lunes, 30 de octubre de 2023

El caballo blanco de Santiago

Hoy, mientras escarbaba entre los pliegues de mi memoria a la búsqueda de un esquivo recuerdo de mi infancia que se resistía a ser recuperado, con la intención de utilizarlo en uno de los capítulos de mi novela, me he topado de repente con una pregunta que escuché en infinitas ocasiones de niño y que yacía olvidada en el cajón de sastre de las anécdotas perdidas.

¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?


Eran unos tiempos aquellos en los que la figura de Santiago Apóstol todavía se alzaba como referente social y cultural en el imaginario de una España en plena transición en la que aún resonaban los ecos de aquel imperio, extinguido hacía ya unos siglos, y en que la influencia de la Iglesia católica en los organismos públicos y en el ADN del pueblo continuaba prevaleciendo. Se celebraba en toda España el día de Santiago Apóstol como fiesta nacional y el apodo que se asociaba al santo, el de Matamoros, se utilizaba con orgullo patrio y admiración. Que mi abuelo se llamara Santiago y que a mí me bautizaran también con un nombre tan cargado de historia, hizo que en casa el 25 de julio fuera una fecha muy señalada, y que todo lo relacionado con el Apóstol poseyera un significado muy especial para mí.

Ese ladino interrogante se repetía en muchas de nuestras reuniones familiares. Incluso cuando ya el truco no colaba, siendo ya más mayores, seguía apareciendo de tarde en tarde en nuestras charlas, una especie de consigna familiar bien arraigada. Supongo que se perdió en el olvido cuando la salud de mis abuelos comenzó a deteriorarse, o quizá antes. Es difícil recordar el momento exacto en que un chascarrillo de estas características deja de utilizarse, aunque sí me acuerdo de haber practicado yo la misma jugada en alguna ocasión con mi hijo mayor, Sergio, cuando él no alzaba todavía un palmo del suelo, y de reírme a mandíbula batiente cuando, todo ufano y orgulloso, me ofrecía la respuesta correcta.

La campana sacapuntas de Santiago de Compostela. Me viene también a la memoria ahora, engarzada con el acertijo ya mencionado del caballo de Santiago, ese objeto decorativo que alguien de la familia me regaló en aquellos felices y remotos días de mi infancia. A esa santa ciudad, por los mismos motivos que ya expuse antes y por algunos más que obvié, le atribuía mi bisoña mirada una excelencia similar a la de otras de mayor simbolismo como El Vaticano o Jerusalén. En aquella época en que tan sólo existían dos canales de televisión, la misa del 25 de julio se retransmitía en directo desde la Catedral y éramos testigos fascinados de cómo el botafumeiro se columpiaba de un lado al otro del transepto, esparciendo sobre los fieles el humo provocado por la mezcla de carbón e incienso almacenada en su interior. Era un espectáculo que contemplábamos en medio del silencio reverencial que el acto exigía y de la curiosidad propia de unos niños que no terminábamos de comprender el mecanismo que sostenía aquella monstruosidad recubierta de plata y que la permitía flotar a semejante velocidad. Quizá mis padres puedan corroborarlo, pero creo recordar que mi ilusionada expectación el año que viajamos hasta la capital gallega para conocer la catedral. Significaba algo muy especial, similar supongo a lo que probablemente sintieron mis hijos cuando les anunciamos que visitaríamos Eurodisney. 


Pues tal vez fue en aquel viaje cuando mis padres me compraron el sacapuntas, ahora que lo pienso. Era de color cobrizo, la base un pedestal en cuyo lateral se encontraba el orificio para introducir los lapiceros. Sobre ella los soportes verticales que sostenían el listón metálico del que colgaba la campana. En algún lugar, tengo dudas si en el cuerpo de la misma o en la parte inferior, una leyenda que hacía referencia a Santiago de Compostela. Un sacapuntas que inicialmente usaba al hacer en casa los deberes, ya que no era plan de ir al instituto con el tolón tolón que emitía el badajo al golpear las paredes de la campana, y que finalmente se quedó en el típico adorno que acumula polvo en alguna de las baldas de la estantería. Se perdió en algún momento. O continuará en casa de mis padres, en algún rincón. Vete a saber.

Son curiosas las conexiones que la memoria establece, cómo un recuerdo hace que otros regresen con el ímpetu de lo sucedido ayer mismo, aunque por suerte o desgracia, hayan transcurrido desde entonces cuarenta años que parecen haber, por desgracia, volado.





jueves, 26 de octubre de 2023

Al final... se me rifan

Es que no falla. Las tres veces que me he visto en una situación como la actual me ha ocurrido lo mismo. Supongo que la ley de Murphy es tan infalible como la de la gravedad o como el teorema de Pitágoras. Te puedes pasar meses moviendo tu currículum vitae, confiando que alguna empresa se interese por ti, y no recibir ninguna contestación. Y el día menos pensado, cuando empieza a invadirte el desánimo, suena tu teléfono y ya no deja de hacerlo en toda la mañana y tienes finalmente que hacer el pino puente para cuadrar en tu agenda todas las entrevistas para las que te citan. Es, por supuesto, una gran noticia esta, sarna con gusto no pica, pero te entra un poco de agobio, especialmente cuando llevas alejado del entorno laboral tanto tiempo y temes estropear el negocio sin darte cuenta con una palabra fuera de lugar o una frase poco apropiada. Pero, como supongo que pensará el entrenador de cualquier club grande, bendito problema el tener dónde elegir.


Ahora tengo por delante un par de días en los que deberé tomar decisiones importantes sobre mi futuro laboral inmediato. La última vez que me vi en esta misma encrucijada, aunque sólo lo comprendí meses después, elegí mal. En realidad, es presuntuoso afirmar tal cosa ya que nadie me garantiza que me hubiera ido mejor en los trabajos que rechacé entonces. Quizá todo habría sido aún peor, ¿quién sabe? Pero el caso es que la elección final me reportó pobres beneficios y numerosos disgustos. Confío que estaré más acertado en esta ocasión, aunque no puedo negar que la experiencia previa dejó en mí una huella tan profunda que, aunque lo intento con todas mis fuerzas, noto cómo me condiciona ahora. Esa sutil inseguridad que amenaza con atenazarte y nublarte la razón esta ahí, picoteando mi ánimo.

