viernes, 29 de septiembre de 2023

Reinicio laboral

Ante la pregunta que me han hecho sobre mis objetivos laborales que me han hecho durante la que ha sido mi primera entrevista de trabajo después de muchos meses de vagar por el desierto, he hecho especial hincapié en mi respuesta en que no soy a estas alturas especialmente ambicioso en ningún sentido, que interpreto mi próximo empleo más bien como una oportunidad para reiniciarme. Un nuevo comienzo, por decirlo de otra manera. No sólo por el hecho de que he permanecido forzosamente inactivo durante más de un año, sino porque también mi perspectiva sobre la vida y el papel que lo laboral desempeña en ella han cambiado mucho. Mi interlocutora se ha mostrado sorprendida por la franqueza de mi contestación, franqueza sobre la que he sustentado todas y cada una de mis afirmaciones posteriores. Porque yo ya no tengo edad para fingir ser lo que en realidad no soy. Por eso y porque en mi anterior empleo maximicé algunas de mis virtudes en una coyuntura similar a la de hoy con el fin de aparentar a los ojos de mis entrevistadores ser el candidato idóneo, cosechando al final, para mi infortunio, lo que irresponsablemente había sembrado. Si el karma existe, creo que se excedió conmigo en esa ocasión. Pero me he propuesto no repetir los mismos errores.



Supongo que la sorpresa de mi interlocutora habrá tornado en estupefacción, aunque no haya dejado, por profesionalidad, traslucir su asombro, cuando me ha interrogado sobre mis dotes comerciales.

- Pues están por descubrir, potenciar y explotar, dado que no soy comercial.

No me había pillado en fuera de juego, aunque yo a ella sí. Era plenamente consciente al presentar mi candidatura de que el puesto exigía unas ciertas habilidades comerciales que, por mis experiencias previas, tan sólo he tenido que emplear de soslayo. He aclarado una situación que de primeras le ha debido parecer ligeramente inusual e incluso creo haber superado de manera notable las pruebas posteriores a las que me ha sometido para medir mis aptitudes, aunque supongo que a la hora de decidir si soy apto para cubrir la vacante ofertada pesarán esas piedras que contra mi propio tejado he lanzado. Pero volvemos en este punto a los valores de transparencia y sinceridad con los que me presentaré a las próximas entrevistas que surjan. Del mismo modo que he sido honesto con mis carencias, lo he sido también con mis virtudes, que me consta son muchas y algunas de ellas, modestia aparte, excepcionales para el empleo en cuestión. En estas cosas ni me gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, y por ello también he advertido sobre mi reciente enfermedad, prácticamente superada, pero de la que aún cuelgan flecos por cerrar en forma de consultas médicas a las que deberé asistir y que me obligarán a ausentarme en alguna ocasión durante el período de formación programado.

Supongo que cualquiera que haya leído hasta aquí opinará que no sé venderme y que pocas son las opciones que tengo de conseguir el puesto. Es posible, pero me siento orgulloso de mi proceder, de dejar las cosas claras desde el principio para evitar malentendidos o situaciones incómodas que puedan surgir más adelante. De haber puesto sobre la mesa con firmeza y claridad todo lo que puedo ofrecer, pero también de haber mostrado mis carencias de forma positiva. Y de hecho, mi interlocutora, al finalizar la entrevista, me ha felicitado por cómo he gestionado la misma, me ha confesado que mi candidatura le ha impresionado y que tendré pronto noticias suyas, una vez que termine de conversar con el resto de candidatos. Me niego, a mis cuarenta y diez, a interpretar un papel ficticio en este tipo de envites. Al menos, por ahora, que la soga no está tensa. Este soy yo. Estas (el compromiso, la responsabilidad, el esfuerzo o el orden), mis virtudes. Y aquellos otros mis defectos. A pecho descubierto. O lo tomas o lo dejas. Puedes arriesgarte conmigo y ayudarme en mi propósito de resetearme laboralmente o puedes descartarme para quedarte con otro candidato que quizá sea más válido que yo, que a lo mejor haya soltado una sarta de mentiras y con el que te lleves una desagradable sorpresa en el futuro.


Me recuerda esto a una anécdota curiosa que me ocurrió hace al menos quince años en un proceso de selección que pusimos en marcha para contratar un teleoperador que hablara portugués. Como es de rigor, el departamento de Recursos Humanos realizó la selección previa para, a continuación, enviarme a aquellos que superaron las pruebas y tomar yo la decisión definitiva. Entre los cuatro o cinco a los que recibí, había uno cuyo currículum me llamó mucho la atención. Era un documento en Word feo, mal redactado y con faltas de ortografía, algo que me chirrió porque las experiencias laborales que en él se recogían, en el caso de un chico tan joven como lo era aquel, denotaban las cualidades propias de un experto en el sector y no concordaba con ellas el aspecto desastrado de aquellas hojas de papel que daban cuenta de sus méritos y destrezas. Apareció en la entrevista adecuadamente vestido con una camisa lisa, sin corbata, unos pantalones chinos y unos zapatos negros, se presentó de manera correcta y me dio la mano con fuerza. Le noté yo, no obstante, algo nervioso, con la mirada un tanto huidiza y particularmente inquieto según nos dirigíamos a la sala donde él y yo íbamos a reunirnos. Y de repente, una vez sentados cara a cara, ocurrió. No me hizo falta ni abrir la boca, sólo una mirada fue suficiente. Se desmoronó y me confió, con el miedo y el arrepentimiento refulgiendo en sus ojos, que nada de lo que figuraba en el currículum que nos había hecho llegar era cierto, que ni él mismo entendía como Recursos Humanos no había descubierto su añagaza. Parecía estar confesando el peor de los crímenes. Que él, en realidad, trabajaba como albañil en una obra en Parla por cuatro perras. Que su chica estaba harta y que le había dado un ultimátum: o encuentras un trabajo como Dios manda o me voy y no me vuelves a ver el pelo. Que estaba enamorado hasta las trancas y que no imaginaba la vida sin ella. Se encontraba al borde de las lágrimas y debo reconocer que a mí, durante unos segundos, me tentó la idea de saltarme las normas y darle una oportunidad. Pero pensé en el resto de candidatos a los que tenía que entrevistar y decidí que sería una falta de respeto hacia ellos. Pensé también en mi jefa, que había depositado su confianza en mí para esta labor que habitualmente desempeñábamos juntos pero que ese día se había visto obligada por otros asuntos a delegar en mí, y concluí que no podía defraudarla. Así que, con la mayor delicadeza que fui capaz de reunir, traté de quitarle hierro al asunto, advirtiéndole, sin embargo, de que lógicamente quedaba descartado del proceso por no dar el perfil que andábamos buscando, le acompañé a la puerta, le di ánimos antes despedirme,  le observé abandonar el edificio con los hombros caídos y la cabeza gacha y fui a buscar al siguiente candidato, que a la postre se hizo con el trabajo. Desconozco qué fue de aquel albañil o si su chica terminó dejándole finalmente. Pero hoy pienso que obré bien. No tanto por mí, ya que a buen seguro, de haberle dado cobijo en mi equipo y haberse descubierto el pastel, yo habría salido del paso con una mera amonestación. No. Sobre todo por él, porque el tiempo que hubiera pasado con nosotros habría supuesto con toda probabilidad un tormento como el que yo sufrí por pretender ser quien no era.

Tal vez me equivoqué y me vea obligado a rectificar en un par de meses, pero creo sinceramente que, a estas alturas de la película, me he ganado el derecho de poner algunas condiciones o al menos a exigir unos mínimos a quien me quiera emplear y no sólo a aceptar sin preguntar lo que me pongan en el plato, como también tengo la responsabilidad de prometer sólo aquello a lo que pueda comprometerme.

Quiero trabajar. Quiero ser útil. Quiero ser productivo. Pero también deseo gozar de una calidad de vida de la que no he disfrutado en los veintitantos años que llevo trabajando y poder también dormir tranquilo por las noches.

No creo estar pidiendo tanto ni estar ofreciendo poco.



miércoles, 27 de septiembre de 2023

Fábula de los conejos

Nunca ha sido Ismael Serrano uno de mis cantautores favoritos. Me cuesta encontrarle el punto, pero lo mismo me ocurre con Serrat y dudo que ni yo ni nadie se atreva a desdeñar su arte, así que escucho de tarde en tarde sus canciones porque, a pesar de mis vastas limitaciones, entre los versos de uno y de otro siempre doy con alguna historia que despierta mi interés o con alguna frase que me atrapa entre sus redes. Tienen este tipo de individuos, sin lugar a dudas, más de poetas que de cantantes. No hay que irse muy lejos para encontrar el mejor de los ejemplos: justo ahí al lado, en la Calle Melancolía, habita Sabina, un inigualable poeta que es, al mismo tiempo, un deficiente cantante.


