jueves, 29 de junio de 2023
Merece la pena
domingo, 25 de junio de 2023
Lo que la cancha nos da: aprender en la derrota
martes, 20 de junio de 2023
Un cadáver en la oficina
lunes, 19 de junio de 2023
Los Rodel - Capítulo 2
jueves, 15 de junio de 2023
Repetir curso
lunes, 12 de junio de 2023
Y nos dieron las diez y las once...
sábado, 10 de junio de 2023
El Parque de Andalucía
Cursé la EGB en el Colegio Salzillo Valle-Inclán de Móstoles, un centro público que por aquel entonces se encontraba flanqueado, salvo en su fachada principal, por descampados que se convertían en auténticos barrizales cuando llovía o nevaba, algún caminillo rural y un pequeño bosque. Aquel escenario, a excepción del colegio, se fue transformando con el paso del tiempo debido al crecimiento que a partir de los años 80 se produjo en el municipio. Buena parte de aquellos terrenos se emplearon para dotar a la zona de uno de los principales parques de la ciudad, el de Andalucía, por donde hoy pasean los jubilados y las parejas con niños y circulan los ciclistas aprovechando la existencia del carril bici que bordea buena parte de Móstoles.
Siendo ya un adolescente, de esos que salen de fiesta, comienzan a fumar o a beber e intentan comerse un colín de vez en cuando, ese parque era con toda seguridad mi lugar favorito del mundo. El sitio de mi recreo, como diría Antonio Vega. Nada era como ahora, por supuesto. No estaba tan bien acondicionado ni tan iluminado. Había que andarse con tiento porque era también territorio de ladronzuelos y drogadictos, pero el caso es que a mí nunca me atrajeron las discotecas ni los pubs y prefería disfrutar de la experiencia de hacerse adulto al aire libre. Acompañaba de vez en cuando a los demás, por eso de encajar en el grupo, pero si alguien me secundaba, me ahorraba la claustrofobia y la agorafobia que me producían ciertos lugares sin ningún drama y me escapaba al Parque en cuanto surgía la ocasión. En otoño e invierno, cuando el clima no era tan benigno para permanecer quietos en un parque durante horas, unos minis de cerveza, sangría o sidra y unas raciones de bravas, oreja o alioli en El Figón o en La Trucha, lugares acogedores donde uno podía estar charlando a sus anchas sin que la música te impidiese escuchar lo que el de al lado tuviese que contarte y donde además éramos bienvenidos como clientes habituales, viendo el fútbol en Telemadrid los sábados, y ya de retirada el domingo; y en primavera y en verano, al Parque a hacer botellón, práctica que ahora tienen prohibido los chavales jóvenes y que no termino de dilucidar si es una medida buena o mala. Porque si a mí había algo que me gustaba, con una litrona en la mano o una botella de batido, según el día y los cuerpos, era conversar con mis amigos, tendidos sobre la hierba y disfrutando del aire más o menos puro que allí se respiraba. Una discoteca no te ofrecía esas posibilidades.
De libros, de música, de chicas, de cine, del sexo que no teníamos y que ansiábamos probar, de nuestras familias, de filosofía, de política y, sobre todo, de lo que haríamos cuando terminásemos los estudios. De las cosas que entonces nos importaban y preocupaban y de otras menos trascendentales hablábamos mientras en el grupo florecían y se marchitaban amores de semana en semana, se iban incorporando nuevos miembros y el mundo a nuestro alrededor giraba cada vez más rápido. En el Parque dábamos rienda suelta a nuestras teorías sobre las grandes preguntas que el ser humano lleva haciéndose siglos, algunas de ellas descabelladas y otras más conservadoras, comentábamos la actualidad política y las últimas novelas que habíamos leído y confiábamos nuestros miedos y preocupaciones a esos amigos que en aquel momento nos parecían intocables, sagrados.
Aquello duró dos o tres años. Al novio que en el instituto se había echado Fulanita no le molaba nuestro plan y ella empezó a venir menos con nosotros hasta que un día ya no apareció. La chica con la que Menganito había ligado en una salida por Moncloa con sus colegas de los Boy Scouts prefería aquel otro ambiente a estar tonteando en un parque y a Menganito también dejamos de verle por el barrio. Y así, poco a poco, el grupo se fue dispersando, cada uno adentrándose en un futuro propio y diferente.
