Ante la pregunta que me han hecho sobre mis objetivos laborales que me han hecho durante la que ha sido mi primera entrevista de trabajo después de muchos meses de vagar por el desierto, he hecho especial hincapié en mi respuesta en que no soy a estas alturas especialmente ambicioso en ningún sentido, que interpreto mi próximo empleo más bien como una oportunidad para reiniciarme. Un nuevo comienzo, por decirlo de otra manera. No sólo por el hecho de que he permanecido forzosamente inactivo durante más de un año, sino porque también mi perspectiva sobre la vida y el papel que lo laboral desempeña en ella han cambiado mucho. Mi interlocutora se ha mostrado sorprendida por la franqueza de mi contestación, franqueza sobre la que he sustentado todas y cada una de mis afirmaciones posteriores. Porque yo ya no tengo edad para fingir ser lo que en realidad no soy. Por eso y porque en mi anterior empleo maximicé algunas de mis virtudes en una coyuntura similar a la de hoy con el fin de aparentar a los ojos de mis entrevistadores ser el candidato idóneo, cosechando al final, para mi infortunio, lo que irresponsablemente había sembrado. Si el karma existe, creo que se excedió conmigo en esa ocasión. Pero me he propuesto no repetir los mismos errores.
Supongo que la sorpresa de mi interlocutora habrá tornado en estupefacción, aunque no haya dejado, por profesionalidad, traslucir su asombro, cuando me ha interrogado sobre mis dotes comerciales.
- Pues están por descubrir, potenciar y explotar, dado que no soy comercial.
No me había pillado en fuera de juego, aunque yo a ella sí. Era plenamente consciente al presentar mi candidatura de que el puesto exigía unas ciertas habilidades comerciales que, por mis experiencias previas, tan sólo he tenido que emplear de soslayo. He aclarado una situación que de primeras le ha debido parecer ligeramente inusual e incluso creo haber superado de manera notable las pruebas posteriores a las que me ha sometido para medir mis aptitudes, aunque supongo que a la hora de decidir si soy apto para cubrir la vacante ofertada pesarán esas piedras que contra mi propio tejado he lanzado. Pero volvemos en este punto a los valores de transparencia y sinceridad con los que me presentaré a las próximas entrevistas que surjan. Del mismo modo que he sido honesto con mis carencias, lo he sido también con mis virtudes, que me consta son muchas y algunas de ellas, modestia aparte, excepcionales para el empleo en cuestión. En estas cosas ni me gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, y por ello también he advertido sobre mi reciente enfermedad, prácticamente superada, pero de la que aún cuelgan flecos por cerrar en forma de consultas médicas a las que deberé asistir y que me obligarán a ausentarme en alguna ocasión durante el período de formación programado.
Supongo que cualquiera que haya leído hasta aquí opinará que no sé venderme y que pocas son las opciones que tengo de conseguir el puesto. Es posible, pero me siento orgulloso de mi proceder, de dejar las cosas claras desde el principio para evitar malentendidos o situaciones incómodas que puedan surgir más adelante. De haber puesto sobre la mesa con firmeza y claridad todo lo que puedo ofrecer, pero también de haber mostrado mis carencias de forma positiva. Y de hecho, mi interlocutora, al finalizar la entrevista, me ha felicitado por cómo he gestionado la misma, me ha confesado que mi candidatura le ha impresionado y que tendré pronto noticias suyas, una vez que termine de conversar con el resto de candidatos. Me niego, a mis cuarenta y diez, a interpretar un papel ficticio en este tipo de envites. Al menos, por ahora, que la soga no está tensa. Este soy yo. Estas (el compromiso, la responsabilidad, el esfuerzo o el orden), mis virtudes. Y aquellos otros mis defectos. A pecho descubierto. O lo tomas o lo dejas. Puedes arriesgarte conmigo y ayudarme en mi propósito de resetearme laboralmente o puedes descartarme para quedarte con otro candidato que quizá sea más válido que yo, que a lo mejor haya soltado una sarta de mentiras y con el que te lleves una desagradable sorpresa en el futuro.