Sea como sea, en el último disco de Ismael Serrano he encontrado una pequeña joya, llamada "Fábula de los conejos" que ejemplifica y representa, en estos tiempos esperpénticos de elecciones generales en pleno mes de julio, investiduras, amnistías y habituales reproches entre los que afirman ser la izquierda de este país, los que hacen otro tanto por el lado opuesto y los que les hacen los coros a ambas facciones, el dislate político en el que vivimos desde hace ya unos cuantos años. Yo, como españolito de a pie y miembro en pleno derecho de esta colonia de conejos, estoy ya muy, pero que muy cansado. Que ya sé que en realidad el único derecho que en realidad me queda -no hace falta que nadie me lo recuerde- es el del pataleo. Viene a contar este cuentecillo musical de Ismael que, habiendo puesto los conejos suficiente distancia con los lobos, al escapar de sus fauces, se detuvieron a tomar resuello y les dio por ponerse a hablar. Que si hay que ir a la guerra contra nuestros depredadores, que si quién de nosotros es el más apto para liderarnos, que si tal vez deberíamos montar una asamblea para decidirlo, que si eso no es necesario porque no cabe duda de que yo soy el más apropiado, que si déjame que me ría, etc. Y mientras ellos discutían bobadas, llegaron los lobos y les dieron alcance. Inmersos en ese bucle estamos en este país durante este siglo XXI: cuando creemos haber superado una crisis, nuestros líderes políticos nos abocan indefectiblemente a otra porque, mientras se la miden para ver quien la tiene más grande, se descuidan y los problemas nos vuelven a cercar.

Y luego están los medios de comunicación, que no dejan de ser herramientas que los partidos utilizan de manera sibilina para inclinar la balanza de la opinión pública hacia su flanco. El Cuarto Poder lo llaman y con razón. Una vez más, de un mismo hecho, los dos diarios de información general informan de manera muy diferente. Dice El Mundo; aliado tradicional de la derecha y fan incondicional del candidato del PP, que "Sánchez desprecia al Congreso", haciendo alusión a su negativa a rebatir a Feijoo en el primer día del debate de investidura y a enviar en su lugar al estrado a uno de los miembros de su cohorte. El País, siempre más a la izquierda que su contrincante periodístico, titula "Sánchez descoloca al PP". ¿Se trata entonces de desprecio o de una maniobra de distracción? ¿Es el Congreso el agraviado o lo es el PP? Pues según el periódico que leas, puede ser que te formes una opinión u otra. 

Y mientras tanto, los conejos permanecemos en nuestra madriguera, haciendo malabarismos para que nuestros gazapos puedan estudiar, se alimenten y puedan vestirse con algo más decente que un taparrabos, para que la luz siga llegando a nuestro hogar por las noches y para que no pasemos frío este invierno, para que el precio de la gasolina y los préstamos hipotecarios no nos terminen de ahogar, mientras nos conformamos con las escasas migajas que los poderosos dejan de vez en cuando caer sobre nuestras praderas en forma de Bono Cultural o Ayudas Sociales y nos entretenemos viendo programas del corazón y partidos de fútbol. Y a todo esto, Lorena Castell riéndose de todos nosotros...

Y de esta manera, queridos amigos, el año 2023 se nos irá de las manos escuchando cómo los aullidos de los lobos se van acercando cada vez más y sin terminar de decidir quién nos gobernará en este país de toros y pandereta.


martes, 26 de septiembre de 2023

Sueños

Por la experiencia académica que yo en su día viví y por el sentido de la lógica más elemental, diría que la tasa de aprobados en algunas asignaturas depende casi en su totalidad de la pasión y de las aptitudes con las que venga pertrechado el profesor que las imparta y que, por el contrario, hay materias en las que el impacto del profesional encargado de instruir a sus pupilos es casi irrelevante. 

Tan sólo tuve que repetir un curso durante todo mi periplo por el colegio, el instituto y la universidad. Admito que lo digo con un cierto orgullo, ya que por entonces la exigencia educativa era mucho mayor que ahora y los contenidos más teóricos, por lo que repetir tan sólo uno de los dieciocho años que uno se tiraba desde Primero de EGB hasta el quinto curso de la carrera era un buen bagaje. Fue en Tercero de BUP y no porque estuviera yo de fiesta todo el día o porque no estudiara lo suficiente, sino porque se me enquistó la Filosofía, o más bien la profesora que en mi primer intento me tocó. Se llamaba Isabel y lo mismo habría dado si en la pizarra hubieran puesto un geranio. De aptitudes para la enseñanza andaba más bien escasa y de sus explicaciones no se desprendía ni el más mínimo atisbo de que las teorías de Platón, Kant o Nietzsche le interesaran en absoluto. Mira que enganché yo esa asignatura con ganas. Me apetecía mucho una inmersión profunda y prolongada en las corrientes del pensamiento filosófico en la historia del ser humano. Consiguió, sin embargo, la susodicha que la asignatura se convirtiera para mí en un jeroglífico irresoluble. Y me centré tanto en intentar solucionarlo que cuando quise reaccionar, era tarde. No sólo mis esfuerzos resultaron baldíos en la lengua común de Aristóteles, Rousseau y Santo Tomás de Aquino, sino que descuidé Griego e Historia y me ví teniendo que repetir curso con esas tres asignaturas. No fue obviamente la responsable de aquello la apática Doña Isabel, pero creo que puede servir el ejemplo como argumento para sustentar la primera parte de mi afirmación inicial. Antes de presentar mis alegatos sobre la segunda, diré que al año siguiente tuve la fortuna de toparme con un nuevo profesor de la asignatura que logró transmitirme toda la belleza de una disciplina hoy casi extinta.


No obstante, la singular pasividad de aquella profesora no impidió que, tanto a mí como al resto de mis compañeros, el tema de la interpretación de los sueños nos enganchase del hocico con fuerza y nos tuviera buena parte del curso compartiendo los que cada uno habíamos tenido la noche anterior y debatiendo sobre su significado. Nos parecía a todos una cuestión lo suficientemente cautivadora como para que no importara la persona que nos tenía que aleccionar sobre ella y para que, por nuestra propia cuenta, buscáramos información y estudios al respecto. Durante unos meses acordamos que todos dormiríamos con un bolígrafo y un cuaderno junto a la cama y que, al despertarnos, escribiríamos unas líneas describiendo a rasgos generales lo que aún conservábamos de lo soñado en la cabeza para luego investigar entre todos lo que había motivado a nuestro subconsciente el envío de esas señales. Debo decir a este respecto que fue una de las actividades más constructivas que realicé durante toda mi vida académica, algo curioso por no haber estado implicado en la misma ningún profesor. Y también aclarar algo que a veces se confunde y es que, cuando mis compañeros y yo buceábamos en la biblioteca (Google por entonces era ciencia-ficción) para informarnos sobre el asunto, topábamos con despiadados vende humos que defendían estúpidas teorías del tipo "si sueñas con que se te cae un diente, es que alguien cercano va a tener una desgracia". Por favor. La interpretación de los sueños trata de explicar las causas de nuestras fantasías oníricas, no es una bola de cristal que predice el futuro. Todavía hoy me asombra, en pleno siglo XXI, que haya gente que se trague tamañas sandeces. Pero me estoy desviando del objeto de mi entrada de hoy.

Si he traído a colación la cuestión de los sueños es porque durante estos meses en el dique seco los míos han sido muy vívidos y recurrentes. Durante la etapa más dura de mi convalecencia, empastillado hasta las cejas como estaba para combatir los dolores, mi sueño era breve, pero profundo y plagado de experiencias oníricas extrañas que se asemejaban más a espejismos que a sueños como tales. Entre ellos se comenzaron a colar ciertas imágenes que se han repetido en numerosas y angustiosas ocasiones desde entonces, aunque debo apuntar que, para mi alivio, han pasado ya varias semanas desde la última vez. Todas esas situaciones en las que mi subconsciente me situaba eran repeticiones asfixiantes de las distintas coyunturas en las que me encontré durante mi última experiencia laboral. Volvía en esos sueños a revivir la angustia que me generaba el no alcanzar los objetivos marcados, la tensión generada por una agenda plagada de reuniones internas y videoconferencias con clientes, las presiones desde Dirección por considerar que los resultados del Departamento eran insuficientes. Por supuesto, siendo sueños, estaban salpicados de matices y detalles ilógicos pero que me parecían absolutamente reales y que magnificaban las sensaciones que me abrumaban y que provocaban que me despertase con un sentimiento de fragilidad e inseguridad apabullantes.


