jueves, 29 de junio de 2023

Merece la pena

Aunque escribir constituye para mí una tarea gratificante y reconfortante, debo confesar que hay ocasiones en que la parte más inconsistente y pragmática de mi psique me tortura con pensamientos del tipo:
- Venga, hombre, ¿estás seguro de que te merece la pena seguir perdiendo el tiempo con esto?

Sé perfectamente cuándo y por qué a un pedazo de mi cerebro le rechina que dedique mi tiempo libre a esta actividad, en mi caso, tan poco lucrativa. Matizaré que estas neuronas rebeldes no muestran su disconformidad cuando de este blog se trata. He adquirido ya el hábito necesario para que las entradas que aquí publico no requieran demasiado tiempo o esfuerzo y las suelo escribir de un tirón y publicar ya sin revisión de ningún tipo. Para mí, redactar un artículo para el blog es como para otros hacer un sudoku o echar una partida de Candy Crush. Un entretenimiento inocente, tranquilizador y antioxidante. Es muy difícil que en tan pocas líneas queden cabos sueltos o que alguien exija más aclaraciones que las ya expuestas.

Esa voz que pretende hacerme desistir en mis propósitos sólo se pronuncia cuando me enfrento a la novela en la que trabajo, especialmente cuando llego a alguna encrucijada en la historia que pretendo relatar y no me queda más remedio que echar la vista atrás de nuevo para ubicarme y poder dar una continuidad mínimamente coherente a la narración. O cuando observo que las pinceladas con las que pretendo retratar a un personaje no son lo suficientemente precisas, algo que, para mi desesperación, ocurre con bastante frecuencia. Me considero un crítico exigente con los autores a los que leo. No podría por tanto no serlo menos conmigo mismo y doy fe de que mi principal talón de Aquiles, aunque no el único, se encuentra en la creación de aquellos que tienen que representar con verosimilitud los papeles que mi imaginación les ha asignado: los personajes.

Compartió conmigo hace unos días Antonio Larrey, buen amigo mío, compañero de grada los fines de semana desde hace siete u ocho años, entusiasta de las letras como yo y escritor serio y constante que con cada novela eleva un poco más el listón de su excelencia, un relato breve titulado Reunión general que me gustó especialmente porque define a la perfección la importancia crucial de los personajes en un relato. Y de hecho me sentí plenamente identificado con el protagonista, que sufre precisamente porque los personajes de su libro no terminan de cumplir con su trabajo adecuadamente.


Volviendo al tema del que hablaba tras este pequeño paréntesis, ¿por qué dudo en esos momentos? ¿Por qué mi subconsciente me martillea con que el tiempo que empleo en inventar e imaginar historias y plasmarlas en el papel debería destinarlo a hacer un curso, preparar una oposición o simplemente, si de aprovechar los momentos de ocio se refiere, no limitarme a disfrutar de lo que otros, para las paginas de un libro o para los píxeles de una pantalla de televisión, ya han creado?  Creo que es una cuestión de autoestima, de que en esos momentos de debilidad y duda la figura del escritor fracasado o del desempleado inactivo se ciernen disuasorias sobre esa otra, más pequeña y frágil, aún en fase de crecimiento, que se encoge momentáneamente y amaga con retirarse a la esquina más oscura de la habitación y dejarse caer en el olvido.

Pero escribir es, al fin y al cabo, una tarea de pico y pala en la que no cabe desfallecer, así que cuando percibo esa presencia intentando provocar que mi creatividad huya en estampida, me recuerdo a mí mismo que es precisamente esto, escribir, lo que más me ha ayudado a superar los meses de dolor, rabia y pesadumbre por los que he pasado. Y que ahora ni puedo ni debo claudicar.


Así que ahí sigo, dando forma muy lentamente, pero con mucho cariño y perseverancia, a la que espero será mi primera novela y que, salvo cambio inesperado de rumbo, llevará por título Todo lo que me ocultaste. Espero ser capaz de llegar hasta el final, aunque calculo que tan sólo he completado una cuarta parte del recorrido y que aún serán muchos y muy empinados los riscos que tendré que escalar hasta que pueda compartirla con todos vosotros.

En definitiva, creo sinceramente que merece la pena seguir malgastando mi tiempo en ello, ¿no os parece?

domingo, 25 de junio de 2023

Lo que la cancha nos da: aprender en la derrota

Nadie aprende demasiado cuando gana o pierde siempre. Sólo cuando se produce un equilibrio entre la victoria y el fracaso uno es capaz de interpretar correctamente el valor de un triunfo.

Fuera mascarillas y vuelta a la normalidad. A disfrutar como Dios manda del baloncesto. Si había alguna consigna general al iniciarse la temporada 2021-2022, eran, sin lugar a dudas, esas. Atrás quedaban dos años tristes y aburridos y llegaba por fin el momento de pasar a la acción real. Y en el caso de Sergio y Marcos, con aspiraciones y ganas de dar la campanada en Madrid.

Formamos parte de un club relativamente joven, pero con éxitos memorables, como ya he relatado en anteriores entradas, en canasta mini. Pero nos faltaban por entonces hazañas por protagonizar en canasta grande. Hasta esa fecha ningún equipo del club había conseguido, por ejemplo, una plaza para viajar a un Campeonato de España de Clubes en Infantil y ninguno había conseguido entrar en una Final Four en categorías Cadete y Junior. ¿Sería por fin este el año en que lo lograríamos?

En Junior se antojaba sumamente complicado. Deben entenderse, para los que no conocen cómo funciona el baloncesto de base en Madrid, dos cosas: la primera es que, a medida que vas ascendiendo de categoría, te vas topando en las canchas con más jugadores de color, de estaturas y corpulencias incompatibles con la edad que se les supone (a esto le dedicaré una única entrada llegado el momento), y un buen puñado de jugadores centroeuropeos; la segunda es que, para muchos de nuestros hijos, es su último año de federados. A partir de ahí las opciones de continuar en su club se reducen drásticamente y son pocos los que continúan en el circuito de la Federación. Muchos pasan a entender el baloncesto, malogrados los sueños de la infancia, tan sólo como un deporte que practicar con los amigos los fines de semana a un nivel más amateur. Algunos incluso lo abandonan para centrarse en sus estudios o sus trabajos. Así pues, nuestros chicos afrontaban la temporada con la ilusión de darse una alegría final a pesar de tener que competir con esos clubes que adulteran la competición con plantillas, como ya he comentado, plagadas de extranjeros.

No teníamos aquel año un equipo lo suficientemente potente y además arrancamos en un grupo muy complicado. Para colmo, en la octava jornada, con siete derrotas y una única victoria, Sergio, que estaba cuajando buenas actuaciones, se rompió el astrágalo. Y se lo volvería a romper unos meses después, cuando regresó a los entrenamientos pensando que su mala racha, tras la pandemia y aquella inoportuna lesión, se había terminado. Supuso para él un chasco tremendo. Y nosotros, sus padres, sufrimos con él durante aquellos meses. Como todo depende del cristal a través del que se mire, le ayudamos a canalizar sus energías hacia algo menos divertido y que, por supuesto, le costaba mucho más esfuerzo que el basket: los estudios. Y aunque no logró la nota que necesitaba para la carrera que deseaba hacer, consiguió sacar el Bachillerato y la EVAU. En cuanto al equipo, bueno, digamos que la temporada, aunque hubo algunos partidos destacados, fue, en líneas generales, para olvidar.