Tenía mis objetivos claramente definidos, pero ahora se han enturbiado ligeramente al no cumplir ninguna de las ofertas todas mis expectativas. Habría pecado de ingenuo si hubiese creído realmente que iba a presentarse una vacante cerca de casa, con un salario interesante, un horario que me permitiera gozar de una conciliación familiar digna y realizando unas funciones de mi gusto. No lo hice. Supe en todo momento que la mesa estaría coja. Y a pesar de tener esa certeza, siento un leve resquemor. Nada me hace creer que lo mereciese, pero habría estado bien encontrar a estas alturas el trabajo de mi vida, ¿no? Toca ahora decidir si opto por ese contrato que me permitiría trabajar desde casa pero que tiene fecha de caducidad o ese otro que apriori me garantiza una estabilidad indefinida pero que me exigirá atravesar de nuevo cada mañana Madrid. O ese otro con un salario más alto que los demás, pero donde tendré que cumplir un horario endemoniado. O aquel que me ofrece una empresa de prestigio pero en el que intuyo que me tocará de nuevo verme sometido a una presión y un estrés que malditas las ganas que tengo de volver a sufrir.


En fin, son curiosas estas paradojas. Como la de llevar dos meses peinando el mercado, preocupado por no llamar la atención de ninguna empresa, y ahora, a la vista de que en pocos días volveré al mundo laboral, salvo que ocurra un desastre, sentir ya que voy a extrañar ser responsable de las tareas domésticas, tener tiempo de sobra para charlar con mis hijos o para avanzar en mi novela y el caprichoso temor de no haber aprovechado estos meses de asueto adecuadamente. Pero la vida es en sí misma una hermosa paradoja en la que muchas veces no apreciamos lo que tenemos y envidiamos aquello de lo que carecemos y que disfrutan otros. Estoy ansioso por sumergirme en una nueva aventura y a la vez decaído por dejar atrás esta vida de amo de casa en la que tan cómodo - dolores aparte- me he sentido.

En cualquier caso, me siento afortunado. Las preocupaciones que ahora me inquietan en nada se parecen a las que llevo padeciendo desde hace ya demasiado tiempo. Aquellas eran feas y desagradables y estas, al menos, se dejan mirar y, en muchos aspectos, sobre todo en el económico, me aportan una cierta calma y serenidad. 

Ahora sólo queda acertar con la combinación ganadora y regresar al redil del que he vivido apartado durante casi año y medio. Con optimismo e ilusión. Como deben afrontarse todas las cosas.



lunes, 23 de octubre de 2023

Seis vueltas de campana

Hay magia en la poesía, y en estos extraños tiempos en que nuestros jóvenes parecen despreciar la literatura, sólo la música parece ser capaz de agitar sus almas, abrir sus mentes y avivar sus instintos con la misma efectividad que los versos de un poema. Cierto es que no son el reggaeton, la música electrónica, el urban o el trap géneros que transmitan mensajes excesivamente profundos, pero ¿quién es este cincuentón trasnochado para valorarlo como se merece? ¿Tú qué sabrás?, como acostumbra mi hijo quinceañero a decirme cuando le doy mi opinión sobre las canciones que nos hace escuchar en el coche durante los viajes. Porque la realidad es que, tal y como me ocurrió a mí a su edad, la música le tiene atrapado y, tal y como hice yo, ha tomado sin compasión alguna el control de la radio de nuestro Kia Sportage. Yo machacaba a mis padres con los Hombres G, Héroes del Silencio y Bon Jovi y él hace lo propio con los suyos a base de Maka, Quevedo o Cano. Todos los caminos llevan a Roma y como me sucedió a mí con la que mis padres escuchaban, a él le llegará el momento en que la música que a mí me gusta le terminará seduciendo.


A mí últimamente, tal vez para compensar los excesos a los que me veo sometido por los gustos musicales de Marcos, me ha dado por escuchar de nuevo cantautores. A los de antes y a los de ahora. Son en cierto modo los poetas de nuestros días. Juglares que son minoría y que reciben poco apoyo de la industria; no están nunca de moda, pero su estirpe se perpetua. Sobreviven frente a todos los elementos y siempre tienen algo que decir. Y cuando tocan la tecla, la piel del alma se pone de gallina... puede ser una canción completa, que hable de las cosas que sientes pero que no sabes cómo expresar; tal vez sea una imagen que te zarandea y te espabila en un momento de apatía o inseguridad; quizá un simple verso que, en la cuadratura de su perfección, provoca que una sonrisa bobalicona se dibuje en tu rostro o que un nudo se asiente en tu garganta.

Soy más de Sabina, Serrat, Aute... gente que ya comenzaba a peinar canas cuando yo escuché por vez primera Pongamos que hablo de Madrid, Mediterráneo o Rosas en el mar, pero siempre permanezco atento a los que osadamente inician su carrera en este género tan poco agradecido. Y poco importa si su primer disco toca en hueso y me deja frío. Me convierto en su leal seguidor simplemente por su valentía. Y tarde o temprano, crean algo que justifica mi fidelidad hacia su arte.

Viene todo esto a cuento de un verso que escuché el otro día de uno de estos jóvenes (aunque en su caso, ya no tanto) que no habían todavía logrado engancharme. Y es que cuando lo oí, pensé, "¡qué cabrón! Eso es justo lo que yo siento cuando Nuria me sonríe". Creo que hasta ahora ninguno de ellos, noveles o veteranos, había logrado poner en palabras esa polka que mi corazón se pone a bailar cuando la que me acompaña en el camino sonríe y soy además yo el causante de que su semblante resplandezca de esa manera. He intentado cientos de veces describir con mis propias palabras el alboroto interior que me sacude cuando ese sencillo gesto asoma a la balaustrada de sus ojos. Y confieso, tras oír ese fragmento concreto del tema Ángeles, de Marwán, que no, que ni siquiera me había acercado.

Normal es que, cuando me miras, la vida me da seis vueltas de campanas.


Me siento como unos calcetines girando dentro del tambor de una lavadora, como el niño que da vueltas por primera vez en un tíovivo, como el que comprueba que su número de la lotería ha sido premiado. No hay trampa ni cartón, no hay hipérbole o fingimiento en la primavera que florece repentinamente en mi pecho cuando ella me dedica su sonrisa, marca exclusiva de la casa.

Y no, no creo haber normalizado ese pequeño milagro que cada día se produce en mi presencia. Es el regalo con el que nunca me canso de jugar y que sigo recibiendo con la misma fascinación del primer día. Todo lo demás no importa. Lo que me inquieta, se esfuma; lo que me entristece, se vuelve irrelevante; lo que me alegra, queda empequeñecido ante el poder de su sonrisa. Sigue pareciéndome que nadie hay sobre este suelo que pisamos más afortunado que yo.

Ando estas últimas semanas, sin embargo, mendigando ese gesto que me haga dar seis vueltas de campana una vez más. Siento que me falta algo en momentos como estos en que Nuria no encuentra con tanta facilidad las ganas de reír. Y aunque sé que no soy yo el responsable de que esto ocurra, que poco o nada tengo que ver en su actual estado de desánimo, siento como si me estuviesen sometiendo a una tortura inmisericorde. Y tan sólo puedo tumbarme a su lado, compartir el mismo aire que ella respira, acariciar su mano con la mía, que parece dibujar en la suya un grito de socorro, que me sienta a su lado también ahora que las sombras se ciñen sobre su espíritu.

