domingo, 30 de julio de 2023

La loca de mi ahijada

A mi hijo Marcos, cuando no se alzaba más de medio metro del suelo, las visitas  de su prima Inés, mi ahijada, un año mayor que él, le hacían ponerse inmediatamente en guardia y nos miraba a su madre y a mí  con cara de cordero a punto de ser degollado, como quien busca desesperadamente una escapatoria antes de que de inicio la tortura que en ocasiones anteriores ya se ha padecido. La niña, desconozco la razón, tenía por entonces fijación con las orejas del pequeño de la casa y constantemente se abalanzaba sobre ellas con intenciones aviesas que a mí me incomodaban, a Nuria la encorajinaban y a mi cuñada Diana la hacían exclamar en tono recriminatorio pero sin ningún efecto realmente disuasorio en el comportamiento de la agresora, cuyos dedos, cual tenazas, volvían inmediatamente a la carga en cuanto nos despistábamos:

- ¡¡¡¡Ineeeeés!!!!

Así, alargando la e hasta casi transformarla en una vocal no reconocida por el alfabeto castellano. Era inútil. Nada hacía que la pequeña Inés desistiese en sus antojadizos propósitos.

Hoy, mi sobrina, a la que vemos de Pascuas a Ramos al vivir ellos donde viven, junto a la desembocadura del Río Miño, a poco más de tres kilómetros de la frontera con Portugal, adora a su primo. Y curiosamente, el sentimiento es mutuo.

- La echo de menos porque, como está medio loca, me lo paso pipa con ella.

- Joder, pues si el verano que viene vamos de vacaciones a la playa, no voy a poder ver a la prima.

Estos han sido dos de los comentarios que de la boca de mi hijo han brotado durante estos primeros días en Madrid, tras haber pasado diez en casa de mi hermano Carlos y en los que a los dos primos no se les podía separar ni con una espátula. Sorprendente. Cierto es que tienen muchos intereses comunes, como el deporte o la música, pero no deja de asombrarme la estrecha relación que han forjado y que, para nuestra incredulidad, parece estar fortaleciéndose en este paso de ambos a la adolescencia, etapa en la que todos intuíamos que los lazos que les unen se empezarían a debilitar.

Dudo que nadie se ofenda - ni siquiera sus padres o ella misma -cuando afirmo que Inés, más que estar medio loca, es un poco bruta. Pero al mismo tiempo la envuelve un halo de nobleza que a todos nos encandila. Y a mí, que tengo la fortuna de ser su padrino, más aún. Sirva de ejemplo, tanto de su fiereza como de su grandeza de espíritu, su comportamiento tras un aparatoso incidente que hace un tiempo sufrió en un campo de fútbol. Sí, porque juega al fútbol. Y lo hace muy bien, por lo que me cuentan, ya que yo no he podido ver ningún partido al no disputarse competiciones en las fechas en que solemos reunirnos. De central. No pasa nadie, como dice ella. El caso es que, durante un encuentro, imagino que en uno de esos lances fortuitos pero muy aparatosos que con frecuencia se presencian sobre el césped, los tacos del rival impactaron de lleno en su cara. Ya en urgencias, con la cara ensangrentada y con el miedo pululando por el cuerpo de mi hermano y mi cuñada, lo único que Inés repetía, enfurruñada, era:

- ¡Qué rabia! ¡Con lo bien que íbamos!

Un chicazo, pensará alguno. Y deberé admitir que, desde la perspectiva en la que esta sociedad nos ha educado, es cierto. Pero tanto me indigna esa expresión como la contraria, a saber, "vaya pluma tiene ese". Pero me estoy desviando hacia terrenos pantanosos y no es mi intención en esta preciosa mañana de verano enfangarme hasta las rodillas. En cualquier caso mi sobrina es mucho más que eso: es la niña que se atraganta de la risa compartiendo chascarrillos con su tía, la que mejor toca en la Banda de Música de Goián, esa que encuentra la felicidad más plena en medio de cualquier concierto o fiesta bailando y saltando exaltada con sus amigas; la que siempre pide que cenemos fuera porque está ansiosa por acumular ocasiones especiales que recordar durante el solitario otoño gallego; la que disfruta comiéndose una mariscada con su padre mientras ven juntos una película; esa a la que me gusta picar a cuenta de sus gustos musicales y no se deja convencer de que las canciones que ahora escucha pasarán de moda antes de que vuelva a soplar velas; esa que, aunque siempre lo deje para el último día, saca adelante el curso. Inés es todas esas y muchas más.

Pero sobre todas ellas, mi sobrina y ahijada es ante todo la mejor y más fiel amiga de mi hijo Marcos. Y ya sólo por eso se ha ganado todo mi cariño y, por supuesto, que la perdone los tirones de oreja con los que le castigaba cuando eran tan sólo dos micos y mi hijo me interrogaba con la mirada esperando que su padre le librara de aquella niña medio loca.

jueves, 27 de julio de 2023

Una piedra en el camino

Durante mis vacaciones en Figueiró adopté la costumbre de irme por las mañanas a caminar por los alrededores de esa escondida parroquia del Ayuntamiento de Tomiño en la que residen mi hermano Carlos y su familia y donde desde hace unos años nos acogen en verano. Se duerme allí mucho mejor que bajo el asfixiante calor madrileño, pero nuestra habitación está orientada hacia el este, de manera que los primeros rayos de sol caldean desde muy temprano la habitación. También ocurre que siempre hay una sagaz y osada mosca que logra colarse en el dormitorio y dirigir con prestancia su vuelo hacia mi cara de manera constante hasta que logra que el sueño se diluya de mala manera. Entre una cosa y otra, a las ocho de la mañana me ponía muchos días en marcha, mientras los demás dormían, y me echaba animoso al camino. Un poco a la aventura, ya que no conozco apenas la zona, pero el ejercicio físico era necesario para compensar los efectos de las muchas cervezas, churrascos, empanadas, mariscos y demás delicias que fueron desfilando por la mesa durante esos días de holganza y desconexión. Y, después de tantos meses sin poder caminar, saltar o corretear debido a mis problemas de salud, verme capaz de subir al monte o pasear al lado del río me hacían sentir que las cosas comenzaban de nuevo a situarse en su lugar.

