miércoles, 30 de agosto de 2023

Lo que la cancha nos da: Juan Núñez

No fue la primera vez que le veía jugar, pero sí la primera que consiguió dejarme completamente boquiabierto. Él tenía sólo diez años y era su primera temporada compitiendo a nivel federado, aunque Miguel, su padre, había sido entrenador durante muchos años en Canoe y es de suponer que el chaval debía haber mamado ya buenas dosis de baloncesto en casa. Se disputaba la final del Campeonato de Clubes de Madrid en categoría Alevin. Fue el amo y señor del partido, pero lo más sorprendente, desde mi punto de vista, sucedió cuando tan sólo restaban unos segundos para concluir el encuentro. Incluso a mí, que aún no sabía apenas nada de este deporte, me llamaron la atención su temple y su inteligencia. Alcorcón Basket ganaba por pocos puntos, cuatro tal vez, no lo recuerdo con exactitud, y tenían la posesión del balón. Pidió la bola y, en vez de precipitarse hacia la canasta contraria como haría casi cualquier niño de esa edad, buscó con la mirada el marcador electrónico para ver cuánto tiempo quedaba y, metafóricamente hablando, le cantó una nana a la pelota. Nadie más, ni rivales ni compañeros, pudo tocarla hasta que sonó el bocinazo que indicaba el final del partido y Alcorcón Basket estalló de júbilo con el primer título de su historia. No fue la excelente visión de juego que le ha caracterizado siempre o el clásico pase en largo a una mano que siempre le definió los que me hicieron sospechar que aquel chaval era distinto. Fue ese control de los tiempos, esa madurez para decidir qué hacer cualquier otra cosa que no fuera dormir el partido podría perjudicar a su equipo, lo que me dejó anonadado. Resulta extraño ver algo así en un crío de tan corta edad y de ahí mi asombro.


Durante los meses siguientes tuvimos la fortuna de coincidir con mucha frecuencia con él y con sus padres, gente cordial, sencilla y de conversación variada y amena, dado que tanto Sergio como, por supuesto, Juan eran convocados para todas las jornadas de preparación que la Federación de Madrid organizaba para el Campeonato de España de Seleccones Autonómicas a celebrar en Cádiz. Él ya había fichado por el Real Madrid, un año antes de lo que es habitual, y su baloncesto estaba creciendo a un ritmo imparable. Detrás del artista que desplegaba su talento sobre la cancha, en el trato más cercano, era un niño que en presencia de adultos se comportaba con educación y que escuchaba, respetuoso, lo que a su alrededor se hablaba, mirando a los ojos a su interlocutor y exhibiendo esa media sonrisa picaruela que aún conserva. De lo que observábamos de su relación con los compañeros, nos llamaba la atención que, sin ser el más travieso, ni el más introvertido, sin destacar en su comportamiento para bien o para mal en ningún sentido, todos los demás orbitaban de manera natural alrededor de él y buscaban su aprobación. Nunca le vi, como a otros, reirse a carcajadas, pero en sus ojos podía percibirse que se lo pasaba bien en ese ambiente. Si alguna vez se enfadaba era consigo mismo, nunca con los demás. Un líder silencioso. Creo que todos los que conformábamos aquel grupo, entrenadores, padres y chavales, teníamos claro que si alguno de los doce que formaban aquel equipo llegaba algún día a poder vivir del baloncesto, sería seguramente él.

Si mi hijo Sergio tuvo su minuto de gloria fue en buena medida gracias a Juan. Ocurrió en la final de aquel Campeonato entre Madrid y Cataluña. Con el marcador aún apretado, el rival tiró a canasta, el balón no entró y el rebote lo cogió uno de nuestros jugadores altos, tal vez Harold, Sediq (el hermano de Usman Garuba) o Baba Miller (otro crack del que un día hablaré). Entregó inmediatamente el balón al base, a Juan, que con uno de esos recursos que había adquirido en su época en el balonmano, donde también brilló, lanzó un pase largo a la pista contraria, donde ya corría Sergio, que recibió y sin oposición, machacó el aro. Creo que nunca dejaré de presumir, a la vista de lo que Juan está haciendo en este Mundial y de los éxitos que le esperan, de que fue él quien le brindó aquella asistencia a mi hijo.


Coincidieron los dos un año después en el Real Madrid, donde Juan ya se había convertido en una de las más firmes promesas del baloncesto nacional. Sólo eran infantiles, pero él ya dejaba en cada campo algún detalle de crack mundial, y jugaba en muchas ocasiones con los cadetes porque tenía nivel para ello. Su palmarés en categorías inferiores, tanto con el Real Madrid como con la Selección española empezaba a ser alucinante y tuvimos la suerte de poder compartir y celebrar con su familia un Campeonato de Madrid, un Campeonato de España de Clubes en Pontevedra y una Minicopa en Canarias, experiencia esta última que siempre recordaré por una comida inolvidable que compartimos con sus padres y con los de Jorge Rosón, otro de los componentes de aquel equipo.

Le veo hoy en las portadas de los periódicos por todo lo que, con sólo diecinueve años, ha conseguido en Alemania y lo que está haciendo en el Mundial y me invade una agradable sensación: la de ver cómo uno de esos chavales que aún creían en el Ratoncito Pérez cuando les conocimos está cumpliendo no sólo sus sueños, sino también, de alguna manera, los de todos los que algún día jugaron con él y no lograron llegar hasta donde él ya ha llegado. No siento envidia de que no sea mi hijo el que esté ahí, frente a las cámaras, defendiendo su derecho a divertirse y su obligación de hacer mejores a los compañeros, que ha sido desde que le vimos por primera vez lo que siempre ha hecho en todas las canchas en las que ha jugado: disfrutar y ayudar a que los compañeros también lo hagan. Lo que siento, viéndole vestir la camiseta de la Selección absoluta, es un enorme orgullo de que mi hijo, aunque haya sido de manera efímera, haya formado parte, de algún modo, de la historia de Juan Núñez, un jugador al que estoy convencido, como ya intuíamos hace siete u ocho años, le espera una larga carrera llena de éxitos.









viernes, 25 de agosto de 2023

Qué manera tan triste de ver la vida pasar

Aunque creo haber aprendido por fin a someterlos a mi voluntad, al menos en el cara a cara, ya que aquí, en el blog, es otra historia, se me llevan los demonios cuando veo a mis seres más queridos desperdiciar horas, quemar neuronas y atrofiar funciones cerebrales visionando en bucle ridículos vídeos en Tik Tok, historias insustanciales en Instagram y buceando en los estados de sus contactos en Facebook o en Whatsapp. Especialmente cuando se trata de niños o adolescentes. Me repatea hasta el infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.