Sé que su sonrisa regresará a mí en el momento más inesperado, y como el padre primerizo que teme perderse el alumbramiento de su hijo, aguardo expectante a que el sol vuelva a salir en su boca para iluminar nuestro camino. Y mientras tanto, escucho a aquellos que, como Marwán, saben poner letra a todo lo que late en mi interior.









jueves, 19 de octubre de 2023

El mordisco del lobo - Cuarta parte

Que lo lamentan, pero que no hay nada más que puedan hacer por mí. Tal es la conclusión a la que la Unidad del Dolor del Hospital Ramón y Cajal ha llegado tras un año aproximadamente analizando y tratando mi caso, regulando mi medicación y, por último, sometiéndome a una intervención ambulatoria mediante la infiltración de una dosis de Enantyum en los espacios intervertebrales con el propósito, ya no de curar, dado que al parecer la ciencia médica no está capacitada para sanar mis dolencias, sino de intentar bloquear en la medida de lo posible y durante un tiempo indeterminado el dolor. Así pues, alta médica en la Unidad, instrucciones para mantener la medicación y esperar a ver cómo evoluciona mi cuerpo. Un "ahí te quedas" de libro. Como en cada capítulo de mi interacción con los integrantes de este departamento médico durante todo este tiempo, puedo entender los argumentos presentado, pero las maneras empleadas me provocan arcadas.


Tras la consulta telefónica de control mantenida esta semana, dos meses después de pasar por el quirófano, se cierne sobre mi ánimo la cristalina sensación de que lo mismo habría dado responder a las preguntas de la doctora constatando que la infiltración había sido un rotundo éxito o que, por el contrario, había supuesto un auténtico fracaso. Es posible incluso que si me hubiese inventado que sus experimentos habían terminado dando con mis huesos en una silla de ruedas o que mi hígado había resultado dañado por los fármacos empleados, las palabras de mi interlocutora habrían sido las mismas. El discurso no habría variado un ápice. La decisión que los especialistas habían tomado en relación a mi caso cubría todo el espectro de mis posibles contestaciones. No me siento decepcionado en absoluto, sino más bien todo lo contrario. Se me hacía bola estar a merced de unos profesionales que casi desde el primer instante me parecieron negligentes y carentes de toda empatía hacia el paciente. Así que si hay un sentimiento por encima de todos los demás en esta coyuntura, es fundamentalmente el alivio de haberme librado de ellos. O de que ellos se hayan librado de mí. Tanto monta, monta tanto... me pesa por Nuria, que fue quien me animó a derivar allí mi expediente tras los buenos resultados que obtuvo ella en su momento. Sé que se culpabiliza por la pésima experiencia que yo he vivido, pero, al haber hecho ella todo lo que estaba en su mano y que consideraba necesario para que yo me recuperara cuanto antes, ¿procede realmente ese sentimiento de culpa? Yo creo que no, que bastante tiene, la pobre.

¿Y ahora qué? Supongo que esa es la pregunta que algunos os haréis y que yo ya me hice hace unas semanas, a la vista de que los efectos de la intervención a la que fui sometido no estaban siendo tan positivos como me habría gustado. Porque el dolor sigue ahí, camuflado si hace buen tiempo o si mi actividad incluye cambios posturales constantes, muy presente y más persistente, en cambio, si el clima se vuelve más frío y lluvioso o si permanezco sentado más de media hora seguida. Más livianos, debo reconocer, en la zona lumbar, eso sí, pero con la misma intensidad en la zona abdominal y costal.

- Ah, ¿que no era sólo en la zona lumbar? - me preguntó sorprendida la eminente doctora en la susodicha conversación telefónica, suscitando en mí un escandalizado estupor que supe disfrazar tras el velo de la diplomacia más elegante que fui capaz de hilar en unos breves segundos.


Olé vuestros chochos morenos, bonitas. Y que me fusilen si la expresión resulta machista en estos tiempos de desatado empoderamiento de la mujer y feminismo exacerbado, pero es que todo el personal del malhadado departamento médico al que confié mi recuperación era del mal llamado sexo débil. Lo mismo me da a lo que suene. Un año hablando del tema y todavía no os habíais enterado. No sé si solicitar para vosotras el paredón o construiros una rotonda en homenaje por haber sido capaces de superar, en este ejercicio de despropósitos y chapuzas médicas, aquello de que el dolor estaba sólo en mi cabeza y de que era yo, en conclusión, quien tenía que curarme a mí mismo a fuerza de voluntad y concentración. Conmigo lo habéis bordado.

Pero en fin, volviendo al tema y dejando de perder el tiempo con reproches y acusaciones que no me llevarán a ningún puerto, ni bueno ni malo, ahora, mal que me pese, me duela mucho, poco o nada, llueva o haga sol, sentado frente a la pantalla de un ordenador en una oficina o cargando cajas en un almacén, la prioridad ya no es curarme o buscar remedios para sentir menos dolor, sino trabajar. Porque la economía de una familia de clase media como la nuestra puede soportar un envite de estas características sólo durante un tiempo determinado. Y en mi caso ese tiempo se ha agotado. Toca hacer oídos sordos a los latigazos que mis terminaciones nerviosas dañadas todavía envían a mi cerebro a diario. Toca ignorar el cansancio y el sueño que me genera no poder dormir de un tirón más de cuatro o cinco horas. Toca echar mano con mayor frecuencia de los medicamentos de rescate que complementan a los que ya de ordinario ingiero para intentar acallar el mordisco del lobo. Toca encontrar a alguien que apueste por mí y quiera contratarme. Y toca también apretar los dientes y guardarme los lamentos ante quienes me quieren porque nada aporta compadecerme de mi suerte frente a ellos.

No puedo evitar sentir cierta rabia, no obstante, cuando navego por Infojobs, Linkedin o Job Today, entre otras plataformas creadas para facilitar la búsqueda de empleo, y comprobar la enorme cantidad de ofertas existentes para personas con una discapacidad declarada. Porque a pesar de que entiendo los argumentos que han esgrimido los distintos especialistas que me han tratado y que justifican que mi dolencia no pueda ser reconocida como merecedora de tal calificación, me resulta terriblemente injusto que otros que lo merecen tanto o más que yo por sus limitaciones, pero que no conviven con el dolor como yo lo hago, sean beneficiarios de unas ventajas a las que yo no puedo aspirar. No pretendo restar importancia a quienes se encuentran en esa situación ni comparar mi incapacidad no declarada con la que a ellos les ha sido justamente reconocida por un Tribunal Médico altamente cualificado, pero, viendo pasar ante mis ojos tantas ofertas de trabajo que me encajarían como anillo al dedo, al menos mientras permanezca atrapado en esta encrucijada, admito que a veces pienso que mejor me habrían ido las cosas, por ejemplo, si hubiese perdido un dedo en vez de sufrir una neuralgia cuya existencia ninguna máquina de Electromedicina puede constatar.