Así que una vez más, tocaba confiar y disfrutar con los pequeños, los 2008, ya en categoría infantil. Sólo dos generaciones del club habían logrado llegar a la Final Four (los cuatro mejores de Madrid) y ninguna de ellas había conseguido quedar entre los tres primeros, que son los que logran de esta manera una plaza para disputar el Campeonato de España. Puedo asegurar que para un club como el nuestro, sin el presupuesto, ni los fichajes, ni la capacidad para atraer el talento de otros clubes como Fuenlabrada o Estudiantes y con una política muy similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol profesional, es muy complicado, pero todos sabíamos que era cuestión de tiempo. Y ¿por qué no este año?

Villalba, Leganés, Canoe, Real Madrid y Alcobendas fueron nuestros rivales en la primera fase y el objetivo era quedar entre los tres primeros para evitar el camino más difícil hacia la Final Four. 

A los dos primeros les ganamos con mucha comodidad y jugando muy bien, lo que nos hizo albergar esperanzas de alcanzar nuestros objetivos. Sabíamos que contra el Real Madrid no habría ninguna opción, así que nuestra guerra era con Alcobendas, que presentaba una generación fortísima con la que ya habíamos disputado encuentros de alto voltaje en categoría inferiores, y Canoe, que era inicialmente un gran misterio. Uno de los tres se quedaría fuera en esta primera fase y se complicaría mucho la vida, aunque aún conservaría opciones de llegar a la Final Four.

El primero de aquellos encuentros críticos para nuestros chicos se disputó en Pez Volador, la casa de Canoe, una cancha a la que he terminado por coger una cierta manía debido a los sucesivos tropezones que mis hijos, a excepción de las semifinales de Preinfantil que disputó el mayor, se han dado sobre ese parqué. Y esta vez no fue diferente: un primer cuarto horrible que nos condenó a una dolorosa derrota final por un contundente 83-57. Sirvió de bálsamo con el que curarse las heridas la revancha que disputamos la semana siguiente en Alcorcón y en la que les derrotamos por un ajustado 52-48. Pero, perdido el basket average con Canoe, la única opción que nos quedaba era ganar a Alcobendas en los dos partidos que nos restaban por disputar contra ellos, y a pesar de que competimos hasta donde pudimos y nos dejaron, perdimos en ambos y en conclusión afrontaríamos la segunda fase de la competición como equipo descendido a la categoría Plata.



Esta circunstancia nos alejaba de nuestro objetivo de alcanzar la Final Four, pero no de los Playoffs, en los que sabíamos que íbamos a estar por talento y afán competitivo. Sabíamos no obstante que el sistema de competición nos depararía en cuartos de final un enfrentamiento suicida contra el Real Madrid o Alcobendas, los dos equipos a priori más potentes de Madrid. A no ser que...

Los atajos te permiten casi siempre llegar a tu destino, pero casi siempre son escabrosos y arriesgados. Había una manera de alcanzar la Final Four, pero implicaba renunciar a nuestros valores: dejarnos ganar un par de partidos. Esto nos haría entrar en Playoffs por la puerta de atrás, pero que nos ahorraba el drama de unos cuartos de final casi imposibles y nos dirigiría, por el lado opuesto del cuadrante, a un duelo con Estudiantes o Fuenlabrada, equipos rocosos pero contra los que sabíamos que tendríamos más opciones.

Si alguna vez he tenido alguna dudas de estar en el club correcto fue entonces. Viendo a los entrenadores del equipo haciendo todo lo posible para que perdiésemos, viendo a nuestros hijos permitir a los rivales que anotasen sin oposición. Los momentos más duros y vergonzosos que he vivido en una grada se produjeron en Tres Cantos, donde todo este esperpento se elevó a la enésima potencia. No obstante, poco podía objetar, ya que los chicos, convencidos de estar entre los cuatro mejores de Madrid, pero forzados a finalizar en una posición más baja en la clasificación final por el sistema de competición, optaron por sufrir una derrota intencionada (y puedo asegurar que sufrieron mucho para hacer lo que hicieron) a cambio de conseguir para su club una hazaña histórica. O intentarlo al menos. El fin justifica los medios, al fin y al cabo. Una filosofía con la que nunca me he sentido cómodo.

El caso es que aquello funcionó como se había planificado y alcanzamos la Final Four tras derrotar primero a Baloncesto Alcalá en octavos de final de una manera apabullante y con un poco más de intriga, aunque sobrados, en cuartos de final frente a Fuenlabrada. Aunque habíamos empleado argucias deportivamente discutibles estábamos donde nos correspondía: entre los cuatro mejores equipos infantiles de Madrid y con opciones, algo difusas pero reales, de que Alcorcón Basket participase por primera vez en un Campeonato de España de Clubes.


Al ser tres los equipos que consiguen plaza para ese evento, los cuatro semifinalistas cuentan con dos balas: si no logras ganar el sábado y por tanto pasar a la final de Madrid, te queda el partido por el tercer y cuarto el domingo. Nosotros sólo teníamos una, ya que el primer partido era contra el Real Madrid y ahí da igual lo bueno que seas. Ellos siempre tienen más de todo, generalmente con la incorporación de algún jugador extranjero (o más de uno) que les permitirá decantar a su favor la balanza. Así que reservábamos nuestra bala para el domingo, en que nos enfrentaríamos al perdedor de la otra semifinal entre Canoe y Alcobendas, que sorprendentemente fueron estos últimos.

Las predicciones no eran positivas: nos habían ganado sin demasiadas dificultades en los partidos de la Liga regular, el encuentro se disputaba en su campo y además contaban con el jugador más en forma de la competición, del que ya sabíamos que la temporada siguiente jugaría en el Madrid: Marcos Zurita. Sospechábamos también algunos que el rival contaría, como así fue, con el favor arbitral por motivos que sería muy extenso enumerar. Pero nos plantamos en la cancha con la convicción de que colectivamente éramos mejores.

El partido fue complicado para nosotros desde el pitido inicial. Cual conejos deslumbrados por los faros de un camión,  nos quedamos paralizados y vimos como nuestros adversarios tomaban una ventaja considerable. No obstante, fuimos capaces de remontar, a base de disciplina y esfuerzo, hasta cuatro veces un marcador en el que nos costaba mucho ponernos por delante. Y llegamos al último minuto muy igualados. Perdíamos de dos puntos a falta de unos diez segundos. Nuestro entrenador pidió tiempo muerto y, según me contó después Marcos, propuso una jugada para intentar un triple y alzarnos con la victoria. O nosotros la ejecutamos muy mal o ellos la defendieron muy bien, pero en cualquier caso el balón acabó cayendo en manos de nuestro pívot, quien, en un escorzo memorable, anotó de dos y forzó la prórroga.

Nadie en Alcorcón Basket había llegado tan lejos. Aquella prórroga era la primera que nuestro club disputaba en una Final Four Infantil. Teníamos a los favoritos, a pesar de lo que habíamos sufrido durante todo el encuentro, contra las cuerdas. Fue quizá esa falta de experiencia, sumada a unas decisiones arbitrales esperpénticas y el inmenso acierto de nuestro rival, lo que nos condenó a los cinco minutos más tristes que sobre una cancha de baloncesto había vivido la generación de 2008 de Alcorcón Basket. Fue una escabechina que se resolvió con un 88-80 para Alcobendas.




Jamás había visto a mi hijo llorar como lo hizo aquel día. No sólo era la derrota en sí, sino también la frustración de que difícilmente volverían a estar tan cerca de un Campeonato de España, ya que a partir de Cadete todo, como he mencionado, se adultera en el baloncesto de cantera madrileño.

