanos y cariñosos con los que tuve la fortuna de compartir largas conversaciones, prolongados paseos y muchas horas ante un tablero de ajedrez, un parchís o un Trivial, sino también porque gocé de la oportunidad de conocer a dos personas únicas que dejaron profundamente grabada su huella en los corazones de todos sus seres queridos.

Y llorar así, como yo lo hice aquel día, es una prueba fehaciente de que en el mío sus almas aún permanecen (y lo seguirán haciendo) muy presentes .




domingo, 9 de abril de 2023

La Unidad del Dolor - Segunda parte

Durante esta semana y media que ha transcurrido desde mi decepcionante visita a la Unidad del Dolor he recapacitado mucho sobre lo que allí se habló, tratando sobre todo de separar el trigo, que fue escaso, de la paja, que fue mucho más abundante. También sobre las razones que provocaron que la doctora y yo chocásemos de la manera que lo hicimos. Sigo pensando que su comportamiento fue muy poco apropiado, pero también debo admitir que yo no supe encajar las cosas que me dijo, especialmente por las maneras que empleó para ello.

Sé que hubo una frase en aquella conversación que se volvió en mi contra, dado que la doctora, al escucharla, consideró que explicaba todo lo que a mí me ocurre:

- No salgo de mi cueva.



Entre lo ofendida que se había sentido -tal y como ella misma expresó- porque yo quisiese conocer la opinión de un neurólogo y esa frase condenatoria, emitió su veredicto sin preguntar nada más: te estás aislando, tu inconsciente lo está exagerando, te estás dejando envolver por el dolor, bla, bla, bla. Paparruchas, señora. Que a mí me ha gustado encerrarme en mi cueva desde que tengo uso de razón. Que soy más casero que las cortinas del salón. Que me fascina esa soledad y ese silencio en el que uno puede relajarse escribiendo, leyendo o escuchando música. Que ese no es el problema. Que hablamos idiomas distintos. Pero, al fin y al cabo, ella es la experta y yo un simple paciente, así que he hecho un esfuerzo para traducir a mi lengua lo que ella pretendía decirme y ponerlo en práctica.

A la conclusión que estas reflexiones me han llevado es que mi mentalidad sobre cómo afrontar mi dolencia llegados a este punto debe cambiar, ya me queden por padecerla dos semanas, dos meses, dos años más o si se queda conmigo hasta el final, cosa que desgraciadamente ni la medicina moderna ni la alternativa pueden prever hoy en día. Renuncio a convertirme en un pobrecitodemí de esos a los que hice referencia hace un par de artículos. Ninguna persona de las que me quieren se merecen que les obligue a soportar esa versión de mí.

Estoy seguro de que más de una vez habéis visto a un insecto flotando en el agua. Tal vez una avispa que ha caído en la piscina o una mosca que ha ido a parar al inodoro. De hecho estoy convencido de que algunas veces habréis sido vosotros quienes habéis empujado a los pobres bichos a esa situación. Yo lo he hecho. No está penado por ley, así que tranquilos los que hayáis levantado la mano. ¿Os habéis fijado en cómo resisten en el agua? ¿Cómo intentan seguir aleteando y se remueven para acercarse al borde y, una vez han secado sus alas, salir volando de allí?



Esta imagen del insecto chapoteando en el agua se me ha clavado en la cabeza y ya no sale de ahí. Obviamente, el agua simboliza el dolor y el insecto soy yo. Con mis antenitas y toda la parafernalia. Y aunque nunca he pensado en renunciar a nada, puedo intentar convencerme de que durante estos dos últimos meses podía haber hecho más, o al menos algo diferente. Por eso estoy incrementando mis esfuerzos para poder escapar de este agujero de mierda en el que llevo sumergido casi un año, secarme al sol y salir volando en cuanto pueda.