 
A pesar de todo lo que en su día creí saber sobre el significado de los sueños, no he sido aún capaz de dilucidar qué pretendía mi subconsciente al bombardearme como lo hizo con esos reflejos distorsionados de lo que en realidad experimenté. A pesar de tanto viaje al pasado, no tengo claro si era su forma de hacer que las heridas cicatrizasen o si repetía una y otra vez ese martirio a modo de recordatorio para que lo tenga siempre presente, pero en cualquier caso me alegro que haya parado, ya que era un complemento cruel a los amaneceres con el mordisco del lobo crepitando en mi costado.

Estoy valorando, a raíz de este episodio y dado que continúa mi actividad en fase R.E.M. siendo bastante rica, volver a colocar en la mesilla de noche un papel y algo con lo que escribir. Tal vez me ayude a reconciliarme definitivamente con mi subconsciente y a lo mejor incluso salga de ahí que poder contaros o que dé lugar a nuevas ideas o proyectos.

¿Quién sabe?

viernes, 22 de septiembre de 2023

Otoño, por fin

Desde que el calor del verano reniega de Madrid hasta que comienzan a llegar los días más fríos del invierno. Ahí, en ese espacio de tiempo, me quedaría yo durante todo el año a vivir. Ni siquiera la primavera me reconforta tanto como lo hace el otoño, con la lánguida caída de las hojas de los árboles, con esas temperaturas moderadas durante el día y sus noches cada vez más frescas y largas, con las gotas de lluvia rebotando contra las ventanas. Toda la pompa meteorológica y la metamorfosis que sufre la naturaleza que nos rodea me caldea el ánimo y me equilibra, dejando atrás la asfixiante atmósfera veraniega.


Son septiembre y octubre meses de recogimiento gradual, de recuperación de costumbres familiares suspendidas durante meses, de emprender nuevas aventuras o reanudar las que tuvimos que pausar al llegar el estío. Los estudiantes regresan a las aulas y los adultos a sus oficinas. Los más previsores y los más impacientes comienzan a comprar los regalos para la Navidad y los más aventureros a buscar destinos en Booking a los que escaparse durante los puentes del Pilar, los Santos y la Constitución. Se guardan las sillas playeras, las sombrillas y las toallas. Entre bolas de naftalina aparcamos los bañadores y los pantalones cortos. Sustituimos las chanclas por las zapatillas de estar por casa. Colgamos en las perchas la ropa que usaremos durante los próximos cinco o seis meses. Cambiamos los gazpachos y las ensaladas por las legumbres y los cocidos. Recuperamos el pulso de nuestras vidas.

Todo esto, que a muchos entristece, a mí me serena. Encuentro algo apaciguador y familiar en la mecánica de la rutina habitual. No le hago ascos a la euforia de la primavera o a la holganza del verano. Tampoco a la multitud de posibilidades que las estaciones más soleadas ofrecen. También a mí me gusta tumbarme al sol, la comodidad de la ropa corta, disponer de más horas de luz, las terrazas de verano, sorber con fruición un granizado por las noche mientras camino por un paseo marítimo. Pero cuando llega el otoño, siento que estoy de vuelta en casa.

Mientras que en primavera las calles y los parques se llenan del variado colorido de las flores, en septiembre y octubre se acumulan en las estanterías de las librerías las más importantes novedades literarias del año. Es una avalancha que aguardo con ansiedad. Ya han llegado las nuevas novelas de Arturo Pérez-Reverte y de Antonio Muñoz Molina y durante estos dos meses caerán también las de varias decenas de autores más que estoy deseando leer. Una primavera cultural que se extiende también a la industria discográfica, que frena en seco su actividad durante julio y agosto y que reserva sus lanzamientos más importantes para estas fechas, de cara a la Navidad. El cine, con los Oscar a la vuelta de la esquina, se renueva tras una sosa cartelera veraniega sostenida por películas infantiles, algún Blockbuster para hacer taquilla y la habitual entrega de los niños de Santiago Segura. Sólo Oppenheimer se ha salvado este verano. Las plataformas digitales, especialmente a finales de otoño, tratando de atraer a la audiencia que se encierra en sus casas para disfrutar del calor del hogar, estrenan series nuevas o las correspondientes temporadas de sus productos más exitosos. Uno no se aburre en otoño. Y en mi caso, por si eran pocos los alicientes para acoger con los brazos abiertos a la estación de las hojas secas, volverán también los fines de semana los partidos de baloncesto de mis hijos, que son, hoy por hoy, una de las acicates más estimulantes en mi vida, consciente de que esta etapa no dura demasiado y que pronto terminará. 

Hemos disfrutado durante dos meses -unos más que otros- de las bendiciones de este sol español que es envidiado por medio mundo. Se han hecho largos para muchos porque el calor apenas ha dado tregua y las temperaturas han sido muy elevadas. Hemos gozado -unos más que otros- de vacaciones y de la oportunidad de recargar las pilas para afrontar el nuevo curso. Este verano hasta hemos ejercido nuestro derecho constitucional y más de uno ha votado por primera vez en bermudas y cangrejeras. Pero se acabó. Ahora llega el otoño y con él, superados ya los primeros días del curso escolar, que siempre son complicados hasta que todo se asienta, la oportunidad de compartir más estrechamente nuestras vidas con los nuestros.  

Disfrutadlo.



martes, 19 de septiembre de 2023

Perfil difuso, futuro incierto

No me cabe duda de que hoy toca una de esas entradas en las que me desnudo ante mí mismo y ante los leales a este blog, si bien la exposición de mis miedos, mis preocupaciones y mis ilusiones fue uno de los motivos per se sobre los que desde el primer día construí este pequeño reducto donde me atrevo a practicar la escritura y compartir con los demás los resultados de tan gratificante ejercicio. Quizá lo que hoy vengo a contar me provoca una mayor incomodidad de lo habitual y por ello la vena exhibicionista que sin duda late en este rincón virtual resulte a mis ojos más evidente. O tal vez también me preocupe un poco más esta vez quién pueda leer estas líneas. Pero me prometí no esconderme cuando inicié esta suerte de diario hace ya casi un año, lo he cumplido hasta la fecha y no voy a dejar de hacerlo ahora. Así que, como se suele decir, carretera y manta.


Que el verano aún no haya terminado para algunos y que las empresas estén todavía arrancando motores a fin de afrontar el próximo ejercicio económico con garantías son certezas que me tranquilizan y me animan a no apresurarme ni a dejarme vencer por el desánimo, a ser todavía mínimamente selectivo con las ofertas de trabajo a las que me inscribo. Me consta, por haber sido yo durante unos años quien seleccionaba y quien formaba a las nuevas incorporaciones en algunos de los servicios en los que estuve empleado, que el melón se abre entre el veinte de septiembre y el treinta y uno de octubre, que antes y después de esas fechas uno encuentra ya casi todas las puertas cerradas. Bajo el amparo que me proporciona este paraguas fabricado a base de reflexiones que intentan ser optimistas me vengo resguardando desde hace aproximadamente un mes, cuando comencé a sondear con mayor seriedad el mercado laboral en busca de una oferta de trabajo que me sedujera. Quiero pensar que me tropezaré con lo que busco a la vuelta de la esquina, que es cuestión de tiempo, que no pasa nada. Y sin embargo,...

Cumplir cincuenta me resultó irrelevante en su momento, pero comienzo a sospechar ahora que no lo es tanto cuando de aspirar a un empleo se trata. Aunque no son demasiadas todavía las ofertas publicadas que han despertado mi interés, he comprobado atónito cómo me excluían de algunos procesos de selección para los que cumplía con todos los requisitos exigidos sin haberse ni siquiera puesto en contacto conmigo a fin de conocerme mejor y escuchar los argumentos que pudiera alegar para postularme como una opción óptima a considerar por las empresas. Y el diablillo que de tarde en tarde toma asiento sobre mi hombro, sibilino y taimado, aprovecha mis dudas y me susurra al oído que ya soy mayor, que, aunque no figure en el listado de condiciones a cumplir, buscan gente más joven. Que soy un carcamal y que con ver la fecha de nacimiento han optado por enviar mi currículum a la papelera de reciclaje. El muy cabrón.