Un día subía por la carretera en dirección al centro del pueblo, topándome en el camino en la misma medida con casas derruidas y abandonadas y con parcelas de césped cuidado y viviendas de fachadas deslumbrantes, contraste muy común en estas aldeas gallegas donde el pasado y el.presente se abrazan de manera natural. Dejaba atrás el centro y la iglesia y seguía ascendiendo. Pasaba al lado de la Tapería A Carla y del Alojamiento Rural A Pousa y me encontraba ya en el monte, fuera del pueblo.

Otros días encaminaba mis pasos en dirección contraria y me dirigía hacia el río Miño por un camino rural que atraviesa unos riquísimos viveros y me sumergía de lleno en un mar de frondosa vegetación. Descubrí una mañana por esta senda un pequeño recodo del camino que alberga un fresco rincón cerca de su desembocadura. Me senté sobre una roca cubierta de musgo, aislado del mundo y de sus ruidos artificiales, y me fumé un pitillo mientras contemplaba el cauce del río y en la orilla opuesta, Portugal, el país vecino. Todo era paz y calma a esas tempranas horas de la mañana pontevedresa.

En una de mis escapadas, al regresar a la casa, me encontré el portón cerrado. Andaban mis hijos en el interior de la casa, pero por estar el videoportero estropeado y por haberse llevado mi sobrina y Nuria uno de los mandos del portón y mi hermano y mi cuñada el otro, no había opción de acceder a la casa. Me animaron Sergio y Marcos a saltar la valla, pero no me parecía adecuado tal acto por ser yo un extraño en aquellos lares y poder despertar con la actitud propuesta las lógicas sospechas de alguno de los vecinos que pudiesen descubrirme acometiendo semejante lance. Aparte de que no sé yo si mi escasa agilidad habría sido suficiente para triunfar en tamaña hazaña física. Pero lo más importante es que no tenía la menor de las prisas. Así que me senté en una piedra del camino, bajo el agradable sol gallego de las once de la mañana, escuchando en el móvil a Sons of the East y observando a unos sesenta metros la casa a la que no podía entrar.

No sé si fue el ritmo pausado de la poca gente que por allí pasaba, la música que acariciaba mis oídos o la brisa fresca que refrescaba mi rostro tras el sofoco provocado por la excursión. El caso es que me encontraba a gusto allí, sin sentir ninguna urgencia por que alguien me abriese. Pensaba por el contrario en lo afortunado que era por tener la oportunidad de mimetizarme durante un rato con la quietud que me rodeaba. Pretendía grabar en mi interior esa sensación tan inusual de no sentir ninguna urgencia; sólo importaba ser y estar, allí y en ese momento. Nada más.

Sueño con retirarme en unos años a un lugar como este, no necesariamente tan lejos de la capital, pero sí lo suficiente como para poder experimentar cada día ese estilo de vida en que nadie corre, en que cada paso se disfruta, en que uno es capaz de valorar como se merece lo que tiene a su alrededor, en que el tiempo no es oro, pero reluce más. Y digo sueño porque no es más que eso, una fantasía que difícilmente se cumplirá, ya que apartar a mi querida esposa y a mis hijos del mundo civilizado, los centros comerciales, la cháchara intrascendente con unos o con otros, los amigos, el baloncesto y otro sinfín de cosas sería por ellos considerado secuestro.

Así que por el momento me conformaré con exprimir esos pequeños momentos que a veces nos asaltan, durante las vacaciones o incluso también en el atropellado día a día de nuestras rutinas, en que todo ralentiza su discurrir, los colores parecen más vivos y los olores más dulces, cobrando para mí durante unos preciosos instante un sentido de la vida mucho más íntimo que las aglomeraciones en el Xanadú, los atascos en la M-40 o el repugnante olor a sobaco del Metro de Madrid.


lunes, 24 de julio de 2023

Y cayeron cincuenta

Querido yo adolescente,

Aunque pueda sorprenderte que lo haya recordado, te escribo desde el futuro, en concreto desde el 23 de julio de 2023, el día en que acabas de cumplir cincuenta años. No sólo no me he olvidado de atender la promesa que nos hicimos el uno al otro cuando alcanzamos la mayoría de edad, sino que durante estos últimos días me has venido con frecuencia a la mente. Esa inagotable preocupación tuya por lo que el futuro te depararía, por la persona en la que te habrías convertido al llegar a este punto del camino. Antes de nada te adelanto que la cifra, por muy redonda que pueda parecer, es absolutamente irrelevante, más allá del alivio que te proporcionará saber que aquí sigues, que ningún accidente o enfermedad te ha sacado irremediablemente del camino. Te sentirás exactamente igual al soplar cincuenta velas que cuando soplaste cuarenta y nueve. Y auguro que no será muy distinto el año que viene. También quiero, antes de entrar en detalles, darte un consejo: relájate, tómatelo con calma, disfruta del viaje. Carpe diem, como dice esa película que sé que tanto te gusta y que has debido ya ver como seis veces.