Aquí termina, por lo tanto, mi relación con la Unidad del Dolor del Ramón y Cajal y quedo a merced de lo que el paso del tiempo, el efecto de los fármacos y la capacidad de mi organismo para recuperarse a sí mismo tengan a bien depararme. Y prosigue, muy a mi pesar, mi estrecha relación con ese lobo que, aunque con menor saña, continua clavando en mi costado sus colmillos y que sigue sin querer soltar de una vez por todas a su presa. 

El muy cabrón.

martes, 17 de octubre de 2023

Los grandes musicales

Durante un breve período de tiempo, tal vez un par de años, mi padre trabajó en la ya extinta Guía del Ocio, una publicación escrita que, como tantas otras cosas que en su día nos parecían eternas, acabó desapareciendo de forma abrupta con la llegada de Internet y cuya misión principal era mantener a todos los españoles puntualmente informados, con mayor detalle que el que la prensa generalista proporcionaba, de la oferta cultural y de entretenimiento de la que disponíamos en cada ciudad española. Nuria y yo ya estábamos juntos por aquellas fechas y quiso el azar que, unos meses antes de que mi padre se hiciera con aquel puesto de trabajo, mis suegros nos regalaran entradas para asistir a una representación de Los Miserables en la Gran Vía. Sorprendentemente yo no había leído aún la célebre obra de Víctor Hugo, por considerarla muy alejada de mis gustos literarios de entonces. Esto, unido a las cerca de cuatro horas que duraba la obra, me hizo recibir aquel regalo con una cierta desconfianza, pero con una sana curiosidad, dado que el espectáculo estaba en boca de todos los madrileños y la opinión mayoritaria recomendaba, a todo aquel que pudiera permitírselo, no dejar de verlo. Y lo cierto es que constituyó en mi caso, sin duda, una de las experiencias más intensas de toda mi vida. Nunca había presenciado algo tan majestuoso y emocionante como aquello. Regresé a casa flotando en una nube, reviviendo las escenas que más me habían impresionada y tarareando en voz queda las melodías más pegadizas. Esa misma noche me sumergí por vez primera en la novela. Todavía hoy, casi treinta años después, me sorprendo a mí mismo, mientras me dedico a otros menesteres, canturreando alguno de los temas que componían el libreto de la obra, a la que regresaríamos tiempo después, cuando volvió años más tarde a la Gran Vía, con una compañía distinta y una puesta en escena, a mi parecer, de inferior calidad, pero que hizo que los pelos se me volviesen a poner como escarpias.


Aquella fue mi primera vez. Que mi padre consiguiera aquel empleo en la Gaceta del Ocio posibilitó que pudiéramos asistir, mientras lo mantuvo, a un buen manojo de musicales de manera gratuita y que se avivara mi afición por este género teatral, que no ha disminuido con el paso de los años ni un ápice: Cabaret, El fantasma de la ópera, We will rock you, Dirty dancing, etc. Fueron todas ellas experiencias que viví con entusiasmo y sumo deleite, aunque ninguna logró estremecerme como lo hizo aquella primera representación de Los miserables que permanece grabada con tinta indeleble en mi interior.

Cuando mi padre dejó aquel empleo, habíamos asistido a la gran mayoría de musicales que por entonces se encontraban en cartelera en Madrid. Nuestra vida en común, la llegada de los hijos y los elevados precios de estos eventos culturales nos alejaron de la Gran Vía durante años, aunque logramos encontrar algún hueco y tirar de hucha para asistir a alguna representación teatral de corte más sencillo y precio más económico, como fueron la adaptación de Ocho apellidos vascos o la magistral interpretación de Nancho Novo en El cavernícola, siendo esta última también una revelación para mí, dado que nunca he estado tan cerca de perecer de carcajadas como entonces. También, como se puede deducir, asistimos con los chicos a alguna representación infantil, pero los grandes musicales quedaron aparcados hasta nuevo aviso y nos limitábamos, a lo sumo, a alguna escapada puntual al cine, más del gusto por otra parte de Sergio y Marcos. Fueron desfilando por la escena madrileña nuevos musicales que nos habría gustado entonces ver, pero que se convirtieron en deseos vanos que no pudieron ser cumplidos.

Le regalé a Nuria las pasadas Navidades, no obstante, dos entradas para el de Tina Turner, musical al que yo aspiraba poder asistir, aunque no estaba muy seguro de si mis dolores, que se agravan cuando permanezco sentado más de media hora, especialmente si no dispongo de espacio para estirar las piernas, me permitirían acompañarla. No me preocupaba excesivamente no ser yo su acompañante, ya que mi suegro, ya fallecido, era, al igual que yo, un gran admirador de la artista, y yo sabía que sería también muy especial que Nuria y mi suegra fueran juntas en esa ocasión si yo no podía hacerlo. Al final no me quedó más remedio que optar por esta segunda opción, ya que las molestias continuaban siendo demasiado intensas y todo apuntaba a que, de empeñarme en asistir al espectáculo, iba a disfrutar poco y a sufrir mucho. Me consta que fue una ocasión única para ambas, por hacer juntas algo distinto y por todo lo que removió en ellas escuchar los temas de la Reina en aquel escenario. Me consta que se emocionaron y que derramaron algunas lágrimas en memoria del padre y del marido desaparecido, así que me doy por satisfecho por todo ello, aunque me quedase finalmente sin poder ver el espectáculo, que pocos días después dio por concluido su periplo por nuestro país.



