Durante un breve período de tiempo, tal vez un par de años, mi padre trabajó en la ya extinta Guía del Ocio, una publicación escrita que, como tantas otras cosas que en su día nos parecían eternas, acabó desapareciendo de forma abrupta con la llegada de Internet y cuya misión principal era mantener a todos los españoles puntualmente informados, con mayor detalle que el que la prensa generalista proporcionaba, de la oferta cultural y de entretenimiento de la que disponíamos en cada ciudad española. Nuria y yo ya estábamos juntos por aquellas fechas y quiso el azar que, unos meses antes de que mi padre se hiciera con aquel puesto de trabajo, mis suegros nos regalaran entradas para asistir a una representación de Los Miserables en la Gran Vía. Sorprendentemente yo no había leído aún la célebre obra de Víctor Hugo, por considerarla muy alejada de mis gustos literarios de entonces. Esto, unido a las cerca de cuatro horas que duraba la obra, me hizo recibir aquel regalo con una cierta desconfianza, pero con una sana curiosidad, dado que el espectáculo estaba en boca de todos los madrileños y la opinión mayoritaria recomendaba, a todo aquel que pudiera permitírselo, no dejar de verlo. Y lo cierto es que constituyó en mi caso, sin duda, una de las experiencias más intensas de toda mi vida. Nunca había presenciado algo tan majestuoso y emocionante como aquello. Regresé a casa flotando en una nube, reviviendo las escenas que más me habían impresionada y tarareando en voz queda las melodías más pegadizas. Esa misma noche me sumergí por vez primera en la novela. Todavía hoy, casi treinta años después, me sorprendo a mí mismo, mientras me dedico a otros menesteres, canturreando alguno de los temas que componían el libreto de la obra, a la que regresaríamos tiempo después, cuando volvió años más tarde a la Gran Vía, con una compañía distinta y una puesta en escena, a mi parecer, de inferior calidad, pero que hizo que los pelos se me volviesen a poner como escarpias.
Aquella fue mi primera vez. Que mi padre consiguiera aquel empleo en la Gaceta del Ocio posibilitó que pudiéramos asistir, mientras lo mantuvo, a un buen manojo de musicales de manera gratuita y que se avivara mi afición por este género teatral, que no ha disminuido con el paso de los años ni un ápice: Cabaret, El fantasma de la ópera, We will rock you, Dirty dancing, etc. Fueron todas ellas experiencias que viví con entusiasmo y sumo deleite, aunque ninguna logró estremecerme como lo hizo aquella primera representación de Los miserables que permanece grabada con tinta indeleble en mi interior.
Cuando mi padre dejó aquel empleo, habíamos asistido a la gran mayoría de musicales que por entonces se encontraban en cartelera en Madrid. Nuestra vida en común, la llegada de los hijos y los elevados precios de estos eventos culturales nos alejaron de la Gran Vía durante años, aunque logramos encontrar algún hueco y tirar de hucha para asistir a alguna representación teatral de corte más sencillo y precio más económico, como fueron la adaptación de Ocho apellidos vascos o la magistral interpretación de Nancho Novo en El cavernícola, siendo esta última también una revelación para mí, dado que nunca he estado tan cerca de perecer de carcajadas como entonces. También, como se puede deducir, asistimos con los chicos a alguna representación infantil, pero los grandes musicales quedaron aparcados hasta nuevo aviso y nos limitábamos, a lo sumo, a alguna escapada puntual al cine, más del gusto por otra parte de Sergio y Marcos. Fueron desfilando por la escena madrileña nuevos musicales que nos habría gustado entonces ver, pero que se convirtieron en deseos vanos que no pudieron ser cumplidos.
Le regalé a Nuria las pasadas Navidades, no obstante, dos entradas para el de Tina Turner, musical al que yo aspiraba poder asistir, aunque no estaba muy seguro de si mis dolores, que se agravan cuando permanezco sentado más de media hora, especialmente si no dispongo de espacio para estirar las piernas, me permitirían acompañarla. No me preocupaba excesivamente no ser yo su acompañante, ya que mi suegro, ya fallecido, era, al igual que yo, un gran admirador de la artista, y yo sabía que sería también muy especial que Nuria y mi suegra fueran juntas en esa ocasión si yo no podía hacerlo. Al final no me quedó más remedio que optar por esta segunda opción, ya que las molestias continuaban siendo demasiado intensas y todo apuntaba a que, de empeñarme en asistir al espectáculo, iba a disfrutar poco y a sufrir mucho. Me consta que fue una ocasión única para ambas, por hacer juntas algo distinto y por todo lo que removió en ellas escuchar los temas de la Reina en aquel escenario. Me consta que se emocionaron y que derramaron algunas lágrimas en memoria del padre y del marido desaparecido, así que me doy por satisfecho por todo ello, aunque me quedase finalmente sin poder ver el espectáculo, que pocos días después dio por concluido su periplo por nuestro país.