Tengo la firme convicción de que en lo mío no hay ni una pizca de invención o exageración, pero estoy empezando a actuar como si mi cabeza me estuviese engañando con crueles ardides, tal y como interpreto el sentido de las palabras de la doctora, y realmente no sea para tanto. Intuyo, porque nadie mejor que uno mismo conoce su propio cuerpo, que la tarea no va a ser fácil, que habrá momentos duros, pero ahora, por poner un ejemplo, si el dolor aprieta, ya no me tumbo en la cama con la manta eléctrica hasta que se desvanece. Ahora hago lo opuesto: me calzo las deportivas como buenamente puedo y me voy a caminar quince o veinte minutos. Con resultados dispares hasta la fecha: unos días, para mi asombro, el dolor se ha mitigado durante el paseo, y otros ha permanecido o incluso ha empeorado. Pero seguiré por esa senda y emplearé todos los medios a mi alcance, incluso los más sucios, para conseguirlo. Y la Unidad del Dolor puede ser una herramienta que yo pueda usar en el proceso. Si la sé utilizar adecuadamente y se deja, claro.


En la metáfora del insecto atrapado en el agua, la Unidad del Dolor es una ramita insignificante que se ha desprendido de ese árbol que presta su sombra a aquella esquina de la piscina, que ha caído al agua y que está flotando cerca de mí. He llegado a la conclusión de que no puedo esperar que sea ella quien me saque del charco en el que estoy metido. No sólo es insignificante, sino que además, por sí misma, no es más que un palo. Sirve para poco más que para apoyarse en él. Y no siempre. Pero creo que puedo utilizarla, que puedo obligarla a que sirva para algo más que para flotar ahí, inútil.

Dejando a un lado las metáforas del bichito intentando salir del agua y a mi ególatra y antipática doctora, creo haber entendido cuáles son los dos principales obstáculos que mentalmente me han llegado a obsesionar estos meses y que ahora debo intentar superar para seguir avanzando. Dos preguntas que no he dejado de hacerme desde el primer día y que debo sacar de mi cabeza.

¿Hasta cuándo durará este dolor?

Cuando noto mejoría, ¿es porque me estoy curando? ¿Es porque el tiempo ha mejorado? ¿Es porque los medicamentos alivian el dolor? O, como yo supongo, ¿es por la suma de todo lo anterior?

La conclusión a la que he llegado es que nadie puede responderme a esas cuestiones y, por lo tanto, seguir haciéndomelas es perder el tiempo. 

En definitiva, lo que mi querida y sabia esposa lleva diciéndome desde el primer día.

Así que, bichito, a ver de qué manera puede serte útil la ramita y a poner todo el empeño en llegar a la orilla cuanto antes. 

Que ya va siendo hora.













jueves, 6 de abril de 2023

Aquellas veinticuatro horas del deporte

Cuando echamos la vista atrás y revivimos lo que fueron nuestra infancia, algunos escenarios se presentan como elemento clave para dar cuerpo a esos recuerdos. Y a cada uno de nosotros, cuando regresamos a esos lugares, se nos remueven cosas que durante años habían permanecido aletargadas.

Hace un par de fines de semana, con motivo de una nueva reunión familiar que mi padre tuvo a bien celebrar en el Polideportivo Estoril II de Móstoles, yo pude gozar con la oportunidad de revivir mis andanzas juveniles por sus instalaciones. Porque aquella fue, especialmente en verano y sin ninguna duda, mi segunda casa. Y a ella están asociados algunos de mis más importantes y entrañables recuerdos.



Es inevitable comparar, tanto con las personas a las que llevamos mucho sin ver como con los sitios que hace tiempo que no pisamos, cómo les ha tratado el paso del tiempo y casi siempre llegamos a la conclusión de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

El Polideportivo, allá por los años ochenta y noventa, era un espacio que compartíamos, previo pago de la cuota anual correspondiente, cientos de familias, mayoritariamente compuestas por una pareja joven y dos, tres o cuatro hijos. No era barato, se podría considerar incluso un pequeño lujo, pero a nuestros padres les compensaba sobradamente porque, en un lugar como aquel, ellos podían mantener una vida social sana junto a otros vecinos del barrio de su edad con la tranquilidad de que nosotros, sus cachorros, disfrutábamos de actividades de toda clase, deportivas sobre todo, con niños de la nuestra, sin salir del recinto.