A mí, que no me había gustado la manera en que habíamos llegado hasta allí, me comía por dentro, sin embargo, la rabia de haber sido derrotados de aquella manera, con un arbitraje sibilino y cobarde. Pero de todo debe aprenderse y nos esmeramos cuanto pudimos ya en casa para transformar aquella funesta derrota en la lección más importante que el deporte ofrece: unas veces se gana y otras, amigos, se aprende.

Y eso fue lo que nos tocó aquel año: tratar de convertir la frustración en algo que nos sirviese en futuros envites.


martes, 20 de junio de 2023

Un cadáver en la oficina

No tuve conocimiento de lo ocurrido hasta que alguien compartió el lunes en uno de los grupos de whatsapp el artículo que hacía referencia a lo sucedido en un Call Center de Madrid el pasado 13 de junio, hace ya una semana. El titular era el siguiente: "Teleoperadores en una empresa de Madrid, obligados a seguir trabajando junto al cadáver de una compañera muerta".


Ojala pudiera decir que la noticia me sorprendió. Uno no es de piedra y me sentí tan horrorizado y escandalizado como cualquiera, pero en mi cabeza se encendió antes un "no me extraña" que un "¿cómo puede ocurrir algo así?". Y eso es quizá lo más espeluznante de todo, que a los que conocemos ese particular universo que conforman las plataformas digitales nada nos impresiona de lo que en ellas acontece.

Los que hemos trabajado en el sector sabemos aún el largo camino que a las empresas de Telemarketing les queda por recorrer en cuanto a los derechos del trabajador. Y no me refiero sólo a unas condiciones laborales o a un salario dignos, que también, sino a unos mínimos que están más relacionados con el bienestar físico y mental de sus trabajadores. Porque al final, lo que estas compañías parecen no comprender en toda su magnitud es que los teleoperadores constituyen la piedra angular del negocio. Juega a su favor que en la puerta hay cientos de personas que necesitan trabajar, y que si este o aquel no aguanta las condiciones o el ritmo de trabajo, no tienen que llevar a cabo un proceso de selección demasiado exhaustivo para obtener un recambio. Sus clientes, las grandes compañías que subcontratan con ellos los servicios de atención al cliente, son aliados pasivos de los atropellos y desmanes que se producen a diario en las plataformas, ya que en la mayoría de los casos conocen la realidad de lo que en los Call Center ocurre.

Yo no sé si esta pobre mujer falleció porque ya tenía algún tipo de dolencia previa o porque le pasó factura el estrés al que estos trabajadores están sometidos. Pero es muy posible que llevase un buen rato sintiéndose mal y que no se atreviese a decir nada por miedo a recibir una reprimenda de sus responsables por entorpecer con sus quejas el ritmo del servicio o por provocar un atasco en la cola de llamadas. Quién sabe. El caso es que se derrumbó de repente y no cayó al suelo porque el compañero o compañera que estaba a su lado la sujetó. Cuentan en el artículo que se la intentó reanimar mientras se aguardaba a que los servicios médicos llegaran, pero que al no conseguirlo y comprobar que había fallecido, su cuerpo quedó en el suelo, a los pies de sus compañeros, a la espera de que apareciese el SAMUR. Y que en todo momento, y especialmente tras constatarse el deceso, la indicación que recibieron los trabajadores fue que siguieran atendiendo las llamadas. Yo, que sé en lo que el trabajo consiste, no me imagino cómo es posible seguir realizándolo mientras contemplas el cadáver de la compañera con la que has compartido chascarrillos hasta hace unos minutos entre llamada y llamada. Esa compañera que te había confesado emocionada el día anterior que la comunión de su hijo había sido un éxito, que su marido y ella habían conseguido un apartamento en la costa para el verano a muy buen precio, que su padre había estado pachucho pero que ya le habían dado el alta médica o que su nieto había comenzado a gatear. Cualquiera de esas cosas o todas a la vez. Cuando el Samur llegó, tan sólo pudieron certificar la muerte para después abandonar el lugar en busca de otra urgencia que atender. Los agentes siguieron atendiendo llamadas. Un enlace sindical, alertado por whatsapp por un teleoperador, se acercó al edificio y solicitó a la policía que ordenase el paro inmediato de la actividad, pero estos indicaron que no tenían potestad para ello. Los agentes siguieron atendiendo llamadas. Pasaron tres dramáticas horas hasta que por fin hizo acto de presencia el responsable de Salud Laboral de la empresa y autorizó el desalojo de la planta. Tres horas trabajando junto al cadáver de la compañera, a la que al menos se había tapado con una manta.

Debo reconocer que, siendo yo coordinador en una de las campañas en las que trabajé, viví una situación similar que, gracias a Dios, no tuvo un final tan trágico. Y debo admitir que también yo, como responsable de aquel grupo en ese turno, di instrucciones para que todo el mundo siguiese atendiendo llamadas mientras un compañero que estaba en período de pruebas sufría un ataque epiléptico. Vaya en mi descargo que no di aquella orden porque me preocupase o no perder llamadas, de las que me olvidé absolutamente mientras duró aquel episodio, sino porque una de las pocas cosas que yo sabía de esta enfermedad es que hay que procurar tumbar al paciente, evitar que se muerda la lengua y crear un espacio a su alrededor para que pueda respirar adecuadamente. Y a ello me apliqué con la ayuda de las dos personas que más cerca estaban del chaval. Ni siquiera sabía si esos primeros auxilios que le estábamos ofreciendo eran los adecuados porque nadie nos había formado a ninguno para afrontar semejante trance. Cuando pasó el ataque, yo estaba sudando como un pollo y me temblaban las manos. Al chico le mandé a su casa y tuve que dar parte del suceso. Al día siguiente, cuando entró por la puerta, le recriminé que no hubiese avisado de que algo así le ocurría de vez en cuando y le pedí instrucciones sobre cómo proceder si esta situación se repetía. Incluso mandé un mail a mis compañeros de Coordinación por si algo así volvía a suceder en sus turnos transmitiendo lo que el trabajador me había indicado que debíamos hacer. Tuve la mala suerte de que volvió a ocurrir, tres días más tarde, de nuevo en mi turno porque se había olvidado de tomar su medicación. Después de aquello no volví a saber de él, dado que la empresa decidió comunicarle que no había superado el período de prueba, decisión con la que yo estuve de acuerdo porque me pareció una irresponsabilidad la manera de proceder del individuo. Pero ni siquiera a raíz de aquello la empresa nos impartió ningún tipo de cursillo sobre cómo tratar este o cualquier otro tipo de emergencia sanitaria.

Lo que las empresas alegan ante los teleoperadores en situaciones de este tipo - y en este caso así ocurrió también - es que "somos un servicio esencial". En este caso, el de la compañera fallecida, se trataba de una plataforma dedicada a atender las incidencias de los clientes de una compañía eléctrica de prestigio. ¿Servicio esencial?


Recuerdo que, durante los primeros días de la pandemia, nos aterrorizaba salir a la calle, pero nosotros tuvimos que asistir a la oficina para cumplir con nuestro deber porque éramos también un servicio esencial mientras la empresa se organizaba para que pudiéramos trabajar desde casa, ya que no estaba preparada para afrontar una situación como aquella. El Gobierno había determinado que los teleoperadores lo éramos, al mismo nivel que los sanitarios, sin distinguir entre quienes gestionaban llamadas en el Teléfono de la Esperanza o los que, como nosotros, atendíamos simplemente llamadas de clientes con problemas para utilizar sus tarjetas de crédito. ¿Servicio esencial?