Más allá de la cuestión de la edad, hay otros asuntos que me rondan la cabeza como avispas rabiosas y que le dan juego a ese pícaro y descarado duendecillo que amenaza con quedarse a mi lado tanto tiempo como yo se lo permita. El más obvio es el de ser acreedor de un perfil, en estos tiempos en los que la especialización no es un valor añadido sino un requisito indispensable, cuanto menos difuso: un licenciado en Periodismo que nunca llegó a ejercer como tal, más allá de las labores administrativas que desempeñé hace veinticinco años en el Departamento de Prensa de un célebre fabricante alemán de vehículos; un habitual en el sector del telemarketing durante dos décadas que tocó muchos palos, pero que no llegó a especializarse en ninguno; un autodidacta en temas informáticos que se adaptó durante años con agilidad y prestancia a los distintos cambios tecnológicos que se iban produciendo en mi entorno laboral y que incluso en ocasiones los lideró, pero cuyo único título en la materia que pueda considerarse oficial data de 1997, cuando Windows Office era sólo una sombra de lo que hoy es; alguien que en su día, atraído por la musicalidad de las lenguas extranjeras, estudió inglés y trasteó con el francés, el alemán y el ruso, pero que en su CV actual sólo menciona el primero por ser el único que maneja hoy en día con cierta soltura; alguien con aptitudes para la formación y que las ha empleado para enseñar a un buen puñado de teleoperadores, pero que carece del reconocimiento como tal. En definitiva, un aprendiz de todo, pero un maestrillo de poco. Analizando ofertas de empleo, he cobrado conciencia de que una formación y una experiencia generalista como lo son las mías son un lastre del que, sin embargo, no me puedo desprender a estas alturas y del que, para ser honesto, tampoco querría.

Por otro lado está la lección aprendida durante estos dos últimos años, que me hace enfocar mi futuro laboral desde un punto de vista diametralmente opuesto al que tenía entonces. Es curioso cómo le cambia a uno la perspectiva cuando el cuerpo decide advertirte de que la senda por la que avanzas no es la correcta. Porque en sentido metafórico, durante ocho largos meses, yo le fui infiel a Nuria, dejé prácticamente abandonados a mis hijos y me engañé a mí mismo. Me volqué de tal manera en un trabajo en el que no disfrutaba que estuve a punto de olvidar lo que realmente importa. Fue mi cuerpo, que es mucho más sabio que yo, quien hizo sonar la alarma de incendios. Cierto es que me ha hecho pasar por un calvario que, aunque con menor sufrimiento, aún recorro. Pero debo dar lo sucedido por bueno, que esto que me ha pasado sólo puede acarrear consecuencias positivas para mí y para los míos, ya que ahora deseo otras cosas en lo que al trabajo se refiere. Quiero disfrutar de mi empleo, no sufrir por él, aunque eso repercuta en mis emolumentos. No quiero tener que atravesar todo Madrid para llegar a mi lugar de trabajo, como llevo haciendo toda la vida. Quiero que mi tiempo libre sea mío y no un préstamo sin contraprestación que le hago a quien me pague. Quiero mis fines de semana y festivos libres para disfrutar de los míos. Quiero levantarme cada mañana con ilusión y no con el desánimo que me acompañaba a la Avenida de Burgos en aquel entonces. Salud mental, no sólo física. Quiero vivir, no sobrevivir. Sería un completo ingenuo si creyese que voy a conseguir en mi próxima ocupación todas esas cosas, pero ese es mi punto de partida y por el que lucharé. Pero en la línea de lo que trataba, de esos "y sin embargo" a los que hacía referencia y entre los que resaltaba el asunto de mi fecha de nacimiento, esta nueva perspectiva que la enfermedad me ha proporcionado complica también las cosas bastante.


Y por último, para alguien como yo y en este momento de mi vida, hay un hándicap adicional. Para los que son, por ejemplo, sanitarios, abogados o arquitectos, que tienen títulos y experiencia en esos ámbitos, parece claro hacia qué mostradores deben dirigirse para solicitar un empleo. Pero, ¿y yo? ¿Qué soy? ¿Qué se me da bien? Mi currículum habla de alguien, obviando titulaciones, que posee un importante bagaje en la gestión de personas en el sector del telemarketing. Siempre me ha producido una intensa satisfacción señalar a un grupo de personas la dirección a seguir y acompañarles, como uno más, hasta la meta. He disfrutado mucho siendo un referente para ellos, aclarando las dudas que pudieran surgir, asesorando a quien lo precisase ante situaciones conflictivas, defendiendo sus intereses, escuchando sus sugerencias, peleando junto a ellos en el fragor de la batalla diaria. No puedo obviar que me siento cómodo y feliz en esa posición. Pero, ¿regresar al mundo del telemarketing? Se me hace bola cuando recapacito sobre ello. La exigencia que recae en ese ámbito hoy en día sobre los mandos intermedios, como lo he sido yo, es cada vez mayor. Excede ya a la labor de dirigir un equipo que tantas alegrías me ha dado e incluye actualmente otras muchas gestiones que te apartan de esa misión principal: elaborar informes, planificar horarios, seleccionar personal, preparar formaciones, reunirte con proveedores y clientes. Fue la acumulación de ese tipo de tareas y la frustración por no poder atender adecuadamente a quienes de ti dependen lo que me generó el estrés que me terminó por romper. No deseo volver a pasar por lo mismo de nuevo. ¿Intentar volver al punto de partida? ¿Empezar de cero, siendo uno más del equipo en vez de su coordinador? Aunque me atrajese la idea, que no lo hace en exceso, por mi experiencia sé que suscita muchas sospechas entre quienes seleccionan al personal que alguien que durante toda su carrera profesional ha liderado, quiera situarse en el escalón más bajo de la jerarquía. La idea que quizá más me atrae en este momento es la de probar algo diferente, algo que no haya hecho antes, algo que nada tenga que ver con las labores que hasta ahora he desempeñado. Pero me topo aquí también con un muro difícil de derribar: el de la especialización. Incluso para mozo de almacén, barrendero u operario de fábrica te piden una experiencia previa demostrable de la que carezco.

Siempre hemos bromeado en casa con que tengo vocación de ama de casa. Bueno, realmente bromean los demás, dado que a mí no me parece cosa baladí. Me apasiona administrar un hogar. Atender las labores domésticas es una de mis más arraigadas aficiones, especialmente todo lo referido a la cocina, y encuentro sosiego en vigilar la economía doméstica al tiempo que limpio los baños y escucho pacientemente las cuitas de mis hijos. Lo que hacían nuestras madres allá por los setenta, vamos. La pena es que lo de ser ama de casa no esté pagado. No tendría inconveniente de lo contrario en calzarme el delantal, ponerme a José Luis Perales en el altavoz bluetooth cantando "¿Y quién es él?" y esgrimir la fregona por toda la casa cual D´Artagnan con su florete en los Campos Elíseos.



Bromas aparte, en este brete ando estos días, escudriñando a la vez en mi interior y en el mercado laboral a la búsqueda de esa oportunidad que me permita rehacer mi vida, sin excesivas ambiciones -ya no es tiempo para ello- pero con el compromiso y la entrega que creo que siempre me ha caracterizado en todas las tareas que he acometido y con la ilusión intacta de poder ser útil a los míos. No va a ser fácil. Mi futuro se volvió incierto desde el día en que la neuralgia postherpética llegó para quedarse a mi lado y así sigue hoy en día, pero tengo la confianza de que en cualquier momento seré capaz de revertirlo. Y si Dios quiere, todos lo veréis.
 


sábado, 16 de septiembre de 2023

Elemental, querido Watson

Ardía en deseos de que se publicara "El problema final", la última novela de Arturo Pérez-Reverte. Esta no era como mis anteriores primeras veces con las distintas historias que el autor cartagenero había compartido con sus lectores durante las últimas tres décadas. Por decirlo de una manera poética, venía sintiendo mariposas en el estómago desde que se anunció antes del verano este nuevo lanzamiento. Suelo aguardar sus relatos con impaciencia, pero con este en concreto eran tan grandes las ganas que incluso me tentó la idea de presentarme a primera hora de la mañana en la puerta de la librería más cercana y comprar el libro en papel el día de su salida al mercado, como hacía en los tiempos en que los dispositivos electrónicos de lectura eran tan sólo un prototipo. Aparte de mi declarada admiración por su literatura, en este nuevo proyecto ya adelantó en alguna entrevista que el argumento giraría en torno a uno de esas figuras literarias únicas y universales que me acompañaron en las tardes lluviosas de los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia: Sherlock Holmes. Nada más y nada menos. Un nuevo giro de tuerca en el variado crisol que conforma la producción novelística del escritor, miembro de la Real Academia de la Lengua Español, vilipendiado por muchos y venerado por otros tantos. Desde el Club Dumas y el Capitán Alatriste, pasando entre medias por la batalla de Trafalgar, la Reina del Sur y la revolución de Pancho Villa, hasta llegar al 221B de Baker Street.