Recuerdo con meridiana claridad cuánto te angustiaba cumplir las expectativas. No ya las que tu familia pudiera haber depositado en ti. Ni siquiera las que tú mismo te impusiste. Te atemorizaba simplemente el no ser capaz de encontrar un trabajo o formar una familia. Tenías tus fantasías, claro, pero conseguir incorporarte a la dinámica de la vida común de los adultos era lo que te quitaba realmente el sueño. ¡Cuántas noches tratando de prepararte mentalmente para todo lo que significaba labrarte un futuro! O para lo que tú pensabas que aquello implicaba. Era tu monstruo en el armario, tu coco particular. En los días más bajos te visualizabas años después solo, sin nada que comer, debajo de un puente y sin familia alguna. Así de dramático te recuerdo a los dieciocho, aunque intentabas que nadie percibiese tus inseguridades y miedos.

Empezaré por la familia, dado que por algún sitio hay que empezar y es quizá esa la piedra angular alrededor de la que todo tu mundo gira. Porque tienes la tuya propia, ¿o qué pensabas?. No falta mucho para que te tropieces con una mujer excepcional que estará siempre a tu lado, aunque siendo tan lento como eras para ciertas cosas, tardarás en darte cuenta de que ella era la destinataria de los poemas que escribías sin haberla conocido aún, esa con la que soñabas tumbada a tu lado en la cama al fantasear sobre el futuro. Pero no te preocupes porque ella se percatará antes que tú y hará que todo vaya sobre ruedas. Y si no lo estropeas, caminaréis uno al lado del otro hasta el ocaso de vuestras vidas. Tendréis descendencia, aunque para no arriesgarme a alterar el bucle espacio temporal no te diré con cuántos hijos serás bendecido. No serán tantos como te habría gustado, pero es que, para serte sincero, te columpiaste mucho, machote. La vida hoy en día no está para tener una familia tan numerosa como la que deseabas.

Te aterraba también no estar a la altura en lo que a la paternidad se refiere. Te amedrentaba la impresionante altura a la que te parecía que tus padres y abuelos habían dejado situado el listón. No soy el más indicado para desvelarte tu nivel de satisfacción hasta la fecha con tu propio rendimiento en este ámbito, sobre todo porque aún queda mucha tela por cortar -que uno es padre hasta el último día-, pero sí te puedo confesar que en este momento, a tus cuarenta y diez, te sientes profundamente orgulloso de ser el padre de tus hijos.

El resto de los tuyos andan bien. Papá y mamá, con sus achaques, pero siguen tirando para adelante. Y los hermanos, bueno, gozan todos ellos de vidas felices y plenas, aunque vete preparando para hacer kilómetros si quieres verles, dado que eres el único que sigue residiendo en Madrid. Sorpresas te da la vida, ¿verdad? Con eso no contabas...

Ni famoso ni millonario. Tampoco lo ambicionabas a los dieciocho, pero no le habrías hecho ascos. Te ganarás la vida honradamente, apretándote el cinturón algunas veces y dándote muy de vez en cuando algún pequeño lujo. Lo harás lejos del sector en el que esperabas que hubiese un hueco para ti, pero salvo durante alguna etapa puntual de tu vida laboral, disfrutarás con las labores que desempeñes. Habrá días en que tu función te resultará gratificante y otros en los que te darás cabezazos contra la pared pensando que ese no era tu camino, pero al final, y esto no lo aprenderás hasta mucho más adelante, todo se termina equilibrando.

El deporte seguirá siempre muy presente en tu vida, pero tus hijos te arrastrarán a canchas muy distintas a esas en las que tú te dejas cada domingo los tobillos. Llorarás con algunos de sus éxitos y te llevarán los demonios con sus fracasos, pero te lo vas a pasar teta. Y como espectador deportivo contemplarás triunfos del deporte español que ni siquiera puedes imaginar. Si yo pudiera contarte, pero claro, aprovecharías la información para enriquecerte gracias a las apuestas deportivas, negocio que, por cierto, te asombraría descubrir lo mucho que se ha expandido por todo el mundo. 


Sigue leyendo, oyendo música, viendo películas. Gracias a las Bellas Artes adquirirás conocimientos que te aportarán una perspectiva de la vida y del ser humano que te será siempre de utilidad. E intenta no dejar nunca de escribir. No siempre te resultará sencillo encontrar momentos para ello, pero esfuérzate por no perder el hábito. Descubrirás cosas sobre ti mismo que de otra manera no podrás conocer y además comprenderás que pocas cosas te producirán mayor paz que el plasmar sobre el papel tus ideas, tus historias y tus pensamientos.

Cuida de tu salud. Limita tus vicios si no puedes desprenderte de ellos. Haz deporte. Come sano. Todo eso que tus padres te andan diciendo últimamente con tanta frecuencia y que a ti te parece una tortura escuchar, será lo mismo que tú les dirás a tus hijos y entenderás que ellos tenían razón al darte esos consejos.

Vas a tener un primer medio siglo maravilloso. También las cosas malas que te ocurran terminarán formando parte de esta sensación que hoy me embarga a mí de que la vida está siendo generosa contigo. No pierdas el tiempo preocupándote por aquello sobre lo que no tengas control. Intenta pararte a mirar de vez en cuando el paisaje.

Y por último, adquiero un nuevo compromiso contigo: cuando cumpla setenta y cinco volveré a escribirte, te adelantaré algunas cosillas de lo que te espera y, cómo no, dado que es mi obligación, te daré unos consejillos.

Hasta entonces, VIVE.


  

jueves, 20 de julio de 2023

Así nos ven

Las historias de inocentes acusados y condenados injustamente por un crimen que no cometieron llevan sucediéndose desde que el mundo es mundo. Las de personas reales o personajes ficticios que arrastran durante sus vidas una culpa que no es suya simplemente por encontrarse en el lugar y momentos equivocados. Y suelen conmovernos. Mucho.

La justicia es un concepto muy volátil que en ocasiones es ninguneado en aras de intereses políticos, prebendas económicas o prejuicios raciales o religiosos, pero al mismo tiempo es el mínimo que cualquier ciudadano del mundo civilizado exige para sí mismo y para los demás. Pocos atropellos nos escuecen más, como seres humanos, que los que se cometen en su nombre.