Piscina con medidas olímpicas y una amplísima zona ajardinada, pistas de petanca, mesas de ping pong, futbolines, calles de atletismo, espacios para el salto de altura y el lanzamiento de disco, canchas de baloncesto y, por supuesto, fútbol-sala. Un acogedor pabellón donde se organizaban competiciones anuales, siendo la de fútbol-sala, en la que yo participé durante veinticinco años, una de las más importantes del municipio y seis pistas de tenis donde teníamos nuestro propio ranking de jugadores. Y la pista de patinaje, que los sábados por la noche de primavera y verano se convertía en pista de baile para que los chavales de quince o dieciséis años moviésemos el esqueleto con los éxitos de la época y empezásemos a relacionarlos con el sexo opuesto. Para completar todo lo enumerado, una enorme terraza de verano donde uno podía comer el menú del día, pedirse un bocadillo de bacon o traerse su propia comida de casa. En cada uno de los rincones del polideportivo, incluidos los vestuarios y los aseos, me choqué ese sábado con un recuerdo de los años más especiales de mi juventud.


En aquella época de la que hablo, durante el primer fin de semana de septiembre, se celebraba el evento más importante del año, que convertía al polideportivo en el centro neurálgico de Móstoles: las veinticuatro horas del deporte. Y que aún hoy, aunque con un impacto más limitado, se sigue celebrando.

Aquel fin de semana era el colofón a unos veranos de ensueño y yo lo esperaba con mayor ilusión aún que a los Reyes Magos. Durante esa semana, de lunes a viernes, teníamos dos misiones fundamentales: el concurso de camisetas y la inscripción a las distintas actividades. Lo primero consistía en que cualquier socio o grupo de socios podía diseñar un dibujo, que incluyese el logo del polideportivo y el nombre del evento, y participar en el concurso que determinaba cómo sería la camiseta conmemorativa que todos luciríamos durante esos días. En cuanto al segundo, inscribirse a las actividades individuales era lo más sencillo. Te apuntabas, por ejemplo, a tenis, en la oficina que se habilitaba para ello y que durante aquella semana se convertía en un hervidero, pagabas tus veinticinco o cincuenta pesetas y quedabas inscrito en el correspondiente torneo. Lo complicado y divertido eran las actividades colectivas, ya que tenías que buscar con quiénes formar equipo para participar en la competición correspondiente. Aunque desde julio ya estábamos hablando con unos y otros para montar los equipos, esa semana previa era un ir y venir para entregar tu dibujo a tiempo y no quedarte fuera de ninguna actividad.

Y por fin legaba el sábado, el gran día. A las 12 de la mañana todo el que quisiese, vistiendo la camiseta oficial del evento que hubiese ganado el concurso, se reunía en la puerta del polideportivo y recorríamos, portando una antorcha con la que luego encenderíamos el pebetero, tal y como se hace en las Olimpiadas, varias calles del municipio anunciando el inicio del evento a todos los mostoleños. ¿Doscientos? ¿Cuatrocientos? No soy capaz de determinar los que entonces nos llegábamos a juntar para ese acto, pero éramos una multitud ansiosa por dar inicio a las competiciones, que empezaban a las cinco de la tarde y no concluirían hasta veinticuatro horas después, con una ceremonia de clausura a la que debo admitir que yo, como tantos, rara vez asistía tras tantas horas practicando toda clase de deportes y sin dormir en toda la noche.

Y a las cinco de la tarde aquello daba comienzo, aunque a mi las mariposas me danzaban en la boca del estómago desde las doce de la mañana. Ir a los tablones y memorizar tus horarios era importante, pero ser capaz de organizarse para llegar a todo y que no se te declarase ausente en ningún encuentro era crítico.


A las cinco y media, partido de tenis, a las seis y veinte, partida de ajedrez, a las seis y media, fútbol-sala (ostras, ahí tenemos un problema, dar o que me den jaque mate rápido que si no, no llego), a las ocho, ping pong y a las nueve, baloncesto. Ronda clasificatoria de natación a braza en la piscina a las diez de la noche. Petanca a las dos de la madrugada y de nuevo fútbol a las tres y cuarto. Así hasta que ibas quedando eliminado en las distintas competiciones. Pero las finales de natación, a las que habitualmente mis hermanos y yo llegábamos, empezaban a las nueve de la mañana, así que, si por ejemplo, te habían eliminado a las cuatro de la madrugada, ¿qué hacías el resto de la noche?

