martes, 28 de marzo de 2023

La Unidad del Dolor

Ante mi petición de ser derivado a un neurólogo y de que me fuese facilitado un informe clínico en el que quedase constancia del tiempo que llevo padeciendo esta neuralgia, la medicación que se me ha ido administrando y los efectos que dichos fármacos han tenido en mi organismo, la doctora de la Unidad del Dolor que lleva mi caso se negó inicialmente a ambos requerimientos y me citó para una nueva evaluación que hemos llevado hoy a cabo.

Hemos discutido. O mejor dicho, ella se ha sentido ofendida porque yo haya insistido en que un neurólogo me valore y yo la he acusado de que hablamos lenguajes distintos. Aunque la conversación se ha terminado reconduciendo hacia unos cauces más amigables por el esfuerzo que ambos hemos hecho por frenar nuestros respectivos enojos, yo he salido bastante mosqueado de su consulta y apostaría a que ella se ha quedado jurando en arameo.

Que me estoy dejando envolver por el dolor, que me estoy aislando con la excusa de que me duele más de lo que realmente me duele al realizar actividades cotidianas y que estoy maximizando inconscientemente la magnitud de mi dolencia. Que le sigue chirriando enormemente que el dolor se expanda hacia la zona lumbar, a pesar de que ya me sometió a una resonancia en la que se comprobó claramente que no existe ninguna otra causa para que eso ocurra. Y que le preocupa el estado psicológico al que ese comportamiento me puede llevar. Vamos, que no es que te lo estés inventando, eh, pero... ahí lo ha dejado. Ese es su razonamiento.




Para colmo, Nuria, que ha estado presente sólo en la segunda parte de la consulta, justo cuando la doctora empezaba a rebajar el tono de su discurso y yo elevaba el mío, un tanto indignado por cómo había reaccionado ante mi interés por recabar la opinión del especialista que entiendo puede tener un mayor conocimiento de lo que me pasa, por la falta de empatía que la doctora había mostrado ante mi preocupación, no por el dolor, sino por la situación en la que me puedo encontrar cuando en unos meses termine mi prestación por desempleo y por la sensación de cosificación del paciente que me ha transmitido, por todos esos motivos que han hecho que deje por un momento de ser el tío diplomático que acostumbro a ser, como decía, Nuria se ha aliado con la representante de su gremio y me ha reprochado mi tono y mis modales cuando, fuera de la consulta, la he preguntado qué opinaba. También es mala suerte que ella haya llegado cuando la doctora se ha transformado en la víctima y yo en el malo de la película.

Pero es muy posible que tenga razón, que no fuese yo mismo cuando he decidido expresarme de forma clara y llana. Que tampoco he gritado ni nada por el estilo, no os vayáis a pensar, simplemente me he puesto serio para que quedase constancia de que no soy un conejillo de Indias y que como paciente tengo mis derechos.

Gracias a la Unidad del Dolor estoy bastante mejor de lo que estaba hace unos meses, aunque eso suponga estar empastillado todo el día. No les quito mérito y tienen mi más sincero agradecimiento. Y por supuesto que reflexionaré sobre ese aislamiento al que afirma que me estoy sometiendo y a esa exageración inconsciente de mis dolores por la que asegura que me estoy dejando llevar. Intentaré también hacer una vida normal como ella cree que debería estar haciendo, a pesar de que la he explicado con pelos y señales cómo me afecta, por ejemplo, asistir a una actividad tan gratificante para mí como es ir a ver jugar a mis hijos al baloncesto. Le pediré que me solicite una cita con la psicóloga de la Unidad porque es obvio, según ella, que he entrado en un bucle muy perjudicial para mí y que reclamar que un neurólogo me valore no se corresponde con la actitud que debería mostrar tras diez meses con esta mierda a cuestas. Estoy incluso por calzarme ahora mismo las zapatillas de deporte e irme a caminar los diez o doce kilómetros que solía recorrer antes de que esta pesadilla comenzase, aunque luego tengan que recogerme con una pala. Y por supuesto, empezaré inmediatamente a asumir que nadie me va a conceder una incapacidad por una neuropatía como la mía, tal y como amablemente me ha hecho saber.


Pero bueno, de todo esto extraigo tres claras conclusiones:

La primera es que posiblemente me negaré a cualquier otro experimento farmacológico o de cualquier otro tipo que pretendan realizar conmigo. ¿Para qué, si a fin de cuentas, en su opinión profesional, estoy exagerando, aunque sea de manera inconsciente? Que se compren una cobaya.

La segunda es que, por desgracia, mis últimas experiencias con la Sanidad Pública han sido para tirarlas a la basura, cerrar la bolsa y meterlas en la primera trituradora que encuentre en mi camino. Y mira que me da rabia admitir esto porque, además de estar casado con una persona que se dedican a ello, soy un defensor a ultranza de este tipo de atención médica.

Y la tercera es que no me gustaría estar en el lado de la mesa que ocupan los médicos, pero sé que a algunos de ellos les vendría de perlas pasar una semanita en el lado que ocupamos los pacientes, con nuestras dolencias y preocupaciones.






sábado, 25 de marzo de 2023

Los pobrecitosdemí

Cuanto más mayor me hago, menos tolero a los pobrecitosdemí. Es algo superior a mis fuerzas y reconozco que mi desdén y mi intransigencia hacia ellos y sus actitudes se me ven a la legua, no puedo disimularlos.


Los pobrecitosdemí son aquellos que siempre tienen algo de lo que lamentarse aunque lleven una vida que muchos envidiarían. Tienen una buena casa, en ocasiones ya en propiedad, un trabajo del que disfrutan, conducen el coche que siempre habían querido tener, unos hijos a los que han sabido educar en unos valores firmes y provechosos para la sociedad y que les han salido chévere (como dirían los venezolanos), un marido o una esposa de los que no se pueden quejar y una salud decente. Pero oye, la vida les da una tobita y todo lo demás deja de contar. Las cosas se complican en el trabajo con algún compañero y ya son los más desgraciados sobre la faz de la tierra. Cogen unos kilos de más y parece que el mundo se la tiene jurada. Se les estropea el aspirador y es que su vida es una mierda. Y crucemos los dedos para que no les duela nada porque entonces ya se convierten en los todomepasaamí.

Sus niveles en sangre de empatía hacia el prójimo están bajo mínimos porque nada de lo que les suceda a los demás es comparable con el infortunio propio. Y, por definición, sus índices de egoísmo son inversamente proporcionales a los de su empatía.