Sí, sí, ya sé que cada cual emplea su tiempo en lo que le apetece y mejor le parece, y por ello unos leemos o escribimos y otros viven pendientes de la última foto o vídeo que Fulanito y Menganita han subido a las redes. Unos, hasta que no hemos desayunado, no le echamos un vistazo al móvil y otros se tiran media hora en la cama vagabundeando por las redes sociales hasta que deciden finalmente ponerse en marcha. Que todos, incluido yo mismo, le echamos un vistazo a estas cosas de vez en cuando, pero yo me refiero a los que son capaces de permanecer tirados en la cama o en el sofá durante tres horas largas sin realizar ninguna otra actividad más que deslizar el dedo de arriba a abajo o de derecha a izquierda sobre la pantalla táctil del dispositivo. Y sorprenderse después, cuando por fin salen del trance en el que han permanecido inmersos, por las cosas que han ocurrido a su alrededor mientras ellos se encontraban abducidos por las redes. Esos a los que no te queda más remedio que decirles, con cierta condescendencia, "te lo dije, pero estabas con el móvil".

Me decía un gran amigo mío hace ya unos meses, en relación a este blog, que disfruta leyéndome aunque no siempre esté de acuerdo con mis ideas, pero que en su opinión me expongo demasiado. Que me abro a los demás en exceso y muestro sin pudor mis vergüenzas y mis orgullos. Eso fue lo que yo interpreté de sus palabras, creo que de manera acertada. Y seguramente tiene toda la razón, porque me he percatado de que rara vez se equivoca al catalogar a la gente y porque me ha dado muestras de sobra durante estos años de que goza de un criterio lúcido en el que uno puede confiar ciegamente. No recibí este comentario como una crítica, sino como la constatación de un hecho que, por cierto, querido amigo, no va a variar, ya que yo no sé escribir ni ser de otra manera. Y aunque supiese, creo que a estas alturas del partido tampoco modificaría un ápice mi manera de jugar.


No sé si la forma en que yo me ofrezco a los demás a través de este espacio virtual puede compararse con el modo en que otros se exponen en las redes sociales; si es lo mismo compartir aquí mi opinión sobre un tema, la última hazaña de mis hijos en vis cómica o los sentimientos que de mí se adueñan frente a algún suceso que mostrarle al mundo mi nuevo tatuaje, lo bien que me queda este nuevo corte de pelo o la manera tan sexy en la que perreo el último tema de Ozuna. Sí, ya sé que no todo lo que se exhibe en estas plataformas es tan burdo e inmaduro, pero no nos engañemos: la mayoría de los que viven secuestrados por las redes sociales no las utilizan ni mucho menos para entretenerse con la última historia que la cuenta del Museo del Prado haya colgado. Y, desde luego, ya os garantizo que nuestros hijos no lo hacen. En el mejor de los casos, como en el de los míos, gran parte del tiempo que pasan desconectados de la realidad es para visualizar vídeos deportivos, aunque, incluso siendo estos bastante inocuos, preferiría que soltaran esos malditos artefactos y ya no que cogiesen un libro, algo a lo que parecen tenerle alergia, pero sí que al menos llamasen a sus amigos y se fueran al cine, a un teatro, a un centro comercial, a un monólogo, a una cancha de basket o a un parque para relacionarse de un modo más cercano con el resto del planeta.

Habrá quien me diga que es una cuestión de educación y yo no se lo rebatiré. Darle a un niño de nueve años un teléfono móvil es una irresponsabilidad imperdonable. Las posibilidades de que ese niño desarrolle su imaginación y adquiera habilidades para relacionarse socialmente quedarán indefectiblemente limitadas. Y será culpa nuestra. Que el niño vea en casa a su madre, a su padre o a ambos encadenados a cualquier dispositivo genera ya una necesidad en el niño que podría evitarse. Pero intentar educar a los hijos en un empleo responsable de la tecnología no garantiza tampoco que la criatura vaya a escapar de la tiranía de los celulares. Porque hoy en día uno ya no es propietario de un teléfono, sino que sucede a la inversa. Los móviles nos poseen a nosotros.

Aunque todos miremos hacia otro lado, desde mi punto de vista no hay grandes diferencias entre esta adicción y una pandemia en toda regla. No provoca muertos, sino idiotez, sedentarismo y aislamiento social. No provoca que los hospitales se colapsen, pero genera un empobrecimiento cultural y conductas sociales claramente anómalas. No obliga al Gobierno a confinarnos en nuestras casas, sino que nosotros mismos nos encerramos voluntariamente en el mutismo más absoluto incluso cuando estamos rodeados de gente. ¡Qué rabia me da cuando estás hablando con alguien y al mismo tiempo anda respondiendo un whatsapp o reproduciendo un vídeo en YouTube que le ha llamado la atención! O cuando estás comiendo con esa persona, contándole tus cosas, y te deja con la palabra en la boca porque le ha saltado una notificación no puede dejar de atender y resulta ser una tontería que podía esperar hasta después de comer. O cuando estás viendo una película en casa que tú ya has visto pero que has elegido con intención y tu hijo la está ignorando para ver un vídeo que le han mandado de un torneo de bofetadas. Les quitaría el móvil de las manos y lo tiraría por el balcón. Y que reventase en mil pedazos. 

En Citas, una serie catalana de Pau Freixas que puede verse en Amazon Prime, así como Citas Barcelona, una especie de secuela de la primera, hay un episodio en concreto que pone de manifiesto cómo la comunicación escrita a través de redes puede llegar a anular en una persona el deseo de ir más allá a la hora de conocer mejor a su interlocutor. Cada episodio de la serie recoge la historia de dos personas que contactan a través de Tinder y lo que sucede en sus respectivas citas. En este capítulo en cuestión, Aurora, una mujer muy activa en el chat de la aplicación pero reacia a quedar con ninguno de sus contactos, recibe la visita por sorpresa de Pinyó, uno de los hombres con los que conversa habitualmente y con el que parece haberse producido una conexión especial. Él insiste en que cenen juntos y ella accede reticente. La cita resulta ser un absoluto desastre porque ella comprende que su capacidad de relacionarse, de ser ella misma, ha quedado limitada por completo al anonimato del chat. El episodio se cierra con una Aurora decepcionada consigo misma, de regreso en un vagón del metro, iniciando sin embargo un nuevo chat con un nuevo contacto.

Son ya varias las entradas que sobre este asunto he publicado y seguramente seguirá cayendo alguna de vez en cuando. No lo puedo evitar. Me considero en la obligación de seguir alertando de lo que esta dependencia provoca en las personas y en la forma en la que se relacionan. Lo siento por los que tuerzan el gesto al sentirse aludidos, pero la realidad, por mucho que pueda incomodar, es esta y me temo que los únicos que se frotan las manos con esta adicción, aparte por supuesto de los fabricantes y las compañías que invierten en este mercado y que se están haciendo de oro a nuestra costa, son los psicólogos, que de seguir así no van a dar abasto en el futuro para atender a tanta clientela.

lunes, 21 de agosto de 2023

Campeon@s... una vez más

No me acostumbro. Se me siguen poniendo los pelos como escarpias e incluso a veces tengo que hacer un titánico esfuerzo para no derramar unas lagrimillas con los triunfos de los deportistas españoles por el mundo. Y eso que no me considero un tipo que sienta la patria desde las vísceras, de esos que se ponen firmes en su casa cuando en algún evento suena el himno nacional o que añoran los tiempos en que éramos un Imperio, pero es que, en lo que al deporte se refiere, me emociono con una facilidad inusitada. Este fin de semana ha sido con nuestras Campeonas del Mundo de Fútbol. ¡Qué jabatas! ¡Qué valientes! ¡Cómo juegan!