Pues zascandileabas por el polideportivo viendo a otros competir, te perdías con los amigos por las zonas oscuras, te metías en el pabellón si la noche estaba fresquita o, lo que a mí me parecía más interesante, ya que era una forma casi segura de ganar una medalla -y todos queríamos la nuestra- te ibas a la piscina y te ponías a hacer largos como Johnny Weissmuller durante toda la noche. Piscina olímpica, os recuerdo. Por cada largo que hacías te daban una chapa y si eras capaz de conseguir veinticinco chapas, tenías derecho a una de bronce; si cincuenta, de plata; y ya, si eras capaz de cubrir cien largos, una de oro. Nos lo tomábamos realmente en serio hasta el punto que no había trapicheos con las chapas. No se regalaban, no se vendían, nada por el estilo. Al menos no en mi caso o el de mis amigos. Más de un constipado pillábamos aquella noche, pero eso era irrelevante, lo sufríamos luego con la seguridad de que había merecido la pena.

Para el avituallamiento tenías a tus padres en la terraza de verano, donde los mayores solían pasarse la noche con torneos de mus, dominó o chinchón. Recuerdo que mi madre se plantaba allí con una bolsa llena de embutido, pan, fruta y zumos para que mis hermanos y yo repusiésemos fuerzas cuando lo precisásemos mientras ella también competía a los distintos juegos de mesa que se organizaban. Y si ellos quedaban eliminados o se cansaban antes que tú, se iban a casa, pero tenías la seguridad de que, cuando llegases a las diez u once de la mañana (yo no solía pasar de ahí), te esperaba un buen chocolate con churros que se aseguraban de tener preparado para cuando regresáramos. Nuestros padres eran en estas ocasiones nuestros cómplices más fieles.


El resto del domingo, obviamente, lo pasábamos durmiendo. Y el lunes amanecíamos, ya recuperados, con algún estornudo o tos de más, sabiendo que el verano, aunque aún quedaba una semana para que las clases empezaran, se terminaba, pero con la satisfacción de haber vivido en primera persona y a tope una edición más de las veinticuatro horas del deporte del Polideportivo Estoril II.

Todas estas cosas me vinieron a la cabeza el otro día, en esa nueva reunión familiar. Muchas cosas han cambiado desde entonces, claro. La pista de atletismo ya no existe, ahora las hay sin embargo de padel, deporte al que por entonces nadie jugaba, hay una nueva cancha de fútbol siete... 

Pero otras ahí continúan, como por ejemplo el pebetero en el que prendíamos la antorcha y que ahora está situado muy cerca de la entrada, junto a la pista de mini golf. Y fue cuando ya nos íbamos que lo vi y recordé la emoción que me embargada cada año, en esos primeros días de septiembre, cuando aquel acto singular suponía el pistoletazo de salida al fin de semana más especial de aquellos años en que sentía que todo era posible.


sábado, 1 de abril de 2023

Nos ha tocado la lotería

La línea que separa la tenacidad de la tozudez es extremadamente fina. Tanto que es muy difícil afirmar dónde termina la primera y empieza la segunda. Tanto que ambas palabras aparecen como sinónimas en la mayoría de los manuales y diccionarios de la lengua castellana. Pero la realidad es que, en lo que a su significado y a nuestra forma de utilizar ambos conceptos, son claramente distintos. Aplaudimos al tenaz por su constancia y reprochamos al tozudo su cabezonería. Nos gusta trabajar al lado de personas tenaces, pero preferimos que los tozudos estén en otros departamentos, no en el nuestro.

¿A cuento de qué viene esta explicación sobre algo que la mayoría ya sabemos? Pues a ello voy.



Nuria comenzó a trabajar siendo aún muy joven. Ya éramos novios y, mientras yo llevaba una vida más o menos relajada en la Universidad, ella ya andaba, por seiscientos cochinos euros al mes, limpiando culos a los abuelos en residencias privadas de la tercera edad a las que los familiares pagaban tres mil o cuatro mil euros mensuales para que fuesen atendidos. Pero ella, cuando tenía un rato libre, se inscribía a cursos, preferentemente gratuitos dado que intentaba ahorrar lo necesario para pagar la entrada de un piso al que pudiésemos irnos a vivir llegado el momento. Perseguía adquirir más conocimientos para poder cuidar, curar y acompañar a quien tiene necesidad de ello, su verdadera vocación.

