Ante mi petición de ser derivado a un neurólogo y de que me fuese facilitado un informe clínico en el que quedase constancia del tiempo que llevo padeciendo esta neuralgia, la medicación que se me ha ido administrando y los efectos que dichos fármacos han tenido en mi organismo, la doctora de la Unidad del Dolor que lleva mi caso se negó inicialmente a ambos requerimientos y me citó para una nueva evaluación que hemos llevado hoy a cabo.
Hemos discutido. O mejor dicho, ella se ha sentido ofendida porque yo haya insistido en que un neurólogo me valore y yo la he acusado de que hablamos lenguajes distintos. Aunque la conversación se ha terminado reconduciendo hacia unos cauces más amigables por el esfuerzo que ambos hemos hecho por frenar nuestros respectivos enojos, yo he salido bastante mosqueado de su consulta y apostaría a que ella se ha quedado jurando en arameo.
Que me estoy dejando envolver por el dolor, que me estoy aislando con la excusa de que me duele más de lo que realmente me duele al realizar actividades cotidianas y que estoy maximizando inconscientemente la magnitud de mi dolencia. Que le sigue chirriando enormemente que el dolor se expanda hacia la zona lumbar, a pesar de que ya me sometió a una resonancia en la que se comprobó claramente que no existe ninguna otra causa para que eso ocurra. Y que le preocupa el estado psicológico al que ese comportamiento me puede llevar. Vamos, que no es que te lo estés inventando, eh, pero... ahí lo ha dejado. Ese es su razonamiento.
Para colmo, Nuria, que ha estado presente sólo en la segunda parte de la consulta, justo cuando la doctora empezaba a rebajar el tono de su discurso y yo elevaba el mío, un tanto indignado por cómo había reaccionado ante mi interés por recabar la opinión del especialista que entiendo puede tener un mayor conocimiento de lo que me pasa, por la falta de empatía que la doctora había mostrado ante mi preocupación, no por el dolor, sino por la situación en la que me puedo encontrar cuando en unos meses termine mi prestación por desempleo y por la sensación de cosificación del paciente que me ha transmitido, por todos esos motivos que han hecho que deje por un momento de ser el tío diplomático que acostumbro a ser, como decía, Nuria se ha aliado con la representante de su gremio y me ha reprochado mi tono y mis modales cuando, fuera de la consulta, la he preguntado qué opinaba. También es mala suerte que ella haya llegado cuando la doctora se ha transformado en la víctima y yo en el malo de la película.
Pero es muy posible que tenga razón, que no fuese yo mismo cuando he decidido expresarme de forma clara y llana. Que tampoco he gritado ni nada por el estilo, no os vayáis a pensar, simplemente me he puesto serio para que quedase constancia de que no soy un conejillo de Indias y que como paciente tengo mis derechos.
Gracias a la Unidad del Dolor estoy bastante mejor de lo que estaba hace unos meses, aunque eso suponga estar empastillado todo el día. No les quito mérito y tienen mi más sincero agradecimiento. Y por supuesto que reflexionaré sobre ese aislamiento al que afirma que me estoy sometiendo y a esa exageración inconsciente de mis dolores por la que asegura que me estoy dejando llevar. Intentaré también hacer una vida normal como ella cree que debería estar haciendo, a pesar de que la he explicado con pelos y señales cómo me afecta, por ejemplo, asistir a una actividad tan gratificante para mí como es ir a ver jugar a mis hijos al baloncesto. Le pediré que me solicite una cita con la psicóloga de la Unidad porque es obvio, según ella, que he entrado en un bucle muy perjudicial para mí y que reclamar que un neurólogo me valore no se corresponde con la actitud que debería mostrar tras diez meses con esta mierda a cuestas. Estoy incluso por calzarme ahora mismo las zapatillas de deporte e irme a caminar los diez o doce kilómetros que solía recorrer antes de que esta pesadilla comenzase, aunque luego tengan que recogerme con una pala. Y por supuesto, empezaré inmediatamente a asumir que nadie me va a conceder una incapacidad por una neuropatía como la mía, tal y como amablemente me ha hecho saber.
Pero bueno, de todo esto extraigo tres claras conclusiones:
La primera es que posiblemente me negaré a cualquier otro experimento farmacológico o de cualquier otro tipo que pretendan realizar conmigo. ¿Para qué, si a fin de cuentas, en su opinión profesional, estoy exagerando, aunque sea de manera inconsciente? Que se compren una cobaya.
La segunda es que, por desgracia, mis últimas experiencias con la Sanidad Pública han sido para tirarlas a la basura, cerrar la bolsa y meterlas en la primera trituradora que encuentre en mi camino. Y mira que me da rabia admitir esto porque, además de estar casado con una persona que se dedican a ello, soy un defensor a ultranza de este tipo de atención médica.
Y la tercera es que no me gustaría estar en el lado de la mesa que ocupan los médicos, pero sé que a algunos de ellos les vendría de perlas pasar una semanita en el lado que ocupamos los pacientes, con nuestras dolencias y preocupaciones.

