Pero a mí aquello me hizo pensar que debíamos darles a nuestros hijos la oportunidad de vivir la experiencia, aunque sólo fuera una vez, de asistir a un evento de estas características, así que anduve al acecho, como hacía antaño, de la cartelera, a la espera de la obra adecuada y la ocasión propicia. Consideré también, sin necesidad de consultarla al respecto, que a buen seguro a Nuria le haría una particular ilusión verse acompañada por sus tres hombres en una coyuntura de este pelaje, antes de que nuestros hijos se acomoden definitivamente en esa postura que todos en su momento adoptamos de no querer hacer nada con quienes nos han dado, literalmente, la vida. Con estos propósitos en mi ánimo, terminé sacando cuatro entradas para la nueva adaptación de We will rock you en el Teatro Príncipe Pío y fue ese mi regalo por su cumpleaños la pasada primavera. No acogieron con la misma ilusión la ocurrencia, como es de suponer, los chicos que Nuria, pero no dejamos los adultos margen ni siquiera para la protesta o el pataleo, y allá que nos encaminamos por fin el viernes pasado, con muy diferentes predisposiciones, los cuatro. A pesar de la expectación suscitada, no era la de mi habitualmente jovial esposa la idónea, ya que había trabajado la noche anterior, apenas había podido descansar unas horas aquella mañana y venía arrastrando un catarro que mermaba sus fuerzas y también, en consecuencia, enturbiaba sus ánimos; en el caso de Sergio, coronado por una aureola grisácea de aceptación ante lo inevitable, a buen seguro extrañando en nuestra comitiva la presencia de su novia, pero resignado en definitiva a la penitencia de compartir una tarde de viernes con sus padres y hermano en vez de con quien hoy es dueña de su corazón; Marcos, que había sido quien menor interés había mostrado ante la aventura familiar que sin su consentimiento había yo organizado, se mostró seco y huraño hasta que, mientras hacíamos tiempo para acceder al teatro, su madre le concedió el capricho de invitarle a unos cruasanes en Manolo Bakes; y en mi caso, por último, oscilaba mi estado anímico entre el temor a que mis molestias me impidiesen disfrutar de la representación, el ansia por volver a verme como espectador de un musical, más aún con la banda sonora de una de mis bandas favoritas, y la esperanza de que en mis hijos se despertara el mismo gusanillo que con Los Miserables cobró vida en mí hace tres décadas.

El teatro en sí, como instalación cultural, me decepcionó profundamente, dado que era una construcción moderna con más aspecto de salón de conferencias que de cualquier otra cosa. Nuestras entradas estaban situadas en el patio de butacas, cuarta fila, algo escoradas a la izquierda, con buena visibilidad, si bien debíamos mover la cabeza de vez en cuando para esquivar las cabezas de quienes estaban sentados delante de nosotros y poder ver sin perder detalle lo que en escena se representaba. La acústica no era mala, si bien tardamos un par de escenas en lograr comprender en su totalidad lo que los actores declamaban, posiblemente más por la falta de costumbre de nuestros oídos a esos estímulos que por un desajuste relevante en los controles acústicos del equipo de sonido.



En cuanto a la obra, como me ocurrió con Los Miserables, se me antojó más floja esta vez que en la anterior ocasión que tuve la fortuna de presenciarla en directo, bien porque realmente lo fuera, bien porque las segundas veces de algo memorable nunca igualan a las primeras. El argumento era similar, un mundo post-apocalíptico en el que toda la música que se consume es generada por ordenadores, los instrumentos musicales han desaparecido de la faz de la Tierra y donde aquellos soñadores que recuerdan lo que el rock'n'roll representaba son perseguidos por las autoridades y severamente castigados. Las interpretaciones son aceptables, ninguna es gloriosa ni entrará en los anales de la historia, pero tampoco ninguna es reprochable o ridícula. Y lo mismo sucede con el vestuario, la coreografía o la iluminación. Un espectáculo amable en el que la verdadera protagonista es la música del legendario grupo británico.

Dediqué buena parte de las dos horas y media que dura la representación, incluidos los quince minutos de intermedio que aproveché para estirarme y aliviar las molestias que permanecer sentado me provoca, a observar a mis hijos con atención, realmente intrigado por cuáles serían sus reacciones y aunque al principio fueron comedidas, comprobé con regocijo que, a medida que la obra iba avanzando, reían a mandíbula batiente cuando tocaba, movían los pies al ritmo de la música, daban las pertinentes palmas con el We will rock you e incluso se animaron a alzar las manos al compás del We are the champions.

Que esto sea el germen de algo en sus vidas como lo fue en la mía, ya no depende de nosotros, aunque no tengo ninguna duda, si a los escenarios de Madrid regresa el musical de Tina Turner o si a alguien en Broadway se le ocurre la feliz idea de hacer algo similar con la música de U2 o Bon Jovi, ahí estaré yo para intentar enredarles para que me acompañen.








jueves, 12 de octubre de 2023

La vida moderna

Llevo tanto tiempo ensordecido por el ruido a mi alrededor que no sé cuándo dejé exactamente de escucharme a mí mismo. ¿Cuándo fue la última vez que me paré durante un par de horas y me interrogué a mí mismo sobre mis anhelos y mis temores? No es sencillo hacerlo con el ritmo que llevamos. Me pregunto si esta vida es en realidad para mí. Supongo que es un pensamiento lícito y universal al que todo ser humano, en algún momento de su existencia, se enfrenta de un modo u otro. En mi caso creo que no cambiaría a una sola de las personas que me rodean y con las que comparto en mayor o menor medida mi vida, pero percibo que cada día transcurrido adquiere un mayor peso la sensación de que el momento y el lugar en el que existo ahora mismo han dejado de ser los adecuados. Durante muchos años, esta época y esta ciudad han sido el cuándo y el dónde indiscutibles, el tiempo y el lugar en los que yo quería ser y estar. Nunca pasó por mi cabeza renegar de ello. Hasta hace, mes arriba, mes abajo, un año aproximadamente. No logro dilucidar qué suceso propició en mí ese cambio de parecer, qué hizo que la aguja de mi brújula vital enloqueciera, pero fue en aquel impreciso instante cuando comencé a observar y valorar todo lo que ocurría a mi alrededor bajo un prisma muy distinto. Empezó mi barrio a parecerme cada vez más gris y más ruidoso. El clima, año a año, menos benigno. La gente corriente, más distante y más abstraída en sí mismos y en sus dramas personales, menos solidarios, más ausentes. Los transportes públicos, que siempre he utilizado con deleite y satisfacción, más sucios y saturados. La sanidad, masificada por la falta de personal. El pulso de la vida, mucho más desbocado. O que a mí me va costando seguir este ritmo infernal que nos arrastra a todos, queramos o no. Cada vez todo, en definitiva, menos humano. 


Cuando me privan del silencio y me asedian sonidos tan artificiales como el rugir de las motos que pasan por mi calle, el quejido que emite el toldo de la frutería que se encuentra debajo de la ventana de mi dormitorio al alzarlo o al bajarlo, el jolgorio de los chavales que comparten en los vagones de tren con el resto de usuarios sus playlists de trap, urban o reggaeton tronando en sus móviles sin que nadie se lo.pida, cada vez que me veo cercado por todos esos ruidos y otros muchos que conformarían una aburrida enumeración que no viene a cuento, más ganas me dan de salir corriendo o de encerrarme en un zulo con los míos. Cada vez que levanto la mirada de mi libro en la sala de espera del médico y contemplo a todos los que aguardan su turno mirar hipnotizados sus teléfonos en lugar de leer un libro como suelo hacer yo o conversar entre ellos, cada vez que un vehículo no respeta un paso de cebra o se salta un semáforo en ámbar, cada vez que tengo que caminar por las calles principales de Móstoles sorteando como buenamente puedo al resto de viandantes, ciclistas y usuarios de monopatines eléctricos (herramienta diabólica esta) como si estuviera esquiando en slalom por una pendiente plagada de árboles y rocas, cada vez que me encuentro en esas situaciones, más ganas me entran de hacer mutis por el foro y emigrar con los míos a un lugar más saludable y menos asfixiante. Cada vez que voy a comprar aceite o a echar gasolina y siento como un latigazo en el alma cada euro del que me tengo que desprender para poder pagarlos, cada vez que leo en el periódico las últimas ruindades cometidas por el ser humano a lo largo y ancho del planeta, cada vez que solicito una cita para una ecografía abdominal y me la dan para julio del año que viene, cada vez que me suceden estas cosas, me acometen unas ganas irreprimibles de gritar.