Y es que, ¿quién nos lo iba a decir? En 1988, cuando yo tenía quince años, la edad de mi hijo pequeño, que España conquistase algún título en cualquier deporte era algo completamente inusual y extraordinario. Y lo de que una mujer destacara, vamos, era más fácil creer en los lagartos extraterrestres de V, aquella legendaria serie que en los años 80 nos conmocionó a todos. Concretamente fue durante aquel verano, el de 1988, cuando Perico Delgado se alzó con su único Tour de Francia, logro inédito desde precisamente 1973, el año en que nací, y aquello fue la repanocha, fiesta nacional si me apuras. En fútbol, las noches más gloriosas que yo había vivido hasta entonces habían sido las del 12 a 1 a Malta, el subcampeonato de Europa de 1984 y el 5 a 1 a Dinamarca en octavos de final del Mundial de México de 1986. Hacía 25 años que un club español no levantaba la Copa de Europa (la actual Champions League), 22 desde la última vez que un tenista español había ganado un Grand Slam (Manolo Santana), 4 desde la plata en Baloncesto en los Juegos Olímpicos de los Ángeles, y suma y sigue. La nuestra fue una generación que creció viendo a sus ídolos tropezar una y otra vez. Que, a pesar de todo, de saber que no éramos favoritos, que en ciertos deportes nos encontrábamos en las antípodas del éxito, nos arremolinábamos exaltados y animosos alrededor de la televisión para jalear a nuestros deportistas como si no hubiera un mañana.

Marcos nació en el año 2008. Desde entonces, las selecciones absolutas de fútbol han ganado dos Mundiales y una Eurocopa y los clubes españoles han alzado diez veces la Champions League. En baloncesto dos platas y un bronce olímpico, un Mundial, cuatro Eurobasket y lo que me dejo en el tintero. Ha visto a Rafa Nadal ganar diecinueve Grand Slam, a Fernando Alonso triunfar en Fórmula 1, a Pau Gasol conseguir dos anillos de la NBA, a Carolina Marín proclamarse tres veces campeona del mundo y seis de Europa en bádminton, y así podría seguir durante seis o siete párrafos más. Aparte por supuesto de los muchos veranos que llevamos disfrutando de los triunfos de las canteras. Vamos, que lo de quedar segundos en cualquier disciplina, que en mi infancia constituía una hazaña que alzaba al deportista a la categoría de héroe, para él es hoy un fracaso estrepitoso y a qué esperan para cambiar al entrenador. La victoria convertida en rutina.


Y es que todo cambió, en mi opinión, a raíz de las Olimpiadas de Barcelona. Creo que fue en aquel evento cuando todos, comenzando por las distintas federaciones y terminando por el más escéptico españolito de a pie, comprendimos que el cielo era el límite y que el hecho de haber nacido en Madrid, Sevilla, Barcelona o Teruel no suponía un hándicap, sino que, como descendientes del Cid, Cristóbal Colón o Don Miguel de Cervantes, sobraba en esta tierra materia prima como para fabricar campeones hasta el noble arte del ping pong.

Desde entonces, he tenido la fortuna y la oportunidad de vibrar con nuestros deportistas tanto como ayer lo hice con las Bonmatí, Codina, Salma o Carmona, que también tiene bemoles lo de esta última, marcar el gol más importante de la historia reciente del fútbol de este país sin saber que tu padre ha fallecido hace unas horas. El caso es que lo que mi hijo ve hoy como algo natural, como algo que va estrechamente unido a nuestra bandera, a mí me sigue poniendo la piel de gallina y un nudo en la garganta. Porque durante muchos años fui testigo de lo complicado y duro que debía ser alcanzar la gloria.

Yo les recuerdo con frecuencia que todo es cíclico, tal vez un discurso demasiado derrotista que nace de aquellos años de sequía deportiva en los que yo pasé de niño a hombre. Que hoy estás arriba, pero que mañana puede ser que veas a otros quedar por encima de ti y que habrá que estar preparado para cuando eso llegue. Que cuando no se gana, se aprende. Que el deporte te da lecciones cada día. Y que cuando recibes una como la de ayer, como la que nuestras chicas impartieron, hay que celebrarlo como si nunca más vuelva a ocurrir. Porque a lo peor será así. Aunque a la vuelta de la esquina nos aguarde un Mundial de Baloncesto masculino, en el que además participará nuestro Juan Núñez, y tengamos la firme pero secreta convicción de que llegaremos hasta la final.

¡Qué afortunados son nuestros hijos de contar con tantos y tantos referentes! Aparecen hasta debajo de las piedras y a nadie parece ya sorprenderle que, antes de que un deportista estratosférico e irrepetible como Rafa Nadal anuncie su retirada, tengamos ya en primera línea de batalla a su recambio, Carlos Alcaraz. O que un fenómeno como Ricky Rubio se caiga a última hora del plantel de la selección y durante los partidos de preparación para el Mundial apenas le hayamos echado de menos.

Pues que siga la fiesta, me alegro por lo que estas generaciones podrán contarles a sus nietos. A los míos, cuando lleguen, de mi época infantil, no me quedará más remedio que hablarles de libros. Es lo que hay.

jueves, 17 de agosto de 2023

Lo que la cancha nos da: nuevos proyectos

La gran mayoría de clubes de baloncesto base funcionan como una especie de embudo que se va estrechando hasta que los chavales cumplen la mayoría de edad. Y el nuestro, Alcorcón Basket, no es una excepción. Llegados a este punto algunos chicos dejan definitivamente el baloncesto federado (aunque sigan practicándolo a nivel aficionado) para centrarse en sus estudios o trabajos; otros buscan clubes de un nivel acorde a sus capacidades donde puedan seguir compitiendo al amparo aún de la Federación de Baloncesto de Madrid; y unos pocos permanecen en el club. Confiábamos que Sergio fuera uno de estos últimos y tuviese sitio en alguno de los equipos federados de la categoría Sub-22 que el club tiene en competición. Aunque hablamos en alguna ocasión sobre aquello durante el verano, estábamos tranquilos. Por el compromiso que él había siempre mostrado hacia el club y por el cariño que había recibido desde que ingresó en AB siendo alevin, esperábamos que contaran con él, pero a Sergio le preocupaba su bajo estado de forma tras las lesiones y le hacía temer que tuviese que optar por otras alternativas mucho menos apetecibles. Finalmente no sólo logró una plaza en el Sub-22 Plata sino que, animado por nosotros y por el club, se sacó el carnet de entrenador Nivel 1. Así que, en su caso, el panorama de cara a la temporada 2022-2023 era doblemente apasionante: continuaría en el circuito federado, no sólo como jugador, sino ahora también como entrenador.