Desprecian todo lo bueno que la vida les ha proporcionado y viven en una realidad paralela en la que consideran que se les debe permitir cualquier salida de tiesto porque, hay que ver qué poco tacto tienes, con todo lo que me está pasando, aunque a su interlocutor le hayan embargado la casa, le hayan despedido o su pareja les haya abandonado. Eso no es nada porque los pobrecitosdemí sólo tienen ojos para su propio ombligo.


No se te ocurra enfrentarles a su realidad en un momento de esos de autocompasión que ellos consideran más que justificados porque te vas a convertir sin lugar a dudas en el blanco de sus iras y en la causa de todos sus males.

No importa lo que te pase, sino lo que hagas con las cosas que te pasan. Es una frase que escuché por primera vez en el entorno del baloncesto y que intento que me guíe cada día de mi vida desde entonces. No siempre lo consigo, hay momentos en que me deprimo, e incluso en los últimos tiempos me da pánico pensar que me pueda estar convirtiendo en uno de ellos, en un pobrecitodemí o en todomepasaamí pero intento que la desesperanza no se apodere de mí nada más que unas horas. Procuro rápidamente ocuparme con algo para no preocuparme, para que los pensamientos negros se volatilicen.

Siempre va a haber alguien dispuesto a escuchar tus lamentaciones cuando estés ahí abajo. Todos tenemos a alguien cerca para secar nuestras lágrimas, pero sólo tú puedes conseguir que eso no te atenace y te impida, tal y como reza ese proverbio chino, seguir mirando a la luna en vez de concentrarte en el dedo que la señala.


Para esos pequeños dramas del día a día, lamentarse o quejarse no son opciones válidas. O al menos no es aceptable limitarnos únicamente a compadecernos de nosotros mismos. Hay que ir más allá y hacer algo con lo que nos ha ocurrido. Darle un sentido.

A los pobrecitosdemí yo les ofrezco un abrazo, unos oídos para escuchar sus penas y mi criterio para asesorarles si estiman oportuno escucharme, nada más. Si no les es suficiente, que sigan compadeciéndose de sí mismos y perdiendo el tiempo de la vida maravillosa que les ha sido otorgada, pero que respeten mi decisión de querer disfrutar de la mía, muchas veces no tan deslumbrante, sin tener que escuchar sus continuos lamentos.

Y si aquellos que me queréis, percibís en mí en algún momento señales de que me estoy transformando en uno de ellos, tenéis mi autorización para darme una o dos bofetadas de realidad, las que consideréis precisas, para devolverme al redil.




martes, 21 de marzo de 2023

El Brónxtoles

Anonadado me he quedado al leer en el mupi que hay cerca de mi casa que Móstoles es la segunda ciudad más segura de Madrid. Así de primeras, no doy crédito a lo que mis ojos contemplan y mi mente comienza a procesar esta información mientras regreso paseando a casa.



¿Cómo es posible si esto ha sido toda la vida el Bronxtoles, como los de fuera denominaban al municipio cuando yo era joven?. ¿Cómo puede ser si mis hijos de vez en cuando nos atemorizan a su madre y a mí con las felonías de las bandas callejeras que pululan por nuestras calles?. Pero si en la mía, zona de bares y pubs, casi todos los sábados a eso de la una de la madrugada, mientras me entretengo un rato con la Play antes de irme a dormir, las luces azules giratorias de las patrullas policiales invaden mi salón y muchas veces, por mera curiosidad, me asomo a mi terraza a ver qué está sucediendo.

Vaya por delante que me enorgullecería confirmar que es cierto, que al menos en materia de seguridad, ya que no puedo vivir en una lujosa urbanización de chalets de, pongamos, La Moraleja, mi ciudad es un espacio seguro.

Mientras encaro ya la cuesta hasta mi edificio regresa a mi memoria aquel yonqui que, a plena luz del día y mostrándome un cuchillo jamonero que escondía bajo la cazadora, me robó, cuando yo debía tener catorce años, frente a la ferretería de Manolo, el dinero que llevaba encima para pagar a mi profesor de inglés particular, suceso que, más que asustarme, me atribuló profundamente porque era consciente del sacrificio que mis padres hacían para que yo pudiese asistir a esas clases. 




Recuerdo también cuando Móstoles no era tan grande y estaba dividido en dos partes por la única estación de cercanías que entonces teníamos. Y que para cruzar al otro lado había que atravesar un túnel subterráneo mal iluminado y maloliente donde era fácil que te intentasen atracar, fuera la hora que fuese, y que se convertía, cada vez que quedaba con alguien por el centro o quería irme a gastar mis ahorros a la Fnac de Callao, en un ejercicio de valentía y autocontrol desorbitado. Porque yo vivía en el lado malo de la ciudad, no porque los índices de criminalidad fuesen mayores, sino porque a nosotros, incluso para coger el tren, nos tocaba atravesar el malhadado pasadizo nos gustase o no.

Llego por fin a casa y, como me cuesta creerme lo que he visto, accedo a Internet para intentar cotejar la información. Los primeros resultados de la búsqueda me aclaran dos cosas: que se trata de un estudio realizado sobre municipios de más de cien mil habitantes y que la información procede del propio Ayuntamiento. Hay un tercer resultado en la web del Ayuntamiento de Torrejón de Ardoz que reclama también para sí ese mérito, así que navego hasta la web del Ministerio del Interior para obtener la confirmación definitiva. Y así es. Es verdad. Compruebo también que la más segura es Fuenlabrada y la más peligrosa Alcalá de Henares, datos en ambos casos que me dejan también un tanto sorprendido. Obviando, por supuesto, la capital y municipios como Tres Cantos, que no llegan a los cien mil habitantes, interpretaría el mapa actual de criminalidad como una inocentada si se lo enseñase a mi yo de hace treinta y cinco años.

Decido no indagar más porque lo que sí he podido confirmar, sea la segunda o la tercera, lo mismo da, es que mi Brónxtoles, el que me vio crecer, ha cambiado radicalmente y que ahora es ya una ciudad por la que uno puede moverse sin sentir el miedo que nosotros a veces sentíamos.

Un alivio, aunque como padre que uno es, sirva de consuelo vano cuando los chicos salen por la noche con sus colegas a divertirse.