Aunque los personales trazos del autor son fácilmente identificables en cada uno de los capítulos que componen la historia y aunque el personaje principal guarda grandes similitudes con los clásicos "héroes cansados" que pueblan su obra, por momentos tuve la extraña sensación de no estar leyendo realmente a Don Arturo, sino de nuevo a Sir Arthur Conan Doyle, el creador del celebérrimo detective y de su ayudante, el doctor Watson. Han pasado por mis manos otras recreaciones de estos personajes y aún tengo alguna pendiente de leer, como es "Estudio en negro", de José Carlos Somoza, pero hasta la fecha ninguna de ellas había logrado retrotraerme al universo holmesiano y al género de la "novela-problema" de manera tan contundente. No sólo he recordado relatos concretos de las aventuras del investigador londinense, sino que han regresado también a mí otras historias cumbre de la literatura detectivesca de finales del XIX y principios del XX, especialmente las de Gaston Leroux y Maurice Leblanc, a los que, aunque de soslayo, también se hace referencia en "El problema final". Puede ser en cualquier caso que la alta estima en que tengo al otrora corresponsal de guerra y a su obra literaria distorsione la impresión que otros puedan llevarse a leer esta novela, pero en cualquier caso estoy convencido que los que en su día disfrutaron del sabueso más famoso del género como yo lo hice, encontrarán entre sus páginas entretenimiento en abundancia y misterios de sobra que resolver.

Como aficionado al cine que se tragaba todas aquellas películas clásicas que echaban en la 1 los sábados después de comer, he disfrutado además como un cochino en una porqueriza con las numerosas referencias y las curiosas anécdotas verídicas sobre aquel Hollywood dorado en el que campaban a sus anchas los Gary Cooper, Laurence Oliver, James Stewart, Grace Kelly o Greta Garbo, entre otros. No revelaré a cuento de qué se mezcla a Sherlock Holmes y su leal Watson con todo ese elenco de artistas excepcionales que dieron vida a algunos de los personajes más emblemáticos de la historia del cine, simplemente os animo a que os sumerjáis también vosotros en la novela para descubrirlo y quizá disfrutarlo tanto como yo.

La lectura de "El problema final" ha avivado un propósito que he ido postergando durante muchos años. Yo acostumbraba a releer libros, algunos hasta cuatro o cinco veces. No era extraño dado que, aparte de los que por mi cumpleaños y en Navidades me regalaban, pocos más caían en mis manos. Las bibliotecas de Móstoles no estaban tan bien surtidas como lo están hoy, no existían, como ya he señalado antes, los ebooks y comprar libros era algo que mi economía no siempre podía permitirse. Y yo era un ávido lector, así que no me quedaba otra, para alimentar mi hambre lectora, que regresar a aquellos que ya había leído y que, de una manera u otra, me habían impresionado. Dejé de hacerlo a medida que el acceso a las novedades literarias fue haciéndose más sencillo. Ahora siempre hay algo nuevo al que hincarle el diente. Sin ir más lejos, en mi Kindle me esperan ahora mismo un centenar de libros publicados en los últimos tres años. Retornar a Sherlock Holmes no sólo ha despertado en mí las ganas de volver a sumergirme en aquel mundo victoriano en el que transcurren sus aventuras e intentar de nuevo resolver los crímenes que Conan Doyle ideó, sino también encontrarme de nuevo con otros relatos y aventuras que marcaron mis años más jóvenes, así que ya he descargado en mi dispositivo algunos libros como "Miguel Strogoff", "Historia de dos ciudades", "Ivanhoe", "El conde de Montecristo" o "Los miserables"Y para empezar a cumplir este capricho y sin más demora, me he embarcado ya en una recopilación maravillosa, con comentarios aclaratorios y multitud de notas a pie de página, titulada "Todo Sherlock Holmes". El reto promete, puesto que no sólo recopila en más de mil páginas todo lo que Sir Arthur escribió teniendo como protagonista a nuestro detective, sino que a parte de una introducción sumamente amena sobre todo el universo holmesiano, a cada relato le acompaña un pequeño estudio que realiza oportunas aclaraciones sobre la historia en cuestión.

Podría haber empezado a releer mi pasado con el "Drácula" de Bram Stoker o con "Los hijos del capitán Grant", de Verne, por poner un par de ejemplos, pero no, no podía ser de otra manera tras la experiencia de estos últimos días. El cuerpo me pedía regresar a Holmes cuanto antes y ahí ando, dichoso de regresar al Londres del inspector Lestrade, el profesor James Moriarty y la fatal Irene Adler, enfangado ya hasta las cejas con un "Estudio en escarlata", pasmado de nuevo ante las sagaces deducciones del más famoso detective literario de todos los tiempos: Sherlock Holmes. 

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: las lesiones

Por propia experiencia sé que, como padre, da lo mismo el momento de la temporada en que tu hijo se lesiona. Que el sufrimiento por lo que supone para él a todos los niveles es el mismo ocurra en un amistoso de pretemporada o en un encuentro de playoffs. Y mucho más cuando hablamos de cantera y no de profesionales. Pero el pasado fin de semana no pude evitar sentir mucha rabia por ese chico nuevo del equipo de Marcos, Iker, recién llegado este año desde Fuenlabrada, trayendo consigo, por lo que he podido observar y por lo que mi hijo me cuenta, toneladas de ilusión y quintales de buen rollo, que se ha partido la tibia en un desgraciado lance del juego durante el primer amistoso de la temporada. Por lo poco que he podido verle entrenar y jugar, posee la planta y la actitud de esos chavales que siempre hacen falta en los equipos, esos que se ofrecen siempre, que arriman el hombro en las ayudas y que no hacen un mal gesto si los compañeros no se la pasan o si fallan. Sobrado además de clase, aunque no pueda afirmar, por haber sido escaso el tiempo que le he observado en cancha, su capacidad anotadora o su madurez para la toma de decisiones. Creo que ha sido la jugada en directo y en baloncesto base que más escalofríos me ha provocado en estos casi nueve años que llevamos metidos en este mundillo. Un mal giro, cada pierna para un lado, un movimiento antinatural, una caída dura. Confiábamos que fuera sólo un esguince, pero al final se confirmó que no había tenido suerte: rotura, operación urgente y vete tú a saber cuándo podrá volver con sus compañeros, con los que ni siquiera ha podido debutar en liga. De momento, en torno a tres meses. Y esto en un amistoso. Mierda. Muy mala suerte.


Se lamentaba mi hijo Marcos porque - y cito - "es un chaval cojonudo y además me encanta que sea él quien me defienda en los entrenamientos, me exige mucho más que otros, me hace mejor jugador". Y que "algo vamos a tener que hacer para animarle". Le di varias ideas. El tiempo dirá si las buenas intenciones se quedan en agua de borrajas, como a veces ocurre con los adolescentes, si le secunda el grupo en sus propósitos y si entre todos maquinan alguna sorpresa que pueda proporcionar a Iker algo de aliento, ya que en estos bretes, desgraciadamente, poco más se puede hacer.