Tras el varapalo de la Final Four Infantil del año anterior, la temporada de Marcos se presentaba, mientras tanto, como una etapa de transición. Sin demasiadas metas sobre el tapete, pero con la obligación de prepararse a fondo de cara a ese reto de repetir hazaña en la temporada de Cadete que se iniciaría en septiembre de 2023 y para la que intuíamos que el club pondría toda la carne en el asador dados los resultados obtenidos hasta la fecha y la calidad técnica y humana del grupo AB08.

Más allá de los resultados deportivos de ambos durante la temporada, que fueron notables en los dos casos con un subcampeonato más de Madrid para el mayor y una actuación dignísima de los pequeños contra rivales más grandes y más altos, empezamos a descubrir una nueva faceta del deporte que hasta entonces no habíamos vivido en primera persona: la responsabilidad que sobre Sergio recaía de enseñar a los niños más pequeños del club. Aunque a él lo que le apetecía (y le sigue apeteciendo) es entrenar en canasta grande, no se empieza la casa por el tejado y asumió con orgullo y responsabilidad la tarea.

Confesaré que yo me sentía especialmente contento, dado que siempre, desde el día que entramos a formar parte de la gran familia de Alcorcón Basket, había deseado que mis hijos siguiesen vinculados al baloncesto y a este club en concreto cuando llegaran a Junior. Y contemplar las nuevas posibilidades que, por su condición de entrenador, se le ofrecían a Sergio y las experiencias que iba a poder vivir trabajando con niños, me llenaba de alegría y satisfacción. Se hizo cargo de los más pequeños del club, los Baby, niños de hasta siete años que aún no compiten pero a los que se les va poco a poco enseñando los fundamentos más básicos de este deporte. Me resultaba divertido y emocionante el relato que de los entrenamientos con estas futuras figuras me hacía Sergio, las dificultades con que se encontraba (y que al principio le desquiciaban) para mantener a esos seis o siete enanos atentos y concentrados en lo que él pretendía enseñarles. El mero hecho de ponerles en fila era todo un reto para él. Paralelamente, a fin de ir adquiriendo ciertas tablas en un escenario más competitivo, ejercía de segundo entrenador con los chavales del Alevin de primer año. En estas categorías los resultados deportivos no son lo más importante, pero aún así Sergio terminó su primera temporada como entrenador plenamente satisfecho de los logros alcanzados y la evolución de todos los niños a su cargo.


En lo deportivo, tras una temporada en la que el equipo Sub-22 Plata no se topó con demasiada resistencia y Sergio fue contando cada semana con más minutos a medida que iba recuperando la forma, el equipo alcanzó de manera sobresaliente la final del Campeonato de Madrid contra Santa María del Pilar, un clásico de estas categorías, que presentaba un plantel en el que destacaban jugadores que habían pasado previamente por clubes como Estudiantes o Canoe y que habían sido rivales de Sergio en categorías inferiores. Durante la final, aunque el encuentro estuvo muy igualado hasta el último cuarto, no se nos escapaba a los espectadores que el rival era superior, no sólo en el aspecto ofensivo, sino también en el defensivo, haciéndonos muy difícil desarrollar el juego al que estábamos acostumbrados. Como se suele decir, unas veces se gana y otras se aprende, y en este duelo nos correspondió lo segundo. Y aplaudir al equipo contrario, que se mereció la victoria de forma más que merecida. Lo mejor, como siempre, el abrazar y felicitar a los rivales con los que llevas enfrentándote desde hace ya unos cuantos años.

Mientras tanto, Marcos y sus compañeros, salvo algún pequeño borrón como fue la derrota frente a Ricopia Alcalá tras llegar al descanso ganando de más de treinta puntos, completaron una magnífica temporada logrando victorias de gran mérito frente a rivales un año mayores y también ante rivales de enjundia de su edad como Canoe o Fuenlabrada. Y además lo hicieron con un espíritu competitivo y un derroche de talento que nos hizo disfrutar durante todo el año en cada partido.



Marcos es - y aquí me dejo arrastrar abiertamente por mi amor de padre - un jugador técnicamente notable, con una gran visión de juego y un fuerte sentido del espectáculo. Lo fue siempre, desde que en Benjamín se presentaba ya a los partidos con sus muñequeras y con cintas en el pelo e intentando buscar la asistencia imposible, la finta desequilibrante, el tiro impunteable. Pero cuando te rodeas de jugadores de tantísima calidad como lo son sus compañeros, todo eso no es suficiente ni mucho menos para contar con los minutos que por calidad crees que te corresponden. El físico es especialmente importante en un deporte tan marginal como lo es este, en el que el más bajo o el más delgado lo tienen más complicado, pero, sobre todo, necesitas un control de tus emociones y de tus estados de ánimo superlativo. Y Marcos ha recorrido una parte muy corta de ese camino. Hizo buenos partidos y tomó las riendas del equipo cuando le correspondió hacerlo, pero aún así, y a pesar de que esta temporada se divirtió como pocas veces lo había hecho, no terminó el año todo lo satisfecho que le habría gustado. Y tres días después del último partido, comenzó a preparar la 2023-2024 por su cuenta, con el propósito firme de ponérselo aún más difícil a su entrenador.

Un año por lo tanto en que se han empezado a fraguar nuevos proyectos para los hermanos Rodel en Alcorcón Basket. En el caso de Sergio, crecer como entrenador y aprender cuanto pueda de los grandísimos profesionales que tenemos en el club. Y en el de Marcos, bueno. Lo cierto es que nos hemos encontrado con un escenario diferente al de otros finales de temporada. A lo que estamos acostumbrados es a tener que decir "hasta luego" a nuestros mejores jugadores cuando llega el cierre del ejercicio, tentados por los cantos de sirena de otros clubes a priori de mayor categoría, y a tener que reconstruir el equipo. Pero este año hemos echado abajo esa barrera y no sólo el talento se ha quedado en casa, sino que un puñado de chavales de esos clubes más prestigiosos han optado por incorporarse a esta familia en la que lo más importante ha sido siempre la amistad fuera de la cancha y la diversión y el trabajo dentro de ella. Así que el proyecto para nuestros pequeños, que ya no lo son tanto, para la temporada que en algo más de un mes comenzará es desbaratar el guión de todos los años en el Campeonato de Madrid y superar a canteras históricas como Canoe y Fuenlabrada y a equipos montados a base de traer extranjeros, como SBA.