Quizá todo esto me pasa porque me voy haciendo más viejo y seguramente también más intolerante y cascarrabias. Tal vez me estoy quedando ya atrás en el devenir de los tiempos. No lo descarto, ya que de vez en cuando mi idolatrada esposa, en cuya opinión deposito gran confianza, me ha llamado la atención un par de veces en las últimas semanas por algunas reacciones malhumoradas que he protagonizado frente a esta clase de escenas que antes entendía como cotidianas y normales y que ahora provocan que se me lleven los demonios. Pero no creo que sea sólo eso, ya que en general observo a todo el mundo, incluida ella, más crispados, más hoscos, más acelerados. Tal vez he entrado en esa fase en la que uno cambia lo de "el futuro es nuestro" por ese otro dicho de "cualquier tiempo pasado fue mejor". O a lo mejor es que objetivamente fue en realidad mejor y esto cada día se parece más a la Rue 13 del Percebe. Un dislate, un disparate que nadie puede contener y que se acelera por momentos. La vorágine que se ha adueñado de nuestras vidas es el monstruo que se escondía en el armario y al que tanto temíamos cuando éramos niños.



Si por mí fuera, empacaría cuatro cosas en una maleta, vendería lo poco que poseo e iniciaría una nueva vida lejos de los tumultos, las carreras y el estruendo de esta vida moderna que nos está engullendo poco a poco. Aunque me seduce la idea de trasladarme allí, no poseo aptitudes para vivir del campo. No necesito probarlo para saberlo. Despierta en mí una sana envidia, amén de un gozo infinito por ella, mi amiga Uge, de la que hablé en su momento, cuando cuelga alguna imagen suya, junto a su actual pareja y sus hijos, rodeados de sus cerdos y sus gallinas, disfrutando de una vida bucólica en un solitario rincón de Extremadura, una vida completamente opuesta a la que llevaba aquí en la ciudad. Pero creo que el campo no está hecho para mí. O sería más exacto decir que yo no estoy hecho para él. Y sin embargo, lo que me pide el cuerpo es acercarme un poco más al medio rural. Una ciudad pequeña, menos desbordada de gente a la carrera y de urgencias inaplazables, con un clima más suave en los meses de calor, donde se pueda pasear y respirar un aire algo más limpio que el que respiramos aquí; un lugar donde uno pueda ir a su trabajo andando y se pueda confiar algo más en el prójimo. Un lugar, puestos a pedir, donde se pueda oler el mar en lontananza.

Pero, a pesar de encontrarme en este momento de mi vida en una situación que podría considerarse idónea para acometer un proyecto de estas características al encontrarme desempleado desde hace ya meses, ¿qué derecho tengo yo a apartar a los míos de sus respectivas vidas en este entorno que a mí se me ha hecho bola pero que a ellos parece complacerles? ¿Quién me creo para alejar a mi mujer de las reuniones con sus amigas, para alejarla de un trabajo en el que se siente realizada, de tener a mano todo lo que ella puede necesitar para engordar aún más la felicidad que los chicos y yo le aportamos? ¿Quién para obligar a mis hijos a abandonar todo lo que ya han empezado a construir aquí: novias, amigos, el baloncesto, sus estudios o sus proyectos laborales? ¿Qué me da derecho a privar a mis padres, en estos últimos años de su vida, de la oportunidad de poder seguir teniendo cerca al menos a uno de sus hijos, a su nuera y a sus nietos? Por todos ellos no me importa postergar mis deseos y mi necesidad de cambiar de aires hasta que lleguen tiempos más favorables. Esperaré a que el viento sople de cara para ver si puedo alejarme de este hormiguero en el que me encuentro atorado y que me hastía hasta límites que aún son tolerables, pero que intuyo lo serán un poco menos a medida que el tiempo vaya pasando.


Al fin y al cabo, aunque cada vez me resulte más complicado llegar a ellos, aún hay lugares donde puedo esconderme, al menos durante un rato, de todo lo que hoy tanto me fastidia. Lugares donde puedo conversar conmigo mismo sin que me importune el estruendo de la vida moderna. Lugares, sin ir más lejos, como este blog.

viernes, 6 de octubre de 2023

Curva de aprendizaje

Sabía que fácil no iba a ser, pero no podía imaginar que me fuera a costar tanto. Que iba a detenerme y a recular tantas veces por el camino. Que llegaría a ser tan exigente conmigo mismo y con lo que de mi pluma sale. Pero no cabe duda de que lo estoy siendo. Cuantos más tropiezos, sin embargo, más me atrae la tarea y más cerca me siento de tocar la tecla adecuada. Por eso sigo intentándolo. Una y otra vez. Todas las que hagan falta. Estoy aprendiendo en el proceso a valorar cada vez con mayor justicia a quienes sí son capaces de, a partir de una idea previa apenas bosquejada, elaborar una historia que cautive a los lectores, crear unos personajes con los que uno pueda identificarse, desarrollar las distintas escenas que harán creíble la narración de unos hechos ficticios y construir unos diálogos lo suficientemente inteligentes como para que los protagonistas den a conocer sus sentimientos y la motivación de sus actos de una manera resuelta e inequívoca. Y todo ello hilvanado de tal manera que al final dejen en quienes les leemos una huella lo suficientemente profunda como para que deseemos leer más de lo que son capaces de crear. En consecuencia, también leo ahora de otra manera. Tanto como antes, por supuesto, pero más despacio, saboreando y no engullendo, descubriendo los trucos que los profesionales de la escritura esconden bajo la manga y emplean con maestría en el momento más oportuno.