Al final sólo prácticamente quedamos tan sólo un apasionado de las Ciencias y un soñador de las Letras. El era quizá el más maduro de aquel grupo y aquellos affaires que en el grupo se iban produciendo y la manera en que eran gestionados le parecía algo pueril. Para colmo se enamoró hasta las cachas de Zetanita, la chica más bajita del grupo, que, salvo por las de mi amigo, por las del feo (siempre hay uno) y por las mías, prácticamente pasó por las manos de todos los varones del grupo. Yo me abstuve por respeto a lo que sabía que él sentía, aunque tengo claro si habría tenido alguna opción, todo sea dicho, pero es que ni me lo planteé. En cuanto a mí, me fui paulatinamente especializando en consolar a unas y a otros cuando las parejas se rompían. No lo buscaba yo, sino que venían a mí para desahogarse y al mismo tiempo ahogarme a mí con sus desamores. No negaré que con alguna de aquellas amigas despechadas me beneficié en ocasiones de mi posición. Yo esperaba a alguien que no terminaba de llegar, pero tampoco iba a perder las ocasiones que cayesen en mis manos de experimentar. Tampoco fueron muchas las ocasiones y tampoco ninguna de ellas llegó demasiado lejos.
El caso es que ese amigo y yo fuimos las ascuas que aún permanecieron vivas de aquel grupo durante un tiempo y aún estuvimos yendo durante un tiempo al Parque. Nos resultaba apasionante poder seguir hablando de tantas y tantas cosas de la manera que lo hacíamos. Permaneció en mi vida durante muchos años: vino a mi boda, vio nacer a mis hijos, pasaba habitualmente por casa, quedábamos entre semana en algún bar para ver los partidos del Real Madrid. El Parque ya era historia, pero seguíamos manteniendo el contacto con cierta regularidad. No le conocí durante aquel tiempo novia alguna. Hasta que un día comenzó a hablar por Internet con una chica más joven que él y nos empezamos a distanciar. Se acabaron casando y prácticamente salió de nuestras vidas. Admito que, ocupados como estábamos nosotros criando a nuestros hijos, tampoco le perseguimos como tal vez nos habría correspondido hacer. Quedamos los cuatro en un par de ocasiones pero estábamos, como parejas, en momentos distintos.
Hoy les recuerdo a todos -especialmente a él- con muchísimo cariño. Sé de la vida de algunos: uno de ellos, que además de amigo era vecino y con quien a veces me escribo por correo electrónico, vive actualmente en Atlanta, por lo que me cuenta debe ser un genio de la informática, se casó con una profesora de la universidad de Georgia y tiene una hija; otro de aquellos primeros amigos vive a dos calles de mi casa y de vez en cuando, hasta que me vi atrapado por mi neuralgia, salíamos juntos a caminar. Del resto, poco o nada sé. El otro día recibí una solicitud de amistad por Facebook de uno de ellos, que acepté de manera inmediata porque al pasado del que uno ha disfrutado no se le debe dar la espalda.
Sin embargo me acuerdo de todos ellos, allí, en el Parque de Andalucía, sentados en círculo sobre el césped en una calurosa noche de verano, con varias botellas de cerveza pasando de mano en mano, riéndonos de la última ocurrencia del gracioso de turno o comentando entusiasmados los planes para el día siguiente, ansiosos por salir al mundo, juntos frente a todo lo que se nos pusiese por delante. Y, por supuesto, como suele ocurrir cuando uno ha tenido la fortuna de verse en la adolescencia arropado por otras personas con intereses e inquietudes similares, a veces me gustaría ser Marty McFly, coger mi DeLorean y regresar al Parque de Andalucía para volver a disfrutar de nuevo de todas aquellas sensaciones.
martes, 6 de junio de 2023
¡Mira que eres canalla, Silva!
viernes, 2 de junio de 2023
También esto pasará
Los motivos de este blog
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Llevo tres meses resistiéndome a abandonar este espacio virtual en el que acostumbro - por desgracia cada vez con menor frecuencia - a vomit...
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Después de todo, aquella chica no consiguió, pese a sus inconmensurables esfuerzos y su perpetua constancia, obtener la nota media exigida p...