Pero a mí aquello me hizo pensar que debíamos darles a nuestros hijos la oportunidad de vivir la experiencia, aunque sólo fuera una vez, de asistir a un evento de estas características, así que anduve al acecho, como hacía antaño, de la cartelera, a la espera de la obra adecuada y la ocasión propicia. Consideré también, sin necesidad de consultarla al respecto, que a buen seguro a Nuria le haría una particular ilusión verse acompañada por sus tres hombres en una coyuntura de este pelaje, antes de que nuestros hijos se acomoden definitivamente en esa postura que todos en su momento adoptamos de no querer hacer nada con quienes nos han dado, literalmente, la vida. Con estos propósitos en mi ánimo, terminé sacando cuatro entradas para la nueva adaptación de We will rock you en el Teatro Príncipe Pío y fue ese mi regalo por su cumpleaños la pasada primavera. No acogieron con la misma ilusión la ocurrencia, como es de suponer, los chicos que Nuria, pero no dejamos los adultos margen ni siquiera para la protesta o el pataleo, y allá que nos encaminamos por fin el viernes pasado, con muy diferentes predisposiciones, los cuatro. A pesar de la expectación suscitada, no era la de mi habitualmente jovial esposa la idónea, ya que había trabajado la noche anterior, apenas había podido descansar unas horas aquella mañana y venía arrastrando un catarro que mermaba sus fuerzas y también, en consecuencia, enturbiaba sus ánimos; en el caso de Sergio, coronado por una aureola grisácea de aceptación ante lo inevitable, a buen seguro extrañando en nuestra comitiva la presencia de su novia, pero resignado en definitiva a la penitencia de compartir una tarde de viernes con sus padres y hermano en vez de con quien hoy es dueña de su corazón; Marcos, que había sido quien menor interés había mostrado ante la aventura familiar que sin su consentimiento había yo organizado, se mostró seco y huraño hasta que, mientras hacíamos tiempo para acceder al teatro, su madre le concedió el capricho de invitarle a unos cruasanes en Manolo Bakes; y en mi caso, por último, oscilaba mi estado anímico entre el temor a que mis molestias me impidiesen disfrutar de la representación, el ansia por volver a verme como espectador de un musical, más aún con la banda sonora de una de mis bandas favoritas, y la esperanza de que en mis hijos se despertara el mismo gusanillo que con Los Miserables cobró vida en mí hace tres décadas.
El teatro en sí, como instalación cultural, me decepcionó profundamente, dado que era una construcción moderna con más aspecto de salón de conferencias que de cualquier otra cosa. Nuestras entradas estaban situadas en el patio de butacas, cuarta fila, algo escoradas a la izquierda, con buena visibilidad, si bien debíamos mover la cabeza de vez en cuando para esquivar las cabezas de quienes estaban sentados delante de nosotros y poder ver sin perder detalle lo que en escena se representaba. La acústica no era mala, si bien tardamos un par de escenas en lograr comprender en su totalidad lo que los actores declamaban, posiblemente más por la falta de costumbre de nuestros oídos a esos estímulos que por un desajuste relevante en los controles acústicos del equipo de sonido.
En cuanto a la obra, como me ocurrió con Los Miserables, se me antojó más floja esta vez que en la anterior ocasión que tuve la fortuna de presenciarla en directo, bien porque realmente lo fuera, bien porque las segundas veces de algo memorable nunca igualan a las primeras. El argumento era similar, un mundo post-apocalíptico en el que toda la música que se consume es generada por ordenadores, los instrumentos musicales han desaparecido de la faz de la Tierra y donde aquellos soñadores que recuerdan lo que el rock'n'roll representaba son perseguidos por las autoridades y severamente castigados. Las interpretaciones son aceptables, ninguna es gloriosa ni entrará en los anales de la historia, pero tampoco ninguna es reprochable o ridícula. Y lo mismo sucede con el vestuario, la coreografía o la iluminación. Un espectáculo amable en el que la verdadera protagonista es la música del legendario grupo británico.
Dediqué buena parte de las dos horas y media que dura la representación, incluidos los quince minutos de intermedio que aproveché para estirarme y aliviar las molestias que permanecer sentado me provoca, a observar a mis hijos con atención, realmente intrigado por cuáles serían sus reacciones y aunque al principio fueron comedidas, comprobé con regocijo que, a medida que la obra iba avanzando, reían a mandíbula batiente cuando tocaba, movían los pies al ritmo de la música, daban las pertinentes palmas con el We will rock you e incluso se animaron a alzar las manos al compás del We are the champions.
Que esto sea el germen de algo en sus vidas como lo fue en la mía, ya no depende de nosotros, aunque no tengo ninguna duda, si a los escenarios de Madrid regresa el musical de Tina Turner o si a alguien en Broadway se le ocurre la feliz idea de hacer algo similar con la música de U2 o Bon Jovi, ahí estaré yo para intentar enredarles para que me acompañen.