Quizá por eso, Así nos ven, la miniserie de unas seis horas que recientemente ha estrenado Netflix, me ha dejado con el cuerpo del revés. Como decía, no es un relato que sorprenda por su originalidad o por su afán innovador, pero es desde luego una pequeña joya televisiva que da testimonio de cómo un error policial (y el empeño de sus responsables en encubrirlo) puede malograr la vida de, en este caso, cuatro jóvenes de color y otro latino, residentes en el barrio neoyorquino de Harlem, de entre quince y dieciséis años, que fueron en 1989 acusados de, entre otros muchos cargos, violación e intento de homicidio y que pasaron entre rejas, sufriendo las consecuencias de ser negros y además supuestos violadores, entre cuatro y doce años.

Es una historia real, no es ficción, y por lo que he podido investigar, los policías, la fiscal y el juez que se ocuparon de aquel caso de "los violadores de Central Park", así como un jovencísimo Donald Trump, empeñado en su indudable culpabilidad hasta el punto de intentar rehabilitar la pena de muerte en el Estado de Nueva York, actuaron con tan mala fe como en la serie se muestra, y los chicos, más allá del odio que hacia la comunidad negra ha existido y sigue existiendo, los candidatos menos imaginables que pudieron encontrar para cargarles el mochuelo. A uno ya no le sorprende que en un país tan racista como lo es Estados Unidos, treinta años después se eligiese como Presidente al mencionado Trump.


Pero más allá de la historia, de los detalles de la investigación y de los flashback que nos ayudan a entender las vidas de los muchachos antes de que se convirtieran en enemigos públicos del pueblo americano, todo ello superfluo por haber sido ya el argumento de muchas novelas y películas, está la manera de contarlo. Ya lo he dicho tantas veces que lamento repetirme yo también, pero el cómo vale muchas veces por sí solo el precio a pagar por escuchar o ver lo mismo que otras veces.

Y es que todo, absolutamente todo, lo que rodea a esta producción, destila una impresionante calidad cinematográfica. Directores, guionistas, actores, fotógrafos, escenógrafos y tramoyistas. Simplemente excelsos. Inconmensurables. Y detrás de todos ellos, como productora ejecutiva, una de las voces negras más radicales y al mismo tiempo más comerciales de la nación americana: la celebérrima periodista Oprah Winfrey.

Más allá del espinoso asunto del color de la piel, late en el relato un mensaje que en muchas ocasiones, aquí en casa, hemos transmitido a nuestros propios hijos: no basta sólo con ser buenas personas, sino también ser lo suficientemente inteligentes para saber evitar los conflictos que pueden tener consecuencias serias para vuestro futuro. Uno de los mayores miedos que nos invaden a los padres de adolescentes es el de las compañias con las que nuestros hijos se juntan y las acciones a las que estos pueden arrastrarles. Cierto es, como en Así nos ven, que a veces ni siquiera eso es suficiente, que incluso siguiendo ese consejo protector, nuestros hijos pueden encontrarse igualmente en el ojo del huracán, pero nunca está de más educarles al respecto.


Os garantizo que no recibo comisiones de Netflix por recomendar sus productos, pero es que, a pesar de la masiva pérdida de afiliados que les ha generado el cambio en su política de streaming, sigue siendo, con notable diferencia, la plataforma digital más completa, tanto cuantitativamente como - y esta serie es un claro ejemplo - cualitativamente.

PS: Y si buscáis algo más motivador, me permito sugeriros encarecidamente una película, también basada en hechos reales, que no os dejará indiferentes y que también se encuentra en esta plataforma y se ha estrenado recientemente: Las nadadoras.

Pura delicatessen.



lunes, 17 de julio de 2023

Wallapop con y sin dolor

Durante el pasado verano, debido a los desvelos que me provocaba la angustiosa preocupación por encontrarme desempleado e indefenso ante la enfermedad que me asolaba y que en aquel momento aún no había alcanzado su punto más álgido, decidí registrarme en Wallapop y poner a la venta ciertos artículos a los que no les tenía un especial cariño y a los que ya no se daba en casa ningún uso: una Playstation Vita con sus respectivos juegos, unos Funkopops, algunas colecciones de cromos... cosas de las que, en líneas generales, no me dolía desprenderme. Sorprendentemente lo vendí casi todo y conseguí unos ingresos que, sin ser elevados ni proporcionar a la economía familiar demasiado oxígeno, me hicieron sentir mejor en lo que a mi contribución económica a las arcas familiares se refería.

Para ciertas cosas soy un tipo materialista. O más bien, coleccionista. Pero sin demasiados dramas visibles, llegado el momento de prescindir de ciertos objetos. Así ocurrió en su día, cuando urgía convertir el cuarto de estar en un dormitorio más, con mi colección de cassettes, que fueron a parar a la basura, y de cedés, que acabaron en cajas de cartón que desde entonces no han vuelto a ser abiertas. En aquella ocasión sí me invadió un leve pesar al desembarazarme de aquella gran colección de cintas de música que me había llevado años recopilar. También una suerte de derrota menor por verme obligado a quitar de mi vista y condenar a un ostracismo acartonado la selecta colección de cedés que hasta entonces había ocupado una estantería completa, del suelo al techo, en el cuarto de estar. Pero no monté ningún número. Era necesario hacerlo.

Seguí vendiendo algunas cosas esporádicamente, como los seis o siete vinilos que aún conservaba y que me compró un desaliñado coleccionista de música de los años ochenta, los juegos de la PS4 a los que ya les habíamos sacado todo el partido que podíamos en casa o los libros de Los futbolísimos con los que tanto disfrutaban mis hijos cuando yo aún pensaba inocentemente que llegarían a ser unos lectores tan ávidos como lo he sido y lo soy yo.