Gajes del oficio, supongo.




viernes, 17 de marzo de 2023

De angustias y botes de vaselina

Hay angustias muy traidoras que se ocultan astutamente en el subconsciente, permanecen latentes y en un momento determinado aparecen por sorpresa y te arrebatan el aliento y también el sueño. No me refiero a esas preocupaciones más comunes como son las que ineludiblemente acompañan a la paternidad; esas siempre están ahí, activas y grapadas a nuestro ser durante toda la vida. O ese miedo a que te diagnostiquen un cáncer cuando acudes a una revisión con algún especialista porque has comenzado a sentir dolores extraños. No, ese tipo de angustias tienen una presencia más real, son, dentro de lo abstracta que pueda resultar cualquier ansiedad, más tangibles. Yo hablo de las otras. Como la que hace dos noches me expulsó abruptamente de mis sueños y me mantuvo ya desvelado hasta que el hecho de permanecer más tiempo en la cama, tratando de volver a dormirme, se me  antojó ya una pérdida de tiempo y, para regocijo de Marcos, me puse a prepararle un desayuno americano que se pudiese meter entre pecho y espalda antes de irse al instituto.


En mi último trabajo, ese que en gran medida provocó que mi estado de salud pasase de regular a penoso, atendíamos fundamentalmente llamadas de clientes que tenían un vehículo en renting y querían dar un parte de accidente. A grosso modo, como dirían los italianos, ya que eso sólo era una parte del trabajo. La que más agobio nos producía, especialmente a mí, que era el que se tenía que asegurar de que todas las llamadas se atendiesen, algo bastante delicado dado que los recursos, aunque de calidad, eran escasos y las llamadas, eran legión. Raro era el momento de la semana que no había llamadas en espera. Y los lunes, bueno, aquello era una carnicería, dado que desde que abríamos las líneas a las nueve de la mañana hasta que las cerrábamos por la tarde, no sólo se intentaban poner en contacto con nosotros los que habían tenido algún percance el fin de semana, sino también los que durante el sábado y domingo habían decidido que el vehículo ya acumulaba suficientes arañazos y abolladuras como para pasar por el taller. Así que, si el resto de la semana era como si fuésemos a la guerra, los lunes llevábamos también un buen tarro de vaselina. Podéis imaginar para qué. No había vivido, en mis veinte años de experiencia en el mundo del telemarketing, algo como aquello. Jamás.

La gran mayoría de los trabajadores, se dediquen a lo que se dediquen, sufren un pequeño síndrome post fin de semana el domingo por la noche, cuando se meten en la cama y, antes de conciliar el sueño, que suele tardar en llegar, se lamentan en silencio de que se acabó lo bueno. Pero se terminan durmiendo. En el equipo que yo coordinaba en esta empresa, algunas de las que conmigo trabajaban, y no hablo de operadoras con poca experiencia o demasiado jóvenes para soportar la presión, me confesaron cuando hubo cierta confianza que el bajón les venía ya el domingo después de comer y que las noches de los domingos lloraban más que dormían. Literal. Se pasaban buena parte de la noche derramando lágrimas sobre la almohada, conscientes del infierno al que iban a enfrentarse al día siguiente. Yo no llegaba a tanto, pero sí admito que el agobio apenas me permitía descansar y que los lunes iba en el tren como el que va al matadero.


Tener sueños (o recordarlos) es en mi caso algo poco habitual en estos tiempos en que los analgésicos me hunden en una profunda y pesada nada en la que mi cerebro parece apagarse por completo cuando duermo. Pero esa noche una congoja que me estaba horadando el pecho me hizo abrir los ojos con unas ganas enormes de echarme a llorar. Busqué la mano de Nuria y me arrimé un poco a su cuerpo para que su simple presencia me ofreciese algo de consuelo. Casi ni se enteró de lo agotada que se encuentra. Escuché también en ese instante a Marcos en su habitación mascullar en sueños algo ininteligible para mí. En la de Sergio todo era silencio, como siempre, mi hijo mayor duerme como un bendito.

A pesar de encontrarme despierto, el sueño aún se mezclaba con la realidad, ya que el desaliento que me embargaba se debía a que yo estaba convencido de que era domingo por la noche (falso, era martes), que yo seguía trabajando allí (falso, me despidieron hace ya diez meses) y que a la mañana siguiente me esperaba otra jornada de trabajo como las que he descrito (falso, ya que lo que me esperaba al día siguiente era, gracias a Dios, una mañana en la que pretendía finalizar un cuento infantil de un pirata llamado Medio Pelo y un relato policiaco de quinientas palabras en que el asesino era el policía que investigaba el crimen). Tardé un rato en darme cuenta de todo ello, pero aún así, cuando por fin me percaté de que toda esa angustia la había generado mi subconsciente, el desasosiego permaneció allí conmigo el resto de la noche.


Sé que esta experiencia laboral no sólo me generó un problema de salud, ya que es la tercera o cuarta vez en estos meses en que todo lo vivido allí vuelve de madrugada, y que me costará cerrar esa herida que aún arrastro y que de vez en cuando se vuelve abrir y supura. Pero en ese sentido soy optimista, ya que sé, después de casi medio siglo de vida, que el paso del tiempo casi todo lo cura y que a la vuelta de la esquina me esperan experiencias que harán que esa angustia de los domingos por la noche se convierta en una anécdota de la que espero poder reírme cuando sea viejo.

PS: creo que huelga decir que esta entrada, como no podía ser de otra manera, está dedicada, con mi mayor admiración hacia su profesionalidad, mi más sincero cariño por cómo me trataron mientras estuve allí y mi más firme apoyo porque yo sí sé lo que allí tienen que soportar cada día, a las teleoperadoras que compartieron botes de vaselina conmigo desde octubre de 2021 hasta mayo de 2022.

lunes, 13 de marzo de 2023

Yo confieso

Desde que puse en marcha este blog hace cinco meses como un intento de evadirme del pozo en el que la neuralgia postherpética me estaba hundiendo, pocas cosas han cambiado en cuanto a mi estado de salud, pero sin embargo han sido otras muchas las que han variado en cuanto a mi manera de contemplar la vida, a los que me rodean y sobre todo a mí mismo.

