A mi hijo Marcos, cuando no se alzaba más de medio metro del suelo, las visitas de su prima Inés, mi ahijada, un año mayor que él, le hacían ponerse inmediatamente en guardia y nos miraba a su madre y a mí con cara de cordero a punto de ser degollado, como quien busca desesperadamente una escapatoria antes de que de inicio la tortura que en ocasiones anteriores ya se ha padecido. La niña, desconozco la razón, tenía por entonces fijación con las orejas del pequeño de la casa y constantemente se abalanzaba sobre ellas con intenciones aviesas que a mí me incomodaban, a Nuria la encorajinaban y a mi cuñada Diana la hacían exclamar en tono recriminatorio pero sin ningún efecto realmente disuasorio en el comportamiento de la agresora, cuyos dedos, cual tenazas, volvían inmediatamente a la carga en cuanto nos despistábamos:
- ¡¡¡¡Ineeeeés!!!!
Así, alargando la e hasta casi transformarla en una vocal no reconocida por el alfabeto castellano. Era inútil. Nada hacía que la pequeña Inés desistiese en sus antojadizos propósitos.
Hoy, mi sobrina, a la que vemos de Pascuas a Ramos al vivir ellos donde viven, junto a la desembocadura del Río Miño, a poco más de tres kilómetros de la frontera con Portugal, adora a su primo. Y curiosamente, el sentimiento es mutuo.
- La echo de menos porque, como está medio loca, me lo paso pipa con ella.
- Joder, pues si el verano que viene vamos de vacaciones a la playa, no voy a poder ver a la prima.
Estos han sido dos de los comentarios que de la boca de mi hijo han brotado durante estos primeros días en Madrid, tras haber pasado diez en casa de mi hermano Carlos y en los que a los dos primos no se les podía separar ni con una espátula. Sorprendente. Cierto es que tienen muchos intereses comunes, como el deporte o la música, pero no deja de asombrarme la estrecha relación que han forjado y que, para nuestra incredulidad, parece estar fortaleciéndose en este paso de ambos a la adolescencia, etapa en la que todos intuíamos que los lazos que les unen se empezarían a debilitar.
Dudo que nadie se ofenda - ni siquiera sus padres o ella misma -cuando afirmo que Inés, más que estar medio loca, es un poco bruta. Pero al mismo tiempo la envuelve un halo de nobleza que a todos nos encandila. Y a mí, que tengo la fortuna de ser su padrino, más aún. Sirva de ejemplo, tanto de su fiereza como de su grandeza de espíritu, su comportamiento tras un aparatoso incidente que hace un tiempo sufrió en un campo de fútbol. Sí, porque juega al fútbol. Y lo hace muy bien, por lo que me cuentan, ya que yo no he podido ver ningún partido al no disputarse competiciones en las fechas en que solemos reunirnos. De central. No pasa nadie, como dice ella. El caso es que, durante un encuentro, imagino que en uno de esos lances fortuitos pero muy aparatosos que con frecuencia se presencian sobre el césped, los tacos del rival impactaron de lleno en su cara. Ya en urgencias, con la cara ensangrentada y con el miedo pululando por el cuerpo de mi hermano y mi cuñada, lo único que Inés repetía, enfurruñada, era:
- ¡Qué rabia! ¡Con lo bien que íbamos!
Un chicazo, pensará alguno. Y deberé admitir que, desde la perspectiva en la que esta sociedad nos ha educado, es cierto. Pero tanto me indigna esa expresión como la contraria, a saber, "vaya pluma tiene ese". Pero me estoy desviando hacia terrenos pantanosos y no es mi intención en esta preciosa mañana de verano enfangarme hasta las rodillas. En cualquier caso mi sobrina es mucho más que eso: es la niña que se atraganta de la risa compartiendo chascarrillos con su tía, la que mejor toca en la Banda de Música de Goián, esa que encuentra la felicidad más plena en medio de cualquier concierto o fiesta bailando y saltando exaltada con sus amigas; la que siempre pide que cenemos fuera porque está ansiosa por acumular ocasiones especiales que recordar durante el solitario otoño gallego; la que disfruta comiéndose una mariscada con su padre mientras ven juntos una película; esa a la que me gusta picar a cuenta de sus gustos musicales y no se deja convencer de que las canciones que ahora escucha pasarán de moda antes de que vuelva a soplar velas; esa que, aunque siempre lo deje para el último día, saca adelante el curso. Inés es todas esas y muchas más.
Pero sobre todas ellas, mi sobrina y ahijada es ante todo la mejor y más fiel amiga de mi hijo Marcos. Y ya sólo por eso se ha ganado todo mi cariño y, por supuesto, que la perdone los tirones de oreja con los que le castigaba cuando eran tan sólo dos micos y mi hijo me interrogaba con la mirada esperando que su padre le librara de aquella niña medio loca.