Durante unos meses las ventas se frenaron en seco, especialmente porque en mi muro de Wallapop quedaban ya muy pocos artículos expuestos. Hasta que hace un par de semanas un comprador se puso en contacto conmigo para interesarse por un raro ejemplar en perfecto estado de revista de El diario de Ellen Rimbauer: mi vida en Rose Red que yo había dejado en mi muro a un precio relativamente razonable. Aunque el libro no es obra de Stephen King, muchos se la atribuyen al haber escrito él el guión de la miniserie Rose Red y es hoy por hoy muy difícil encontrar primeras ediciones de la novela, como la que yo estaba dispuesto a vender. En la contraportada aún conservaba incluso la etiqueta de Continente (lo que luego se convirtió en Carrefour) con el precio: 595 pesetas. Se lo vendí por 80 euros.


Esta venta, unida a nuestra intención futura de remodelar el salón y convertirlo en otro más moderno y diáfano, sin tantas estanterías ni adornos, me animó a poner a la venta mi colección completa de novelas de Stephen King. La friolera de unos sesenta libros, desde algunas colecciones de relatos como La niebla o La expedición, que compré en tapa blanda ya en el siglo XXI y por las que no puedo pedir demasiado, hasta Rabia, la joya de la corona, una primera edición, también en tapa blanda, del único libro del Rey del Terror que él mismo ordenó descatalogar por haber sido referente sociológico de uno de esos adolescentes tarados que se lían a tiros en los institutos de Estados Unidos. Entre medias de ambos extremos, de todo, la mayoría primeras ediciones en tapa dura y perfectamente conservados que Nuria siempre, llegadas las Navidades o mi cumpleaños, conocedora de mi obsesión por King, me entregaba cuidadosamente envueltas.

Mientras fotografiaba cada volumen, redactaba la descripción del producto, calculaba el precio que me parecía más justo y subía todo ello a mi muro, notaba ya cómo esos meros preparativos me producían sarpullidos emocionales de importancia. A algunos les sorprenderá que yo, que suelo abogar por la literatura de calidad, sobre todo en lengua castellana, tenga como uno de mis autores de cabecera a este escritor norteamericano. Reconozco que tanto su estilo como sus historias se alejan muchísimo de lo que a mí me apasiona leer. Siempre priorizo, tal y como he comentado en anteriores ocasiones, el cómo me cuentan las cosas frente a la historia en sí misma, pero Stephen King es mi excepción a esa regla. Por eso y por el esfuerzo que sé que le costaba a Nuria ahorrar el dinero suficiente para comprarne el último King, la emoción con que me entregaba su regalo y la ilusión con que yo lo recibía, por todo ello, estas ventas en Wallapop, que ya he empezado a realizar, me están doliendo lo inimaginable.


Me he convencido a mí mismo de que al final, lo físico, lo material, tan sólo ocupa espacio, pero las emociones y las sensaciones que en mí generaba el momento en que abría estos libros por primera vez, el olor a nuevo imundaba mis fosas nasales y la imaginación se me disparaba sólo con acariciar los dibujos de las portadas o las ilustraciones de su interior, eso siempre permanecerá en mí y nunca me será necesario desprenderme de ello.

Porque si no me engaño pensando así, el dolor de estas ventas por Wallapop me va a perseguir al final de mis días.




martes, 11 de julio de 2023

Tiempo de asueto

El hecho de que lleve más de un año sin trabajar a causa de mi enfermedad y de que este verano sea, por esa y por otras circunstancias, el tercero consecutivo que afronto desempleado, no rebaja las expectativas que siempre deposito en las dos semanas que habitualmente intentamos Nuria y yo reservarnos para salir en verano de Madrid, pasar tiempo de calidad juntos y cargar las pilas para enfrentarnos a lo que el curso nos depare. Este año en concreto, en que ella ha tenido que multiplicar sus esfuerzos y las horas fuera de casa para que mi situación no suponga una merma excesiva en nuestra situación económica, me pueden las ganas de disfrutar de unos días pegado a ella como una lapa. Serán menos de los previstos, a cuenta de las elecciones, pero intentaremos desconectar tanto como podamos.


Atrás quedaron las más de dos décadas en que nuestro destino cada verano era Oropesa del Mar, donde mis padres compraron en su día un apartamento en primera línea de playa y donde teníamos a nuestra disposición todo lo necesario para gozar de unos días de holganza y entretenimiento plenos. Hace ya unos cinco años que el piso fue vendido y desde entonces hemos cambiado Castellón por Pontevedra, donde siempre nos acogen mis hermanos con los brazos abiertos y donde; aunque el plan es otro completamente distinto, las risas están garantizadas. Tiempo para que los primos se reencuentren y no se aflojen los lazos que les unen. Tiempo también para escapar del horno en que la capital se transforma.

De visitar a mis hermanos, aparte por supuesto de su compañía y de la oportunidad de ver cómo crecen los tres sobrinos que allí tengo, lo que posiblemente más me gusta, incluso por encima de la gastronomía, que es variada y espectacular, es acompasarme al ritmo tan diferente con que la vida transcurre por aquellos lares. Cierto es que nuestra visita a ellos les trastoca el paso y que andan los días que allí permanecemos, invadiendo su espacio, más ajetreados y acelerados de lo que tal vez acostumbran para que sean para nosotros días de desconexión y asueto reales, pero sé que a ellos también les compensa el esfuerzo que realizan y que nosotros reconocemos y agradecemos con la mano en el corazón.