Cuando creé Sin agenda ni calendario lo hice por darme el gusto de escribir. Sí, es lo que he argumentado desde el primer día, pero comprendo ahora que la verdad, que no admitía ni siquiera ante mí mismo, era que necesitaba darle un sentido a la inactividad a la que mis problemas de salud me obligaban. Vivía, allá por el mes de septiembre, prisionero de un dolor físico que no era capaz de dominar y que me empujaba irremisiblemente hacia una depresión que me negaba a admitir. La ansiedad por no saber qué sería de mí en el futuro y la preocupación por convertirme en un lastre para mi familia me tenía paralizado, incapaz de tomar ningún tipo de decisión, muy confuso sobre mi nuevo lugar en el mundo. Ahora me doy cuenta de que anímica y psicológicamente estaba mucho peor de lo que era capaz de reconocer, aunque fui lo suficientemente hábil frente a la psicóloga de la Unidad del Dolor como para hacerla creer también a ella que lo tenía todo bajo control. Me pesaba además percibir que a mucha gente que había sido importante para mí, el problema que yo padecía no era más que algo que cotillear con sus parejas en la cena antes de ponerse a hablar de otros asuntos. Confieso ahora que no estaba nada bien.



Este blog, que tanto me ha ayudado a superar todos esos pensamientos negativos, ha resultado clave también para minimizar los efectos de los fármacos, que me provocan sueño, bajadas de ánimo que me he forzado a ocultar y en ocasiones un agotamiento extremo.

Pero lo cierto es que Sin agenda ni calendario lleva sobreviviendo desde hace un mes gracias a textos que escribí ya hace tiempo. Ya no es igual, las ideas ya no fluyen de la misma manera. Incluso he eliminado muchas entradas pendientes de publicar que han perdido su sentido a medida que mi perspectiva ha cambiado. Ahora mismo tengo pocos textos preparados para publicar y noto cómo a mi mente le cuesta alumbrar otros nuevos que me hagan sentir orgulloso de ellos y que merezcan compartirse.

No creo en cualquier caso que la vida de este blog se acerque a su fin. Por gratitud a lo que por mí ha hecho estos meses y porque siempre tendré algo que me apetezca compartir con los que lo habéis apoyado desde el principio y que me seguís enviando comentarios tras cada publicación, pero es posible que percibáis en las próximas semanas una disminución en la frecuencia de mis publicaciones.

Creo que nadie, y mucho menos yo mismo, podía vaticinar hace ya casi un año que mi enfermedad fuese a prolongarse durante tanto tiempo. Ni que a estas alturas la mejoría que siento sea tan poco satisfactoria. Tanto es así que, en lo referente a mi futuro laboral, he comenzado a considerar que no me compensa seguir angustiándome y estoy iniciando los trámites para solicitar una incapacidad, que no sé si me será concedida, y de la que ignoro las condiciones que la acompañarían en el caso de que me fuese aceptada. El tiempo y el INSS serán quienes nos den una respuesta.


Y hay algo más, que ya adelanté en un texto de hace un par de semanas titulado La novela que aún no escrito y que creo debe entenderse, al menos así lo hago yo, como un avance positivo en mi manera de encarar esta situación. Estoy escribiendo mucho y aún así me faltan horas para todo lo que se me está ocurriendo. Novela, relatos cortos, cuentos infantiles. Y estoy presentando, sin excesivas aspiraciones, mucho de lo que escribo a concursos literarios que sé que no ganaré, pero que se han convertido ahora en mi prioridad. 

Por todas estas razones, pido disculpas a quienes me seguís y disfrutáis de este espacio si os doy menos de lo que hasta ahora os he dado o si no os resulta tan atractivo como hasta ahora ha podido pareceros. Pero el cuerpo me pide ahora otros formatos, otras historias que aquí no me resulta tan sencillo desarrollar. 

Seguiré por aquí, pero quizá me veais menos. Confío, sin embargo, que cuando tenga algo que realmente me apetezca contaros, también vosotros sigáis ahí.

Un abrazo fuerte para todos.





sábado, 11 de marzo de 2023

The last of us

Si este servidor está suscrito a Netflix es por la gran variedad de títulos que ofrece en su plataforma. Siempre hay, además de muchas series y películas irrelevantes, algunas que realmente merecen la pena. La suscripción a Amazon Prime es casi de naturaleza obligada si eres usuario habitual de sus servicios (¿y quién no lo es hoy en día?), pero su oferta audiovisual gratuita es bastante pobre. Y luego está HBO Max, cuya propuesta es cuantitativamente muy reducida, pero con producciones de altísima calidad. Sólo ellos podían llevar a la pantalla las historias de los Lannister y los Targaryen, por ejemplo. Y sólo ellos, ¿cómo no?, podían atreverse a transformar uno de los videojuegos más vendidos de la historia en una serie de televisión imprescindible.


Para los que no conozcan el argumento de The last of us, nos encontramos en un escenario postapocalíptico muy recurrente en las producciones televisivas y cinematográficas de los últimos años. En este caso se trata de un hongo que, debido al calentamiento global de la tierra, ha logrado invadir el cerebro humano, ha mermado notablemente a la población y amenaza con su extinción. Nuestros protagonistas, Joel (interpretado por el chileno Pedro Pascal) y Ellie (encarnado por Bella Ramsey), inician una suerte de road movie que les hará atravesar los Estados Unidos para comprobar si la sangre de Ellie, una adolescente que estuvo en contacto con el hongo y no resultó contagiada, puede ser la clave para conseguir una vacuna eficiente.

Si nos quedamos sólo con el argumento, el videojuego y la serie no aportan nada que otros no hayan hecho ya antes. Es en la magnificencia de los escenarios, en unos logrados efectos especiales, en la partitura de Santaolalla y sobre todo en la relación que se establece entre los personajes principales donde la serie alcanza la excelencia y supera la experiencia que nos proporciona el juego, ampliando el universo de la saga y ofreciendo un contexto a personajes secundarios cuyo papel en la consola es puramente anecdótico.


La serie no es sólo amena gracias a las elaboradas escenas de acción, sino que se balancea con elegancia entre el drama y la comedia al mismo tiempo que nos coloca frente a interrogantes de hondo calado humano, científico y metafísico. La relación entre Joel, una suerte de arisco traficante de objetos difíciles de conseguir en un mundo arrasado y que perdió a su hija cuando la pandemia se inició, y Ellie, una joven algo desvergonzada que trata de asimilar su posición en este contexto, es pura delicatessen. Ambos actores están soberbios, especialmente ella, que eleva a su personaje a una dimensión superior, y pulsan las teclas adecuadas para que los espectadores deseemos, no sólo que sobrevivan, sino que sean capaces de darse el uno al otro lo que ambos necesitan: cariño entre tanta maldad y desesperación.