Las lesiones son parte de la vida del deportista. Quien practica cualquier deporte sabe que el porcentaje de posibilidades de que, tarde o temprano, deba parar su actividad por problemas físicos es alto. También los padres lo sabemos y vivimos con ese miedo. El de que se den un mal golpe o se hagan daño. Este amistoso lo vimos a pie de cancha, ya que se disputó en el gimnasio de un colegio de Las Rozas sin gradas y sin demasiado espacio en las bandas y fondos entre los espectadores y el juego. Para los que ya dejamos muy atrás esa edad mágica de los quince y dieciséis años, o al menos en mi caso, resulta sobrecogedor vivir tan de cerca la intensidad de los contactos, la agilidad inherente a los movimientos que los chicos ejecutan, la velocidad y coordinación con la que se desplazan sobre el parqué. Me resultó espeluznante ver todo esto tan de cerca en un partido que fue además bronco, posiblemente por las ganas que los componentes de ambos equipos tenían de volver al cara a cara, a la competición de alto nivel. Viví el encuentro con miedo a que se hicieran daño, como efectivamente y por desgracia ocurrió. Antaño yo también estuve ahí, aunque fuese practicando otro deporte, y seguramente yo me empleaba con tanto arrojo y contundencia como lo hacen hoy ellos, mis hijos y sus compañeros, pero entonces no tenía conocimiento de todo lo que podía sucederme en un choque o una caída. La inmortalidad es un concepto que rara vez cumple la mayoría de edad. Pasé miedo, repito, y se me heló la sangre al ser testigo de la desgraciada jugada.


En los días posteriores, mientras se iban sucediendo las noticias sobre el alcance de la lesión, el resultado de la operación, el estado de ánimo del muchacho o el tiempo previsto de recuperación, estuve recordando las ocasiones en que mis hijos han tenido que lidiar con la frustración de no poder hacer aquellas cosas que su edad les demanda y en las que nosotros, como padres, nos hemos visto obligados a combatir la impotencia de no poder de alguna forma ahorrarles el mal trago o, en su defecto, hacer algo para acortar los plazos de sus recuperaciones. El mayor, Sergio, tuvo la fortuna de no tener que verse en una situación así durante muchos años, hasta que en Junior se rompió el astrágalo no una, sino dos veces, y se perdió prácticamente toda la temporada. Cosas del azar, pero también posiblemente de no curarse bien, de dejarse arrastrar por la impaciencia y volver a la actividad antes de lo que habría sido recomendable. Tal vez una semana más de reposo tras la primera lesión habría evitado la segunda, ¿quién sabe? En el caso de Marcos, si bien no ha habido nunca esguinces, fracturas o roturas, hemos vivido siempre con el alma en vilo. Es un chaval de complexión delgada, aunque está, como dice él en tono jocoso, "mazado", pero el caso es que se enfrenta cada fin de semana a chicos que pesan diez o quince kilos más que él, lo que a mí en concreto hace que se me encoja el corazón en cada encontronazo en el que se ve implicado. Fruto de un lance del juego sufrió una lesión en la espalda que le obligó a pasar un verano entero con un corsé que le provocaba picores, le hacía sudar profusamente y que nos hizo temer, en base a lo que los traumatólogos nos decían, que tuviera que dejar el deporte o que, al menos, se pudiera ver forzado a cambiar de actividad por otra que no incluyera saltar ni forzar la parte lastimada. Por suerte, parece que se recuperó bien de aquello y pudo regresar a las canchas sin demasiados sustos y percances. También ciertas molestias de las que se comenzó a quejar después de aquello terminaron con sus huesos en la consulta del cardiólogo. Una vez más ese temor a que no pueda volver a practicar deporte, más poderoso si cabe que al que tenemos de que un día le ocurra algo como lo que le ha pasado a su amigo Iker. Siguen estudiándole, aunque por el momento parece que todo está en orden. Pero sobre Marcos, o más bien sobre nosotros, sus padres, ha sobrevolado siempre, desde que se rompió la tibia (como su compañero) en un castillo hinchable a los dos años de edad, la incertidumbre, el miedo a que algo le aparte de este deporte por el que siente una pasión pura y real.

No podemos pedir a nuestros hijos, a partir de cierta edad, que jueguen con cuidado. O podemos intentarlo, pero demos por sentado que les entrará por un oído y les saldrá por el otro. La competición, el afán por explorar sus límites y la satisfacción por superarlos van unidos a su naturaleza de adolescentes. Nada podemos hacer para impedir que se lancen a la cancha buscando sus minutos de gloria, pero sí es nuestra obligación tratar de garantizar que practiquen su deporte favorito con unas mínimas medidas de seguridad y, sobre todo, estar a su lado para sostenerles o levantarles cuando, como en el caso de Iker, se caigan.

¡Ánimo, chaval! ¡Te esperamos para la segunda fase!



lunes, 11 de septiembre de 2023

Las brumas de la desmemoria

Es por lo general mi padre quien le lee pacientemente a mi madre las entradas de este blog. Me consta que se asegura, antes de hacerlo, de que lo escrito por mí no la altere o la desanime en exceso. Imagino que habrá restringido ya en estos últimos meses alguna de mis reflexiones más personales, tal y como se ha vetado en su casa desde hace tiempo cualquier programa televisivo, serie o película que no la haga sonreír. Y es que mi madre, hoy en día, tiene los sentimientos a flor de piel y todo se dispara cuando algo triste o trágico ocurre en su presencia. En general se encuentra tranquila y mantenemos con ella conversaciones normales la mayor parte del tiempo, pero cuando algo la inquieta o angustia, todos los síntomas que padece se agravan. Este de hoy es uno de esos escritos que a buen seguro no le leerá, ya que es de ella, o mejor dicho, de lo que verla envejecer me hace sentir, sobre lo que hoy quiero escribir.

Resulta descorazonador. Rebusco en el léxico que he ido atesorando a lo largo de mi vida con mis lecturas y mis estudios y seguramente existirá alguna palabra más adecuada para definir lo que todos pensamos, incluida ella misma, al observar la rapidez con la que se han ido deteriorando tanto su aspecto físico como su capacidad mental. Pero por más que escarbo en mi vocabulario no logro encontrar una palabra más apropiada que la de "descorazonador". "Cruel" me tienta también mucho, ya que se adapta con precisión a la rabia que se adueña de mi madre cuando es consciente de sus propios despistes y olvidos y a la impotencia que nos invade a los que la queremos al ser testigos directos de su empeoramiento gradual, especialmente la que padece en silencio quien hasta ahora ha asumido, como no podía ser de otra manera, el rol de cuidador principal: mi padre, que a sus setenta y siete años está realizando un trabajo psicológico inconmensurable y a quien no puedo dejar de elogiar una vez más por su paciencia y su saber estar. Me convence más, a pesar del sádico sufrimiento que provoca esta enfermedad en todos nosotros, el término "descorazonador". Que produce desaliento y tristeza. Que quita el ánimo. Que ensombrece el corazón. Todas esas cosas y muchas más.

Aunque parezca mentira y a pesar de visitar todas las semanas a distintos especialistas, no se ha emitido aún un diagnóstico clínico oficial. No se la considera todavía a nivel médico una paciente de Alzhéimer, de demencia senil o de cualquier otra patología que presente esta clase de síntomas. Pero da lo mismo realmente ya que lo que diferencia a unas de otras son matices que tan sólo importan a los doctores que la tratan. Para los que estamos cerca de ella hay pocas diferencias. La conclusión en cualquier caso es la misma: el cerebro de mi madre se comienza a perder en el cenagoso pantano de la desmemoria y en el proceso, debido a la ansiedad que la genera percatarse del desangelado lugar hacia el que parece dirigirse inexorablemente, quema calorías y pierde peso a un ritmo imparable. Toda la ropa comienza a quedarle grande, la piel del cuello y los brazos comienza a colgar sin carne a la que fijarse, las arrugas se reproducen cual conejos, la piel se vuelve tan fina como el papel de fumar. También esa angustia que le genera saberse tan vulnerable provoca que inconscientemente su cuerpo se comporte de manera errática: le tiemblan las manos con ferocidad cuando se pone nerviosa o mueve los labios cuando te escucha como si pretendiese repetir o grabar en su memoria lo que tú la estás diciendo. Su seguridad en sí misma y su autoestima se ven también mermadas: ya no confía en su escritura, camina sin apenas levantar los pies del suelo y lo hace dando pasitos muy cortos y no se atreve apenas a ir a ningún sitio, ni siquiera dentro de su propia casa, si no es del brazo de mi padre. Se cae y se desorienta con demasiada frecuencia. Descorazonador. Para todos, pero sobre todo para ella. Esta fase de la enfermedad es una tortura para el paciente, más que para los que compartimos con ella esta etapa del recorrido, dado que todos los días te roba un poco más de ti mismo por mucho que te esfuerces por evitarlo.