Aunque mi prioridad principal será compartir tiempo y anécdotas con mi familia, viajaré con el portátil bajo el brazo y el firme propósito en mi cabeza de trabajar en mi novela en los ratos que tenga libres. Avanzo muy lentamente y temo que a nuestro regreso, si las cosas discurren según lo previsto, pueda estancarse el proyecto, dado que confío que, entre agosto y septiembre, teniendo en cuenta que el lobo parece apaciguado y su mordisco ya es más tolerable, encontraré un buen trabajo que me impedirá dedicar tanto tiempo a mis escritos. Así que es mi intención darle un buen empujón a Todo lo que me ocultaste antes de que eso ocurra.

Y en cuanto al blog, pulsaré el botón de pausa durante las vacaciones, aunque seguiré colgando durante estos días algunas entradas escritas durante estos meses de convalecencia y que se han quedado en la carpeta de Borradores para dejar paso a otros que exigían, por diferentes motivos, tomar la delantera frente a sus hermanos, pero que escribí con el mismo cariño y que se merecen también hacerse visibles para los que me leéis. Pero no crearé contenidos nuevos. O al menos con esa idea viajaré, que luego ya me conozco....

Espero que todos y cada uno de vosotros disfrutéis de las mejores vacaciones a las que podáis aspirar y que estén llenas de experiencias inolvidables y de risas sin fin.

Nos vemos a la vuelta. Yo seguiré aquí, en este pequeño rincón del mundo virtual, para seguir haciendo lo que más me gusta: escribir y espero que os siga apeteciendo visitarme de vez en cuando.









viernes, 7 de julio de 2023

Cambio el 23 por el 25

Unilateralmente he decidido este año intercambiar las fechas de mi cumpleaños y de mi santo. Sin consultar a la Iglesia, al Registro Civil o a la madre que me parió. El 23 de julio celebraré el día de Santiago Apóstol y el 25 mis cincuenta palos. El Gobierno me obliga a ello, así que a pedirle explicaciones al señor Pedro Sánchez, a quien las urnas, me temo, le van a hacer pagar -entre otras cosas- la felonía de convocar elecciones en fechas tan poco apropiadas.

Ya me pareció un error plantarlas en pleno verano y un fastidio que el día elegido fuese precisamente el de mi cumpleaños. Más aún después de que las Autonómicas tuvieran lugar el 28 de mayo, fecha en la que es mi querida esposa la que sopla las velas. Y la amenaza estaba ahí, no era algo sobre lo que pudiésemos intervenir o adoptar medidas para que no sucediera. Que Nuria haya sido finalmente elegida como Presidenta de una Mesa Electoral ha elevado la situación a nivel de putada inolvidable. No sólo porque no podré celebrar con ella una fecha tan simbólica como puede parecer el cumplir medio siglo, aunque a mí, en realidad, no me parezca muy diferente a cumplir cuarenta y nueve o cincuenta y uno, sino porque además nos parte las vacaciones en canal. Ah, también a mi hermana le ha tocado el premio gordo, ya que ocupará asimismo la Presidencia en una Mesa Electoral de su municipio. Estas cosas tiene la política, que siempre deja damnificados y daños colaterales entre los españolitos de a pie. Rara vez nos libramos. Supongo que si no se ha elegido el cuatro, el trece o el veintiséis de agosto para los comicios es porque entonces serían ellos, nuestros políticos, quienes se quedarían sin vacaciones. Claro, eso sería intolerable, además de que este disparate electoral no olería peor de lo que ya huele. Un tufillo a intereses personales que echa para atrás.


Ajo y agua, como se suele decir en casos así. Pero lo cierto es que quiero que dejen de pasarnos cosas, tanto buenas como malas. Las primeras porque, visto lo visto con la plaza de Nuria en el Hospital de Móstoles, casi siempre tienen su reverso; y las segundas porque, por definición, a nadie agradan. Anhelo unos meses de rutina y aburrimiento, de que lo más sorprendente que nos ocurra sea que salgamos una noche a cenar los cuatro juntos o que Nuria y yo nos quedemos dormidos viendo una película en la televisión. Aunque me quede durante un tiempo sin temas sobre los que escribir. Ya me buscaré la vida rebuscando entre mis recuerdos.

Es cierto eso de que uno se siente más vivo cuantas más experiencias atesora, pero no lo es menos que uno se siente más cansado y estresado ante un exceso de estímulos y preocupaciones continuados como el que nosotros llevamos soportando los tres últimos años. El cerebro necesita actividad para alcanzar su máximo rendimiento, pero también necesita paradas periódicas en boxes porque si no, como dice mi amigo Pablo, se gripa. Así que cruzo los dedos para que durante el resto del verano y si es posible también durante el próximo curso, nuestras vidas se estanquen un poco y disfrutemos de un poco de paz y sosiego. 


Por el momento, toca reorganizarse e intentar convertir este tropiezo en una oportunidad. Para Nuria, de aprender desde dentro, en la medida de lo posible, cómo funciona el sistema electoral; para los chicos, para que reflexionen sobre la democracia, el sistema político bajo cuya ala están creciendo, y entiendan que a veces toca sacrificarse por el bien común; y para mí, bueno, supongo que para quitarle hierro a una fecha que, sin ser, como ya he dicho, especialmente relevante para mí, no deja de tener su aquel.

Y a soplar las velas este año dos días después de lo normal.

Sin problemas.

martes, 4 de julio de 2023

El hijo tonto

No, no. Tranquilidad, que no voy a hablar mal ni de mis hijos ni mucho menos de los de los demás. Reconozco que el título de la entrada incita a pensar que voy a darle candela a las nuevas generaciones, pero no, no toca hoy sacar la vara a pasear. Me refiero a un miembro de la familia al que no tenemos obligación de inscribir en el Registro Civil, pero que a veces se puede convertir, como ocurre con los churumbeles del matrimonio, en motivo de arduas negociaciones entre los cónyuges cuando determinan separarse amistosamente: el coche.


