miércoles, 30 de agosto de 2023
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viernes, 25 de agosto de 2023
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lunes, 21 de agosto de 2023
Campeon@s... una vez más
jueves, 17 de agosto de 2023
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domingo, 13 de agosto de 2023
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miércoles, 9 de agosto de 2023
Aquellos veranos ochenteros
lunes, 7 de agosto de 2023
El mordisco del lobo - Tercera parte
Desde que regresamos de nuestras vacaciones en Galicia, deambulo por la casa algo taciturno. No sabría definir exactamente a qué se debe este desánimo que se ha ido poco a poco adueñando de mí durante estas últimas dos semanas, aunque en mis intentos por dilucidar las causas de mi desasosiego reconozco un poso de resignación que me encorajina y me decepciona a partes iguales. Suelo camuflar mejor que Nuria mis sentimientos tras una máscara de optimismo y vitalidad que no siempre es real, pero a pesar de eso, ella se ha percatado de mi desazón, me ha interrogado al respecto y yo no he negado que algo me ocurre, aunque no sea capaz de determinar exactamente qué me pasa.
Es obvio que seguir sintiendo dolor después de catorce meses contribuye a que mi estado de ánimo aún no sea el mejor. Que viva momentos, especialmente al despertarme por las mañanas, en que me cueste ponerme en marcha. Hace un par de días, sin ir más lejos, y de manera excepcional, me dejé llevar por la pereza durante un par de horas, dándome la vuelta en la cama al abrir los ojos y quedándome ahí tirado, compadeciéndome de forma indignante de mí mismo. El lobo ya no muerde, pero siento como si hubiera dejado sus colmillos clavados en dos puntos muy concretos de mi anatomía para recordarme que mi cuerpo ya no es el que era y que tal vez nunca lo vuelva a ser. Hago una vida relativamente normal, pero aún así, sigue siendo el dolor en esas dos zonas el que me recibe cada día al despertar, tras no más de cinco horas tumbado, y ya no me permite conciliar de nuevo el sueño, aunque la temperatura a esas horas, las siete u ocho de la mañana, en estos días tan calurosos, sea la idónea para permanecer aún un rato más dormitando. No la satisfacción de un cuerpo descansado. No la expectativa de todo lo que el nuevo día pueda depararme. No el cuerpo cálido de Nuria tumbado a mi lado ni los tenues ronquidos procedentes de las habitaciones de los chicos. No, lo primero es el dolor. Y aunque su intensidad es muy inferior a aquella con la que en los meses más duros me castigaba, son su frecuencia, su puntualidad y su continuismo los que me hacen proferir un suspiro de desaliento. Todos los días, entre las siete y las ocho de la mañana, sin excepción. Se diluye al rato de levantarme y ponerme en marcha, y sólo regresa a lo largo del día si abuso durante demasiado tiempo de una misma postura. No cabe duda de que la cosa ha mejorado notablemente, incluso salgo de nuevo a caminar mis cinco, ocho o diez kilómetros sin que me estorbe en exceso, aunque cuando lo hago, por lo general el dolor también se presenta al acostarme por la noche. Pero es tolerable y me compensa. Sin embargo, lo que no cambia, lo que genera en días como hoy que me desespere, son esas incómodas punzadas en mi espalda y mi costado que se empeñan cada día en ejercer de despertador.