Y sin embargo, ella no deja de resistirse a lo que ahora mismo parece inevitable. A veces pelea con desesperación, como cuando se enfurece porque olvida cómo ejecutar alguna acción básica, pero también con sentido del humor. Resulta por el momento relativamente sencillo sacarle una sonrisa. Y ella intenta también que los demás rían en medio de este páramo de desconsuelo en que nos hallamos varados. Aunque a veces repita los mismos argumentos y las mismas preguntas, aunque se obsesione con un tema hasta tal punto que haga virar de manera insistente cualquier conversación hacia ese asunto que no puede sacarse de la cabeza, aunque en ocasiones pierda el norte y se olvide incluso de cómo se encendía el microondas. Busca con timidez recibir un abrazo y persigue el darlos ella también. Creció rodeada de cariño y siempre fue ella pródiga y generosa para regalar afecto. Siempre ha procurado que a su alrededor todos, incluso los que menos méritos para ello hicieron, se sientan queridos e importantes. El amor ha sido siempre su ancla, el que recibe y el que concede. Se le ilumina la cara cuando les visitamos, algo que intentamos que se produzca con la mayor frecuencia posible. Conversar y seguir relacionándose con los demás es una herramienta indispensable para mantener como aliada durante algo más de tiempo a la cordura.

Las brumas de la desmemoria están comenzando, sin embargo, a ensañarse con ella. La intentan cercar, pero ella no baja los brazos. Aplaudo su valentía. Es un consuelo menor, una pequeña victoria, aunque sepamos, por la experiencia previa con mi abuela, lo que nos espera. Ella continua buscando resquicios por los que escabullirse y burlar así al olvido. Y nosotros la ayudaremos a encontrarlos mientras se pueda. No perdemos la esperanza, pero estamos preparados para ese "y tú, ¿quién eres?" que probablemente un día llegará y que con total seguridad nos hará comprender realmente el legado que nos deja y lo mucho que la echaremos de menos cuando eso ocurra.




jueves, 7 de septiembre de 2023

Por poco no lo conté

Creo que una vez estuve a punto de morir. Si no estoy completamente seguro de ello es porque a veces el paso del tiempo distorsiona los recuerdos. Por eso, cuando visitamos un lugar al que no regresábamos desde niños, todo nos parece más pequeño de lo que recordábamos. No es sólo debido a la perspectiva desde la que contemplábamos el mundo, encerrados en un cuerpo diminuto aún por desarrollarse, sino porque la memoria es volátil y traviesa, se queda sólo con aquello que considera útil o relevante y lo moldea según la importancia que le otorga. Más de treinta años después de aquel suceso, dudo si mi subconsciente no estará jugando conmigo y lo que ocurrió fue en realidad para tanto. Pero sí sé que fui un irresponsable y que aquello pudo haberme costado la vida.

Veraneaba todos los años Miguel, mi mejor amigo de entonces y durante dos décadas, en un camping en el Lago de Sanabria y pugnamos aquel verano, él con sus padres y yo con los míos, porque nos permitieran irnos los dos solos a pasar allí unos días, antes de que se le uniera el grueso de su familia. Creo que las negociaciones fueron arduas y complejas, especialmente en su caso, pero al final fuimos autorizados a emprender aquel viaje. Nunca me atrajo - y sigue sin hacerlo - esta modalidad vacacional. La había probado unos años antes, siendo aún un niño de no más de doce años, a instancias de mis padres, que nos enviaron a mi hermana y a mí a unas colonias en la sierra donde dormíamos en tiendas de campaña escuchando por las noches de fondo el sonido del río y de la fauna que allí habitaba. Aunque en líneas generales me divertí, me resultó sumamente incómodo dormir sobre el suelo en un saco de dormir, andar siempre espantando a los insectos y tener que estar constantemente quitándome los hierbajos que se adherían a mi ropa. Aunque no me seducía en absoluto la idea de repetir todo aquello, la posibilidad de pasar unos días con mi amigo, alejados de nuestras familias y viviendo a nuestro aire, pudo finalmente más que todas las objeciones que me argumentaba a mí mismo.


Me impresionó notablemente aquel lugar desde que montamos la tienda y nos acercamos a la orilla a remojarnos. Poseía una belleza majestuosa que me dejó sin habla. Recorreríamos durante los siguientes días la zona a través de algunas rutas que Miguel conocía, permitiéndome disfrutar de unas vistas aún más espectaculares de aquellos parajes que con tanta elegancia retrató en su día Miguel de Unamuno en su novela "San Manuel Bueno, mártir", que casualmente me mandarían leer el curso siguiente en el instituto. Aquel sitio era, sin lugar a dudas, uno de los más hermosos que a lo largo de mi vida había podido contemplar.

Permanecimos allí los dos solos durante cuatro o cinco días, perdiéndonos por el monte, bañándonos en las aguas del lago, cocinando nuestra propia comida, jugando a las cartas y debatiendo por las noches sobre lo divino y lo humano, bajo una alfombra de estrellas, en un chiringuito muy coqueto cercano al lago que hacía negocio a costa de los turistas, por entonces aún escasos, mientras bebíamos cerveza o sidra.

Llegado el día, hicieron acto de presencia en el camping los padres, hermanos y primos de Miguel y nos propusieron ir aquella noche a un bar de copas para la gente joven que se encontraba también muy próximo al lago. Creo recordar que se llamaba Los Pitufos. Anduve hasta el amanecer, bailando, bebiendo y tonteando con una de las primas, incursión amorosa en la que fracasé estrepitosamente porque ni un beso la robé, pero entre unas cosas y otras la noche se me fue en un periquete. Miguel y su hermano desaparecieron sin que yo me percatase en algún momento de la noche y se fueron a las tiendas a descansar. Por la mañana, habiendo ya desayunado generosamente pero sin haber dormido yo nada, propusieron darnos un baño en el lago. Entre broma y no broma alguien sugirió intentar cruzar a nado de una orilla a otra. Mi amigo Miguel, que siempre ha sido un tío más cabal y prudente que yo, calificó aquello de locura y logró disuadir a todos los que con nosotros estaban, pero a mí, bastante más acostumbrado que él al esfuerzo físico, me pareció un desafío seductor. Supongo que algo influiría también que la prima a la que yo había estado cortejando anduviera, tan ojerosa como yo, por allí cerca. El caso es que me lancé al agua con el firme propósito de impresionar a todos.

He comprobado, mientras redacto estas líneas, la distancia que pretendía recorrer a nado tras una noche de jarana y debo admitir que me vine muy, muy arriba: un kilómetro y medio, es decir, treinta largos de una piscina olímpica. Ni siquiera estoy seguro de que lo hubiera conseguido en condiciones normales, dado que no era la natación la especialidad deportiva que más practicaba en mi vida diaria, así que os podéis imaginar cuál fue el resultado.


Tuve suerte. No sé si había recorrido un trecho muy corto cuando los calambres comenzaron a castigar mis músculos o si el hermano de mi amigo, algo más joven que nosotros pero ya con el carnet de socorrista en el bolsillo, sospechó lo que podía ocurrirme y se mantuvo alerta por si sus predicciones se cumplían. Nunca había sufrido tirones en ambos muslos y ambos gemelos simultáneamente. Era incapaz de mover las piernas y tan sólo me mantenía a flote, y a duras penas, por los movimientos de mis brazos, que se fueron volviendo cada vez más precipitados y espasmódicos a medida que el pánico se enseñoreaba conmigo. No me preguntéis cuánto tiempo estuve así, ya que en momentos así uno pierde cualquier noción espacio-temporal. No debió ser demasiado ya que no llegué a sumergir la cabeza por completo en ningún momento. Cuando mis fuerzas empezaban a flaquear sentí un brazo rodear mi cuello y tirar de mí con decisión hacia la orilla. Escuché a mi amigo Miguel gritar, no demasiado lejos de mí. Giré la cabeza y le vi a unos diez metros de nosotros, subido en una barca a pedales o una canoa o algo similar, no recuerdo exactamente. Se me hizo eterno el viaje hasta la orilla y posiblemente aún más duro se le haría a mi salvador, que era más bajo que yo. No fue necesario el boca a boca ni ninguna técnica de reanimación, aunque sí masajes para desentumecer las piernas. Una vez recuperado, me llevaron a la tienda y, hasta donde yo sé, el padre de Miguel, hombre severo y riguroso, abroncó severamente a mi amigo mientras yo dormía. También yo recibí, una vez recuperado y despierto, un sermón sobre la responsabilidad que habían contraído ellos con mis padres al llevarme allí y todo lo que podría haber ocurrido de haberme ahogado. No hubo gritos o insultos, pero aún me escuece en la memoria lo imprudente e infantil que aquel discurso me hizo sentir.