La expresión viene porque mis padres siempre sentenciaban, al referirse al vehículo familiar, que "gasta más que un hijo tonto".  Como muchas expresiones empleadas antaño, es sumamente descriptiva, aunque en estos tiempos de sensibilidad extrema y prudencia obsesiva frente a la incorrección política apenas se emplee, pero no deja de ser cierto que los gastos que genera tener un coche en propiedad son muy elevados. Sobre este punto en concreto, creo que no hay debate posible. Es caro sacarse el carnet de conducir, es caro comprarse un coche, es caro llenar el depósito, es caro el precio del seguro, es caro reparar una avería y suma y sigue. De hecho, para la mayoría de las acciones realizadas sobre un vehículo, salvo excepciones coyunturales, se aplica un 21% de IVA, es decir, el consignado como "general" y que constituye el más alto de los manejados por la Agencia Tributaria.

Fui yo quien inicié el otro día, tomando unas cervezas con Nuria y con Pablo y Bea, unos buenos amigos nuestros que merecerán llegado el día su propia entrada, un entretenido intercambio de opiniones sobre cuán necesario es para familias como las nuestras disponer de un vehículo propio y enfrentarse a los gastos que genera. Yo asumo, como defensor de otros medios alternativos de movilidad, que en el ochenta por ciento de las veces que ponga el tema sobre la mesa, voy a salir escaldado, como así ocurrió (tres contra uno, mierda para cada uno), pero traté de rebatir sus argumentos por convicción en mis ideas y también porque el tema empezó a dar cierto juego y, aunque me estaban sacudiendo de lo lindo, vi que se divertían a mi costa y a cuenta de los entresijos del asunto. Y mira, a mí hay pocas cosas que me hagan más ilusión que ver a quienes quiero reírse, aunque tenga yo que ser la diana de sus burlas.


Anécdotas aparte, creo firmemente que tener coche propio no es una necesidad real, al menos no para cientos de miles de familias, sino que los fabricantes, proveedores, compañías de seguros, anunciantes, el Gobierno y otros muchos más intermediarios han logrado convencernos realmente de que todos necesitamos, al menos, un coche. Todos sacan tajada, obviamente, y se vanaglorian de habernos hecho creer que sin vehículo propio somos algo menos felices.

Por supuesto, admito que hay muchas personas para las que es innegociable barajar otra opción, ya sea porque es su herramienta de trabajo, porque viven alejadas de núcleos urbanos o por otras razones, a cada cual las suyas. Pero afirmo rotundamente que para muchas otras se trata de un espejismo.

Una familia de clase media que sea propietaria de un turismo diesel, pagando una letra de doscientos euros mensuales, con un consumo medio de siete litros a los cien kilómetros, quince mil al año, un seguro a todo riesgo de rango medio, más su impuesto de circulación y las revisiones regladas del coche, puede gastar al año en estos conceptos entre cuatro mil y seis mil euros al año como poco. Sí, este es el país de la picaresca y seguro que habrá quien se busque las triquiñuelas para pagar menos, pero por ahí le rondará.

Hablamos de una familia que reside en un núcleo urbano con toda clase de servicios disponibles en un radio de dos kilómetros a la redonda, como es mi caso. El autobús a casi cualquier punto de Madrid a dos minutos caminando, el Metrosur a ocho, el ambulatorio a nueve, una frutería y un mercadito debajo de casa, etc. Para un elevado porcentaje de los desplazamientos a los que estamos obligados no nos hace falta el coche, pero estamos tan acostumbrados a él que a veces lo cogemos sólo para ahorrarnos el paseo y ganar un poco de tiempo. O porque hace mucho calor, llueve o hace frío. Comodidad e inmediatez, no hay duda. Pero no necesidad.

Para esos otros desplazamientos en los que no queda más remedio que utilizar un coche, hay muchas alternativas. Yo he echado mis cuentas y calculo que podría ahorrarme más del cincuenta por ciento de lo que gasto en "mi hijo tonto" simplemente, por poner algunos ejemplos, haciendo uso de la tarjeta de transportes, pidiendo que me traigan la compra a casa, alquilando un coche los tres o cuatro fines de semana al año en que me escape de Madrid y las dos semanas de vacaciones de verano. Y eso sólo son algunas ideas que se me ocurren.

Ganas tiempo y confort, no hay duda, pero la cantidad que uno se ahorraría con estas alternativas es considerable. Me proponían que dejase de fumar si lo que quiero es ahorrar, pero, más allá de la irrefutable sabiduría que dicho consejo encierra en lo referente a mi salud y que cualquier día de estos me propondré seguir, yo pensaba: "o sea, dejo el único vicio que tengo y del que desgraciadamente para mí disfruto, pero mantengo un gasto ocho veces mayor que no considero necesario". Si dejo de fumar, a lo mejor me puedo pagar unas vacaciones pasables el año que viene en Peñíscola, pero si cierro el grifo al coche, tal vez me pueda permitir, como afirmé sin mucho conocimiento de causa dado que no he mirado precios, una semanita en Bora Bora. Si abandonase ambas costumbres, no sólo ganaría en salud, liberado del efecto de la nicotina en mis pulmones y del estrés que los atascos me generan, sino que además podría pegarme unas vacaciones cada año que ni Cristiano Ronaldo.

En fin, a nadie voy a convencer de mis ideas y ahora tengo que soportar continuamente la pullita, cuando informo de que tengo que ir a un examen o a ver a mis padres, de que me vaya en un Uber. Y contener mi asombro cuando los que defienden la necesidad del coche se llevan las manos a la cabeza por lo que el taller les va a cobrar por la revisión, el cambio del filtro del aire y de las pastillas de freno, la sustitución de los neumáticos o la suma de todo ello.