Mi hijo mayor, Sergio y yo, nos volvimos hace tres o cuatro años adictos al videojuego, y el hecho de que ahora podamos disfrutar de una serie basada en el mismo nos ha hecho reencontrarnos, no sólo con una historia apasionante, sino también con nosotros mismos. Ha sido la excusa perfecta para sacarle de su cueva y volver a disfrutar juntos frente a la televisión de algo que no se puede pagar de ningún modo ni expresar con palabras. Y estamos disfrutando cada segundo.

Y por cómo se está desarrollando esta primera temporada, todo apunta a que tenemos The last of us para tres o cuatro años más.

Gracias, HBO Max, por este nuevo regalo.



miércoles, 8 de marzo de 2023

Lo que la cancha nos da: padres en la grada

Hoy hago una pausa en la descripción cronológica de las andanzas de mis hijos por las canchas de baloncesto para intentar analizar el comportamiento del público, fundamentalmente padres, que a este tipo de acontecimientos asisten. Porque la grada de cualquier evento deportivo constituye un entorno independiente en el que uno puede encontrarse con toda clase de aficionados, cada uno con sus peculiaridades y manías propias. A veces me pregunto, en mitad de un partido, a qué conclusiones llegaría un observador imparcial e inmune a la magia del deporte sobre la fauna que comparte (compartimos) los pabellones de baloncesto o las pistas de fútbol.

A pesar de que han sido tres los encuentros a los que, gracias a los fármacos, he podido asistir este pasado fin de semana, dos de baloncesto de mis hijos y uno de fútbol siete de mi sobrino Izan, utilizaré el que protagonizó mi hijo Marcos, un duelo de alta rivalidad entre Estudiantes y Alcorcón Basket en categoría cadete, que requirió además una prórroga, para profundizar en mi personal clasificación de las distintas especies de padres que pueblan el graderío.


El padre contenido: especimen en evidente peligro de extinción. Se caracteriza por mostrarse aparentemente imperturbable ante los estímulos que recibe mientras observa un partido, aunque en su interior bullen toda clase de emociones más intensas que se esfuerza por contener. Ante ciertas situaciones de tensión, no obstante, el individuo pierde la batalla consigo mismo y termina optando o bien por abandonar el pabellón o por transformarse en una clase de forofo más agresivo.
Riesgo de conflicto: bajo.

El padre estudioso: de comportamiento similar al ejemplar anteriormente comentado, ya que no da muestras de implicarse emocionalmente ante los lances que se producen a su alrededor. No estudia los comportamientos humanos de los participantes en los eventos, sino que analiza las acciones que los mismos llevan a cabo sobre el terreno de juego. Algunos de ellos tienen por costumbre tomar notas, a veces equipados con dispositivos electrónicos que les sirven en su labor, y compartir sus conclusiones antes, durante y después del partido con el resto de individuos. Pocas veces da valor al resultado final del encuentro. Es inextinguible, siempre habrá alguno en la grada.
Riesgo de conflicto: nulo

El padre querulante: este tipo de papá puede llegar a ser extremadamente molesto para el resto de especies que comparten con él grada, para los jugadores y sobre todo para los árbitros. Es aquel que todo lo protesta desde que se inicia el encuentro hasta que finaliza, siendo irrelevante si el partido se encuentra reñido o si lo que reclama tiene algún sentido. Si considera además que es su hijo el afectado por una situación o decisión específica, suele subir varios tonos el volumen y contenido de su protesta. Habitualmente se trata de individuos sometidos a un alto estrés en sus vidas particulares o con profundas frustraciones y utilizan el deporte de sus hijos como vía para liberar la tensión acumulada, aunque casi siempre suelen ser respetuosos con las palabras que utilizan con aficiones y jugadores rivales.
Riesgo de conflicto: potencialmente alto.


El padre preocupado: este tipo de aficionado suele encontrarse en categorías en que los niños son aún pequeños y por tanto más frágiles y vulnerables, tanto física como emocionalmente. Por razones de índole cultural, suelen ser hembras que no disfrutan realmente realmente del espectáculo y que tan sólo respiran aliviadas cuando su cachorro se sienta en el banquillo, donde el riesgo de un golpe o una lesión se reduce de manera considerable.
Riesgo de conflicto: bajo.

El padre animoso: este especimen, de comportamiento generalmente simpático y divertido, suele alimentarse con glotonería antes y después de los partidos, dado que quemará durante el encuentro tanta energía como los propios participantes en la actividad. No acostumbra a mantenerse pasivo en la grada, es sumamente inquieto, aficionado a los cánticos y a animar a sus iguales a que le imiten. En ocasiones, llevado por su entusiasmo y de manera inconsciente, puede terminar enfrentado a la afición rival o provocando su indignación.
Riesgo de conflicto: medio

El padre deportivo: especie habitual en eventos de benjamines que paulatinamente va desapareciendo a medida que los hijos crecen. Aplaude a sus jugadores, a los rivales, a los árbitros, a los entrenadores y hasta al que pasa la mopa cuando un chico se resbala. Todo le parece bien porque todo es aprendizaje. Acostumbran a asistir a los partidos con una sonrisa, mantenerla durante el mismo y compartirla con unos y otros al finalizar la experiencia.
Riesgo de conflicto: extremadamente bajo.

El padre relaciones públicas: se trata de un tipo de padre que asiste a los eventos deportivos de sus hijos con el fin prioritario de fomentar y potenciar sus relaciones con el resto de los participantes en el juego. Entiende la actividad como un acontecimiento social, más que como uno deportivo. No suele estar demasiado pendiente de lo que en la cancha ocurre porque se pasa el partido charlando con unos y con otros. Puede ser molesto en ocasiones, pero cualquier afición precisa tener en sus filas un ejemplar de estas características para intermediar amistosamente con las entidades rivales cuando se producen enfrentamientos verbales poco afortunados.
Riesgo de conflicto: extremadamente bajo.