¿Quién sabe? Como dije al principio la memoria es juguetona y no siempre podemos confiar en ella. Tal vez haya adulterado mi recuerdo para exagerar o minimizar lo sucedido. Quizá incluya aportaciones irreales que ha agregado a la narración para hacerlo más verídico. A lo mejor ocurrieron más cosas que no superaron su inflexible filtro y el relato está incompleto por haberse perdido en el olvido detalles de importancia en aquel episodio de mi vida. Pero sé que aquello sucedió, que pude haberme ahogado aquel día. Hay cosas que no se olvidan y una de ellas es el miedo cerval que me invadió cuando comprendí que mis piernas no me respondían. Nunca más he vuelto a sentir algo parecido. Y espero no sentirlo de nuevo jamás.


sábado, 2 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: Sergio Usero

Todo entrenador quiere contar en su plantilla con un jugador como él. Alguien disciplinado y con la suficiente capacidad para interpretar el baloncesto que tienes en mente y que deseas que tu equipo despliegue sobre la pista de juego. Alguien que ejerza de ancla, que mantenga siempre su posición y evite que todo se desmorone. Alguien con la ascendencia suficiente sobre sus compañeros para propiciar que todos remen en la misma dirección y que consiga que los demás se exijan más a sí mismos en cada partido y cada entrenamiento. Alguien que no se amilane frente a las adversidades y defienda con rigor y contundencia. Alguien que ayude al conjunto a sobreponerse en los malos momentos. aporte en ataque y de ejemplo a los demás con su esfuerzo. Todo colectivo necesita que entre sus filas haya un tipo que asuma ese rol, el capitán al que todos toman como referencia, el líder que guía con mano firme al grupo hacia la victoria. En Alcorcón Basket 2008, el equipo en el que juega Marcos, nuestro hijo pequeño, lo tenemos, y gran parte de los éxitos alcanzados por el grupo durante todos estos años empiezan y acaban en él: Sergio Usero.


Junto a Marcos y a Hugo Larrey, nuestro Sergio Llull doméstico, él es el único que permanece en el equipo desde que arrancaron en categoría Benjamín, allá por septiembre de 2016, hace ya siete años que, debo decir, se nos han pasado volando viéndoles desarrollarse como personas y crecer como jugadores de baloncesto. Se unió al club procedente del Colegio Arcángel Rafael y ya desde su primer año, con tan sólo ocho primaveras, destacaba en el grupo por su formalidad y por la seguridad con la que afrontaba cada ejercicio, cada reto y cada partido. El hecho de ser tan exigente consigo mismo no implicaba que careciese de habilidades para relacionarse y divertirse con sus compañeros, más propensos que él al despiste y a la travesura simpática en la realización de dinámicas grupales. Más bien todo lo contrario, poseía un don para distinguir perfectamente cuándo tocaba pasarlo bien y cuándo trabajar, y disponía de recursos incluso para ser él quien iniciase, en los momentos que correspondía, el chascarrillo que a todos hacía reír.

Durante los años de canasta mini su personalidad continuó perfilándose en la línea hacia la que ya apuntaba: un chaval con una mentalidad competitiva notable, pero con un control sobre sus emociones en la pista más propia de un tenista de alto nivel que de un niño de su edad. Rara era la vez en que un error o un acierto afectaran a su manera de comportarse en el campo. Como un martillo pilón continuaba realizando la tarea que desde el banquillo se le había encomendado, aunque a medida que iba sumergiéndose en los entresijos de este deporte, fue añadiendo a su repertorio la habilidad de tomar decisiones generalmente correctas frente a los imprevistos, en esos momentos puntuales en que la pizarra deja de importar y priman el instinto y la inteligencia. Daba igual el entrenador que le dirigiese o los compañeros que le acompañasen sobre el parqué. Seguía siendo indispensable para el desarrollo del juego del conjunto y los técnicos de los que tuvimos la suerte de disfrutar durante esos años (Juanpe González y Ángel Santano), que detectaron pronto las fortalezas mentales y físicas de Sergio, le ayudaron con mano firme y afectuosa en su desarrollo, convirtiéndose el chaval, especialmente con Ángel, en la prolongación del míster sobre el campo.


Si tenía una carencia durante esos primeros años, era quizá su escasa aportación en lo referente a la anotación. Defendía, asistía, reboteaba y se fajaba con intensidad y compromiso, pero pocas canastas llevaban su rúbrica. Era un puntal en defensa, pero adolecía de presencia ofensiva. No tenía prisa. Cuando determinó que era el momento de mejorar su rendimiento en ese aspecto del juego, una vez consolidado todo lo demás, se empleó a fondo. Ganó confianza en las penetraciones, en ser él quien asumiese la responsabilidad de ir un poco más allá de lo que de él se esperaba en ataque. También en esa disciplina los resultados fueron llegando y ya en Infantil y en el primer año de cadete comenzó a promediar más de diez puntos por partido, unos datos excelentes para un jugador de estatura media y con mucho margen aún de mejora en el tiro exterior. 

Asumió, cuando le llegó el turno, los galones de capitán del equipo con absoluta naturalidad, la misma con la que acogieron sus compañeros, tanto los veteranos como los que se iban incorporando cada año al equipo, la decisión del cuerpo técnico. Y nadie se ha planteado desde entonces que fuera necesario cambio alguno porque era el mejor capitán de todos los posibles. Los entrenadores que durante estos años han trabajado con ellos, como he dicho al principio, daban palmas con las orejas por tener un tipo así en el plantel.

A pesar de los logros deportivos conseguidos (dos Campeonatos de Madrid y una Final Four Infantil) y su peso en un equipo tan talentoso como siempre lo ha sido este Alcorcón Basket 2008, es uno de los grandes olvidados por la Federación de Baloncesto de Madrid, que dejó de convocarle en Benjamín, junto a otros jugadores del equipo que posiblemente atesoraban méritos y nivel para ello. La verdad es que me da la sensación de que poco le ha importado, y no porque considere irrelevante representar a su Comunidad, sino porque nunca se ha dejado distraer por zarandajas de este tipo. Él se marca otras metas.

Mi hijo siempre sale de los entrenamientos que le han salido bien con una sonrisa de oreja y comentando cual pregonero municipal sus avances, sus jugadas, sus tiros. Hoy no he podido ir a verle a entrenar, pero me llegaban por whatsapp noticias de que lo estaba haciendo muy bien y de que había realizado incluso alguna acción merecedora del aplauso de los presentes, así que le esperaba en casa dispuesto a que me contara al dedillo y entusiasmado sus hazañas. Pero para mi sorpresa, ha entrado en casa cabizbajo y meditabundo, sin hacer ninguna clase de alarde. Cuando le he preguntado, extrañado, qué le pasaba, me ha respondido que no había podido despedirse como le habría gustado de Sergio, su socio durante todos estos años. Y ha empleado esa media hora, que yo pensaba que utilizaría para vanagloriarse de sus acciones hoy en la pista, en compartir conmigo todo lo que va a echar en falta este año con la marcha de su amigo.



Tanto por su actitud en el campo como por la relación con sus compañeros y con los padres que hemos sido testigos de su evolución, se merecía, aunque aún no sea un Juan Núñez o un Baba Miller (y recalco ese "aún"), una entrada en este blog que le hiciera justicia. Y a ello me he puesto, pocas horas antes de que vuele a Canadá para cursar allí el próximo año académico, decisión promovida por él mismo y no por sus padres, amparado en ese afán, como siempre, de ir un poco más allá en su formación personal y deportiva. Deja el equipo, esperemos que de manera temporal, en un momento dulce, a punto de iniciarse una temporada ilusionante por el sobresaliente grupo humano y deportivo que se ha conformado y por los ambiciosos objetivos que se han marcado, pero no me cabe ninguna duda que, cada fin de semana, vestido con la equipación oficial del club, en la lejana Canadá, se dejará la voz animando en la distancia a su Alcorcón Basket y que los chicos seguirán sintiendo su aliento y su presencia en cada jugada.  

¡Buena suerte y buen viaje, Sergio!


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