Así son las cosas...




domingo, 2 de julio de 2023

Opositar es divertido

Cuando hace algo más de dos años abandoné Sitel, la que había sido mi empresa y también mi segunda casa durante casi diecinueve años, cinco meses y doce días, lo hice por voluntad propia y asumiendo personalmente todas las consecuencias que aquella decisión pudiese acarrear, aunque hubo dos personas que me animaron enfáticamente a ello: Nuria, que nunca dejó de apoyarme ni me ha reprochado jamás aquel paso que me animé a dar y que por el momento no nos ha deparado desgraciadamente demasiadas alegrías, y sobre todo Verónica, una compañera del equipo de Coordinación de la campaña de Servicios Financieros Carrefour, a la que ambos estábamos adscritos, y que, en todo lo referente a buscar empleo, se ha convertido en mi Coach Manager personal, especialmente en lo relativo a rastrear ofertas de empleo público. Y es que Vero, a diferencia de mí, ya tenía una idea, desde mucho tiempo antes de que dejásemos la empresa, meridianamente clara de lo que pretendía hacer con su vida: opositar. Comunidad de Madrid, Ayuntamientos, INSS, Ministerios, Museos, Aena, Adif... lo mismo daba, pero nunca jamás regresar a la empresa privada. 


Aquel era su reto personal, suyo en exclusiva, pero en dos etapas diferentes yo intenté ajustarme también a su ritmo, contagiado por su pegadizo entusiasmo y por su firme certeza, y hacerlo mío estudiando, haciendo tests en casa, presentándome a algún examen. Intercambiando siempre los dos información, resúmenes o temarios. Si la primera vez desistí y me bajé de aquel tren fue porque conseguí el trabajo en Marsh y me resultaba completamente incompatible, habida cuenta del tiempo que a mi nuevo pagador debía dedicarle, compaginar aquel matapersonas con los estudios. Volví a engancharme al vagón de las oposiciones, del que ella no había hecho amago ninguno de bajarse en ningún momento, cuando me quedé en la calle e incluso durante los primeros meses de mi enfermedad, hasta que comprendí que mi incapacidad para concentrarme en leyes y temarios a causa del dolor me estaba provocando anímicamente una frustración extenuante. Fue entonces cuando determiné que necesitaba encontrar una actividad a la que dedicar mi tiempo que me permitiese evadirme mínimamente de la desesperanza que se estaba adueñando de mí. Abrí este blog y volví a escribir. Y creo que aquello me salvó.

No perdí de vista a Vero ni ella a mí. Me alegré como si de mí mismo se tratase cuando consiguió un contrato interino en una oficina del SEPE cercana a su barrio. Seguía preparando oposiciones y buscando conseguir una plaza propia. Incansable. Me escribía cuando podía para ver cómo evolucionaba yo y nunca dejó de mandarme enlaces para ofertas de empleo público, aunque la mayoría de las veces, tras echarlas un fugaz vistazo, las descartaba para seguir combatiendo mis dolores armado con mi blog y mis relatos. Me quedaba al hacerlo un poso de culpabilidad por estar quizá eligiendo mal o porque ella pudiese pensar que estaba despreciando las molestias que por mí se tomaba. No sólo no fue así, sino que adaptó sus búsquedas hasta localizar un par de ofertas que se adaptaban a mí como anillo al dedo.


Ayer, sábado, coincidimos ella, su marido y yo en la Universidad Complutense a cuenta de un proceso selectivo para AENA, aunque cada uno optábamos a un puesto diferente. Yo estaba ahí porque ella, cómo no, me había informado acerca de la convocatoria, para la que no tuve que estudiar ni dejar de trabajar en mi novela, dado que los requisitos en esta primera fase eran básicamente tener el título de Periodismo y al menos un B1 en inglés, condiciones que cumplo sobradamente. Hacía tiempo que no nos veíamos, a pesar de enviarnos mensajes regularmente. Me hizo mucha ilusión coincidir de nuevo con ella y comprobar que en su propósito, o al menos eso me ha parecido, no ha cedido ni un milímetro. Rubén, su marido, y yo nos hemos presentado a este examen con ciertas expectativas, pero ella, que sabe que con bastante seguridad, en caso de superar esta fase, no llegará mucho más lejos por no sumar demasiados puntos en la siguiente, correspondiente a presentación de titulaciones, según ha confesado, ha ido allí a jugar. Y es que para Vero, opositar es divertido. Y creo que realmente, quien aspira a conseguir un puesto de estas características, debe enfocarlo tal y como ella lo hace, ya que, de lo contrario, la cima puede hacerse muy empinada.

No recuerdo el momento ni las circunstancias exactas en que la conocí. Soy un desastre para archivar en mi memoria la primera vez que traté con este o con aquella. Pero sí que  me acuerdo de cuánto me impresionaron su inagotable proactividad, la seguridad que transmitía en sus decisiones y en sus actos y la confianza ciega con la que los agentes de su equipo la seguían. Debo admitir que me intimidaban su presencia y su capacidad para resolver los problemas que surgían en el Call Center y para aceptar los reveses que recibíamos. Era alguien de quien me di cuenta rápidamente, como así ha sido con el tiempo, que podía aprender muchísimo.


Yo sé que lo conseguirá finalmente. Y sospecho que no se quedará ahí. Que entre su carácter inquieto y la afición que le ha cogido a esto, seguirá aspirando a mejorar su vida en lo que al trabajo se refiere. Cuando tenga su plaza, en la institución que sea, continuará oteando el horizonte en busca de nuevas oportunidades. No va a necesitar suerte en su trayectoria, sino justicia. 

Y cuando eso ocurra, nosotros, los usuarios de los servicios públicos, bendeciremos el momento en que decidió sustituir los hábitos del telemarketing privado por los de la empresa pública.

Como que mañana saldrá el sol....




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