El padre fotógrafo: su objetivo principal antes de iniciarse el enfrentamiento es localizar la posición más favorable desde la que avistar todo lo que en el partido sucede para grabar o fotografiar las situaciones más importantes del evento, especialmente las realizadas por su churumbel. En función de las herramientas de que disponga para ello y de su capacidad para manejar las mismas, disfruta en mayor o menor medida del partido. Tiene la capacidad de combinar durante el proceso su rol natural con los rasgos de cualquiera de los otros prototipos mencionados. El resto de sujetos del propio equipo suele mostrarle su agradecimiento dado que comparte con ellos lo grabado para que sirva de recuerdo a todos los componentes del equipo.
Riesgo de conflicto: imprevisible

El padre instructor: es aquel que, una vez terminado el partido y habitualmente en las soledad familiar, alecciona y sermonea a su hijo sobre los errores que ha cometido. Acostumbra a confundir su labor y aspira a ser entrenador en algún momento. Cuando ofrece a su hijo alternativas y el tono que utiliza es constructivo, su influencia puede ser muy positiva, pero si se limita a criticar lo que su hijo ha hecho en cancha se transforma en un sujeto claramente peligroso para la estabilidad mental y anímica del crío.
Riesgo de conflicto: medio.

El hooligan: sin duda, el más peligroso y dañino modelo de padre en la grada. No tiene respeto por nada o por nadie y suele insultar, amenazar, gesticular y en ocasiones provocar. El más cruel de esta clase es el que dirige sus ofensas a los niños que participan en el encuentro, sin importarle la edad que los mismos tengan. Ningún otro miembro de la fauna existente en la grada desea tenerle cerca, pero en ocasiones no queda más remedio que compartir espacio y tiempo con ellos. Son un cáncer cada vez más extendido en las canchas y pistas deportivas.
Riesgo de conflicto: extremadamente alto.


Puedo afirmar que el número de especies que coexisten en la grada es mucho más variado y que no todas han podido ser aún catalogadas, pero algunas de las mencionadas son las que con mayor frecuencia han sido avistadas y cualquier asiduo a este tipo de acontecimientos dispone de la habilidad suficiente para poder identificarlas rápidamente y tomar las decisiones pertinentes sobre la distancia que debe interponer entre el ejemplar en cuestión y él mismo.

Una de las conclusiones más relevantes del estudio realizado demuestra que nuestros críos acaban imitando los comportamientos y actitudes que han observado de manera continuada en sus progenitores, por lo que es recomendable que los clubes y entrenadores, desde el primer momento, recuerden a los padres la importancia de su rol y las normas que deben aplicar para conseguir que la actividad aporte al niño salud y valores, y que copio para finalizar este texto y para que todos los que se identifiquen con esta coyuntura reflexionen sobre ellas.
 



 

 

domingo, 5 de marzo de 2023

Otra ronda más, por favor

Admitiré sin sonrojarme que, metido en faena, siempre me apetece otra ronda más. Que, arropado por el calor de los amigos y familiares y por el gustito en el gaznate del jarabe de cebada, me cuesta mucho decir no a la penúltima. Pero también confesaré que en mi casa el alcohol sólo corre en celebraciones especiales. De hecho, cuando se anuncia una visita, suele tocarme bajar con urgencia al chino a por unas cervezas con las que poder honrar a mis invitados dado que no siempre tengo en casa. Lo que en mi frigorífico no suele faltar son latas de Coca Cola Zero, Aquarius y, sobre todo, botellas de té verde de Hacendado. Qué vicio más raro el mío. Pero, como al principio decía, eso no quita para que, en medio de cualquier reunión o sarao, los ojos me hagan chiribitas cuando alguien propone pedir otra ronda.



Supongo que la primera vez que bebí fue por la misma razón por la que empecé a fumar: por impresionar a una chica. 

Con quince años, Angela, repetidora y con fama de darle a aquel que le cayese en gracia lo que le pidiese, me propuso hacer pellas. ¿Cómo me iba a negar yo, a mis quince años, ante la promesa de un rato a solas con la chica teóricamente fácil de clase? Según salimos por la puerta del instituto, me dijo, al tiempo que sacaba un paquete de Ducados del bolsillo de su camisa vaquera:

- Tú fumas, ¿no?

"Y hago el pino sobre las orejas si tú me lo pides, corazón", pensé. 

De aquella escapada saqué el insano hábito de fumar, pero de lo otro volví a clase tal y como me fui: inmaculado como la Virgen María. Ni un triste beso de tornillo.

De a quién pretendía impresionar cuando me tomé mi primera copa ningún recuerdo me queda. De lo que sí me acuerdo con absoluto rubor fue de la inocencia e ignorancia de la que hice gala cuando el camarero me preguntó qué quería tomar, a lo que respondí, quedándome más ancho que largo:

- Pues un cubata.

Si pretendía comerme un colín aquella tarde, dinamité cualquier posibilidad ante la lógica pregunta del barman que a continuación se produjo y mi consiguiente respuesta:

- Muy bien, pero ¿cómo lo quieres?
- Pues con hielo, claro.

Sí, aquel era yo. Creedlo. Ese que se pensaba que un cubata era una bebida alcohólica en sí misma y que no era preciso indicar nada más al pedirla era un servidor. Lamentable ejemplo de quien pretende aparentar más de lo que realmente es.

Mi relación con la cerveza se volvió francamente cordial poco después, cuando litronas en la calle y minis en los bares sustituyeron a los refrescos y batidos con los que hasta entonces era habitual vernos. Bebíamos todos los viernes y muchos sábados. Los domingos eran ya día de retirada y a lo sumo tomábamos algo de sidra. Es curioso la de juegos que se nos ocurrían en los que perder no era tan malo, ya que el que lo hacía tenía que beber. Uno de ellos, que ahora reconozco un tanto asqueroso, consistía en poner una servilleta de papel extendida sobre un mini, que entonces se servía en unas preciosas jarras de boca ancha, y sobre la servilleta una moneda de veinticinco pesetas. Por turnos íbamos haciendo con nuestro cigarro (casi todos fumábamos) agujeros en la servilleta. Perdía aquel al que se le caía la moneda dentro del litro de cerveza, cantidad que debía beberse el perdedor, con la ceniza que hubiese caído en su interior incluida, y a ser posible, de un único trago. 



Descubrí también lo refrescante que puede ser una cerveza cuando mi mejor amigo, enfadado por mi manera de tontear con su hermana, decidió que una buena forma de llamarme la atención por tan poca elegancia en mi trato hacia ella era vaciar un mini entero sobre mi cabeza en medio del bar al que acabábamos de llegar. El asombro y la vergüenza me bloquearon por completo. Encima se marchó, dejándome allí y teniendo que pagar aquel litro de cerveza del que ni un sorbo había podido dar. Nuestra amistad, a pesar de aquello (o precisamente por eso) perduró durante muchos años.