Dicen que el Defensor del Paciente ha solicitado a la Fiscalía que se abra una investigación. Intuyo que, en caso de ser autorizada y llevada a cabo, pasarán muchos meses hasta que se llegue a alguna conclusión y que posiblemente la resolución adoptada, que dudo ocupe más que una escueta nota de prensa en los medios, obligará a la empresa en cuestión a revisar sus protocolos para este tipo de situaciones y, en el mejor de los casos, a pagar una indemnización a la familia de la fallecida.

El sector, me temo que como hasta ahora, seguirá siendo un estercolero en el que a nadie con poder real de decisión le importará en exceso lo que ocurra, por muy esenciales que nos digan que somos. Por que a algunos, los cadáveres, incluso en la oficina, mejor ocultarlos en el armario.

Aunque huelan.


lunes, 19 de junio de 2023

Los Rodel - Capítulo 2

No estoy muy seguro de si habría disfrutado más viéndoles celebrar juntos la victoria que contemplar cómo el más pequeño consolaba al mayor en la derrota. Porque entonces no habría sido testigo de la muestra de solidaridad que se ha producido entre los hermanos. No habría tenido lugar. Marcos no habría sentido la necesidad, cuyo origen seguramente no sepa explicar con palabras y de la que incluso a lo mejor en el futuro reniega, de pasar un brazo sobre los hombros de Sergio y ofrecerle unas palabras de ánimo en el banquillo al terminar el partido. Este no habría podido mostrar su vulnerabilidad ante su hermano menor como lo ha hecho, derramando lágrimas amargas de frustración e impotencia. No sé si cambiaría realmente ese momento que he presenciado por el título frustrado de Campeones de Madrid.


Era la primera final que Sergio disputaba en cinco años. Se dice pronto. Para él, que ganó casi todo lo que un chaval de entre once y catorce años puede ganar en el baloncesto nacional de cantera y cuya mayor pasión la ha encontrado en este maravilloso deporte, no ha debido ser fácil esta travesía por el desierto, trayectoria por otra parte que él sabe inusual y por la que se siente un privilegiado. Al no ser tan extrovertido como su hermano, más dado a abrir las ventanas que él, poco nos ha dejado vislumbrar. Tan sólo puedo sospechar lo duros que han debido resultar para él estos dos últimos años en los que ha estado, entre la pandemia y las lesiones, más tiempo alejado de las canchas que dentro de ellas, sufriendo por no poder ayudar a sus compañeros. Y porque cuando ha regresado por fin esta temporada su cuerpo ya no era el de antes y, por mucho que su tesón y su ilusión le empujaran, se ha topado con barreras que aún tardará un tiempo en derribar. Ha interpretado por todo ello este año un papel menor en el equipo, o al menos no tan importante como el que estaba acostumbrado a tener, pero lo ha gestionado de un modo del que me siento muy orgulloso: asumiendo un rol secundario en la pista pero comportándose en el banco como si de él dependieran los triunfos o las derrotas de sus compañeros.

No ha podido ser. Les ha ganado un equipo que, sin excusa alguna que oponer, ha sido ligeramente superior. Y aunque la derrota le debía escocer, no ha roto a llorar hasta que ha visto a algunos de sus compañeros hacerlo. Lo lamentaba sobre todo por los tres para los que el circuito como jugadores de la Federación, salvo que el club les haga el próximo año ficha con el Nacional, se habrá terminado al haber cumplido los veintidós. A Sergio aún le quedan tres para encontrarse ahí. Tres oportunidades para poder alzar algún título. Pero sus compañeros ya no dispondrán de más. Por eso dice que él también lloraba.

Pero ahí estaba Marcos. Para decirle, con otras palabras seguramente, que un subcampeonato de Madrid no es moco de pavo, sea en la categoría que sea. Para hacerle ver que el deporte es más que una medalla o un trofeo. Para ayudarle a recordar que si los dos están en esto es por otras razones. Me tienta pensar que el gesto de Marcos hacia su hermano mayor ha sido natural, que no lo ha pensado siquiera, que simplemente ha querido estar a su lado en un momento aciago para él. Pero no me engaño. Lo más probable es que se haya sentido forzado inconscientemente a ello por los valores que tanto desde casa como desde el club le venimos inculcando desde que era un mocoso de siete años. O porque otros compañeros quisieron también acercarse y mostrar su apoyo a los que en esta ocasión, durante más de una hora, habían paladeado el dulzor del triunfo para quedarse en los últimos minutos con la miel en los labios. Tanto me da. Ha estado ahí. Y con quince años y conociéndole, me ha resultado, además de entrañable, admirable. Lástima que yo estuviera tan emocionado al verles así que no se me ocurriese fotografiar el instante para la posteridad.

Dicen que unas veces se gana y otras se aprende. Me parece una verdad incuestionable. Tanto en el deporte como en la vida. Y creo que todos en esta familia hemos aprendido una lección hoy, cada uno la suya, diferente, íntima y personal, pero hemos abandonado el pabellón, no me cabe la menor duda sobre ello, siendo más sabios de lo que éramos al llegar.

Definitivamente, no lo cambio. Me quedo con el subcampeonato y con lo que mis hijos hacen tanto fuera como dentro de la pista. Lo otro es meramente accesorio.



jueves, 15 de junio de 2023

Repetir curso

Mi hijo pequeño, Marcos, va a repetir curso. Tercero de la ESO concretamente. Aún no hemos recibido comunicación oficial, pero su actitud indolente durante todo el año lectivo, las notas obtenidas en los dos primeros trimestres y sus evasivas durante el tercero a la hora de responder a preguntas relacionadas con los estudios nos hacen tener la certeza de que es inevitable. Ya el año pasado debería haber repetido, pero el centro, que en ningún momento lo consultó con nosotros a pesar de que el chico no llegaba al aprobado en seis asignaturas, decidió dejarle avanzar de curso. Craso error que nosotros optamos por obviar porque con él empezábamos a notar una cierta mejoría en su actitud en casa y no queríamos enturbiarla separándole de sus amigos, aun a sabiendas de que posiblemente este curso, como así ha sido, pagaríamos el correspondiente peaje. O lo pagaría él, para ser más específicos.


Lo cierto es que no sé muy bien cómo digerir esto. O más bien sí sé cómo me va a tocar gestionarlo a tenor del modo en que funcionan hoy en día las cosas, pero me da una rabia inmensa tener que aceptarlo. Estoy enfadado en primer lugar conmigo mismo por no haber intervenido el año pasado, haber exigido que mi hijo repitiese y haberle evitado un año frustrante para él y para nosotros mismos. Estoy enfadado con el sistema público de enseñanza en general y con este instituto en particular por gestionar de manera tan incoherente estos asuntos. Y, por supuesto, estoy enfadado con Marcos por su dejadez, si bien entiendo que dejarle acomodarse en el fracaso escolar puede considerarse más responsabilidad nuestra (padres e instituto) que suya.

Hablábamos la otra tarde algunos padres, mientras veíamos el entrenamiento de nuestros hijos, sobre la ética del trabajo, la cultura del esfuerzo y sobre cómo, desde nuestra juventud hasta el día de hoy, han cambiado las cosas en el ámbito educativo. Porque en aquella época la posibilidad de que un alumno repitiese era interpretado por los padres como un drama, por los profesores como un fracaso personal y por el alumno como una vergüenza que ocultar. Hoy no. 