Ilusionados y motivados en todos los frentes, ahí estaremos.



domingo, 13 de agosto de 2023

Lewis y el síndrome de Tourette

Todos hemos tenido alguna vez ese sueño en el que nos enfrentamos a una situación en la que nuestras vergüenzas quedan expuestas ante un auditorio que se burla de nosotros. Hay numerosas variantes, pero supongo que la más recurrente es la de aparecer desnudos sobre un escenario. Aunque no se trate más que de una jugarreta de nuestro subconsciente mientras dormimos, la sensación de vulnerabilidad, inseguridad y pudor que nos produce es tan real que no nos cuesta ponernos en el lugar de otros cuando esa pesadilla se hace real. Y viral, ya que hoy en día la desgracia ajena interesa a todo el mundo. El otro día me vinieron estos pensamientos a la cabeza al conocer la historia de Lewis Capaldi.

Su voz me llamó inmediatamente la atención hará ya unos años, cuando comenzó a adquirir cierta popularidad con Grace y me encandiló (como a medio planeta) con Someone you loved. Un talento musical como el suyo y unas letras tan íntimas y a la vez tan universales. Iba a triunfar, seguro, yo no tenía la menor duda. Que fuese escocés, gordo y demasiado joven, o que aparentase ser el típico friqui marginal que vive encerrado en su cuarto enganchado a un ordenador eran aspectos completamente irrelevantes. Un artista como la copa de un pino al que le auguraba el mayor de los éxitos a nivel internacional.


Soy aficionado a la música, pero también siento una profunda curiosidad por las personas que con sus letras, con sus instrumentos y con sus voces, desde un escenario, un estudio de grabación o incluso un despacho, hacen que llegue hasta nosotros y que cambie y mejore nuestras vidas. Me gusta escarbar en los entresijos de la industria discográfica y en la vida de los artistas. ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Qué les inspira? ¿Cómo fue su infancia? Navego en Wikipedia, leo biografías sobre ellos (la última, la de Antonio Vega) y veo documentales (el último, sobre P!nk). Sorprendentemente, con Lewis Capaldi no llevé a cabo, a pesar de cuánto me habían gustado sus primeros temas, ese ejercicio detectivesco. Incluso el episodio de su colapso en Glastonbury, en que el público tuvo que terminar el tema porque él colapsó, me pasó desapercibido.

Tenía pendiente desde hace un par de meses en mi lista de Netflix el documental llamado Lewis Capaldi: How I'm feeling now. Me encantan este tipo de programas porque ahondan casi siempre en la persona más que en su trabajo, pero hay tan pocos en las plataformas digitales que los dosifico. Hace unos días le llegó el momento al de Lewis y me quedé anonadado.


El reportaje se rodó mientras el artista preparaba su segundo disco, Broken by desire to be heavenly sent, una pequeña joya musical que cobra un valor mayor tras el visionado del documental, y acompaña al cantante en el proceso de introspección al que se ve abocado a causa de ciertos problemas de salud que ni su entorno ni él mismo son capaces de identificar. Los realizadores, mediante entrevistas realizadas a los padres, a los amigos, a los colaboradores y al propio Lewis, logran que la magia de sus canciones queden relegadas a un segundo plano y que emerja la figura del chaval que desde los dos años de vida, cuando comenzó a trastear con la guitarra y el piano, encontró en la música su razón de ser. Siempre quiso componer. Siempre quiso cantar. Uno se mete en la piel de Capaldi de tal manera que es capaz de palpar la angustia que se va apoderando de él al descubrir, cuando por fin ha alcanzado su objetivo, que algo extraño le sucede. Que los tics que en el pasado eran sólo eso, pequeños tics, se están poco a poco convirtiendo en un serio impedimento para hacer aquello para lo que ha venido al mundo.

Es estremecedor y al mismo tiempo emocionante ver las imágenes del concierto de Glastonbury. Cómo los espasmos musculares se adueñan de tal manera de su cuerpo que es el público quien tiene que terminar Someone you loved. Cómo él, a quien imaginamos devastado y avergonzado por la penosa situación en la que se encuentra, no puede hacer otra cosa más que observar y agradecer a esos miles de personas que corean una de sus canciones más emotivas sin poder ni siquiera acompañarles con su voz.


A raíz de este episodio, Lewis comunicó a la prensa que cesaba indefinidamente toda actividad musical a causa de sus problemas, que inicialmente atribuían a la ansiedad. Pero a lo largo del reportaje descubrimos que no es tal la enfermedad que el artista padece, sino el síndrome de Tourette, un trastorno neurológico cuyos primeros síntomas son movimientos involuntarios de la cara, de los brazos o del tronco. Con su nuevo álbum en el mercado - insisto, una maravilla - su gira, que iba a pasar por Madrid y Barcelona, ha sido cancelada. El artista ya ha informado de que está trabajando para tomar el control de su enfermedad y poder reanudar su carrera musical, pero que en el caso de que hacerlo perjudique más su salud, dejará la música definitivamente.

Y uno, tras ver el documental completo, siente inevitablemente una simpatía cómplice con el cantante, cruza los dedos para que no sea así como termine esta aventura para la que llevaba toda la vida preparándose y tararea uno de sus temas más hermosos, Wish you the best. Porque al menos en mi caso, eso es lo único que puedo desearle en un trance como este: lo mejor.





miércoles, 9 de agosto de 2023

Aquellos veranos ochenteros

Los veranos de mi niñez y de mi primera adolescencia nada tenían que ver con los que hoy disfrutan nuestros hijos. Eran harina de otro costal. Ni mejores ni peores, aunque a mí me parezca que cualquier tiempo pasado fue mejor, especialmente si nos referimos a esa etapa de la vida en que todo está aún por descubrir.

Pocas urbanizaciones tenían por aquel entonces piscina, por lo que la opción más económica y sencilla para los jóvenes era acercarse a las municipales a fin de refrescarse y combatir los calores secos del verano madrileño. En ese sentido nosotros éramos unos privilegiados dado que a dos calles de nuestra casa se hallaba el Polideportivo Estoril II, un club privado cuyas cuotas les costaba a mis padres un gran esfuerzo abonar, pero que les compensaba porque nos ofrecía a mí y a mis hermanos un espacio controlado en el que teníamos a nuestra disposición decenas de actividades deportivas con las que poder desfogarnos y en el que nos juntábamos con otros chavales de nuestras mismas edades. También ellos, mis padres, encontraban allí un espacio para el esparcimiento y la diversión, dado que contaban con un grupo estupendo de amigos, vecinos la gran mayoría, con los que compartían canchas de tenis, partidas de mus, amena conversación y modestos aperitivos. Contaba el club, además de con una piscina olímpica y una amplia pradera, con un merendero con servicio también de restaurante, por lo que eran muchos los días en que yo me marchaba de casa a las diez de la mañana, mochila al hombro, con mi bocadillo envuelto en papel de aluminio, y no regresaba hasta medianoche, cuando el polideportivo cerraba sus puertas al público. A esa hora quedábamos toda la familia en la puerta del recinto y regresábamos a casa disfrutando de la fresquita y contándonos cómo había ido nuestro día. Yo era el socio 548-B. Es sorprendente cómo nuestro cerebro almacena información tan poco útil como esta, pero me emociona de vez en cuando desenterrar datos de este tipo.