Raíces de la zona lumbar severamente dañadas como consecuencia de la acción del herpes zóster en mi organismo. Ese fue el diagnóstico de la última prueba médica a la que fui sometido con el propósito de determinar el alcance de los daños sufridos. Se propone infiltración en la L3 y la L5 como opción para bloquear el dolor. Ese, el plan de acción sugerido por la Unidad del Dolor, que me ha tenido en lista de espera desde hace tres meses para llevar a cabo la intervención. Hoy me han llamado para comunicarme que se realizará el próximo lunes. Por supuesto, como viene ocurriendo durante todo el proceso, no hay garantías de que esto vaya a mitigar el dolor. Por ello me he forzado a mentalizarme de que quizá sea así durante el resto de mi vida. Hay personas que padecen artritis, artrosis o fibromialgia que estoy seguro que lo pasan peor que yo, así que no me quiero lamentar más de la cuenta. Me parecería ofensivo y poco respetuoso. Prefiero pensar que la infiltración funcionará y que deberé someterme a ella cada cierto tiempo para mantener bajo control el dolor y poder disfrutar de una vida plena. Sospecho que también contribuye a este estado general de abatimiento esa necesidad perentoria de asimilar de una vez por todas la posibilidad de que las heridas del lobo nunca cicatricen.
Una de las consecuencias más previsibles de la situación que he me ha tocado vivir es que el sedentarismo forzoso al que el lobo me empujó ha alterado todos los marcadores de mi organismo: azúcar, ferritina, colesterol, triglicéridos, etc, convirtiéndome, en palabras de mi doctora, en una bomba de relojería. A corregir estas desviaciones he dedicado mis esfuerzos durante estos últimos meses mediante la ingesta de nuevos medicamentos, cambios en mi dieta y una mayor actividad física. Sobre lo que tengo por mí mismo una cierta visibilidad, a saber, el peso y el azúcar, mis esfuerzos están ofreciendo resultados claramente satisfactorios. Y no tengo dudas de que en mi próxima analítica las noticias acerca de todo lo demás serán buenas.
Junto a todo esto, no puedo ignorar, como posibles causas adicionales de mi abulia, otras de distinta índole.
Por un lado, la sensación de que el tiempo de poder dedicarme a mí y a mi afición de escribir se me acaba. De que no lo he aprovechado tanto ni tan bien como debería. De que cuando empiece a trabajar será mucho más difícil encontrar huecos para seguir adelante con mis proyectos. Eso, no lo niego, me provoca tristeza.
Y por último, aunque vislumbro en el horizonte un par de alternativas laborables bastante atractivas, pero inciertas aún, subyace en mi interior la inseguridad que a uno le produce el haber permanecido durante tanto tiempo alejado de la pomada, algo que no sé si será normal o no, pero que lamentablemente no puedo obviar.
Creo que es el cúmulo de todos estos sentimientos el que me tiene estos últimos días algo alicaído. Hasta el punto de que esta mañana, sintiéndome vulnerable y aunque sé que de nada sirve ya a estas alturas, me he preguntado si no cometí un terrible error hace ya dos años y medio cuando decidí tirarme a la piscina y abandonar voluntariamente la empresa en la que durante veinte años presté mis servicios. Sé que hacerlo es una pérdida de tiempo y que la respuesta es un rotundo NO, que la gran mayoría de los que optaron por quedarse allí lo pasaron después muy mal y que muchos terminaron saliendo igualmente, pero en condiciones mucho peores. Por ello he borrado de mi cabeza ese interrogante, aunque no se puede negar que las cosas, desde el momento en que firmé el finiquito, las cosas no han salido como esperaba.
Tampoco me dejo amilanar por estas sensaciones que necesitaba poner en negro sobre blanco para poder analizarlas más de cerca, para visualizarlas des una perspectiva distinta. A pesar del dolor, de la frustración o de la inseguridad, me siento más fuerte. Mucho más que hace unos meses. Y tengo el firme propósito de aprovechar esa fortaleza para convertir estos obstáculos con los que me he topado en una oportunidad de levantarme y resurgir tras una experiencia tan mala como la sufrida.
Que se vayan preparando.
jueves, 3 de agosto de 2023
Cien verdades
Los motivos de este blog
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Llevo tres meses resistiéndome a abandonar este espacio virtual en el que acostumbro - por desgracia cada vez con menor frecuencia - a vomit...
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Después de todo, aquella chica no consiguió, pese a sus inconmensurables esfuerzos y su perpetua constancia, obtener la nota media exigida p...