A la gran mayoría de profesores en los centros públicos, por lo que vengo observando estos últimos años, no sólo parece importarles lo mínimo, sino que además, en cuanto detectan el menor indicio de que el niño muestra una actitud de rechazo, tiene dificultades para seguir el ritmo de las clases o le cuesta memorizar contenidos, en vez de hacer lo que se espera de ellos, es decir, ayudarle a superar esos obstáculos, se desentienden y les meten en un metafórico saco al que van a parar todos aquellos que en su opinión no están a la altura, y así ellos pueden continuar tranquilamente a su ritmo y con sus métodos progresando con los que, según su parecer, sí lo están. Tonto el último que llegue y al que no, que le enderece el siguiente. ¿Para qué complicarse? Al fin y al cabo, tenemos ochocientos alumnos y no debemos ser nosotros los que adoptemos las dinámicas del curso a cada uno de ellos, tal y como nos dio a entender el Jefe de Estudios en una de las infrecuentes reuniones que logramos concertar el año pasado.

Hay cosas que a mí no me entran en la cabeza y, para ilustrarlo debidamente, pondré dos ejemplos. 

Profesores cuya asignatura suspende el 75% del alumnado. Es un dato real. Sin ir más lejos, la profesora de Física y Química del instituto al que va Marcos y a la que también en su día sufrió el mayor, Sergio. Setenta y cinco por ciento de cateados, año tras año, nada más y nada menos. Y no es el único caso que conozco. ¿Quién está fracasando en realidad? ¿Son los alumnos quienes tienen que repetir? ¿No deberían esos profesores replantearse la forma en la que enseñan la asignatura? ¿No debería el centro al que estén adscritos analizar qué ocurre con esos profesores e intentar tomar medidas? Años lleva esta mujer siendo el azote de los adolescentes del barrio y nadie hace nada.

Otra de esas situaciones que no puedo comprender es la que se produce de manera repetitiva cada año en los institutos durante el mes de junio. Ya a primeros de mes me dijo Marcos que "no estamos haciendo nada en clase" y nos pidió que le eximiésemos de asistir a partir del 15 de junio, a pesar de que el curso termina una semana después, ya que a partir de esa fecha sus compañeros le habían dicho que ya no iban a ir a clase. Unos días después nos dijo que si también podía faltar el día catorce y le respondimos que no, que las cosas no funcionaban así y que no cedíamos más. Pues ayer, día 14 a las 8:40 de la mañana me envió un vídeo de la clase: cuatro alumnos tan sólo, jugueteando con sus móviles, y ningún profesor en el aula. ¡Qué manera de desperdiciar un tiempo precioso que podría utilizarse para realizar actividades educativas, para dar clases de repaso a los más retrasados o para mil cosas más que se me ocurren!

Siempre he dicho que hay que cuidar a los sanitarios y a los profesores, especialmente a los que desarrollan su labor en centros de carácter público. Que son profesiones duras e imprescindibles, pero desde luego estos últimos deberían también cuidar de la enseñanza y no sólo beneficiarse de las ventajas salariales y laborales que el puesto lleva aparejado.

En cuanto a lo de los padres, el mantra que se repite con mayor frecuencia frente a situaciones como esta es "bueno, casi mejor que repita, ¿no? No les viene mal". Normalizamos, lavado de manos y a otra cosa, mariposa. Y no digo que en algunos casos pueda ser lo más conveniente (incluido el de Marcos) que el alumno pierda un año volviendo a deambular por los mismos conceptos y los mismos temas, pero ¿realmente es así? ¿Escondemos las cabezas como las avestruces? ¿Nos conformamos con eso? ¿Por qué lo vemos como algo tan natural? 

Y en cuanto al alumno, hemos conseguido, gracias a este invento irracional llamado acertadamente ESO, que no les importe, que les de igual, que la frustración que pudieran llegar a sentir no termine de brotar porque carecen de esa cultura del esfuerzo que el sistema y nuestros padres nos inculcaban cuando éramos nosotros quienes nos sentábamos en esos pupitres.


El otro día, en la cena con amigos de la que di cuenta en mi anterior entrada, surgió en un momento dado el tema del sistema educativo y comentábamos lo extremadamente duro que es el Bachillerato y la EVAU. Y yo ahí disentí porque no creo que el problema sea ese, sino que el escalón existente entre lo que en la ESO se exige y lo que les espera al terminarla es enorme. Es en la escasez de contenidos que se imparten en la ESO, en la indiferencia de los profesores que imparten clase en ese ciclo y en los dudosos baremos que se aplican a la hora de calificar a los estudiantes donde el sistema se tambalea. Y el que consigue sacar también el Bachillerato se encuentra con unas notas de corte absolutamente disuasorias.

Ni Marcos ni nosotros contamos ya con que estudie Bachillerato y en lo que confiamos es que termine cuanto antes la ESO para poder inscribirse a un Grado Medio en el que poder aprender un oficio que le permita el día de mañana ganarse el pan. Como tantos otros, ya que la migración hacia la antigua FP es masiva. Ya no sólo al terminar la ESO, sino también la de muchos que se atreven con el Bachillerato y se estrellan, abandonando a mitad de curso, o porque no alcanzan la nota requerida para cursar la carrera que pretendían.

Sé que divago. Que ejerzo mi derecho a la pateleta sin demasiada orden ni coherencia. Que existen otras opciones: centros privados o concertados (económicamente inviable en nuestro caso) o cambio a otro centro público (nada me garantiza que vaya a ser diferente y habría que pagar también un peaje en la relación con Marcos). Todo eso lo sé y de poco o nada sirven estas líneas. Que no voy a conseguir cambiar las cosas.


Pero qué rabia me da que la enseñanza pública se haya convertido en este despropósito con el que nuestros hijos se tienen que enfrentar.

Qué rabia...

lunes, 12 de junio de 2023

Y nos dieron las diez y las once...

Realmente nos dio la una. Y poco me pareció a tenor del tiempo que había transcurrido desde la última vez que los cuatro nos habíamos reunido alrededor de una mesa, como antaño, ya fuese en su casa de Barajas, en la nuestra de Móstoles o en el acogedor paraje de Rascafría en el que ellos pasan algunas temporadas, especialmente cuando llegan estos meses de verano en que es difícil no derretirse bajo el calor de la capital. No faltaron, como solía ser costumbre, los abrazos sinceros al recibirnos, las confidencias y las risas, las expresiones de asombro al comprobar los cambios que han transformado a nuestros hijos en algo más que reflejos de nosotros mismos, las cañas previas a la cena, la botella de buen vino para regar las deliciosas ensaladas y las suculentas tapas que nunca faltan cuando de celebrar nuestra amistad se trata y, sobre todo y como siempre, esas conversaciones, reflexivas y profundas algunas veces, divertidas y nostálgicas otras, pero siempre inteligentes y amenas.

Ocurre con ciertas personas que poco importa si nuestros pasos nos han dirigido por sendas distintas durante más tiempo del que nos habría gustado, alejándonos los unos de los otros. Tampoco es preciso festejar el reencuentro rodeados de guirnaldas o fuegos artificiales, aunque la ocasión probablemente lo mereciera. De manera natural, todo se retoma en el mismo punto en el que se dejó y con la misma confianza con la que, antes de que nuestros caminos se bifurcasen, ya nos tratábamos. Las piezas encajan, en resumen, sin necesidad de forzarlas.