Me recuerda esto a una anécdota curiosa que me ocurrió hace al menos quince años en un proceso de selección que pusimos en marcha para contratar un teleoperador que hablara portugués. Como es de rigor, el departamento de Recursos Humanos realizó la selección previa para, a continuación, enviarme a aquellos que superaron las pruebas y tomar yo la decisión definitiva. Entre los cuatro o cinco a los que recibí, había uno cuyo currículum me llamó mucho la atención. Era un documento en Word feo, mal redactado y con faltas de ortografía, algo que me chirrió porque las experiencias laborales que en él se recogían, en el caso de un chico tan joven como lo era aquel, denotaban las cualidades propias de un experto en el sector y no concordaba con ellas el aspecto desastrado de aquellas hojas de papel que daban cuenta de sus méritos y destrezas. Apareció en la entrevista adecuadamente vestido con una camisa lisa, sin corbata, unos pantalones chinos y unos zapatos negros, se presentó de manera correcta y me dio la mano con fuerza. Le noté yo, no obstante, algo nervioso, con la mirada un tanto huidiza y particularmente inquieto según nos dirigíamos a la sala donde él y yo íbamos a reunirnos. Y de repente, una vez sentados cara a cara, ocurrió. No me hizo falta ni abrir la boca, sólo una mirada fue suficiente. Se desmoronó y me confió, con el miedo y el arrepentimiento refulgiendo en sus ojos, que nada de lo que figuraba en el currículum que nos había hecho llegar era cierto, que ni él mismo entendía como Recursos Humanos no había descubierto su añagaza. Parecía estar confesando el peor de los crímenes. Que él, en realidad, trabajaba como albañil en una obra en Parla por cuatro perras. Que su chica estaba harta y que le había dado un ultimátum: o encuentras un trabajo como Dios manda o me voy y no me vuelves a ver el pelo. Que estaba enamorado hasta las trancas y que no imaginaba la vida sin ella. Se encontraba al borde de las lágrimas y debo reconocer que a mí, durante unos segundos, me tentó la idea de saltarme las normas y darle una oportunidad. Pero pensé en el resto de candidatos a los que tenía que entrevistar y decidí que sería una falta de respeto hacia ellos. Pensé también en mi jefa, que había depositado su confianza en mí para esta labor que habitualmente desempeñábamos juntos pero que ese día se había visto obligada por otros asuntos a delegar en mí, y concluí que no podía defraudarla. Así que, con la mayor delicadeza que fui capaz de reunir, traté de quitarle hierro al asunto, advirtiéndole, sin embargo, de que lógicamente quedaba descartado del proceso por no dar el perfil que andábamos buscando, le acompañé a la puerta, le di ánimos antes despedirme, le observé abandonar el edificio con los hombros caídos y la cabeza gacha y fui a buscar al siguiente candidato, que a la postre se hizo con el trabajo. Desconozco qué fue de aquel albañil o si su chica terminó dejándole finalmente. Pero hoy pienso que obré bien. No tanto por mí, ya que a buen seguro, de haberle dado cobijo en mi equipo y haberse descubierto el pastel, yo habría salido del paso con una mera amonestación. No. Sobre todo por él, porque el tiempo que hubiera pasado con nosotros habría supuesto con toda probabilidad un tormento como el que yo sufrí por pretender ser quien no era.
Tal vez me equivoqué y me vea obligado a rectificar en un par de meses, pero creo sinceramente que, a estas alturas de la película, me he ganado el derecho de poner algunas condiciones o al menos a exigir unos mínimos a quien me quiera emplear y no sólo a aceptar sin preguntar lo que me pongan en el plato, como también tengo la responsabilidad de prometer sólo aquello a lo que pueda comprometerme.
Quiero trabajar. Quiero ser útil. Quiero ser productivo. Pero también deseo gozar de una calidad de vida de la que no he disfrutado en los veintitantos años que llevo trabajando y poder también dormir tranquilo por las noches.
No creo estar pidiendo tanto ni estar ofreciendo poco.


