Las opciones de movilidad eran tan reducidas en Móstoles por aquel entonces que trasladarse a Madrid a la búsqueda de una oferta cultural más amplia era una aventura. Y peligrosa además, dado que la delincuencia en los años ochenta estaba más presente, era más cercana y era entendida por todos como una circunstancia mucho más común. No estoy seguro de si se debía a que la seguridad ciudadana no era una prioridad política o a que los malos tenían menos miedo, más necesidad o menos conciencia de las consecuencias que sus delitos les acarrearían en caso de ser detenidos, pero era relativamente frecuente -dos o tres veces al año en mi caso- que algún yonqui te parase por la calle, sobre todo en las inmediaciones de la estación de tren, y te exigiese, con un pincho o una jeringuilla que afirmaba estar contaminada de SIDA - no existía una amenaza más efectiva que esa en aquellos tiempos - que le entregases todo lo que llevaras encima. A veces ni siquiera iban armados, pero sólo la apariencia desastrada e intimidatoria de quien ha vivido al otro lado de la línea era suficiente para amedrentarte y disuadirte de alejarte tanto de tu barrio en la próxima ocasión. Aunque a veces también podía ocurrirte a cincuenta metros de tu casa, como me ocurrió una vez a mí, justo enfrente de la ferretería de Manolo y a plena luz del día. Probablemente el paso del tiempo ha magnificado el suceso en mi memoria pero recuerdo al tipo, un chaval no mucho mayor que yo, que me asaltó llamándome colega e intentando convertir aquel episodio en una amistosa transacción. Que su aspecto fuera el de una persona fácilmente abatible que llevara sin alimentarse varios días y al que posiblemente le costaba hasta caminar, con los pómulos severamente marcados, la mirada un tanto perdida, el habla trabada y marcas en la cara como de viruela pasó a ser irrelevante desde el momento que me dejó entrever bajo su chaqueta un delgado cuchillo jamonero pero de una longitud amenazante. Intenté hacerle entender que nada llevaba encima, pero debió percatarse de que aquello no era cierto y al final me dejó allí cariacontecido, sin que mediase violencia de ningún tipo, todo hay que decirlo, llevándose consigo el dinero que mis padres me habían dado aquel día para pagar las clases de inglés particulares a las que me dirigía. 

Era por tanto raro que me alejase mucho del barrio, más allá de los días que pasaba en Collado Villalba con mis abuelos maternos o en Morata de Tajuña con mi familia paterna, experiencias ambas que durante varios años me garantizaron un surtido de aventuras y anécdotas que despiertan, cuando me vienen a la cabeza, unas ganas irrefrenables de regresar a aquel tiempo y a aquellos lugares. Los viajes a la playa con la familia no eran frecuentes e incluso a veces, cuando mis padres podían permitírselo, a mis hermanos y a mí no terminaba aquel lujo de entusiasmarnos como a ellos, ya que eran días que íbamos a desperdiciar, alejados de nuestros amigos del barrio y del polideportivo. Aunque una vez metidos en pomada, jugando con las olas, haciendo castillos en la arena o disputando reñidos partidos de tenis en la orilla con mi padre y con mi madre, nos parecía que no podía existir un privilegio mayor que aquel. No importaba que no hubiese dinero para alquilar una barca a pedales o que tuviésemos que comernos los mismos helados de Tang que mi madre hacía en Móstoles en vez de comprar los artesanales de cucurucho en una heladería del paseo marítimo de turno. El mero hecho de estar los seis juntos, de poder disfrutar de un tiempo de calidad con mis padres del que sus obligaciones nos privaban durante el curso, era suficiente para que nos olvidáramos durante unos días de lo que habíamos dejado atrás.   

Por encima de todo aquello, de mis estancias en la sierra o en el pueblo, de las vacaciones con mis padres y mis hermanos o incluso de las veinticuatro horas del deporte en Estoril II, a las que ya dediqué una entrada, estaban mi cumpleaños y mi santo. Siendo como era yo, un adolescente que no terminaba de dejar atrás la niñez o un niño que no terminaba de aventurarse en la adolescencia, según se quiera mirar, un chaval que se sentía orgulloso y afortunado por la familia con la que había sido bendecido, que veneraba a su abuelo materno, el cual se llamaba como yo, Santiago, ese breve período entre el 23 y el 25 de julio era para mí el más esperado y trascendental del año. No sólo el día de Santiago Apóstol era en aquella España aún extremadamente religiosa una fiesta nacional innegociable, sino que, por la cercanía con mi cumpleaños y con el de mi prima Ireide, amén de la onomástica que mi abuelo y yo compartíamos, eran esos unos días muy especiales en el calendario familiar. Raro era el año en que no se organizaban mis padres, mis abuelos y mis tíos para que todos nos juntásemos y celebráramos por todo lo alto ese cúmulo de eventos. Casi eran para todos nosotros más importantes aquellas reuniones que las de Navidad. O al menos para mí lo eran. Curiosamente, con el paso de los años, mi memoria ha ido perdiendo por el camino detalles de los regalos que en aquellos días recibía, salvo quizá el de aquella caja enorme que mis padres me entregaron en uno de mis cumpleaños y que contenía las obras completas de Emilio Salgari, colección que aún conservo y a la que le tengo un especial cariño. Sin embargo, sí permanece inalterable en mi recuerdo esa sensación de gozo que sentía cuando, generalmente el día 25 de julio, nos reuníamos todos, ya fuera en nuestra casa, en Collado Villalba o en Las Rozas, donde por entonces vivían mis tíos y mis primos, y pasábamos todos juntos el día. Quizá los de mi quinta y los que son mayores que yo se acordarán de que durante varios años, precisamente el día de Santiago Apóstol, caían en Madrid las mayores tormentas de verano, fenómeno que en aquella época era bastante habitual y que hoy, debido al cambio climático, ya no se ven. Incluso que lloviera como lo hacía durante aquellos días era algo para mí, no sólo especial, sino deseable. Recuerdo un año en que celebramos aquella reunión en mi casa y que el cielo derramó tal cantidad de agua y con tal intensidad sobre nuestro barrio que la papelería que teníamos debajo de nuestra terraza se inundó por completo, hecho que me divirtió y trastornó a partes iguales, dado que era el lugar en el que compraba los libros de Elige tu propia aventura de la editorial Timun Mas, una de las pasiones que por aquel entonces me dominaban, y me asaltó el temor de que tuvieran que cerrar y no poder seguir ampliando mi colección.