No conseguimos concretar a ciencia cierta si la amistad entre Nuria y Bea cumple ya veinticinco o veintiséis años, pero estamos seguros, y esto es señal inequívoca de que nos vamos haciendo mayores, de que data del siglo pasado. Ahí es nada. Se conocieron trabajando en una cadena de residencias de la tercera edad y entre ellas nació un cariño que con los años se ha hecho más fuerte. Andrés y yo, los consortes, tardamos un poco más en sumarnos a la ecuación. Primero él y luego yo. Congeniamos sin necesidad de esforzarnos en el intento de satisfacer el deseo que nuestras mujeres pudieran albergar de que así sucediese. Simplemente nos caímos bien y hallamos intereses comunes sobre los que conversar abiertamente, con la tranquilidad que da el saber que tu interlocutor te escucha y valora tus opiniones.

En mi caso habían pasado dos años desde nuestro último encuentro, que no puedo calificar como tal porque se produjo con motivo de una celebración muy especial que incluía a otras personas y en la que, por ese motivo fundamentalmente, no pudimos charlar en exclusividad de nuestras cosas. Antes de aquello, nuestra última reunión, que no acierto a ubicar con exactitud geográfica, se produjo meses antes de la pandemia, durante 2019. Como con otras amistades nos ha ocurrido, esta a la que hoy le dedico estas líneas pareció difuminarse durante y después del Covid. Es quizá muy particular mi teoría, pero creo que, de alguna manera que no soy capaz de determinar, la epidemia que asoló el planeta hace poco más de tres años cambió muchas cosas y, de manera más significativa, la manera de relacionarnos con aquellos que, aunque en tu interior puedas sentir de algún modo como familia, no lo son carnalmente. Durante aquellos meses (y los que a estos les siguieron) nuestra prioridad no fue otra que velar por nuestra sangre, por nuestros hijos, padres y hermanos, a sabiendas, como en el caso de Andrés y Bea, que cuando la normalidad volviese, ya no a irrumpir sino a quedarse entre nosotros definitivamente, todo lo que habíamos compartido continuaría en su sitio, esperándonos. Y así ha sido.

Tan sorprendente como el cambio en sus hijos (la niña, ya toda una mujer, aunque chiquitita como su madre, empezando a meter la cabeza en el mundo laboral y participando como una más en las conversaciones de los adultos; el niño, aún por terminar de hacerse, pero con el mismo aire generoso y la misma predisposición animosa para el diálogo que su padre), tan sorprendente esa metamorfosis, decía, como la que observamos en su casa, sometida a una reforma completa cuyos resultados no dejaron de maravillarme por su elegancia y funcionalidad.

La despedida, alrededor de la una de la mañana, con el franco propósito de no dejar caer de nuevo en el olvido tan sana complicidad y la ilusión por nuestra parte de que en la próxima estén Sergio y Marcos para que nosotros podamos observar, entre expectantes y divertidos, cómo reanudan también ellos la relación que con los hijos de Andrés y Bea ya tenían en una infancia que va quedando irremediablemente atrás.




Me costó mucho conciliar el sueño al regresar a casa. Siempre, después de este tipo de eventos, me sucede: repasas lo comentado, visualizas de nuevo ciertos momentos y los rostros de tus amigos con una perspectiva mejor, más limpia, y te preguntas cómo te habrán visto ellos a ti, ideas algún plan para volver a juntarnos lo antes posible. También la ingesta de vino y el dolor, que no está acostumbrado a que le paseen, contribuyeron a que tardase en dormirme y comenzase a escribir esta entrada dedicada a la familia de la que hoy hablo.

Hoy he amanecido muy temprano, alrededor de las siete, con ardor en este estómago que últimamente cuido con algo más de mimo y al que anoche me atreví a descuidar un poco para festejar la ocasión, y con el lobo mordisqueando de nuevo mi costado, supongo que enojado por haberle hecho ayer abandonar su cueva durante unas horas. Poco me importa en esta mañana de domingo en que mi primer propósito, que no quería aplazar bajo ninguna excusa, ha sido concluir este artículo para que, si las circunstancias vuelven a alejarnos, tengamos los cuatro, Andrés, Bea, Nuria y yo, una referencia que nos permita recordar dónde, cuándo y cómo nos habíamos quedado la última vez.

Y que nos vuelvan a dar la una, las dos o las tres, ¡qué demonios!






sábado, 10 de junio de 2023

El Parque de Andalucía

Cursé la EGB en el Colegio Salzillo Valle-Inclán de Móstoles, un centro público que por aquel entonces se encontraba flanqueado, salvo en su fachada principal, por descampados que se convertían en auténticos barrizales cuando llovía o nevaba, algún caminillo rural y un pequeño bosque. Aquel escenario, a excepción del colegio, se fue transformando con el paso del tiempo debido al crecimiento que a partir de los años 80 se produjo en el municipio. Buena parte de aquellos terrenos se emplearon para dotar a la zona de uno de los principales parques de la ciudad, el de Andalucía, por donde hoy pasean los jubilados y las parejas con niños y circulan los ciclistas aprovechando la existencia del carril bici que bordea buena parte de Móstoles.

Siendo ya un adolescente, de esos que salen de fiesta, comienzan a fumar o a beber e intentan comerse un colín de vez en cuando, ese parque era con toda seguridad mi lugar favorito del mundo. El sitio de mi recreo, como diría Antonio Vega. Nada era como ahora, por supuesto. No estaba tan bien acondicionado ni tan iluminado. Había que andarse con tiento porque era también territorio de ladronzuelos y drogadictos, pero el caso es que a mí nunca me atrajeron las discotecas ni los pubs y prefería disfrutar de la experiencia de hacerse adulto al aire libre. Acompañaba de vez en cuando a los demás, por eso de encajar en el grupo, pero si alguien me secundaba, me ahorraba la claustrofobia y la agorafobia que me producían ciertos lugares sin ningún drama y me escapaba al Parque en cuanto surgía la ocasión. En otoño e invierno, cuando el clima no era tan benigno para permanecer quietos en un parque durante horas, unos minis de cerveza, sangría o sidra y unas raciones de bravas, oreja o alioli en El Figón o en La Trucha, lugares acogedores donde uno podía estar charlando a sus anchas sin que la música te impidiese escuchar lo que el de al lado tuviese que contarte y donde además éramos bienvenidos como clientes habituales, viendo el fútbol en Telemadrid los sábados, y ya de retirada el domingo; y en primavera y en verano, al Parque a hacer botellón, práctica que ahora tienen prohibido los chavales jóvenes y que no termino de dilucidar si es una medida buena o mala. Porque si a mí había algo que me gustaba, con una litrona en la mano o una botella de batido, según el día y los cuerpos, era conversar con mis amigos, tendidos sobre la hierba y disfrutando del aire más o menos puro que allí se respiraba. Una discoteca no te ofrecía esas posibilidades.

De libros, de música, de chicas, de cine, del sexo que no teníamos y que ansiábamos probar, de nuestras familias, de filosofía, de política y, sobre todo, de lo que haríamos cuando terminásemos los estudios. De las cosas que entonces nos importaban y preocupaban y de otras menos trascendentales hablábamos mientras en el grupo florecían y se marchitaban amores de semana en semana, se iban incorporando nuevos miembros y el mundo a nuestro alrededor giraba cada vez más rápido. En el Parque dábamos rienda suelta a nuestras teorías sobre las grandes preguntas que el ser humano lleva haciéndose siglos, algunas de ellas descabelladas y otras más conservadoras, comentábamos la actualidad política y las últimas novelas que habíamos leído y confiábamos nuestros miedos y preocupaciones a esos amigos que en aquel momento nos parecían intocables, sagrados.


Aquello duró dos o tres años. Al novio que en el instituto se había echado Fulanita no le molaba nuestro plan y ella empezó a venir menos con nosotros hasta que un día ya no apareció. La chica con la que Menganito había ligado en una salida por Moncloa con sus colegas de los Boy Scouts prefería aquel otro ambiente a estar tonteando en un parque y a Menganito también dejamos de verle por el barrio. Y así, poco a poco, el grupo se fue dispersando, cada uno adentrándose en un futuro propio y diferente.