Nada tiene que ver escribir una entrada para este blog, una crónica de un encuentro deportivo o incluso un relato corto con montar todo el andamiaje que sostiene a una novela. Eso ya lo sabía cuando me planteé el reto. Era una certeza, no una intuición. Encontrar mi propia voz narrativa no me está resultando tan difícil. Sé cómo quiero escribir y de lo que quiero hablar, y de hecho estoy muy satisfecho con mis avances en esa dirección, pero en lo referente al relato, todo se me desmorona cuando alcanzo puntos cruciales de la trama. Como un castillo hecho de cartulina bajo un aguacero. ¿Hacia dónde voy ahora? Porque si tiro hacia la izquierda, entro en contradicción con lo que dije veinte páginas más atrás. ¿Hacia la derecha? Tampoco porque en ningún caso mi protagonista se comportaría de esa manera. Y aunque no descarto en ningún caso lo escrito hasta llegar a ese cruce de caminos y sigo dándole vueltas aún durante unos días, finalmente queda aparcado porque una nueva idea me viene a la cabeza y no puedo ya librarme de ella hasta que la plasmo en el papel. Y ya estoy liado de nuevo. Vuelta a empezar.

Cientos de páginas, no exagero. Desde que me propuse seriamente escribir una novela, ese es mi bagaje, del que, insisto una vez más, estoy sumamente orgulloso. El problema es que corresponden a nueve posibles historias distintas que mi mente ha engendrado y que se han quedado estancadas en diferentes etapas del proceso. La más extensa de ellas ocupa noventa y siete hojas y la más breve no llega a las veinte. Entre medias, un puñado de narraciones y una legión de personajes que no terminan de desarrollar todo su potencial. Algunas ya con título provisional, otras a la espera de que la bombilla se ilumine. La mayoría orbitan alrededor de las personas, describen sus maneras de enfrentarse a la vida y de relacionarse con sus semejantes. Muchas construidas a partir de pequeños retazos autobiográficos; las menos, fruto de la imaginación. Está en todas ellas muy presente un tema hacia el que inevitablemente termino dirigiéndome: el peso de la memoria, cómo lo vivido en el pasado nos va convirtiendo en lo que hoy somos y cómo nos hace comportarnos ante situaciones extremas en el presente de una determinada manera. Nada nuevo bajo el sol, pero desde mi propia perspectiva y experiencia. Y cuidando mucho el estilo narrativo y el ritmo.

Y aunque es el primer consejo que recibe quien quiera escribir una novela, no puedo resistirme a pensar si gustará a quien lo lea. Me peleo con esa cuestión con cierta frecuencia, aunque sé que no es a los demás, sino a mí, a quien debe satisfacer cada frase que escribo. Y sin embargo, ahí está, rondándome. Supongo que al final lograré ignorarla y que, cuando lo consiga, todo fluirá de una manera más natural.

Como ocurre en cualquier profesión, existe también en la escritura una curva de aprendizaje que nunca termina, ya que uno continúa enfrentándose cada día a nuevos obstáculos y retos que no había previsto previamente. Yo todavía me encuentro, en lo referente a la escritura, en un punto muy bajo de la curva, pero no tengo prisa y me enorgullece decir que cada paso que doy requiere menos esfuerzo que el anterior, que la cuesta cada día me parece menos empinada y que llegará un momento en que vislumbraré a lo lejos la cima. Estoy seguro de ello.

Mientras tanto, seguiré disfrutando de cada cosa nueva que aprendo de esta afición y de mí mismo mientras escribo.



martes, 3 de octubre de 2023

Lo que la cancha nos da: la legión extranjera

Hay quien afirma que toda esta historia empezó con Luka Doncic, que él fue el primero de muchos, aunque yo estoy convencido de que todo esto se inició mucho antes, cuando las fronteras entre países y continentes se abrieron al libre mercado. También aseguran que fue Alberto Angulo, coordinador de la cantera de baloncesto del Real Madrid, con aquella incorporación procedente de Eslovenia al equipo infantil del club blanco, quien abrió las puertas de nuestro baloncesto base a las decenas de serbios, letones, senegaleses, nigerianos, rumanos y demás "chavales" de lejanos países que poco a poco han ido invadiendo nuestras canchas. No me atrevería yo a calificarle de precursor de este desatino, o al menos no sé hasta qué punto se le podría responsabilizar de lo que luego ha ido ocurriendo en nuestro baloncesto. Dicen también que no hay nada que se pueda hacer para detener este fenómeno y, de hecho, por lo que yo observo cada fin de semana en los distintos pabellones de Madrid, el asunto está más que asumido por jugadores, padres, entrenadores, árbitros y por todos los estamentos deportivos de la Comunidad y del propio Gobierno. Unos atribuyen la negligencia a la hora de poner freno a este hecho - o al menos a minimizar su impacto - a la Federación de Baloncesto de Madrid, otros a la Española y otros al Consejo Superior de Deportes. En cualquier caso, el daño (no puedo llamarlo de otra manera) ya está hecho. Y no seré yo quien proponga una solución, ya que intuyo que el entramado legal y los intereses económicos sobre los que se sostiene todo este sistema son demasiado complejos para alguien como yo, que no tengo conocimiento de primera mano sobre ello sino que me baso en lo que leo y lo que escucho. Pero como siempre - y en eso los españolitos de a pie hemos cursado varios máster - me queda el derecho al pataleo.

Entrecomillaba lo de "chavales" porque observando los rasgos físicos de algunos de estos jugadores, especialmente los procedentes de África, uno alberga serias dudas de que tengan la edad que en sus papeles figura. Creo que no supone motivo alguno de discusión a estas alturas del siglo XXI que los hombres de raza negra, por razones principalmente genéticas, suelen desarrollarse más y mucho más rápido que los miembros del resto de etnias. No es extraño por lo tanto que en la NBA, la competición de baloncesto más exigente del mundo, haya muchos más jugadores de color que blancos. Pero, a pesar de todo eso, un niño de trece o catorce años sigue siendo un niño en Madrid, Tokio o Nairobi y hay poco margen para las equivocaciones, aunque el individuo mida más de dos metros y calce un cincuenta. Por no hablar de su actitud sobre el parqué o incluso, si les observas con atención, fuera de la cancha. Durante estos años he visto jugar en categorías cadete, infantil o incluso pre infantil a chicos que difícilmente podían tener menos de diecinueve años. Por el tono muscular, por los rasgos faciales, por los bigotes que lucen, más propios de treintañeros que de púberes en pleno crecimiento, y también por la forma de moverse y actuar en la cancha. También he visto, por el contrario, a otros de rasgos indudablemente infantiles, más largos que un día sin pan, eso sí, pero con la inocencia y el susto todavía bailando un zapateado en sus miradas. Pero lo cierto es que el sistema es un coladero, algo de lo que muchos se aprovechan para su beneficio personal o corporativo. Han proliferado los ojeadores que se recorren el continente africano, incluso los poblados más recónditos, a la búsqueda de la gallina de los huevos de oro que poder vender al mejor postor en Europa. En algunos casos los chavales no saben ni qué edad tienen en realidad, pero no debe resultar difícil, por lo que aquí calificaríamos simplemente como una "propinilla", que algún funcionario firme un documento oficial que certifique que el niño tiene catorce años cuando en realidad ya tiene dieciocho. Y cuando llega a Europa, el país receptor debe asumir que lo que se indica en los documentos es cierto. Algunos clubes de cantera, por supuesto, también se aprovechan de ello, dado que esos jugadores no sólo les ayudan a subir un nivel en lo deportivo, sino que además, si realmente hay buenos mimbres y se hace un buen trabajo con el jugador, pueden incluso obtener un beneficio económico considerable si logran colocárselo a un equipo profesional europeo. Y se benefician también las Federaciones, al menos la de Madrid, cuyo reglamento al respecto es sorprendentemente laxo y prácticamente les autoriza a convocar al recién llegado para defender los colores de la Comunidad sin apenas haber pisado el avión el aeropuerto de Barajas.