De que el alcohol atonta y es peligroso puedo dar fe por algunas experiencias que en su momento viví en persona y de las que, con la perspectiva que dan los años y la paternidad, no me siento nada orgulloso pero que, me guste o no, forman parte de mi pasado.

Como aquella vez que me fui de camping en verano al lago de Sanabria con ese amigo que decidió darme una ducha de cerveza. Su familia solía veranear allí y me había animado a conocer aquel maravilloso paraje. Para allá que nos fuimos los dos solos y durante aquellos días lo más peligroso que hicimos fue jugar al chinchón por las noches con unos minis de sidra floja mientras hablábamos de lo divino y lo humano. Él nunca fue el alma de ninguna fiesta, pero era de conversación fluida e interesante. Cuando llegó el fin de semana y sus hermanos y primos, bastante más fiesteros que él, aterrizaron en el camping, yo ya tenía unas ganas locas de acción, así que pasamos la noche en un chiringuito llamado Los Pitufos bailando y bebiendo hasta que amaneció. Y a mí, con las más de cuatro copas que llevaba encima, no se me ocurrió otra cosa al amanecer que intentar cruzar el lago a nado. Mi amigo y su hermano, mucho más prudentes, habían dormido toda la noche y a ellos debo el poder contarlo hoy, ya que cuando no había cruzado ni una cuarta parte del lago, me sobrevinieron varios calambres en las piernas y tuvieron que sacarme de allí como buenamente pudieron. El alcohol, queda demostrado, te vuelve un imbécil.

O como aquella otra vez, ya saliendo con Nuria, en que me supieron a poco los besos que aquella tarde me había dado y decidí, una vez que la dejé en casa, subir hasta su terraza por un andamio de obra que allí habían situado para realizar arreglos en la fachada, y demandarla el último beso de la noche. Aquello no fue tan arriesgado dado que ella vivía en un primero y yo tampoco había bebido tanto. Romántico, ¿verdad?

También recuerdo que, tras mi primera semana de trabajo en Opel España, quedé el viernes por la tarde con Nuria para tomar algo en el bar que por entonces solíamos visitar, el Picasso. Aquí no fue el exceso de alcohol lo que nos hizo llevarnos un buen susto, sino la falta de alimento. Yo no había encontrado un momento aquel día en la oficina para parar a comer y cuando nos sirvieron un mini de sangría y unas patatas bravas en la barra de aquel bar y llevábamos media consumición liquidada, me desmayé. Bueno, no llegué a tocar el suelo ya que el camarero, buen amigo nuestro en aquel entonces, tuvo la habilidad de alcanzarme en el aire antes de dejar una muestra de mis dientes allí. De esta experiencia extraje esa lección que a veces nos repiten nuestros padres incluso cuando somos adultos: no bebáis sin tener el estómago lleno, niños.



Tras el nacimiento de Sergio, me volví bastante más formal, pero aún puedo contar un par de calamitosos sucesos que protagonicé y de los cuales, estos sí, me avergüenzo profundamente. 

El primero tuvo lugar la víspera del bautizo de Sergio. Se me ocurrió invitar a algunos amigos del fútbol a casa para celebrar que al día siguiente bautizábamos a mi primogénito, algo que me hacía una tremenda ilusión y me tenía eufórico. Bebí demasiadas cervezas, tantas que acabé vomitando tan salvajemente que a la mañana siguiente me presenté a tan feliz evento con los párpados morados, como si me hubiese maquillado, a causa del esfuerzo que me supuso expulsar de mi cuerpo tanto líquido ingerido.

El segundo se produjo cuando Sergio tenía un año. Había sido un tiempo de apenas salir de casa y ocuparnos tan sólo de nuestro pequeño. Y si hacíamos algo especial, refrescos y poco más. Nos invitó a su boda un compañero del fútbol-sala y yo vi el cielo abierto. Por fin salíamos y podía desparramar dado que habíamos dejado al canijo en casa de unos amigos toda la noche. Me desinhibí por completo. Como preguntó el técnico del Samur que me acabó atendiendo aquella noche, la duda no era qué había bebido, sino que es lo que no había bebido. La verdad es que no lo sé porque mezclé cervezas trasegadas a ritmo frenético con vinos de todos los colores, champagne, unos cubatas... recuerdo que en un momento dado, puesto que la boda era al aire libre, estuve bailando durante un rato descalzo sobre el césped tan feliz. Al final caí redondo y tuvo que venir un equipo del Samur y otro de Protección Civil. La familia de la novia, que era belga, debió comprender que la fama de fiesteros que tenemos los españoles quedaba con este ejemplo más que probada. Una pareja aquella, por cierto, que si no me equivoco, acabó separándose, aunque seguramente ninguno de los dos se olvidarán de este humilde servidor por el lamentable espectáculo que les brindé.

Nunca llegué a considerarme un alcohólico. Y en verdad creo que nunca lo fui. Pero sí que tonteé y mucho, tal y como prueban estas anécdotas que en esta entrada he relatado. Como ya he comentado al principio, hoy mi relación con el alcohol es bastante esporádica y mucho más moderada, pero insisto, si cuando estoy con amigos en un bar alguien pregunta "¿otra ronda más?", yo seré el primero en levantar la mano. 

Que no todo va a ser penar en esta vida.      









jueves, 2 de marzo de 2023

Jefes que nunca te abandonan

Lealtad y compromiso hacia quienes pagaban mi nómina han sido siempre dos de las principales virtudes de las que he intentado hacer gala a lo largo de mi vida laboral. Pero eso no quita para que ahora, sin más pagador que el SEPE, con una perspectiva más global de la vida y un futuro algo incierto, dedique unas líneas sinceras a quienes en su día fueron mis jefes. Los de verdad, no los que lo fueron de manera circunstancial o poco relevante, que de algunos de ellos ni me acuerdo, sino de los que dejaron en mí alguna clase de marca. De los que no me abandonarán nunca.