Unos años después lucía un espléndido bombo en el que se alojaba Sergio cuando recibió una llamada del Hospital Ramón y Cajal en relación a una de las bolsas de trabajo a las que se había inscrito. Tuvo en aquel momento que rechazar aquella oferta de un contrato de tres meses y se tiraba de los pelos, no sólo por la mejora económica que habría supuesto, sino porque aspiraba a poder meter la cabeza en el sistema de sanidad público, donde confiaba en poder aprender más cosas y llegar a más gente. Mientras tanto, siguió haciendo cursos.

Tuvimos la suerte de que la persona de Recursos Humanos que la había llamado se hizo cargo de la situación y volvió a llamarla meses después, cuando Sergio ya había llegado a este mundo y Nuria ya había finalizado el permiso de maternidad. Un contrato de seis meses, casi nada. Aunque logísticamente aquello iba a ser una pesadilla, conmigo trabajando en Tres Cantos y ella tan lejos también de casa, había que aceptar. Ambos lo sabíamos. Así que hubo que echar mano de la familia para organizarnos, especialmente de mi suegra. Mis padres estaban ya jubilados, pero Nuria prefería que fuese su madre la que se hiciese cargo por las mañanas de Sergio, así que la pobre se presentaba en casa a las seis y cuarto de la mañana, pegaba una cabezada en el sofá hasta que llegaba la hora de despertar al pequeño y llevarle a la guardería y, una vez entregaba el paquete, se iba a afrontar su jornada de trabajo.



Pasaron los años y Nuria fue encadenando contratos de corta duración en distintas unidades hasta que le fue concedido uno interino en la planta de Ortogeriatría. Por supuesto, y ahora más que nunca porque los méritos acumulados le reportarían puntos a la hora de aspirar a un puesto fijo cuando llegase el momento, continuó haciendo cursos por doquier.

Y llegó hace cuatro años el momento: la oposición. La oportunidad de conseguir un puesto fijo en la Sanidad Pública madrileña. Restaban meses pero nos organizamos para que pudiese dedicar el mayor tiempo posible a preparar el examen. Vivía entre el trabajo, la academia y el cuarto de los niños, donde se enganchaba a sus apuntes, que llevaba consigo a todas partes. Tardes, noches, días libres. Había que obligarla a que descansase un poco y hasta para echar un polvo tenía yo que echar mano de todas mis artes de seducción. ¿Y a que no sabéis qué hacía cuando tenía un rato libre? Habéis acertado casi todos: más cursos.

Hizo su examen y poco después llegó el Covid. Durante la pandemia, la planta de Ortogeriatría se convirtió en la planta Covid y Nuria se deslomó durante aquellos meses tratando de aplicar todo lo que había aprendido para hacer más llevadera la enfermedad a sus pacientes. Turnos dobles, siempre enfundada en ese traje con el que nuestros sanitarios parecían astronautas en viaje espacial, echando horas y horas, superando el cansancio y la pena que a veces amenazaba con tumbarla ante tanto dolor como vivió en aquella época. Y en su tiempo libre, más cursos.



El mundo se paró y todo lo relacionado con su oposición se ralentizó. La información nos llegaba a cuentagotas: si había aprobado, la nota que había sacado, los recursos, las listas definitivas... ocupó la posición cientodieciocho de más de cuatro mil candidatas. Pero la adjudicación de plazas también se fue retrasando. En total más de tres años esperando y por fin, ayer, viernes 31 de marzo, supimos que ha conseguido plaza en el Hospital Universitario de Móstoles, a cuatro minutos andando de nuestra casa. Aún no sabemos en qué servicio ni en qué turno, todo eso lo sabremos a finales de abril, cuando tome posesión de su plaza, pero ¿qué importa? 

Nos ha tocado la lotería.

Cuando fue a examinarse, la dije que no necesitaba suerte, sino que se hiciese justicia. Y si hay alguien que, por su tenacidad y su tozudez, ya que en este caso sí que la línea que las separa es casi invisible, si hay alguien, como decía, que se merezca esta recompensa es ella, la que me concedió el honor de compartir su vida conmigo y de la que no puedo estar más orgulloso y contento.

Y aquí lo dejo. Voy a acercarme a ver si podemos ver juntos un rato la tele o dar un paseo... a ver si hay suerte y no está haciendo algún curso.






Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?