El caso de los jugadores balcánicos es diferente, dado que suele haber pocas dudas sobre posibles fraudes relacionados con la fecha de nacimiento y tampoco suelen poseer unas cualidades físicas superiores a las de un Pepe o un Manolo. Si atraen a los clubes por alguna razón es porque, debido a la cultura baloncestística que existe en esa zona del planeta, se trata de jugadores dotados de una técnica exquisita para este deporte y por ello son también un caramelo para quienes han adoptado esta filosofía globalizadora, con la que a quien más se perjudica, por mucho que me quieran vender algunos lo contrario, es a los niños madrileños que disfrutan con el baloncesto y sueñan con llegar a dedicarse profesionalmente a ello. Se me ocurre un ejemplo muy representativo de lo que pretendo explicar. Hace unos cinco o seis años la Federación de Baloncesto de Madrid, en plena polémica por este asunto, tuvo el cuajo de presentar al Campeonato de España de Comunidades Autónomas de categoría cadete una selección en la que tan sólo había tres jugadores nacidos en España. El resto eran todos foráneos, algunos sin llevar ni siquiera en nuestro país tres meses. Creo que nunca me he alegrado tanto de que Cataluña, con doce jugadores de su propia cantera, ganase aquel torneo. Chicos madrileños que llevaban dos o tres años trabajando para ese evento se tuvieron que quedar en sus casas para hacer hueco a otros que, en opinión de la Federación, eran más madrileños que ellos.

Tanto ha crecido el asunto que han nacido nuevos clubes que se hacen llamar Academies o que se han reconvertido y han decidido seguir esta filosofía de anteponer la victoria a la formación. Entre los primeros cabe destacar SBA (Spanish Basketball Academy), plagado de balcanicos, o incluso el recién creado Pablo Laso Academy (también se me ha caído ese mito). Entre los segundos, destacan Torrelodones y Torrejón, que suelen presentar en sus rosters un par de "chavales" de dudosa legalidad. El colmo de este despropósito, si hacemos caso a los insistentes rumores que circularon al respecto, se produjo hace también unos cuatro años en Alcalá, cuando el padre adinerado de uno de los jugadores, decidió que su hijo tenia que ir a un Campeonato de España de Clubes y se trajo, pagándolo de su bolsillo y garantizando a la criatura alojamiento, manutención y estudios, un africano absolutamente dominador para intentar conseguirlo. No lo consiguió. Otro ejemplo: un chico de San Agustín de Guadalix, que hoy juega en el primer equipo de Fuenlabrada y que coincidió en Infantil con Sergio en el Real Madrid en categoría Infantil nos confesó hace un par de años, cuando él militaba en Zentro Basket y nos enfrentábamos a ellos, que menos mal que se manejaba bien con el inglés, ya que si no fuera por eso ni se enteraría de lo que se hablaba en los entrenamientos. 



No se escapan los grandes clubes de la cantera madrileña de este circo. Real Madrid (por supuesto), Estudiantes o Fuenlabrada han entrado también en este juego, aunque en el caso de los dos últimos, imagino que por problemas presupuestarios, parece que han aflojado o incluso han desistido de seguir por ese camino, y vuelven a trabajar, casi totalmente, sólo con chicos españoles. Han sido muchos, no obstante, los clubes que se han resistido durante estos años a esta marea, pero la gran mayoría se ven forzados a competir en Plata y Bronce (Segunda y Tercera División) y los que resisten en Oro, con una filosofía similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol, se pueden contar casi con los dedos de una mano (Canoe, Alcorcón Basket, Alcobendas, Las Rozas o Tres Cantos). Tienen mucho mérito, en esta realidad, esos clubes que, sea en Oro o en Bronce, siguen comprometiéndose con los chavales madrileños y que, incluso los que tienen presupuesto para ello, se nieguen a entrar en esta dinámica y mantengan su compromiso de seguir formando y enseñando a nuestros hijos.

Nos lamentamos luego de que en la ACB, la liga profesional de baloncesto en España, siete de cada diez jugadores sean extranjeros. O de que en el Real Madrid-Barcelona de este pasado fin de semana sólo hubiera, entre los veinticuatro jugadores convocados, ocho españoles y de que tan sólo uno fuera titular. Nos parece sorprendente que tipos con tanto talento y futuro como Juan Núñez tengan que emigrar a Alemania para poder jugar. Nos escandaliza que promesas como Aday Mara, Baba Miller o Izan Almansa opten por abandonar España y probar suerte en los Estados Unidos. ¿Qué esperábamos? Como ocurre en casi todos los ámbitos, sólo reconocemos el talento cuando se aleja de nosotros y amenaza con convertirse en propiedad de otros.

Hay quienes sostienen que esto es positivo para nuestro baloncesto. Que los que lleguen a la Selección Española Absoluta, lo harán más preparados física y mentalmente. Que eso nos permitirá competir a un nivel más alto en los grandes eventos baloncestísticos del planeta. Que la gloria nos espera a la vuelta de la esquina. Está por verse. A nivel nacional salimos ahora de una etapa repleta de grandes éxitos, cosechados precisamente por una generación de jugadores que disfrutaron de la oportunidad de formarse arropados por el sistema tradicional de formación y de competición, donde los recursos humanos y económicos invertidos por el Ministerio y por las Federaciones correspondientes se destinaban exclusivamente a su desarrollo deportivo y humano. El efecto que todo esto tendrá en nuestro baloncesto está aún por determinarse. Por el momento, y durante los pocos o muchos años que me queden de poder disfrutar de mis hijos en una cancha de baloncesto, seguiré admirando la valentía con la que se plantan sobre el parqué frente a tipos que pesan veinte kilos más que ellos y que les sacan tres cabezas. Y lo haré mordiéndome las uñas, desviando la mirada cuando tengan un encontronazo con cualquiera de ellos durante un lance del juego, temiendo que en el topetazo salgan mal parados. Y seguiré bromeando con ellos sobre la posibilidad de que los hijos de ese jugador, al que han tenido que defender hoy y que supuestamente tiene su misma edad, estaban en la grada jaleando a su padre.






Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?