Al final sólo prácticamente quedamos tan sólo un apasionado de las Ciencias y un soñador de las Letras. El era quizá el más maduro de aquel grupo y aquellos affaires que en el grupo se iban produciendo y la manera en que eran gestionados le parecía algo pueril. Para colmo se enamoró hasta las cachas de Zetanita, la chica más bajita del grupo, que, salvo por las de mi amigo, por las del feo (siempre hay uno) y por las mías, prácticamente pasó por las manos de todos los varones del grupo. Yo me abstuve por respeto a lo que sabía que él sentía, aunque tengo claro si habría tenido alguna opción, todo sea dicho, pero es que ni me lo planteé. En cuanto a mí, me fui paulatinamente especializando en consolar a unas y a otros cuando las parejas se rompían. No lo buscaba yo, sino que venían a mí para desahogarse y al mismo tiempo ahogarme a mí con sus desamores. No negaré que con alguna de aquellas amigas despechadas me beneficié en ocasiones de mi posición. Yo esperaba a alguien que no terminaba de llegar, pero tampoco iba a perder las ocasiones que cayesen en mis manos de experimentar. Tampoco fueron muchas las ocasiones y tampoco ninguna de ellas llegó demasiado lejos. 

El caso es que ese amigo y yo fuimos las ascuas que aún permanecieron vivas de aquel grupo durante un tiempo y aún estuvimos yendo durante un tiempo al Parque. Nos resultaba apasionante poder seguir hablando de tantas y tantas cosas de la manera que lo hacíamos. Permaneció en mi vida durante muchos años: vino a mi boda, vio nacer a mis hijos, pasaba habitualmente por casa, quedábamos entre semana en algún bar para ver los partidos del Real Madrid. El Parque ya era historia, pero seguíamos manteniendo el contacto con cierta regularidad. No le conocí durante aquel tiempo novia alguna. Hasta que un día comenzó a hablar por Internet con una chica más joven que él y nos empezamos a distanciar. Se acabaron casando y prácticamente salió de nuestras vidas. Admito que, ocupados como estábamos nosotros criando a nuestros hijos, tampoco le perseguimos como tal vez nos habría correspondido hacer. Quedamos los cuatro en un par de ocasiones pero estábamos, como parejas, en momentos distintos. 

Hoy les recuerdo a todos -especialmente a él-  con muchísimo cariño. Sé de la vida de algunos: uno de ellos, que además de amigo era vecino y con quien a veces me escribo por correo electrónico, vive actualmente en Atlanta, por lo que me cuenta debe ser un genio de la informática, se casó con una profesora de la universidad de Georgia y tiene una hija; otro de aquellos primeros amigos vive a dos calles de mi casa y de vez en cuando, hasta que me vi atrapado por mi neuralgia, salíamos juntos a caminar. Del resto, poco o nada sé. El otro día recibí una solicitud de amistad por Facebook de uno de ellos, que acepté de manera inmediata porque al pasado del que uno ha disfrutado no se le debe dar la espalda. 

Sin embargo me acuerdo de todos ellos, allí, en el Parque de Andalucía, sentados en círculo sobre el césped en una calurosa noche de verano, con varias botellas de cerveza pasando de mano en mano, riéndonos de la última ocurrencia del gracioso de turno o comentando entusiasmados los planes para el día siguiente, ansiosos por salir al mundo, juntos frente a todo lo que se nos pusiese por delante. Y, por supuesto, como suele ocurrir cuando uno ha tenido la fortuna de verse en la adolescencia arropado por otras personas con intereses e inquietudes similares, a veces me gustaría ser Marty McFly, coger mi DeLorean y regresar al Parque de Andalucía para volver a disfrutar de nuevo de todas aquellas sensaciones.  


martes, 6 de junio de 2023

¡Mira que eres canalla, Silva!

Juro que hay autores que le quitan a uno las ganas de escribir mientras a la vez te tientan a dedicar el resto de tu vida a leerles una y otra vez. No encontrarás en sus textos un adjetivo o un adverbio que chirríe o esté mal aparcado. La historia que narran es perfecta en su cuadratura, no quedará un hilo suelto del que puedas tirar para deshilachar el conjunto. Los personajes estarán tan bien definidos que no hará falta que seas retratista, de esos que aparecen en las series de televisión, dispuestos siempre en las comisarías para dibujar el retrato robot del delincuente de turno; no será necesario porque mentalmente habrán logrado que les veas tal y como son. Juegan con la voz narrativa como el empollón de clase lo hace con el cubo de Rubik. A los diálogos no sólo no les sobrará ni les faltará nada, sino que aportarán además matices a los protagonistas que uno sólo será capaz de detectarlos cuando su creador les haga abrir la boca y te quedes asombrado de lo bien que ese rasgo encaja en el personaje.


Son todos ellos unos canallas. Admiración, celos, rencor, fascinación, amor, odio. Son tan buenos en lo suyo que recorro su trabajo permitiendo que todas esas emociones, y otras que me callo o no sé ni siquiera expresar (ellos sí sabrían), me abofeteen sin piedad y me hagan sentir como un asno en medio de una caballeriza de sementales de pura raza.

Con algunos, como en el caso que da pie a esta entrada, voy ya preparado por conocerles, a ellos y a su arte, gracias a experiencias anteriores. Cuando publican un nuevo libro, me falta el tiempo para sumergirme en eso último que sus mentes preclaras han dado en alumbrar, aún a sabiendas de que en el goce voy a toparme también con dosis altamente dañinas para mi autoestima de la más insana envidia. Pero soy incapaz de resistirme y, para colmo, cuando me voy acercando al final de la historia, me martirizo tratando de discernir cuándo publicarán su siguiente libro. Porque se me va a hacer eterno. Mi único consuelo es la certeza de que, para plasmar las palabras con semejante maestría, han estado antes donde yo me encuentro ahora, al principio, emborronando páginas en blanco que terminan en el contenedor de reciclaje de papel.

Luego están esos otros de los que te han hablado pero cuya lectura, por las razones que sean, has ido postergando. Cuando al final te tiras a la piscina, antes de acabar el libro, ya andas buceando en Google para averiguar más sobre sus vidas y, por supuesto, sus obras. Y si descubres que tienen seis o siete novelas ya publicadas, ronroneas de placer ante los miles de páginas que tienes por delante para azotarte a tí mismo por no poseer la habilidad o la costumbre de hacer lo que ellos hacen. 


Lo peor es cuando la contraportada del libro que te ha hipnotizado te informa de que el autor (o autora) tiene tan sólo treinta primaveras y que esta que sostienes entre tus manos es su primera novela. Ahí ya lloras por partida doble: porque es más joven que tú (algo cada vez más sencillo dado que yo ya he soplado bastantes velas) y porque vas a tener que esperarte uno, dos o tres años - depende de lo prolífico que sea el muchacho y de las condiciones del contrato que haya firmado con su editorial - para poder llevarte a la boca una porción de ese pastel del que tan sólo te han dejado probar un bocado.