Con la primera me topé en el Gabinete de Prensa de Opel España, donde al principio colaboré como becario y luego como secretario ejecutivo. Su nombre era Pilar Guridi y era de sobra conocida por los periodistas españoles de las revistas del motor. Por lo que Google me cuenta, ya que no quise nunca hasta ahora seguirle la pista, se jubiló ya hace nueve años, lo que me confirma que debía rondar el medio siglo cuando este novato de veintipocos estuvo a su cargo. También significa que ya nadie más la tendrá que soportar en una oficina, a Dios gracias. Entiendo que todavía en los noventa una mujer ejecutiva debía ser a veces muy zorra para poder convivir con tanto machito, pero esta se llevaba la palma. No tenía una palabra amable para nadie más que para ella misma. Y latigazos recibíamos todos los días. Y aún así, ya ves, treinta años como Directora de Comunicaciones de General Motors en España. Estuve a sus órdenes (a aquello no podía llamársele colaborar) en dos etapas: un verano en tareas de archivo y más tarde cubriendo la baja maternal de su mano derecha. De esta última etapa datan los dos únicos viajes de negocios que he hecho a lo largo de mi vida laboral: a Cork, en Irlanda, y a Frankfurt, en Alemania. También de aquella etapa, de la que salí anímicamente bastante trastornado, conservo seguramente algún trauma. Creo que nadie me ha tratado con tanto desprecio como ella lo hizo en aquel momento.


Hay quien afirma que es conveniente sufrir una experiencia como esa para valorar las siguientes con mayor perspectiva. No sé si será cierto o no, pero la realidad es que, después de Pilar y tras mi etapa en Telepizza, llegó alguien que también dejó huella en mí. Podría decirse incluso que, laboralmente hablando, me moldeó.

Se llama Isabel López Saldaña y era Coordinadora en Sitel. Fue de hecho la que me dio la bienvenida a la compañía en el edificio de Siemens en Tres Cantos, cliente para el que trabajábamos. A pesar de ser más joven que yo y de percatarme pronto que eran más las cosas que nos separaban que las que nos unían, siempre me pareció una jefa extraordinaria. Durante los más de diez años que trabajamos juntos construimos una relación profesional bastante productiva. Me exigía, pero también me hacìa sentirme valorado y solía tener en cuenta mi opinión. Siempre hubo respeto mutuo, y si alguna vez nos lo faltamos, lo corregíamos a base de empatía y de tener claros los objetivos que compartíamos. Creo que ella siempre fue más comprensiva con mis quejas que yo con algunas de sus indicaciones. Ambos teníamos además en común que éramos padres de niños pequeños y un largo recorrido en tren de vuelta a casa al terminar la jornada, así que hablamos mucho sobre cómo les educábamos en nuestros respectivos hogares.

Ella aún sigue allí, en la que fue mi casa durante veinte años, y quiero pensar que, más allá de su escalada en el organigrama de la empresa, es feliz y que la cuidan como se merece.


Cuando mi época con Isa terminó, y tras un par de experiencias irrelevantes en cuanto a lo que jefaturas se refiere, fui a caer, siempre dentro de Sitel, en los brazos de Gema Fernández. Llegaba yo a su servicio, el de Carrefour, un tanto reticente. Primero porque dejaba atrás una experiencia, la de La Nevera Roja, que profesionalmente me había hecho sentirme muy orgulloso de mí mismo y del equipo que dirigía. Supuso un varapalo que aquello se acabase, aunque nada tuvo que ver en ello nuestro rendimiento. En segundo lugar, las referencias que yo tenía de aquella campaña eran confusas y algunas, como pude comprobar, con muy mala baba. 

Gema tardó un tiempo en ganarme para la causa. No porque ella hiciese las cosas mal, sino porque yo mantuve más de lo debido una actitud muy prudente y conservadora. Y que no venía por dónde me venían porque ella era dd la escuela de la pista americana. Pero es que al final era imposible resistirse al peculiar carácter de mi nueva jefa. Si Isa me había dado un curso básico de gestión de equipos, con Gema hice un máster. Si la primera me moldeó, la segunda me perfeccionó. Cada sentencia suya merecería un marco en la pared o ser grabada en una taza. Conseguía elevar a la enésima potencia cualquier sentimiento que pretendiese provocarte. Si quería motivarte, dejabas su mesa sintiendo que el mundo se te quedaba pequeño. Si se proponía asustarte, te ibas pensando que acababas de tener una conversación con la niña de El exorcista. Si su propósito era alabar tu trabajo, sentías que te habían dado el Nobel. Todo era híper con ella, para lo bueno y para lo malo.

Aprovechó el mismo ERE que yo para dedicarse en cuerpo y alma a una labor en la que no tenía ninguna experiencia, pero en la que seguro está superando también los objetivos marcados: ser madre. Mala suerte para aquellos que se han quedado sin trabajar con ella. Toda una experiencia. De las positivas.



Tras unos meses en el paro, llegó la que a priori iba a ser mi gran oportunidad. La que me sacaría de la medianía en la que siempre me había movido y que, sin embargo, me tiene ahora en el pobre estado de salud en el que me encuentro. Y era en este caso un hombre quien iba a ser mi superior directo, alguien cuyo nombre prefiero obviar por si, nunca se sabe, pudiese tener repercusiones legales no habiendo pasado todavía un año de mi despidoy también porque excluyo a esta persona de cualquier responsabilidad sobre mi presente situación. Llamémosle simplemente G.

Todos los jefes mandan. A algunos les sale con tanta autoridad y naturalidad que su palabra es ley. Algunos, los buenos, a pesar de esta habilidad, escuchan con atención lo que sus subordinados tienen que decir.  En G todas estas cualidades estaban muy a la vista. El trabajo de jefe le iba como anillo al dedo. Y sin embargo... 



La experiencia fue muy corta, yo boqueaba ahogado bajo montañas de trabajo y me consta que él no vivía mejor que yo. Creo que intentó ayudarme y acompañarme como buenamente pudo, que para mi sufrimiento y su pesar, como se pudo ver más adelante, no fue suficiente. Y sin embargo...

Creo que valoró mi esfuerzo y mi dedicación. Que intentaba a su manera enfrentarme a mis propias carencias con el deseo de que yo las superase y me convirtiese en un miembro válido de su equipo. Y sin embargo....

No sé, supongo que quien haya trabajado durante más tiempo con él quizá sea capaz de completar esos puntos suspensivos que yo no acierto a cerrar, pero sé que su marca, o mejor dicho, la de la experiencia que allí viví, nunca se borrará del todo.

Hoy me ha dado por aquí, por echar un vistazo al pasado y, con la perspectiva que me han dado los años, acordarme de ellos, de los que un día fueron mis jefes. Pero escribiendo estas líneas y asociados a los susodichos me han venido a la cabeza un puñado de nombres de compañeros que, sin querer menospreciar al resto, fueron tan importantes, incluso diría que más aún, que aquellos que nos dirigían a todos nosotros.

Pero sobre algunos de ellos, tranquilamente, hablaré otro día.

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