Volviendo al hecho de que apenas me movía en verano del polideportivo y del barrio, había sin embargo un acontecimiento que se volvió para mí imprescindible cuando empecé a sentir inclinación hacia la música. No creo ser el único que lo recuerde, pero hubo un tiempo en que uno podía comprar una entrada de paseo en el Parque de Atracciones. No era excesivamente cara y te permitía acceder a las instalaciones y pasear por sus calles contemplando a los que habían abonado la entrada completa disfrutar de la montaña rusa, el paseo en barca por el lago, el tiovivo, los columpios giratorios y todas las atracciones que por entonces ofrecía el Parque. Obviamente, al tener entrada de paseo uno no tenía derecho a subirse a las mismas, a no ser que pagases su importe aparte. Pero a lo que sí te daba derecho era a asistir a los conciertos gratuitos que en el auditorio se ofrecían. Así que, durante un par de veranos, vivía pendiente de que se publicase en el periódico el listado de conciertos programados y marcara en mi calendario las fechas en que actuaban mis grupos y artistas favoritos. Allí vi a grupos como Duncan Dhu, Mecano, Hombres G, La Guardia, Danza Invisible y, sobre todo, Los Rebeldes, que fueron durante muchos, muchos años mi banda española favorita. Recuerdo incluso que yo solía lucir en aquellas fechas una gorra blanca como parte de mi indumentaria, una gorra a la que mi madre debía tenerle cierta tirria, dado que no hacía más que repetirme que, de tanto ponérmela, me iba a quedar calvo. ¡Qué poco se equivocó! En cualquier caso, tras el concierto de Los Rebeldes, logré acercarme a Carlos Segarra, su fundador y cantante, y que me firmara la gorra. No se me olvidará que su rúbrica tenía la forma de una guitarra eléctrica y que durante muchos años la conservé como un trofeo al que le tenía un enorme aprecio. Ignoro - y me duele - qué fue de ella, aunque intuyo que cuando mis gustos cambiaron y me fui haciendo mayor, en una de esas limpiezas domésticas en las que me embarcaba cada cierto tiempo a fin de ganar espacio para mis nuevas adquisiciones, terminaría sus días de gloria en la basura.


Aquellos veranos no eran mejores, tal y como afirmé en las primeras líneas, pero sin lugar a dudas son días que añoro y me empeño en reproducirlos de nuevo en mi cabeza todos los años, cuando llega el calor y me siento a contemplar pensativo el reflejo del sol de Móstoles sobre el agua de la piscina de mi urbanización.

Mientras escucho la música de aquella época, por supuesto...

   

lunes, 7 de agosto de 2023

El mordisco del lobo - Tercera parte

Desde que regresamos de nuestras vacaciones en Galicia, deambulo por la casa algo taciturno. No sabría definir exactamente a qué se debe este desánimo que se ha ido poco a poco adueñando de mí durante estas últimas dos semanas, aunque en mis intentos por dilucidar las causas de mi desasosiego reconozco un poso de resignación que me encorajina y me decepciona a partes iguales. Suelo camuflar mejor que Nuria mis sentimientos tras una máscara de optimismo y vitalidad que no siempre es real, pero a pesar de eso, ella se ha percatado de mi desazón, me ha interrogado al respecto y yo no he negado que algo me ocurre, aunque no sea capaz de determinar exactamente qué me pasa. 

Es obvio que seguir sintiendo dolor después de catorce meses contribuye a que mi estado de ánimo aún no sea el mejor. Que viva momentos, especialmente al despertarme por las mañanas, en que me cueste ponerme en marcha. Hace un par de días, sin ir más lejos, y de manera excepcional, me dejé llevar por la pereza durante un par de horas, dándome la vuelta en la cama al abrir los ojos y quedándome ahí tirado, compadeciéndome de forma indignante de mí mismo. El lobo ya no muerde, pero siento como si hubiera dejado sus colmillos clavados en dos puntos muy concretos de mi anatomía para recordarme que mi cuerpo ya no es el que era y que tal vez nunca lo vuelva a ser. Hago una vida relativamente normal, pero aún así, sigue siendo el dolor en esas dos zonas el que me recibe cada día al despertar, tras no más de cinco horas tumbado, y ya no me permite conciliar de nuevo el sueño, aunque la temperatura a esas horas, las siete u ocho de la mañana, en estos días tan calurosos, sea la idónea para permanecer aún un rato más dormitando. No la satisfacción de un cuerpo descansado. No la expectativa de todo lo que el nuevo día pueda depararme. No el cuerpo cálido de Nuria tumbado a mi lado ni los tenues ronquidos procedentes de las habitaciones de los chicos. No, lo primero es el dolor. Y aunque su intensidad es muy inferior a aquella con la que en los meses más duros me castigaba, son su frecuencia, su puntualidad y su continuismo los que me hacen proferir un suspiro de desaliento. Todos los días, entre las siete y las ocho de la mañana, sin excepción. Se diluye al rato de levantarme y ponerme en marcha, y sólo regresa a lo largo del día si abuso durante demasiado tiempo de una misma postura. No cabe duda de que la cosa ha mejorado notablemente, incluso salgo de nuevo a caminar mis cinco, ocho o diez kilómetros sin que me estorbe en exceso, aunque cuando lo hago, por lo general el dolor también se presenta al acostarme por la noche. Pero es tolerable y me compensa. Sin embargo, lo que no cambia, lo que genera en días como hoy que me desespere, son esas incómodas punzadas en mi espalda y mi costado que se empeñan cada día en ejercer de despertador.


Raíces de la zona lumbar severamente dañadas como consecuencia de la acción del herpes zóster en mi organismo. Ese fue el diagnóstico de la última prueba médica a la que fui sometido con el propósito de determinar el alcance de los daños sufridos. Se propone infiltración en la L3 y la L5 como opción para bloquear el dolor. Ese, el plan de acción sugerido por la Unidad del Dolor, que me ha tenido en lista de espera desde hace tres meses para llevar a cabo la intervención. Hoy me han llamado para comunicarme que se realizará el próximo lunes. Por supuesto, como viene ocurriendo durante todo el proceso, no hay garantías de que esto vaya a mitigar el dolor. Por ello me he forzado a mentalizarme de que quizá sea así durante el resto de mi vida. Hay personas que padecen artritis, artrosis o fibromialgia que estoy seguro que lo pasan peor que yo, así que no me quiero lamentar más de la cuenta. Me parecería ofensivo y poco respetuoso. Prefiero pensar que la infiltración funcionará y que deberé someterme a ella cada cierto tiempo para mantener bajo control el dolor y poder disfrutar de una vida plena. Sospecho que también contribuye a este estado general de abatimiento esa necesidad perentoria de asimilar de una vez por todas la posibilidad de que las heridas del lobo nunca cicatricen.

Una de las consecuencias más previsibles de la situación que he me ha tocado vivir es que el sedentarismo forzoso al que el lobo me empujó ha alterado todos los marcadores de mi organismo: azúcar, ferritina, colesterol, triglicéridos, etc, convirtiéndome, en palabras de mi doctora, en una bomba de relojería. A corregir estas desviaciones he dedicado mis esfuerzos durante estos últimos meses mediante la ingesta de nuevos medicamentos, cambios en mi dieta y una mayor actividad física. Sobre lo que tengo por mí mismo una cierta visibilidad, a saber, el peso y el azúcar, mis esfuerzos están ofreciendo resultados claramente satisfactorios. Y no tengo dudas de que en mi próxima analítica las noticias acerca de todo lo demás serán buenas.