¿Y a qué estas reflexiones? Pues a la última novela de mi admirado Lorenzo Silva, titulada Púa y que me ha dejado absoluta y completamente estupefacto. No se puede ser más canalla, estimado Señor Silva. He perdido la cuenta de los años que lleva usted jugándomela con las novelas del sargento Bevilacqua. He disfrutado con sus investigaciones durante todo este tiempo casi tanto como de su manera de narrarlas. Y ahora esto. ¿Cómo puede alguien escribir una novela así y quedarse tan ancho? Es que no me explico cómo lo hace y le aclaro que desde este preciso momento me pongo a su disposición para que en el futuro me haga usted padecer tanto placer como el que he sentido leyendo las andanzas de este agente (que suponemos del GAL), ya retirado, al que se le encomienda su última misión.

No pare usted. Siga deleitándome al tiempo que me tortura. Pero eso sí, insisto una vez más, es usted un maldito canalla, señor Silva.



viernes, 2 de junio de 2023

También esto pasará

Hoy, 2 de junio, se cumple un año desde que un médico del servicio de Urgencias del Hospital Universitario de Móstoles, algo más avezado que los que me habían atendido los días previos, me diagnosticó el herpes zoster que, en su opinión, había decidido aprovechar el paupérrimo estado de mis defensas, por los suelos tras ocho meses soportando una presión laboral excesiva y continuada, para abandonar su letargo y cebarse con mis terminaciones nerviosas de manera desproporcionada y cruel. Una víctima más del estrés que a todos nos subyuga en este siglo XXI acelerado y vertiginoso.

A estas alturas debería encontrarme en manos de un tribunal médico que determinase el índice de probabilidades de recuperar mi vida habitual, tal y como algunos habréis pensado, pero lamentablemente, a efectos del INSS, la fecha de inicio de mi baja médica es el 1 de marzo del presente año, es decir, que tan sólo llevo tres meses "amparado" por una incapacidad temporal. El motivo de este desfase de fechas se encuentra en un error cuya responsabilidad debe atribuirse a partes iguales a mi doctora de cabecera y a mí mismo. En su debe, el informarme erróneamente al dar la cara esta enfermedad de que, encontrándome desempleado, no procedía concederme la baja médica. También el lavarse las manos durante meses, confiada en la profesionalidad de otros, ya que yo estaba siendo tratado paralelamente por la Unidad del Dolor del Hospital Ramón y Cajal, en el que por entonces trabajaba Nuria y bajo cuyos cuidados y recomendaciones me amparé suponiendo que todo sería más ágil y rápido al ser ella personal de la casa. En el mío el haber creído que aquello no duraría, en el peor de los casos, más que unas semanas y que por lo tanto no correspondía darle demasiada importancia a la obtención de aquel papelito que mi doctora me negaba; el no haberme informado adecuadamente al respecto, creyendo a pies juntillas las razones que frente a mí ella había esgrimido. También el dejarme obnubilar por el dolor y olvidarme de este asunto a la larga tan relevante hasta el mes de febrero, fecha en la que comencé a asumir que el daño provocado por el herpes podría ser definitivo e irreversible y comenzar a valorar en consecuencia el solicitar una incapacidad permanente. 


Respecto a este asunto, y aunque podría solicitar proactivamente y en este preciso instante el reconocimiento de dicho estado, lo he descartado finalmente por dos motivos: el primero y más convincente reside en el parecer de los distintos especialistas que me han tratado durante estos doce meses, quienes me han hecho entender que, por desgracia, es extremadamente complicado que se conceda por una neuropatía de estas características ningún tipo de incapacidad, dado que no hay pruebas médicas que puedan determinar si mi dolencia es real o es fingimiento y aún menos si es definitiva; el segundo es que, aunque sea a paso de tortuga, noto que voy mejorando tanto a nivel físico como mental. No hay día sin dolor, esa es la realidad, pero también lo es que disfruto por fin de ciertos ratos de respiro y que, cuando el lobo muerde, no aprieta tanto como antes lo hacía. Por lo tanto, y salvo que del electromiograma al que me sometieron hace tres semanas y del que aún espero resultados se puedan extraer conclusiones que den fe de que el daño es irreparable y verídico, la opción de una incapacidad permanente está, hoy por hoy, desechada.

En estos días he hecho balance de esta etapa y hay varias cosas de las que me arrepiento amargamente. No me sirve como justificación el argumento con el que algunos me intentan consolar de que el dolor haya sido tan intenso durante esta etapa que bastante tenía con soportarlo. Puede usarse en mi descargo, claro, paños calientes para mitigar la culpa, pero no explica que tardase tanto tiempo en reaccionar y decidir en qué centrarme durante el tiempo, fuera el que fuese, que tardase en sanar. Porque hasta hace muy poco no he concentrado mis energías en nada en concreto. Durante este período preparé una oposición de la que me terminé aburriendo, que dejé aparcada y a la que al final ni me presenté. He tenido temporadas en que, amparándome en los dolores que padecía, no he hecho nada más que leer y ver series. Tardé demasiado en saber que lo que quería hacer era escribir. Lo de este blog no se me ocurrió hasta pasados cuatro meses desde el diagnóstico inicial y la idea de escribir una novela surgió hace poco más de ocho semanas. No he sido capaz en cualquier caso de encontrar una historia, una dinámica y un ritmo hasta hace unos días, tras varios intentos errados. Me arrepiento también de no haber cuidado con mayor esmero mi dieta, siendo como soy diabético, lo que me lleva ahora a enfrentarme a los resultados de una analítica que podría calificarse como catastrófica y que me obliga de nuevo a esforzarme ahora para equilibrar los valores de azúcar, triglicéridos, colesterol, ferritina y demás zarandajas, y que ha provocado que el número de fármacos que debo ingerir a diario haya aumentado.


En definitiva, ¡qué mal he hecho las cosas!

Pero aquí estoy ahora, tratando de rectificar, ordenando mis prioridades y planificando un futuro que necesariamente pasa por aprender a llevar una vida normal (y esto incluye trabajar de nuevo) conviviendo con el dolor. Y ahora que el momento de abandonar este sedentarismo forzoso se acerca, me pesa el no haber aprovechado mejor el tiempo, especialmente en lo que a mi novela se refiere. Que yo sé que no, que la literatura no me va a dar de comer, pero la ilusión con la que me siento cada mañana frente a este ordenador y voy desarrollando la historia que quiero contar y perfilando el carácter de sus protagonistas es un sentimiento tan personal, tan poderoso, tan puro y tan adictivo que nunca antes había sentido algo semejante. Todos fantaseamos con lo que haríamos si nos tocase la lotería, ¿verdad? Yo, en este momento de mi vida, me dedicaría a escribir a tiempo completo.

También siento inquietud y un cierto desasosiego ante mi vuelta al mundo laboral, que me gustaría se produjese a finales de verano o principios de otoño a más tardar. ¿Conseguiré un trabajo? ¿Dónde iré a parar? ¿Me pasarán factura todos estos meses inactivo? ¿Seré capaz de soportar los picos de dolor sin que afecte a mi labor? Me atormentan en estos días estas preguntas que durante un tiempo he conseguido mantener silenciadas, pero que retornan ahora con mayor fuerza e insistencia a medida que se acerca el momento de que la prestación por desempleo me sea retirada.

Creo ser de esas personas que ven la botella siempre medio llena, que de los varapalos que la vida nos va dando son capaces a la larga de extraer lecciones y aprendizajes que serán útiles en el futuro. Cierto es que noto cómo esta postura frente a la vida se va debilitando paulatinamente con los años, que mi optimismo, aunque siempre presente, no es ya tan enérgico, pero en este momento pienso que de todo lo que me ha pasado, de lo que aún me está sucediendo, sin lugar a dudas, saldrá algo bueno.

Sé que esto también pasará y que todo lo que venga a partir de ahora será mejor que lo vivido durante este último año de mierda.







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