Junto a todo esto, no puedo ignorar, como posibles causas adicionales de mi abulia, otras de distinta índole. 

Por un lado, la sensación de que el tiempo de poder dedicarme a mí y a mi afición de escribir se me acaba. De que no lo he aprovechado tanto ni tan bien como debería. De que cuando empiece a trabajar será mucho más difícil encontrar huecos para seguir adelante con mis proyectos. Eso, no lo niego, me provoca tristeza.


Por otro, frustración por un pequeño fracaso al que me he tenido que enfrentar hace no demasiados días. Un proceso selectivo para una bolsa de empleo de AENA en el que tenía depositadas muchas esperanzas y una enorme ilusión dado que el examen me había salido mejor que bien, algo que pude constatar con las plantillas de auto corrección, pero del que me he quedado fuera por la forma en que se han ponderado los resultados.

Y por último, aunque vislumbro en el horizonte un par de alternativas laborables bastante atractivas, pero inciertas aún, subyace en mi interior la inseguridad que a uno le produce el haber permanecido durante tanto tiempo alejado de la pomada, algo que no sé si será normal o no, pero que lamentablemente no puedo obviar.

Creo que es el cúmulo de todos estos sentimientos el que me tiene estos últimos días algo alicaído. Hasta el punto de que esta mañana, sintiéndome vulnerable y aunque sé que de nada sirve ya a estas alturas, me he preguntado si no cometí un terrible error hace ya dos años y medio cuando decidí tirarme a la piscina y abandonar voluntariamente la empresa en la que durante veinte años presté mis servicios. Sé que hacerlo es una pérdida de tiempo y que la respuesta es un rotundo NO, que la gran mayoría de los que optaron por quedarse allí lo pasaron después muy mal y que muchos terminaron saliendo igualmente, pero en condiciones mucho peores. Por ello he borrado de mi cabeza ese interrogante, aunque no se puede negar que las cosas, desde el momento en que firmé el finiquito, las cosas no han salido como esperaba.

Tampoco me dejo amilanar por estas sensaciones que necesitaba poner en negro sobre blanco para poder analizarlas más de cerca, para visualizarlas des una perspectiva distinta. A pesar del dolor, de la frustración o de la inseguridad, me siento más fuerte. Mucho más que hace unos meses. Y tengo el firme propósito de aprovechar esa fortaleza para convertir estos obstáculos con los que me he topado en una oportunidad de levantarme y resurgir tras una experiencia tan mala como la sufrida.

Que se vayan preparando.   



    

jueves, 3 de agosto de 2023

Cien verdades

Me cuesta creerlo. Lo sospechaba y lo deseaba, pero no pensaba que fuese realmente a suceder. Que llegaría hasta aquí tan rápido. Que me haría tanto bien. Que otras personas me felicitarían por ello. Que me ayudaría a contemplar mi vida desde otro ángulo.

No podía vaticinar allá por el mes de octubre del año pasado, cuando creé este blog con la intención de evitar precipitarme en el oscuro pozo de la depresión, que sería tan constante en mi propósito de recuperar esas sensaciones que escribir siempre me había proporcionado cuando era más joven. Tampoco que podía llegar a ser tan prolífico ni que, antes de que Sin agenda ni calendario cumpla su primer año de existencia, andaría escribiendo ya la entrada número cien del mismo. Habiendo creado también por el camino varios relatos cortos y lo que podría ser - ¿quién sabe? - la semilla de dos o tres novelas con las que me entretengo mientras espero a que mi vida laboral se reactive, algo que a mi modesto entender no tardará demasiado en suceder y que aguardo con una moderada templanza. Confieso que me he sorprendido a mí mismo con este proyecto. No por su contenido o por su calidad literaria, muy íntimo el primero y muy debatible la segunda. No es por ninguna de esas razones por las que me siento orgulloso de estas cien entradas. El motivo principal es porque, al echar la mirada atrás y revisar lo publicado hasta hoy, me doy cuenta de que lo que todas ellas tienen en común es la verdad.


Siempre he dicho que soy más cronista que novelista. Y a las pruebas me remito. Cada uno de los artículos publicados son un reflejo de mí mismo, de mi paso por el mundo, de cómo interpreto yo el de aquellos que caminan cerca de mí. Puede que quienes me leen habitualmente disientan respecto a algunas de las opiniones que comparto en este espacio para todos los públicos, pero puedo garantizar que ni una de las líneas que he escrito durante estos meses en el blog maquillan, distorsionan o faltan a la verdad. A mi verdad. Y eso me hace sentir especialmente satisfecho de cada una de las reflexiones que he plasmado en negro sobre blanco durante todo este tiempo.

Y es que las mentiras tienen las patas muy cortas. Creo que pocos dichos del refranero español encierran mayor verdad que esta. No es que yo fuese un gran mentiroso, pero sí tendía de vez en cuando a tirar de imaginación para justificar mis errores. Y casi siempre se me terminaba yendo de las manos. Tuve la suerte de que en mi camino me tropecé con una persona sin filtros ni antifaces. Una de esas personas que viajan ondeando la bandera de la sinceridad y la transparencia y que esperan que los demás actúen de la misma manera. Le llevó unos años hacerme entender que, aunque la verdad duela o incomode, le hace a uno dormir mucho mejor. También ella sufrió durante un tiempo mis intentos de escabullirme mediante falsas excusas de la responsabilidad que uno debe asumir cuando mete la pata. Pero lo consiguió finalmente. Se acabaron los vergonzosos "es que..." y llegaron los conciliadores "tienes razón". Y ahora, gracias a ella, duermo mejor. Y prefiero callar antes que mentir, aunque sea para esgrimir una mentira piadosa.

Cuando me presento en este blog, con mis gafas de cerca sobre el puente de la nariz y un asunto bajo el brazo sobre el que me apetece divagar un rato, lo hago asegurándome de que la loca de la casa (la imaginación) esté encerrada en su habitación a la espera de que llegue su momento, situación que tan sólo se produce cuando intento alejarme de mi papel de cronista y arrimarme al de novelista. Ahí sí que intento que ella tome el control, aunque debo confesar que, de tanto encierro forzoso al que la tengo sometida, se ha vuelto torpe y poco pródiga en sus favores. Me deja solamente, como diría Sabina, que la manosee por encima del sostén. Albergo la esperanza de que se acabará rindiendo tarde o temprano a mis encantos y que encontraré mi voz a la hora de inventar historias.


Cien entradas, cien verdades. Recuerdos que he querido compartir, crónicas del paso de mis hijos por el mundo del baloncesto, opiniones sobre temas diversos, reseñas de libros o series, sucesos que han despertado mi atención. Contento de haber llegado hasta aquí, con ánimo para continuar mucho más tiempo y con muchas, muchas cosas aún sobre las que escribir.

¡Gracias por acompañarme en esta aventura!

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